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sábado, 21 de febrero de 2015

En los tiempos del Zeppelin



                       
                                             I
     El 30  de julio de 1934  quedó  para siempre  impreso en mi  memoria.
Aquel  día  de invierno de cielo translúcido, sin nubes,  ni el viento que suele  azotar la ciudad de Montevideo,  vi  al  Graf Zeppelin  al regreso de Buenos Aires, sobrevolar mi  casa en la Villa del Cerro.
      Entonces la Villa era apenas un cerro agreste con algunas viviendas y comercios  sobre la calle Grecia, y edificaciones ocupadas por saladeros, frigoríficos  e industrias del ramo cárnico.
      Mi casa se encontraba en lo alto del Cerro. Sólo el faro cuya construcción en la cumbre había sido  dispuesta por la corona española, cien años atrás, y la fortaleza, construida por los portugueses, la superaban en altura.
      En 1834 el gobierno de la época otorgó el permiso para crear una población con el nombre de Villa Cosmópolis, para recibir y dar lugar a los miles de inmigrantes que llegaban de Europa, adoptando  luego  el nombre de Villa del Cerro.
     Mi padre, que había sido peón en una estancia cimarrona del interior del país, se radicó en Montevideo cuando la estancia fue vendida a una familia  de Estados Unidos  con capitales en el Frigorífico Swift,  quienes a su vez le dieron trabajo en dicha empresa. Se estableció por lo tanto en un alto de  la Villa y se casó con una joven vecina descendiente de lituanos, quién luego sería mi madre.
                                                 II

      En el año del Zeppelin comencé la escuela. Crecí recorriendo el cerro. Fui un adolescente curioso, andariego y medio brujo. Puntual visitante de la fortaleza y testigo natural del crecimiento vertiginoso  de la ciudad- puerto, que se extendía a los pies del monte.
     Desde mi  atalaya observaba la entrada y salida de los barcos y lanchones al puerto  de Montevideo; la llegada de los troperos desde el interior del país arreando ganado para los frigoríficos; observaba el movimiento de camiones  en La Teja en los comienzos de la instalación de ANCAP y las chimeneas humeantes  de las distintas fábricas de toda aquella zona industrial.
      Solitario y hosco me crié entre los pájaros de los montes, la pasión de recorrer las playas y la costumbre de rezarle al sol. Incansable caminador bajaba hasta la costa y recorría la cadena de playas que se extendía interminable  hacia el oeste, juntando tesoros que guardaba ocultos bajo un árbol centenario: puntas de flechas, casquillos de balas, cuchillos herrumbrados, la quijada de un puma, y un crucifijo de madera carcomida, con un cristo claveteado de plata de ley. 
     Recogía objetos que las olas dejaban sobre la arena, de  barcos naufragados del tiempo del coloniaje: monedas antiguas; enseres de metal; pedazos de tazas y  platos de loza pintados con flores de colores; palos y restos de velamen.
     Me  cautivaba en los atardeceres,  observar la entrada del astro rey en el mar,  y contemplar en las noches, de espalda sobre la gramilla, el paso  de  la luna y su séquito de estrellas.
     Criado en aquel otero cerril de animales montaraces y montes silvestres, conversaba con los animales del monte y también con los que se criaban en las chacras.
     Revolucionario y justiciero de alma, conocedor del destino de las aves de corral, solía reunir a las gallinas para disertar sobre el tema  de ir a parar a la olla en cualquier momento, por lo que las alentaba a no pasarse el día picoteando el suelo, tragando todo lo que encontraban, sino tratar de perder peso e intentar vuelos cortos,   a fin de volar un día como  las garzas y las cigüeñas que cada  primavera llegaban  por miles a empollar  en las riveras del Río de La Plata. Pero las gallinas fueron desde siempre  muy haraganas, de modo que me escuchaban sin interés  y se iban una tras otra pues se venía el atardecer y había que ir acomodándose en el palo del gallinero.
 Un día, Pedro,  un gallo viejo de la familia D’Amore que tenían una quinta detrás del Cerro,  cerca del Campo de Golf, me  dijo que no gastara pólvora en chimango y dejara a las gallinas vivir su vida. Que las pobres no habían nacido para volar —puntualizó—, que  ellas estaban conformes con su destino. No necesitaban emigrar pues todo lo que necesitaban  lo encontraban en el gallinero: dormían bajo techo, recibían  comida diaria sin necesidad de andar buscando por ahí,  se acostaban temprano y nadie las obligaba a madrugar. Por lo tanto  dejé la cátedra revolucionaria de lado y seguí haciendo nada, mientras recorría la costa y me bañaba en las aguas del río, entre las lisas  plateadas que  alegres y confiadas saltaban a mí  alrededor.
                                                        III

