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sábado, 6 de febrero de 2016

Julia no ha vuelto




Ese día un grupo de dieciocho jóvenes había llegado  al departamento de Treinta y Tres con la intención de conocer la Quebrada de los cuervos que,  ubicada en la zona del arroyo Yerbal Chico, abarca unas 3.000 hectáreas con paredes de hasta 150 metros de altura en las que se ha generado una vegetación muy particular propia de los climas subtropicales.
 A pesar de que existe señalización es conveniente llevar un guía, pues el descenso es muy dificultoso y enmarañado.
Los jóvenes capitalinos decidieron el paseo para el lunes de esa semana de primavera. Habían alquilado un ómnibus que salió de Montevideo en la madrugada, para comenzar el descenso alrededor de las diez de la mañana. El día estaba claro y la temperatura agradable por lo  que prometía un lindo día de vacaciones.
 El paraje es visitado por habitantes del país y también por extranjeros. Ese día, precisamente, habían llegado dos ómnibus desde Montevideo con turistas europeos procedentes de un crucero cuya guía turística incluía una visita a la Quebrada de los Cuervos.
Con uno de los jóvenes conocedor del lugar haciendo de guía, el grupo de estudiantes comenzó el descenso. Recorrieron un trecho junto al  arroyo que corre en el fondo, filmaron, sacaron fotos y almorzaron sentados bajo las palmeras. A media tarde comenzaron el ascenso. Guillermo, el esposo de Julia,  subía conversando con un compañero adelantado un par de pasos de su esposa que quedó a la zaga con una amiga. Cuando casi todo el grupo había salido a la superficie sucedió el terrible accidente. Julia, no se sabe bien si pisó mal,  si tropezó o sufrió un vahído, lo cierto fue que cayó de casi 80 metros rodó entre la vegetación y las piedras que recién lograron detener su cuerpo  a unos 10 metros del fondo de la Quebrada. La retiraron desfallecida  hacia el hospital de Treinta y Tres y de allí  con urgencia a Montevideo. De todos modos, pese a los esfuerzos de los médicos, falleció en el viaje sin recobrar el conocimiento.
Ese lamentable accidente opacó  la alegría de todos los turistas que se fueron muy impresionados. Principalmente los jóvenes estudiantes  de la capital.
Desde ese día Guillermo se apartó del grupo. Por ese año no volvió a la facultad dedicándose solo a su trabajo. Laisa, la joven que estaba con Julia cuando el accidente, solía ir a verlo. Lo acompañaba en esas horas interminables y tristes cuando volvía  del trabajo. Permanecía callada a su lado respetando su tristeza y su dolor. Le ordenaba la casa, le acercaba un café. Lo escuchaba cuando él hablaba de Julia culpándose de haberla dejado sola, de no haber estado junto a ella para ayudarla cuando subían. De haberse distraído un momento —decía—, cuando se adelantó para hablar con el amigo. Lo escuchó, paciente, contar una y mil veces cómo la conoció, cuánto la amó.  Que sin ella, —repetía—,  no encontraba motivo de  vivir.
Laisa lo acompañó como una verdadera amiga en sus momentos más difíciles. y él encontró en ella comprensión y paciencia.  De manera que,  aunque no el olvido, el duelo fue pasando. Comenzaron a salir juntos y él volvió a la facultad. Ya había pasado casi un año del accidente. Para entonces los dos se habían convertido en grandes amigos. Guillermo estaba agradecido.  Laisa estaba enamorada.
Y volvió la primavera. El día que hizo fecha del accidente le pidió a Laisa que no viniera a la casa. Quería estar solo  —le dijo.
Esa mañana se levantó al alba y vagó por la casa con su pensamiento puesto en Julia. Sintiendo que  cada día la extrañaba más. Entró al escritorio y se sentó en el sofá junto a la estufa donde solía sentarse Julia a leer, haciéndole compañía, mientras él trabajaba en la computadora. De pronto sintió algo extraño. Como una presencia viva. Se puso de pie, miró la ventana que estaba cerrada, abrió la puerta. No había nadie. No había nada. De todos modos él sentía que no estaba solo en la habitación. Caminó unos pasos y un libro cayó de la biblioteca a sus pies. Era un Atlas antiguo que al caer quedó abierto  en el mapa de Suecia.  Lo recogió del suelo, lo cerró y lo colocó en su estante.  Se sentó en el escritorio frente a la computadora que se encendió al instante mientras en la pantalla aparecía la ciudad de Estocolmo. La presencia se hizo más fuerte. Entonces la llamó: —Julia sé que estás aquí! ¡No entiendo, mi amor! ¿Qué quieres decirme? En ese momento dejó de sentir la presencia  y la computadora se apagó. Guillermo pasó el día  en el escritorio a la espera de una nueva comunicación, pero no sucedió nada más.
Era tan  ilógico lo sucedido que llegó a pensar que todo había sido producto de su mente. De manera que no comentó con Laisa la extraña experiencia ocurrida en el escritorio, ella podía pensar que estaba enloqueciendo y no quiso preocuparla.
En los días sucesivos la joven dejó entrever su amor, y pese a que él  seguía enamorado de Julia, aceptó de buen grado su compañía. De modo que al cabo del tiempo se fue entregando al arrebato de la joven.
 Y de estar juntos viene el roce. Del roce viene el fuego. Y el fuego los alcanzó. Una noche Laisa  logró lo que tanto ansiaba: se quedó a dormir con Guillermo que la amó tiernamente pero sin pasión.  De todos modos, aunque  notó la apatía del muchacho sabía que pronto cambiaría de actitud. Que ella lo haría cambiar. Por lo pronto comenzó por quedarse primero unos días,  para  luego instalarse.  Como una esposa se encargó de la casa con excepción del escritorio. No entendía por que,  pero con sólo abrir la puerta sentía una sensación extraña de rechazo. Trató varias veces de superar esa sensación, para acompañar  a Guillermo que pasaba largas horas trabajando allí. Pero le fue imposible, no entendía por qué nunca pudo pasar de la puerta.
Mientras tanto Guillermo seguía comunicándose con su esposa y registrando  indicios  que él no lograba descifrar. Lo único  que tras mucho pensar creyó sacar en conclusión, era que Julia  intentaba comunicarle que en Suecia, más precisamente en Estocolmo,  se encontraba  algo que ella había perdido y que le urgía recobrar.  Pero ¿qué? Ni él ni ella conocían a nadie en Estocolmo. ¿Qué deseaba rescatar de tanta importancia, que no la dejaba descansar en paz...?
Una noche apareció en la pantalla de la computadora, un barco enorme, un crucero navegando que, por supuesto, no le agregó mucho a su percepción. Entonces, seguidamente, la pantalla mostró una vista de La Quebrada de los Cuervos. Entendió que Julia trataba de comunicarle algo que incluía la ciudad de Suecia, un crucero y La Quebrada de los Cuervos. Dedujo que ella había perdido algo en la Quebrada y quería que él  lo  encontrara. Recordó entonces que cuando la retiraron, después del accidente, y la llevaron al hospital de Treinta y Tres él vio que le faltaba una cadena de oro con una cruz que ella siempre llevaba al cuello. En ese momento pensó que en la caída se habría enganchado en algún arbusto,  se había roto y perdido y no le dio importancia. Si era esa cadena lo que deseaba recuperar iría a tratar de encontrarla, pero ¿qué tenían  que ver, Suecia y el crucero?
Habían pasado ya casi tres años del accidente. Guillermo y Laisa tenían decidido casarse para la próxima primavera cuando, una tarde, llegó un sobre de la ciudad de Estocolmo, para Guillermo. Dentro del sobre había una carta y otro sobre cerrado con un CD en cuya portada se leía: Quebrada de los Cuervos. La enviaba un señor que él no conocía.  En un español limitado el hombre trataba de contarle una historia. Sentado en su escritorio con la presencia del alma de Julia a su lado, Guillermo comenzó a leer la carta que decía más o menos lo siguiente:
Sr. Guillermo Cárdenas Barreiro
De mi mayor consideración:

