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sábado, 18 de noviembre de 2017

Selenne





Alejandro de Luca volvió al barrio una tarde, de gafas oscuras y bastón. 

El taxi lo dejó en la puerta del bar.

Bajó seguro, caminó dos pasos al entrar, y se detuvo. Se acercó un mozo y él le preguntó:

—¿Este bar está igual a como estaba hace 20 años?

—¡Este bar no ha cambiado en 70 años! le contestó el mozo

—A mi derecha, ¿cuántas mesas hay?

—Tres mesas.

—¿Alguna está libre?

—La tercera.

Comenzó a caminar.

—Lo acompaño —ofreció el mozo.

—¡No! Quiero llegar solo. Tráigame un café.

Se fue guiando con el bastón: en la primer mesa dos hombres conversaban; la segunda la ocupaba una pareja, un hombre y una mujer. En la tercera retiró una silla, desarmó el bastón, lo dejó sobre la mesa y se sentó junto a la ventana, de frente a las mesas por las que acababa de pasar.

Veinte años atrás había sido un parroquiano habitual. Solía llegar en la tarde con Selenne, su novia primera, su novia de siempre. Sentados en alguna de esas mesas, junto a la ventana, entretejian proyectos de futuro. Pero el país atravesaba momentos difíciles. Escaseaba el trabajo. 

Después de pensarlo mucho decidió emigrar, volar a los Estados Unidos donde todos hablaban de lo bien que se vivía. Juntó dinero para el viaje, consiguió direcciones de amigos y sacó el pasaporte. Quedó de acuerdo con  Selenne. que en cuanto consiguiera trabajo y vivienda, le enviaría el pasaje para que fuera a reunirse con él.
La joven lloró, tuvo miedo, pero confió en él. Y una tarde con la esperanza de un pronto reencuentro, extrañándola antes de partir, inició esperanzado, el camino hacia el remoto país del norte. 

Con amigos que lo esperaban a su llegada, consiguió trabajo y vivienda para él. Se encontraba en el proceso de conseguir un mejor empleo que le permitiese llamar a su novia, cuando un joven estudiante universitario, armado con un rifle, atacó a niños de una escuela.

Se acercaba la Navidad. Nevaba en Nueva York. Alejandro caminaba feliz por una de las avenidas de la Gran Manzana cuando una bala sin destino, se alojó en su cabeza. Los médicos salvaron su vida, pero estuvo años internado en distintos hospitales pues había perdido la vista y la memoria. 

Fue un caso muy estudiado por los facultativos de Estados Unidos, que entendían que la lesión no había sido tan grave, como para causar tanto daño a su cerebro. De modo que pasado unos años, y sin secuelas que impidiesen recuperar la visión y la memoria, comenzaron a tratarlo en hospitales psiquiátricos donde al cabo, a los veinte años del accidente, fue poco a poco rescatando la memoria, aunque no así la visión. Debido a dicha mejoría, los médicos coincidieron en que la ceguera era un caso de psiquiatría y que posiblemente como recuperó la memoria, recuperaría un día la visión.

Cuando Alejandro recordó quién era, porqué se encontraba en Estados Unidos, y recordó a Selenne, solo pensó en el regreso. Lo asaltaron mil dudas y preguntas, de todos modos tenía urgencia por saber que había sido de ella durante esos años, y aunque hubiese perdido su amor sentía la necesidad de volver a encontrarla y contarle lo que había sucedido. De modo que en cuanto le dieron el alta y le permitieron viajar, juntó sus pertenencias y abordó el primer avión con destino a Montevideo. Al llegar se alojó en un hotel céntrico, dejó su valija en la habitación y pidió un taxi.

Ahora se encontraba en el viejo bar recordando su vida pasada. La pareja de la mesa dos pidió la cuenta y se fue. Apoyó los dedos en la esfera de su reloj para saber la hora, las agujas marcaban las 19 y 10. Llegó una persona y ocupó la mesa donde antes estuvo la pareja del hombre y la mujer. El mozo se acercó y saludó amable:

—Buenas tardes, Selenne, cómo está?

—Bien, José, ¡viviendo!