 Aquel día de julio, al descubrir en el cielo el dirigible alemán, lo primero que  se me ocurrió fue manotear la honda para bajarlo de una pedrada. Fue mi  padre, que había salido de la casa para ver el pasaje de la nave, quien gritó a tiempo que me detuviera,  pues podía dar en el blanco — dijo—, y  hacerle un boquete que lo desinflaría forzándolo a aterrizar  sobre el almácigo de cebollines, obligándolo de ese modo a permanecer allí hasta que lo emparcharan, mientras los extraños que llevaba en la barriga, quién sabe por cuánto tiempo deambularían por el Cerro y la fortaleza molestando a los vecinos.
De todos modos yo estaba  empecinado, quería bajarlo a tierra para ver qué había dentro del globo, no podía creer  que, como decía  mi padre, dentro de la nave hubiese gente  de paseo por el mundo. Por lo tanto quedé refunfuñando mientras el Zeppelin sobrevolaba la bahía y el puerto, para perderse  más allá del Centro de Montevideo sin haber pisado suelo uruguayo, ni a su ida ni a su vuelta  de Buenos Aires.
     Me quedó una ojeriza que nunca pude ocultar. Esperé por años volver a ver el dirigible pues,  si había venido una vez —le decía a mi padre— lo lógico sería que volviera como volvían los hidroaviones de Causa, que atravesaban el cielo dos veces por día, para acuatizar en el  aeropuerto junto al Nacional de Regatas. Estaba convencido de que  el globo con forma de cañón, volvería un día brillando al sol como aquel   30 de julio.  
       Mi  espera fue en vano. El Graf Zeppelin, orgullo de la Alemania nazi, nunca volvió. Según se dijo entonces, seis años después de su paso por Montevideo, fue desguazado por los alemanes para utilizar su metal en la construcción de armas bélicas.
       El avistamiento del dirigible pautó en mí  el principio de una vida plagada de aventuras  sin salir de ese Cerro de Montevideo, que fue creciendo  para convertirse en una ciudad dentro de otra ciudad. Una ciudad cosmopolita, con una enorme riqueza de costumbres, idiomas y religiones.
      El pasaje del Zeppelin, me dio a conocer la existencia de otro mundo más allá del Río de la Plata, más allá del  horizonte donde cada atardecer veía ocultarse el sol.
     En mis correrías de niño, la  curiosidad me  llevó a visitar las casas de los vecinos que poco apoco iban poblando las laderas de la villa.   Familias recién llegadas  que no hablaban como nosotros,  y se comunicaban con señas. Personas venidas de Dios sabe dónde que, chapuceando y a los golpes, comenzaron hablar español y comunicarse con bastante soltura. En ese intercambio de idiomas y costumbres fui conociendo historias y relatos de otras tierras, que enriquecieron mi mente y le abrieron caminos a mi imaginación.
                                                     IV
         Un verano a la villa se mudó una familia árabe, el señor Farid con su esposa y  tres niñas. El hombre usaba babuchas y zapatos con las puntas hacia arriba. Las niñas andaban de vestidos largos y pañoletas que les cubrían la cabeza. Al principio tuvieron problemas porque las más pequeñas debían ir a la escuela,  pero no con la cabeza cubierta sino de túnica y moña. De manera que por la mañana se vestían con túnica y al regreso de la escuela volvían a sus vestidos largos y sus pañoletas.
     Cuando llegaron al barrio hice amistad con la familia y así me enteré que la hermana mayor había dejado un novio en Tabuk, que prometió venir a buscarla para formalizar el matrimonio. Los padres de la joven no estaban  de acuerdo y esperaban que los dos olvidaran aquel amor.
     Pasó el tiempo, y una de esas noches en que recostado a la fortaleza observaba el flujo y  reflujo de las olas, observé que volando sobre  el mar se acercaba  algo semejante a un pájaro enorme con las alas extendidas.   No era un pájaro, al aproximarse comprobé que era una alfombra apenas iluminada. La alfombra aterrizó junto a la casa de Farid de donde descendió un joven de turbante y capa con pedrerías, ayudó  a la hermana de las niñas árabes subir y ambos, abrazados, desaparecieron bajo el cielo y  sobre el mar sin dejar rastro.
        Aunque me pareció extraño  no me  llamó la atención,  ya sabía que desde el cielo a parte de la lluvia, se podía  ver flotar, caer o pasar cualquier artefacto por extraño que pareciera.  Al otro día, pese a que los padres estaban desesperados buscando a la joven, no dí  información sobre lo que había visto. Un tiempo después, ya casada, la joven volvió a su casa del Cerro a ver a sus padres y contó cómo su prometido  había venido a buscarla una noche sobre una alfombra. Algo que a los vecinos les costó creer,  pues si bien las alfombras mágicas eran conocidas surcando los cielos de Arabia, nunca supo nadie de que en Uruguay se usara esa modalidad  habiendo en ese tiempo trenes, automóviles y aviones donde se  podía viajar sentado, sin que a uno lo despeinara el viento.

                                                      VI
 La cadena de playas que se extienden más allá del Cerro se encontraba en aquellos días  cerrada de montes enmarañados.  En esos montes a orillas de la playa, de la caza y de la pesca, vivía Athan un  viejo asceta  que según él mismo  contaba, llevaba tantos años vividos que había perdido la cuenta. Habitaba esos montes —decía—, desde antes  de la llegada de los españoles y antes de que los charrúa bajaran hasta el Río de la Plata. En mis caminatas por la costa me había hecho amigo del viejo que entre idas y venidas  me  contaba  historias sorprendentes.
 Cierto atardecer, sentados en la arena, mientras  preparaba las redes que tiraba al anochecer,  me contó que en la época de las colonias, muchos  barcos cargados de monedas y oro del Perú, quedaron  atascados en los arrecifes y se hundieron, llevándose  con ellos sus tripulaciones. Me contó también que durante años,  en las noches de tormenta entre truenos y relámpagos, más de una vez había visto los espíritus de viejos  marinos que, cargando  picos y palas, surgían del mar,  atravesaban la arena y se  internaban en los montes en busca de los tesoros que alguna vez enterraron. Llegaban  en noches sin luna y regresaban al mar,  antes de que el sol despuntara.

