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sábado, 23 de diciembre de 2017

Blanca - (de la novela "De cruces y maleficios")





Blanca nunca se casó. Se fue muy joven de la casona del Prado, donde vivía con sus padres y sus abuelos, a vivir sola en un departamento alquilado. Después de recibida y con un dinero que le dejaron los abuelos, se compró un un piso en Parque Batlle. Allí trasladó algunos muebles, fotos, piezas de marfil y otras de plata que eligió, con sumo cuidado, de entre el mobiliario de sus padres.

También tres adornos que en vida le obsequiaran sus abuelos: un par lámparas de cristales azules, que hacían juego con el plafón del dormitorio de los ancianos y que Blanca no quiso llevarse por ser demasiado grande y ostentoso; una marina antigua y sin firma con marco dorado envejecido donde un velero inglés —posiblemente pirata—, se debatía sobre un mar embravecido, que la abuela le tenía especial aprecio. Obra de un pintor enamorado de ella y no correspondido —según le contó a la nieta— quien se lo habría regalado en Londres, antes de venirse a América con sus padres, y a quien ella prometiera conservar para siempre y que Blanca —como recuerdo de aquella abuela maravillosa— ostenta sobre la pared de su living, donde no hace juego con nada y donde nadie le presta atención ni le importa.

Y un Cupido de mármol, bellísimo, con el arco tensado a punto de disparar su flecha, apoyado apenas en su pie izquierdo. Cupido que Blanca conservó durante años sobre una mesa alta de madera taraceada, junto a la entrada del apartamento, y que un día cansado de amenazar con su flecha sin que nadie le hiciera el menor caso: se suicidó, arrojándose de la mesa taraceada para hacerse añicos contra el piso.

Quebró el arco en dos y sólo se salvó la flecha que salió disparada por la puerta de calle y se enterró de punta junto a un rosal, en el jardín de un vecino. Cosas. Hechos extraños que suelen suceder en la vida de las personas, sin que medie un motivo o un por qué. Y que pienso, puedan ser diabluras de espíritus que habitaron nuestras casas en otros tiempos, quienes no terminan de irse y tratan de hacerse ver para que, los que aún estamos vivos, sepamos que ellos siguen estando presentes entre nosotros. En fin, no quiero entreverar la historia de cruces y maleficios con la de espíritus irreverentes, porque no tiene nada que ver una cosa con la otra. Creo.

Blanca es una mujer muy elegante. Muy cuidada. Vive para ella. Lo dicen sus manos. Su ropa. Y su pelo. Ha viajado varias veces recorriendo distintas partes del mundo. Es dinámica, deportista y le apasiona bailar. La rodean amigos, colegas y amantes. Se viste como una modelo y dice que me envidia. Yo también la envidio y se lo digo. Pero no es cierto, no nos envidiamos, ni ella a mí ni yo a ella. A mí me encanta como vive y la admiro, pero no podría vivir su vida.

No soportaría vivir su soledad y su desarraigo. Y a ella le gustaría tener mi familia pero no tiene paciencia, ni vocación de servicio. No cree en el matrimonio ni en la unión de un hombre y una mujer para toda la vida. No entiende, no le entra en la cabeza, eso de que la mujer, porque no trabaja afuera ocho horas por día, como el marido, deba, por el sólo hecho de haberse casado, trabajar dieciséis horas por día sin sueldo. Sin vacaciones ni feriados. Sin descansar en Navidad, ni el primero de mayo, ni el día de su cumpleaños. Que deba, por obligación y responsabilidad, cocinar, lavar la ropa y ordenar la casa hasta el final de sus días, mientras tenga noción en su cabeza y fuerza en las manos.

Lo que es peor, es que no entiende por qué nosotras aceptamos la situación desde siempre. Por eso no se casó. No encontró nunca un hombre que aceptara sus planteos al respecto. Por eso nos casamos las que nos casamos. Porque cuando decimos: sí, y hasta que la muerte nos separe, sabemos muy bien lo que estamos haciendo y firmamos igual.

