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domingo, 11 de septiembre de 2016

Hotel Empire


El Empire estaba en la Ciudad Vieja. Cerca del puerto. Era un hotel  de principios del siglo XX  de dos plantas y ventanas mirando el mar.
    A la entrada, junto a la recepción, había un juego de sala tapizado en brocato celeste y dorado,  una mesa  con tapa de mármol, un televisor y una biblioteca. Hacia el fondo, en el segundo patio, se encontraba el comedor con una mesa oval, doce sillas de estilo tapizadas en gobelino, y un trinchante de cuatro puertas de vidrios biselados y fondo de espejos, donde se guardaban  la loza fina y las copas de cristal.
   Todas las habitaciones quedaban en el primer  piso, hacia donde se  subía por una  escalera  de  mármol blanco  con barandal de hierro forjado.
    Eran habitaciones muy amplias: con juego de dormitorio, cortinados,  alfombras, cuadros en las paredes y lámparas.
    Desde las ventanas se veía el mar y la escollera, y en las noches de verano todo el cielo enorme y estrellado. En los días de tormenta el mar crecía y se elevaba en olas que sepultaban la escollera, como si quisieran llevársela consigo. Después,  cuando la lluvia amainaba, comenzaba a surgir hacia la superficie como el lomo de una enorme ballena.
    Era, aquel, un barrio de inmigrantes. En la calle jugaban juntos, niños judíos, negros y criollos. Hijos de gallegos, de armenios y de italianos. En la cuadra había un almacén,  una panadería y un  taller de calzado. Una escuela cerca y el Mercado del Puerto, donde se compraban la carne, el pescado del día, y  las frutas y  verduras.
                                                                       
                                                      
                                                    II

  
     En aquellos días nosotros vivíamos en un barrio de calles empedradas y veredas con Fresnos. Teníamos una casa espaciosa con jardín al frente y terreno hacia el fondo con una glorieta bajo los árboles, rodeada de rosales y maceteros con flores. 
    Cuando murió mi madre, después de acompañarla al cementerio, mi padre no quiso volver a la casa y decidió irse conmigo a pasar unos días en algún hotel.  Así llegamos al Empire  por unos días, y nos quedamos seis años.
    El dueño del hotel se llamaba Genaro vivía allí con su esposa María, encargada de la cocina, y una hija llamada  Angelina que llevaba los libros y  atendía en  la recepción.
    Los primeros días en el hotel fueron una novedad para mí  que vivía en una casa hermosa, pero no tenía amigos. Tampoco teníamos perro, ni gato ni pájaros. La tarde que llegamos al Empire caía una llovizna aburrida y triste. A penas entramos al vestíbulo a la primera persona que vi  fue a David, un niño de mi edad, sentado en un sillón de la sala mirando la televisión. Nos miró sin interés y siguió viendo la pantalla. Mi padre pidió una habitación por una semana y luego de firmar un libro subimos con Angelina y David, que también nos acompañó.
    Al llegar, la joven abrió la habitación  nos dejó instalados  y anunció que en media hora  servirían la merienda. Mi padre le explicó que iba a  descansar un rato y que bajaría para la cena, entonces ella me tomó de la mano  y  dijo que tomaría la merienda con David y me cuidaría hasta que él bajara.
                                             
                                                      III

    David vivía frente al hotel con sus padres y el abuelo Adad, que tenía una tienda en la calle Colón donde también trabajaban sus padres. Todos los días, después de almorzar, cruzaba la calle y se quedaba con Angelina hasta que ellos regresaban.
    Teníamos la misma edad, pero como él había  cumplido seis  años en febrero  ese marzo pudo entrar  a primero en la escuela del barrio. En cambio yo, como cumplo en mayo,  comencé un año después. De modo que en la escuela siempre me llevó un año de ventaja. Cuando  llegué a sexto grado David entraba al liceo. Y cuando terminé sexto nos fuimos con mi padre de la Ciudad Vieja, y volvimos a nuestra casa del barrio de calles empedradas y veredas con Fresnos. No obstante, en los seis años vividos en el Hotel Empire, David estuvo siempre presente.  Fueron años de una infancia feliz, donde compartimos juegos mientras nos asomábamos confiados a un mundo desconocido.

