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viernes, 27 de octubre de 2017

La cruz de la Serrana


    En pagos de Maldonado, como quien va para la Sierra de las Ánimas, junto a un arroyo que baja de los cerros, rodeada de cardos y siemprevivas vigila la Cruz de la Serrana. Medio escondida junto a unos talas se yergue una cruz añosa hecha de retorcidos troncos de coronilla y atada con tientos no más, pues ni clavos tiene. Vieja cruz que desde los años en que se hizo la patria, hundida en la tierra, campea los vientos y los aguaceros que no han logrado dominar su decidida entereza de permanecer. Como un mojón rebelde que en nuestra historia quisiera vencer los años y el olvido. Y aunque jamás un cristiano se ha acercado a visitarla y ponerle una flor, los pájaros del monte siempre la acompañan. Las torcacitas y las cachirlas, los benteveos y los churrinches, revolotean y cantan junto a su tristeza tan quieta y callada.
La gente del pago es mañera de pasar de día por ese lugar. Le tiene recelo a la cruz. Tal vez porque a través de los años muchas historias se han contado sobre quien yace o a quien recuerdan esos palos crucificados. Historias de amores truncos, de muertos y aparecidos, de luces malas y espíritus andariegos. Pero han de saber quienes narran, que sólo existe una historia verdadera. Se la contó a mi padre un descendiente de indios charrúas una noche después de unas pencas, mientras churrasqueaban en descampado.
Arriba, la noche se había cerrado como un poncho negro sobre el campo. Abajo, las brasas eran rubíes desperdigados al calor del fuego. Cuando el indio empezó a contar, la luna, sabedora de la historia, se fue escondiendo despacito detrás de los cerros; las almas en pena pararon rodeo para escuchar al indio; el viento en las cuchillas se fue aquietando; y sólo se oía el silencio cargado de preguntas y de porqués. Después, la luna brilló hacia el este, el viento chifló con bronca y mi padre guardó por años la historia que hoy me contó.
Habíamos salido temprano. Andábamos a caballo, al paso, de recorrida por el valle junto a la Sierra de las Ánimas. El sol de la mañana de enero empezó a picar. El alazán de mi padre tironeó para el arroyo, y nos detuvimos para que los animales bebieran. A un costado del arroyo junto a unos talas, había una cruz. Papá, ¿es ésta la cruz de la Serrana? pregunté bajándome del caballo. Sí, m´hija. Déjela tranquila, no la moleste, me contestó. Me detuve junto a ella con intención de limpiarla de maleza y descubrí que no había allí ninguna mala hierba, sólo los cardos de flores azules, le habían hecho un resguardo para que nadie se le acercara. Protegiéndola. Sobre su cimera blanqueaban los panaderos. Nos volvimos en silencio y al llegar a las casas puso a calentar el agua para el mate, armó un cigarro, nos sentamos en unos bancos de cuero crudo junto a la puerta de la cocina y con la vista perdida en las serranías, mi padre se puso a contar.
Me dijo que siendo muchacho anduvo un tiempo de monteador por Mariscala y las costas del Aceguá, que por allá conoció al indio Goyo Umpiérrez. Joven como él, versado y guitarrero. Animoso para el trabajo y conocedor de rumbos, de quien se hizo amigo, saliendo en yunta más de una vez en comparsa de esquiladores por el centro y sur del país.
En una ocasión haciendo noche en Puntas de Pan de Azúcar, salió a relucir la mentada Cruz de la Serrana y las distintas historias que de ella se contaban.
Fue entonces que el Goyo le contó a mi padre la verdadera historia. Según supo el indio de sus mayores por 1860, llegaron a nuestro país varias familias de ricos hacendados europeos con intención de invertir en campos y ganado. Colonos que en su mayoría se establecieron sobre el litoral. Una familia vasca compuesta de un matrimonio y una hija de dieciséis años, enamorada del lugar, se instaló en el valle que descansa junto a la Sierra de las Ánimas. Parece ser que la hija del matrimonio era muy hermosa, belleza comentada entre los lugareños que al nombrarla la apodaron: la Serrana. Afirman que tenía la tez muy blanca, el cabello largo y oscuro y grandes ojos grises.