                                                VII

     Un diciembre, cinco años después del pasaje  del Graf Zeppelin, volví a ver la esvástica desde mi puesto en la fortaleza del Cerro, entrando al puerto de Montevideo.
Fue en  los inicios de la segunda Guerra Mundial, cuando el acorazado alemán Graf Spee, se enfrentó a tres cruceros ingleses en la llamada Batalla del Río de la Plata,
     El Graf  Spee, que había zarpado de Alemania  en agosto de 1929, llevaba hundidos  nueve barcos  mercantes  cuando se dirigió a  las cercanías del Río de la Plata para atacar a los barcos británicos que se abastecían en esta costa. Los tres barcos ingleses lo persiguieron, lo encañonaron y le lanzaron torpedos antes de alejarse. De modo que el Graf Spee abandonó el combate y se dirigió al puerto de Montevideo a fin de reparar los daños.
      El gobierno uruguayo le dio un plazo de 72 horas.  Mientras el Graf Spee era reparado, su capitán enterró a sus muertos en el Cementerio del Norte, los heridos fueron llevados al hospital Británico y los más  embarcaron en  el Tacoma, barco mercante alemán,  que  escoltó al "acorazado de bolsillo" hasta apenas pasado el límite internacional.  Allí, el Admiral  Graf Spee viró al oeste y echó anclas entre el Cerro de Montevideo y Punta Yeguas donde se inmoló mediante la detonación de explosivos.
      Durante 3 días, desde la fortaleza del Cerro, vi  arder a  quien fuera considerado el más moderno buque pesado de la Alemania Nazi.

                                                         VIII


      Poco tiempo después de la batalla del Río de la Plata, la familia D’Amore  vendió la quinta y se fueron del Cerro. No volví a ver aquel gallo viejo y sabio que me enseñó tantas cosas de la vida. Era  un gallo con una cresta grande y  roja, un manto de plumas doradas  sobre su plumaje colorado, y una cola de plumas grandes y arqueadas, azules, verdes y púrpuras,  que brillaban tornasoladas al sol.
     Cuando lo dejé de ver tendría 8 ó 9 años, no viven mucho más. Emitía un canto puro y potente.  Cantaba al amanecer, al mediodía, al atardecer y a media noche. Él iniciaba el canto en el Cerro al amanecer y al atardecer,  los  gallos de los alrededores le contestaban uno a uno, pero ninguno cantaba con su potencia y musicalidad.
      El gallinero de la quinta de los D’amore, tenía un techo de chapas acanaladas con un alero más elevado, allí se subía a cantar. Cuando yo andaba por allí, de recorrida, él abandonaba el gallinero y conversábamos bajo los árboles del monte.
      Siempre supe, que mucho de lo que me contaba no era cierto, que era un gallo muy fantasioso y de inventar historias, de todos modos era agradable escucharlo.
     Cuando empecé el liceo, mis compañeros se burlaban de mí porque no creían que yo hablaba con los animales y además no sabía fumar. Esto me daba bronca y vergüenza. Un día se lo conté a Pedro y me dijo que llevara hojillas y tabaco que  él me iba a enseñar. Así que un día llevé tres cigarros armados y se los mostré, me dijo cómo tenía que aspirar y tragar el humo,  le expliqué  que no sabía tragar el humo, opinó que tenía que aprender porque si no parecería una chimenea y eso no era fumar, dijo.
     Me llevó un tiempo aprender a tragar el humo,, mientras tanto le  pregunté un día por qué él no fumaba, me confesó que había fumado cuando joven, pero que había dejado el vicio porque le afectaba la garganta y le enronquecía el canto.

                                                        IX

     Cuando en el 45 terminó la guerra en Europa, todo el Cerro festejó. Los árabes, los sirios, los lituanos, los armenios, los griegos , los italianos y los gallegos. Durante varios  días el Cerro se vistió de fiesta.  En esos día me enteré que la familia D’Amore, había vendido la chacra y se había mudado para Lezica. Fui corriendo a ver a Pedro, pero en el lugar no había gallinero, ni gallinas ni vi a Pedro nunca más.
     Por mucho tiempo desde mi casa escuché su canto cuatro veces al día, aunque  mi padre decía que el que cantaba sería otro gallo. Que era  imposible que en el Cerro, se pudiera escuchar  a un gallo cantando en Lezica. De modo que llegué a pensar que tal vez estuviera en los montes junto a la playa. Varias veces salí a buscarlo  y a pesar de que nunca lo encontré,  por mucho tiempo  su canto llegó a mis oídos.

                                                    X

Años después de avistamiento del Zeppelin, por las calles del Cerro conocí  al Dios Verde, un solitario predicador vestido de túnica como Jesús, que descalzo y apoyado en un cayado recorrió por años  todo el Uruguay predicando por la salvación del alma. Una tarde ascendiendo por la calle Viacaba me encontré con el místico que disertaba con una Biblia en la mano. Después, ya anochecido, subimos juntos hasta la fortaleza donde, recostado a un antiguo cañón, que apunta hacia la ciudad, me habló de Dios, de la salvación del alma, de los pecados de los hombres,   de que, previo arrepentimiento, Dios perdona.  Y me aseguró también, que el Cerro de Montevideo,  es un volcán dormido.

