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jueves, 29 de septiembre de 2016

Minicuentos 3


    






Ausencia



Era el año de 1940. Nosotros vivíamos en un barrio obrero de casas blancas a dos aguas y techos de tejas, que ANCAP, el ente estatal, había hecho para sus trabajadores junto a la bahía. Nuestra casa quedaba en la mitad del barrio. Entre éste y ANCAP había un campo baldío.

El barrio estaba lleno de niños. No había cumplido los cuatro años y por la mañana y por la tarde jugaba en la vereda con mis amigas. A las once menos cuarto sonaba una sirena que indicaba la media jornada y a las once la segunda. Al oír la segunda sirena todos los chiquilines de la cuadra íbamos corriendo a la esquina a esperar a los obreros que, tras cruzar el campo, llegaban al barrio. Venían en grupos, unos de overoles azules y otros de overoles grises. Entraban caminando por el medio de la calle. Desde la esquina cada uno buscaba a su padre, cuando lo veíamos cruzábamos la calle para alcanzarlo. 

Me acuerdo que corría a los brazos de mi padre que me levantaba en el aire, me besaba y me llevaba en brazos hasta nuestra casa.

Esa mañana de junio, también jugaba en la vereda. También corrí a la esquina. También busqué con los ojos a mi padre. Pero no lo vi. De todos modos, cuando mis amigos cruzaron la calle corriendo para alcanzarlos, yo también crucé. Seguí buscándolo entre aquellos hombres que pasaban junto a mí, algunos con sus hijos en brazos, otros llevándolos de la mano. Pasaron todos, giré la cabeza y permanecí mirándolos hasta que entraron cada uno en su casa. Volví a mirar hacia el baldío y quedé sola esperándolo en la mitad de la calle, hasta que mi hermana vino a buscarme. No recuerdo cuando me enteré que, aquel día que no volvió del trabajo, había ocurrido en ANCAP un accidente fatal. 

Y aún hoy, cuando vuelvo a mi barrio, siento revivir el dolor que me dio la vida, aquel primer día de su ausencia. 





Siempre a mi lado.



 Estaba en mi sillón sentada junto a la estufa. Miraba una película en la tele. No sé si era una película. No sé  de qué se trataba, no la entendía, pero me entretenía mirando las imágenes. En la sala había otras personas mirando la tele. Señoras como yo. Con el pelo blanco y las manos quietas sobre la falda. Nadie hablaba. Nunca hablábamos ni en el comedor ni en el jardín. No hablábamos porque no teníamos nada que decir. Entonces vino él, me besó en la majilla y se sentó a mi lado. Quiso tomar mi mano, pero no lo dejé. No me gusta que me toquen los extraños. Tampoco me gusta que me besen ni me tomen de la mano. Él me dijo:

 —Mamá, ¿sabés quién soy? ¿Me conocés, verdad? Lo miré a la cara y le contesté que no era mi hijo. No era mi hijo. Yo no tenía hijos. Era atrevido aquel hombre.  Volvió a tratar de tomarme una mano.

 —Mamá, soy tu esposo —dijo—, nos casamos hace muchos años, tenemos hijos y tenemos nietos. Yo no quería oírlo, me daba miedo, no sé porqué me decía esas cosas. ¡Yo no tenía hijos, no tenía esposo! Yo vivía con mis padres y mis hermanos en una casa muy grande en medio del campo. Mi casa…

Allá abajo, después de la tranquera, frente a la puerta de la cocina  paraba el ferrocarril que venía de Montevideo hacia Minas. Con mis hermanos lo veíamos venir de lejos echando humo negro. Cuando pasaba por mi casa tocaba el silbato y tiraba el diario, entonces mi hermano mayor bajaba hasta la vía y lo traía para mi padre que andaba trabajando en el campo.

 Nosotros que estábamos jugando, le hacíamos adiós con la mano. Los pasajeros también nos saludaban. Era lindo. La casa de nosotros estaba en un alto,  junto a la casa había un ombú muy grande y muy viejo, con mis hermanos nos subíamos y nos sentábamos entre sus ramas.