La casa de los vascos era una construcción fuerte de paredes de piedra, techos de tejas y ventanas enrejadas. Casi a los límites del campo cruzaba un arroyo de agua clara que bajaba de los cerros, con playas de arena blanca y cantos rodados, donde la familia en las tardes de verano solía bajar a pescar y bañarse, permaneciendo allí hasta el atardecer.
Por aquellos días entre las cuchillas verdes y azules, vivía a monte, una tribu de indios charrúas ocultos como intrusos en su propia tierra. Diezmados en Salsipuedes sólo unos pocos recorrían los campos, aún sin alambrar, en busca de caza para su sustento. Una tarde un joven indio que andaba de cacería, al seguir el curso del arroyo, se acercó a la familia que se encontraba a sus orillas. Sólo la joven lo vio acercarse. Al indio lo turbó la belleza de la Serrana. Se cruzaron sus miradas y el indio desapareció.
La joven no comentó su presencia pues sus padres, que eran profundamente católicos, tenían a los indígenas por herejes, sintiendo por ellos desconfianza y temor, no permitiéndoles el más mínimo trato. A la joven europea la impresionó el indio oriental y tal vez por curiosidad ansiaba volver a verlo. Por eso en las tardes, sin que sus padres supieran, se llegaba sola hasta el arroyo con la secreta esperanza de encontrarlo otra vez. También el charrúa bajaba de las sierras sólo para ver a la Serrana, permaneciendo oculto entre los árboles. Así una tarde y otra y otra, llegaba la Serrana a la playa y se sentaba a esperar.
Una tarde decidió salir en su busca y comenzó a recorrer el arroyo. El indio, que la observaba, al verla ir hacia él quedó sorprendido y permaneció muy quieto. El encuentro de los dos fue natural. Ese día la niña blanca y el indio se enamoraron con ese amor que no sabe de tiempo, edades ni razas. Así cada día, en las pesadas horas de la siesta, llegaba la joven a encontrarse con su enamorado indio, ocultando aquel amor que les había nacido sin querer. Todo ese verano se vieron a escondidas.
Una tarde de otoño con un tibio sol acariciando las hojas doradas, caminaban los dos enamorados a la vera del arroyo. En la mano morena del indio oriental se cobijaba la blanca manita de la niña vasca. Caminaban un mundo de luz y felicidad. De pronto el sol de oscureció. En la orilla opuesta, atónito, los observaba el padre de la joven.
Vaya a saber qué sentimiento perverso nubló su mente, cegó su raciocinio y permitió que un ramalazo de odio convirtiera en mármol su corazón, para que sin mediar palabra, ciego de ira, desenfundara el arma que llevaba en su cintura y de un balazo abriera una boca en el pecho del indio, por donde, hacia las remotas praderas indígenas, se le fue la vida.
El grito desgarrador de la Serrana retumbó en ecos por la Sierra de las Ánimas, alertando a la tribu, que presagiaba el final. Horrorizada la joven corrió a su casa y se encerró en su habitación. Esa noche mientras todos dormían fue hasta los galpones, descolgó una coyunda y llegó hasta el arroyo. Sólo en lo alto una luna blanca la acompañaba. Buscó al indio que había caído a sus pies, sin encontrarlo. Ya la tribu al caer la tarde se lo había llevado monte adentro. Y allí, donde cayó herido de muerte, la Serrana se ahorcó.
Contó Goyo que al encontrarla su padre al otro día, la enterró allí mismo y con sus manos hizo una cruz. Al poco tiempo vendieron los animales, abandonaron la casa y se volvieron a Europa. Y la cruz quedó y permanecerá para siempre, mientras ande el Amor de paso por la tierra. Como símbolo quizá, de nuestras propias raíces. Mezcla de sangre europea tenaz y emprendedora y la de nuestros indígenas, rebeldes y libertarios. De todos modos la Serrana y el indio cumplieron su destino y estuvieron al fin, juntos para