Algunas de nosotras se casan pensando en que la cosa no es tan así, como lo afirman sus antecesoras. Pronto se dan cuenta de que sí, lo es. Pero entonces ya es tarde, sólo les queda seguir en el ruedo o retirarse antes de que empiecen a llegar los hijos. De todos modos, como recompensa, afirman nuestros hombres que somos las señoras de la casa y las reinas del hogar.

Ellos ocultan, pero nosotras sabemos, que somos señoras de la casa porque ellos son los señores. Y somos las reinas del hogar porque los reyes son ellos. Pese a todo, las casadas, solemos ser felices, aunque pocas veces comamos perdices.

XIII

Hablar de estos temas con Blanca es muy difícil. No se puede explicar lo inexplicable. Sólo podemos decir que el casamiento y para toda la vida es, para la mujer, un acto de amor. Es lo único que justifica tanta entrega.

Algunas veces Blanca nos habla de los hombres que han pasado por su vida. Desde Javier, el compañero de preparatorio del I.A.V.A., un muchacho con ideas revolucionarias, que le hablaba de Marx y de Engels como si fueran dos compañeros más de clases, con quien vivió el romance más apasionado y sincero que recuerda. Cuando después de clases eran los últimos en salir para perderse en los salones desiertos y oscuros, donde hacían el amor apurados, antes de que algún bedel los descubriera. Aquel fue un romance inolvidable, nos dice, sin intereses superficiales, sin anteponer nada a aquel amor recién estrenado. Eran solamente ella y él. Después crecieron. Se perdieron en la vida por distintas sendas. Un día se enteró que Javier era uno más a engrosar la lista de los desaparecidos en el país. Lo lloró sin lágrimas. Con el corazón desolado.

Los demás son hombres de paso. Con limitaciones. Yo te doy si tú me das. Solteros que no tienen interés en que una psiquiatra los estudie. Casados que solamente les basta su compañía cada quince días, para llevarla al teatro, a cenar y al hotel. Con el único motivo de reafirmar ante sí mismos, su libertad y su machismo.

Ella aceptó el juego desde el vamos Y entre el desencanto de no haber sido capaz de conquistar un hombre que la amara bajo sus reglas, y los enigmas y frustraciones que sus pacientes psiquiátricos le llevan diariamente al consultorio, antes de perder ella misma la razón, viene a casa a reunirse con nosotras cada último jueves del mes; a liberar su espíritu y a hacer catarsis, para poder seguir viviendo en este mundo donde también ella, en más de una ocasión, se ha encontrado perdida.

Ada Vega,  Más cuentos aquí: https://adavega1936.blogspot.com.uy/

miércoles, 20 de diciembre de 2017

Aquella retirada

                                                                                        Diablos Verdes 1981


Era enero del 59 y los Diablos Verdes ensayaban en el Club Tellier. El coro afinaba atento, el director daba los tonos, atrás la batería: bombo, platillo y redoblante. Ese año mataron. Fueron, por primera vez, primer premio. Cantaban aquella retirada:

“Dejando un grato recuerdo a tan amable reunión

se marchan los Diablos Verdes y al ofrecerles esta canción

tras de la farsa cantada viene evocada nuestra niñez.

Murga que fue de pibes y hoy sigue firme

tras los principios de su niñez”.


Era la murga del barrio. La murga de La Teja. Entonces nosotros éramos botijas y acompañábamos los ensayos desde la primera noche. Era emocionante, era grandioso; soñábamos con ser grandes y entrar a la murga y cantar y movernos como aquellos muchachos murgueros. Yo era amigo de todos los botijas del barrio, pero con el que más me daba era con el Mingo.

Entonces vivía por Agustín Muñoz y él a la vuelta de mi casa, por Dionisio Coronel. El Mingo era mi amigo. No hablábamos mucho, creo que no hablábamos casi. Pero estábamos siempre juntos. Ibamos a la escuela Cabrera, jugábamos al fútbol, en setiembre remontábamos cometas y, antes de empezar el Carnaval, íbamos a ver ensayar la murga. No faltábamos a ningún ensayo. Nos aprendíamos las letras de memoria, festejando de antemano la llegada del Dios Momo.