 A la sombra del ombú había una carreta antigua, que no se usaba, pero que estaba allí como de reliquia, estaba inclinada, con las ruedas hundidas en la tierra y el palo largo, donde se ataba el yugo, apuntando al cielo. Yo era una niña ¿cómo iba a tener hijos? No quiero que venga este señor que me bese en la cara y me diga cosas. No quiero que trate de tomar mi mano. Entonces él se puso triste, muy triste suspiró y se le cayó una lágrima. Se acercó Carmen. Carmen es la enfermera. Es muy buena. Me dijo despacito al oído, que el señor está muy solo, que  le recuerdo a su esposa. Que no le tenga miedo.  Que él solo quiere sentarse a mi lado y acompañarme.

 —Bueno  —le dije.

Sin embargo a veces, creo que lo conozco al señor, que sé quién es. Pero cuando quiero aferrarme a ese recuerdo, se me va de la cabeza y me quedo sin saber. Hace tiempo que no veo pasar el ferrocarril. Salgo poco afuera. Mañana voy a salir y cuando pase el tren voy a ir con mi hermano a recoger el diario para mi padre. 





Buenas tardes de julio!



Hay días que parece que todo sale  al revés. Predestinados. Fui a la sociedad para hacerme una ecocardiografía.
 —Quítese la ropa de la cintura para arriba y póngase ese ponchito —dijo la enfermera.
 —Pase por acá. El doctor que le va a hacer el examen — presentó.
 —Buenas tardes.
 —Buenas tardes.
 Era un flaco alto, canoso con cara de fastidio. La enfermera se fue.
 —Recuéstese en la camilla de costado mirando para acá —dijo el galeno. —Por favor doctor, tiene que levantar un poco donde apoyo la cabeza porque me mareo —dije tímidamente.
 No me contestó, pero levantó la camilla. Apagó la luz central. Se sentó frente a una  computadora llena de cables. Levantó el poncho, me untó el pecho con gel. Cerré los ojos y me puse a pensar en las dos únicas ecografías que me había hecho en la vida. Fueron cuando los embarazos de mis dos hijos. La primera cuando el embarazo de mi hija. La doctora me mostraba la pantalla y me decía:
 —Esta es la cabecita, estos los bracitos.
Juro que hice todo el esfuerzo posible para  tratar de ver algo que se pareciera a  la imagen de un niño  en aquella pantalla, pero la verdad es que no vi  nada de lo que la doctora veía con claridad. La segunda vez  fue cuando…  
—Póngase boca arriba.
 A mi me duelen los huesos, estoy medio sorda, y medio vieja. Lo miré.
 —¡Que se ponga boca arriba!
Yo soy muy educada:
   La puta madre que te parió, flaco de mierda, —pensé para mis adentros. Me puse boca arriba.
   Quién le mandó hacer este estudio —me preguntó.
 Últimamente, debido a los años,  la mitad de las cosas la he olvidado y de la otra mitad no quiero ni acordarme. Cuando me pongo nerviosa, no me acuerdo de mi nombre.
 —El cardiólogo —contesté.
—Como se llama.
 —No me acuerdo. No me salían las palabras.
 —Dónde tiene el consultorio —insistió.
—Acá —insistí yo. 
—Acá ¿dónde?
Yo me conozco. Empecé a ponerme azul.
 —Acá, en la Española, —le grité despacito. 
—Pero La Española, tiene cuatro policlínicas, en Belvedere, en Punta Gorda en…
—Me siento mal, doctor.
—¿Qué le pasa?
 —O me estoy por morir o me estoy por desmayar.
—¡Enfermera! Pida una silla y lleve a la señora a emergencia que se siente mal!
 A mi esposo casi le da un soponcio cuando me vio salir del consultorio en silla de ruedas.
 —No pasa nada —le dije— vení conmigo y nos vamos.
 Fuimos a tomar un taxi, allí, a la salida de la sociedad. Había una fila de ocho personas esperando.  Hacía frío y yo me había arrebujado junto a mi marido.
 Una señora llegó después de nosotros.
 —Señora ¿usted es la última? —me preguntó
—Creo que sí —le contesté— pero nunca se sabe ¿vio? Los hombres son tan imprevisibles.
Creo que la señora quedó un poco desconcertada.
 De la sociedad fuimos al Shopping Punta Carretas porque yo quería comprar algo y mi marido quería  comer.
 —Y así —dijo— matamos dos pájaros de un tiro.
No tuvimos oportunidad de matar a nadie. El Shopping, por las vacaciones de invierno estaba lleno de gente mayor, de niños, de payasos, de globos, de llantos de bebés y de gritos. No había lugar para comer  ni arriba, ni abajo, ni al centro,  ni adentro. Mi consorte se puso a mirar unas camisas y  entró en un local,  yo quería comprarme  un piyama y empecé a caminar, pero de mi talle no encontré nada. No me extraña, ya me ha pasado que talles grandes no encuentre, pero me llamó la atención que ninguna de las señoras, normales, que había dentro del local, encontrara talle. Una vendedora  con tres palabras aclaró la situación:
 —Todo es chino —dijo.
 O sea: todas las prendas eran para mujeres que pesaran 43 kilos y midieran 1m. 53. No pude comprar nada y entré donde estaba mi esposo pagando una camisa. El único cliente era él. Del lado de adentro del mostrador estaban: el encargado, dos vendedores y el cajero, conversando.  Entré y me quedé junto a un mostrador cerca de mi marido, como permanecí callada uno de los vendedores me  preguntó señalándonos:
—¿Ustedes están juntos?
 —Por ahora —le contesté.
 Estallaron las risas. Al salir del Shopping,  tropecé con un payaso, me caí y me quebré una uña. ¡No tendríamos que haber salido de casa! Por esas cosas ¿vio?. 


