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sábado, 27 de diciembre de 2014

Los hermanos Belafonte

    

      Nadie, de quienes conocieron a los hermanos Aldo y Giuliano Belafonte,  podía creer que aquellos dos eran mellizos. No se parecían en su complexión ni en su temperamento. Mientras crecían fueron, entre los vecinos, un tema  casi obligado. Después, al correr el tiempo, fueron historia.  
     Cuando eran niños había en el barrio un cuadro de fútbol, los domingos armaban partido con los botijas del Barrio Jardín. De puntero derecho jugaba Giuliano, el más chico de los mellizos. Al Aldo nunca le gustó el fútbol, jugaba al básquet en la cancha de los curas.
    De entreala derecho jugaba Joselo Torreira, el hijo del gallego que tenía una carnicería en la curva  y que, cuando jugaban a los policías y ladrones siempre quería ser el comisario. Con los años Joselo se vio realizado y llegó a ser un inspector de policía muy respetado; trabajaba en la Jefatura de Policía de  Montevideo donde tenía una oficina algo venida a menos, pero privada. Cuando sucedieron los crímenes, más que nada por intuición,  fue él quien develó el misterio. Vaya a saber cual fue el móvil que lo indujo a traer de los pelos, el recuerdo de los hermanos Belafonte.      
      Aldo era el mayor de los mellizos, aventajaba a Giuliano en escasos veintisiete minutos. Se comentaba que cuando nació, como Giuliano  demoraba en hacer su aparición, se puso a llorar a gritos hasta que el mellizo asomó la cabeza. Por lo tanto, desde el momento de su llegada al mundo, quedó clarísimo que  estarían íntimamente unidos como si fuesen  la cara y la cruz de una misma moneda.
    A medida que fueron creciendo, la diferencia física entre los dos se hizo cada vez más evidente. También se hizo evidente la arraigada hermandad que los unía y quién, entre los dos, llevaría la voz cantante.  Próximo a cumplir los seis años los padres  de los mellizos decidieron, de común acuerdo, enviarlos a escuelas distintas a fin de que, separados, pudiesen desarrollar mejor sus propias personalidades.
    Giuliano fue buen estudiante en primaria y secundaria y ya ingresado a la universidad optó por la abogacía. Aldo pasó la escuela sin pena ni gloria, cursó el liceo entre rabonas y pillerías y le dedicó más años de los normales a las Ciencias Económicas.
    Pese a las diferencias de los dos hermanos con la mayoría de los mellizos gemelos solían usar como aquellos la vieja travesura de hacerse pasar el uno por el otro. Con la particularidad de que  los  mellizos Belafonte se hacían pasar por ellos mismos, creando un doble de cada uno. Patraña que había inventado Aldo y que usaron los muchachos, más de una vez, en los primeros años de estudiantes como una aventura sin consecuencias, pero que perduró en Aldo como un resabio de su juventud irreflexiva.
     Los años y  sus propias actividades fueron separando las vidas de los mellizos.  Giuliano que siempre exteriorizó una personalidad diferente a la de su hermano, trató de poner distancia entre los dos. Un día decidió irse del país a recorrer el mundo. Vivió unos años en Europa para afincarse  luego en el Cairo.
      Mientras tanto Aldo, empleado en una financiera como contador, seguía perfeccionando su otro yo que aparecía cada tanto entre sus conocidos como el hermano mellizo. Solía, por lo tanto, vestirse, peinarse, caminar y hablar de manera distinta a su modo habitual, llegando a crear un personaje que llegó a recorrer las calles y comercios de Montevideo, como si fuese realmente su hermano gemelo.
    Esa creatividad, que comenzó como una simple diversión, pasó a ser primordial  el día que Aldo comenzó a planear el primer crimen. Que, aunque lo fue preparando minuciosamente hasta en  los más pequeños detalles dejó, tal vez, el más importante por el camino.
