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viernes, 27 de enero de 2017

La muerte de Mariquena Vargas



Murió Mariquena Vargas. Su muerte repentina nos ha dejado atónitos. Estupefactos. No porque no tuviese edad para morir, que sus bien cumplidos ochenta años los tenía y muy bien llevados, por cierto. Sino por un pequeño detalle que ocultó durante toda su vida y que, al morir y enterarnos, nos dolió como un cachetazo en pleno rostro. No nos merecíamos esa burla de tu parte, Mariquena. Fuiste casi cruel. Casi. Cierro los ojos y creo oír tu risa burlona desde el infierno donde estarás. ¿O te habrá perdonado Dios...?
Mariquena era una mujer de ley. Conservó hasta el final de sus días la fortaleza y la presencia de una verdadera matrona. Que eso fue, sin lugar a dudas. Y al decir de quienes la conocimos de cerca: una gran mujer.
Una mujer fantástica, diría yo. De fantasía.
Cuando la conocí tendría algo más de cuarenta años. No muchos más. Conservaba una belleza poco común. Su cara y su pelo renegrido me recordaban a Soraya, quella princesa de los ojos tristes casada con el Sha de Persia, que fue obligada a abdicar del trono por no lograr concebir hijos que perpetuaran la dinastía del Sha. Como verán, salvando la distancia, Mariquena era una mujer hermosa.
Fue también, en aquel tiempo, una modista muy reconocida. Se acercaban señoras de otros barrios para hacerse la ropa con ella. Vivía por Bulevar Artigas en una de las últimas casas que Bello y Reborati construyeron allá por la década del treinta. Según cuentan los  vecinos más viejos del barrio, Mariquena tenía apenas diez años cuando vino a vivir con su tía, doña María Emilia Cufré, hermana de su madre, casada con un italiano de apellido Righetti directivo de la compañía Transatlántica de Tranvías. Era una niña delgada y alta, de cabello negro y ojos oscuros. Introvertida y con marcadas carencias de afecto.
No recuerdo, si es que alguna vez lo supe, el motivo que la llevó a abandonar su hogar, sus padres y hermanos, para venirse del todo con doña María Emilia. Lo cierto fue que con ella vivió en aquella hermosa casa como si su tía fuese su verdadera madre, y la acompañó hasta el final de sus días como si ella fuera su propia hija.
Cuando llegó Mariquena a la casa del señor Righetti doña María Emilia, que no tuvo hijos, recibió a su sobrina con mucho cariño y comprensión. La anotó para terminar primaria en la escuela Grecia, que estaba en aquellos años, en Miranda y Bulevar, frente el Campo de Golf. Terminada la escuela la chica no se inclinó por los estudios; cumplidos los catorce años quería trabajar, de modo que la tía le consiguió empleo en los talleres de confección de Aliverti, una prestigiosa casa de modas de la avenida 18 de Julio, y allí se mantuvo hasta mediados de los ochenta cuando la firma cerró. Entonces se quedó en su casa y trabajó como modista durante muchos años.
Mariquena nunca se casó ni tuvo hijos. Y a pesar de que en el barrio corrieron escabrosas infidencias sobre una turbulenta vida amorosa y sobre varios amores que en su juventud dejó por el camino, nunca le conocí novio ni hombre alguno. De modo que de las historias que de ella se contaron, la mitad no hay que creerla y a la otra mitad ponerla en duda. La recuerdo sí, como una mujer de carácter fuerte que no se dejaba avasallar. Justa. Honesta. Gran discutidora. Defendía sus ideas y los temas de su interés, de igual a igual, tanto con hombres como con mujeres.
Hacía varios años que el señor Righetti había fallecido cuando murió doña María Emilia. El matrimonio, papeles mediante, dejó la casa a Mariquena como herencia. La hermosa casa con torrecita y mirador de tejas. Entonces apareció Teiziña, una morenita de motas, de diez o doce años, que un invierno anduvo pidiendo comida puerta por puerta. Uno de esos días de lluvia y mucho frío Mariquena la entró en su casa, la alimentó, le dio ropa seca y la niña se quedó ese día y el otro y todos los días que siguieron.
La morenita contó que venía de la frontera con Brasil, donde había nacido. Su madre, sola y agobiada con la crianza de ocho hijos, la había puesto en un ferrocarril con destino a Montevideo para que ella misma se buscara la comida, pues la pobre mujer no tenía como alimentarla. La niña, por lo tanto, desde el mismo día que llegó a la capital andaba caminando y durmiendo en los portales. Desde entonces, Mariquena y Teiziña, vivieron juntas como madre e hija. Así las recuerdo yo.
Teiziña terminó de crecer y durante largos años se ocupó de la casa y de Mariquena; una obligación que se impuso a sí misma como modo de agradecimiento, hacia quien la sacó de la calle y le dio un hogar. Tampoco se casó nunca. Tuvieron, si se quiere, un destino común: la casa de bulevar, siendo niñas, las cobijó a las dos.
Fue ella quien encontró a Mariquena muerta. Dormida para siempre estaba la doña en su cama. En la misma posición que se durmió, la encontró la muerte.
La morena llamó una ambulancia, al doctor y a la Pompa Fúnebre. En el living de su casa nos reunimos algunos vecinos, para no dejarla sola. Allí estábamos, cuando del dormitorio de Mariquena salió uno de los empleados de la funeraria, que se encontraba arreglando el cuerpo para las exequias, y preguntó por algún pariente cercano. Pariente no había. La morena era lo más cercano que la difunta tenía en esta vida. No obstante Teiziñia, llorosa y muerta de miedo, se rehusaba a hacer acto de presencia en el dormitorio donde descansaban los restos mortales de Mariquena.
Los empleados de la empresa decidieron que hasta que no se presentara algún responsable del velatorio, ellos no seguirían preparando el cadáver. Ante tal premisa una vecina, aceptando el reto, se ofreció para acompañarla. De manera que, apoyada en la buena mujer, la morena accedió y las dos entraron juntas al dormitorio. Dos empleados de la funeraria esperaban, de pie, uno de cada lado de la cama. Nadie habló. No fue necesario.
Mariquena estaba tendida en su cama mostrando, sin ningún recato, su cuerpo desnudo de varón.
Firme aquí, —le dijo el empleado a Teiziña.
Tuvo que esperar a que volviera en sí del desmayo.
La vecina solidaria había huido espantada.
Aún me cuesta creerlo.

