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viernes, 26 de abril de 2013

Por mano propia


         
                     
 Hacia la orilla de la ciudad los barrios obreros se multiplican. La ciudad se estira displicente marcando barrios enhacinados proyectados por obra y gracia de la necesidad. La noche insomne se extiende sobre el caserío.
 En una de las casas del barrio comienza a germinar un drama.
Clara no logra atrapar el sueño. Se estira en la cama y se acerca a su marido que también está despierto. Intenta una caricia y él detiene su mano. Clara siente el rechazo. El hombre  gira sobre un costado y le da la espalda. Ya han hablado, discutido, explicado. Clara comprende que el diálogo se ha roto, ya no le quedan palabras. Ha quedado sola en la escena. Le corresponde sólo a ella ponerle fin a la historia.
 Los primeros rayos de  un sol que se esfuerza entre nubes, comienza  a filtrarse hacia el nuevo día. Pasan los primeros ómnibus, las sirenas de las fábricas atolondran, aúlla la sierra del carnicero entre los gritos de los primeros feriantes. Marchan los hombres al trabajo, los niños a la escuela y las vecinas al almacén.
Hoy, como lo hace siempre, se levantó temprano. Preparó el desayuno que el marido bebió a grandes sorbos y sin cambiar con ella más de un par de palabras, rozó apenas su mejilla con un beso y salió apresurado a tomar el ómnibus de las siete que lo arrima hasta su trabajo.  Clara quedó frustrada,  anhelando el abrazo del hombre que en los últimos tiempos le retaceaba.
 La pareja tan sólida de ambos había comenzado a resquebrajarse. No existía una causa tangible, un hecho real, a quién ella pudiera enfrentar y vencer. Era más bien algo sórdido, mezquino, que la maldad y la envidia de algunos consigue infiltrar, con astucia, en el alma de otros. Algo tan grave y sutil como la duda.
 Clara sabe que ya hace un tiempo, en la relación de ambos había surgido una fisura causada por rumores maliciosos que fueron llegando a sus oídos. Primero algunas frases entrecortadas oídas al pasar en coloquios de vecinas madrugadoras que, entre comentar los altos precios de los alimentos, intercambiaban los últimos chimentos del barrio. Claro que más de una vez se dio cuenta que hablaban de ella, pero nunca les prestó  demasiada atención.
Dejó la cocina y se dirigió a despertar a sus hijos para ir a la escuela. Los ayudó a vestirse y sirvió el desayuno. Después, aunque no tenía por costumbre, decidió acompañarlos .Volvió sin prisa.
El barrio comenzaba su diario ajetreo.
Otro día fue Carolina, una amiga de muchos años, quien le contó que Soledad, su vecina de enfrente, cada vez que tenía oportunidad hablaba mal de ella. Que Clara engañaba al marido con un antiguo novio con quien se encontraba cada pocos días, comentaba la vecina a quien quisiera  escucharla.
 Comenzó por ordenar su dormitorio. Tendió la cama como si la acariciara. Corrió las cortinas y abrió la ventana para que entrara el aire mañanero. Después, el dormitorio de los dos varones. Recogió la ropa para lavar y  encendió la lavadora. Puso a hervir una olla con la carne para el puchero y se sentó a pelar las verduras mientras, desde la ventana, el gato barcino le maullaba mimoso exigiéndole su atención.
El sol había triunfado al fin, y brillaba sobre un  cielo despejado. Las horas se arrastraban lentas hacia el mediodía. Colocó las verduras en la olla del puchero y lo dejó hervir a fuego lento. Tendió en las cuerdas la ropa que retiró de la lavadora.
Cuando estuvo segura y al tanto de los comentarios que la involucraban, increpó duramente a la vecina quién dijo no haber hablado ni a favor ni en contra de su persona, sin dejar de advertirle, de paso, que cuidara su reputación si le molestaba que en el barrio se hablara de ella. Clara quedó indignada. Aunque el vaso se colmó cuando, unos días después, su marido regresó enojado del trabajo pues un compañero lo alertó sobre ciertos comentarios tejidos sobre su mujer. Clara le contó entonces lo que su amiga le dijo y su conversación con la vecina. Le aseguró que todo  era una patraña,  una calumnia creada por una mujer envidiosa y manipuladora.
—¿Por qué?  —preguntó el hombre.
—No sé —contestó.
 Entonces la duda y  la explicación de ella. Su amor y su dedicación hacia él y  hacia los hijos. Le juró que no existía, ni había existido jamás, otro hombre. 
 —¿Por qué motivo esta mujer habla de vos. Por qué te odia? —quiso saber. —No sé. No sé. Y la duda otra vez.  
             Quizás hubiese podido soportar el enojo de su marido. Algún día todo sería aclarado, quedaría en el olvido, o preso del pasado. Pensaba que su matrimonio no  iba a destruirse por habladurías, sin imaginar siquiera que faltaba un tramo más.
Esa tarde su tolerancia llegó al final,  cuando volvieron los hijos de la escuela, le contaron que un compañero les dijo que la madre de ellos tenía un novio.
Entró en el baño a ducharse y se demoró complacida bajo la lluvia caliente. Se vistió con un vaquero, un buzo de abrigo y calzado deportivo. Tendió la mesa para el almuerzo con tres cubiertos. Dio una mirada en derredor. Comprobó que estaba todo en orden. Salió a la vereda y se quedó a esperar junto a en la verja de su casa. Pasaron algunos vecinos que la saludaron: el diariero,  el muchacho de la otra cuadra que vende pescado, el afilador de cuchillos, la vecina que quedó viuda y vende empanadas a diez. Es lindo el barrio. Y tranquilo, nunca pasa nada. Todo el mundo se conoce. En la esquina, sobre la vereda de enfrente, hay un almacén. Los clientes entran y salen durante todo el día.  En ese momento una mujer joven abandona  el negocio y se dirige a su domicilio situado  frente a la casa de Clara.
La joven la ve venir y cruza la calle. Se detiene ante la mujer que al principio la mira irónica, aunque  pronto comprende que el asunto es más serio de lo que imagina. Evalúa con rapidez una salida. Pero ya no hay tiempo. El arma apareció de la nada y el disparo sonó en la calle tranquila como un trueno. La mujer cayó sin salir de su asombro en la puerta de su casa.
Volvió a cruzar con la misma calma. Entró en su casa, dejó el arma sobre la mesa del televisor,  tapó la olla del puchero, apagó la cocina, se puso una campera y guardó la Cédula de Identidad en el bolsillo. Cuando oyó la sirena de la patrulla salió.
La vecina de enfrente permanecía caída en la puerta de su casa rodeada de curiosos. En la vereda de la casa de Clara, el barrio se había reunido en silencio. Alguna vecina lloraba. Una amiga vino corriendo y la abrazó. Un viejo vecino le dijo tocándole el hombro: no valía la pena m´hija. Ella le sonrió, siguió caminando entre los curiosos y entró sola al patrullero. El policía que venía a esposarla desistió.