                                       Sr. Guillermo, usted no me conoce ni yo tengo el gusto de conocerlo. De todos modos he conseguido su nombre y dirección  por intermedio del  Consulado de Suecia en Uruguay. Usted se preguntará a qué se debe mi irrupción en su vida.  Trataré de ser lo más breve posible. Verá, Usted y yo coincidimos hace casi tres años en una visita, en su país, a la Quebrada de los Cuervos. Sé que a usted esto le trae muy tristes recuerdos, le ruego por ello me perdone. Habrá visto que le adjunto un CD. Bien, termine de leer  la carta y luego véalo. Es una filmación que hice yo ese día. Ustedes eran un grupo de jóvenes felices, hermosos. Yo formaba parte de un grupo de turistas europeos que habíamos llegado a Montevideo en un crucero y la Quebrada de los Cuervos estaba en el itinerario. Éramos todas personas mayores. Ese crucero lo hice con una mujer que no era mi esposa. Ese fue el motivo de no enviarle la filmación inmediatamente. Mi esposa estaba enferma en aquel momento y ello me hubiese traído impredecibles consecuencias. Reconozco que, ante usted, esto no me justifica. Mi esposa ha fallecido. Ya nada me impide afrontar las consecuencias que me generen  haber retenido dicha filmación. Tal vez no pueda perdonar mi actitud. Si es así, créame que lo comprendo. Quiero agregar que yo estaba filmando cuando ustedes comenzaron a subir, y los filmé porque me tentó ese grupo de jóvenes que subía, alegremente, con aquel fondo exuberante de vegetación. Filmé por lo tanto la caída de su esposa y el inmediato rescate de ustedes. Le envío todos mis datos personales. Quedo a su disposición para lo que usted necesite al respecto. Quiero que sepa que lamento muchísimo su pérdida y también mi proceder que, no lo dude, durante todo este tiempo ha carcomido mi conciencia. Lo saluda atentamente...
Guillermo colocó el CD y comenzó a mirar la filmación que un desconocido le enviara tres años después, de aquella tarde trágica. Los dieciocho compañeros de la facultad subían, detrás del guía, por una escarpada ladera de la Quebrada de los Cuervos, aquella tarde de primavera. Él, Julia y Laisa eran los últimos de la fila. Julia subía detrás de él, que se había adelantado un par de pasos conversando con Juan, detrás de Julia y última del grupo, subía Laisa.
De pronto Laisa abandona el último lugar en la fila,  se coloca delante de Julia y la empuja de frente con fuerza,  con sus dos manos, mientras grita como asustada, aparentando que Julia hubiese caído sola.


Julia no ha vuelto. Descansa en paz.

jueves, 4 de febrero de 2016

En los tiempos del Zeppelin





  1. El 30  de julio de 1934  quedó  para siempre  impreso en mi  memoria.
  2. Aquel  día  de invierno de cielo translúcido, sin nubes,  ni el viento que suele  azotar la ciudad de Montevideo,  vi  al  Graf Zeppelin  al regreso de Buenos Aires, sobrevolar mi  casa en la Villa del Cerro.
  3.  Entonces la Villa era apenas un cerro agreste con algunas viviendas y comercios  sobre la calle Grecia, y edificaciones ocupadas por saladeros, frigoríficos  e industrias del ramo cárnico.
  4.  Mi casa se encontraba en lo alto del Cerro. Sólo el faro cuya construcción en la cumbre había sido  dispuesta por la corona española, cien años atrás, y la fortaleza, construida por los portugueses, la superaban en altura.
  5. En 1834 el gobierno de la época otorgó el permiso para crear una población con el nombre de Villa Cosmópolis, para recibir y dar lugar a los miles de inmigrantes que llegaban de Europa, adoptando  luego  el nombre de Villa del Cerro.
  6. Mi padre que había sido peón en una estancia cimarrona del interior del país, se radicó en Montevideo cuando la estancia fue vendida a una familia  de Estados Unidos  con capitales en el Frigorífico Swift,  quienes a su vez le dieron trabajo en dicha empresa. Se estableció por lo tanto en un alto de  la Villa y se casó con una joven vecina descendiente de lituanos, quién luego sería mi madre.
  7.                                                  II

  8.  En el año del Zeppelin comencé la escuela. Crecí recorriendo el cerro. Fui un adolescente curioso, andariego y medio brujo. Puntual visitante de la fortaleza y testigo natural del crecimiento vertiginoso  de la ciudad- puerto, que se extendía a los pies del monte. Desde mi  atalaya observaba la entrada y salida de los barcos y lanchones al puerto  de Montevideo; la llegada de los troperos desde el interior del país arreando ganado para los frigoríficos; observaba el movimiento de camiones  en La Teja en los comienzos de la instalación de ANCAP (Administración Nacional de Combustibles Alcohol y Portland),  y  las chimeneas humeantes  de las distintas fábricas de toda aquella zona industrial.
  9.  Solitario y hosco me crié entre los pájaros de los montes, la pasión de recorrer las playas y la costumbre de rezarle al sol. Incansable caminador bajaba hasta la costa y recorría la cadena de playas que se extendía interminable  hacia el oeste, juntando tesoros que guardaba ocultos bajo un árbol centenario: puntas de flechas, casquillos de balas, cuchillos herrumbrados, la quijada de un puma, y un crucifijo de madera carcomida, con un cristo claveteado de plata de ley.  Recogía objetos traídos por las olas,  de  barcos naufragados  del tiempo del coloniaje: monedas antiguas; enseres de metal; pedazos de tazas y  platos de loza pintados con flores de colores; palos y restos de velamen. Me  cautivaba en los atardeceres,  observar la entrada del astro rey en el mar y contemplar en las noches, de espalda sobre la gramilla, el paso  de  la luna atravesando el cielo y su séquito de estrellas.
  10. Criado en aquel otero cerril de animales montaraces y montes silvestres, conversaba con los animales del monte y también con los que se criaban en las chacras. Revolucionario y justiciero de alma, conocedor del destino de las aves de corral, solía reunir a las gallinas para disertar sobre el tema  de ir a parar a la olla en cualquier momento, por lo que las alentaba a no pasarse el día picoteando el suelo tragando todo lo que encontraban, sino tratar de perder peso e intentar vuelos cortos,   a fin de volar un día como  las garzas y las cigüeñas que cada  primavera llegan por miles a empollar  en las riveras del Río de La Plata. Pero las gallinas fueron desde siempre  muy haraganas, de modo que me escuchaban sin interés  y se iban una tras otra pues se venía el atardecer y había que ir acomodándose en el palo del gallinero.
  11.  Un día, Pedro,  un gallo viejo de la familia D’Amore que tenían una quinta detrás del Cerro,  cerca del Campo de Golf, me  dijo que no gastara pólvora en chimango y dejara a las gallinas vivir su vida. Que las pobres no habían nacido para volar —puntualizó—, que  ellas estaban conformes con su destino. No necesitaban emigrar pues todo lo que necesitaban  lo encontraban en el gallinero: dormían bajo techo, recibían  comida diaria sin necesidad de andar buscando por ahí,  se acostaban temprano y nadie las obligaba a madrugar. Por lo tanto  dejé la cátedra revolucionaria de lado y seguí haciendo nada, mientras recorría la costa y me bañaba en las aguas del río, entre las lisas  plateadas que  alegres y confiadas saltaban a mi  alrededor.
  12.                                                         III