Ada Vega - http://adavega1936.blogspot.com/

miércoles, 25 de enero de 2017

Hotel Empire







El Empire estaba en la Ciudad Vieja. Cerca del puerto. Era un hotel  de principios del siglo XX  de dos plantas y ventanas mirando el mar.
    A la entrada, junto a la recepción, había un juego de sala tapizado en brocato celeste y dorado,  una mesa  con tapa de mármol, un televisor y una biblioteca. Hacia el fondo, en el segundo patio, se encontraba el comedor con una mesa oval, doce sillas de estilo tapizadas en gobelino, y un trinchante de cuatro puertas de vidrios biselados y fondo de espejos, donde se guardaban  la loza fina y las copas de cristal.
   Todas las habitaciones quedaban en el primer  piso, hacia donde se  subía por una  escalera  de  mármol blanco  con barandal de hierro forjado.
    Eran habitaciones muy amplias: con juego de dormitorio, cortinados,  alfombras, cuadros en las paredes y lámparas.
    Desde las ventanas se veía el mar y la escollera, y en las noches de verano todo el cielo enorme y estrellado. En los días de tormenta el mar crecía y se elevaba en olas que sepultaban la escollera, como si quisieran llevársela consigo. Después,  cuando la lluvia amainaba, comenzaba a surgir hacia la superficie como el lomo de una enorme ballena.
    Era, aquel, un barrio de inmigrantes. En la calle jugaban juntos, niños judíos, negros y criollos. Hijos de gallegos, de armenios y de italianos. En la cuadra había un almacén,  una panadería y un  taller de calzado. Una escuela cerca y el Mercado del Puerto, donde se compraban la carne, el pescado del día, y  las frutas y  verduras.
                                                                       
                                                      
                                                    II

  
     En aquellos días nosotros vivíamos en un barrio de calles empedradas y veredas con Fresnos. Teníamos una casa espaciosa con jardín al frente y terreno hacia el fondo con una glorieta bajo los árboles, rodeada de rosales y maceteros con flores. 
    Cuando murió mi madre, después de acompañarla al cementerio, mi padre no quiso volver a la casa y decidió irse conmigo a pasar unos días en algún hotel.  Así llegamos al Empire  por unos días, y nos quedamos seis años.
    El dueño del hotel se llamaba Genaro vivía allí con su esposa María, encargada de la cocina, y una hija llamada  Angelina que llevaba los libros y  atendía en  la recepción.
    Los primeros días en el hotel fueron una novedad para mí  que vivía en una casa hermosa, pero no tenía amigos. Tampoco teníamos perro, ni gato ni pájaros. La tarde que llegamos al Empire caía una llovizna aburrida y triste. A penas entramos al vestíbulo a la primera persona que vi  fue a David, un niño de mi edad, sentado en un sillón de la sala mirando la televisión. Nos miró sin interés y siguió viendo la pantalla. Mi padre pidió una habitación por una semana y luego de firmar un libro subimos con Angelina y David, que también nos acompañó.
    Al llegar, la joven abrió la habitación  nos dejó instalados  y anunció que en media hora  servirían la merienda. Mi padre le explicó que iba a  descansar un rato y que bajaría para la cena, entonces ella me tomó de la mano  y  dijo que tomaría la merienda con David y me cuidaría hasta que él bajara.
                                             
                                                      III

    David vivía frente al hotel con sus padres y el abuelo Adad, que tenía una tienda en la calle Colón donde también trabajaban sus padres. Todos los días, después de almorzar, cruzaba la calle y se quedaba con Angelina hasta que ellos regresaban.
    Teníamos la misma edad, pero como él había  cumplido seis  años en febrero  ese marzo pudo entrar  a primero en la escuela del barrio. En cambio yo, como cumplo en mayo,  comencé un año después. De modo que en la escuela siempre me llevó un año de ventaja. Cuando  llegué a sexto grado David entraba al liceo. Y cuando terminé sexto nos fuimos con mi padre de la Ciudad Vieja, y volvimos a nuestra casa del barrio de calles empedradas y veredas con Fresnos. No obstante, en los seis años vividos en el Hotel Empire, David estuvo siempre presente.  Fueron años de una infancia feliz, donde compartimos juegos mientras nos asomábamos confiados a un mundo desconocido.