siempre.
El cigarro se había apagado entre los dedos de mi padre que retornó su mirada de la lejanía. Los pollos picoteaban en el ante patio, el perro se desperezó y volvió a dormirse. Mi madre nos llamaba para almorzar.
Esta es la historia que una noche el indio Goyo Umpiérrez le contó a mi padre, que hoy mi padre me contara a mí, y que yo les cuento a ustedes. Desde entonces dicen los lugareños, que por las noches han visto a la Serrana vestida de blanco, como una novia, con su largo cabello suelto, y sus asombrados ojos grises, recorriendo la Sierra de las Ánimas  en busca de su amado indio. Llamándolo con la voz del viento que se filtra entre los cerros como un desgarrado lamento. Vaga sola por las noches sin que nadie conteste a su llamado; sólo el aullido lejano de un lobo que nunca han visto acompaña a la Serrana en su vagar. Es por eso que la gente del pago es mañera de pasar de día por la cruz de la Serrana.
Y de noche por la Sierra de las Ánimas, ¡ni Dios pasa...!
 

Ada Vega, 2004 -

jueves, 26 de octubre de 2017

Malena









Dicen que Malena cantaba bien. No sé. Cuando yo la conocí ya no cantaba. Más bien decía, con su voz ronca, las letras amargas y tristes de viejos tangos de un repertorio, que ella misma había elegido: Cruz de palo, La cieguita, Silencio. Con ellos recorría en las madrugadas los boliches del Centro. Cantaba a capela con las manos hundidas en los bolsillos de aquel tapado gris, viejo y gastado, que no  alcanzó nunca a proteger su cuerpo del frío que los inclementes inviernos fueron cargando sobre su espalda.  Alguien  una noche la bautizó: Malena. Y le agradó el nombre.
  Así la conoció la grey noctámbula que, por los setenta, a duras penas  sobrevivía el oscurantismo acodada en los boliches montevideanos. No fumaba. No aceptaba copas. Tal vez, sí, un café, un cortado largo, en alguna madrugada lluviosa en que venía de vuelta de sus conciertos a voluntad.  Entonces, por filantropía, aceptaba el convite y acompañaba al último parroquiano - bohemio que, como ella, andaba demorado.
 Una noche coincidimos en The Manchester. Yo había quedado solo en el mostrador. Afuera llovía con esa lluvia monótona que no se decide a seguir o  a parar. Los mozos comenzaron a levantar las sillas y Ceferino a contar la plata. Entonces entró  Malena. Ensopada.
 La vi venir por 18, bajo las marquesinas, y cruzar Convención esquivando los charcos. Sacó un pañuelo y se secó la cara y las manos. Debió haber sido una linda mujer. Tenía una edad indefinida. El cabello gris y los ojos oscuros e insondables como la vida, como la muerte.
 Le mandé una copa y prefirió un cortado, se lo dieron con una medialuna. No se sentó. Lo tomó, a mi lado, en el mostrador. Yo, que andaba en la mala, esa noche sentí su presencia como el cofrade de fierro que llega, antes de que amanezca, a  compartir el último café.
Me calentó el alma.
    Nunca le había dirigido la palabra. Ni ella a mí. Sin embargo esa noche al verla allí conmigo, oculta tras su silencio, le dije algo que siempre había pensado al oírla cantar. Frente a mi copa le hablé sin mirarla. Ella era como los gorriones que bajan de los árboles a picotear  por las veredas entre la gente que pasa: si siguen de largo continúan en lo suyo, si se detienen a mirarlos levantan vuelo y se van.
  —Por qué cantás temas tan tristes —le pregunté. Ella me miró y me contestó:
 —¿Tristes?  — la miré un segundo.
 —Tu repertorio es amargo ¿no te das cuenta? Por qué no cantás tangos del cuarenta.  Demoró un poco en contestarme.
 —No tengo voz  —me dijo. Su contestación me dio  entrada y seguimos conversando mirándonos a la cara.
 —¡Cómo no vas a tener voz! Cantá algún tema de De Angelis, de D’Agostino, de Anibal Troilo.
—Los tangos son todos tristes —afirmó—, traeme mañana la letra de un tango que no sea triste, y te lo canto. Acepté. Ella sonrió apenas, dejándome entrever su conmiseración. Se fue bajo la lluvia que no aflojaba. No le importó, dijo que vivía cerca.  Nunca encontré la letra de un tango que no fuera triste. Tal vez no puse demasiado empeño. O tal vez tenía razón. Se la quedé debiendo.
      Ceferino terminó de hacer la caja.
 —¿Quién es esta mujer? ¿Qué historia hay detrás de ella? —, le pregunté.
 —Una  historia común — me dijo. De todos los días. ¿Tenés  tiempo? 
 —Todo el tiempo.
 Era más de media noche. Paró un ropero y entraron dos soldados pidiendo documentos. Se demoraron mirando mi foto en la Cédula. 
  —Es amigo —les dijo Ceferino. Me la devolvieron y se fueron. Uno de ellos volvió con un termo y pidió agua caliente. Me miró de reojo con ganas de joderme la noche y llevarme igual, pero se contuvo. Los mozos empezaron a lavar el piso.