Una noche, mientras los Diablos cantaban la retirada, vinieron a buscar al Mingo. La madre se había enfermado y estaba en el hospital. Al otro día no fue a la escuela y la maestra nos dijo que la madre había muerto. Cuando salí de la escuela fui a buscarlo a la casa. Estaba sentado en la cocina. Yo no le dije nada, pero me senté a su lado. Entonces se puso a llorar y yo me puse a llorar con él. Al rato mi vieja vino a buscarnos y nos fuimos los dos para mi casa. Comimos puchero y la vieja, aunque no era domingo, nos hizo un postre. De tarde vino el hermano a buscarlo para que se fuera a despedir. Fuimos los dos. La casa estaba llena de gente: el olor de las flores me mareó y me sentí muy mal.

El padre tuvo que levantarlo un poco, porque no llegaba para besar a la madre. El Mingo la besó y le dijo bajito: “mamá, hice todos los deberes”.

Esa noche se quedó en mi casa, se acostó conmigo y como se puso a llorar busqué entre mis cuadernos una figurita difícil, una sellada que le había ganado a un botija de sexto, y se la di. Pero no la quiso. Yo pensé en mi vieja y tuve miedo de que ella también se muriera. Nos dormimos llorando los dos.

El Mingo era de poco hablar, pero después que murió la madre hablaba menos. Pero yo lo entendía, a mí no necesitaba decirme nada. Entramos a la VIDPLAN el mismo año. Íbamos al cine Belvedere, a la playa del Cerro y en la “chiva” a pasear por el Prado. Tan amigos que éramos y un día nos separaron las ideas. Cuando al fin yo comprendí muchas cosas, él ya estaba en el Penal de Libertad.El padre y el hermano iban siempre a verlo.

Un día le dí al padre la figurita difícil, aquella sellada que una noche le regalé para que no llorara y que él no quiso. Le dije al padre que se la diera sin decirle nada, que él iba a entender. Cuando volvieron, el padre puso en mi mano una hojilla de cigarro en blanco. Me la mandaba el Mingo. ¡Fue la carta más linda que he recibido! Estaba todo dicho entre los dos. En esa hojilla en blanco estaba escrito todo lo que no me dijo antes, ni me quiso decir después.

Nunca pude ir a verlo, pero siempre esperé su vuelta. Y una noche de enero del 81 en que yo estaba solo en el fondo de mi casa, fumando, tomando mate y escuchando a Gardel, él entró por el costado de la casa como cuando éramos pibes, como si nos hubiésemos dejado de ver el día anterior, como si se hubiese ido ayer. Se paró bajo el parral y me dijo: —¿Qué hacés? ¿ No vas a ver la murga? Yo dejé el mate, levanté la cabeza y lo miré. Sentí como si el corazón se me cayera. —¡Mingo!, y fue una alegría y unas ganas de abrazarlo, Pero él ya me daba la espalda y salía. —Dale, vamos —me dijo—, ¡Que la murga está cantando !

“Cuántos habrá que desde su lugar por nuestros sueños bregan

cuántos habrá anónimos quizá soñando una quimera

Cuántos habrá que brindan con amor toda su vida entera

y con fervor se entregan por el bien, y nadie lo sabrá"


De la retirada de los Diablos Verdes 1er. Premio 1981.