                                                 XI

En los tiempos del Zeppelin, al norte del Cerro, donde en aquellos años existían grandes extensiones de campos y montes silvestres, se fueron construyendo chacras y casas de campo. En el año 1948, la hija de una de esas familias se casó en la Parroquia Santa María del Cerro, con un marino del Graf Spee.
      El día aquél de la batalla, cuando el capitán bajó a tierra a los heridos, dos hermanos se ocultaron y lograron perderse entre las calles de la Villa. Uno de ellos estaba herido, de modo que varios vecinos les prestaron ayuda, los albergaron hasta que el joven se  recuperó y  les consiguieron alojamiento con una  familia libanesa que tenía una chacra al norte de Cerro. Allí se quedaron, trabajaron y formaron sus familias los dos hermanos, y nunca se fueron de Uruguay. Por las laderas del Cerro, en estos días,  aún viven sus descendientes.
     Ochenta  años después del pasaje del Graf Zeppelin sobre Montevideo,   pienso que somos hijos de un país cosmopolita, bajo cuya bandera no todos nacimos, pero donde sobre el mismo suelo, somos todos hermanos.
     Ochenta años después, recostado a la Fortaleza, de espaldas a la Bahía y  a la Ciudad de Montevideo, veo hundirse el sol en el horizonte.      
Solo, en la cima del Cerro, mientras mi memoria arrea los recuerdos, pienso en mi padre y,  por si acaso, sigo  escudriñando el cielo.

Ada  Vega – 2014  -  Garúa: http://adavega1936.blogspot.com/  El 30  de julio de 1934  quedó  para siempre  impreso en mi  memoria.
Aquel  día  de invierno de cielo translúcido, sin nubes,  ni el viento que suele  azotar la ciudad de Montevideo,  vi  al  Graf Zeppelin  al regreso de Buenos Aires, sobrevolar mi  casa en la Villa del Cerro.
      Entonces la Villa era apenas un cerro agreste con algunas viviendas y comercios  sobre la calle Grecia, y edificaciones ocupadas por saladeros, frigoríficos  e industrias del ramo cárnico.
      Mi casa se encontraba en lo alto del Cerro. Sólo el faro cuya construcción en la cumbre había sido  dispuesta por la corona española, cien años atrás, y la fortaleza, construida por los portugueses, la superaban en altura.
      En 1834 el gobierno de la época otorgó el permiso para crear una población con el nombre de Villa Cosmópolis, para recibir y dar lugar a los miles de inmigrantes que llegaban de Europa, adoptando  luego  el nombre de Villa del Cerro.
     Mi padre, que había sido peón en una estancia cimarrona del interior del país, se radicó en Montevideo cuando la estancia fue vendida a una familia  de Estados Unidos  con capitales en el Frigorífico Swift,  quienes a su vez le dieron trabajo en dicha empresa. Se estableció por lo tanto en un alto de  la Villa y se casó con una joven vecina descendiente de lituanos, quién luego sería mi madre.
                                                 II

      En el año del Zeppelin comencé la escuela. Crecí recorriendo el cerro. Fui un adolescente curioso, andariego y medio brujo. Puntual visitante de la fortaleza y testigo natural del crecimiento vertiginoso  de la ciudad- puerto, que se extendía a los pies del monte.
     Desde mi  atalaya observaba la entrada y salida de los barcos y lanchones al puerto  de Montevideo; la llegada de los troperos desde el interior del país arreando ganado para los frigoríficos; observaba el movimiento de camiones  en La Teja en los comienzos de la instalación de ANCAP y las chimeneas humeantes  de las distintas fábricas de toda aquella zona industrial.
      Solitario y hosco me crié entre los pájaros de los montes, la pasión de recorrer las playas y la costumbre de rezarle al sol. Incansable caminador bajaba hasta la costa y recorría la cadena de playas que se extendía interminable  hacia el oeste, juntando tesoros que guardaba ocultos bajo un árbol centenario: puntas de flechas, casquillos de balas, cuchillos herrumbrados, la quijada de un puma, y un crucifijo de madera carcomida, con un cristo claveteado de plata de ley. 
     Recogía objetos que las olas dejaban sobre la arena, de  barcos naufragados del tiempo del coloniaje: monedas antiguas; enseres de metal; pedazos de tazas y  platos de loza pintados con flores de colores; palos y restos de velamen.
     Me  cautivaba en los atardeceres,  observar la entrada del astro rey en el mar,  y contemplar en las noches, de espalda sobre la gramilla, el paso  de  la luna y su séquito de estrellas.
     Criado en aquel otero cerril de animales montaraces y montes silvestres, conversaba con los animales del monte y también con los que se criaban en las chacras.
     Revolucionario y justiciero de alma, conocedor del destino de las aves de corral, solía reunir a las gallinas para disertar sobre el tema  de ir a parar a la olla en cualquier momento, por lo que las alentaba a no pasarse el día picoteando el suelo, tragando todo lo que encontraban, sino tratar de perder peso e intentar vuelos cortos,   a fin de volar un día como  las garzas y las cigüeñas que cada  primavera llegaban  por miles a empollar  en las riveras del Río de La Plata. Pero las gallinas fueron desde siempre  muy haraganas, de modo que me escuchaban sin interés  y se iban una tras otra pues se venía el atardecer y había que ir acomodándose en el palo del gallinero.
 Un día, Pedro,  un gallo viejo de la familia D’Amore que tenían una quinta detrás del Cerro,  cerca del Campo de Golf, me  dijo que no gastara pólvora en chimango y dejara a las gallinas vivir su vida. Que las pobres no habían nacido para volar —puntualizó—, que  ellas estaban conformes con su destino. No necesitaban emigrar pues todo lo que necesitaban  lo encontraban en el gallinero: dormían bajo techo, recibían  comida diaria sin necesidad de andar buscando por ahí,  se acostaban temprano y nadie las obligaba a madrugar. Por lo tanto  dejé la cátedra revolucionaria de lado y seguí haciendo nada, mientras recorría la costa y me bañaba en las aguas del río, entre las lisas  plateadas que  alegres y confiadas saltaban a mí  alrededor.
                                                        III