                                                           IV

     Dos días después de nuestra llegada al hotel mi padre me dejó con Angelina  para dar una vuelta por nuestra casa, a fin de recoger algunas cosas que necesitábamos. Ese próximo lunes debía volver a su empleo y había descubierto que desde el hotel, el Banco le quedaba solo un par de cuadras. De manera que sin pensar nos fuimos quedando. Yo,  porque  me sentía feliz con la novelería de vivir en un hotel, y con el montón de amigos  que en pocos días había hecho. Y él porque se encontraba cómodo, distendido. Todos los días salía a caminar. A veces  por la rambla,  otras veces se  dirigía directamente a Linardi & Risso a revolver libros, para volver siempre con algún texto bajo el brazo. Y el tiempo fue dejando caer, en aquel barrio, las hojas de los otoños.
    Un día,  para hacer nuestra estadía más interesante, sucedió un hecho imprevisto. En una de las habitaciones al fondo del corredor de la planta alta, se alojaba un alemán que había llegado una noche en el Julio César, que al desembarcar se dirigió directamente  al Hotel Empire.
    Como equipaje traía una valija y una caja con libros. Era un hombre fornido, de estatura mediana. Canoso. Usaba lentes y vestía siempre de traje. Un hombre común que pasaba inadvertido. Sin embargo una noche, cuatro hombres irrumpieron en el hotel. Dos quedaron abajo y dos subieron hasta su habitación y se lo llevaron, a punta de revólver, en un auto que los esperaba en la puerta.  Cuando llegó la policía revisó la habitación, se llevó algunas cosas y cerró con llave  prohibiendo abrir hasta nueva orden.
     Nunca más se supo de él. Ni los diarios, ni la televisión dieron cuentas del hecho. Sólo los padres y el abuelo de David  fueron indagados más de una vez, quienes aseguraron  no conocerlo ni saber de su existencia. 

                                                        V

    Los únicos datos aportados por el alemán a su llegada al hotel, fueron su nombre: Egbert Krumm  y que esperaba a alguien que vendría desde Europa. Por lo demás, todos coincidieron en que era un hombre muy callado, no se relacionaba con nadie, sus salidas eran para recorrer librerías y volver con dos o tres volúmenes cada vez. También opinaron que,  para evitar encontrarse con los demás huéspedes, era el primero en bajar al comedor. Algo que tampoco llamaba la atención pues los habitantes del hotel eran cambiantes, con excepción  de mi padre y yo, nadie se alojaba por más de un mes. De modo que ningún huésped  llegó a conocerlo, y menos aún hacer amistad.
    Como  la habitación  había quedado desordenada,  Angelina preguntó a los policías qué hacía con los libros, y le contestaron que ella se hiciera cargo. Por lo tanto llamó a mi padre  para  que la ayudara a buscarles una ubicación. Cuando comenzaron a ordenarlos les llamó la atención que  todos versaban sobre viajes. Viajes al Mato Groso y el Amazonas; a la Cordillera de los Andes;  a Bolivia; al Paraguay  y su parte selvática  y así. De modo que  decidieron  dejarlos en la biblioteca de la sala.
    Y allí quedaron con excepción de los libros de la caja, seis libros de tapa dura escritos en alemán, que Angelina acomodó tal como vinieron del viejo mundo, debajo del mostrador de la recepción.
                                                   
                                                      VI

     Mi inserción en la familia de Angelina fue natural e inmediata. Mi padre desayunaba muy temprano,  luego se quedaba en la sala a leer el diario  y  ver algún informativo en la televisión y después subía  a despertarme.
     Al principio,  para que no desayunara solo, Angelina me llevaba a la cocina donde estaba María  y  desayunaba con ella. Después, a medida que se sucedían los días, bajaba solo y me dirigía a la cocina por mi cuenta.
     Ese invierno pasó sin sentirlo, todas las tardes venía David o iba yo a su casa. En esas idas y venidas fui conociendo a sus amigos,  y para cuando llegó la primavera sabía los nombres de todos. Pero fue ese diciembre, cuando terminaron las clases de la escuela y todos los chiquilines salían a jugar, que me alegré de verdad por haber ido a vivir a ese barrio.
    Jugábamos al fútbol en la calle,  y algunas veces íbamos  a la casa de inquilinato de la otra cuadra a ver a los morenos que, cada tarde al ponerse el sol,  cantaban y tocaban tambores.
                                                     VII

     Al acercarse la Navidad toda la cuadra era alegría.  Desde la mañana nos reuníamos a jugar en la vereda, mientras los vecinos iban y venían haciendo las compras para esperar la Noche Buena.  
     Aquellas fiestas navideñas donde los judíos comían Pandulce y festejaban con los cristianos el nacimiento de Jesús, porque en el barrio, era sabido que,  para las fiestas de fin de año éramos todos iguales. Sin embargo los cristianos, no recuerdo que alguna vez hayamos festejado con ellos, en los primeros días de setiembre, el comienzo del año judío.
    La mamá de David horneaba para esos días un pan delicioso con miel,  que se llama Jalá.  Otras veces lo he comido con amigos en distintas partes del mundo, pero en  ninguno he encontrado el sabor de la Jalá que comíamos con David, sentados en el pretil  de la ventana de su casa, en la noche de Rosh Hashana.
                                                                        
                                                       VIII

    En esos años que viví en el Empire conocí muchísima gente de paso. La mayoría del interior del país, personas que venían al Hospital Maciel por enfermedad, o a visitar algún pariente internado. También los que llegaban de vacaciones a visitar Montevideo y se alojaban por unos días.
    Recuerdo que un invierno  llegaron  Sixto y Raquel, un matrimonio del interior del país. La señora, que se encontraba  próxima  a dar a luz, venía para el Maciel, pero al llegar le comunicaron que  en maternidad no había  cama disponible hasta el día siguiente, de modo que se instalaron en el hotel. Sobre la madrugada bajó Sixto a pedir que se quedara alguien con su esposa, pues se sentía mal, mientras él iba hasta el hospital a pedir ayuda. María y Angelina subieron de inmediato y comenzaron las subidas y bajadas por la escalera hasta que oímos el llanto del bebé que había nacido. 
      Cuando al fin llegó una enfermera, la beba se encontraba dormida  en los brazos de la madre. Se quedaron una semana en el hotel, antes de volver al campo la bautizaron en la capilla del Maciel y de nombre sus padres le pusieron: María Angelina.
     En los años siguientes varias veces vimos a la niña y a sus padres, de visita.  Muchos años  después, supimos que  María Angelina había venido a estudiar a Montevideo y se encontraba hospedada en el Empire. También supimos que  fue profesora de la Facultad de Medicina y desde hace unos años, Directora de Pediatría del Hospital Maciel.