             —Yo conozco la vida de Malena  —comenzó a contar Ceferino—,  porque una noche, hace unos años, se encontró aquí con un asturiano amigo mío que vivió en su barrio. Se saludaron con mucho afecto y cuando ella se fue mi amigo me dijo que habían sido vecinos y compañeros de escuela. Malena se llama  María Isabel. Su familia pertenecía a la clase media. Se  casó, a los veinte años, con un abogado, un primo segundo de quien estuvo siempre muy enamorada. Con él tuvo un hijo. Un varón. La vida para María Isabel transcurría  sin ningún tipo de contratiempos.
      Un verano al edificio donde vivía se mudó Ariel, un muchacho joven y  soltero que había alquilado uno de los apartamentos del último piso. El joven no trató, en ningún momento, de disimular el impacto que la belleza de María Isabel  le había causado. Según parece el impacto fue mutuo. Comenzaron una relación inocente y el amor, como siempre entrometido, surgió como el resultado lógico.
 Al poco tiempo se convirtieron en amantes y  como tales se vieron casi tres años. El muchacho, enamorado de ella, le insistía para que se separara del esposo a fin de formalizar la relación entre los dos.  Sin embargo, ella nunca llegó a plantearle a su esposo el tema del divorcio. Después se supo el porqué: no deseaba la separación pues ella amaba a su marido. Sí, y también lo amaba a él, y no estaba dispuesta a perder a ninguno de los dos.
 Esta postura nunca la  llegó a comprender Ariel que  sufría, sin encontrar solución, el amor compartido de la muchacha. Un día el esposo  se enteró del doble juego. María Isabel, aunque reconoció el hecho,  le juró que a él lo seguía amando. Que amaba a los dos.  Eso dijo. El hombre creyó que estaba loca y  negándose a escuchar una  explicación que entendió innecesaria, abandonó el apartamento llevándose a su hijo.
    María Isabel estuvo un tiempo viviendo con Ariel, aunque siempre en la lucha por recobrar a su marido y su hijo. Nunca lo consiguió. Y un día Ariel, harto de la insostenible peripecia en que se había convertido su vida, la abandonó.
    Me contó mi amigo — continuó diciendo Ceferino —, que por esa época la dejó de ver. Aquella noche que se encontraron aquí hablaron mucho. Ella le contó que estaba sola. Al hijo a veces lo veía,  de su ex  marido supo que se había vuelto a casar y  de Ariel que  continuó su vida solo. De todos modos, seguía convencida  que de lo  ocurrido la culpa había sido  de sus dos hombres que se negaron rotundamente a aceptar que ella los amaba a ambos  y no quería renunciar a ninguno.
 Tendríamos que haber seguido como estábamos —le dijo—, yo  en mi casa con mi marido, criando a mi hijo, y viéndome con Ariel de vez en cuando en su departamento. Pero no aceptaron. Ni uno ni otro. 
 Esa noche se despidieron y cuando Malena se fue  mi amigo, me dijo convencido:
—  Pobre  muchacha, ¡está loca!
 — Ya te lo dije: la historia de Malena es una historia común. Más común de lo que la gente piensa. Aunque yo no creo, como afirma mi amigo, que esté loca. Creo, más bien, que es una mujer que está muy  sola y se rebusca cantando por los boliches. Pero loca,  loca no está.
 Todo  esto  me contó Ceferino,  aquella  madrugada  lluviosa  de  invierno,  en The Manchester. Malena  siguió cantando mucho tiempo por los boliches. La última vez  que la vi fue una madrugada,  estaba cantando en El  Pobre Marino. Yo estaba con un grupo de amigos, en un apartado que tenía el boliche.  Festejábamos la despedida de un compañero que se jubilaba. La saludé de lejos, no sé si me reconoció. Cantó a pedido: Gólgota, Infamia y Secreto. No la vi cuando se fue.
 Ceferino estaba equivocado. No quise discutir con él aquella noche: Malena estaba loca.  Suceden hechos en la vida que no se deben comentar ni  con  los más íntimos. Podemos, alguna vez,  enfrentarnos a situaciones antagónicas que al prójimo le costaría aceptar. Además,  lo  que es moneda corriente para el hombre, se sabe, que a  la mujer le está vedado.
       Hace mucho tiempo que abandoné los mostradores. Los boliches  montevideanos,  de los rezagados después de la medianoche, ya fueron para mí. A Malena no la volví a ver. De todos modos, no me olvidé de  su voz ronca diciendo tangos. Cada tanto siento venir  desde el fondo de mis recuerdos,  a aquella Malena que una noche  de malaria me calentó el alma y quisiera darle el abrazo de hermano que no le di nunca. Decirle que  yo conocí su historia  y  admiré el coraje que tuvo de jugarse por ella.
Aquella Malena de los tangos tristes. Aquella, de los ojos pardos y el tapado gris, que “cantaba el tango con voz de sombra  y  tenía  penas de bandoneón.”

