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viernes, 6 de julio de 2012

El arte de desaparecer


  
  ---Mirá, Angel, a mí nadie me saca de la cabeza que la culpa de lo que le pasa al flaco Garmendia la tiene el armenio Pedro. La gente del barrio podrá decir muchas cosas que pegan en el palo, no voy a decir que no. Vos también podrás decir que ya va a aparecer  como aparece siempre porque sos amigo del armenio. Ta, yo te entiendo. Pero para mí que  esta vez se mandó mudar en serio. Creeme. Lo dejó al flaco y se fue a la mierda.
     Era sábado de tardecita y varios parroquianos se encontraban, en bar La Alborada esperando una partida de Casin que se iba a dar esa noche entre dos contrincantes muy expertos. Uno de ellos era Osvaldo, un muchacho del barrio que paraba hacía mucho tiempo en aquella esquina del Pueblo Victoria, gran jugador de Casin.  Había sido retado por un veterano, llamado Ocampo, que llegó un día de paso y lo vio jugar.  La cita era para esa noche  y el boliche estaba lleno de gente que había venido, vaya a saber de dónde, a presenciar la partida.

—¿Qué me querés decir?¿Qué la mujer del flaco se fue con el armenio?

—Sí,  eso te quiero decir.

—Pero vos tenés que estar loco. ¿De dónde sacaste esa historia?

           —Al armenio siempre le gustó la mujer del flaco.

—¿Y eso qué tiene que ver?

—Tiene que ver que desaparecieron los dos.   

—¿Quién dijo que el armenio desapareció? Yo estuve con él ayer o anteayer, no me acuerdo bien.

—La mujer del flaco desapareció ayer o anteayer.

            —Pero vos sabés bien que ella desaparece dos por tres y después aparece y  no pasa  nada.

—Pero esta vez es distinto. Yo me estoy maliciando otra cosa.

—¡Aflojale que colea, Beto! Dejate de embromar. El armenio es un tipo bien. Yo lo conozco.  Es    incapaz de una fulería de esas.

—Bueno, ta, vos siempre tenés razón. Dejala por ahí. Dejala. 

         Todos en el barrio conocíamos a la mujer de Garmendia. Se llamaba Maribel y era hija de un matrimonio húngaro que había venido al Uruguay en la época de la guerra  y se quedó a vivir  en el barrio.   Era una pelirroja preciosa, con la cabeza llena de rulos, la cara llena de pecas y los ojos azules. Fue una niña normal hasta los cuatro años, cuando empezó a desaparecer en el aire a ojos vistas. Una  fea costumbre, si se quiere, que no hablaba bien de ella pues desaparecía caminando por la vereda, en medio de una conversación dejando al interlocutor hablando solo, o simplemente cuando le venía en gana.

      Al principio esos desplantes a los vecinos les caían muy mal. Después  fueron acostumbrándose  y llegaron más o menos a tolerarla. Aunque al paso de los años,  ante la tal  rareza de la muchacha, nunca, la maldita manía de desaparecer ante la gente dejó de fastidiarlos. Cuando era niña los otros chicos del barrio no querían jugar con ella, principalmente si jugaban a la escondida. En la adolescencia desaparecía ante cualquier circunstancia complicada que le tocara vivir.  Cuando llegó la hora de conseguir  novio,  a pesar de ser muy bonita, no lograba que los posibles candidatos aceptaran sus fugas manifiestas. A los muchachos los  dejaba en evidencia cuando desaparecía en una fiesta, mientras bailaban o al caminar abrazados por la rambla.

      De todos modos, a pesar del hábito de esconderse, Maribel y  Garmendia se entendieron de entrada. Salvo algunas deserciones de parte de ella, que a él nunca llegaron a molestarlo demasiado, puede decirse que tuvieron un noviazgo casi normal. Pese a que el día de la boda, vestida de novia ante el altar, cuando el sacerdote le preguntó si aceptaba al novio para amarlo hasta que la muerte los separara, no  supo qué contestar y se desvaneció en el aire  provocándole al cura un paro cardíaco del que luego, gracias a Dios, se recuperó. Claro que no le sirvió de mucho desvanecerse en la iglesia, pues ya estaba casada ante la Ley, así que para no perderse la fiesta apareció esa noche a presidir  la reunión.
        Con su traje blanco de novia, comió, bailó, arrojó el ramo a sus amigas y a las tres de la mañana se fue con su flamante marido.  Y no, parece que esa noche no desapareció de la cama matrimonial. Porque ya conté que Maribel era escapista, no tonta. De todos modos, cuando a los  nueve meses los dolores de parto comenzaron a ser insoportables, desapareció de la cama, de la sala y  del sanatorio y apareció a los dos días con su hermosa niña en brazos a continuar su vida  mundana.

