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sábado, 13 de febrero de 2016

En el nombre del hijo






    A José Gervasio Artigas Zabaleta el nombre le pesaba una enormidad. Y le pesaba por varias razones. En primer lugar, porque era un nombre demasiado grande para llevarlo sobre su cuerpo menudo. Y le pesaba además y principalmente, por las bromas que siempre soportó y de las que nunca logró zafar. En sus pagos de Tacuarembó, los amigos al conversar con él le decían: sí mi general; no mi general; positivo; negativo; a la orden jefe. Se cuadraban haciendo la venia cuando él llegaba, y le preguntaban por Ansina o si quedaba algún lugar en las carretas para acompañarlo de excursión  hasta las costas del Ayuí. Sus coterráneos lo tenían cansado con las chanzas, así que cuando sus padres decidieron bajar a Montevideo a probar mejor suerte, si bien no se alegró, pensó que tal vez acá su nombre podría pasar inadvertido.
   José Gervasio había nacido en un paraje muy pintoresco a doce kilómetros de la ciudad de Tacuarembó llamado Capón de la Yerba, al costado del camino que va hacia la Gruta de los Helechos, y aunque se adaptó con facilidad a la capital, siempre llevó en su memoria y en su corazón, el recuerdo de su pago al que volvería mucho tiempo después.
   Cuando vino a vivir a Montevideo tenía trece años. Ese verano lo anotaron en la Escuela Industrial para ser tornero.El padre era un gaucho grandote que trabajaba en la construcción. Andaba de bombacha bataraza y boina de vasco, y usaba una faja negra alrededor de la cintura. Buenazo el gaucho. Y batllista. Eso sí: hablar de política con él, mejor no. A los blancos los ignoraba y cuando Zelmar, el Hugo y otros, fundaron el Frente Amplio, él dijo convencido que eran todos una manga de locos, y que el Frente no era partido político ni era nada, ¿Desde cuándo? —decía. ¿Qué invento es ese?¿Quién los va a votar a esos dementes?¿Mire usted dejar el partido colorado por un experimento sin pie ni cabeza con el que no van a llegar a ninguna parte…?
   Tan patriota, colorado y artiguista era el hombre, que al nacer su único hijo le tiró con el código y le dio por estigma, más que por apelativo, el nombre de nuestro prócer, padre de la patria, don José Gervasio Artigas. Nombre que el muchacho llevó, hay que reconocer, lo mejor que pudo, entre chistes, guiñadas y codazos de todos quienes llegaron a conocerlo. Los botijas del barrio, cuando él llegó lo empezamos a llamar Josesito. La madre se puso furiosa:¡Qué Josesito ni qué cuernos!, nos dijo.
—¡Él se llama José Gervasio Artigas, así que a lo sumo lo pueden llamar José Gervasio y punto! ¡Qué embromar!
   Doña Carlota era una india regordeta, mala como el ají, pero tierna con su hijo como la malva. De todos modos en el barrio llegamos a un acuerdo. Un vecino de esos que ponen los apodos al pelo, le empezó a llamar: Artiguitas, y Artiguitas quedó con el beneplácito de la madre india y el padre batllista. 
Los años pasaron y el chico creció. Se hizo hombre, se recibió de tornero y comenzó a opinar sobre los problemas que  atravesaba el país. No fue blanco ni colorado y, ante el desconcierto de su padre, arrancó para la izquierda.
   Acaso por esa razón, porque jamás estuvo afiliado a partido alguno ni actuó en grupos guerrilleros, una noche negra de fines del 81  lo vinieron a buscar y se lo llevaron encapuchado. Lo tuvieron de plantón y cuando iban a dar comienzo los “interrogatorios” uno de lo torturadores leyó el nombre en voz alta: José Gervasio Artigas, dijo. —¡A la puta! Contestó el otro y quedó tieso con la picana en la mano.
  Contaron después los susodichos, jurando con los dedos en cruz, que en ese mismo momento, de la pared sucia de sangre y orines, surgió la impresionante figura del Jefe de los Orientales, de botas y uniforme de General, como una visión fantástica venida del otro mundo y que, plantándose ante los verdugos les dijo: “Ya es tiempo de que vayan terminando esta guerra despareja”. Dicho lo cual, después de atravesarlos con su mirada de águila, como llegó se fue, esfumándose por la pared como un espectro.