—¿Te con limón como siempre?

—Como siempre, José, ¡gracias!

El corazón golpeó con fuerza el pecho de Alejandro de Luca. Se puso de pie, tomó el bastón, se acercó a la mesa dos, retiró la silla desocupada. Preguntó: 

—¿Puedo? Ella no contestó y él se sentó. Dejó el bastón recostado a la mesa.

La mujer miró a aquel hombre de gafas oscuras, se fijó en el bastón blanco. Pasó un minuto interminable. Ella seguía sin hablar. El hombre extendió un brazo sobre la mesa y apretó con su mano la mano temblorosa de la mujer.

—No llores, Selenne —le dijo—, soy yo y estoy aquí.





  Ada Vega, 2016

viernes, 17 de noviembre de 2017

Mi madre y la magia de los alfileres.

                             (Extraído de la novela "De cruces y maleficios")
Mi madre no creía en brujas ni en lobisones, ni en muertos que se aparecen. Sin embargo, cuando niñas, con mi hermana Laurita, por mucho tiempo creímos que mamá hacía magia. Y no era que alguien lo dijera. Nosotras  la veíamos realizarla y nunca se lo contamos a nadie.
Mamá era muy laboriosa, aparte de trabajar en el hospital, nos hacía vestidos y blusas en su máquina de coser a pedal. Cuando cosía pinchaba las prendas con muchas alfileres que se caían a su alrededor. Nosotras las queríamos juntar, pero ella decía que las dejáramos que después, cuando terminara su trabajo, ella las recogería. Para ese momento tratábamos las dos de estar presentes, a fin de ser testigos de su espectáculo de magia.
Cuando terminaba la costura desenhebraba la aguja, retiraba el carretel de hilo y lo guardaba junto con el centímetro y el alfiletero en un costurero de mimbre con forma de corazón, que en la tapa, por dentro, tenía un espejo. Doblaba la prenda que estuvo cosiendo y la dejaba sobre el ala de la máquina. Luego tomaba la tijera la empuñaba con las hojas hacia abajo y así, sentada en su silla, hacía con ella unos círculos sobre un costado, hacia atrás y hacia adelante, luego, con la otra mano, repetía la operación sobre el otro costado.
Entonces, los alfileres que se encontraban diseminados por el suelo se erguían y subían en el aire, atropellados y en racimos, para prenderse de las hojas de la tijera cuando pasaba sobre ellos. Después retiraba los alfileres y repetía la operación una y otra vez hasta que la tijera volvía sin ningún alfiler prendido a sus hojas. Dejaba entonces la tijera sobre la máquina, guardaba todo, tomaba la prenda de ropa y cerraba la máquina. Por ese día, la función había terminado.


Muchos años después, cuando Gabo dio al mundo su obra cumbre, y yo tuve la oportunidad de conocerla, supe de Melquíades —el gigantón barbudo del circo que llegó a Macondo—, quien mostraba a los habitantes del pueblo la octava maravilla de los sabios de Babilonia. El grandote arrastraba por las calles dos lingotes imantados a los cuales se prendían todo cacharro, herramienta, clavos y tornillos que anduvieran más o menos cerca de su paso.
Al conocer esta historia mi corazón —joven aún—, dio un vuelco y golpeó mi pecho con énfasis porque yo —muchos años antes de 1967—, había conocido la magia de Melquíades en el cuarto de costura de mi madre quien, sin alharaca y sólo para Laurita y para mí, realizaba casi a diario la magia de los alfileres.
Con mamá me sucedió algo sorprendente. Cuando niña siempre creí que hacía magia, que tenía poderes. Que veía lo que los demás no veíamos: sabía, aunque no los viera, donde estaban los alfileres. Cuando crecí supe que todo lo que nos sucede a los humanos tiene una explicación científica irrefutable. Sin embargo los años me han enseñado a dejar una pequeña puerta abierta para la Duda. Para un Quién sabe. Para un Tal vez. Para la Magia.
Por eso, cuando estoy triste y angustiada, entro al cuarto donde mamá cosía, me acerco a su máquina —cerrada hace tantos años—, y la invoco desde el fondo de mi corazón. Entonces la veo aparecerse ante mí, de cofia y túnica blanca, envuelta en la capa azul de su uniforme de Nurse. Me mira con sus ojos tiernos y toda mi angustia y mi tristeza desaparecen. Yo quisiera contarle, decirle lo qué me pasa. Pero las palabras se niegan. Ella sonríe, pone un dedo sobre sus labios y desaparece. Lo que me acongoja, es que no puedo comentar esto con nadie. La mayoría de las personas,  no  cree, que los seres que amamos y ya han partido, caminan entre nosotros.

