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miércoles, 28 de septiembre de 2016

Las campanas de la Catedral - Minicuento




     A la siete de la tarde las campanas de la Catedral llamaban al Ángelus. Las mujeres devotas de la ciudad se acercaban con sus niños, y sus hijas adolescentes, a rezar el Ave María. Montevideo aún conservaba vestigios de aldea, aunque las cúpulas de sus edificios se elevaban en el impulso inútil de acariciar el cielo. Las escasas luces de la Plaza Constitución comenzaban a encenderse. 

Yo iba de la mano de mamá.


En el camino se unía a nosotras mi madrina, la tía que nunca se casó, que se  llamaba Gloria y vivía con mis abuelos en una casona del barrio de La Aguada. 


Gloria fue la primera en nacer y designada por ello, a quedarse con los abuelos para cuidarlos en su vejez. Fue también la madrina de todos sus sobrinos. Estuvo en mi bautismo y en la fiesta de mis 15, pero no pudo venir a mi boda porque el abuelo andaba con mareos y dolores en el pecho. 


Al poco tiempo, cuando el abuelo nos dejó, siguió solícita cuidando a la abuela.


Un día las campanas de la Catedral dejaron de llamar a oración y todas las campanas de las parroquias de Montevideo, dejaron de doblar.




En esos días mi madrina, la tía solterona, la madrina de todos sus sobrinos, la que no se casó nunca, no tuvo hijos, ni conoció hombre alguno, se quedó sola, sin serenatas ni cartas de amor. Y una tarde de fría de invierno, a la hora en que antaño las campanas de la Catedral llamaban al Ángelus, abandonó este mundo impiadoso, en aquel caserón del barrio de la Aguada.


Ada Vega, 2016 








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