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miércoles, 10 de abril de 2013

Mi amiga Margarita




      
     Cuando mi amiga Margarita plantó bandera en su casa y dijo: ¡basta! decidió que sería pintora. Toda su  vida había soñado con los lienzos, los pinceles y las mieles de la fama, de manera que cuando se cansó de andar delante de su marido, pues vivió sacándole las castañas del fuego, y atrás de sus hijos —el Beto y la Marianita— que antes de los diez años se le fueron de las manos y antes de los veinte se le  fueron de la casa, se compró los primeros pinceles y se puso a pintar como una loca.
         Convencida  de que había perdido a sus hijos, pues por más que trató de mil maneras no logró retenerlos en el hogar, pero que en cambio conservaba a su marido que, aunque le rogó primero y lo amenazó después, no logró nunca que se mandara mudar y la dejara seguir sola su azarosa vida, guardó las ollas y desconectó la cocina, porque un artista que se precie de tal no  puede ponerse a cocinar y lavar platos que  para algo se inventaron los motoqueros  delivery. Por lo tanto ya sin sus hijos, y su matrimonio a punto de descalabrarse comenzó con entusiasmo su inserción en el mundo del arte pictórico.
El Beto, el hijo de Margarita, que pintaba como un muchacho  serio y equilibrado,  de un día para otro abandonó sus estudios  y se fue detrás de una bailarina libanesa a la que vio bailar la danza de los siete velos descalza y semidesnuda en la boda de un amigo. Antes de que la libanesa se quitara el cuarto velo, ya el Beto la miraba con el corazón a los saltos y los ojos trancados. De modo que la joven que había venido sólo por unos días a Uruguay, se fue con el muchacho a la saga como un posible candidato a matrimonio. Candidato que no sabía adónde iba, de qué iba a vivir, ni donde diablos  quedaba el Líbano.
Y  la hija de Margarita se fue con un grupo de artesanos hipies  que vivían del aire,  mientras enhebraban collares con piedras de colores. Marianita había conocido a un joven artesano que llegó un día a dedo a nuestra ciudad desde el país donde “el cóndor pasa” y vivía con un grupo de, según ellos decían, descendientes directos de los incas en un caserón abandonado por la ciudad vieja que el gobierno, no sé por qué convenio, ley o decreto les había dejado habitar. Pero los hipies no paraban mucho tiempo en ninguna parte, de modo que un día se calzaron sus sandalias de cuero, sus túnicas de hilo y sus ponchos de vicuña y con los pelos largos  y una vincha  por la mitad de la frente, se fueron con sus mochilas al hombro y los dedos en V, sus panderetas y sus guitarras, fumando hachís cantando loas al amor libre  y repartiendo paz y amor por el mundo.
Así que mi amiga Margarita que por años había sido ama de casa, esposa y madre abnegada, un día se encontró sola, pues su marido no sumaba ni restaba, por lo que sin cargas que llevar ni culpas que reconocer se proclamó a si misma: “Pintora uruguaya, autodidacta”.
            Llenó con sus cuadros  las paredes con más luz de su casa, y una tarde me llamó para que le diera mi opinión sobre su obra. Yo me excusé con razón: de pintura no conozco un corno, además yo la quiero mucho a Margarita y a veces las opiniones pueden terminar con una amistad de muchos años.  De manera que dije lo  que creí más acertado: llamá a un experto, en el país existen muy buenos críticos de arte. Además su opinión te va a servir para tus futuras realizaciones. Aceptó complacida mi recomendación y esa misma tarde inició la búsqueda.
 Dos días después, sintiéndose poco menos que Medina, se puso en contacto con un conocido crítico que,  en medio de sus pesquisas, le recomendó un anticuario de la calle Sarandí. Ambos se pusieron de acuerdo y el hombre aseguró su presencia para  el sábado siguiente a las cinco de la tarde.
Recuerdo que aquella fue una tarde de mucho calor y un sol, que en la calle te quemaba vivo y se metía en las casas alumbrando hasta el rincón más escondido. La habitación convertida para el suceso  en sala de exposición estaba hermosa. El colorido de las telas atraía.  No  voy a caer en la simpleza de decir que las pinturas de mi amiga eran  émulas de las pinturas de la mexicana Frida Kalho, ni de la cubana Merlys Copas, pero, en fin, ahí estábamos  —ellas y nosotras—, esperando al crítico.
El hombre de pantalón y zapatos blancos, y camisa negra, llegó fumando un puro, se  detuvo en la puerta dio una rápida mirada a las paredes y dijo con cara de pocos amigos:
—Yo sobre esto no puedo opinar. Dio media vuelta y se fue.
 Con Margarita nos quedamos unos minutos en ascuas. Al cabo mi amiga atinó a decir compungida:
 —¿Les habrá encontrado demasiado color?
Intenté tranquilizarla y le contesté:
—No es el color, ¡es la luz de este sol! De noche tendrías que haber hecho la exposición, ¡con una lamparita y chau!
Desde ese día, Margarita me negó el saludo.

       Blog Garúa - http://adavega1936.blogspot.com/

4 comentarios:

  1. Gracias, José, por la lectura y comentario. Es una alegría tu visita desde Cuba, sé por la estadística que visitan el blog, pero nunca antes se habían comunicado. Un abrazo enorme desde Montevideo - Uruguay para ti y la entrañable hermana CUBA!!

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  2. Tus Libros Digitales10 de junio de 2013, 20:56

    Quièn puede decir que el estilo de un pintor no es genial si es autèntico y personal? Margarita no necesitaba al crìtico...Hermoso tu cuento

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  3. Gracias TusLibros, agradezco comentario.Saludos.

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