Buscar este blog : Garúa, cuentos y relatos

sábado, 10 de octubre de 2015

Vacaciones de enero

               

   Parecía inevitable. Todos los años en los primeros días de diciembre, antes de terminar las clases de la escuela, mi madre y mi padre empezaban la misma discusión: dónde íbamos a pasar las vacaciones. Mamá comenzaba la polémica en cuanto mi padre dejaba sobre la mesa del comedor todo su equipo de pesca y  se concentraba en revisarlo. Era el pie. Arremetía cautelosa pero tenaz.
  —El verano pasado me prometiste que este año iríamos a Piriápolis.
   —Mirá, Laurita, vos sabés que en Piriápolis se gasta mucho. Mejor vamos a Valizas. Es más barato para nosotros y más sano para los chiquilines. El agua tiene más yodo y el aire es más puro.
  —Yo me aburro en Valizas. Sólo hay arena y agua. ¡Y ese viento!
   —Podés ir al Chuy y comprar todo lo que necesites.
  —Yo no necesito nada del Chuy. Tenemos suficientes sábanas y toallas y en la despensa todavía guardamos  aceite y ticholos de hace dos años.
Imposible. No se ponían de acuerdo. Mi madre insistía en ir a Piriápolis porque allí pasaron su luna de  miel y el balneario le encantó. Pero por una u otra causa nunca habían vuelto.
    —Yo quiero volver a aquel hotelito y pasear con los chiquilines por donde paseábamos nosotros. ¡Vos me lo prometiste!
 Mi padre, entusiasmado con las cañas y los anzuelos, no le prestaba mucha atención. De todos modos, cuando mi madre arreciaba con su deseo de revivir aquellos días de luna de miel, abandonaba por un momento su tarea y con sus brazos le rodeaba la cintura.
  —Mi amor, no necesitamos ir a Piriápolis para rememorar nuestra luna de miel. La luna de Valizas es también muy romántica y se refleja como una moneda de plata sobre el negro manto del océano.
 Poeta y pico mi padre. Cuando había que serlo. Entonces la besaba y, creyendo que ponía fin al debate, seguía ordenando los anzuelos. Su pasión era veranear en un lugar solitario. Con todo el mar sólo para él; enfrentando el oleaje que lo golpeaba con furia como si quisiera echarlo de sus dominios.
 Mi madre, en cambio, prefería hacer sociabilidad. Variar sus conjuntos de ropa y por las noches salir juntos a cenar y a bailar. Eran los dos polos. Por lo menos para elegir donde pasar las vacaciones que siempre las determinó mi padre, pues, aunque todos los años le prometía que las próximas serían en Piriápolis, esas vacaciones no llegaron nunca. De todos modos, ella insistía:
  —Los chiquilines pasarían mejor en Piriápolis. Hay muchos lugares para visitar, andarían en bicicleta y la playa no es tan peligrosa.
Y papá hacía cintura:
   —Yo no quiero salir de una ciudad y meterme en otra. Quiero unos días de paz y tranquilidad. Necesito descansar, Laura. Entendeme.
  —¡Pero aquello es más que tranquilo! ¡Es un desierto de arena agreste y salvaje! ¡Si hasta da la impresión de que en cualquier momento vamos a estar rodeados de charrúas!
Total, perdido por perdido, un poco de sarcasmo no venía mal. De más está decir que ese año, como los anteriores, terminamos los cuatro en Valizas. Pero fue el último. El último verano que pasamos juntos.
    Valizas, es una de las playas más hermosas al este de nuestro país.  Agreste, sí, pero con enormes arenales de arena blanca y fina salpicados de palmeras Butiá, a cuyas orillas ruge el Océano Atlántico.
        En aquellos años había en el paraje un pequeño pueblito de pescadores con ranchitos de techo y paredes de paja y tres o cuatro casitas modestas de techo quinchado, distribuidas aquí y allá entre las dunas. Una de ellas la había hecho mi padre con unos  amigos para, justamente, ir en vacaciones a pasar unos días. Tenía en aquel entonces un Ford no muy nuevo que cargaba con algunas cosas personales, sus cañas y sus anzuelos y en las vacaciones de enero enderezaba rumbo al balneario.
       En los primeros años de casados mamá se quedaba con nosotros, que recién empezamos a ir cuando cumplimos tres y cuatro años. Creo que fue durante nuestro primer veraneo cuando supe que Fede y yo éramos un casal. Eso le oí decir  a un compañero de papá, la tarde que nos conoció. Aquellos fueron  buenos tiempos.
     Un año las discusiones comenzaron mucho antes. Como a principios de octubre. La discusión sonaba distinta. Como siempre la que se quejaba era mi madre.
                   —Vos sos un sinvergüenza. ¡Con esa mosquita muerta!
  —Estás loca, ¿qué decís? ¿qué te contaron?