La jubilación

Con respecto al aumento de los $200 para las jubilaciones, les diré que el otro día tomé una libreta y una birome y me puse a sacar cuentas. Me dije voy hacer de cuenta que no recibí aumento y los voy a ahorrar. En un año los $200 se convertirían en $2.400. No era gran cosa. Pero en 10 años tendría 24.000. Tampoco sería gran cosa y yo tendría 90 años. Si en lugar de 10 años fuesen 20… entonces llegó mi esposo y me preguntó qué cuentas estaba sacando y le dije lo del ahorro de los $200 del aumento en la jubilación. Me contestó: 
—No te preocupes en sacar cuentas. A vos no te corresponde ese aumento. A vos en lugar de plata te dejan viajar gratis en ómnibus, hasta diciembre. 
Yo hace años que no tomo ómnibus, porque el escalón para subir es muy alto, porque tengo poca estabilidad y esas cosas. Pero me quedé pensando. Dos días después él tuvo que viajar al interior del país por un asunto familiar. Se fue de mañana para volver a la noche. Cuando se fue me vestí, agarré la cartera y me fui a una terminal de ómnibus que queda a tres cuadras de mi casa. 
Pensé tomar un ómnibus que fuese a cualquier lado y para ir y volver en el mismo. ¡Para aprovechar la dádiva del gobierno! Tomé un ómnibus que decía Punta de Rieles, no tenía ni tengo la menor idea de dónde queda. Me senté cerca del guarda para estar más cerca de la puerta delantera. 
El coche se llenó, el viaje fue lindo hasta que el pasaje comenzó a bajarse y al mirar para afuera me pareció que no estaba en Uruguay, me tranquilizó saber que al llegar al destino no tendría que bajarme. Estábamos llegando. Entonces el guarda me preguntó donde pensaba bajar, porque el recorrido había terminado. Le conté que estaba paseando y que volvería a mi barrio en el mismo coche. 
—Pero este coche no sale hasta mañana —me dijo—, queda aquí porque se decretó un paro. 
— ¿Y yo qué hago? —le dije. — ¿cómo vuelvo a mi casa? A todo esto el conductor ya había aparcado el ómnibus y bajaba. El guarda me dijo:
—Venga conmigo señora, porque hay un ómnibus que sí, sale, y va hasta la Ciudad Vieja, quédese aquí un momento que le voy a averiguar a qué hora es la próxima salida. Y me dejó con unos conductores y unos guardas que estaban tomando mate, uno me acercó una silla y me senté con ellos. Vino de vuelta el guarda y me dijo que salía en 15 minutos. Yo le pregunté:
—¿Y qué hago en la Ciudad vieja? Me contestó: 
—Allá puede encontrar un taxi, o un ómnibus para su barrio, venga que la acompaño así sube al ómnibus y se sienta. Subí al ómnibus vino el guarda y el chofer y salimos. Yo comencé a sentir hambre y deseo de ir al baño. Cuando veníamos le pregunté al guarda si pasaba por el Hotel Plaza, que era de lo único que me acordaba del Centro y de la Ciudad Vieja. Así que al llegar a la plaza Independencia, antes de llegar a la parada, el chofer se detuvo frente al Hotel Plaza y me bajé.