                                                         IX

    Cuando estaba en quinto de escuela, un viernes de tarde llegaron al hotel  una chica y un muchacho que venían de Buenos Aires, por el fin de semana. Jóvenes, hermosos y enamorados. Pidieron una habitación, subieron, y no los volvimos a ver. El lunes Genaro les golpeó la puerta. Tanteó el pestillo. Creyó que dormían abrazados cuando, recostado a la lámpara, vio el sobre con  la carta. Hubo una gran conmoción. Otra vez la policía, otra vez la indagatoria. Como en el  caso de Egbert Krumm, nadie pudo aportar datos. Solo quedó entre los huéspedes del hotel un gran desconcierto y el dolor por aquella  juventud que, vaya a saber porqué,  no encontró otro camino, y  eligió Montevideo para cometer suicidio.

                                                             X

      El episodio del alemán nunca le terminó de cerrar a Angelina. Ella creía entrever un enigma entre el rapto y sus libros. Durante años buscó y rebuscó entre aquellos textos una  marca, una palabra escrita al dorso, una señal que la llevara a descubrir vaya a saber qué. Los leía una y otra vez, revisaba minuciosamente las hojas, releía los títulos tratando de descifrar un oculto acertijo, que nunca encontró. Mientras  tanto se casó, tuvo hijos, y los hijos le dieron nietos.
    También yo terminé de estudiar, me casé y me fui a vivir a Barcelona. Mi padre no volvió a casarse, vivió solo en la casa rodeado al fin, de libros, perros y gatos. 

                                                          XII

     La amistad con David se profundizó con los años, también él se casó  y se fue de aquel barrio de la Ciudad Vieja. Cuando voy a Montevideo es con quién primero me encuentro, cuando él viaja y viene  a España  no se va sin venir a mi casa. Hoy David es un señor importante en el mundo de los negocios, pero para mi nunca dejó de ser aquel niño que conocí el día que enterramos a mi madre,  sentado en la recepción del Hotel Empire  mirando dibujitos en la televisión.
    Fue él quien me contó que Angelina después de buscar signos en los libros que compraba  el alemán, decidió revisar los  que trajo de Alemania. Un día se puso a observar con detenimiento uno de aquellos tomos y, como siguiendo un instinto, con la punta de un cuchillo, fue cortando todo el borde  de la encuadernación.
    Nuevos, como recién salidos de máquina, encontró miles de dólares americanos repartidos en las  tapas y contratapas, de los seis libros. Una verdadera fortuna que  estuvo allí, esperándola, más de cincuenta años.

                                                            XIII

    El hotel ya no existe. Hace muchos años lo derrumbaron para levantar un edifico de apartamentos de  diez pisos y enormes ventanales.
Cada tanto, cuando nos encontramos  con David, recordamos nuestros días en  aquel barrio de inmigrantes que habían llegado del viejo mundo, cargando sus dioses y sus idiomas. Huyendo de guerras, ultrajes y miserias.  En la calle angosta donde en primavera remontábamos cometas, jugábamos con los trompos y la pelota de goma.  Que cada diciembre recorríamos pidiendo un vintén para el Judas  que quemábamos en  Noche Buena,  en el campito junto la rambla.
   La calle del Hotel Empire, refugio de mi niñez sin mamá, que  guardo como el más entrañable capítulo de mi vida en aquel Montevideo lejano, que espera mi vuelta bajo la Cruz del Sur.