  13.  Aquel día de julio, al descubrir en el cielo el dirigible alemán, lo primero que  se me ocurrió fue manotear la honda para bajarlo de una pedrada. Fue mi  padre, que había salido de la casa para ver el pasaje de la nave, quien gritó a tiempo que me detuviera,  pues podía dar en el blanco — dijo—, y  hacerle un boquete que lo desinflaría forzándolo a aterrizar  sobre el almácigo de cebollines, obligándolo de ese modo a permanecer allí hasta que lo emparcharan, mientras los extraños que llevaba en la barriga, quién sabe por cuánto tiempo deambularían por el Cerro y la fortaleza molestando a los vecinos. De todos modos yo estaba  empecinado, quería bajarlo a tierra para ver qué había dentro del globo, no podía creer  que, como decía  mi padre, dentro de la nave hubiese gente  de paseo por el mundo. Por lo tanto quedé refunfuñando mientras el Zeppelin sobrevolaba la bahía y el puerto, para perderse  más allá del Centro de Montevideo sin haber pisado suelo uruguayo, ni a su ida ni a su vuelta  de Buenos Aires.
  14. Me quedó una ojeriza que nunca pude ocultar. Esperé por años volver a ver el dirigible pues,  si había venido una vez —le decía a mi padre— lo lógico sería que volviera como volvían los hidroaviones de Causa, que atravesaban el cielo dos veces por día, para acuatizar en el  aeropuerto junto al Nacional de Regatas. Estaba convencido de que  el globo con forma de cañón, volvería un día brillando al sol como aquel   30 de julio. Pero mi  espera fue en vano, el Graf Zeppelin, orgullo de la Alemania nazi, nunca volvió. Según se dijo entonces, seis años después de su paso por Montevideo, fue desguazado por los alemanes para utilizar su metal en la construcción de armas bélicas.
  15. De todos modos, el avistamiento del dirigible pautó en mí  el principio de una vida plagada de aventuras  sin salir de ese Cerro de Montevideo, que fue creciendo  para convertirse en una ciudad dentro de otra ciudad. Una ciudad cosmopolita, con una enorme riqueza de costumbres, idiomas y religiones.
  16.  El pasaje del Zeppelin, me dio a conocer la existencia de otro mundo más allá del Río de la Plata, más allá del  horizonte donde cada atardecer veía ocultarse el sol.
  17.      En mis correrías de niño la  curiosidad me  llevó a visitar las casas de los vecinos que poco apoco iban poblando las laderas de la villa.   Familias recién llegadas  que no hablaban como nosotros,  que casi no conocían el español y se comunicaban con señas. Personas venidas de Dios sabe dónde que, chapuceando y a los golpes, comenzaron hablar español y comunicarse con bastante soltura. En ese intercambio de idiomas y costumbres fui conociendo historias y relatos de otras tierras, que enriquecieron mi mente y le abrieron caminos a mi imaginación.
  18.                                                      IV
  19.          Un verano a la villa se mudó una familia árabe, el señor Farid con su esposa y  tres niñas. El hombre usaba babuchas y zapatos con las puntas hacia arriba. Las niñas andaban de vestidos largos y pañoletas que les cubrían la cabeza. Al principio tuvieron problemas porque las más pequeñas debían ir a la escuela,  pero no con la cabeza cubierta sino de túnica y moña. De manera que por la mañana se vestían con túnica y al regreso de la escuela volvían a sus vestidos largos y sus pañoletas.
  20.  En cuanto llegaron al barrio hice amistad con la familia y así me enteré que la hermana mayor había dejado un novio en Tabuk, que prometió venir a buscarla para formalizar el matrimonio. Los padres de la chica  no estaban  de acuerdo y esperaban que los dos olvidaran aquel amor. De todos modos, una de esas noches en que recostado a la fortaleza observaba el flujo y  reflujo de las olas a los pies del  cerro,  vi venir volando sobre el mar algo semejante a un pájaro enorme con las alas extendidas. No era un pájaro, al aproximarse comprobé que era una alfombra apenas iluminada. La alfombra aterrizó junto a la casa de Farid de donde descendió un joven de turbante y capa con pedrerías, ayudó  a la hermana de las niñas árabes subir y ambos, abrazados, desaparecieron bajo el cielo y  sobre el mar sin dejar rastro. Aunque me pareció extraño  no me  llamó la atención,  ya sabía que desde el cielo a parte de la lluvia, se podía  ver flotar, caer o pasar cualquier artefacto por extraño que pareciera.  Al otro día, pese a que los padres estaban desesperados buscando a la chica, no dí  información sobre lo que había visto. Un tiempo después, ya casada, la joven volvió a su casa del Cerro a ver a sus padres y contó cómo su prometido  había venido a buscarla una noche sobre una alfombra. Algo que a los vecinos les costó creer  pues si bien las alfombras mágicas eran conocidas surcando los cielos de Arabia, nunca supo nadie de que en Uruguay se usara esa modalidad  habiendo en ese tiempo trenes, automóviles y aviones donde se  podía viajar sentado, sin que a uno lo despeinara el viento.
  21.                                                          VI
  22.  La cadena de playas que se extienden más allá del Cerro se encontraba en aquellos días  cerrada de montes enmarañados.  En esos montes a orillas de la playa, de la caza y de la pesca, vivía Athan un  viejo asceta  que según él mismo  contaba, llevaba tantos años vividos que había perdido la cuenta. Habitaba esos montes —decía—, desde antes  de la llegada de los españoles y antes de que los charrúa bajaran hasta el Río de la Plata. En mis caminatas por la costa me había hecho amigo del viejo que entre idas y venidas  me  contaba  historias sorprendentes.
  23.  Cierto atardecer, sentados en la arena, mientras  preparaba las redes que tiraba al anochecer,  me contó que en la época de las colonias, muchos  barcos cargados de monedas y oro del Perú, quedaron  atascados en los arrecifes y se hundieron, llevándose  con ellos sus tripulaciones. Me contó también que durante años,  en las noches de tormenta entre truenos y relámpagos, más de una vez había visto los espíritus de viejos  marinos que, cargando  picos y palas, surgían del mar,  atravesaban la arena y se  internaban en los montes en busca de los tesoros que alguna vez enterraron. Llegaban  en noches sin luna y regresaban al mar,  antes de que el sol despuntara.
  24.                                                             VII

  25.      Un diciembre, cinco años después del pasaje  del Graf Zeppelin, volví a ver la esvástica desde mi puesto en la fortaleza del Cerro, entrando al puerto de Montevideo.
  26. Fue en  los inicios de la segunda Guerra Mundial, cuando el acorazado alemán Graf Speese enfrentó a tres cruceros ingleses en la llamada Batalla del Río de la Plata,
  27. El Graf  Spee, que había zarpado de Alemania  en agosto de 1929, llevaba hundidos  nueve barcos  mercantes  cuando se dirigió a  las cercanías del Río de la Plata para atacar a los barcos británicos que se abastecían en esta costa.
  28. Los tres barcos ingleses lo persiguieron,  Lo encañonaron y le lanzaron torpedos antes de alejarse. De modo que el Graf Spee abandonó el combate y se dirigió al puerto de Montevideo a fin de reparar los daños.
  29.  El gobierno uruguayo le dio un plazo de 72 horas.  Mientras el Graf Spee era reparado, su capitán enterró a sus muertos en el Cementerio del Norte, los heridos fueron llevados al hospital Británico y los más  embarcaron en  el Tacoma, barco mercante alemán,  que  escoltó al "acorazado de bolsillo" hasta apenas pasado el límite internacional.  Allí, el Admiral  Graf Spee viró al oeste y echó anclas entre el Cerro de Montevideo y Punta Yeguas donde se inmoló mediante la detonación de explosivos.
  30.  Durante 3 días, desde la fortaleza del Cerro, vi  arder a  quien fuera considerado el más moderno buque pesado de la Alemania Nazi.

  31.                                                          VIII

  32.       Poco tiempo después de la batalla del Río de la Plata, la familia D’Amore  vendió la quinta y se fueron del Cerro. No volví a ver aquel gallo viejo y sabio que me enseñó tantas cosas de la vida. Era  un gallo con una cresta grande y  roja, un manto de plumas doradas  sobre su plumaje colorado, y una cola de plumas grandes y arqueadas, azules, verdes y púrpuras,  que brillaban tornasoladas al sol.
  33.  Cuando lo dejé de ver tendría 8 ó 9 años, no viven mucho más. Emitía un canto puro y potente.  Cantaba al amanecer, al mediodía, al atardecer y a media noche. Él iniciaba el canto en el Cerro al amanecer y al atardecer,  los  gallos de los alrededores le contestaban uno a uno, pero ninguno cantaba con su potencia y musicalidad.
  34.  El gallinero de la quinta de los D’amore, tenía un techo de chapas acanaladas con un alero más elevado, allí se subía a cantar. Cuando yo andaba por allí, de recorrida, éll abandonaba el gallinero y conversábamos bajo los árboles del monte.
  35. Siempre supe que mucho de lo que me contaba no era cierto, que era un gallo muy fantasioso y de inventar historias, de todos modos era agradable escucharlo.
  36. Cuando empecé el liceo, mis compañeros se burlaban de mí porque no creían que yo hablaba con los animales y además no sabía fumar. Esto me daba bronca y vergüenza. Un día se lo conté a Pedro y me dijo que llevara hojillas y tabaco que  él me iba a enseñar. Así que un día llevé tres cigarros armados y se los mostré, me dijo cómo tenía que aspirar y tragar el humo,  le expliqué  que no sabía tragar el humo, opinó que tenía que aprender porque si no parecería una chimenea y eso no era fumar.
  37. Me llevó un tiempo aprender, mientras tanto le  pregunté un día por qué él no fumaba, me confesó que había fumado cuando joven, pero que había dejado el vicio porque le afectaba la garganta y le enronquecía el canto.