                                                           IV

     Dos días después de nuestra llegada al hotel mi padre me dejó con Angelina  para dar una vuelta por nuestra casa, a fin de recoger algunas cosas que necesitábamos. Ese próximo lunes debía volver a su empleo y había descubierto que desde el hotel, el Banco le quedaba solo un par de cuadras. De manera que sin pensar nos fuimos quedando. Yo,  porque  me sentía feliz con la novelería de vivir en un hotel, y con el montón de amigos  que en pocos días había hecho. Y él porque se encontraba cómodo, distendido. Todos los días salía a caminar. A veces  por la rambla,  otras veces se  dirigía directamente a Linardi & Risso a revolver libros, para volver siempre con algún texto bajo el brazo. Y el tiempo fue dejando caer, en aquel barrio, las hojas de los otoños.
    Un día,  para hacer nuestra estadía más interesante, sucedió un hecho imprevisto. En una de las habitaciones al fondo del corredor de la planta alta, se alojaba un alemán que había llegado una noche en el Julio César, que al desembarcar se dirigió directamente  al Hotel Empire.
    Como equipaje traía una valija y una caja con libros. Era un hombre fornido, de estatura mediana. Canoso. Usaba lentes y vestía siempre de traje. Un hombre común que pasaba inadvertido. Sin embargo una noche, cuatro hombres irrumpieron en el hotel. Dos quedaron abajo y dos subieron hasta su habitación y se lo llevaron, a punta de revólver, en un auto que los esperaba en la puerta.  Cuando llegó la policía revisó la habitación, se llevó algunas cosas y cerró con llave  prohibiendo abrir hasta nueva orden.
     Nunca más se supo de él. Ni los diarios, ni la televisión dieron cuentas del hecho. Sólo los padres y el abuelo de David  fueron indagados más de una vez, quienes aseguraron  no conocerlo ni saber de su existencia. 

                                                        V

    Los únicos datos aportados por el alemán a su llegada al hotel, fueron su nombre: Egbert Krumm  y que esperaba a alguien que vendría desde Europa. Por lo demás, todos coincidieron en que era un hombre muy callado, no se relacionaba con nadie, sus salidas eran para recorrer librerías y volver con dos o tres volúmenes cada vez. También opinaron que,  para evitar encontrarse con los demás huéspedes, era el primero en bajar al comedor. Algo que tampoco llamaba la atención pues los habitantes del hotel eran cambiantes, con excepción  de mi padre y yo, nadie se alojaba por más de un mes. De modo que ningún huésped  llegó a conocerlo, y menos aún hacer amistad.
    Como  la habitación  había quedado desordenada,  Angelina preguntó a los policías qué hacía con los libros, y le contestaron que ella se hiciera cargo. Por lo tanto llamó a mi padre  para  que la ayudara a buscarles una ubicación. Cuando comenzaron a ordenarlos les llamó la atención que  todos versaban sobre viajes. Viajes al Mato Groso y el Amazonas; a la Cordillera de los Andes;  a Bolivia; al Paraguay  y su parte selvática  y así. De modo que  decidieron  dejarlos en la biblioteca de la sala.
    Y allí quedaron con excepción de los libros de la caja, seis libros de tapa dura escritos en alemán, que Angelina acomodó tal como vinieron del viejo mundo, debajo del mostrador de la recepción.
                                                   
                                                      VI

     Mi inserción en la familia de Angelina fue natural e inmediata. Mi padre desayunaba muy temprano,  luego se quedaba en la sala a leer el diario  y  ver algún informativo en la televisión y después subía  a despertarme.
     Al principio,  para que no desayunara solo, Angelina me llevaba a la cocina donde estaba María  y  desayunaba con ella. Después, a medida que se sucedían los días, bajaba solo y me dirigía a la cocina por mi cuenta.
     Ese invierno pasó sin sentirlo, todas las tardes venía David o iba yo a su casa. En esas idas y venidas fui conociendo a sus amigos,  y para cuando llegó la primavera sabía los nombres de todos. Pero fue ese diciembre, cuando terminaron las clases de la escuela y todos los chiquilines salían a jugar, que me alegré de verdad por haber ido a vivir a ese barrio.
    Jugábamos al fútbol en la calle,  y algunas veces íbamos  a la casa de inquilinato de la otra cuadra a ver a los morenos que, cada tarde al ponerse el sol,  cantaban y tocaban tambores.
                                                     VII

     Al acercarse la Navidad toda la cuadra era alegría.  Desde la mañana nos reuníamos a jugar en la vereda, mientras los vecinos iban y venían haciendo las compras para esperar la Noche Buena.  
     Aquellas fiestas navideñas donde los judíos comían Pandulce y festejaban con los cristianos el nacimiento de Jesús, porque en el barrio, era sabido que,  para las fiestas de fin de año éramos todos iguales. Sin embargo los cristianos, no recuerdo que alguna vez hayamos festejado con ellos, en los primeros días de setiembre, el comienzo del año judío.
    La mamá de David horneaba para esos días un pan delicioso con miel,  que se llama Jalá.  Otras veces lo he comido con amigos en distintas partes del mundo, pero en  ninguno he encontrado el sabor de la Jalá que comíamos con David, sentados en el pretil  de la ventana de su casa, en la noche de Rosh Hashana.
                                                                        
