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domingo, 17 de julio de 2011

Qué quiere que le diga

   
 Fue a principios de la década del sesenta. Los tranvías, con los rieles aferrados al hormigón, hacía ya tiempo que habían dejado de recorrer las calles montevideanas para dar paso a los modernos trolebuses, de rieles aéreos, que resultaron sólo espejismos en su primera y en su segunda etapa.
  Las grandes tiendas del Centro fueron cerrando  sus puertas al público, mientras sus empleados quedaban sin trabajo, a bien de apostar a las modernas e importadas Galerías que no alcanzaron nunca a colmar las expectativas de los quiméricos empresarios de aquellos días.
   Comenzaron entonces a cerrar los cines, igual que los grandes bares, y el clásico paseo de los sábados al Centro, poco a poco, desapareció. En esa década, a partir de aquel abril de 1959 cuando las inundaciones causadas por treinta días de lluvia continua produjeron una catástrofe nacional y dejaron al país con carreteras cortadas y prolongados cortes de luz, los empleados del comercio obtuvimos algo favorable: dejamos de viajar cuatro veces por día pues se decretó, para ese ramo, el horario continuo. El comercio del Centro comenzó entonces a abrir sus puertas al público de diez de la mañana a seis de la tarde descansando el personal, en tres turnos, una hora al medio día.
   En la calle Río Negro entre 18 de Julio y San José había, en aquel entonces, un bar llamado Támesis. Allí íbamos varias compañeras, en la hora de descanso, a conversar y tomar un cortado largo con una medialuna de jamón y queso. En ese bar muchas de nosotras aprendimos a fumar con los Marlboro y los L & M americanos, extralargos con filtro, que comenzaban a aparecer en todos los quioscos del Centro. En esos días también íbamos a comer la famosa pizza con mozzarela que ofrecía, como una novedad, El Subte, la pizzería de Ejido frente a la Intendencia, que era un local chiquito, sin mesas ni sillas, donde había que comer de pie y de apuro, para dar lugar a que pudiesen entrar otros.
    El Támesis tenía un mostrador largo en el medio del local, desde la puerta de entrada hacia el fondo. La caja estaba adelante y a ambos lados y también hacia el fondo, se alineaban las mesas. Entrando, a la derecha, las mesas estaban separadas del mostrador por un tabique que les daba cierta privacidad. Nosotras íbamos allí y en esa hora ocupábamos todas las mesas. Un medio día, al entrar, una compañera llamada Abril encontró debajo de una mesa un monedero rojo. Era un monedero grande, con boquilla, tipo carterita. Mi compañera lo puso sobre la mesa y lo abrió. Adentro tenía unas monedas sueltas y un pañuelo rojo, de mano, envolviendo una foto. Era una foto vieja en sepia cinco por ocho, una muestra, tal vez, sacada en un estudio. Recuerdo a mi compañera con ella en la mano. Es Gardel, dijo extrañada al mostrarla. Atrás tenía una dedicatoria: “Para mi amiga Juanita con mucho cariño, Carlos Gardel. Montevideo junio de 1933”.
    Yo miré la foto con la cara sonriente de Carlos Gardel, en aquella muy famosa foto de perfil y gacho gris que le sacara, entre muchas otras, el fotógrafo Silva en su estudio de la calle Rondeau. Y no le di importancia pues para mí Gardel, en aquel entonces, era un cantor argentino de tangos que había muerto en un accidente antes de que yo naciera. Y que la gente, no entendía por qué, lo seguía escuchando por la radio como si no estuviese muerto y enterrado. En esa época yo estaba entusiasmada con las canciones de Sandro y Leonardo Fabio y, a pesar de que siempre me gustó el tango, Gardel no estaba entre mis ídolos del momento. Después los años me enseñaron muchas cosas, entre ellas: que Carlos Gardel es inmortal y que es cierto que cada día canta mejor. Pero eso lo aprendí a medida que fueron pasando los años. Aquel mediodía, en el Támesis, nos encontrábamos pendientes del monedero y su contenido cuando entró la dueña a buscarlo.
   La dueña del monedero era una mujer que todas conocíamos de vista. Tal vez alguien que la haya conocido, si lee esta historia, la recuerde. Era una mujer de una edad imprecisa. Alta, delgada. De piel muy blanca y cabello negro. Que tenía la particularidad de vestir siempre de rojo. Toda de rojo. Zapatos, medias, vestido, tapado, guantes, cartera y en la cabeza un pañuelo, que cruzaba adelante y ataba detrás. Solía andar con un bolso rojo haciendo compras. Vivía por ahí cerca. No mendigaba ni hablaba con nadie, pero todo el mundo la conocía. Por años vi a esa mujer andar en la vuelta. Ese mediodía cuando entró y vio a mi compañera con el monedero abierto y la foto en la mano le dijo: ese monedero es mío, se me cayó y no me di cuenta. Abril se apresuró aguardar la foto y alcanzarle el monedero mientras nosotras le explicamos que lo habíamos encontrado en el suelo y lo abrimos para ver de quién era. Ella no nos escuchaba. Miraba atentamente a la chica que lo encontró y que había visto, cuando entró, con la foto en la mano.
