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sábado, 22 de junio de 2013

De rodillas


          
     No sé si ya conté como conocí a Gerardo. Revivo tantas veces la historia que tuvimos, que nunca  sé cuándo la cuento, la recuerdo o la sueño. Fue un invierno. Eran las nueve de la mañana y yo acababa de entrar al edificio donde trabajaba hacía más de diez años. Él  salía. Nos cruzamos en el hall. Lo vi venir hacia mí y su figura aún la llevo grabada. Vestía de sport con una cuidada desprolijidad. El cabello oscuro, un poco largo, le caía desmayado a un costado sobre la frente. Caminaba mirándome y no dejó de hacerlo cuando nos cruzamos.
 Adiós bombón, me dieron ganas de decirle, pero no quise de entrada jugar el dos de la muestra. Giré mi cabeza para volver a mirarlo y tuve que correr porque se me iba el ascensor. Subí y él subió detrás. Íbamos un poco apretados, a esa hora comienza la actividad en todas las oficinas. Puso la mano sobre la botonera y me miró. Octavo, dije. Bajamos los dos en el octavo, me tomó de un brazo, ¿a qué hora salís? me preguntó.
No era un bombón: era una caja de bombones de licor que, embriagada, me llevaron del cielo al fondo mismo de los círculos concéntricos. Tenía la sensualidad de sus veinte años y  la experiencia de los hombres al llegar a los cuarenta. Era hermoso como un ángel. Taimado como el demonio. Podía ser mi hijo: mi madre me tuvo a los quince. No trabajaba. Estaba cursando una carrera universitaria.
En aquel entonces yo vivía con mi madre en la calle Osorio, a dos cuadras del Zoológico. No podía llevarlo a mi casa. Mi madre, mis vecinos, mis amigos, pensarían que  estaba desquiciada… ¡y estaba desquiciada! Estaba loca, atormentada. Enloquecida por él. Alquilé un departamento escondido en la Ciudad Vieja, en una calle por donde sólo pasaba el viento. Y nos fuimos a vivir juntos. Contaba con un buen sueldo, podíamos vivir bien los dos. Él estudiaba. Estudiaba. No perdía un examen. Tenía apuro por recibirse. Tenía proyectos. Teníamos proyectos.
El trabajo de la oficina era agobiante, al finalizar la jornada en lo único que pensaba era en estar con él. Me moría por estar  con él. Por estar en sus brazos. Besar su rostro, su pecho púber, su vientre plano, su sexo arrogante. Por respirarlo, sentirlo dentro de mí hasta ese grito ahogado del paroxismo final donde no importa morir o seguir viviendo… pero él estaba siempre con la cabeza metida en los libros. Así que al llegar al apartamento me besaba, me acariciaba apenas y seguía enfrascado en sus litigios. De modo que, vencida, me ponía a preparar la cena. Cenábamos y me acostaba a esperarlo. Y me dormía esperándolo. A las mil y quinientas llegaba al fin y se tendía a mi lado reclamándome imperioso. Sentía sus manos recorrerme abusivas, la respiración agitada sobre mi nuca, la boca húmeda mordiendo  mi espalda. Y era el sueño y la noche. Y era el amor. Para ese sólo momento vivíamos los dos. Para ese sólo momento vivía yo. Pasé en aquel apartamento de la Ciudad Vieja los cinco años más plenos de mi vida. Estaba apasionada con Gerardo que nunca dejó de demostrarme su amor.