                  —No me contaron nada. ¡Yo los vi!
                 —Vos tenés que estar mal de la cabeza. ¿ Qué viste?
                  —No te hagas el inocente, yo te vi con esa mosquita muerta, ¡no soy ciega ni estúpida!
     Tampoco esa vez lograron ponerse de acuerdo. Hasta que un buen día dejaron de discutir. No se hablaron más. Y una tarde, ya casi al final de la primavera, mi padre cargó sus cosas en el viejo Ford y se fue con esa “mosquita muerta”.
Nos quedamos sin padre, sin auto y sin vacaciones.
      En los años que siguieron veíamos regularmente a papá que un día, sin más trámite, nos comunicó que se casaba. No le dijimos nada a mamá: que igual se enteró. Nunca pisamos la casa de papá. Mientras fuimos chicos él venía a vernos, cuando fuimos más grandes íbamos nosotros para su cumpleaños y para Navidad, a verlo al Banco donde trabajaba. También algunas veces fue a esperarnos al liceo, nos llevaba a comer algo, dábamos una vuelta en el auto y nos dejaba en la puerta de casa. Después, no recuerdo cuando, ni en qué momento, poco a poco nos dejamos de ver.
    Un verano mamá nos anunció que había reservado alojamiento en un hotelito de Piriápolis, para pasar juntos las vacaciones de enero. Con nosotros iba también una amiga de ella. El hotel quedaba a dos cuadras de la rambla. Fueron unas vacaciones inolvidables. Subimos al Cerro del Toro, al de San Antonio, comimos los famosos mejillones de Don Pepe, y nos bañamos en las verdes aguas de Piriápolis.
     Una tarde salimos con Fede a pasear en bicicleta junto con unos amigos y en el jardín de una casa, un poco retirada de la rambla, vimos a papá conversando con su esposa. Ella no parecía “una mosquita muerta”, era una señora como cualquier señora, con el físico parecido al de mamá y un rostro agradable. Fede y yo lo comentamos hasta que estuvimos solos, preocupados porque mamá también los viera alguna de esas tardes en que salía a pasear con su amiga. Así que desde ese momento las empezamos a cuidar. Averiguábamos a dónde iban y por qué camino. Hasta que una tarde, del modo más inesperado, nos cruzamos los cinco por la rambla. La amiga de mamá estaba en la peluquería y  habíamos salido los tres a tomar un helado.
      Yo iba del brazo de mamá y Fede, que ya la pasaba casi una cabeza de altura, le apoyaba su brazo sobre los hombros. Mamá hizo una broma y Fede le dio un beso. Justo en ese momento nos cruzamos con papá y su esposa. Ella, sin advertir nuestra presencia, siguió caminando. Él se entreparó, abrió la boca para saludar o decirnos algo, pero no dijo nada. Me miró a mí, a Fede, a mamá. Se le llenaron los ojos con nuestra imagen. A mí me hubiese gustado saludarlo y hablar con él. Hasta extendí una mano para tocarlo. Pero al verlo titubear, no me animé. Sólo le dije: chau. Y seguí caminando. Nunca pude descifrar lo que pasó en aquel momento por el semblante de mi padre: ¿dolor, asombro, ansiedad, alegría? Nunca pude descifrarlo, pero me dolió su reacción. Aún me parece verlo en la rambla con todo aquel mar a su espalda, mirando sorprendido el paso de aquella familia que un día formó, luego abandonó y  veía pasar a su lado como ante un extraño.
 Para mamá el impacto no fue tan grande. Si bien nunca había dejado de imaginar su regreso, estaba empezando a convencerse de que él nunca volvería con nosotros. Nos sonrió, quedó un momento pensativa y luego dijo:
—Al fin papá vino de vacaciones a Piriápolis.
  Mientras la tarde moría en un cielo celeste y rosa de enero, y nos alejábamos caminando por la rambla, yo pensé en Valizas. En Fede y en mí corriendo por los arenales. En mamá, con el cabello al viento parada en la orilla mirando el mar. En papá colocando dos, tres cuatro cañas en hilera, revisando las tanzas, curtido de sol y arena. Feliz. Siempre los recuerdo bañándose juntos en el mar, abrazados, o besándose bajo la redonda luna de Valizas, que según mi padre es muy romántica.
       Mamá nunca volvió a casarse. Estuvo siempre alrededor nuestro. En este momento me mira distraída, ajena por completo a lo que escribo, sentada frente a la tele. En sus brazos, cansado de corretear, de ha dormido Darío, mi hijo menor.
         En fin, ya llega enero, es tiempo de empezar los preparativos. En pocos días Fede, su esposa y sus hijos, yo, mi esposo, mis hijos y mamá, con los autos abarrotados de cañas, riles y cajas con anzuelos, nos vamos de vacaciones.
 ¿Qué  adónde vamos?
¡ A Valizas!... Dónde, si no.  