Siete años después volvió al barrio. El esposo fue a buscarla. En su casa la esperaban los dos hijos, uno casado. La casa había crecido hacia el fondo estirándose en  otro dormitorio. Junto a la cama matrimonial del  hijo,  había una cuna  con un bebé. Otro puchero hervía sobre la cocina. La mesa estaba puesta con cinco cubiertos. Desde la ventana, el gato barcino le maulló un saludo largo de bienvenida-

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domingo, 21 de abril de 2013

Al final del otoño




         


Era extraño que aquel rosal trepador se cubriera de pimpollos al final del otoño. No era época de florecer. Y menos ese rosal, por el que el viejo Leonidas pasó tantos desvelos. Lo había recogido de entre  las ramas desechadas de una poda, que un vecino dejara en la calle para que el camión de la intendencia se las llevara. Pese a la apariencia de ser un árbol débil, tenía una raíz fuerte y sana. De manera que lo trasplantó contra el muro, sobre el que cruzó hilos para ayudarlo a extenderse. Tardó en desarrollarse. Hasta que un otoño comenzó a  crecer abrazado a la pared. Sus ramas  se alargaron firmes sobre las guías de hilos. De todos modos, a pesar de que fue  creciendo robusto, nunca dio señales de florecer. 
Leonidas no entendía por qué el bendito rosal se negaba a dar rosas. Y aunque cada año que pasaba seguía desdeñoso, siempre tuvo la  certeza  de que una primavera, a fuerza de paciencia y de cuidados, se le entregaría en racimos de pimpollos. No sucedió así. No en primavera. Sucedió en el mes de junio, cuando ya  nadie espera que florezcan los rosales.