 Aquel día de julio, al descubrir en el cielo el dirigible alemán, lo primero que  se me ocurrió fue manotear la honda para bajarlo de una pedrada. Fue mi  padre, que había salido de la casa para ver el pasaje de la nave, quien gritó a tiempo que me detuviera,  pues podía dar en el blanco — dijo—, y  hacerle un boquete que lo desinflaría forzándolo a aterrizar  sobre el almácigo de cebollines, obligándolo de ese modo a permanecer allí hasta que lo emparcharan, mientras los extraños que llevaba en la barriga, quién sabe por cuánto tiempo deambularían por el Cerro y la fortaleza molestando a los vecinos.
De todos modos yo estaba  empecinado, quería bajarlo a tierra para ver qué había dentro del globo, no podía creer  que, como decía  mi padre, dentro de la nave hubiese gente  de paseo por el mundo. Por lo tanto quedé refunfuñando mientras el Zeppelin sobrevolaba la bahía y el puerto, para perderse  más allá del Centro de Montevideo sin haber pisado suelo uruguayo, ni a su ida ni a su vuelta  de Buenos Aires.
     Me quedó una ojeriza que nunca pude ocultar. Esperé por años volver a ver el dirigible pues,  si había venido una vez —le decía a mi padre— lo lógico sería que volviera como volvían los hidroaviones de Causa, que atravesaban el cielo dos veces por día, para acuatizar en el  aeropuerto junto al Nacional de Regatas. Estaba convencido de que  el globo con forma de cañón, volvería un día brillando al sol como aquel   30 de julio.  
       Mi  espera fue en vano. El Graf Zeppelin, orgullo de la Alemania nazi, nunca volvió. Según se dijo entonces, seis años después de su paso por Montevideo, fue desguazado por los alemanes para utilizar su metal en la construcción de armas bélicas.
       El avistamiento del dirigible pautó en mí  el principio de una vida plagada de aventuras  sin salir de ese Cerro de Montevideo, que fue creciendo  para convertirse en una ciudad dentro de otra ciudad. Una ciudad cosmopolita, con una enorme riqueza de costumbres, idiomas y religiones.
      El pasaje del Zeppelin, me dio a conocer la existencia de otro mundo más allá del Río de la Plata, más allá del  horizonte donde cada atardecer veía ocultarse el sol.
     En mis correrías de niño, la  curiosidad me  llevó a visitar las casas de los vecinos que poco apoco iban poblando las laderas de la villa.   Familias recién llegadas  que no hablaban como nosotros,  y se comunicaban con señas. Personas venidas de Dios sabe dónde que, chapuceando y a los golpes, comenzaron hablar español y comunicarse con bastante soltura. En ese intercambio de idiomas y costumbres fui conociendo historias y relatos de otras tierras, que enriquecieron mi mente y le abrieron caminos a mi imaginación.
                                                     IV
         Un verano a la villa se mudó una familia árabe, el señor Farid con su esposa y  tres niñas. El hombre usaba babuchas y zapatos con las puntas hacia arriba. Las niñas andaban de vestidos largos y pañoletas que les cubrían la cabeza. Al principio tuvieron problemas porque las más pequeñas debían ir a la escuela,  pero no con la cabeza cubierta sino de túnica y moña. De manera que por la mañana se vestían con túnica y al regreso de la escuela volvían a sus vestidos largos y sus pañoletas.
     Cuando llegaron al barrio hice amistad con la familia y así me enteré que la hermana mayor había dejado un novio en Tabuk, que prometió venir a buscarla para formalizar el matrimonio. Los padres de la joven no estaban  de acuerdo y esperaban que los dos olvidaran aquel amor.
     Pasó el tiempo, y una de esas noches en que recostado a la fortaleza observaba el flujo y  reflujo de las olas, observé que volando sobre  el mar se acercaba  algo semejante a un pájaro enorme con las alas extendidas.   No era un pájaro, al aproximarse comprobé que era una alfombra apenas iluminada. La alfombra aterrizó junto a la casa de Farid de donde descendió un joven de turbante y capa con pedrerías, ayudó  a la hermana de las niñas árabes subir y ambos, abrazados, desaparecieron bajo el cielo y  sobre el mar sin dejar rastro.
        Aunque me pareció extraño  no me  llamó la atención,  ya sabía que desde el cielo a parte de la lluvia, se podía  ver flotar, caer o pasar cualquier artefacto por extraño que pareciera.  Al otro día, pese a que los padres estaban desesperados buscando a la joven, no dí  información sobre lo que había visto. Un tiempo después, ya casada, la joven volvió a su casa del Cerro a ver a sus padres y contó cómo su prometido  había venido a buscarla una noche sobre una alfombra. Algo que a los vecinos les costó creer,  pues si bien las alfombras mágicas eran conocidas surcando los cielos de Arabia, nunca supo nadie de que en Uruguay se usara esa modalidad  habiendo en ese tiempo trenes, automóviles y aviones donde se  podía viajar sentado, sin que a uno lo despeinara el viento.