Ada  Vega, 2003 -
 Más cuentos aquí: https://adavega1936.blogspot.com.uy/

miércoles, 25 de octubre de 2017

Volver

           


Dio vuelta la esquina caminando lerdo sobre las veredas de antes. Y toda la calle lo golpeó en la cara. Esa obstinada manía de volver. Volver al barrio del arrabal perdido; a la calle de su niñez, a la esquina del viejo café. Por un momento sintió que nunca se había ido. Pero aquel ya no era su barrio, no era el mismo que dejó. Buscó afanoso una cara amiga sin encontrarla. Sólo un cuzco distraído le ladró al pasar. Nadie se fijó en él. Nadie lo reconoció.

Se fue joven, volvió viejo. Sobre sus sienes habían nevado varios inviernos. “...las nieves del tiempo platearon su sien...” En otras tierras, bajo otros cielos, florecieron primaveras antes del regreso. Le costó adaptarse a otras gentes, a otras costumbres. Países sin boliches, domingos sin asados. Sin los amigos. La barra de la esquina, el mate. Gardel. Los gringos son fríos. Toman cerveza. No se detienen a conversar sin apuro en las esquinas. No saben de boliches esquineros. De filósofos noctámbulos. De noches de truco y seven eleven. No saben de tangos ni carnavales. No saben. Le costó adaptarse. Pero hoy al fin ha vuelto. “...siempre se vuelve al primer amor...” Deseó tanto el regreso que se le cansó el alma. Y ahora otra vez bajo la Cruz del Sur se encuentra perdido, ni siquiera entiende para qué volvió. Siguió recorriendo aquellas callecitas que extrañó tanto y al pasar frente a la sede de Uruguay Montevideo se detuvo. En ese momento llegaba la hinchada. ¡Arriba la vieja celestina! Los muchachos venían eufóricos; no habían ganado, pero sí logrado un empate honroso. Tronaron los tambores en la puerta de la sede llenando el aire y golpeando el corazón de los vecinos; que para festejar no se necesitan triunfos y los tambores acompañan alegrías y tristezas.

Se fijó atentamente en la muchachada buscando un rostro, una cara amiga. Sí... aquel, tal vez, pero no, no era. Ya nadie era. Ni él era el mismo. Estuvo tentado de entrar a la sede y tomarse una en la cantina, pero tuvo miedo. “miedo del encuentro con el pasado que vuelve...” Quién sabe no se encontrara con el Lulo, el Chiquito Roselló, Walter Rodríguez, Miguelito Capitán. Cuántos recuerdos. Cuántos amigos rescatados del olvido Aquellos, los de la vieja sede, cuando salían en camiones: ¡Uruguay Montevideo pa’ todo el mundo, que no, ni no! Hinchada temible la del Uruguay Montevideo de entonces. Cuando el Conejo Pepe, Jorge Dell’Acqua, Juan Tejera y Juan Roselló escribían en el cuadro páginas de oro.

O aquella vez en que Ramón Cantou, el veterano de Rampla, vino a darnos brillo. Uruguay Montevideo de mis amores. Ya no sos aquel. A vos también te perdí. Ahora tenés nueva sede y un Complejo Deportivo con alfombradas canchas de Fútbol 5.

Lentamente empezó a comprender. El mundo no se había detenido porque él no estuvo. También aquí llegó el progreso, los años marcaron el cambio, un siglo nuevo empezaba y él...él era del treinta. Siguió, como una sombra, recorriendo aquel que una vez fue su barrio, tratando de encontrar un recuerdo vivo al cual aferrarse. “ con en alma aferrada a un dulce recuerdo...”.

Y llegó a la calle Conciliación. Aquella callecita del Pueblo Victoria que nace en el puente sobre el arroyo Miguelete y muere, no podía ser de otro modo, en el Cementerio de la Teja. “... la vieja calle donde el eco dijo...”.

Allí, en aquella casa había nacido. Casi en la esquina. Su casa. Sus veinte años y aquellas ansias de caminar, de conocer otros mundos, que un día lo llevaron lejos, “ que veinte años no es nada...”

Y allí estaba otra vez junto al viejo portón: el jazmín del país enredado en la madreselva sobre el muro de ladrillos. La ventana del comedor. El patio de las hortensias. ¡Mamá...! Sólo lo pensó. Si sólo llamándola la viera venir a recibirlo, enjugando sus manos en el delantal, gritaría ¡mamá! hasta romper su garganta. Pero no. Él sabe que ya no. Había tardado mucho, ella no pudo esperarlo. También las madres se cansan de esperar. Una tarde se quedó dormida en el viejo sillón, mientras tejía un buzo verde al que le faltó una manga. “sentir que es un soplo la vida...”

¡No, es mentira que no está! Es mentira que se fue sin verme llegar.

Es mentira. Si la estoy viendo. Si ahí está. Ahí...regando las plantas, rezongando al perro. ¡Mamá! Acá estoy. He vuelto. He vuelto para quedarme. “porque el viajero que huye tarde o temprano detiene su andar...”

Escuche: en la radio está cantando Angelito Vargas y en la calle ya se siente el bullicio futbolero. Me voy a la cancha, mamá. Los muchachos del café me esperan. Esta noche voy a bailar. Pláncheme la camisa blanca, esa, la de las rayitas. Esa quiero ponerme, ¿ta?...¡Chau, chau mamá!