Ada Vega, 2011 -  Más cuentos aquí: https://adavega1936.blogspot.com.uy/

miércoles, 15 de noviembre de 2017

La inalterable ruta de los Reyes Magos


Creo que a estas alturas los Reyes Magos están un poco desprestigiados. Por equivocarse tanto, digo, por no poner más atención en donde dejan los juguetes. 

Ellos saben bien que todos los niños esperan regalos, sin embargo, parece que eligieran los barrios y las casas por donde van a pasar. Y así, dejan en su trayecto tantos y tantos hogares sin visitar. Barrios enteros donde miles de niños se durmieron de madrugada esperando a los camellos que no llegaron, y despertaron por la mañana, acongojados, sin comprender por qué otra vez los Reyes se olvidaron de ellos. Esos mismos Reyes que lograron la inmortalidad por llevarle ofrendas a un niño que nació pobre, tan pobre que vino al mundo en un establo.
Cuentan que guiados por una estrella, llegaron desde sus lejanos reinos hasta Belén, la noche del 5 de enero, de hace más de 2000 años, y ese niño que dormía en un pesebre los hizo Reyes Magos, para toda la eternidad. Por eso cada 5 de enero recorren las casas de todos los niños de la Tierra, ricos y pobres, negros y blancos, judíos y cristianos, para dejarles un regalo a cada uno. Esa es su misión.

Aunque a veces creo que han empezado a cansarse de tanto viajar, porque si bien es cierto que trabajan sólo una vez al año, eso de andar cargando bolsas de juguetes para todos los niños del mundo, debe ser un trabajo agobiante. Se han aburguesado. Marcaron una ruta determinada y no se apartan de ella. Y es sabido que en la ruta de los reyes, los pobres quedan al margen. Siempre quedan al margen. Si hace más de 2000 años bajó Dios a la Tierra para ver si podía arreglar el entuerto y no pudo, ¿qué se van a hacer problema los Reyes? Dígame. Parece que allá arriba no tienen la solución. Tal vez tengamos nosotros que resolver este perjuicio, exigiéndoles a los Señores Reyes igualdad para todos los niños.

En fin, esto no es nuevo, cuando yo era niña sucedía lo mismo. Por mi casa pasaban, pero según decía mi madre ya venían de vuelta. La nuestra, decía, era una de las últimas casas por donde tenían que pasar, por eso nos dejaban lo último que les quedaba. Yo le preguntaba entonces a mi madre por qué un año no hacían el recorrido al revés. Ella me contestaba que esas, eran cosas de Dios. Y ya sabemos que a Dios uno no le puede andar pidiendo explicaciones. Por lo tanto nos conformábamos con lo que nos habían dejado. Porque eso sí, a conformarnos, los pobres, aprendemos de chiquitos.

Me acuerdo que un año yo quería una muñeca con la cabeza de loza. Y mi hermano la pelota de cuero. Como hacía años que se la pedía a los Reyes sin resultado, decidió hacer una carta. Hojas de cuaderno no le habían sobrado. En el papel del almacén no se podía escribir, porque era de estraza y el lápiz no se veía bien, así que fuimos al cuarto donde mamá cosía y buscamos entre las telas que traían las clientas, alguna envuelta en papel blanco. Encontramos una que decía “CASA SOLER” estaba un poco arrugada, pero del revés estaba bastante bien. Mi madre al vernos revolver entre sus cosas nos preguntó en qué andábamos, mi hermano le dijo que precisaba un papel para hacer una carta para los Reyes. Mamá nos miró, dejó de coser en la máquina, recortó con la tijera un pedazo de papel con forma de hoja, la planchó con la plancha que siempre tenía a su lado y se la dio a mi hermano.