         Aquella mañana de fines de junio mientras carpía y retiraba maleza de los canteros, Leonidas escuchó una animada conversación desde la casa y detuvo su trabajo para mirar hacia el patio exterior que daba al jardín. Recordó entonces que Cristina,  la directora de Casablanca, le había comentado que ese día ingresaba a la residencial una nueva  compañera. Permaneció un momento observando el grupo que conversaba y alcanzó a divisar el rostro de la nueva.  Por un instante se sintió desconcertado. No podía ser ella. Tal vez la vista comenzaba a traicionarlo.  Había dejado muy atrás los años jóvenes y ese rostro que acababa de vislumbrar, lo retrotrajo a un tiempo lejano. A un recuerdo triste, que guardaba dormido, del tiempo aquel de los verdes años.  Regresó a una época casi olvidada. Volvió a recorrer los patios de la vieja casa donde pasó la infancia. Regresaron a su memoria sus padres y  hermanos.  Y se vio él, entonces estudiante,  en la ardiente primavera de su vida.                              
                                                   
          La casa de Leonidas se encontraba en un barrio fabril, en los suburbios de la ciudad. Casas bajas con calles adoquinadas y  faroles en las esquinas de ochavas. Barrio con olor a madreselvas y cielos, infinitos, de lunas blancas.
         A unas cuadras de su casa vivía una familia muy pobre y de mal vivir. Los vecinos, gente toda de trabajo, no la aceptaba. La formaba una pareja con  varios hijos que andaban todo el día en la calle pidiendo, o robando.
        Cuando los padres lograban reunir algunos pesos compraban alcohol, se embriagaban, se insultaban, se castigaban entre ellos y castigaban a los hijos. Por las mañanas los mandaban a pedir,  a robar y  no volver sin dinero.
Una de las niñas se llamaba Caterina. Era rubia y  triste. Llevaba cumplidos los  doce años y andaba siempre llorando por la calle.
          Caterina le dolía en el corazón a Leonidas. Ansiaba crecer de una vez para  protegerla. A veces se encontraban a la vuelta del puesto de verduras y él le decía que la quería. Que no llorara. Que cuando fuera más grande y consiguiera trabajo iban a vivir juntos. Entonces ella lloraba con más ganas.
En aquellos días Leonidas tenía apenas catorce años y aunque lo intentó no llegó nunca a definir el real sentimiento, aparte de una gran ternura, que lo ataba a la muchacha. De lo que en cambio estuvo siempre seguro, fue de su firme deseo de protegerla. Protegerla de la maldad de la gente. De los hombres que la asediaban. De la ignominia de sus padres que la vendían por una botella de alcohol. Entonces pensó que la amaba. Y tal vez la amó. Tal vez. Con ese amor compasivo que despierta un cachorro apaleado, abandonado en la calle una noche de lluvia.
Los padres comenzaron a preocuparse por el joven. Lo notaban desganado, sin deseos de comer ni de estudiar. Fue el padre quién enfrentó la situación. Indagó. Quiso saber qué le estaba pasando. No pudo aceptar la explicación que dio Leonidas. No quiso. Su hijo se había enamorado de la única persona de la cual  no podía enamorarse. Caterina era una chica de la calle. Todo el mundo lo sabía. ¿No se daba cuenta él? No era amor, no, lo que sentía por ella. Era solamente lástima. Lástima, Leonidas. ¿Cómo te vas a enamorar de esa muchacha? ¡No, no vuelvas ni a mencionarlo! Ya  te vas a olvidar.  Sos muy chico todavía. ¡Qué podés saber vos de amores y mujeres! Ya encontrarás, cuando termines los estudios, una chica de buena familia de quien enamorarte. ¡Te pido por favor que te olvides de ese asunto!  Sos  muy chico para entender ciertas cosas.  Ella no es una muchacha para casarse. ¿Entendés?  Ningún hombre honesto se casa con una mujer de esas. ¡Vamos, Leonidas! No querrás que tu madre se enferme del disgusto!
 Y Leonidas no supo qué contestar