Se fue cabizbajo por aquellas veredas de antes. Y volverá a partir. Más vale partir y olvidar. Ya no existen los lazos que lo ataban a su tierra. El barrio que dejó un día, ya no es su barrio. Ni su casa. Ya no están sus amigos, aquellos que paraban en La Alborada. Dónde estarán. ¿Qué habrá sido de ellos? Volvió con la ilusión de verlos a todos y se va sin encontrarlos, “aunque el olvido que todo destruye...” Sintió que un puño le apretaba el corazón. Hubiese querido llorar, pero la vida, maestra implacable, le había enseñado a no aflojar. Se fue sin mirar atrás.

Se perdió en la noche larga de la ausencia, “bajo el burlón mirar de las estrellas que con indiferencia lo vieron volver…”


Ada Vega, 1996

lunes, 23 de octubre de 2017

Las campanas de la Catedral



A las siete de la tarde las campanas de la Catedral llamaban al Ángelus. Las señoras piadosas de la ciudad se acercaban con sus niños pequeños y sus hijas adolescentes, a rezar el Ave María. Montevideo aún conservaba vestigios de aldea, aunque las cúpulas de sus edificios se elevaban en el inútil impulso de acariciar el cielo. A esa hora, las escasas luces de la Ciudad Vieja, comenzaban a encenderse.

El arbolado de la Plaza Matriz, plantado tardíamente, a lo largo de sendas pavimentadas, mostraba árboles escuálidos atados a sus tutores. En el medio de la plaza, donde confluían las sendas, se encontraba la fuente de mármol, en homenaje a la primera Constitución de 1830, y en derredor se alineaban bancos y faroles.

Yo iba de la mano de mamá.

En el camino se unía a nosotras mi madrina, la tía que nunca se casó, que se llamaba Gloria y vivía con mis abuelos en una casona del barrio de La Aguada

Atravesábamos la plaza al sesgo, para desembocar en las puertas de la Iglesia Mayor. Al finalizar el Ángelus el sacerdote elevaba el Santísimo y bendecía a todos los feligreses. Luego nos retirábamos y volvíamos a cruzar la plaza, pero entonces dábamos una vuelta alrededor de la fuente. 

A mí me encantaba ese paseo, porque la tía y mamá se sentaban en algún banco a conversar y yo me quedaba junto a la fuente a observar a los niños y a los querubines, a los faunos y a los delfines entrelazados, jugando bajo el agua de la vertiente.

Por un rato, después del Ángelus, la escalinata y la calle de la Catedral se veían colmadas de gente que se saludaba y conversaba, mientras enfrente, la plaza se convertía en un sarao.

Gloria fue la primera en nacer y designada por ello, a quedarse con los abuelos para cuidarlos en su vejez. Fue también, en compensación, la madrina de todos sus sobrinos. Estuvo en mi bautismo y en la fiesta de mis 15, pero no pudo venir a mi boda porque el abuelo es esos días no se encontraba bien de salud. Al poco tiempo cuando el abuelo falleció, siguió solícita, cuidando a la abuela.

Un día las campanas de la Catedral dejaron de llamar a oración y las campanas de todas las parroquias de la ciudad, dejaron de doblar.

En esos días falleció la abuela, y mi madrina, la tía solterona, la madrina de todos sus sobrinos, la que no se casó nunca, no tuvo hijos, ni conoció hombre alguno, se quedó sola. Sin serenatas, ni cartas de amor. Entonces comencé a ir a verla todos los domingos.


 Había en la casa una cocina a leña que en invierno estaba siempre encendida, y allí nos sentábamos las dos a conversar. Tomábamos mate con café, en un mate de porcelana, con flores de colores y filetes dorados, con una bombilla de plata y oro, que había sido un regalo de boda de mis abuelos. Comíamos unos bizcochos con azúcar negra y pasas de uvas, que ella horneaba para mí, porque sabía que desde niña me encantaban.

Cuando nació mi primer hijo, no quise pedirle que fuese la madrina, porque siempre creí que cada niño que amadrinaba era como una nueva condena, un nuevo dolor.

Al principio iba sola los domingos y mi esposo iba a buscarme al atardecer. Después comencé a ir con mi hijo pequeño, después con el segundo y luego con los tres.

Las tardes de los domingos fueron una obligación que nunca tuve el valor de abandonar. A mis hijos les gustaba ir, pues había en la casa un fondo grande, donde podían jugar sin peligro y sin molestar.

Durante mucho tiempo fui a verla los domingos.Sé que ella esperaba mi visita como algo preestablecido, y la hacía feliz.

Después, los años pasaron, mis hijos crecieron y yo comencé a quedarme los domingos en mi casa junto a mi esposo.

Los años también pasaron para ella que envejeció en soledad, sin pedir nunca nada a nadie.