       Los vecinos más viejos del barrio comentaban que el arte de desaparecer le venía de herencia, pues su madre, decían, solía desaparecer dos por tres dejando  a su marido solo por varios días al cuidado de la niña, para luego reaparecer fresca como una lechuga fresca. Aunque algunos escépticos afirmaban que esas desapariciones de la señora, eran debido a otros motivos non tan sanctos. Tal vez eran habladurías de gente envidiosa, porque, convengamos, que desaparecer es algo que todos querríamos lograr en más de una oportunidad  a lo largo de nuestras vidas. Sin embargo, lo más acertado es creer en la teoría de quienes opinan que la mujer del flaco Garmendia, la madre y tal vez la abuela que quedó en Hungría, eran descendientes directos de los Hobbits, artífices en el arte de desaparecer, que vivieron en la “Tercera Edad de la Tierra Media”, según el viejo Tolkien. Aunque esto no es tampoco muy seguro, pues lo que nos cuenta el señor Tolkien  en  el “Libro Rojo de la Frontera del Oeste” es una leyenda y de  este caso, que cuento, doy fe.

      A nosotros las desapariciones de Maribel no nos causaban ninguna extrañeza. Éramos más o menos de la misma edad y sabíamos que desde que tuvo uso de razón, el escapismo para ella era algo  normal. Por el contrario, cuando desaparecía y volvía a aparecer, nosotros nos sentábamos en rueda para oír sus relatos sobre los lugares  que había visitado.   Los primeros relatos fueron muy confusos. Ella no sabía muy  bien donde había ido, ni  tenía un orden para contar, por lo que nosotros nos quedábamos en ascuas. Después, ya un poco más grande, cuando aprendió a hilvanar mejor un relato, nos contó un día  que  venía de vuelta de una de sus desapariciones, que había estado por  la Represa Gabriel Terra  y el Embalse de Rincón del Bonete, en aguas del Río Negro. Otra vez por el Arroyo Tres Cruces y el pueblo Javier de Viana  en el departamento de Artigas. Y otra, por el Bañado de la India Muerta en el departamento de Rocha. Que con ella, dicho sea de paso, aprendimos más geografía de nuestro país que la que nos enseñó la maestra en la escuela. 

      Era aún muy joven, cuando logró un dominio bastante certero del poder que había nacido con ella. Poseía la capacidad de elegir, por lo menos, un lugar en el mundo donde aparecer en cada escape. Así fue conociendo países americanos, africanos y asiáticos. Y lógicamente la vieja Europa. Pues en aquellos tiempos en que muchos uruguayos vacacionaban  en el viejo continente, no conocer Paris, el barrio latino y la Torre Eiffel;  Madrid, La Puerta de Alcalá y el Palacio de la Moncloa;  y Roma, la Fuente de Trevi y la Ciudad del Vaticano, significaba algo así como  no existir. Pero para nosotros, sus amigos del barrio, que las vacaciones no pasaban de un domingo en el Parador Tajes, los relatos a propósito de sus viajes nos maravillaban. Le preguntábamos cómo hacía para lograr ese misterioso hechizo que la trasladaba de un lugar a otro. Ella  nos explicaba entonces, que el deseo de escapar de donde se encontraba le aparecía de pronto, cerraba los ojos, se concentraba en ese deseo y cuando volvía a abrirlos se encontraba en sabe Dios qué lugar. Si  se sentía bien en ese sitio se quedaba un día o dos, de lo contrario volvía a concentrarse  y cambiaba de lugar. Cuando quería volver a su casa lo pedía  específicamente.

Durante años en múltiples oportunidades me he concentrado,  he cerrado los ojos con fuerza y pedido con toda la fe del mundo desaparecer de donde me encontraba y aparecer donde Dios quisiera.  A fuerza de desengaños  he  tenido que reconocer al fin  que escapista, como actriz, se nace.

