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miércoles, 8 de mayo de 2013

La rueca


      

                             

       Hace unos años en el pueblo de pescadores de Cabo Polonio, vivía  Jesús Lamas con su mujer Eleonora y su pequeña hija Gredel. Vivían en paz y en legítima pobreza, pero vivían felices.
       Apena el sol despuntaba, Jesús salía al mar con su barcaza en busca de la comida diaria. Así un día y otro, un  año y otro, y todos los días y todos los años. Hasta que el mar se cansó de dar y dar y una tarde, al regreso de la barca, el viento del este sopló encolerizado, el mar se levantó en olas que  sacudieron, golpearon y dieron vuelta la barca, hundiéndola con Jesús y su carga de peces.

         Mientras Eleonora en la playa, al ver que su marido no regresaba, salió mar adentro en un bote de remos para ver si lo divisaba en el horizonte. Remó sin dirección, se hizo la noche y no supo regresar, de modo que  la pequeña Gredel quedó  sola, sin familia ni protección.

         En aquel entonces vivía en el pueblo una anciana llamada Cloto, que tenía una rueca donde hilaba día y noche. Por piedad, ante la tragedia,  Cloto recogió a la niña que terminó de criarse junto a ella. De modo que la pequeña Gredel pasó feliz su niñez y su adolescencia en aquel paraje idílico del  Polonio, con su antiguo faro y sus enormes arenales.

Cada tanto, a devanar el hilo que hilaba Cloto, llegaba una hermana anciana  llamada Láquesis. Y la niña  fue para las  dos mujeres la felicidad que los dioses les habían negado, pues vivían prodigándole cuidados y el amor que guardaban íntegro, pues nunca antes habían tenido  a quién ofrendarlo.

Mientras tanto la niña fue convirtiéndose en una hermosa joven, para quién llegó un día el Amor en una barca que vino del Brasil.

 El joven marino se llamaba Augusto quien, al conocer a la joven huérfana que vivía con la anciana Cloto, se enamoró de ella y decidió llevársela con él a su país.

        Una vez enteradas las dos ancianas de la decisión del joven Augusto, no pudieron contener su desconsuelo.

En esos días de tanto dolor se apersonó Átropos con sus tijeras,  a cortar el hilo que devanaban e hilaban sus hermanas.
Gredel se fue una tarde con Augusto. Las tres ancianas quedaron solas en la casa del Cabo Polonio.

Cuentan los vecinos del pueblo que la barca de  Augusto y Gredel, no llegó nunca al país del norte.


Ada Vega - http://adavega1936.blogspot.com/