  38.                                                         IX

  39. Cuando en el 45 terminó la guerra en Europa, todo el Cerro festejó. Los árabes, los sirios, los lituanos, los armenios, los griegos , los italianos y los gallegos. Durante varios  días el Cerro se vistió de fiesta.  En esos día me enteré que la familia D’Amore, había vendido la chacra y se había mudado para Lezica. Fui corriendo a ver a Pedro, pero en el lugar no había gallinero, ni gallinas ni vi a Pedro nunca más.
  40. Por mucho tiempo desde mi casa escuché su canto cuatro veces al día, aunque  mi padre decía que el que cantaba sería otro gallo. Que era  imposible que en el Cerro, se pudiera escuchar  a un gallo cantando en Lezica. De modo que llegué a pensar que tal vez estuviera en los montes junto a la playa. Varias veces salí a buscarlo  y a pesar de que nunca lo encontré,  por mucho tiempo  su canto llegó a mis oídos.

  41.                                                     X

  42. Años después de avistamiento del Zeppelin, por las calles del Cerro conocí  al Dios Verde, un solitario predicador vestido de túnica como Jesús, que descalzo y apoyado en un cayado recorrió por años  todo el Uruguay predicando por la salvación del alma. Una tarde ascendiendo por la calle Viacaba me encontré con el místico que disertaba con una Biblia en la mano. Después, ya anochecido, subimos juntos hasta la fortaleza donde, recostado a un antiguo cañón, que apunta hacia la ciudad, me habló de Dios, de la salvación del alma, de los pecados de los hombres,   de que, previo arrepentimiento, Dios perdona.  Y me aseguró también, que el Cerro de Montevideo es un volcán dormido.

  43.                                                  XI

  44. En los tiempos del Zeppelin, al norte del Cerro, donde en aquellos años existían grandes extensiones de campos y montes silvestres, se fueron construyendo chacras y casas de campo. En el año 1948, la hija de una de esas familias se casó en la Parroquia Santa María del Cerro, con un marino del Graf Spee.
  45.  El día aquél de la batalla, cuando el capitán bajó a tierra a los heridos, dos hermanos se ocultaron y lograron perderse entre las calles de la Villa. Uno de ellos estaba herido, de modo que varios vecinos les prestaron ayuda, los albergaron hasta que el joven se  recuperó y  les consiguieron alojamiento con una  familia libanesa que tenía una chacra al norte de Cerro. Allí se quedaron, trabajaron y formaron sus familias los dos hermanos, y nunca se fueron de Uruguay. Por las laderas del Cerro, en estos días,  aún viven sus descendientes.
  46. Ochenta  años después del pasaje del Graf Zeppelin sobre Montevideo,   pienso que somos hijos de un país cosmopolita, bajo cuya bandera no todos nacimos, pero donde sobre el mismo suelo somos todos hermanos.
  47. Ochenta años después,  recostado a la Fortaleza, de espaldas a la Bahía y a la Ciudad de Montevideo, veo hundirse el sol en el horizonte.  Solo, en la cima del Cerro, mientras mi memoria arrea los recuerdos, pienso en mi padre y,  por si acaso, sigo  escudriñando el cielo.