                                                      VI
 La cadena de playas que se extienden más allá del Cerro se encontraba en aquellos días  cerrada de montes enmarañados.  En esos montes a orillas de la playa, de la caza y de la pesca, vivía Athan un  viejo asceta  que según él mismo  contaba, llevaba tantos años vividos que había perdido la cuenta. Habitaba esos montes —decía—, desde antes  de la llegada de los españoles y antes de que los charrúa bajaran hasta el Río de la Plata. En mis caminatas por la costa me había hecho amigo del viejo que entre idas y venidas  me  contaba  historias sorprendentes.
 Cierto atardecer, sentados en la arena, mientras  preparaba las redes que tiraba al anochecer,  me contó que en la época de las colonias, muchos  barcos cargados de monedas y oro del Perú, quedaron  atascados en los arrecifes y se hundieron, llevándose  con ellos sus tripulaciones. Me contó también que durante años,  en las noches de tormenta entre truenos y relámpagos, más de una vez había visto los espíritus de viejos  marinos que, cargando  picos y palas, surgían del mar,  atravesaban la arena y se  internaban en los montes en busca de los tesoros que alguna vez enterraron. Llegaban  en noches sin luna y regresaban al mar,  antes de que el sol despuntara.

                                                VII

     Un diciembre, cinco años después del pasaje  del Graf Zeppelin, volví a ver la esvástica desde mi puesto en la fortaleza del Cerro, entrando al puerto de Montevideo.
Fue en  los inicios de la segunda Guerra Mundial, cuando el acorazado alemán Graf Speese enfrentó a tres cruceros ingleses en la llamada Batalla del Río de la Plata,
     El Graf  Spee, que había zarpado de Alemania  en agosto de 1929, llevaba hundidos  nueve barcos  mercantes  cuando se dirigió a  las cercanías del Río de la Plata para atacar a los barcos británicos que se abastecían en esta costa. Los tres barcos ingleses lo persiguieron, lo encañonaron y le lanzaron torpedos antes de alejarse. De modo que el Graf Spee abandonó el combate y se dirigió al puerto de Montevideo a fin de reparar los daños.
      El gobierno uruguayo le dio un plazo de 72 horas.  Mientras el Graf Spee era reparado, su capitán enterró a sus muertos en el Cementerio del Norte, los heridos fueron llevados al hospital Británico y los más  embarcaron en  el Tacoma, barco mercante alemán,  que  escoltó al "acorazado de bolsillo" hasta apenas pasado el límite internacional.  Allí, el Admiral  Graf Spee viró al oeste y echó anclas entre el Cerro de Montevideo y Punta Yeguas donde se inmoló mediante la detonación de explosivos.
      Durante 3 días, desde la fortaleza del Cerro, vi  arder a  quien fuera considerado el más moderno buque pesado de la Alemania Nazi.

                                                         VIII


      Poco tiempo después de la batalla del Río de la Plata, la familia D’Amore  vendió la quinta y se fueron del Cerro. No volví a ver aquel gallo viejo y sabio que me enseñó tantas cosas de la vida. Era  un gallo con una cresta grande y  roja, un manto de plumas doradas  sobre su plumaje colorado, y una cola de plumas grandes y arqueadas, azules, verdes y púrpuras,  que brillaban tornasoladas al sol.
     Cuando lo dejé de ver tendría 8 ó 9 años, no viven mucho más. Emitía un canto puro y potente.  Cantaba al amanecer, al mediodía, al atardecer y a media noche. Él iniciaba el canto en el Cerro al amanecer y al atardecer,  los  gallos de los alrededores le contestaban uno a uno, pero ninguno cantaba con su potencia y musicalidad.
      El gallinero de la quinta de los D’amore, tenía un techo de chapas acanaladas con un alero más elevado, allí se subía a cantar. Cuando yo andaba por allí, de recorrida, él abandonaba el gallinero y conversábamos bajo los árboles del monte.
      Siempre supe, que mucho de lo que me contaba no era cierto, que era un gallo muy fantasioso y de inventar historias, de todos modos era agradable escucharlo.
     Cuando empecé el liceo, mis compañeros se burlaban de mí porque no creían que yo hablaba con los animales y además no sabía fumar. Esto me daba bronca y vergüenza. Un día se lo conté a Pedro y me dijo que llevara hojillas y tabaco que  él me iba a enseñar. Así que un día llevé tres cigarros armados y se los mostré, me dijo cómo tenía que aspirar y tragar el humo,  le expliqué  que no sabía tragar el humo, opinó que tenía que aprender porque si no parecería una chimenea y eso no era fumar, dijo.
     Me llevó un tiempo aprender a tragar el humo,, mientras tanto le  pregunté un día por qué él no fumaba, me confesó que había fumado cuando joven, pero que había dejado el vicio porque le afectaba la garganta y le enronquecía el canto.