    Una noche,  jugando el juego del otro yo, se vistió y se peinó como su hermano  mellizo y concurrió a una cena donde había sido invitado. A nadie le llamó la atención la presencia de Giuliano pues varias personas ya lo habían visto antes y sabían además que Aldo tenía un hermano mellizo.
     Fue en esa cena que el  seudo  Giuliano conoció a Clara Gabaran una mujer muy interesante casada con un francés llamado Bastian Hardoy, un hombre de mucho dinero con quien comenzó, al poco tiempo,  una relación amorosa.  Relación que fue cobrando fuerza principalmente del lado de “Giuliano” quien terminó enamorándose perdidamente al punto  de no lograr controlar los celos que comenzaron a atormentarlo. De modo que en  cada encuentro de la pareja se fue haciendo más obsesivo el pedido del hombre hacia la mujer, para  que dejara a su marido y  se fuera a vivir con él. Algo que nunca prosperó, debido a  que  el amor de ella no era tan contundente como el joven suponía ni él podía darle la vida que ella llevaba  junto a su marido.
      Aldo cayó entonces en la cuenta de que sólo si Bastian no existiera, aquella mujer podría seguir siendo suya. Fue en  esos días que comenzó a maquinar la muerte del esposo de su amante, involucrando para ello a su doble con el fin de cubrirse por si alguna persona lo veía merodeando por el barrio. Durante días y días estudió las entradas y salidas del Sr. Hardoy desde su  casa hacia la empresa, así como la hora en que retornaba  al hogar. Elaboró un  esquema con mucha precisión y una noche, cuando estuvo seguro y decidido, se vistió como  Giuliano, su hermano mellizo, y fue a esperar a su víctima a la entrada del garaje de su casa donde Bastian Hardoy acostumbraba a dejar el auto.
     Desde la violenta muerte del empresario en la puerta de su casa por un desconocido, que tras apuñalarlo huyó sin dejar rastro, Clara tuvo la percepción de que el autor del homicidio había sido Giuliano. No lo dijo a la policía. Antes quería verlo. Estar segura. Mientras tanto comenzaron las indagaciones. Era aquel un crimen extraño. No hubo intento de robo. Nadie vio ni oyó nada.  El hombre no tenía enemigos. Aparentemente a nadie le beneficiaba su muerte.
     En los días que siguieron muchas personas, por distintos motivos, visitaron la casa de la señora Clara Gabaran de Hardoy: abogados, gente de la empresa, de seguros, conocidos que se enteraron tarde,  algún pariente en visita de duelo. Entre esa gente Clara citó a Giuliano. Cuando estuvieron solos lo acusó de la muerte de su  marido y le dijo que lo iba a denunciar. Él lo negó, con una seguridad determinante. Dijo que esa noche había estado en el estadio y que tenía testigos. Ella no quedó muy segura. Esa misma semana se quedaron de ver en un hotel céntrico donde se encontraban cada semana desde hacía mucho tiempo.
      Para Aldo,  fue una sorpresa que Clara desconfiara de Giuliano. No se le había ocurrido que tal cosa pudiera suceder. De modo que concurrió al hotel con una idea  formalizada. Clara volvió a increparle la muerte de su marido. Y Giuliano  entendió que si Clara lo mencionaba, la policía se daría cuenta de que el único que se beneficiaba con la muerte del empresario era él. No tuvo alternativa. Se vio obligado a tirarla por la ventana del décimo sexto piso.
    A la mañana siguiente, enterados en Jefatura del discutible suicidio de  la viuda de Hardoy, y ante la notoria comprobación de que quedaban muchos cabos sin atar decidieron, de una vez por todas, llamar al brillante inspector Joselo Torreira para que se hiciera cargo del caso, antes de que siguieran  apareciendo muertos.