   Los militares, que tardaron en reaccionar, no tocaron a Artiguitas y aunque hasta el día de hoy siguen jurando que vieron al General Artigas en persona y que se fue por la pared, a los dos  pasaron al calabozo como chicharras de un ala. De todos modos, por extraña coincidencia, esa misma noche comenzaron las tratativas entre civiles y militares que lograron, tiempo después, ponerle fin a aquellos años de  ignominia.
Artiguitas, por las dudas y por si acaso, quedó suelto y absuelto. Esa noche lo sacaron encapuchado del cuartel y así lo dejaron por el Camino de la Redención. Y hay quienes afirman que el alto mando, poniendo en duda la historia de la aparición del Jefe de lo Orientales, aceptó que Artiguitas no era sedicioso, y tal vez temiendo represalias de ultra tumba decidió que no era bueno un enfrentamiento con espíritus que atraviesan paredes de bloque vestidos de General de la patria.
   Fue así como José Gervasio Artigas Zabaleta se salvó de la tortura que sufrieron cientos  de uruguayos. Desde entonces Artiguitas le agradeció a su padre el nombre que le asignara ante la pila bautismal de Tacuarembó. Nombre que llevaría con orgullo hasta el día de su muerte, acaecida muchos años después en su lugar de “Capón de la Yerba”.

   Pasada la dictadura Artiguitas se casó y se quedó a vivir en el barrio. Lo que sucedió aquella noche en un cuartel de Montevideo fue creído por algunos y puesto en duda por otros. Como siempre pasa. Hasta que hace unos años cansado de vivir en la capital decidió volver a su pueblo. Y cuentan los que estaban que un atardecer a principios de aquel invierno, vieron venir por el Camino de los Helechos al General José Gervasio Artigas cabalgando en su moro. La noche avanzaba como un ejército de sombras rodeando al Protector de los Pueblos Libres. Dicen que Artiguitas supo, no más al verlo, que venía en su busca. Dicen que no quiso esperar, que salió a su encuentro, sin poncho y de alpargatas, sin facón y sin divisa y que al pasar el General se fue con él.