Ada  Vega – 2014  - clic: http://adavega1936.blogspot.com/

lunes, 1 de febrero de 2016

Mis perros y yo



                     
En el año 1919 Thomas Mann escribió una novela que tituló “Amo y Perro”. La novela consta de cinco capítulos donde, en una prosa romántica, el escritor se dedica casi con exclusividad a hablar de su perro. Yo era una joven estudiante cuando leí este relato y recuerdo que no dejó de llamarme la atención que alguien pudiese escribir más de dos páginas hablando de un perro. Pues, aparte de comentar cómo era su tamaño, el color de su pelo, la raza, su condición de cachorro o adulto, si era obediente o no, ¿qué otra cosa —pensaba entonces—  se puede decir de un perro? Tal vez que es una grata compañía, que nos provoca ternura. Exaltar su nobleza y lealtad.
De todos modos, para todo este relato, sólo nos bastaría una carilla. Sin embargo Mann dejó impresas en dicha narración  más de  cien  páginas.
Muchas lluvias han caído desde aquellos días en que fui estudiante. Los años agazapados, se fueron dejando huellas. Se acaba de morir una perra que fue mi amiga y  compañera durante doce años. La he llorado, no por ella  que ya no sufre su reuma ni su ceguera. La he llorado por mí. Porque no la tengo y la extraño. Porque he quedado sola y no sé qué  voy a hacer sin ella echada a mis pies, mientras escribo, o estirada junto a  mi cama. Tendré que aprender a vivir en completa soledad, pues no deseo más compañía de perros ni gatos. Estoy harta de llorar y enterrar mascotas y no sé cuánto  más me quedará por vivir, ni qué pueda ser de ellos si me voy y los dejo solos. Por ese motivo, al recordar a Thomas Mann en aquella novela que escribió hace casi un siglo, he decidido contar cómo llegaron a mí y cómo me abandonaron los perros que amé y me amaron, en estos porfiados  años que llevo vividos.
II
Cuando abrí los ojos por primera vez ya en mi casa había un perro. Un cachorro Fox Terrier que Antonia y Casio, unos amigos de mis padres, les obsequiaran en esos días de mi nacimiento. Mi madre le puso Terry  y crecimos juntos. Terry fue mi primer juguete, mi primer amigo. Mi recuerdo más lejano. Era un perro pequeño, de pelo corto, manchado en blanco y negro. Rabón. Con los ojos marrones, brillantes e inquietos. Un perro fuerte, veloz, inteligente. Ratonero de oficio. Lo recuerdo, a partir de mis tres años, apretado junto a mi pecho, mientras mi madre me decía que no lo fastidiara tanto que podía morderme. Nunca me mordió, a pesar de haber sido un perro genioso y obstinado. No le gustaban las caricias ni que lo tuvieran en brazos. Él era “muy perro”: no soportaba las zalamerías de la gente.
En aquellos días vivíamos en el barrio del Prado, sobre la calle Lucas Obes, en una casa quinta de paredes de piedra y techo de tejas azules que había sido de mis abuelos maternos. Mi madre era una mujer muy hermosa, dueña de un carácter afable y conciliador. Era quien realizaba  los quehaceres de la casa ayudada por Benigna, una señora, encargada de la cocina que vivía  con nosotros.  En los últimos años más que madre hija fuimos amigas a pesar de no haber sido todo lo sinceras que debimos la una con la otra. Nos quedaron muchos detalles sin aclarar y aunque éramos conscientes de ello nunca permitimos que los mismos  llegaran a perturbarnos.       
A mi padre lo recuerdo como un hombre apuesto, dinámico y benévolo que  a pesar de trabajar mucho y estar poco en casa, fue siempre un buen esposo y un padre protector. Durante cinco años fui única hija. Después nacieron Bernarda y Carolina con quienes, a pesar de la diferencia de edad, tuvimos siempre una buena relación. Mientras crecieron y estudiaron vivieron rodeadas de amigas y amigos que iban y venían por la casa entre voces y risas que perdimos cuando se casaron y se fueron.    
Durante  mi niñez,  todas las tardes,  mi madre me llevaba a pasear por el Prado. Allí nos encontrábamos con Antonia y Casio. Los tres paseaban por la rosaleda, mientras yo jugaba con Terry. Mantenían extensas y animadas conversaciones, pues tenían mucho en común: Casio era escultor y mi madre que había sido modelo de una escuela de pintores fue también, en una oportunidad, modelo suya. Sus charlas, por lo tanto, giraban sobre exposiciones y pinturas. Mi padre estaba exento de esas conversaciones. Era en aquellos días un fuerte comerciante de plaza y  no transaba mucho con el arte, opinando que éste era una vacuidad, algo que no merecía su atención ocupada en pagos, transacciones y recaudos.       
Una tarde cuando volvíamos del Prado tuve la impresión de que Casio, al despedirse, retenía demasiado  tiempo la mano de mi madre entre las suyas.                                                                 
III
El tiempo siguió su curso. En ese andar, también llegaron  los años de túnica blanca y moña azul. Había cumplido los seis años y esperaba llena de ansiedad el primer día de clase. No lo supe entonces. No me di cuenta. Pero en esos días comencé a separarme de mi amigo Terry. Entusiasmada con mi cartera nueva, los lápices de colores, la cartuchera con dibujos, lo fui apartando sin querer de mi lado. Él, que me seguía a todas partes, que dormía a los pies de mi cama,  no me acompañó en mi  primer día de escuela. Nunca me acompañó a la escuela. Se quedaba solo toda la tarde, sentado a la entrada del jardín, aguardando mi regreso. Cuando llegaba saltaba a mi alrededor, daba pequeñas corridas, ladraba, como hablándome. Quería jugar conmigo, pero yo venía cansada, no tenía deseos de jugar. Terry comenzó a ponerse triste. Mi madre se dio cuenta y me decía que jugara un poco con él. Que el pobre me extrañaba. Yo nunca lo rechacé, pero  los libros y los cuadernos me fueron apartando de Terry que dejó de esperarme, al volver de la escuela, sentado a la entrada del jardín.
Había terminado sexto grado cuando ese verano mi perro Terry, el amigo leal que me acompañara desde mi nacimiento, murió mientras dormía a los pies de mi cama.
Aquel Fox Terrier de mi infancia no pudo acompañarme en mi adolescencia. Cuando lo llamé y no se movió ni levantó la cabeza comprendí que se había ido. Lo levanté del suelo, donde yacía, y lo mantuve en mis brazos  mientras él me miraba con sus ojitos turbios. Él me había entregado su fidelidad y yo, en cierto modo, lo había traicionado. Lo había dejado a un lado de mi vida. Lloré tanto con él en mis brazos que sentía oprimido el pecho y apretada la garganta. Mi padre me lo quitó y lo llevó a la quinta para enterrarlo y yo me abracé a mi madre que lloró conmigo, la pérdida del primer perro que me acompañó en la vida.
Atravesé mi luto con un arraigado sentimiento de culpa. Desde entonces cada vez que me acuerdo de Terry, siento el dolor de no haber sido más buena con él. Con aquel pequeño amigo que me  enseñó que el amor no debe ser egoísta. Que debemos cuidar, proteger, no abandonar al ser que amamos.  A partir de su muerte comencé a comprender muchas cosas que hasta ese momento habían permanecido veladas  para mí. Con Terry se fue mi infancia y me enfrenté recelosa con la adolescencia.
Un atardecer de ese mismo verano antes de empezar el liceo, vi a mi madre besarse con Casio  en el claroscuro del comedor.
IV
Entrar al liceo significó una experiencia  asombrosa que me abrió caminos interiores. Siempre me gustó estudiar y las distintas  y nuevas materias despertaron en mí una gran expectativa. No fue así con mi actividad social: no hacía amistades. No me interesaba hacerlas.  Fui poco a poco convirtiéndome en una joven retraída. Encerrada en mí misma. 
Una tarde al volver a casa encontré un perro callejero. Al pasar junto a él  movió la cola, yo lo miré,  golpeé  mi pierna con la palma de mi mano y  me siguió. Era un perro de raza indefinida, de cruzas perdidas en el tiempo. Mediano de tamaño, de pelo negro, tenía los ojos tristes y las orejas caídas. Estaba sucio y con hambre.  Lo entré a mi  casa y en el fondo le  acerqué un balde con agua. Le  llevé de la cocina un plato con restos sobrantes del mediodía y fui  a buscar alguna ropa en desuso para hacerle una cucha donde pudiera echarse a dormir, pero cuando volví él ya estaba durmiendo, hecho un ovillo, junto a la casilla que fuera de Terry. Entonces entendí que a ese perro de la calle, sin dueño, que comía de la basura y dormía en cualquier parte, Terry lo había puesto en mi camino para que fuese mi compañero, para que me cuidara y yo lo cuidara, porque los dos estábamos solos y ambos nos necesitábamos.