Ada Vega – 2014 - http://adavega1936.blogspot.com/

lunes, 23 de enero de 2017

En el valle del Lunarejo


Cerca de Tranqueras en el valle del Lunarejo había nacido Ezequiel Montoya séptimo hijo varón de Luz Marina Inzaurralde, abnegada mujer hecha para el trabajo, casada con Antenor Montoya un quilero fronterizo medio sabandija dueño de unas cuadras de campo al costado del Cerro Bonito. 
Allí habían poblado, junto a una chacra que trabajaba Luz Marina. Campo inhóspito, no porque fuera mala tierra sino porque hervía de víboras. Para la serpiente de Cascabel el valle era una feria por donde solía lucirse haciendo sonar su cencerro, o silbando al pasar de refilón junto a la gran Ñacaniná, su pariente pobre, con quien no hacía buenas migas. 
Al ser la región poco habitada por el hombre las víboras dominaban todo el espacio, eran fuertes y poderosas. Luz Marina las enfrentaba a machetazos cuando le invadían su campito consiguiendo, a duras penas, mantenerlas a distancia. De todos modos, tenía la mujer un extraño poder frente a la ponzoña de los reptiles. Tal vez, a fuerza de recibir tanta mordedura, estaba inmunizada contra su veneno pues las afrontaba sin temor. 
Las serpientes le reconocían el poder, teniéndole cierta consideración, no exenta de un rencor a duras penas disimulado. De todos modos era una lucha diaria cuidar a las gallinas y a los patos, a la lechera y hasta a los perros. 
Pero el mayor problema lo acarreaban los días de lluvia cuando el Lunarejo crecía y se desbordaba, entonces el bicherío se desparramaba por el valle, se llegaba hasta las casas y se metía en las habitaciones huyendo del agua que, en su descontrol, los arrastraba fuera de sus madrigueras. Luz Marina luchaba sola contra las inclemencias del lugar. Antenor no era hombre de querencia. Los hijos —decía—, eran cosa de la madre. 
Le arrimaba ropa y algunos comestibles cuando bajaba del norte y se largaba otra vez a contrabandear. Recorría establecimientos y pequeños pueblos llevando y trayendo mercaderías varias, entreverado en fiestas, comilonas y chupandinas dejaba correr la vida sin mayores  preocupaciones. 
Cuando Ezequiel cumplió siete años la madre comenzó a notarle actitudes impropias. Al principio pequeñas facultades de entendimiento con los animales que se fueron acentuando con el tiempo. A pesar de ser un gurí manso como el apereá, poseía la sagacidad del puma y la vista aguzada del águila. En sus recorridas por el valle los animales se apartaban para darle paso, bajaban la cabeza cuando él los miraba y las aves detenían  el vuelo, quietas en las ramas, para verlo pasar. Ante su presencia las víboras permanecían arrolladas sobre sí mismas, quietas las cabezas, observándolo quisquillosas con sus ojos oblicuos. 
El dominio que Ezequiel ejercía sobre los animales del monte era sólo comparable con el que ostentaba sobre ellos, el gran lobo negro que en noches de luna llena recorría el valle del Lunarejo hasta la Cascada del Indio y más allá, imponiendo su presencian ante todas las alimañas rastreras o voladoras que habitaban el intrincado monte. Un lobo hermoso de gran talla, de pelaje reluciente y ojos como brasas, que la gente de Tranqueras asociaba con Ezequiel por aquello de: séptimo hijo varón,  en fija lobizón. Nadie pudo afirmar con certeza que el séptimo y último hijo de Luz Marina y Antenor era en realidad lobizón, a pesar  de que los vecinos de los alrededores así lo afirmaban. Lo cierto es que cuando Ezequiel cumplió los dieciocho años se fue del valle, no se supo si para el norte o para el sur, lo que sí supieron en Tranqueras es que el lobo negro que en noches de luna llena recorría el monte, también desapareció en esos días.
En los años que siguieron poca cosa se conoció de Ezequiel. Sólo que había andado por Fraile Muerto, por Cardona, que lo habían visto por el Yí, por Dolores y un día, sin más ni más, desembocó en la capital. Y en Montevideo lo conocimos nosotros. Trabajaba de albañil y vivía en una pensión. Era un hombre tranquilo, taciturno, vivía solo. Nunca le conocimos compañera. De vez en cuando desaparecía por unos días y volvía sin dar explicaciones. En una oportunidad nos contó que había nacido en Rivera, en el valle del Lunarejo, que hacía fácil unos veinte años que se había ido y que nunca había vuelto. Y un día, porque sí no más, dejó el trabajo y dijo que se iba. Adónde —le preguntamos. Por ahí —nos contestó. No volvimos a verlo.
Por aquel entonces contaba  gente que vivía en Tranqueras, que la casa de los Montoya estaba muy abandonada. Los hijos de Luz Marina y Antenor fueron, poco a poco, abandonando la casa paterna. Antenor hacía años que no bajaba hasta el valle. Se había conchabado en el Brasil y allá se quedó con nueva mujer y otros hijos. Luz Marina  estaba sola, vieja y cansada. Dicen que una noche sintió que la  muerte venía reptando a buscarla y no tuvo fuerzas ni ganas de salir a pelear. Las víboras, envalentonadas, habían rodeado el campito. Hacía mucho tiempo que nadie las dominaba, serpientes y culebras se acercaban en apretado círculo. Ya habían pasado los hilos del alambrado cuando un extraño refucilo, las detuvo en seco. Un lobo negro de ojos luminiscentes, con las pezuñas arañando la tierra,  estaba  esperándolas a la entrada de las casas. 
Los filosos colmillos relampagueaban  iluminados por la luna llena. Atropelladas, envueltas en un sonido sibilante, las víboras huyeron por los cuatro rumbos. 
Al otro día comentaban los vecinos que Ezequiel, el hijo más chico de Luz Marina y Antenor, había vuelto con su madre. Alguien lo había visto arreglando el alero de la casa que se había vencido..
El bicherío del valle del Lunarejo, junto al Cerro Bonito, volvió a mantener distancia. 
Ada Vega, 1997 - http://adavega1936.blogspot.com.uy

domingo, 22 de enero de 2017

En los tiempos del Zeppelin

     

        
        El 30  de julio de 1934  quedó  para siempre  impreso en mi  memoria.
Aquel  día  de invierno de cielo translúcido, sin nubes,  ni el viento que suele  azotar la ciudad de Montevideo,  vi  al  Graf Zeppelin  al regreso de Buenos Aires, sobrevolar mi  casa en la Villa del Cerro.
      Entonces la Villa era apenas un cerro agreste con algunas viviendas y comercios  sobre la calle Grecia, y edificaciones ocupadas por saladeros, frigoríficos  e industrias del ramo cárnico.
      Mi casa se encontraba en lo alto del Cerro. Sólo el faro cuya construcción en la cumbre había sido  dispuesta por la corona española, cien años atrás, y la fortaleza, construida por los portugueses, la superaban en altura.
      En 1834 el gobierno de la época otorgó el permiso para crear una población con el nombre de Villa Cosmópolis, para recibir y dar lugar a los miles de inmigrantes que llegaban de Europa, adoptando  luego  el nombre de Villa del Cerro.
     Mi padre, que había sido peón en una estancia cimarrona del interior del país, se radicó en Montevideo cuando la estancia fue vendida a una familia  de Estados Unidos  con capitales en el Frigorífico Swift,  quienes a su vez le dieron trabajo en dicha empresa. Se estableció por lo tanto en un alto de  la Villa y se casó con una joven vecina descendiente de lituanos, quién luego sería mi madre.
                                                 II