Se acercó a ella y le dijo: Qué te pasa. Por qué estás preocupada. Abril se puso nerviosa. Nada, le contestó, a mí no me pasa nada. Estás asustada, de qué tenés miedo, insistió la mujer de rojo. Entonces Abril más tranquila dijo: mi mamá está internada, hace una semana que está en coma. Sí, dijo la mujer, por algo perdí el monedero para que vos lo encontraras. Quedate con esa foto, pedile a Carlitos por tu madre. No te separes de esa foto. Mañana vengo a buscarla.
Cuando se fue todas coincidimos en que aquella mujer estaba loca. Mire que rezarle a Gardel.
   Según Abril, ella no le pidió ni le rezó al Mago. No se sintió motivada. No creyó que Gardel fuera un santo como para pedirle un milagro. De todos modos, no se separó de la foto, la mantuvo en su mano y la miró varias veces. Esa noche pasó con la madre en el Hospital y a la mañana siguiente, como todos los días, fue a trabajar. Ese mediodía regresó la mujer de rojo a buscar la foto. Abril se la devolvió y le dijo que la mamá seguía igual. Que los médicos no daban esperanzas. Ella le contestó: qué saben los médicos. Carlitos es un santo. Ya vas a ver. Esa tarde, casi al cierre, llamaron a Abril del hospital para decirle que la mamá había vuelto del coma y comenzaba a recuperarse. Diez días después, recuperada, dejaba el hospital.
   La señora salió del coma y se recuperó debido a la atención de los médicos, a la medicación o porque no era su hora. Pero para Abril y algunas de mis compañeras fue un milagro de Gardel y sé que hasta el día de hoy le rezan y le piden milagros que, según ellas, él les concede. No había transcurrido un mes cuando un mediodía vino al bar la mujer de rojo a preguntarle a Abril por su madre. Abril le contó la novedad de la feliz recuperación y ella nos contó la historia de la foto de Gardel. Que parece que no sólo es mago. Desde su trágica muerte, hay quienes piensan que el morocho del Abasto pasó a ser santo. Esa foto, nos dijo, perteneció a Juanita Olascoaga, una morena que vivió en su juventud el esplendor del Montevideo de los años veinte. Muy conocida en la noche montevideana. Las dos mujeres se habían conocido casualmente, hacía unos años, y cultivaron una cierta amistad. Tal vez las unió la soledad, o aquel modo de vivir en un mundo propio que ambas habían elegido. Lo cierto fue que la morena le contó parte de su vida que fue, sin duda, muy interesante y entre esos recuerdos como una noche de lluvia de 1933, en que andaba caminando por 18 de julio, tropezó sin querer con Gardel que bajaba de un auto en la puerta de su hotel, protegiéndose bajo un paraguas. La morena trastabilló y Gardel la tomó de un brazo para que no cayera. Entonces ella lo reconoció y le dijo: Carlitos. Y él la invitó a tomar un café en un bar de la calle San José. Juanita esa noche le pidió una foto y él le dio una muestra que se había sacado en esos días en el estudio Silva de la calle Rondeau y se la dedicó. Era octubre de 1933 y Carlos había venido, en esos días, a cantar al teatro 18 de julio. Fue la última vez que vino a Montevideo. Murió trágicamente, a la vuelta de una gira, en junio de1935. Nos contó la señora de rojo que Juanita conservó siempre esa foto  y que en los últimos años le rezaba a Carlitos como si fuera un santo, pidiéndole que la llevara con él de este mundo. También contó que se habían encontrado las dos, hacía unos días, por 18 de julio y la morena se la dio para que la guardara, le dijo, porque no se sentía  bien y no quería que cuando ella faltara esa foto, que era milagrosa, se perdiera.
   Yo sigo pensando que Carlos Gardel fue un súper dotado. Que cantaba como un zorzal y las letras que cantó hace casi cien años, aún hoy están vigentes. Que no hubo ni habrá nadie que lo iguale en su voz y su carisma y que fue, según dicen, argentino, uruguayo o francés, un gran tipo. Acepto que fue un mago. Pero de lengue y gacho gris en un altar de la iglesia…qué quiere que le diga.

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