Esa noche el bar estaba muy animado esperando la partida de Casin. Las apuestas en su mayoría se inclinaban hacia Osvaldo, el crédito del barrio. Un rato antes de la hora establecida llegó Ocampo. Traía consigo un estuche de cuero  negro con herrajes plateados. El hombre había  sido federado y contaba con más de un título. Abrió el estuche dejando ver en su interior, sobre el acolchado de un rojo vino, un taco desarmado estupendo, de una madera valiosísima y mango con incrustaciones de marfil., y con mucha calma comenzó a armarlo. Unos minutos antes de empezar el partido  llegó el armenio Pedro. Se detuvo un momento  en el mostrador para saludar a Ángel y fue a sentarse en una mesa frente al billar, desde donde lo llamaban unos conocidos. Ángel no supo muy bien por qué se alegró de verlo,  pero le dirigió una mirada irónica al amigo chimentero, que estaba a su lado, quien prefirió no abrir la boca.

Osvaldo tenía una gran hinchada, todo el boliche estaba con él. Poco antes de empezar la partida se acercó a la taquera y retiró el taco que consideró en mejor estado. No había mucho para elegir. Estaban casi  todos torcidos, algunos astillados y otros mochos. De todos modos lo revisó y le puso tiza. Encendió un cigarrillo y esperó a que Ocampo terminara de armar su taco profesional. El partido era a ocho rayas.  El primero lo ganó Osvaldo. Ocampo ganó el segundo. El “bueno”  lo robó Osvaldo. Ocampo insistió en seguir jugando. Osvaldo, como buen anfitrión aceptó. Jugaron toda la noche. Ocampo ganó algún partido. Hubo quien dijo que Osvaldo le dio changüí. De todos modos, al final, como se esperaba, el ganador absoluto fue el crédito del barrio.

Ocampo esa madrugada se fue confundido, sin alcanzar a entender cómo su contrincante le pudo haber ganado, durante toda la noche,  con aquel taco revirado.

En el boliche alguien lo dijo al pasar: el que sabe, sabe.

Maribel apareció al otro día, venía de Londres, demoró un poco más de lo habitual porque se quedó  para ver el cambio de guardia en el Palacio de Buckingham.

 ¡No se lo iba a perder...!
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lunes, 2 de julio de 2012

Martes Popular

                                      
                  
                                 
                        
Se vieron un martes por primera vez en el cine del barrio. El verano hacía tiempo que se había ido. A las seis de la tarde comenzaba a oscurecer. Entonces el cine encendía el luminoso de luces blancas y brillantes:
BELVEDERE PALACE y se iluminaba la calle, la cuadra. El barrio. Al lado había una panadería y en la esquina, de la acera de enfrente, un bar con el horno de pizza junto a una ventana. Allí se detenían los clientes y compraban pizza sin necesidad de entrar al negocio.
Los martes era popular. Con el precio de una entrada entraban dos personas. El cine se llenaba de gente media hora antes de comenzar la función. Se descubrieron al entrar. Se miraron de lejos antes de que en la sala se apagaran las luces. Y siguieron mirándose después, al cobijo de la penumbra. Un sentimiento nuevo, desconocido y peligroso tendía lazos certeros y ataba apretados nudos. Se fueron cada cual por su lado. Daban vuelta la cabeza para volver a mirarse. Sin atreverse, todavía.
El luminoso apagó su luz y su brillo. La calle quedó desierta.
Al martes siguiente pensaron lo mismo: quizás vendría de nuevo. Quizás vendría otra vez. Esa tarde se sentaron en butacas contiguas. Cuando se apagaron las luces no volvieron a mirarse. Estuvieron de la mano y sin hablar, mientras transcurría la función. Y las manos se contaron todo lo se necesita saber cuando el amor atropella por primera vez. No sé si intuyeron en algún momento a lo que se enfrentarían. Pienso que no. La primera juventud es atrevida, audaz. Valiente. Pero yo, que también iba los martes al cine y vi crecer ese amor desde el pie, admiré a aquellas dos que esa tarde salieron del cine juntas y de la mano y que durante la función del martes siguiente se besaron sin tapujos, como una pareja más de enamorados.

Ada Vega, 2011