La carta le quedó preciosa. Con la letra bien parejita. Le puso: “Señores Reyes Magos, yo quiero una pelota de cuero. Vivo en Pedro Giralt 4016.” La dirección se la puso con lápiz de tinta que mojaba en la lengua, para que se viera más y no se fueran a equivocar y la dejaran en la casa de al lado. La lengua le quedó violeta, pero la carta quedó hermosa. Yo le dije que de paso pidiera la muñeca para mí, pero él me dijo que la carta ya estaba pronta y que él era un varón y no iba a andar pidiendo una muñeca, aunque fuera para una hermana. Así que la firmó, le hizo una rúbrica de poeta, y yo les pedí mi muñeca de boca no más. 

Esa Noche de Reyes mi hermano dobló la carta en cuatro y la puso bajo la almohada, porque las cartas para los Reyes en esa época se ponían bajo la almohada. Cuando a la mañana siguiente se despertó, en lugar de la pelota, los Reyes le habían dejado un guardapolvo y la moña para la escuela, la cartera, que los varones colgaban al hombro y El Mundo Tal Cual Es. El pobre rezongó un poco y le dijo a mi madre: ¡Yo no sé porqué me dejaron todo esto para la escuela, si total usted cuando empezaran las clases me lo iba a comprar!

Ese día mi hermano rompió relaciones con los Reyes Magos y decidió no volver a pedirles nunca más la pelota de cuero. Se la empezó a pedir a mamá que, asumiendo el compromiso, vaya a saber que dejó de pagar o de comprar para que mi hermano se despertara un mes antes de empezar las clases, con la flamante pelota durmiendo sobre su almohada. 

Y a mí me dejaron la muñeca. Una muñeca linda, linda, vestida de Dama antigua con capelina y todo, que yo amé como se puede amar, cuando se tienen cinco años y una muñeca de loza. Que me duró quince días. Una amiga jugando,  la rompió sin querer. Nunca pude olvidarme del dolor que sentí al ver mi muñeca rota. No me animaba a levantarla del suelo. Al fin la tomé en mis brazos y fui corriendo a llevársela a mi madre. Lloré tanto que me dolía el pecho, mi madre me sentó en la falda y trató de consolarme diciendo que le iba a hacer una cabeza de trapo bien linda. Yo no quería que se la hiciera, ¿cómo iba a tener un vestido tan lindo y una capelina, una muñeca con cabeza de trapo?

Pero mi mamá se la hizo y le quedó bastante bien. Le puso unos ojos grandotes con dos botones negros, una boca roja como un pimpollo y con lana negra le hizo dos trenzas. Parecía una gaucha vestida de Dama Antigua. Mi mamá la bautizó con sal y agua de la canilla y yo la llamé Nené, y para festejar el bautismo invitamos a mis amigas y mamá nos sirvió chocolate con galletitas María. Y desde ese día Nené y yo fuimos inseparables. Con el tiempo perdió la capelina y se le estropeó el vestido, pero mamá le hizo varios conjuntos, que yo le cambiaba según la ocasión.

Un par de años después le pedí a los Reyes un Malcriado, un bebe de celuloide vestido de marinero que había visto en un bazar. Los Reyes ese año me dejaron ropa y zapatos. Debe haber sido porque la carta no me quedó muy bien. La hice apurada en una hoja de doble raya que arranqué del cuaderno de caligrafía. De todos modos el caso fue que nunca, mi hermano y yo, logramos entendernos con los benditos Reyes Magos. Tuvieron que pasar veinte años para que al fin Dios me mandara una muñeca, y otros años más para la llegada del Malcriado, prodigios de amor, con quienes estrené mis dotes de mamá de verdad en este difícil juego de vivir. 

Y en eso estamos. Por eso y porque nunca debemos dejar de soñar, hay que esperar y tener fe. Tal vez un día podamos, entre todos, alterar la ruta de los Reyes Magos.

AdaVega,  1996  - 
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