                                                        IX

     Cuando en el 45 terminó la guerra en Europa, todo el Cerro festejó. Los árabes, los sirios, los lituanos, los armenios, los griegos , los italianos y los gallegos. Durante varios  días el Cerro se vistió de fiesta.  En esos día me enteré que la familia D’Amore, había vendido la chacra y se había mudado para Lezica. Fui corriendo a ver a Pedro, pero en el lugar no había gallinero, ni gallinas ni vi a Pedro nunca más.
     Por mucho tiempo desde mi casa escuché su canto cuatro veces al día, aunque  mi padre decía que el que cantaba sería otro gallo. Que era  imposible que en el Cerro, se pudiera escuchar  a un gallo cantando en Lezica. De modo que llegué a pensar que tal vez estuviera en los montes junto a la playa. Varias veces salí a buscarlo  y a pesar de que nunca lo encontré,  por mucho tiempo  su canto llegó a mis oídos.

                                                    X

Años después de avistamiento del Zeppelin, por las calles del Cerro conocí  al Dios Verde, un solitario predicador vestido de túnica como Jesús, que descalzo y apoyado en un cayado recorrió por años  todo el Uruguay predicando por la salvación del alma. Una tarde ascendiendo por la calle Viacaba me encontré con el místico que disertaba con una Biblia en la mano. Después, ya anochecido, subimos juntos hasta la fortaleza donde, recostado a un antiguo cañón, que apunta hacia la ciudad, me habló de Dios, de la salvación del alma, de los pecados de los hombres,   de que, previo arrepentimiento, Dios perdona.  Y me aseguró también, que el Cerro de Montevideo,  es un volcán dormido.

                                                 XI

En los tiempos del Zeppelin, al norte del Cerro, donde en aquellos años existían grandes extensiones de campos y montes silvestres, se fueron construyendo chacras y casas de campo. En el año 1948, la hija de una de esas familias se casó en la Parroquia Santa María del Cerro, con un marino del Graf Spee.
      El día aquél de la batalla, cuando el capitán bajó a tierra a los heridos, dos hermanos se ocultaron y lograron perderse entre las calles de la Villa. Uno de ellos estaba herido, de modo que varios vecinos les prestaron ayuda, los albergaron hasta que el joven se  recuperó y  les consiguieron alojamiento con una  familia libanesa que tenía una chacra al norte de Cerro. Allí se quedaron, trabajaron y formaron sus familias los dos hermanos, y nunca se fueron de Uruguay. Por las laderas del Cerro, en estos días,  aún viven sus descendientes.
     Ochenta  años después del pasaje del Graf Zeppelin sobre Montevideo,   pienso que somos hijos de un país cosmopolita, bajo cuya bandera no todos nacimos, pero donde sobre el mismo suelo, somos todos hermanos.
     Ochenta años después, recostado a la Fortaleza, de espaldas a la Bahía y  a la Ciudad de Montevideo, veo hundirse el sol en el horizonte.      

Solo, en la cima del Cerro, mientras mi memoria arrea los recuerdos, pienso en mi padre y,  por si acaso, sigo  escudriñando el cielo.