    El inspector Torreira se llevó el sumario y pidió que por unos días detuvieran las indagaciones. Necesitaba esos día para mover algunas piezas  que la intervención policial podía llegar a entorpecer. Ya concentrado  en la causa intentó averiguar quien visitaba a la señora de la casa. Nadie, ningún hombre visitaba a la señora. ¿Llamadas telefónicas? Sí, una vez la empleada de limpieza la oyó hablar por teléfono con alguien  a quien llamó: Giuliano. No, no sabían quién era. Visitó el  hotel donde la joven mujer cometió  posible suicidio. Allí le informaron que la señora solía encontrarse  con un hombre. Llegaba sola y se iba sola. ¿Qué fisonomía tenía el hombre? El hombre  tendría, tal vez, cuarenta años, alto, de cabello y ojos oscuros. No supieron dar más datos. Una amiga dijo que una vez Clara le comentó que había conocido a un hombre que tenía un hermano mellizo. ¿Cómo se llamaba? No recordaba si Clara se lo había mencionado.
         Giuliano  — quedó pensando el entreala derecho. Y su sagacidad le trajo a la memoria a los mellizos Belafonte. Giuliano era bajo, rubio y de ojos claros. Aldo. Aldo, el hermano mellizo tenía el pelo y los ojos oscuros. Aldo Belafonte, el basquetbolista del cuadro de los curas. ¿Qué fue de Giuliano? Tengo que encontrar a Giuliano Belafonte —se dijo.
     El inspector Torreira volvió al barrio de su niñez a recabar datos. Aldo era contador, trabajaba en una empresa. No sabían en qué empresa. No, no se habían casado. Ninguno de los dos hermanos se había casado. Giuliano se había ido del país hacía más de veinte años. Tenían entendido que vivía en El Cairo. Alguna vez le escribió a una  novia que tuvo cuando estaba en la universidad. Sí, la joven vivía acá. No, ya no vive más, se casó hace mucho tiempo y se fue del barrio. Creen que vive por Malvín. ¿Más datos? Dos cuadras más abajo,  frente a la escuela,  viven unos parientes de ella.
      El inspector Torreira consiguió la dirección de Giuliano Belafonte en el Cairo. Conseguir la dirección de la empresa y el domicilio particular del contador Aldo Belafonte, en Montevideo, fue sencillo. De modo que organizó de inmediato su viaje al Cairo. Si su razonamiento no le fallaba Aldo estaría viajando a Egipto en los próximos días. Debía encontrar a Giuliano antes que lo encontrara su hermano.
      El mutismo de la investigación policial  comenzó a preocupar a Aldo. Las autoridades no podían haber abandonado las pesquisas tan pronto y sin motivo aparente. Algo estaba sucediendo. Por terceros se enteró de que el caso Hardoy había sido entregado al  inspector Joselo Torreira. Tenía pues que obrar con suma rapidez. Joselo no podía encontrar al verdadero Giuliano. Encontrarlo significaba tener casi resuelto el doble crimen. Su hermano tenía que desaparecer. Con  el fin de eliminarlo, apenas tuviera la documentación en regla, viajaría  a Egipto.
Al Salam, es un suburbio de El Cairo rodeado de marginalidad.   Állí, hace más de quince años, vive Giuliano Belafonte. Mimetizado con el lugar, las costumbres y los valores del Islam, se dedica a enseñar artesanías a los niños de la calle.
    La mezquita había llamado a oración cuando aquella tarde Giuliano vio subir, por la callecita quebrada que llega hasta su casa, la figura de aquel extranjero.
    Antes de llegar, el extraño preguntó: ¿Giuliano Belafonte?  Así me llamo, le contestaron desde la casa, ¿quién pregunta? Joselo, Joselo Torreira, le contestó el inspector de policía.
     Torreira se quedó un día con Giuliano. Antes de volver envió la orden de captura de Aldo Belafonte, acusado de doble crimen. El contador, tenía varios detalles que aclarar ante la Justicia. Aldo fue detenido por la Policía del Aeropuerto de Montevideo, cuando intentaba  abordar el avión que lo llevaría a la República Árabe de Egipto.