Y una tarde fría de invierno, a la hora en que antaño, las campanas de la Catedral llamaban al Ángelus, se fue en silencio. Abandonó este mundo impiadoso, en aquel caserón del barrio de La Aguada.

Ada Vega, edición 2017 

domingo, 22 de octubre de 2017

El Manchester Fobal Clú


      El sol del mediodía achicharraba las calles desiertas del barrio. Adentro de las casas no se podía estar, y afuera el calor agobiaba. El cielo lucía limpito, sin una nube que presagiara, por lo menos, un poco de viento, una brisa suave, y ni soñar: una lluvia escasa. Los perros andaban de boca abierta, con la lengua colgando hasta el pecho,  abombados de tanto calor.
      En la cantina de El Mánchester Fobal Clú estaba reunida la comisión directiva.  Alrededor de una mesa, con los pantalones remangados hasta las rodillas, unos de camisetas y otros con los torsos al aire, los directivos se habían hecho presentes ante la  urgente convocatoria. 
   Sudorosos, tirados en las sillas, bebiendo sodas, cerveza helada o vino con cubitos, esperaban. No era hora de reunión, se sabía, pero el tema que los convocaba ameritaba la presencia en pleno de la comisión. 
   Al fin,  Pedro Zeballos que era el secretario tomó la palabra con unos papeles en la mano:
—Señor presidente, señores de la comisión de El Mánchester Fobal  Clú... —¡Dejate de protocolo, Pedro, y  andá al grano, querés!  Le gritó Martiarena  que era el presidente. Zeballos insistió:
—Los informes a la comisión  reunida para el caso, creo yo, que se deben de dar con...
—¡Pedro!, dejate de macanas y decí de una vez que quieren  los de El Puente antes que terminemos derretidos ¡carajo!
        Se levantaron voces, algunas roncas de vino, otras alegres de tanta cerveza fría:
—¡Dale, Pedro, decí de una vez qué  les pasa a los de El Puente! 
    Zeballos dobló los papeles, los guardó en un bolsillo y dijo:
—Nos invitan a un campeonato en beneficio del vecino que  el otro día se le quemó la casilla.
     La comisión comenzó a opinar:
—¿Un campeonato con este calor? ¿No se les pudo haber ocurrido nada mejor? ¿Y en qué cancha se va a jugar?
     Zeballos contestó las preguntas de todos:
—El campeonato se haría ahora, porque el vecino no puede esperar hasta el otoño, y precisa unas chapas y unos tirantes para empezar a armar una casilla donde meter a su familia. Van a entrar los tres cuadros del barrio y los  del otro lado del arroyo. Los partidos se van a jugar en las canchas de todos, así no hay problemas.
 —¿Y quién va a pagar para vernos?  
 —El campeonato es gratis para los vecinos, ellos  piensan mangar unas chapas que sobraron en la fábrica de unos arreglos que  están haciendo, y unos troncos al italiano del terraplén que vende leña. 
  —¿Y los conseguirán?  
  — Anduvieron  tanteando y parece que sí.
 —Todo eso está muy bien, opinó don Alejo el cantinero, apoyado en el mostrador mientras se acariciaba los bigotes. Eso de hacer un campeonato me gusta, los muchachos están muy quietos últimamente, pero nosotros no podemos entrar. Se oyeron varios reclamos:  ¡que cómo que no, que por qué no podían, que  cómo iba a haber un campeonato en el barrio y El Mánchester,  justo,  no iba a entrar! 
        Don Alejo los dejó hablar, se puso a lavar unos vasos y cuando más o menos se calmaron dijo:  
—No podemos entrar porque los muchachos no tienen equipo. Los otros cuadros tienen camisetas, pero nosotros no y sin equipo no se puede ir a un campeonato, por eso no más. 
        Martiarena, que había estado escuchando en silencio  pidió la palabra: —Lo que dice Alejo es cierto los muchachos no tienen camisetas, pero  van a tener. Los pantalones que se los consigan ellos y si no tienen zapatos que jueguen de zapatillas. Las camisetas y las medias las ponemos nosotros. 
       Se volvieron a levantar voces:  con qué plata se van a comprar, de dónde iban a sacar guita si todos sabemos que el clú tocó fondo. Si no hay un mango ni para un asado.
       Martiarena volvió a hablar y dijo:
—Vamos a hacer una rifa. 
— Y qué vamos a rifar, preguntó Antúnez, el tesorero. 
—Vamos a rifar un lechón para Navidad. Cómo lo vamos a pagar, preguntaron. 
—Lo vamos a pagar con los primeros números de la rifa.  
—Y vamos a vender los números sin tener el chancho, —preguntó Zeballos. 
—Nadie tiene por qué saber que no lo tenemos, no vamos a andar ofreciendo números con el chancho de tiro.