Ada Vega, 1996 - 
 Más cuentos aquí: https://adavega1936.blogspot.com.uy/

lunes, 18 de diciembre de 2017

MALENA




Dicen que Malena cantaba bien. No sé. Cuando yo la conocí ya no cantaba. Más bien decía, con su voz ronca, las letras amargas y tristes de viejos tangos de un repertorio, que ella misma había elegido: Cruz de palo, La cieguita, Silencio. Con ellos recorría en las madrugadas los boliches del Centro. Cantaba a capela con las manos hundidas en los bolsillos de aquel tapado gris, viejo y gastado, que no  alcanzó nunca a proteger su cuerpo del frío que los inclementes inviernos fueron cargando sobre su espalda.  Alguien  una noche la bautizó: Malena. Y le agradó el nombre.
  Así la conoció la grey noctámbula que, por los setenta, a duras penas  sobrevivía el oscurantismo acodada en los boliches montevideanos. No fumaba. No aceptaba copas. Tal vez, sí, un café, un cortado largo, en alguna madrugada lluviosa en que venía de vuelta de sus conciertos a voluntad.  Entonces, por filantropía, aceptaba el convite y acompañaba al último parroquiano - bohemio que, como ella, andaba demorado.
 Una noche coincidimos en The Manchester. Yo había quedado solo en el mostrador. Afuera llovía con esa lluvia monótona que no se decide a seguir o  a parar. Los mozos comenzaron a levantar las sillas y Ceferino a contar la plata. Entonces entró  Malena. Ensopada.
 La vi venir por 18, bajo las marquesinas, y cruzar Convención esquivando los charcos. Sacó un pañuelo y se secó la cara y las manos. Debió haber sido una linda mujer. Tenía una edad indefinida. El cabello gris y los ojos oscuros e insondables como la vida, como la muerte.
 Le mandé una copa y prefirió un cortado, se lo dieron con una medialuna. No se sentó. Lo tomó, a mi lado, en el mostrador. Yo, que andaba en la mala, esa noche sentí su presencia como el cofrade de fierro que llega, antes de que amanezca, a  compartir el último café.
Me calentó el alma.
    Nunca le había dirigido la palabra. Ni ella a mí. Sin embargo esa noche al verla allí conmigo, oculta tras su silencio, le dije algo que siempre había pensado al oírla cantar. Frente a mi copa le hablé sin mirarla. Ella era como los gorriones que bajan de los árboles a picotear  por las veredas entre la gente que pasa: si siguen de largo continúan en lo suyo, si se detienen a mirarlos levantan vuelo y se van.
  —Por qué cantás temas tan tristes —le pregunté. Ella me miró y me contestó:
 —¿Tristes?  — la miré un segundo.
 —Tu repertorio es amargo ¿no te das cuenta? Por qué no cantás tangos del cuarenta.  Demoró un poco en contestarme.
 —No tengo voz  —me dijo. Su contestación me dio  entrada y seguimos conversando mirándonos a la cara.
 —¡Cómo no vas a tener voz! Cantá algún tema de De Angelis, de D’Agostino, de Anibal Troilo.
—Los tangos son todos tristes —afirmó—, traeme mañana la letra de un tango que no sea triste, y te lo canto. Acepté. Ella sonrió apenas, dejándome entrever su conmiseración. Se fue bajo la lluvia que no aflojaba. No le importó, dijo que vivía cerca.  Nunca encontré la letra de un tango que no fuera triste. Tal vez no puse demasiado empeño. O tal vez tenía razón. Se la quedé debiendo.
      Ceferino terminó de hacer la caja.
 —¿Quién es esta mujer? ¿Qué historia hay detrás de ella? —, le pregunté.
 —Una  historia común — me dijo. De todos los días. ¿Tenés  tiempo? 
 —Todo el tiempo.
 Era más de media noche. Paró un ropero y entraron dos soldados pidiendo documentos. Se demoraron mirando mi foto en la Cédula. 
  —Es amigo —les dijo Ceferino. Me la devolvieron y se fueron. Uno de ellos volvió con un termo y pidió agua caliente. Me miró de reojo con ganas de joderme la noche y llevarme igual, pero se contuvo. Los mozos empezaron a lavar el piso.
             —Yo conozco la vida de Malena  —comenzó a contar Ceferino—,  porque una noche, hace unos años, se encontró aquí con un asturiano amigo mío que vivió en su barrio. Se saludaron con mucho afecto y cuando ella se fue mi amigo me dijo que habían sido vecinos y compañeros de escuela. Malena se llama  María Isabel. Su familia pertenecía a la clase media. Se  casó, a los veinte años, con un abogado, un primo segundo de quien estuvo siempre muy enamorada. Con él tuvo un hijo. Un varón. La vida para María Isabel transcurría  sin ningún tipo de contratiempos.
