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viernes, 25 de noviembre de 2016

El violinista del puente Sarmiento


 Ese domingo había amanecido espléndido. Casi de verano. Por la mañana habíamos salimos con Jorge  para la feria del Parque Rodó. En esa feria se vende mucha ropa y él quería comprarse un jean bueno, lindo, barato y que le quedara como de medida.
 Fuimos caminando por Bulevar Artigas. A las 11 de la mañana el sol caía impiadoso. Al pasar bajo el puente de la calle Sarmiento, sentado en la verja de ladrillos, encontramos a un hombre viejo tocando el violín. Vestía pobremente, pero prolijo: llevaba puesta una camisa blanca con rayas grises remangada hasta el codo que dejaba ver, en el brazo que sostenía el instrumento, una Z y una serie de números tatuados. En el suelo junto a él había una caja de lata, colocada allí, supuse, para recibir alguna moneda.
Al acercarnos  oí ejecutar  de su violín, con claro virtuosismo, las Zardas de Monti. Detuve mis pasos y le pregunté al violinista si era judío. Me miró con sus ojos menguados y me dijo que no. Soy gitano, agregó, nacido en Granada.  Le pedí permiso y me senté a su lado, quise saber qué hacía en Uruguay un violinista gitano nacido en Granada —mi marido se molestó y me hacía señas como diciendo: y a vos qué te importa. Disimulé y miré para otro lado.
       El violinista me  miró entre sorprendido y desconfiado, después quedó con la mirada fija en la calle como buscando la punta de un recuerdo escondido, para tironear de él. Quedé un momento a la espera. Entonces comenzó a hablar con una voz cascada en un español extraño.
       Mi marido también se sentó.
       —Llegué a este mundo en Granada, provincia de Andalucía, una tarde de invierno en que lloraba el cielo, del  año 1925 de Nuestro  Señor, en el barrio gitano de las cuevas del Sacromonte. Allí  pasé mi vida toda. Porque después ya no viví.
     —Del Sacromonte —pregunté.
    —El Sacromonte es el barrio más gitano  de Granada —me contestó—, en sus cuevas habita la esencia del flamenco que algunos calé  llaman el Duende, porque erotiza el baile y el cante hondo. Se encuentra en lo alto de un monte y hay que subir a él por veredas pedregosas. Tiene calles estrechas y  casas cavadas en la roca.
Quedó un momento en silencio que yo aproveché.
       —Por qué se llama Sacromonte —quise saber.
      —Porque que en tiempos de los musulmanes había sido un cementerio —continuó diciendo—, las cuevas fueron construidas por los judíos y musulmanes que fueron expulsados en el siglo XVI, hacia los barrios marginales, a los que más tarde se les unieron los gitanos.
        El sacromontecino hablaba con los ojos entrecerrados, como visualizando cada cosa  que iba diciendo. Por momentos callaba y quedaba como extraviado, como si su espíritu lo hubiese abandonado para volver a su España, a Granada, a las cuevas de aquel  barrio cavado en la roca.
        De pronto volvía y con un dejo melancólico me hablaba de la Alhambra, construida en lo alto de una colina —decía.
        Yo lo escuchaba encantada  y trataba de no interrumpirlo porque me fascinaba su voz, su modo de hablar como un maestro, como un sabio que me enseñaba rasgos de la historia que yo desconocía. Él, por momentos, se entusiasmaba al recordar cada detalle de aquellas historias de su tierra lejana que, con su voz y su memoria, parecía revivir.
—Desde el Sacromonte se  puede ver la Alhambra —decía como si la estuviera visualizando—, uno de los palacios más hermosos construido por los musulmanes hace más de quinientos años a orillas del río Darro, frente a los barrios del Albaicín y de la Alcazaba. Tiene en el centro del palacio, el Patio de los Leones, con una fuente central de mármol blanco que sostienen doce leones que manan agua por la boca y que, según dicen algunos nazaríes, representan los doce toros de la fuente que Salomón mandó hacer en su palacio, y otros opinan que pueden también representar las doce tribus de Israel sosteniendo el Mar de Judea.