Le conté a mi madre de mi nueva adopción. Ella lo aceptó, de nombre le puse Arapey  y  comenzó a acompañarme al liceo. Cuando yo entraba,  él se volvía a casa. A la salida andaba siempre merodeando mientras me esperaba para acompañarme en el trayecto de vuelta. Sin embargo, no dejó nunca de ser un perro solitario, independiente y callejero. 
Pese a  tener casa y comida, pasaba largas horas vagando por las calles. Regresaba cuando le parecía, entonces se dirigía hacia donde yo estaba estudiando y  se echaba a mi lado. Con él conocí otras facetas del amor. Arapey era reacio a las demostraciones exageradas de afecto. Él daba y recibía amor sin ostentación. Me enseñó a amar a la distancia. A confiar en lo que amamos. A no avasallar al ser amado.
Los años del liceo no cambiaron mi vida ni mi carácter. Tuve muchos compañeros, pero no hice amigos.                  
V
Aún no había decidido qué carrera seguir en la universidad, cuando se desató en el país un conjuro cívico que dio a los militares la oportunidad de implantar una nueva dictadura.
En mi casa no sufrimos los atropellos y violaciones que sufrieron muchas familias, que como nosotros, no estuvieron  implicadas. Pocas veces oí a mis padres hablar de política. A pesar de que ambos tenían ideas claras sobre la situación que vivía el país, nunca los oí explayarse sobre ellas. Sin embargo, un día mi madre gritó y lloró como nunca la había visto hacerlo. Mi padre, enojado,  trataba de calmarla. El motivo  era  que  la noche anterior los militares se habían llevado a Casio  de su casa y nadie sabía donde se encontraba. Mi padre no entendía por qué ese hecho la ponía tan fuera de sí. Sin embargo yo, aunque un poco confundida, creí  intuir el porqué.  Fue entonces que le oímos aquel comentario que destruyó a mi padre, que deshizo la familia y terminó de moldear mi vida de eremita. ¡Casio es el padre de Verónica! dijo. Yo llamé a gritos a mi perro y fui corriendo a encerrarme en mi cuarto. Y allí hubiese querido quedarme para siempre; sin comer,  sin oír,  sin saber. Morirme, hubiese querido.  Pero la vida es un río caudaloso que a nuestro pesar, nos arrastra y nos lleva en sus remolinos. Decidí seguir respirando.
Casio desapareció y la familia no volvió a saber de él. Mi padre, o el que creí mi padre por muchos años, se fue de casa esa misma noche. No obstante, siempre estuvo cuando lo necesitamos. Siempre nos apoyó y nos ayudó y a pesar de que nunca dejó de venir a vernos, a vivir con nosotras nunca volvió. 
Yo no quise, en aquel momento, que mi madre me explicara nada. La concepción que tenía yo de mi vida, dio esa noche un giro de campana. El que creí mi padre desde que tuve conciencia no era mi padre, mis hermanas eran medio hermanas y mi verdadero padre era un amigo de mi madre. Después, de a pedazos, fui yo misma reconstruyendo la historia: ellos se habían amado cuando mi madre era modelo y él un hombre casado. Nunca supe por qué no se separó de su mujer y se fue a vivir con ella, si es que de verdad la amaba. Lo que sí supe es que para mi madre él fue su gran amor. Después conoció a mi padre que se enamoró de ella y le ofreció matrimonio. Dejó de modelar y se casó. Pero Dios o el destino quiso que, un verano, viniera Casio a vivir al barrio con su familia y se volvieron a encontrar. Lo demás: el epílogo de una historia de  amor prohibido y yo su lógica consecuencia.
Cuando terminé el liceo fui a la universidad, allí conocí a Leandro, un joven del interior del país que había venido a estudiar a Montevideo. Fuimos primero amigos, compañeros de clase. Después, novios. Él alquilaba un departamento cerca de la facultad. Allí nos encontrábamos para estudiar y hacer el amor. Leandro se enamoró de mí y a mí me gustaba estar con él. No sé si realmente lo amé o si sólo apreciaba su compañía. Siempre fui muy introvertida, ni yo misma he llegado a conocer a fondo mis propios sentimientos. Lo cierto fue que, pasado un tiempo, se aburrió de mi ostracismo y una tarde decidió poner fin a nuestra relación ambivalente. No sentí pena, Leandro dejó en mí sólo el recuerdo de haber sido mi primer hombre.
VI
En quinto año de facultad estuve de novia con un joven de Montevideo que estaba terminando la carrera. Se llamaba Asdrúbal. Trabajaba  y estudiaba. Era unos años mayor que yo. Nos conocimos en la Biblioteca  y casi en seguida comenzamos a salir. Congeniábamos y teníamos buena química. Yo me esforzaba por mejorar mi carácter. Por ser más receptiva. Más confiada. Con la ayuda de Asdrúbal, con quien hablábamos mucho sobre mi personalidad, creo que lo hubiese conseguido.
Hasta que una noche, mientras tomábamos un café en un bar del Centro,  apareció una joven que según dijo era la prometida de Asdrúbal  y  le increpó duramente el estar en mi compañía. Yo no quise saber nada. Me levanté, me fui y  lo dejé a él que solucionara su problema de pareja. No quise volver a verlo. Creo que él tampoco lo intentó.
Un verano, dos años antes de recibirme de Doctora en Derecho, murió Arapey.
Hacía tiempo que estaba enfermo. Comenzó por abandonar sus correrías. Y de andar vagando por el barrio. Después fue dejando de comer. 
El veterinario lo había examinado sin encontrar nada grave. Una tomografía reveló, al final, la existencia de un tumor maligno en la cabeza. No existía una intervención quirúrgica que diera cierta seguridad de cura. Lo fuimos tratando con calmantes, hasta que un día dejaron de hacerle efecto. El veterinario aconsejó sacrificarlo. Lo inyectaron y yo me quedé junto a él, con una de sus manos entre mis manos, hasta que sus ojos quedaron fijos en la nada y su mano rígida entre las mías. No se quejó. Simplemente se fue apagando. No sé cuánto tiempo me quedé sola con él. Mi padre ya no estaba en casa, mi madre me  acompañó y yo misma lo enterré en el fondo de la quinta.
                                               VII
Unos meses después de recibir mi título en la Universidad de la República, mi padre se despidió de mí y de mis hermanas y se fue  a vivir a España. No lo volvimos a ver. Falleció en Barcelona cinco años después de haber llegado a la península.
El verano aquel, cuando terminé mis estudios de Derecho, mi madre colocó junto a la puerta de  entrada una chapa que decía: VERÓNICA CARABAJAL, ABOGADA. No se veía desde la calle. Las santarritas y las glicinas entrelazadas cubrían las vetustas paredes de la casa.
En esos días, con mi flamante título en la mano, comencé a trabajar en el estudio de un abogado muy respetado, amigo de mi padre. Allí trabajaba el hijo, también abogado, un poco mayor que yo. Se llamaba Guillermo, era soltero y buen mozo. Estaba de novio con la hija de un juez de la Suprema Corte de Justicia. De todos modos, simpatizamos en cuanto nos vimos y comenzamos a salir. Al pasar el tiempo, nuestra relación se afianzó y estuvimos juntos casi dos años. Entonces él anunció su matrimonio y, sin más, se casó con la novia hija del juez de la Corte. Siguió, sin embargo, afirmando que me amaba y me propuso continuar nuestra relación. Pero para mí, él ya no existía. Durante mucho tiempo intentó un acercamiento, tratando de explicarme hechos irreversibles que no tenían explicación. Jamás transé. Nunca me detuve a escucharlo. Él ya era en mi vida, una historia acabada.
Cuando el padre de Guillermo se jubiló, nos dejó el estudio a ambos. Fuimos socios varios años. En los últimos tiempos fui también la encargada de explicarle a su hijo, tercera generación de abogados de la familia, el funcionamiento del estudio. Hacía ya unos meses había decidido dejarle mi puesto al muchacho y retirarme. Tenía pensado  dedicar mi tiempo a escribir y así lo hice un fin de año, ante la sorpresa de Guillermo y la alegría del hijo.
Cuando murió Arapey decidí no tener más perro. Mi madre no estaba de acuerdo. Ella, como yo, era muy “perrera”. Cada pocos días me traía noticias de alguien que regalaba un “cachorro divino”. En esa época Bernarda y Carolina se pusieron de novias y se casaron ambas,  en el mismo año. Bernarda se casó con un joven argentino que conoció en La Pedrera donde, aún hoy, tenemos una cabaña que nos dejó mi padre junto con otros bienes. Se casó y se fue a vivir a Córdoba, en Argentina. Carolina se casó con un compañero de estudios, vecino del barrio. Con mala suerte pues, al poco tiempo de casados, el joven murió en un accidente  automovilístico donde ella salvó su vida de milagro. Cuando se recuperó se fue a vivir a Córdoba con Bernarda, que tuvo tres hijos. Allí,  hace unos años, volvió a casarse.        
VIII