                                                          

Caterina no tuvo tiempo de terminar  la escuela. Era la mayor de los hermanos y aprendió, junto con los primeros pasos, a extender la manita por una limosna. Vestida siempre de túnica y moña, subía y bajaba sola de los ómnibus desde antes de cumplir los seis años. Al principio pedía una moneda y la gente le daba, porque era bonita. En la calle aprendió a robar. Con amigos de la calle. Entraban a los comercios dos o tres juntos, ellos entorpecían a las personas que se encontraban  dentro y ella, que era la más ágil, manoteaba lo que podía y salía corriendo. Tenía diez años cuando una noche los padres, alcoholizados, la vendieron a un fulano por cincuenta pesos. Después, cuando se les pasó la embriaguez, lloraron por lo que habían hecho. Al otro día la volvieron a vender.
Caterina, por primera vez, siente un atisbo de felicidad. Les cuenta a sus padres que  el joven Leonidas le prometió que cuando trabaje van a vivir juntos. La madre gritó desaforada: ¡¿qué te dijo ese atorrante?!  ¡¿Qué te va a llevar con él?!
 Insultó el padre como un demente: ¡la puta madre que lo parió! ¡Decile a ese guacho que no se  meta con nosotros si no quiere que le parta  la cabeza de un fierrazo! Decile que digo yo, no más. ¡Guacho  de mierda! Mal parido  ¡Viá  tener que hablar con el padre pa´que lo ponga en vereda, al hijo de puta! Te fijaste vos como se mete la gente en lo que no le importa. No se da cuenta el guacho que vos tenés hermanos que mantener. Y nosotros. Tu madre y yo. ¿De qué vamos a vivir? Ahora que los tipos te empiezan a pagar bien, te quiere llevar. Mirá, ¡si  me dan ganas de salir  ahora y cagarlo a patadas! Desgraciado. Guacho hijo de mil putas. Lo viá  matar, mirá. Más vale que nunca lo vea contigo porque lo mato. ¡Te juro que lo mato!

           Al mediodía la vio en el almuerzo. Era ella, no cabía dudas. La pequeña Caterina del barrio olvidado. La Caterina con doce años que lloraba por la calle. Su primer amor. Amor delirante al que ella misma, una noche, lo obligó a renunciar.
Leonidas la miró para saludarla. Ella le sonrió sin reconocerlo. ¡Habían pasado tantos años! Cómo podía reconocer en ese anciano, a aquel adolescente que una vez le dijo que la amaba y que un día se irían a vivir juntos. 
Y él,  por tercera vez, permaneció callado.


     Las matas de cartuchos, con sus hojas grandes y lustrosas, los bulbos de gladiolos trasplantados, las dalias dobles y los crisantemos, iban a su tiempo floreciendo en el jardín de Casablanca. Leonidas en su oficio de jardinero fue haciéndose cada vez más eficiente. Aprendió que, según la luz que necesitan para desarrollarse,  pueden dividirse en: plantas de solana y plantas de umbría. Si se multiplican por semillas, división de matas, por gajos, acodos, injertos o bulbos, requerirán más o menos riego. Que es necesario abonar la tierra periódicamente, combatir los insectos que las dañan y podar algunas de ellas.
Leonidas hace ya varios años que es jardinero de la Residencial Casablanca para el Adulto Mayor. Comenzó después de haberse jubilado, por el deseo de hacer algo con su vida, pues entendió que el tiempo le sobraba y el cuidado de las plantas fue algo que siempre le atrajo. Así que al enterarse que la residencial necesitaba un jardinero, se ofreció sin pretensiones. Un par de años después, cuando falleció su esposa, comprendió que la soledad era quien lo aguardaba cada tarde al volver a su casa. De manera que un día decidió quedarse  a vivir en la residencial, donde se sintió realmente acompañado. 
La vida para Leonidas no ha tenido demasiados altibajos. A  veces, en las tardecitas, se sienta bajo los árboles a tomar mate. Entonces los recuerdos lo invaden. Examina los años vividos. Y aunque  reconoce logros y desaciertos  no puede, no pudo nunca, arrancar de su pecho, una espina que lo ha acompañado desde siempre y lo hiere todavía.
        