 Se venía la noche. Estaba muy apurada por ir al baño, así que entré al hotel pedí alojamiento por una noche, me acompañaron a mi habitación y me dijeron que ya estaban comenzando a servir la cena. Entré a mi habitación, fui al baño, me arreglé un poco y bajé a cenar. Muy poca gente en el comedor, tal vez porque era temprano. Tenían un menú fijo, pero opcional. El joven que se acercó a mi mesa me dijo que tenían también un menú especial para personas mayores, le dije que no sabía que existía un menú especial para personas mayores. Me contestó que era parecido al menú de los celíacos.
 No sé lo que comen los celíacos, pero si ellos lo comía yo también podría comerlo. Me trajeron pescado con arroz y maíz, agua mineral con gas y frutas. Nada de pan, ni grisines, ni coca. Me quedé con hambre. Volví a mi habitación y llamé a mi esposo por teléfono para que al regreso viniese a buscarme. Cuando le dije que estaba en el Hotel Plaza, me gritó. ¿QUE ESTÁS DÓNDE? Le expliqué más o menos, no sé si me entendió, me encargó que no me moviera de allí que él ya venía de vuelta, que estaba en la ruta. No habían pasado 5 minutos y me llama mi hijo. Me dijo: 
—Mamá estoy en el trabajo, me llamó papá viene en viaje esperame que voy a buscarte. No te muevas de allí. Quedate en la habitación. Mirá la tele que ya llego. Llegó a la media hora, vinimos a casa por la rambla, le conté mi odisea con lujo de detalles. A veces me interrumpía para preguntarme algo. Le comenté que tenía hambre, cuando llegamos a casa opinó que en casa siempre había algo para comer, le dije que cocinaría algo para cuando viniese papá. 
—No podés prender la cocina, mamá, sabés que está trancada. —me contestó. 
—Cocino algo con la hornalla eléctrica, le dije, repitió: 
—¡NO PRENDAS LA COCINA, MAMÁ! Me voy porque estoy trabajando. Papá ya viene y cenan juntos. 
Me quedé mirando “Ahora caigo” en la televisión, pero me dormí. Cuando llegó mi esposo me despertó. 
—¿Estás bien mamá? quiso saber.
—Sí —le contesté.
—¿Qué hiciste de tarde? —preguntó.
Yo no me acordaba qué había hecho. No habría hecho nada. Así que le contesté: 
—Nada. Tengo hambre le dije.
—Me dijo Mario que ya habías cenado.
Entonces me acordé y le contesté:
—¡¡Ahh, sí, fuimos con Mario a cenar al cine Plaza!!

¡Creo que a mi no me sirven los $200 de aumento por mes en la jubilación, ni el regalo hasta diciembre del boleto! Hubiese preferido un aumento en metálico.¿Y a usted, cómo le fue?



Ada Vega  2016

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