domingo, 15 de febrero de 2015

El que primero se olvida

            
    María  Eugenia nació en primavera. Cuando los rosales florecían y los árboles en las aceras se llenaban de gorriones.  Nació cuando nadie la esperaba. Su madre ya había traído al mundo cuatro varones que al nacer la niña ya eran adolescentes y ella llegó una tarde como obsequio del buen  Dios.                                                   María Eugenia era una mujer de antes. Criada a la antigua. Conocedora de todos los deberes de una mujer nacida para servir. Servir a sus padres, a sus hermanos y si se cuadraba, algún día, servir a su marido  y por ende a sus hijos.  Todos los deberes le habían enseñado. Todos sus deberes se sabía. De niña, recatada, con su vestidito a media pierna, los ojos bajos, las manos juntas. De adolescente, con blusitas de manga larga, nada de escote ni andar sin medias. Una chica de su casa. Respetuosa.
 Siempre supo que menstruar era un estigma. Una afrenta con la que Dios había castigado a la mujer por  haber comido una manzana  del árbol prohibido, en los tiempos del Paraíso Terrenal. Que se debía ocultar y que de eso: no se habla. Que por el mismo pecado los hijos se paren con dolor y para llegar a parirlos, primero  hay que casarse ante Dios y ante los hombres. Que la mujer debe llegar virgen al matrimonio so pena de que el marido la repudie y quede,  por ello, sola y cubierta de vergüenza para el resto de su vida.
            Todo eso le habían enseñado. Todo eso sabía María Eugenia, y más. Sabía que jamás, una mujer decente, debe gozar el acto sexual. Del gozo si lo hubiese, sólo tiene derecho el hombre. Que el marido no tiene por qué verla sin ropas, pues sólo se desnudan para hacer el amor las mujeres de vida fácil. Y sabía también que perder la virginidad la noche de bodas  era algo terrible de lo que por desgracia, no se podía evitar.
 De todo estaba enterada así que cuando a los dieciocho años su padre le consiguió un novio y le ordenó  casarse con él, aunque no le pareció mal, desde que la decisión le fue expresada el  terror hizo presa de su pobre alma.
             El futuro pretendiente de María Eugenia se llamaba Germán. Era un muchacho de veinte años, virgen como ella, no por mandato de padre, sino por no haber tenido oportunidad de conocer mujer. Hijo de un matrimonio chacarero, amigo de la familia, trabajaba la tierra con su padre y sus hermanos y era un muchacho muy callado y respetuoso. Un domingo vino con sus padres a almorzar. Los jóvenes se conocieron.  Si se gustaron o no, no tenía la mayor importancia. El matrimonio ya estaba decretado así que se fijó la fecha  para el mes siguiente. Él le servía a ella y ella  le servía a él.
                La madre del novio opinó que los recién casados deberían  vivir con ellos en la chacra, pues había mucho lugar, el joven trabajaba allí mismo y ella —la futura suegra—, prefería tener en su  casa una chica tan bien criada, antes que a la esposa de otro de sus hijos que también estaba para casarse. Una joven —dijo escandalizada—, que andaba pintada desde la mañana, que en una oportunidad la había visto fumar y que usaba pantalones como un varón. ¡Dios nos libre! También opinó que ella había trabajado mucho en la vida y que la nuera, joven y fuerte, podía hacerse cargo de la casa. De modo que les acomodaron un dormitorio junto al de los suegros, para tenerla cerca por si alguna vez la necesitaban.  Los jóvenes se casaron al fin, en una boda sencilla, en la parroquia del pueblo. María Eugenia con su vestido blanco, mantilla de encaje y un ramo de azucenas blancas que Germán le llevó y que él mismo cultivara. Y el joven, de traje negro comprado de apuro para la ceremonia y camisa blanca con cuello palomita.  Celebrada la boda, después de una pequeña reunión con familiares y amigos, los novios se fueron para la chacra manejando el muchacho el mismo camión en que llevaba los pollos al mercado.
               La nueva señora, sola en su dormitorio, cambió su vestido de novia por un camisón de manga larga y  cuello con festón; se acostó, cerró los ojos y se cubrió hasta las orejas dispuesta a soportar lo que viniera. El muchacho estrenando calzoncillo largo se metió en la cama y, aunque no sabía muy bien por donde empezar, se portó como todo un hombre. Esa noche perdieron ambos la virginidad. Ella, entre asustada y curiosa, dejó que él le hiciera el amor con el camisón remangado, los ojos cerrados y los labios apretados y se durmió junto a su hombre, desconcertada, al  comprobar que no era tan  bravo el león como se lo habían pintado. A la mañana siguiente se levantaron al alba. Ella nerviosa a preparar el desayuno para todos. Él, contento como perro con dos colas, bebió su café sin dejar de mirarla, limpió las jaulas de los cardenales de la patria, y se fue al campo seguido de su perro, pisando fuerte y sacando pecho. Maravillado ante el descubrimiento del placer que significa hacer el amor con una mujer. Su propia mujer.
    María Eugenia se hizo cargo de la casa desde el primer día. Estaba acostumbrada al trabajo. De todos modos, a pesar de que su marido nunca le ocultó el haberse enamorado desde que la vio por primera vez, ella luchaba por desatar el nudo que se le había armado en el pecho entre el placer, los prejuicios y el amor. Y en esa ambigüedad de sentimientos se fueron sucediendo los días, el tiempo fue pasando, y aunque ambos los anhelaban los hijos no venían. Un día la mamá de María Eugenia se enfermó y la mandó llamar para que la cuidara. La joven  juntó un poco de ropa, dejó la chacra y volvió a su casa para cuidar a su madre. Germán sin su mujer no tenía sosiego. Iba a verla como cuando era novios y conversaban mientras ella cocinaba.
    Cansado de la situación el muchacho decidió, por su cuenta, buscar en  el pueblo una casa para alquilar. Encontró una  a su gusto. Con un dormitorio y fondo con aljibe. Trajo de la chacra los muebles del dormitorio, las jaulas de los cardenales de la patria, la cucha del perro y el perro. Compró algunos enseres para la cocina y fue a buscar a su mujer, y como estaba se la llevó. De delantal, el pelo trenzado y las manos llenas de harina. La entró en la casa donde ella sería la reina. María Eugenia reía llena de asombro ante la ocurrencia de su marido.
       Él le mostró la casa y el fondo con el aljibe. El perro y los cardenales. La condujo al dormitorio, le soltó el pelo, la desnudó por completo y por primera vez hicieron el amor como Dios manda. Él, dueño de la situación y ella sin nudos en el pecho, entregada a su hombre con la boca y los ojos abiertos para no perderse nada.  Y  a los nueve meses exactos, María Eugenia tuvo su primer y único hijo. Un varón hermoso que pesó cuatro quilos y  que por nombre me puso Germán.  Igual que mi padre.
Cuando terminó de contarme esta historia,  mi madre me dijo sonriendo que el dolor de parto es el dolor más grande, sí, pero es también... el que primero se olvida.


Ada Vega - 2004