martes, 9 de febrero de 2016

Por mano propia


                                    
Hacia la orilla de la ciudad los barrios obreros se multiplican. La ciudad se estira displicente marcando barrios enhacinados proyectados por obra y gracia de la necesidad. La noche insomne se extiende sobre el caserío. Un cuarto de luna  alumbra apenas. Los vecinos duermen. Un perro sin patria ladra de puro aburrido mientras revuelve tachos de basura. Por la calle asfaltada los gatos cruzan saltando charcos y desaparecen en oscuros recovecos, envueltos en el misterio. En una de las casas del barrio comienza a germinar un drama.
Clara no logra atrapar el sueño. Se estira en la cama y se acerca a su marido que también está despierto. Intenta una caricia y él detiene su mano. Ella siente el rechazo. Él gira sobre un costado y le da la espalda. Ya han hablado, discutido, explicado. Clara comprende que el diálogo se ha roto, ya no le quedan palabras. Ha quedado sola en la escena. Le corresponde sólo a ella ponerle fin a la historia.
 Los primeros rayos de  un sol que se esfuerza entre nubes, comienza  a filtrarse hacia el nuevo día. Pasan los primeros ómnibus, las sirenas de las fábricas atolondran, aúlla la sierra del carnicero entre los gritos de los primeros feriantes. Marchan los hombres al trabajo, los niños a la escuela y las vecinas al almacén.
Hoy, como lo hace siempre, se levantó temprano. Preparó el desayuno que el marido bebió a grandes sorbos y sin cambiar con ella más de un par de palabras, rozó apenas su mejilla con un beso y salió apresurado a tomar el ómnibus de las siete que lo arrima hasta su trabajo.  Clara quedó frustrada,  anhelando el abrazo del hombre que en los últimos tiempos le retaceaba.
 La pareja tan sólida de ambos había comenzado a resquebrajarse. No existía una causa tangible, un hecho real, a quién ella pudiera enfrentar y vencer. Era más bien algo sórdido, mezquino, que la maldad y la envidia de algunos consigue infiltrar, con astucia, en el alma de otros. Algo tan grave y sutil como la duda.
 Clara sabe que ya hace un tiempo, no recuerda cuánto, en la relación de ambos había surgido una fisura causada por rumores maliciosos que fueron llegando a sus oídos. Primero algunas frases entrecortadas oídas al pasar en coloquios de vecinas madrugadoras que, entre comentar los altos precios de los alimentos, intercambiaban los últimos chimentos del barrio. Claro que más de una vez se dio cuenta que hablaban de ella, pero nunca les prestó  demasiada atención.
Dejó la cocina y se dirigió a despertar a sus hijos para ir a la escuela. Los ayudó a vestirse y sirvió el desayuno. Después, aunque no tenía por costumbre, decidió acompañarlos .Volvió sin prisa.
El barrio comenzaba su diario ajetreo.
Otro día fue Carolina, una amiga de muchos años, quien le contó que Soledad, su vecina de enfrente, cada vez que tenía oportunidad hablaba mal de ella. Que Clara engañaba al marido con un antiguo novio con quien se encontraba cada pocos días, comentaba la vecina a quien quería escucharla.
 Comenzó por ordenar su dormitorio. Tendió la cama como si la acariciara. Corrió las cortinas y abrió la ventana para que entrara el aire mañanero. Después, el dormitorio de los dos varones. Recogió la ropa para lavar y  encendió la lavadora. Puso a hervir una olla con la carne para el puchero y se sentó a pelar las verduras mientras, desde la ventana, el gato barcino le maullaba mimoso exigiéndole su atención.
El sol había triunfado al fin y brillaba sobre un  cielo despejado. Las horas se arrastraban lentas hacia el mediodía. Colocó las verduras en la olla del puchero y lo dejó hervir, a fuego lento, sobre la hornalla de la cocina. Tendió en las cuerdas la ropa que retiró de la lavadora.
Cuando estuvo segura y al tanto de los comentarios que la involucraban, increpó duramente a la vecina quién dijo no haber hablado ni a favor ni en contra de su persona, sin dejar de advertirle, de paso, que cuidara su reputación si le molestaba que en el barrio se hablara de ella. Clara quedó indignada. Aunque el vaso se colmó cuando, unos días después, su marido regresó enojado del trabajo pues un compañero lo alertó sobre ciertos comentarios tejidos sobre su mujer. Clara le contó entonces lo que su amiga le dijo y su conversación con la vecina. Le aseguró que todo  era una patraña,  una calumnia creada por una mujer envidiosa y manipuladora.
—Por qué —preguntó el hombre. —No sé —contestó ella. Entonces la duda. Y la explicación de ella. Su amor y su dedicación hacia él y  hacia los hijos. Le juró que no existía, ni había existido jamás, otro hombre.  —Por qué motivo esta mujer habla de vos. Por qué te odia —quiso saber. —No sé. No sé. Y la duda otra vez.            Quizás hubiese podido soportar el enojo de su marido. No tenía culpa de nada. Algún día todo sería aclarado, quedaría en el olvido, o preso del pasado. Pensaba que su matrimonio no  iba a destruirse por habladurías, sin imaginar siquiera que faltaba un tramo más.
Cuando se hecha a correr una calumnia nunca se sabe hasta donde puede llegar. El marido no está enterado,  pero ayer se acabó su tolerancia. Su corazón se llenó de odio. Cuando volvieron los hijos de la escuela le contaron que un compañero, en el recreo, les dijo que la madre de ellos tenía un novio.
Fue el punto final.  No más.
Entró en el baño a ducharse y se demoró complacida bajo la lluvia caliente. Se vistió con un vaquero, un buzo de abrigo y calzado deportivo. Tendió la mesa para el almuerzo con tres cubiertos. Dio una mirada en derredor. Comprobó que estaba todo en orden. Salió a la vereda y se quedó a esperar junto a en la verja de su casa. Pasaron algunos vecinos que la saludaron: el diariero,  el muchacho de la otra cuadra que vende pescado, el afilador de cuchillos, la vecina que quedó viuda y vende empanadas a diez. Es lindo el barrio. Y tranquilo, nunca pasa nada. Todo el mundo se conoce. En la esquina, sobre la vereda de enfrente, hay un almacén. Los clientes entran y salen durante todo el día.  En ese momento una mujer joven abandona  el negocio y se dirige a su domicilio situado  frente a la casa de Clara.
La joven la ve venir y cruza la calle. Se detiene ante la mujer que al principio la mira irónica, aunque  pronto comprende que el asunto es más serio de lo que imagina. Evalúa con rapidez una salida. Pero ya no hay tiempo. El arma apareció de la nada y el disparo sonó en la calle tranquila como un trueno. La mujer cayó sin salir de su asombro en la puerta de su casa.
Volvió a cruzar con la misma calma. Entró en su casa, dejó el arma sobre la mesa del televisor,  tapó la olla del puchero, apagó la cocina, se puso una campera y guardó la Cédula de Identidad en el bolsillo. Cuando oyó la sirena de la patrulla salió.
La vecina de enfrente permanecía caída en la puerta de su casa rodeada de curiosos. En la vereda de la casa de Clara, el barrio se había reunido en silencio. Alguna vecina lloraba. Una amiga vino corriendo y la abrazó. Un viejo vecino le dijo tocándole el hombro: no valía la pena m´hija. Ella le sonrió, siguió caminando entre los curiosos y entró sola al patrullero. El policía que venía a esposarla desistió.
Siete años después volvió al barrio. El esposo fue a buscarla. En su casa la esperaban los dos hijos, uno casado. La casa había crecido hacia el fondo estirándose en  otro dormitorio. Junto a la cama matrimonial del  hijo,  había una cuna  con un bebé. Otro puchero hervía sobre la cocina. La mesa estaba puesta  con cinco cubiertos.Desde la ventana, el gato barcino le maulló un saludo largo de bienvenida