      Don Alejo opinó que no era mala idea. Que había que conseguir buen precio. Habría que consultar con Ferrería, dijo, el moreno que trabaja en el frigorífico, para ver cuánto puede salir un lechón de unos diez o doce kilos. Alguien de la comisión también opinó: 
 —Caminando son más baratos.  
 —Cómo caminando, en pie,  querrás decir, —dijo don Alejo.  
 —Bueno, es lo mismo, contestó el hombre, yo digo, porque muertos son más caros.
 —Muertos no, carneados querrás decir.
 —¡Pero, che! ¡Tanta cosa hay que saber pa´comprar un chancho!
 —Nosotros, —dijo el presidente—,  el lechón lo tenemos que comprar ya faenado. Vos, Bebe y vos Juan, hoy van a hablar con Ferrería. Vos, Zeballos, que sos amigo del armenio Antonio, conseguí precio por las camisetas y las medias,  y  ya encárgaselas porque total se las vamos a comprar a él que siempre nos hace precio. Yo  voy a comprar las libretas con los números de la rifa y las traigo prontas. Toto, vos que sos el Director Técnico, citá a los muchachos de apuro, y empezá a moverlos que deben de estar redondos como barricas, mañana nos reunimos a las ocho de la noche para dar los informes. No falten, porque todos  se van a llevar libretas para vender. Parece que aflojó un poco el calor, me voy a  almorzar porque mi mujer hasta que yo  no llego no sirve la comida y los gurises han  estar locos de hambre. Mañana nos vemos, Chau.
      Ferrería quedó de conseguir un lechón de doce quilos que, según aseguró, era una manteca. Tenían que avisarle cuando había que traerlo y  nada más, que se  lo podían pagar a fin de mes, dijo. Así que el lechón estaba. El precio que dio el armenio por doce camisetas y doce pares de medias era razonable. Si en lugar de doce compraban veinticuatro camisetas y veinticuatro pares de medias se las podían pagar en dos veces. Fenómeno, dijeron los de la comisión directiva.
        Al otro día, como prometió, el presidente Martiarena trajo las libretas con los números de la rifa. Avisaron a los de El Puente que entraban al campeonato y se empezaron a preparar. Los números de la rifa se vendieron como agua. El vecino consiguió las chapas y los tirantes y empezó a armar la nueva casilla. Las camisetas quedaron buenísimas, las medias un poco cortas pero en la cancha y corriendo no se notaba. El Antonio, que es un armenio de ley, les hizo y les regaló una bandera del cuadro.
       Salieron segundos porque en la final con El Relámpago del Sur se agarraron a trompadas, le echaron a los dos back  y el diez se lesionó.
El veintitrés de diciembre rifaron el lechón. Lo sacó Fagúndez, un viejo muy callado que vive solo en la cuadra de la iglesia. Que compró el número de pierna no más, qué iba a hacer él con un lechón. Así que cuando se lo llevaron lo donó a la comisión. Era media tarde, antes de las seis sobre la vereda del clú estaba el chancho, sobre una parrilla, dorándose sobre las brasas. 
        Ferrería se ofreció como asador. Se instaló con mate y una botellita de caña con pitanga junto al fuego, dispuesto a pasar unas cuantas horas. La comisión puso en la parrilla un par de ganchos de chorizos y unas morcillas para ir picando mientras se cocinaba el bicho. Adentro se formaron cuadros de truco y de conga. A  un costado del mostrador, se turnaban las parejas de pool.
      A decir verdad, el campeonato fue un éxito para El Mánchester Fobal Clú, los jugadores reanudaron las actividades, participaron logrando un segundo puesto y se quedaron con las camisetas nuevas y el lechón. 
   La comisión directiva estaba más que satisfecha. Varias veces en la noche llamaron a Ferrería para que entrase a compartir una copa con ellos, pero el moreno cuando está de asador no le gusta moverse de junto a la parrilla le gusta adobarlo, darlo vuelta, arrimar brazas. Es, dice, el oficio del asador.  Recién como a las tres de la mañana entró para avisar que el lechón estaba pronto. 
       Se pusieron a festejar y a brindar y arriba el glorioso Mánchester Fobal Clú,  y que no ni no. Destaparon botellas y chocaron vasos,  alguien se apoderó de una asadera y fueron en busca del lechón. Pero el lechón no estaba. 
      Alguno, nunca se supo quién, estuvo esperando hasta las tres de la mañana para que se terminara de asar y cuando estuvo pronto se lo llevó. 
No tenían consuelo. Ferrería casi lloraba... de bronca.
Don Alejo, el cantinero, comentó para apaciguar:
—Estaban ricos los chorizos ¿no? ¿Y si vamos poniendo otro gancho...? digo, no sé.

Ada Vega, 2010