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Punta del Diablo



Era enero en Punta del Diablo. Habíamos llegado esa mañana y el tiempo no acompañaba. El cielo estaba nublado y hacia el medio día un  viento fresco encrespó las olas haciéndolas avanzar  sobre la arena erizada. De todos modos en cuanto llegamos salimos a caminar por la orilla de la playa, seguimos hasta más allá de las chalanas de los pescadores y subimos a las gigantescas piedras donde el océano se estrella, elevando olas a más de diez metros de altura.
 Los cangrejos, barridos por el agua, se escabullían entre las grietas. Algunos peces pequeños, arrojados allí por el oleaje, quedaban presos coleteando entre los intersticios hasta quedar exánimes o hasta que otro golpe de la marea los rescatase y los devolviera al mar. El océano comenzó a rugir ensordecedor. Las olas, al golpear contra la pared de piedra que les hacía oposición, se deshacían en millones de gotas que  caían sobre nosotros con fuerza, como una lluvia granizada de invierno.  Estar allí, de pie, sobre las rocas, impresiona. Asusta. Reconoce uno  la pequeñez del ser humano frente a  la fuerza devastadora  del océano.
 De pronto apareció el sol, las nubes se disiparon y el viento comenzó a calmarse. Andrés dijo que era hora de almorzar,  de modo que volvimos sobre nuestros pasos,  pasamos junto a las barcas de los pescadores donde algunos de ellos trabajaban con las redes, y  otros calafateaban o ajustaban  los motores. Las barcas anaranjadas, alineadas sobre la arena, brillaban al sol recién aparecido.
 A fin de llegar a un almacén donde comprábamos comida hecha, a base de pescado, claro está, teníamos que atravesar por una serie de ranchos quinchados, donde los artesanos vendían sus trabajos realizados con caracoles, huesos de tiburón o estrellas de mar. Todos los veranos compraba algo para mí, y algo para regalar. Las compras las hacía por lo general en los últimos días antes de volver a casa.
Ese medio día  pasamos por allí. Andrés se había adelantado un poco y  me detuve a curiosear en uno de los puestos. Entre las distintas artesanías que se exhibían, me llamó la atención  un collar  de caracoles. Eran seis caracoles nacarados  de distintas formas, pero de igual tamaño unidos a una cadena de plata.
 En medio de los seis lucía, engarzado, un caracol negro con reflejos iridiscentes, bellísimo. No comenté nada, pero decidí volver por él después del almuerzo para  estrenarlo, esa misma noche,  en una cena especial que teníamos programada con Andrés.
Me fue imposible ir a buscarlo, el tiempo empeoró, refrescó mucho y  a media tarde comenzó a llover. Decidí entonces ir por él al día siguiente. La tarde estaba propicia para quedarnos en la cabaña. Andrés encendió la estufa y salió a comprar una  botella de vino, agregó también un postre de frutas, según dijo, para endulzar  la medianoche. Almorzamos torta de pescado y mejillones a la provenzal. Tendimos una frazada frente a la estufa, mi marido descorchó una botella  y allí nos quedamos el resto de la tarde y toda la noche, borrachos de vino y de amor, festejando nuestros primeros cinco años de casados.
Andrés y yo éramos asiduos visitantes del balneario. Desde antes de casarnos veraneábamos en las playas de Punta del Diablo. Pero ese año lo recuerdo especialmente por aquel collar que me impactó, que quise y no pude estrenar  aquella noche y que, cuando al día siguiente fui por él, ya no estaba. Lo habían vendido.
Aquel collar de caracoles, que deseé tanto y nunca tuve, un día decidió el destino que estuviese presente en mí, hasta el final de mis días.
El vínculo amoroso que me unía a Andrés, comenzó cuando éramos estudiantes. Yo abandoné la carrera, él se recibió de arquitecto. Nos casamos no bien recibió el título. Nuestra relación fue estable. Sin notorios altibajos. Andrés demostró siempre ser  un hombre mesurado, tranquilo. Compramos la casa cuando entendió que estábamos en condiciones de comprarla; de adquirir una deuda muy importante que pagamos en diez largos años. Le llevó quince meses buscar la zona y elegir la casa que quería. Y otros quince reformarla. Llevábamos seis años de casados cuando nació nuestro primer hijo, porque yo decidí un día no esperar más. A los ocho años de  casados nació el segundo varón y  a los diez años nació Camila. Nuestros amigos eran amigos de muchos años, casi todos matrimonios. Solíamos reunirnos a comer y comentar sobre nuestras vidas. Ayudarnos, si era necesario. Conocíamos, como propia, la vida de cada uno de  nosotros. Micaela era la esposa de un arquitecto amigo de Andrés. Teníamos la misma edad, pero ella era mucho más bonita. Fue siempre muy confidente conmigo. Tenía un amante llamado Atilio con quién mantuvo una relación de varios años. Ella se había enamorado, pero el hombre  estaba casado y  aunque no habló jamás de separarse de su mujer siempre pensó que la amaba. Micaela se desahogaba conmigo, me contaba todas las peripecias  de su amor prohibido. Al principio la aconsejaba era una relación que no le servía, le decía. Pero ella estaba muy enamorada y no aceptaba consejos.
 Corrieron los años y para mí la situación de Micaela y sus dos hombres pasó a ser algo normal. Cómo manejó ella la realidad en su casa, no sé. No me lo imagino. De eso no hablábamos. Ni yo le pregunté más de lo que ella me contaba. Cuando Camila iba a cumplir los quince años, me encontré con Micaela en la casa de una amiga común y aproveché para comentarle del cumpleaños y que tenía la tarjeta para enviarle. Me contó, en un aparte, que había dejado del todo con Atilio. Que le devolvió unas pertenencias, unas tarjetas y un collar que una vez le regaló. —Un collar  —le pregunté. —Sí,  —me contestó—  un collar que me trajo  hace años al volver de unas vacaciones. No me acordaba si me contó o si se lo vi  alguna vez. Micaela tenía mucha bisutería que cambiaba constantemente. No recordaba ese collar.  Le comenté  que me alegraba  su decisión. Que había hecho bien. Que ella no tenía por qué ser la segunda de nadie y  le recordé que la esperaba a ella y a su marido para los quince de Camila.
Esos días previos a la fiesta anduve muy  complicada. Con la casa revuelta. Deseando que pasara el cumpleaños de una vez para poder descansar.
El mismo día de la fiesta buscando en casa una engrapadora, entré al estudio de Andrés. Revolví los cajones del escritorio y los estantes de la biblioteca, buscándola. Sé que tiene una engrapadora. La había visto más de una vez. Abrí la puerta de un mueble donde guardaba planos y proyectos y, semioculto, al fondo de un estante,  encontré un estuche azul. Nunca lo había visto. Hacía pocos días había estado ordenando los estantes y allí no estaba. Lo abrí por curiosidad. Sin siquiera imaginarme lo que podría encontrar.

 Encontré un puñal que me desgarró el pecho, encontré una cruz, un salto al vacío: encontré el collar de los siete caracoles que un verano de amor y vino, deseé tanto y nunca tuve.