         Hace días que Leonidas no ve a Caterina. Cuando vuelve de estudiar camina unas cuadras más, para pasar por su casa. El padre lo vio un día y le gritó: ¡Hijo de puta! ¿qué andás haciendo por acá? ¡Si te veo con la Caterina te viámatar!
Pasó mucho tiempo sin verla y pensó que podría estar enferma. Después supo que no. Alguien dijo que la habían visto  por el Centro. Caminando. Él no podía creerlo. Los vecinos del barrio no la querían, eso lo sabía bien. Tendría que verlo con sus propios ojos. A veces la gente se ensaña, inventa cosas.
Una noche la vio salir de su casa. La encontró más linda. Maquillada y bien vestida parecía de dieciocho. No dudó en seguirla. Ella tomó un ómnibus para el Centro. Allí se paró en una esquina con otras mujeres. No demoró en irse. Se le acercó un hombre, habló dos palabras y se fue con él. Pasó junto de Leonidas sin  verlo. Con la cabeza apenas inclinada, presa todavía de un poco de vergüenza. Vergüenza que irá, poco a poco, perdiendo para siempre y hasta nunca en ese submundo aberrante del que no puede, no podrá ya salir. Evadirse. Donde deberá seguir, sin salvación posible, arrojada allí como en una pesadilla. Convencida de que,  aunque logre un día apartarse de esa vida, será ya hasta el fin y para todos: una mujer de la calle.
Recién entonces Leonidas comprendió que la había perdido. Entendió que Caterina no podía esperar a que él finalizara los estudios y consiguiera trabajo; terminara de criarse y  se hiciera un hombre. Ella ya era una mujer. Los tiempos de ambos no eran los mismos. Los tiempos de él no tenían prisa. Pero a ella la vida la venía empujando hacia un abismo al que no tuvo más remedio que saltar.
Volvió al barrio con una herida que le lastimaba  el pecho. Por mucho tiempo se culpó de no haber podido ayudarla. Después prefirió pensar que la vida de ellos dos, tenía marcados caminos opuestos. 
 Y decidió no  volver a verla. 