Para entonces doña Benigna, la cocinera que vivió con nosotras tantos años, se había jubilado y se había ido a vivir con una hija. Nos quedamos solas, mi  madre y yo,  en aquella casa tan grande. Le propuse entonces  que podríamos mudarnos a una casa más chica, donde no tuviese que trajinar tanto todo el día y la manutención no fuera tan gravosa. Le pareció una buena idea y decidió vender la casona y comprar un apartamento en un barrio más céntrico, cerca de  mi trabajo. Al poco tiempo consiguió una transacción beneficiosa. Vendió la casona y  compró un departamento en el Centro, frente a la plaza de los Treinta y Tres Orientales.
En esos meses, antes de dejar la casa, entró una tarde de la calle muy alterada. Le pregunté que le sucedía y me contó una historia “enternecedora”. Según le contó una vecina, en el Miguelete algún desalmado había dejado, adentro de una caja, una perrita con cuatro cachorritos recién nacidos. 
—Es de raza — me decía—, que parece que se enamoró de un perro cualquiera y los dueños al ver esa camada sin pedigrí, la sacaron con su cría para la calle y la dejaron en el  arroyo. 
—Bueno mamá —le dije—,  qué vamos a hacer, no es asunto nuestro. 
—Vos sabés que son preciosos —me dijo—, mientras con sus manos alisaba las arrugas del mantel sobre la mesa. 
—Cómo sabés que son preciosos —pregunté. 
—Porque  fui a verlos —me contestó con un suspiro. 
—¡Mamá! ¿Fuiste hasta el arroyo?  
—¡Claro! Para ver si era cierto. Y es cierto, están allí. ¿No querés ir a verlos...? Alguna vez me pregunté por qué no me resistí. Por qué no dije: 
—¡No! ¡No quiero ir! Nos vamos a un departamento. ¡No hay lugar para un perro…! 
Los cachorros eran divinos. Dos de ellos todavía tenían los ojos cerrados y la madre, la joven expulsada de un hogar de humanos inhumanos,  una pequinesa de pelo dorado y nariz chata, que nos miraba suplicante con sus ojos redondos y lacrimosos. Demoramos un poco en mudarnos. Desmantelar aquella casa y preparar la mudanza nos llevó mucho tiempo.
La pequinesa es una de las razas más antiguas del mundo.  Alguien nos contó que estos perros fueron, durante siglos, venerados como propiedad exclusiva de las Cortes Imperiales de China. Volvimos con la caja, la madre, a la que llamamos Tarita y los cuatro cachorros. Le dije con firmeza a mi madre que los tendríamos hasta que nos mudáramos y ellos estuvieran, por lo menos, con los ojos abiertos. Fue un trato.
IX
Habían pasado dos meses y estaba todo pronto para hacer la mudanza. Como nos estábamos enamorando de los cachorros decidimos comenzar a regalarlos. También decidimos, de común acuerdo, quedarnos con uno.  De modo que nos acercamos a donde Tarita dormía con su cría y mi madre se inclinó para retirar un cachorro. Mamá y yo andábamos siempre con los perritos en los brazos,  porque eran preciosos y parecían de juguete. Sin embargo, parece que Tarita hubiese adivinado que le íbamos a quitar uno, pues se puso a llorar con hipos y todo, de tal manera, que no podíamos calmarla. Se había incorporado y parada en las  patitas de atrás se apoyó en mi madre que tenía el perrito en los brazos. Lloraba como una desaforada. Las lágrimas le caían por la cara hasta el piso. Así que le dije : ¡Por favor, devuélvele el hijo a esta escandalosa!
Ella se apresuró a dejarle el cachorro junto a los otros,  Tarita se echó con ellos y siguió llorando. Aunque más tranquila, de todos modos, siguió llorando. En una oportunidad le comenté al veterinario de “la lágrima siempre pronta”, en los ojos de Tarita. El facultativo me contó que los pequineses  suelen contraer una enfermedad que les deja los ojos lacrimosos, por lo que aparentan que lloran. Eso dijo el veterinario. Pero yo puedo asegurar que Tarita lloraba, y lloraba de verdad.
Dos días después nos mudamos al departamento frente a la Plaza de los Treinta y Tres Orientales, con  los cuatro cachorros bastardos  y  la pequinesa de lujo venerada en el imperio chino, metidos todos en un cajón de cebollas que el domingo anterior mi madre le había  comprado a un puestero de la feria.
X
El apartamento estaba en el octavo piso, tenía una terraza amplia al frente y otra al fondo, hacia donde se abría la puerta de la cocina. En esa terraza le hicimos  a Tarita y sus vástagos una cucha amplia donde pudiesen pasar el mayor tiempo posible. Los cachorros se aquerenciaron  en seguida a su nueva vivienda y recorrían olfateando y ensuciando toda la terraza: trabajo extra para mi madre.  En esos días contratamos a Onilda, una señora que ya conocíamos, que vino a vivir con nosotras pues el apartamento tenía habitación y baño de servicio. Los cachorros pasaban bien en la terraza. Jugaban y comían todo el día y de noche dormían y soñaban felices como niños.
Pero Tarita descubrió la puerta de la cocina el mismo día de la mudanza y cada tanto abandonaba la camada y se colaba al interior del departamento. Lo recorría, estaba un poco con nosotras y se volvía con sus hijos.
Después, el tiempo pasó, los chicos crecieron y ella un día no los toleró más. En realidad estaban grandes, comían solos, andaban por todos lados pero seguían chupando teta. Había llegado el momento de regalarlos. Tenían casi cuatro meses y se habían convertido en unos perritos preciosos. Entre los diez pisos del edificio quedaron los cuatro. Algunos vecinos que nos habían visto llegar con ellos, sabían que cuando crecieran los íbamos a regalar. No tardaron en venir a verlos y dejarlos encargados.
En una tarde se llevaron a los cuatro. Tarita ni se despidió de ellos. Tanto que lloró cuando le quisimos sacar uno y,  sin embargo, al ver  que se los llevaban a todos,  ni parpadeó. Ella quedó con nosotras. Eligió el mejor sofá donde apoltronarse y así recuperar su antigua jerarquía china. Verla allí,  recostada en los almohadones, daba la impresión de tener en casa una  diminuta y peluda emperatriz.
XI
Nos acostumbramos a vivir en el Centro antes de lo que creímos. El apartamento era muy cómodo, tenía una hermosa vista hacia la plaza y sabemos que en el centro de la ciudad todo queda cerca. Teníamos los cines, los teatros, las grandes tiendas, los restoranes, todo a mano. Nunca fuimos tanto al cine y al teatro como en los primeros años de vivir en el apartamento. Mi madre estaba contenta. Todas las mañanas bajaba con Tarita a la plaza, se sentaba en un banco  y en seguida entablaba conversación con alguien, que como ella, no tuviese nada que hacer. De tarde bajaba a hacer compras o a mirar vidrieras. Mamá fue siempre muy sociable, le encantaba la gente. Conversaba con todo el mundo. Es indudable que no heredé su histrionismo. Yo salgo de mi casa para ir a un lugar determinado y regresar. Salir porque sí, a caminar o a sentarme en la plaza, nunca se me ocurriría.
Hacía tres años que vivíamos en el apartamento cuando me retiré del escritorio que compartía con Guillermo. A partir de  entonces quedarme en casa: levantarme más tarde, terminar con las corridas a los juzgados, los juicios, las sentencias, el papeleo, fue, para mí, un placer enorme.
De todos modos, nada en esta vida es perfecto ni gratuito. Mamá empezó con  arritmias y problemas en el corazón. Yo la cuidaba mucho y ella también se cuidabaLe habían diagnosticado insuficiencia cardiaca, dolencia que  llevó varios años. Hasta que sucedió un hecho que trastocó mi vida y aceleró el final de la suya.
Habían pasado ya seis años desde nuestra mudanza al Centro. Tarita estaba preciosa. La habíamos hecho socia de una veterinaria de la zona donde, aparte de darle las vacunas y alguna medicina que necesitara, la bañaban, tenía peluquería y corte de uñas. Mamá, frente a mi pedido de que no bajara todos los días, había dejado de llevarla a la plaza. Ese trabajo lo hacía Onilda.
Un atardecer que Onilda no se encontraba bajé  y crucé al quiosco  que estaba  en la esquina de la plaza, para comprar una revista por un artículo que había publicado y me interesaba leer. Mamá quedó arriba con Tarita que la enloqueció. Se puso a ladrar junto a la puerta y a llorar, porque yo había bajado. Como no la pudo calmar, mamá la tomó en los brazos y bajó con ella a esperarme. Cuando bajaron yo estaba en la acera de enfrente esperando  que pasaran unos autos, para cruzar. Mamá me vio, dejó a Tarita en el suelo y se quedó en la vereda a esperarme. Tarita también me vio y cruzó la calle corriendo. En ese momento un auto que venía le pasó por arriba. Yo grité, mi madre se puso una mano en el corazón,  el auto siguió y Tarita salió corriendo de entre las ruedas de atrás hacia donde yo estaba y cayó muerta a mis pies.
XII
Fue tan cruel, tan injusta esa muerte que aún al recordarla siento dolor. Al principio no me di cuenta que estaba muerta. Mientras, algunas personas que vieron lo que sucedió se acercaron. Entonces yo me agaché  junto a ella y la llamé. A mí alrededor nadie hablaba. Un señor se acercó y me dijo: 