Pero un día se recibió. Los padres le hicieron una fiesta, y  a mí no me invitaron. Yo no existía para ellos. Nunca me quisieron conocer. No quisieron conocer a  quien  durante cinco años les mantuvo al hijo para que estudiara. Que hacía  cinco años era su mujer. Gerardo me dio una explicación ya conocida: yo era una mujer mayor que me había aprovechado de su juventud y su inexperiencia. No quise llorar frente a él.
Se fue a las nueve de la noche estrenando traje, camisa y corbata. Nunca lo había visto tan seductor, tan sexi. Tan hombre. Sin duda había crecido a mi lado. —En tres horas estoy de vuelta —dijo—,  y  soy todo para vos. Te amo, esperame despierta. A las doce  de la noche dejé un sahumerio en el living, encendí velas en el piso, en las mesas de luz, sobre la cómoda, arriba del ropero y en el baño. Me duché, me perfumé y  estrené el portaligas y el body negro más fascinante que encontré recorriendo galerías. Gerardo volvió —como me lo había dicho—  en cuanto terminó la reunión: a las ocho de la mañana.  Yo me había dormido sentada en el sofá del living. Me despertaron las bocinas y los cánticos de los amigos que lo trajeron. Tuve que ayudarlo a subir. Lo llevé al dormitorio y se tiró en la cama vestido. Antes de cerrar los ojos y quedar completamente dormido me dijo: —mami, se está prendiendo fuego el apartamento.
            Tiré las cenizas del sahumerio, terminé de apagar las velas y las tiré a la basura  y antes de acostarme me paré frente al espejo y a la mujer que me miraba luciendo  un precioso body negro le dije: ¡estúpida! y me acosté.
             Era domingo, me levanté antes del mediodía junté un poco de ropa la metí en un bolso y me fui a llorar a la calle Osorio. Él dormía plácido y feliz. Cuando llegué a mi casa y, entre lágrimas, le conté a mi madre mis vicisitudes, me dijo: —¡Pero m´hija, usted no cambia más! ¿hasta cuándo va a andar corriendo atrás de los muchachos jóvenes?  Usted está grande, m´hija, búsquese un hombre de su edad con un buen pasar, ¡déjese de andar criando entenados! ¿Qué puede tener un muchacho joven que no tenga un hombre mayor, de respeto? ¡Dígame! Dejé de llorar para mirar a mi madre…cómo podría explicarle —pensé.  Subí a mi viejo dormitorio y pasé allí el resto del día. Al llegar la noche estaba cansada, con sueño. Me dormí temprano.  A las tres de la mañana me despertaron el timbre de la casa y los gritos de Gerardo llamándome desde  la vereda. Bajé a pedirle que no hiciera escándalo,    ¡vamos para casa! —dijo. Estaba con la misma ropa con la que fue a la fiesta, con la misma ropa que se acostó a dormir. Entré a buscar un tapado y me fui con él.  Esa noche me juró por la madre, por el padre, las cenizas de los abuelos y los santos sacramentos que jamás me dejaría. De rodillas me juró. Que antes de fin de año estaríamos casados. De rodillas me juró.
      Comencé a guardar la ropa que iba dejando tirada. Recogí el pantalón del piso, lo sacudí, lo alisé y lo coloqué doblado en una percha. Tomé de las solapas el saco tirado a los pies de la cama y mientras lo sacudía,  de uno de los bolsillos internos, un sobre blanco y alargado voló al piso. Lo dejé donde cayó mientras colocaba el saco encima del pantalón  y lo guardaba en el placard. Volví, y mientras me agachaba a tomarlo del suelo miré a Gerardo, desnudo, tirado sobre la cama: la imagen viva de un ángel perverso.  Me puse de pie y, frente a él,  abrí el sobre. Era un pasaje de avión para un viaje de tres meses a Europa, con un grupo de estudiantes de derecho.