        Cuando terminó el liceo, Leonidas ingresó al Instituto de Profesores Artigas. Era, entonces, un joven callado e introvertido. Estudiaba historia y filosofía. Allí conoció a Marlene, una chica que había venido a estudiar al I.P.A. desde la ciudad de Salto. Compañeros de estudios, se hicieron primero amigos y luego, más enamorada ella que él,  formalizaron el noviazgo. Marlene vivía en  Montevideo  en una casa para  estudiantes con la idea de que, una vez recibido el título, volvería a su ciudad. Por lo tanto, a partir del noviazgo,  la joven le propuso a Leonidas, irse a vivir con ella a su departamento. Él aceptó, pues era una forma  de desprenderse del recuerdo de Caterina, que continuaba mortificándolo. Recuerdo que, pese a todo, no trató nunca de arrancar definitivamente de su pensamiento. Pues, cada tanto la veía niña llorando por las calles del barrio y otras veces  hecha una mujer pintados los ojos y la boca, vendiendo su juventud  por las esquinas del Centro.
En esos años más de una vez la buscó e intentó hablarle. Ella no quería escucharlo. Una noche, sin embargo, conversaron. Estaba terminando el profesorado, ese verano se casaba con Marlene y se iban a vivir al litoral. Sabía dónde encontrarla. Se fueron juntos a tomar un café por la Ciudad Vieja. Las luces aburridas de los faroles estiraban sombras sobre las veredas grises. El país arrastraba sinsabores. Poca gente y poca plata en la calle. Entraron a un boliche alumbrado por una magra lamparilla que regaba su luz moribunda sobre el mostrador. Mientras el mozo se empeñaba con  las palabras cruzadas de El Diario, el patrón, sentado frente a la registradora, descabezaba el sueño de la media noche. En la radio: Magaldi el sentimental.
Se sentaron al fondo, donde casi no llegaba la luz. El muchacho no sabía cómo empezar a hablar, ni qué decir. Ella lo miró desde sus avezados veinte años y sonrió.
—Bueno,  Leonidas,  hablá  ¿qué querés  decirme? Conseguiste trabajo. Me vas a llevar a vivir con vos. Cuanto ganás. Podrás bancarme. Sabés la guita que hago yo por noche. Vas a trabajar vos para mí. ¿O voy a trabajar yo para vos? ¡Hablá!  ¿Qué querías decirme?
 Volvió a sonreír con una sonrisa que no le conocía. Trágica. Absurda. Él intentó ver a través de aquella hermosa muchacha  que lo miraba desafiante, a la frágil Caterina  que un día amó y que todavía le dolía. La  buscó detrás de los ojos burlones y la boca pintada. Supo que seguía allí. Pequeña. Desamparada. Oculta tras un disfraz denigrante que la vida le ofreció por vestidura. En las preguntas de la joven encontró las respuestas que había ido a buscar. Se sintió torpe. Fuera de lugar.  Avergonzado de estar allí. De haberla buscado. Si él ya había resuelto su vida. No tenía derecho a perturbar a la muchacha que estaba, tan solo, intentando sobrevivir.
Ella tomó el bolso, se puso de pie y dijo con  preeminencia: 
 —Viví tu vida Leonidas, y dejame a mí vivir la mía.  Olvidate. No quiero volver a verte... gracias por  el café.
  Le palmeó el hombro y lo miró con unos ojos que hablaban de un tiempo pasado.
 —Chau, pibe  —le susurró  con ternura maternal al despedirse.
Colgó su bolso al hombro. Sacudió la cabeza y la mata de su cabello cayó como un telón sobre la espalda. Se fue haciendo equilibrio sobre unos tacos increíbles. Luciendo una falda demasiado corta y un escote demasiado largo.
Leonidas quedó impávido sentado en el boliche. Caterina había tomado la palabra y en cuatro frases marcó el tablero. Colocó las fichas de cada lado y esperó a que él moviera. Sabía que él no se iba a animar. Y comenzó ella a jugar. Cada pregunta era una jugada. Lo apabulló ante la destreza con que llevó la conversación. Y él, por segunda vez, no  pudo hablar. No se animó. La joven comenzó y terminó el juego. Dijo todo lo que había que decir y se retiró  poniéndole fin a la ajetreada relación que, alguna vez, pudo haber existido entre los dos.
 Y Leonidas  supo esa noche que Caterina lo había marcado a fuego y que esa marca la llevaría mientras viviera.