—El perrito está muerto señora. Me acuerdo que le dije: 
—No, si el auto no le hizo nada, ¿no vio que salió por la parte de atrás y vino corriendo? 
 — Sí señora —me dijo—, pero el auto lo golpeó, debe haberle golpeado la cabeza. Yo no podía conformarme, la tomé en los brazos y crucé con ella hasta donde mi madre se encontraba llorando.
Cuando llegamos al apartamento la dejé sobre los almohadones donde ella dormía. Tenía los ojos llorosos y abiertos. No tenía sangre ni marca de golpe alguno. Llamamos a la veterinaria que estaba de turno y vino un doctor que comprobó su fallecimiento y dijo lo mismo que me dijera el señor en la esquina de la plaza: el auto la había golpeado, ella salió y corrió ya sin  vida, porque el  sistema nervioso aún estaba activo o, tal vez, debido a que el corazón aún le latía. 
—Pero si el golpe que recibió en la cabeza la mató y corrió solamente por la acción del sistema nervioso o del corazón que aún le latía ¿por qué no corrió para otro lado? ¿Por qué corrió hacia mí? —le pregunté.  
—La ciencia aún no tiene explicación para esos casos extraños   —dijo el veterinario.
Nos llevó meses empezar a conformarnos de la pérdida de Tarita. A mí, aquello de verla caer a mis pies, me trajo infinidad de conflictos emocionales. Hasta hoy sigo buscando una explicación. A veces creo encontrarla. La explicación sería muy simple. Bastaría con creer en la existencia de Dios .
Ese día mamá empeoró de su deficiencia cardíaca. A la mañana siguiente le dio un infarto, se recuperó pero ya no fue la misma. Se levantaba de la cama y se sentaba en un sillón, junto al escritorio donde escribo y miraba para afuera. Pasaba horas en silencio, mientras yo escribía. A las cinco Onilda nos servía el té, yo dejaba de escribir o de leer, conversábamos un rato, hablábamos de mis hermanas, de los nietos que tenía en Córdoba, mirábamos juntas alguna película o alguna novela y cuando ella quería irse para su dormitorio y se acostaba, yo volvía a mi trabajo.
Una tarde  estábamos tomando el té y tocaron timbre. Nos llamó la atención, puesto que si es alguien que llama de afuera lo hace por el portero eléctrico. Onilda fue a abrir:
 —Es Guida, la nena del apartamento de arriba, anunció.
 —Que pase —le contesté.
Entró Guida con una perra doberman preciosa, con las orejas y el rabo cortado. Cuando entró, la niña le quitó la correa y la dejó sólo con el collar. Mi madre y yo no atinamos a decir una palabra. La perra entró y ni siquiera nos miró, dio unas vueltas por el living donde estábamos y se echó sobre la alfombra entre mi madre y yo, con el hocico apoyado en mi pie. Guida se había instalado en un sofá frente a nosotras. La perra, en lugar de quedarse junto a la niña se acomodó con nosotras, como si ella también fuese la dueña de casa y su dueña la visita.
Muchas veces las personas cuentan  lo que hacen sus mascotas y la gente no cree. Es necesario convivir, principalmente, con los perros para saber a qué grado de inteligencia han llegado esos animales, desde que conocieron al Hombre y se convirtieron en su sombra.
XIII
Guida comenzó hablando de su próximo viaje a la ciudad de Hamburgo. Allí se iba en los próximos días con sus padres y hermanos en un plan de dos años,  y perspectivas de quedarse del todo.
El padre de Guida era un ingeniero que había venido contratado al Uruguay, a dirigir una empresa naviera. En el transcurso de ese contrato conoció en Montevideo a la madre de Guida, descendiente de alemanes, se casó con ella y se estableció en Uruguay. En esos días volvía a su país a interiorizarse sobre ciertos trabajos realizados, en áreas del operativo portuario, en el  puerto de Hamburgo. El ingeniero se iba con toda su familia: esposa, hijos y perros. 
—Nos vamos dentro de dos día —dijo Guida—, y nos llevamos las dos perras, a Dagma, la madre, y Érika, la hija. Tuvimos que sacarles pasaportes a las dos. Pero hoy mi padre nos dijo que trajéramos a Érika para ustedes. Tiene seis meses, es muy dócil y muy buena. Será una buena compañía para ustedes que son mujeres solas. Que se queden con ella, que no se van a arrepentir — dijo.
Ni yo ni mi madre sabíamos qué decir. Era una perra demasiado grande para un departamento. ¿Cómo íbamos a manejarla? ¿Y un perro Doberman...? Yo pensaba en  aquella boca con semejantes colmillos cruzados y  le dije la verdad a la chica:
—Muchas gracias querida, pero no, no podemos aceptar. Yo no me animo a tenerla en casa. Ella no nos conoce. Y tú sabes que ésta es una raza con muy mala fama.
     —Si —dijo ella—, tienen mala fama, pero los perros son como uno los cría. Nosotros   siempre   tuvimos perros Doberman y nunca nos causaron problemas. Son vigilantes y muy compañeros
De acuerdo, le contesté, pero no creo que ella…y miro a la perra que, echada entre mi madre y yo...se había dormido. 
—¡Érika! —la llamé—, abrió un ojo y me miró. Ni levantó la cabeza. Se quedó un momento con el ojo abierto y como no dije  nada más, lo volvió a cerrar. Confundida miré a mi madre y  la vi reír. Cubrió su  boca con una mano y siguió riéndose. 
—¡Mamá! —dije emocionada, ¡hacía tanto que no la veía reír!
—¿Estás riéndote?  
—¡Sí! me contestó. Guida se puso de pie: 
—¿Se animan a quedarse con ella hasta mañana? Mañana de mañana vengo, si no se quedan con ella, me la llevo. Miré a mamá y me dijo que sí con la cabeza. Me puse de pie para acompañarla mientras pensaba en qué haría  la perra cuando viera que su dueña la dejaba y se iba sola. Comenzamos a caminar las tres hacia la puerta de entrada. Abrí la puerta, Guida se adelantó y salió al pasillo. Se despidió hasta el otro día y dejó la correa de Érika en mi mano. Yo seguía expectante esperando la reacción de la perra. Guida comenzó a caminar hacia el ascensor. Yo continuaba con la puerta abierta. Érika no esperó más, dio media vuelta y fue a echarse a los pies de mi madre…y  volvió a dormirse. Con los ojos húmedos mi madre me sonreía, ¿qué podía hacer yo?
Antes de irse al aeropuerto pasaron por casa todos los miembros de la familia de Guida. Menos la madre de Érika, a Dagma ya la habían embarcado. Nos dejaron la documentación de nuestra hija adoptiva: la partida de nacimiento con su ascendencia y nombre verdadero y su inscripción al Kennel  Club del Uruguay. Se despidieron de la joven doberman, que les movió un poco el rabo y se fueron.
XIV
Doce años vivió Érika conmigo. Nunca la oí ladrar. Fue la perra más limpia, más prolija y más educada  de cuantos perros tuve. Se adaptó con tanta facilidad a nosotras como nosotras a ella. A mí me había adoptado como madre. Donde yo iba, iba ella. Si entraba al baño se sentaba junto a la puerta a esperarme. Cuando me sentaba a escribir en mi escritorio se echaba a mis pies y allí permanecía las horas perdidas.
La llegada de Érika reavivó un poco el espíritu de mamá, pero siguió muy delicada de salud. En los días  en que ya no se levantaba, la doberman me abandonó para acompañarla. Se quedaba, echada de perfil, al costado de la cama día y noche. Cuando falleció, fue Érika la que anunció su deceso. Se puso a lloriquear y a dar vueltas, con la cabeza gacha,  entre el dormitorio y el living. Cuando llegué junto a la cama de mamá ella se fue a la cucha en la terraza, y por dos días no volví a verla. Mamá murió una noche de invierno de hace  cuatro años.
Después, la soledad sólo fue mi compañía. Qué hacer de mi vida sin mi madre, sin ella, mi compañera de todas las hora. Mi amiga. Todo lo que realmente me importaba. Todo lo que tenía, que tuve siempre. Me quedé sola. Entonces redescubrí a Érika. Mi sombra. Mi otro yo caminando a mi lado. El refugio de mi soledad y mi tristeza. Érika y yo, juntas en el apartamento frente a la plaza comunicándonos, cada día más, en una simbiosis perfecta. Donde yo estaba, estaba ella. Sentada con su cabeza sobre mi pierna; acostada con el hocico sobre mi pie. De pie las dos, tan pegada a mí que me empujaba casi. Sus ojos renegridos mirándome, mirándome siempre. Tan tristes al final. Tan tristes. ¿Sabía ella, como yo sabía, que se estaba yendo, que estaba abandonándome?
Me quedé sin su mirada mansa, su hocico húmedo, sin su sombra junto a mi sombra. Y sigo, porque la vida es eso. Un continuo caminar.  Hoy he dado vuelta la hoja y cerrado el libro de los recuerdos. Comienzo a acostumbrarme al silencio. Algunas veces, al caer la tarde, me detengo a observar la plaza desde el ventanal  como lo hacía mi madre.
Estos días he visto que, entre los jardines, anda un perro perdido. Debe tener hambre.