El violinista del puente de la calle Sarmiento, me contó que los gitanos habían sido discriminados en España a partir de 1499 por los Reyes Católicos Fernando e Isabel y  por la Inquisición española, en nombre de la Iglesia, que buscaba entre los gitanos no conversos, a brujas hechiceras que realizaban maleficios en reuniones nocturnas con el diablo, para quemarlas en la hoguera.  Nunca fue cierto —me aseguró—, los gitanos no pactamos con el diablo. Los poderes sobrenaturales de los gitanos ya los traemos al nacer. Son dones otorgados por el Dios de todos los hombres. De todos modos, aún hoy —afirmó—, seguimos siendo discriminados en todo el mundo.
 Después de un silencio que usó, tal vez, para ordenar sus recuerdos continuó con voz profunda y emocionada. —En mi barrio del Sacromonte me casé a los dieciocho años con una gitana de dieciséis, linda como el sol de mayo. Teníamos dos hijos pequeños, una niña y un varón, cuando un día los nazis irrumpieron en una fiesta gitana, quemaron, robaron y destrozaron todo y se llevaron en camiones a las mujeres y a los niños por un lado y a los hombres por otro, dejando un tendal de muertos.
         Al oír este relato tan  atroz le pedí que no siguiera contando, que le hacía daño, le dije. Él me miró y me contestó: —los muertos,  no sufren. Hace años que no vivo. Y continuó. —A los músicos de la fiesta nos llevaron aparte, juntos con los instrumentos. La última vez que vi a mi  mujer y a mis hijos fue cuando, a empujones y a golpes, los subieron a un camión. Tal vez tocaba el violín, mientras cenaban los generales de la S.S., cuando  eran conducidos a la cámara de gas. Cuando terminó la guerra y los aliados nos liberaron volví a España y a Granada, pero no encontré a mi familia ni a mis amigos.
        Durante muchos años vagué con mi violín por los países de Europa, hasta que un día decidí venir a América con una familia que conocí en  Rumania. En América recorrí casi todos los países, llegué hasta el sur de EE.UU. pero de allí me volví. Viví largos años en Argentina. Hace un tiempo vine a Uruguay, he recorrido todo el interior. Me siento muy bien aquí. Hay mucha paz. Por ahora pienso quedarme.
         Le pregunté por qué su español era tan extraño. Me contó que los gitanos tienen sus leyes y su idioma Romaní, para todos los gitanos del mundo. En todos los países europeos los gitanos se comunican en el mismo idioma. Pero en España y Portugal no lo hablan bien. Tal vez  mezcle un poco los dos idiomas —me dijo.
Aunque no lo hubiese dicho los números en su brazo hablaban de la guerra y los Campos de Concentración de manera que le pregunté qué significaba la Z junto a los números tatuados en su brazo, algo que yo nunca había visto antes. Me contestó que la Z significa Zíngaro, gitano  en alemán. Estuvimos hablando mucho rato, él se encontraba trabajando cuando llegué y lo interrumpí. Le pregunté entonces si el próximo domingo volvería, me aseguró que si. Quedaron a la espera muchas incógnitas.
Durante esa semana fui anotando en mi agenda cada pregunta que le haría. Cada consulta. Cada duda. Volví con mi esposo al domingo siguiente provista de la agenda y un pequeño grabador, pero no estaba. Lo busqué en los alrededores, pero no encontré al gitano del violín. Durante varios domingos me acerqué al puente Sarmiento con la esperanza de encontrarlo. Nunca volví a verlo por allí. No le pregunté el nombre. Ni me dijo donde vivía. Si no fuese porque mi esposo fue testigo, hasta creería que lo soñé. Que sólo fue una ilusión. Un sortilegio.
 De todos modos, lo sigo buscando. Algún día en alguna feria de barrio volveré a escuchar su violín y aquellas Zardas de Monti. Entonces reanudaremos la conversación. Sé que volveré a encontrarlo por alguna callecita romántica, escondida, perfumada de jazmines, de este nuestro entrañable  Montevideo.