         Habían pasado  ya varios días desde la llegada de la nueva a Casablanca. No dejó de llamar  la atención de todos los residentes,  lo pronto que se adaptó a la vida en la residencial. No era común. Por lo general a las señoras les cuesta un poco acostumbrarse a  la convivencia con personas ajenas a su entorno familiar. Extrañan y es comprensible,  dejan su casa, sus muebles, recuerdos, afectos que las han acompañado durante toda su vida.
        A los señores también les cuesta integrarse. Por lo menos al principio. Deben  hacer un esfuerzo hasta que se conozcan, luego la camaradería surge sola. De modo que esta señora que desde el primer día de su ingreso se sintió como en su casa, les ha llamado gratamente la atención a todos.
    Ha entablado una amistad franca con los residentes y con el personal. Tan cómoda y feliz se encuentra que pareciera que nunca hubiese vivido tan bien. Tan acompañada. Tan protegida.
 Con Leonidas conversan asiduamente. Ella baja al jardín  y se sienta a conversar con el jardinero. Le encanta hablar. Cuenta cosas agradables de su vida pasada. Leonidas le hace preguntas directas. Si era casada. Si tuvo hijos. En qué barrio nació. Y ella complacida ha comenzado a contarle su vida.
—Nací, dice, en un barrio muy lindo. Por el Parque Rodó. ¿Conoce señor Leonidas ese barrio?  Mi madre nos llevaba todos los días a pasear por el parque. En otoño íbamos para el lado de las canteras a tomar sol. Por el campo de Golf. ¿Conoce el campo de Golf? En verano nos llevaba a la playa  y a pasear por la rambla. Por la rambla, sí. Nosotros éramos dos hermanos, nada más. Mi mamá y mi papá eran muy buenos y nos querían mucho. Mi padre trabajaba. Era muy trabajador. Le compró una casa preciosa a mi madre. Ahí nací yo. Por el Parque Rodó. A los dos hermanos nos mandaron a estudiar. Fuimos a la escuela y al liceo. Nos cuidaban mucho, sabe. Yo nunca trabajé porque a mi padre no le gustaba que anduviese por la calle. Él decía que no tenía ninguna necesidad de salir a trabajar. Yo salí de mi casa para casarme.
 Me casé de vestido blanco...con un velo largo, muy largo. Y flores. Llevaba flores en las manos. Un ramo de rosas. Como esas. Esas chiquitas. Las del muro. Como las rositas del muro. Sí, iguales a las rositas del muro. Sí, señor Leonidas, gracias a Dios, yo tuve una vida muy linda, muy linda, de blanco me casé, de blanco...
—¿Con quién se casó señora Caterina? Cómo se llamaba su esposo ¿Se acuerda?
—Si, cómo no me voy a acordar. Se llamaba Leonidas. Como usted. Qué casualidad ¿no? Fue mi único novio. Lo conocí cuando iba a la escuela. O al liceo no me acuerdo bien. Fuimos novios y después nos casamos. Yo me casé con un vestido blanco...y un velo largo, muy largo...y flores, llevaba flores en las manos. Rosas. Rosas llevaba... después nos fuimos del barrio.
—¿Se mudaron del Parque Rodó?
—¿Del Parque Rodó?
—¿No me dijo que vivía por el Parque Rodó?
-—Ah, sí, creo que vivíamos por el Parque Rodó. De eso  no me acuerdo muy bien.
—¿Y tuvieron hijos?
—¿Hijos? Sí, creo que sí. Muchos hijos. O pocos. Uno o dos. No me acuerdo cuantos hijos tuvimos.  De algunas cosas me olvido, sabe. De algunas cosas. De otras no. De otras no me olvido. Creo.
Mientras cuenta, Leonidas comprueba el deterioro que ha sufrido la mente de Caterina. No sabe, la anciana, quién es en realidad. Vive en un estado de semi locura habitando un mundo de  personajes irreales que la hacen engañosamente feliz.
Cristina le ha contado a Leonidas que la señora Caterina no está del todo bien. Que ha perdido  la memoria y que confunde las cosas y  las personas. También le ha dicho que la dejó en la residencial una señora muy católica, quien se hizo cargo de todos sus gastos. La señora, contó Cristina, la había sacado de la calle como un acto de caridad, una tarde muy fría en que la pobre se había cobijado en su portal.
Leonidas comprende que el destino ha hecho que  volvieran a encontrarse cuando las vidas de ambos, están ya al final del otoño.
 No sabe, aunque se imagina, la vida que ella llevó todos esos años en que no supieron el uno del otro. Mientras tanto Caterina sigue contando, cuenta la vida que le hubiese gustado vivir.  Y la cuenta como si realmente la hubiera vivido.
 Ha conseguido dejar a un lado de su memoria, la vida de oprobio que llevó. Ha inaugurado un mundo propio. Mágico. En el que se ha instalado a vivir con todo el derecho del mundo y donde, ella misma, construirá la felicidad que durante toda su vida le fue negada. Edificará su vida desde los cimientos. Le contará a este viejo jardinero, que  escucha con atención sus relatos, sobre su niñez en una hermosa casa junto a dos padres que la amaron y la cuidaron. Le contará de Leonidas, su primer y único amor, con quien se casó un día. De su juventud dichosa, de los hijos adorados y sus viajes por el  mundo, junto a  un  marido  que la amó y fue su apoyo. Le contará una historia fantástica donde ella será la única protagonista. Un hermoso cuento de Hadas en el que será, al fin, inmensamente  feliz.
   —Estuve en España y en Francia. Estuve en París. En el Sena...
   —¿Con su esposo, estuvo?
   —Mi esposo.
   —¿No fue a París con su esposo?
   —No sé, creo que sí.
   —Y cómo es París.
   —¿París? No sé. No sé cómo es París. Nunca fui a París...