                                                       VIII

    En esos años que viví en el Empire conocí muchísima gente de paso. La mayoría del interior del país, personas que venían al Hospital Maciel por enfermedad, o a visitar algún pariente internado. También los que llegaban de vacaciones a visitar Montevideo y se alojaban por unos días.
    Recuerdo que un invierno  llegaron  Sixto y Raquel, un matrimonio del interior del país. La señora, que se encontraba  próxima  a dar a luz, venía para el Maciel, pero al llegar le comunicaron que  en maternidad no había  cama disponible hasta el día siguiente, de modo que se instalaron en el hotel. Sobre la madrugada bajó Sixto a pedir que se quedara alguien con su esposa, pues se sentía mal, mientras él iba hasta el hospital a pedir ayuda. María y Angelina subieron de inmediato y comenzaron las subidas y bajadas por la escalera hasta que oímos el llanto del bebé que había nacido. 
      Cuando al fin llegó una enfermera, la beba se encontraba dormida  en los brazos de la madre. Se quedaron una semana en el hotel, antes de volver al campo la bautizaron en la capilla del Maciel y de nombre sus padres le pusieron: María Angelina.
     En los años siguientes varias veces vimos a la niña y a sus padres, de visita.  Muchos años  después, supimos que  María Angelina había venido a estudiar a Montevideo y se encontraba hospedada en el Empire. También supimos que  fue profesora de la Facultad de Medicina y desde hace unos años, Directora de Pediatría del Hospital Maciel.

                                                         IX

    Cuando estaba en quinto de escuela, un viernes de tarde llegaron al hotel  una chica y un muchacho que venían de Buenos Aires, por el fin de semana. Jóvenes, hermosos y enamorados. Pidieron una habitación, subieron, y no los volvimos a ver. El lunes Genaro les golpeó la puerta. Tanteó el pestillo. Creyó que dormían abrazados cuando, recostado a la lámpara, vio el sobre con  la carta. Hubo una gran conmoción. Otra vez la policía, otra vez la indagatoria. Como en el  caso de Egbert Krumm, nadie pudo aportar datos. Solo quedó entre los huéspedes del hotel un gran desconcierto y el dolor por aquella  juventud que, vaya a saber porqué,  no encontró otro camino, y  eligió Montevideo para cometer suicidio.

                                                             X

      El episodio del alemán nunca le terminó de cerrar a Angelina. Ella creía entrever un enigma entre el rapto y sus libros. Durante años buscó y rebuscó entre aquellos textos una  marca, una palabra escrita al dorso, una señal que la llevara a descubrir vaya a saber qué. Los leía una y otra vez, revisaba minuciosamente las hojas, releía los títulos tratando de descifrar un oculto acertijo, que nunca encontró. Mientras  tanto se casó, tuvo hijos, y los hijos le dieron nietos.
    También yo terminé de estudiar, me casé y me fui a vivir a Barcelona. Mi padre no volvió a casarse, vivió solo en la casa rodeado al fin, de libros, perros y gatos. 

                                                          XI

     La amistad con David se profundizó con los años, también él se casó  y se fue de aquel barrio de la Ciudad Vieja. Cuando voy a Montevideo es con quién primero me encuentro, cuando él viaja y viene  a España  no se va sin venir a mi casa. Hoy David es un señor importante en el mundo de los negocios, pero para mi nunca dejó de ser aquel niño que conocí el día que enterramos a mi madre,  sentado en la recepción del Hotel Empire  mirando dibujitos en la televisión.
    Fue él quien me contó que Angelina después de buscar signos en los libros que compraba  el alemán, decidió revisar los  que trajo de Alemania. Un día se puso a observar con detenimiento uno de aquellos tomos y, como siguiendo un instinto, con la punta de un cuchillo, fue cortando todo el borde  de la encuadernación.
    Nuevos, como recién salidos de máquina, encontró miles de dólares americanos repartidos en las  tapas y contratapas, de los seis libros. Una verdadera fortuna que  estuvo allí, esperándola, más de cincuenta años.

                                                            XII

    El hotel ya no existe. Hace muchos años lo derrumbaron para levantar un edifico de apartamentos de  diez pisos y enormes ventanales.
Cada tanto, cuando nos encontramos  con David, recordamos nuestros días en  aquel barrio de inmigrantes que habían llegado del viejo mundo, cargando sus dioses y sus idiomas. Huyendo de guerras, ultrajes y miserias.  En la calle angosta donde en primavera remontábamos cometas, jugábamos con los trompos y la pelota de goma.  Que cada diciembre recorríamos pidiendo un vintén para el Judas  que quemábamos en  Noche Buena,  en el campito junto la rambla.
   La calle del Hotel Empire, refugio de mi niñez sin mamá, que  guardo como el más entrañable capítulo de mi vida en aquel Montevideo lejano, que espera mi vuelta bajo la Cruz del Sur.

Ada Vega – 2014 

2 comentarios:

  1. Delicioso relato que como siempre me transporta de tal manera que siento que vivi ahi.
    Gracias.

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  2. Gracias por tu comentario, Alicia. Abrazo!

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