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miércoles, 4 de enero de 2017

Detrás de los ojos de la mama vieja



Dejo capítulo lX, de la novela "Detrás de los ojos de la mama vieja", la pueden leer entera en el blog Garúa: http://adavega1936.blogspot.com.uy/

1850- IX
Eulalia era una niña negra nacida esclava en 1850, en una plantación de café propiedad del coronel Oliveira Iriarte, en Minas Gerais. Una plantación extensa, cerca de Belo Horizonte, donde se podía apreciar, por la gran cantidad de esclavos que allí trabajaban, que su propietario era un hombre de mucho poder. La niña desde su nacimiento había vivido, junto a su madre, en las barracas de los esclavos. Fue arrancada de su lado el día que el amo decidió vender la esclava al dueño de una plantación de caucho, al norte de Bahía.
Eulalia, entonces, con apenas ocho años, pasó a servir en la fazenda donde vivía la familia Oliveira Iriarte. Destinada a ayudar en los quehaceres de la casa, la niña gozaba de ciertos privilegios. Por ejemplo, el de permitirle dormir en una despensa, cerca de la cocina, donde se guardaban el charque, las barricas y las bolsas de harina. Aunque nunca dejó de sufrir el desarraigo que le produjo la separación de su madre, a quien ya no volvería a ver en esta vida.
Los años fueron pasando y a sus catorce años poseía toda la belleza innata de su raza. De piel renegrida y mota preta, un cuerpo estilizado y elástico, los ojos como dos carbones, y la boca grande y voluptuosa.
El viejo coronel, antes que nadie, había puesto sus ojos en la niña. Asediándola. Ya hacía tiempo que se metía en su cama, cuando tuvo conocimiento de que Eulalia estaba esperando un hijo. Para evitar que las suspicacias de su esposa lo dejaran a la intemperie, cuando la viera embarazada, no demoró en enviarla con otros esclavos a servir en otra de sus fazendas, en Río Grande do Sul, a unas leguas de la frontera con Uruguay. Eulalia, ante tal decisión, sintió regocijo al pensar que se libraría del asedio del coronel, un hombre viejo y déspota, que trataba mejor a su perro que a ella.
Viajó pues hacia el sur, en un viaje interminable, encadenada a otros esclavos apretujados todos en una misma carreta y vigilados, durante el camino, por hombres fuertemente armados. Brasil vivía en esos momentos levantamientos y guerrillas continuas que asolaban de norte a sur y de este a oeste, todo su territorio. En la nueva fazenda la joven perdió todos los privilegios que tenía en Minas Gerais. Trabajó en el campo con los demás esclavos y durmió en la barraca de las esclavas. No le importó a la morena. Ella estaba elaborando planes de fuga. Por lo tanto, una vez instalada en la hacienda riograndense, Eulalia trató de recordar los comentarios oídos a unos farrapos que pasaron una tarde por el cafetal de Minas Gerais. Comentaban ellos que en el pequeño país, al sur del Brasil, llamado Uruguay, no existía la esclavitud. Pues había sido abolida hacía más de veinte años.(*) De modo que, cuando el amo mandó a Eulalia a parir en la fazenda cerca de Bagé la morena sólo tuvo la idea de huir con su hijo, en cuanto naciera, a ese país donde los negros eran libertos.
En esos meses, mientras su vientre crecía, recorrió junto a los peones, a caballo o en carreta, el camino hasta la frontera; trayendo mercaderías varias y llevando cueros. Estudió el camino, grabándose en la memoria cada atajo.
Calculó, guiándose por la altura del sol, el tiempo que le llevaría hacerlo a pie y con el niño en brazos. No iba a ser fácil, pero valía la pena intentarlo, aunque ella tuviese que volver y la castigaran. Su idea era cruzar la frontera y dejar allí a su hijo. Estaba segura que alguien lo recogería. Planeó todo con anticipación.
Para no extraviarse, el Río Negro a su derecha sería su guía.
Eulalia no parió un varón como pensaba. Dio a luz una niña hermosa como ella. Y como ella, negra. Con más razón sintió la necesidad de escapar. Esperó unos días hasta recuperar fuerzas y preparó la fuga. No comentó a nadie su decisión. Sola, sin ayuda ni tener en quien confiar, estaba dispuesta a intentar una hazaña suicida guiada solamente por el deseo de libertad.
Haría lo que fuese necesario para que la niña creciera libre.


Ada Vega, 2003

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