      En el año del Zeppelin comencé la escuela. Crecí recorriendo el cerro. Fui un adolescente curioso, andariego y medio brujo. Puntual visitante de la fortaleza y testigo natural del crecimiento vertiginoso  de la ciudad- puerto, que se extendía a los pies del monte.
     Desde mi  atalaya observaba la entrada y salida de los barcos y lanchones al puerto  de Montevideo; la llegada de los troperos desde el interior del país arreando ganado para los frigoríficos; observaba el movimiento de camiones  en La Teja en los comienzos de la instalación de ANCAP y las chimeneas humeantes  de las distintas fábricas de toda aquella zona industrial.
      Solitario y hosco me crié entre los pájaros de los montes, la pasión de recorrer las playas y la costumbre de rezarle al sol. Incansable caminador bajaba hasta la costa y recorría la cadena de playas que se extendía interminable  hacia el oeste, juntando tesoros que guardaba ocultos bajo un árbol centenario: puntas de flechas, casquillos de balas, cuchillos herrumbrados, la quijada de un puma, y un crucifijo de madera carcomida, con un cristo claveteado de plata de ley. 
     Recogía objetos que las olas dejaban sobre la arena, de  barcos naufragados del tiempo del coloniaje: monedas antiguas; enseres de metal; pedazos de tazas y  platos de loza pintados con flores de colores; palos y restos de velamen.
     Me  cautivaba en los atardeceres,  observar la entrada del astro rey en el mar,  y contemplar en las noches, de espalda sobre la gramilla, el paso  de  la luna y su séquito de estrellas.
     Criado en aquel otero cerril de animales montaraces y montes silvestres, conversaba con los animales del monte y también con los que se criaban en las chacras.
     Revolucionario y justiciero de alma, conocedor del destino de las aves de corral, solía reunir a las gallinas para disertar sobre el tema  de ir a parar a la olla en cualquier momento, por lo que las alentaba a no pasarse el día picoteando el suelo, tragando todo lo que encontraban, sino tratar de perder peso e intentar vuelos cortos,   a fin de volar un día como  las garzas y las cigüeñas que cada  primavera llegaban  por miles a empollar  en las riveras del Río de La Plata. Pero las gallinas fueron desde siempre  muy haraganas, de modo que me escuchaban sin interés  y se iban una tras otra pues se venía el atardecer y había que ir acomodándose en el palo del gallinero.
 Un día, Pedro,  un gallo viejo de la familia D’Amore que tenían una quinta detrás del Cerro,  cerca del Campo de Golf, me  dijo que no gastara pólvora en chimango y dejara a las gallinas vivir su vida. Que las pobres no habían nacido para volar —puntualizó—, que  ellas estaban conformes con su destino. No necesitaban emigrar pues todo lo que necesitaban  lo encontraban en el gallinero: dormían bajo techo, recibían  comida diaria sin necesidad de andar buscando por ahí,  se acostaban temprano y nadie las obligaba a madrugar. Por lo tanto  dejé la cátedra revolucionaria de lado y seguí haciendo nada, mientras recorría la costa y me bañaba en las aguas del río, entre las lisas  plateadas que  alegres y confiadas saltaban a mí  alrededor.
                                                        III