Ada Vega, 2004 - http://adavega1936.blogspot.com.uy/

lunes, 21 de noviembre de 2016

Mis derechos humanos


---Terminala, Daniel. ¡Terminala con los Derechos Humanos, las  clases sociales, los derechos de los trabajadores!

---¿Que decís? ¿Estás loca?
---No, no estoy loca, estoy cansada. Cansada de oírte siempre la misma cantinela. Hace cuarenta años que repetís las mismas letanías.
---Pero y ahora ¿qué? ¿Estás en contra de los trabajadores? ¿De los que  luchan por una vida digna?
---¡No! ¿Cómo voy a estar en contra? Sólo que en casa también hay otros temas. Yo, por ejemplo, en este momento estoy luchando por una vida digna: mi vida.
---Marta, vos hace mucho que no vas al médico. Tendrías que ver como andás del coleste...
---Daniel, no estoy enferma. ¿Vos te pusiste a pensar alguna vez en lo que  se ha convertido mi vida?
---No, yo te digo, porque la mujer del gallego Martínez, con la menopausia anduvo mal de la cabeza y vos sabés que hasta se quiso matar, porque resulta...
---Daniel, a mí la menopausia no me ha afectado. Estoy bien, me siento bien, no tengo por qué ir al médico. Sólo quiero que me escuches. Nunca hablo de mí ¿te habías dado cuenta?
---Pero ¿y que tenés que decirme? Yo sé todo de vos, te conozco como la palma de mi mano.
---¡Qué me vas a conocer! Nunca te preocupaste por conocerme.  Me querés, sí, yo sé que me querés. Como algo tuyo, de tu propiedad. Como tu máquina de afeitar, tu reloj o tus zapatos.
---No digas eso, ¡sos la madre de mis hijos!
---Sí, también soy la madre de tus hijos
---Y ¿qué es lo que no sé de vos? ¿Te anda gustando otro? ¿Algún pinta te arrastra el ala? ¿Es ése el problema? Decí, decí.
---No, Daniel, no entendés nada. Hay otras cosas...
---No, no, no hay otras cosas. No digas pavadas.
---¿Me dejás hablar?
---Sí, sí, dale. Hablá nomás.
---Yo me levanto a las seis de la mañana medio dormida, pechándome con los muebles llego a la cocina, pongo la leche a calentar y llamo a Nico, mientras él se viste voy a buscar el pan para que lo coma calentito con manteca, cuando se va para el liceo llamo a Naty, la ayudo a vestirse, toma la leche y la llevo a la escuela. Cuando vuelvo me preparo el mate, son las nueve. Mientras  hierve el agua ordeno el cuarto de Nico, tiendo la cama, recojo la ropa y paso el escobillón, pongo el agua  en  el termo y ordeno el cuarto de Naty, son las diez, tengo que hacer los mandados, dejo el mate para después.  Mientras voy a la carnicería y al almacén pienso qué puedo cocinar para el almuerzo que me quede para la cena. Cuando termino con los mandados te llevo el diario a la cama con el jugo de naranjas.  Vos estás escuchando la radio y mirando la tele. Yo me pongo a cocinar.  A   las doce está pronta la comida. Llega Nico: 
---Mami, me muero de hambre, ¿qué  hiciste? hm... ¡que rico! Salgo corriendo a buscar a Naty. Se  sientan a comer, yo también me siento con ellos y me traigo el mate, pero vos me gritás del baño:
 ---¡Marta, no hay champú! Dejo el mate, voy al saloncito de al lado, traigo el champú. Vos avisás: 
---¡Mirá que ya salgo! Te sirvo la comida, yo almuerzo caminando entre la cocina y el comedor. Y te vas. Es la una y media. Entro al dormitorio, junto la ropa: la camisa sobre la cómoda, un buzo de lana al revés sobre el televisor, un pantalón tirado sobre la cama, los zapatos con las medias adentro y la toalla mojada encima de las sábanas.   Junto, guardo y llevo la ropa para lavar,  tiendo la cama, llevo los vasos, paso un paño en el piso, son las cuatro. Vengo al comedor, levanto la mesa, llevo todo para la cocina, paso la aspiradora. Me voy a lavar los platos, son las cinco:  
-–Naty, vamos a hacer los deberes. ¡Nico, dejá la música, ponete a estudiar!  
---Mami, esta cuenta no me sale. ¿Iba, va con hache?  
---Ahora tomá la leche, Naty. Después te miro los deberes. ¡Vení a comer algo, Nico! Son las seis y media. Lavo la cocina. No sé si tengo hambre o sueño, el mate se enfrió y no tomé ninguno. Mientras terminan los deberes plancho unas camisas así adelanto para mañana que me toca encerar. Llegás a las once. 
---Viejo ¿querés cenar ya, o tomás unos mates?  
---No, dame la cena.  Los chicos ya cenaron y se acostaron. Te sirvo la cena, me siento contigo, quiero hablar  de nosotros, de mí. Vos te ponés a hablar del Fondo Monetario Internacional, de que la culpa de todo la tienen los del Norte, que nos oprimen que... Yo sé que todo eso es cierto Daniel, pero...vos seguís hablando, y a mí me da sueño. 
---Che, Marta, te estás durmiendo. Vos te pasás durmiendo. ¡que te tiró!  
---Estoy cansada
---¿Y de qué estás cansada, si el que labura soy yo?
--- Si, pero vos trabajás ocho horas.
---¿Y? 
---Y yo ya llevo diecisiete.
---Pero vos estás en casa.
---Si, Daniel, yo estoy en casa pero estoy trabajando. Y a vos por esas ocho horas te pagan un sueldo.
---Y ¿ qué querés, que yo te pague un sueldo ahora?
--- No, es un comentario nada más. Yo trabajo diecisiete horas gratis.
---Gratis no, tenés la casa y la comida.
---Si, pero ni una doméstica trabaja por la casa y la comida.
---Marta, vos haceme caso, andá al médico. ¿No tenés sociedad médica? Bueno, usala, vos no estás bien, ¡te está fallando algo!
---Daniel, ¿sabés que quiero? Quiero comprarme una máquina de escribir y arreglar el cuartito del fondo. Poner la mesita esa que usamos en verano para tomar mate  y hacerme un cuartito para escribir. Quiero escribir, sabés.
---¿Escribir? ¿A quién le querés escribir? 
---A nadie, quiero contar cosas. ¡tengo tantas cosas que decir!
---La guita no nos alcanza para nada y vos querés comprar una máquina de escribir para no escribirle a nadie?
--- Pero mirá  que la podemos comprar a crédito.
--- Marta, vos me asustás.  ¿ De veras te sentís bien? ¡Prometeme que mañana sin falta vas a ir a médico! 
---Yo...
---¡Prometeme!
---Sí, Daniel, ...mañana...  mañana voy a ir al médico. 

Ada Vega, 1998 - http://adavega1936.blogspot.com.uy/