Ada Vega. 1999 - 

martes, 6 de octubre de 2015

Quien esté lIbre de culpa



   Llegó al barrio una tarde con el bolso en bandolera, un gorro negro de lana y su pipa. Era un marino rubio y alto, dorado de sol y mar, con una sonrisa ancha, la espalda fuerte y los brazos tatuados.
Un verano ancló frente a mi casa. Alguien dijo que estaba de paso y  que viviría allí por un tiempo, pero se fue quedando. Se llamaba Yony,  y  según supimos después, había venido en un barco petrolero que, debido a un desperfecto en su sala de máquinas, debió quedar amarrado en el puerto de Ancap, y de allí fondeado en la bahía para su reparación. Como la estadía llevaría algunos meses, la tripulación se fue en otro buque y él quedó en representación de la empresa naviera. De modo que el  ente le ofreció una casa para que viviera allí, mientras estuviese en tierra.  Fue así como Yony ingresó a la gran familia,  que éramos entonces, todos los vecinos del barrio obrero.
Oriundo de los  Países Bajos, Yony  hablaba un español elemental medio gangoso mixturando cada tanto en su conversación  palabras en holandés. Adicto a su barco, se iba con los obreros muy temprano, por la mañana, y allí pasaba el día.
   Al caer la tarde lo veíamos volver. Se sentaba solo en el jardín, fumando su pipa, entrecerrados sus ojos verdes fijos en la bahía. Soñando tal vez con su tierra de tulipanes y añorados cantos de sirenas. Al cabo de un tiempo dejó de sonreír, las paredes de su casa comenzaron a oprimirlo, perdió la alegría y  la soledad y la tristeza lo quebraron.
 Un día vino con una muchacha de cabello negro muy largo, recogido en una trenza que dejaba caer sobre su espalda. Usaba vestidos de colores llamativos y muchos collares. Tenía hermosos ojos negros y la boca pintada. Era alegre y bonita, se llamaba María.
    Las vecinas del barrio no la querían, comentaban que “hacía la vida”, por eso no le hablaban y cerraban las celosías cuando ella pasaba. La mamá de Dorita fue la que se sintió  más molesta, siempre insistió en que la joven debía irse del barrio. Nunca entendimos por qué tanta aversión y rechazo. De todos modos ella era feliz con su Yony, y nadie  puede negar que su llegada pusiera un tinte de color y movimiento en la paz pueblerina de aquel barrio blanco que dormitaba junto a la bahía.
    Se levantaba por la mañana con los labios pintados, luciendo vestidos de estampados audaces y calzando sus pies en  sandalias con plataformas y tacos altos.  Así barría la vereda y hacía los mandados, tarareando canciones de moda, ajena a todo lo que la rodeaba como si viviera sola en un barrio desierto. Pasaron varios meses, cuando al fin, el  petrolero estuvo reparado.
A su regreso, el capitán y la tripulación lo hicieron a la mar, y una tarde en medio de la algarabía de los marineros oímos su sirena de despedida.
 Yony pudo levar el ancla y partir, pero la bruma de los negros ojos de María lo envolvieron, y perdió para siempre la ruta del mar.
    En los tiempos que siguieron muchas veces los vimos reír, caminar abrazados y hasta besarse. Los vecinos no lo veían muy bien; besarse en la calle por aquellos años era no tener decoro y se sentían ofendidos ante la actitud tan descarada de la joven que tenía el atrevimiento de reírse a carcajadas o estamparle un beso al muchacho como si tal cosa. Y fueron felices.
   María, que había dejado su antiguo oficio, fue con el tiempo una señora más y aunque al principio fue resistida, el título se lo ganó. No conocí otra persona más desinteresada y servicial: hizo de enfermera, de asistente de partos, de acompañante en los velorios. Sabía curar empacho y culebrilla. Conocía de yuyos y santiguados. Ante cualquier emergencia llamaban a María, ella siempre sabía qué hacer,  por eso las vecinas olvidaron su pasado, del que nunca más se habló.
Lenta, muy lentamente fueron pasando los años, en los brazos de Yony  los tatuajes palidecieron, su recia espalda se doblegó, sus ojos verdes se volvieron grises.
    Nunca volvió a su tierra de molinos y tulipanes, ni volvieron las sirenas a enamorarlo navegando los mares antiguos. María envejeció a su lado rodeándolo de amor hasta que una tarde, cansado tal vez de añorar el mar, soltó amarras y se fue al cielo de los justos.
 María se quedó y está allí, con todos nosotros que la queremos bien. Ya no usa los zapatos de tacos altos ni sus vestidos de colores sólo la trenza, que se ha tornado gris, cae sobre su espalda pequeña y encorvada.
   María es una anciana que conserva el brillo de sus ojos negros y una pícara sonrisa;  continúa viviendo en aquella casa de tejas adonde un día la trajo el amor de un marino solitario que, vencido ante su embrujo,  una tarde lejana se olvidó de zarpar. Y allí estaba, en su jardín, cuando la mamá de Dorita, que sufre a término una enfermedad que no perdona, la mandó llamar.  María fue. Entró en esa casa por primera vez. Se enfrentó con aquella mujer que no la quiso nunca en el barrio. Las dos mujeres se miraron largamente. Se comprendieron sin hablar. Y la vida pasó ante ellas. La vida que vivieron juntas, hace muchos años,  allá, en el bajo.
 La enferma levantó apenas una mano blanca y fría. María la sostuvo entre las suyas y, asintiendo con la cabeza, le sonrió. En los ojos de la enferma, se paralizó la última lágrima.


        Ada Vega -Blog: http://adavega1936.blogspot.com/