 Aquel día de julio, al descubrir en el cielo el dirigible alemán, lo primero que  se me ocurrió fue manotear la honda para bajarlo de una pedrada. Fue mi  padre, que había salido de la casa para ver el pasaje de la nave, quien gritó a tiempo que me detuviera,  pues podía dar en el blanco — dijo—, y  hacerle un boquete que lo desinflaría forzándolo a aterrizar  sobre el almácigo de cebollines, obligándolo de ese modo a permanecer allí hasta que lo emparcharan, mientras los extraños que llevaba en la barriga, quién sabe por cuánto tiempo deambularían por el Cerro y la fortaleza molestando a los vecinos.
De todos modos yo estaba  empecinado, quería bajarlo a tierra para ver qué había dentro del globo, no podía creer  que, como decía  mi padre, dentro de la nave hubiese gente  de paseo por el mundo. Por lo tanto quedé refunfuñando mientras el Zeppelin sobrevolaba la bahía y el puerto, para perderse  más allá del Centro de Montevideo sin haber pisado suelo uruguayo, ni a su ida ni a su vuelta  de Buenos Aires.
     Me quedó una ojeriza que nunca pude ocultar. Esperé por años volver a ver el dirigible pues,  si había venido una vez —le decía a mi padre— lo lógico sería que volviera como volvían los hidroaviones de Causa, que atravesaban el cielo dos veces por día, para acuatizar en el  aeropuerto junto al Nacional de Regatas. Estaba convencido de que  el globo con forma de cañón, volvería un día brillando al sol como aquel   30 de julio.  
       Mi  espera fue en vano. El Graf Zeppelin, orgullo de la Alemania nazi, nunca volvió. Según se dijo entonces, seis años después de su paso por Montevideo, fue desguazado por los alemanes para utilizar su metal en la construcción de armas bélicas.
       El avistamiento del dirigible pautó en mí  el principio de una vida plagada de aventuras  sin salir de ese Cerro de Montevideo, que fue creciendo  para convertirse en una ciudad dentro de otra ciudad. Una ciudad cosmopolita, con una enorme riqueza de costumbres, idiomas y religiones.
      El pasaje del Zeppelin, me dio a conocer la existencia de otro mundo más allá del Río de la Plata, más allá del  horizonte donde cada atardecer veía ocultarse el sol.
     En mis correrías de niño, la  curiosidad me  llevó a visitar las casas de los vecinos que poco apoco iban poblando las laderas de la villa.   Familias recién llegadas  que no hablaban como nosotros,  y se comunicaban con señas. Personas venidas de Dios sabe dónde que, chapuceando y a los golpes, comenzaron hablar español y comunicarse con bastante soltura. En ese intercambio de idiomas y costumbres fui conociendo historias y relatos de otras tierras, que enriquecieron mi mente y le abrieron caminos a mi imaginación.
                                                     IV
         Un verano a la villa se mudó una familia árabe, el señor Farid con su esposa y  tres niñas. El hombre usaba babuchas y zapatos con las puntas hacia arriba. Las niñas andaban de vestidos largos y pañoletas que les cubrían la cabeza. Al principio tuvieron problemas porque las más pequeñas debían ir a la escuela,  pero no con la cabeza cubierta sino de túnica y moña. De manera que por la mañana se vestían con túnica y al regreso de la escuela volvían a sus vestidos largos y sus pañoletas.
     Cuando llegaron al barrio hice amistad con la familia y así me enteré que la hermana mayor había dejado un novio en Tabuk, que prometió venir a buscarla para formalizar el matrimonio. Los padres de la joven no estaban  de acuerdo y esperaban que los dos olvidaran aquel amor.
     Pasó el tiempo, y una de esas noches en que recostado a la fortaleza observaba el flujo y  reflujo de las olas, observé que volando sobre  el mar se acercaba  algo semejante a un pájaro enorme con las alas extendidas.   No era un pájaro, al aproximarse comprobé que era una alfombra apenas iluminada. La alfombra aterrizó junto a la casa de Farid de donde descendió un joven de turbante y capa con pedrerías, ayudó  a la hermana de las niñas árabes subir y ambos, abrazados, desaparecieron bajo el cielo y  sobre el mar sin dejar rastro.
        Aunque me pareció extraño  no me  llamó la atención,  ya sabía que desde el cielo a parte de la lluvia, se podía  ver flotar, caer o pasar cualquier artefacto por extraño que pareciera.  Al otro día, pese a que los padres estaban desesperados buscando a la joven, no dí  información sobre lo que había visto. Un tiempo después, ya casada, la joven volvió a su casa del Cerro a ver a sus padres y contó cómo su prometido  había venido a buscarla una noche sobre una alfombra. Algo que a los vecinos les costó creer,  pues si bien las alfombras mágicas eran conocidas surcando los cielos de Arabia, nunca supo nadie de que en Uruguay se usara esa modalidad  habiendo en ese tiempo trenes, automóviles y aviones donde se  podía viajar sentado, sin que a uno lo despeinara el viento.

                                                      VI
 La cadena de playas que se extienden más allá del Cerro se encontraba en aquellos días  cerrada de montes enmarañados.  En esos montes a orillas de la playa, de la caza y de la pesca, vivía Athan un  viejo asceta  que según él mismo  contaba, llevaba tantos años vividos que había perdido la cuenta. Habitaba esos montes —decía—, desde antes  de la llegada de los españoles y antes de que los charrúa bajaran hasta el Río de la Plata. En mis caminatas por la costa me había hecho amigo del viejo que entre idas y venidas  me  contaba  historias sorprendentes.
 Cierto atardecer, sentados en la arena, mientras  preparaba las redes que tiraba al anochecer,  me contó que en la época de las colonias, muchos  barcos cargados de monedas y oro del Perú, quedaron  atascados en los arrecifes y se hundieron, llevándose  con ellos sus tripulaciones. Me contó también que durante años,  en las noches de tormenta entre truenos y relámpagos, más de una vez había visto los espíritus de viejos  marinos que, cargando  picos y palas, surgían del mar,  atravesaban la arena y se  internaban en los montes en busca de los tesoros que alguna vez enterraron. Llegaban  en noches sin luna y regresaban al mar,  antes de que el sol despuntara.

                                                VII

     Un diciembre, cinco años después del pasaje  del Graf Zeppelin, volví a ver la esvástica desde mi puesto en la fortaleza del Cerro, entrando al puerto de Montevideo. 
Fue en  los inicios de la segunda Guerra Mundial, cuando el acorazado alemán Graf Speese enfrentó a tres cruceros ingleses en la llamada Batalla del Río de la Plata,
     El Graf  Spee, que había zarpado de Alemania  en agosto de 1929, llevaba hundidos  nueve barcos  mercantes  cuando se dirigió a  las cercanías del Río de la Plata para atacar a los barcos británicos que se abastecían en esta costa. Los tres barcos ingleses lo persiguieron, lo encañonaron y le lanzaron torpedos antes de alejarse. De modo que el Graf Spee abandonó el combate y se dirigió al puerto de Montevideo a fin de reparar los daños.
      El gobierno uruguayo le dio un plazo de 72 horas.  Mientras el Graf Spee era reparado, su capitán enterró a sus muertos en el Cementerio del Norte, los heridos fueron llevados al hospital Británico y los más  embarcaron en  el Tacoma, barco mercante alemán,  que  escoltó al "acorazado de bolsillo" hasta apenas pasado el límite internacional.  Allí, el Admiral  Graf Spee viró al oeste y echó anclas entre el Cerro de Montevideo y Punta Yeguas donde se inmoló mediante la detonación de explosivos.
      Durante 3 días, desde la fortaleza del Cerro, vi  arder a  quien fuera considerado el más moderno buque pesado de la Alemania Nazi.