       Lo que más bronca me da, es que… ¡de rodillas me juró!   
 

Ada Vega, 2010 - Garúa: http://adavega1936.blogspot.com/

jueves, 20 de junio de 2013

Entre nosotros.

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                Mis amigas, porque veo cosas que ellas no ven,  piensan que soy bruja. Porque cambio cosas de lugar con sólo mirarlas. Porque anuncio que alguien va a morir  en nuestro entorno cuando la noche antes, un pájaro grande y negro  llega volando se  detiene un momento en la rama del árbol de mi vereda  y  luego se va. No lo veo siempre, a veces  muere alguien y al pájaro no lo vi. También veo espíritus que andan por la calle o dentro de mi casa.  Son figuras transparentes, no les veo las caras, pasan a mi lado y siguen sin detenerse. No hablan ni molestan.
 No tengo la culpa si la demás gente no los ve. No soy bruja, las brujas hacen brujerías, daños, y a mi nunca se me ocurrió hacerle un daño a alguien (a pesar de que a más de cuatro los tendría que haber pasado por el caldero), pero no, porque sé que los daños que se hacen con brujerías siempre vuelven duplicados.
 Por ese motivo, cuando soy partícipe de algún hecho extraño que se asemeja a una brujería, no lo cuento a nadie.
      De todos modos lo que me sucedió hace un tiempo ¡tengo que contarlo!  Eso sí, por favor, que sólo quede entre nosotros. 
Ustedes vieron que la computadora ya es parte de nuestras vidas. ¿Quién puede vivir sin una máquina electrónica, computadora, computador, ordenador o como quiera llamársele? ¿Quién puede vivir sin Word, e- mail, YouTube, Facebook? ¡Twitter! Nadie.  Tampoco yo.
El hecho es que aparte de escribir cuentos, leer,  contestar mensajes y averiguar datos, me ha dado por  mirar películas y telenovelas desde el monitor de mi computadora.
 Hace un tiempo me enganché con una telenovela brasileña que, aparte de mostrar al mundo la belleza panorámica de Brasil, tenía un reparto muy interesante de actores.
Pues bien, una tarde mi hija al volver del liceo  colocó su Laptop sobre una mesa a mi espalda, y se puso a ver una  serie  española  ambientada en los años cuarenta del siglo pasado.
 Su ordenador  quedaba de frente a mi monitor.
 Una tarde, de la novela que yo seguía desapareció una actriz que participaba con un papel secundario, pero muy sugestivo. Desapareció, digo, porque dejó de actuar sin explicación. El papel que representaba era necesario para el desarrollo de la obra, de modo que su imprevista cesación solo podía ser debido a su fallecimiento. Pasaron tres o cuatro capítulos y subsanaron el hecho cambiando el parlamento de algunos actores y así quedó hasta el fin de la obra.
 Una tarde abandoné  mi novela para ir a  la cocina. Al pasar junto a mi hija miré distraída el monitor de su Laptop  y me detuve un momento  pues me pareció ver a la actriz desaparecida  de mi novela brasileña,  actuando  como novia de un actor  en la serie española. Aunque vestía  la misma ropa se veía deslucida.
Le pregunté a mi hija qué hacía esa joven en la novela, con la ropa y el  peinado tan fuera de época. Me contestó que no sabía, que hacía dos o tres capítulos que  había aparecido en la pantalla y  que no habían dado ninguna explicación.
 —Es un engendro, me dijo. Está siempre pegada a ese actor. Aunque  parece que él no la ve, no la mira ni le habla.
Entonces le conté lo sucedido en mi telenovela, me miró escéptica y me dijo:
 —¡Ay mami, por favor!  No pensarás que la actriz se enamoró desde tu monitor del actor de mi novela y se cambió como quien se cambia de casa.
Y, pensándolo bien, mi hija tenía razón. A veces creo que estas máquinas nos están invadiendo para volvernos locos y llegar un día a esclavizarnos.
Mi novela brasileña terminó unos días antes que la española que veía mi hija. La actriz que cambió de novela fue día a día  transformándose en otro ser.  Ya no tuvo ropa  ni cuerpo humano, se convirtió en un ser irreal, un robot. Una mujer digital.
 Siguió, de todos modos,  abrazada, besando y acariciando al actor español sin que el joven se enterara.
En la obra nadie la vio. No hubo explicación.
Desde ese momento quedé pendiente del final de la serie. Mi hija se conformó pensado que la actuación misteriosa de la actriz brasileña, era solo una parte fantástica que le habrían agregado a la historia española.
Las dos telenovelas empezaban y terminaban en el mismo horario. Unos minutos antes de terminar el último capítulo, la actriz digital trató de volver a la novela de mi computador.
  De manera que viajó en la luz del monitor de mi  hija y se insertó en el haz de luz del mío, pero no logró introducirse en su novela  pues la misma hacía ya unos días que  no existía.
 Quedó,  por lo tanto,  fuera del monitor.
Suspendida en  el aire, entre el visor y yo,  parecía una pequeña  muñeca de finos hilos de cristal que, como un prisma se tornasolaba en un sinfín de colores brillantes.
Se había detenido  un momento  sobre la luz que la había traído de regreso, cuando mi hija cerró su Laptop.
 Fue entonces que en medio de un gemido semejante a una nota musical desconocida, tal vez a la música que, según dicen,  emiten los astros al girar en el espacio, la vi desintegrarse.

 Y en el zigzaguear de un rayo eléctrico, delante de mis ojos,  desapareció de la habitación.