      Un verano al edificio donde vivía se mudó Ariel, un muchacho joven y  soltero que había alquilado uno de los apartamentos del último piso. El joven no trató, en ningún momento, de disimular el impacto que la belleza de María Isabel  le había causado. Según parece el impacto fue mutuo. Comenzaron una relación inocente y el amor, como siempre entrometido, surgió como el resultado lógico.
 Al poco tiempo se convirtieron en amantes y  como tales se vieron casi tres años. El muchacho, enamorado de ella, le insistía para que se separara del esposo a fin de formalizar la relación entre los dos.  Sin embargo, ella nunca llegó a plantearle a su esposo el tema del divorcio. Después se supo el porqué: no deseaba la separación pues ella amaba a su marido. Sí, y también lo amaba a él, y no estaba dispuesta a perder a ninguno de los dos.
 Esta postura nunca la  llegó a comprender Ariel que  sufría, sin encontrar solución, el amor compartido de la muchacha. Un día el esposo  se enteró del doble juego. María Isabel, aunque reconoció el hecho,  le juró que a él lo seguía amando. Que amaba a los dos.  Eso dijo. El hombre creyó que estaba loca y  negándose a escuchar una  explicación que entendió innecesaria, abandonó el apartamento llevándose a su hijo.
    María Isabel estuvo un tiempo viviendo con Ariel, aunque siempre en la lucha por recobrar a su marido y su hijo. Nunca lo consiguió. Y un día Ariel, harto de la insostenible peripecia en que se había convertido su vida, la abandonó.
    Me contó mi amigo — continuó diciendo Ceferino —, que por esa época la dejó de ver. Aquella noche que se encontraron aquí hablaron mucho. Ella le contó que estaba sola. Al hijo a veces lo veía,  de su ex  marido supo que se había vuelto a casar y  de Ariel que  continuó su vida solo. De todos modos, seguía convencida  que de lo  ocurrido la culpa había sido  de sus dos hombres que se negaron rotundamente a aceptar que ella los amaba a ambos  y no quería renunciar a ninguno.
 Tendríamos que haber seguido como estábamos —le dijo—, yo  en mi casa con mi marido, criando a mi hijo, y viéndome con Ariel de vez en cuando en su departamento. Pero no aceptaron. Ni uno ni otro. 
 Esa noche se despidieron y cuando Malena se fue  mi amigo, me dijo convencido:
—  Pobre  muchacha, ¡está loca!
 — Ya te lo dije: la historia de Malena es una historia común. Más común de lo que la gente piensa. Aunque yo no creo, como afirma mi amigo, que esté loca. Creo, más bien, que es una mujer que está muy  sola y se rebusca cantando por los boliches. Pero loca,  loca no está.
 Todo  esto  me contó Ceferino,  aquella  madrugada  lluviosa  de  invierno,  en The Manchester. Malena  siguió cantando mucho tiempo por los boliches. La última vez  que la vi fue una madrugada,  estaba cantando en El  Pobre Marino. Yo estaba con un grupo de amigos, en un apartado que tenía el boliche.  Festejábamos la despedida de un compañero que se jubilaba. La saludé de lejos, no sé si me reconoció. Cantó a pedido: Gólgota, Infamia y Secreto. No la vi cuando se fue.
 Ceferino estaba equivocado. No quise discutir con él aquella noche: Malena estaba loca.  Suceden hechos en la vida que no se deben comentar ni  con  los más íntimos. Podemos, alguna vez,  enfrentarnos a situaciones antagónicas que al prójimo le costaría aceptar. Además,  lo  que es moneda corriente para el hombre, se sabe, que a  la mujer le está vedado.
       Hace mucho tiempo que abandoné los mostradores. Los boliches  montevideanos,  de los rezagados después de la medianoche, ya fueron para mí. A Malena no la volví a ver. De todos modos, no me olvidé de  su voz ronca diciendo tangos. Cada tanto siento venir  desde el fondo de mis recuerdos,  a aquella Malena que una noche  de malaria me calentó el alma y quisiera darle el abrazo de hermano que no le di nunca. Decirle que  yo conocí su historia  y  admiré el coraje que tuvo de jugarse por ella.
Aquella Malena de los tangos tristes. Aquella, de los ojos pardos y el tapado gris, que “cantaba el tango con voz de sombra  y  tenía  penas de bandoneón.”

Ada  Vega, edición 2007