                                                         VIII


      Poco tiempo después de la batalla del Río de la Plata, la familia D’Amore  vendió la quinta y se fueron del Cerro. No volví a ver aquel gallo viejo y sabio que me enseñó tantas cosas de la vida. Era  un gallo con una cresta grande y  roja, un manto de plumas doradas  sobre su plumaje colorado, y una cola de plumas grandes y arqueadas, azules, verdes y púrpuras,  que brillaban tornasoladas al sol.
     Cuando lo dejé de ver tendría 8 ó 9 años, no viven mucho más. Emitía un canto puro y potente.  Cantaba al amanecer, al mediodía, al atardecer y a media noche. Él iniciaba el canto en el Cerro al amanecer y al atardecer,  los  gallos de los alrededores le contestaban uno a uno, pero ninguno cantaba con su potencia y musicalidad.
      El gallinero de la quinta de los D’amore, tenía un techo de chapas acanaladas con un alero más elevado, allí se subía a cantar. Cuando yo andaba por allí, de recorrida, él abandonaba el gallinero y conversábamos bajo los árboles del monte.
      Siempre supe, que mucho de lo que me contaba no era cierto, que era un gallo muy fantasioso y de inventar historias, de todos modos era agradable escucharlo.
     Cuando empecé el liceo, mis compañeros se burlaban de mí porque no creían que yo hablaba con los animales y además no sabía fumar. Esto me daba bronca y vergüenza. Un día se lo conté a Pedro y me dijo que llevara hojillas y tabaco que  él me iba a enseñar. Así que un día llevé tres cigarros armados y se los mostré, me dijo cómo tenía que aspirar y tragar el humo,  le expliqué  que no sabía tragar el humo, opinó que tenía que aprender porque si no parecería una chimenea y eso no era fumar, dijo.
     Me llevó un tiempo aprender a tragar el humo,, mientras tanto le  pregunté un día por qué él no fumaba, me confesó que había fumado cuando joven, pero que había dejado el vicio porque le afectaba la garganta y le enronquecía el canto.

                                                        IX

     Cuando en el 45 terminó la guerra en Europa, todo el Cerro festejó. Los árabes, los sirios, los lituanos, los armenios, los griegos , los italianos y los gallegos. Durante varios  días el Cerro se vistió de fiesta.  En esos día me enteré que la familia D’Amore, había vendido la chacra y se había mudado para Lezica. Fui corriendo a ver a Pedro, pero en el lugar no había gallinero, ni gallinas ni vi a Pedro nunca más.
     Por mucho tiempo desde mi casa escuché su canto cuatro veces al día, aunque  mi padre decía que el que cantaba sería otro gallo. Que era  imposible que en el Cerro, se pudiera escuchar  a un gallo cantando en Lezica. De modo que llegué a pensar que tal vez estuviera en los montes junto a la playa. Varias veces salí a buscarlo  y a pesar de que nunca lo encontré,  por mucho tiempo  su canto llegó a mis oídos.

                                                    X

Años después de avistamiento del Zeppelin, por las calles del Cerro conocí  al Dios Verde, un solitario predicador vestido de túnica como Jesús, que descalzo y apoyado en un cayado recorrió por años  todo el Uruguay predicando por la salvación del alma. Una tarde ascendiendo por la calle Viacaba me encontré con el místico que disertaba con una Biblia en la mano. Después, ya anochecido, subimos juntos hasta la fortaleza donde, recostado a un antiguo cañón, que apunta hacia la ciudad, me habló de Dios, de la salvación del alma, de los pecados de los hombres,   de que, previo arrepentimiento, Dios perdona.  Y me aseguró también, que el Cerro de Montevideo,  es un volcán dormido.

                                                 XI

En los tiempos del Zeppelin, al norte del Cerro, donde en aquellos años existían grandes extensiones de campos y montes silvestres, se fueron construyendo chacras y casas de campo. En el año 1948, la hija de una de esas familias se casó en la Parroquia Santa María del Cerro, con un marino del Graf Spee.
      El día aquél de la batalla, cuando el capitán bajó a tierra a los heridos, dos hermanos se ocultaron y lograron perderse entre las calles de la Villa. Uno de ellos estaba herido, de modo que varios vecinos les prestaron ayuda, los albergaron hasta que el joven se  recuperó y  les consiguieron alojamiento con una  familia libanesa que tenía una chacra al norte de Cerro. Allí se quedaron, trabajaron y formaron sus familias los dos hermanos, y nunca se fueron de Uruguay. Por las laderas del Cerro, en estos días,  aún viven sus descendientes.
     Ochenta  años después del pasaje del Graf Zeppelin sobre Montevideo,   pienso que somos hijos de un país cosmopolita, bajo cuya bandera no todos nacimos, pero donde sobre el mismo suelo, somos todos hermanos.
     Ochenta años después, recostado a la Fortaleza, de espaldas a la Bahía y  a la Ciudad de Montevideo, veo hundirse el sol en el horizonte.      
Solo, en la cima del Cerro, mientras mi memoria arrea los recuerdos, pienso en mi padre y,  por si acaso, sigo  escudriñando el cielo.

Ada  Vega – 2014  -  Garúa: http://adavega1936.blogspot.com/  El