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sábado, 20 de enero de 2018

La intrusa




              Nos conocimos un verano de sol y arena. Éramos muy jóvenes y jugamos a amarnos. En el juego el Amor nos desbordó. Fue tan grande y tan pleno que no supimos qué hacer con él y se quedó confundiéndonos. Entendimos entonces que ya nunca otro, que eran sin final su rostro y mis manos. Su piel y mi piel.
Nos casamos casi niños en un juzgado de barrio. El juez, con la bandera de la patria atravesada en el pecho y los lentes apenas apoyados en su nariz, nos miraba muy serio sin entender nuestra risa, nuestra radiante felicidad, nuestro irresponsable amor. Rodeados de familiares y amigos juramos que sí. Recibimos besos, estrechamos manos, lanzamos al aire el blanco ramo de flores y huimos juntos bajo la nube de arroz que nos auguraba felicidad. En los primeros años de casados vivíamos en un hotelito céntrico cerca de nuestros empleos. Yo trabajaba en una tienda en la Avenida 18 de Julio. Y él en una sastrería de la calle San José. Nos íbamos juntos por la mañana, casi corriendo. Él tironeándome de la mano, yo medio dormida siempre más atrás. Volaba la mañana y  apenas sonaba el timbre que anunciaba el final de la media jornada, salíamos apresurados para encontrarnos en un barcito de la calle Convención. Almorzábamos mirándonos a los ojos, tocándonos a cada instante para comprobar que estábamos. Que éramos de verdad el uno del otro. Era una fiesta esperarlo a las siete de la tarde, cuando  pasaba a buscarme. Nos íbamos abrazados por aquellas veredas angostas, llenas a esa hora de empleados de todos los comercios del Centro,  de aquel perdido, inocente  Montevideo. Llegábamos a nuestra pequeña pieza del hotel donde hacíamos el amor descubriéndonos cada día. Afirmando aquel amor con la absoluta seguridad de que jamás, nada ni nadie lograría separarnos. Soñando después con la casa que algún día tendríamos y con los hijos que vendrían. Dos años nos llevó la espera. Un día alquilamos un departamento en Andes y Colonia. Fuimos construyendo nuestro hogar paso a paso.
 Despreocupados y felices.
No sé bien qué pasó entonces. Tal vez lo nuestro era demasiado hermoso, demasiado perfecto. Los dioses nos envidiaron y apareció la intrusa. Surgió de la nada. De las sombras. Calladamente. Fijó en mi hombre sus ojos seductores y abriendo una brecha entre los dos trató en vano de minar mi amor. Lo conquistó con astucia y comenzó a llevárselo lentamente.
Siempre supe que él no quería irse y dejarme sola. Que intentó resistirse. Pero ella es muy hábil. Desplegó ante él  todo el poderío de su atracción. Lo envolvió quebrando su resistencia. Doblegándolo. Adueñándose de su vida que era mía. Cuando reconocí su existencia ya estaba instalada entre los dos. Intenté sacarla de mi terreno enfrentándola en una lucha desigual. Ella se ocultaba, no se dejaba ver. Siempre supo que triunfaría, que podía más. Yo no lo sabía y en una jugada desesperada  puse sobre la mesa todo lo que tenía para  alejarla. Para que lo olvidara. Le ofrecí mi vida a cambio. Mi presente, mi futuro. Pero no alcanzó. Más de una vez me dio esperanzas y me engañó. No me dio chance. Me cerró los caminos. Lo fui perdiendo sin saber, casi sin darme cuenta. Tampoco él se dio cuenta de que  estaba dejándome hasta el día que se fue para no volver. Me miró desde lo más profundo de sus ojos cansados y tristes. Intentó hablarme, despedirse, y no pudo. Ella ya estaba allí. Esperando.
Impotente lo vi partir. Me quedé con los brazos extendidos queriendo retenerlo. Se quebró en mi garganta su nombre mil veces repetido. Quise partir también mas, no era mi momento. Desafiante  la intrusa  me hizo a un lado, condenándome a vivir sin él. Perdimos el futuro y nuestros hijos dibujados en el viento.
Caía la tarde cuando lo acompañé por el camino de los altos pinos. Junto a su nombre, dejé una flor.
Ada Vega, 2003

jueves, 18 de enero de 2018

Mi abuelo Pedro


Después que murió mi padre, mi hermano y yo íbamos en vacaciones a la casa de mis abuelos paternos que vivían en Lavalleja, en un paraje llamado Solís, 20 Kilómetros antes de llegar a Minas. 



Mi hermano se iba apenas terminaban las clases de la escuela. Viajaba solo. Tomaba el tren en la Estación Yatay y se bajaba en el Kilómetro 96, en la parada que había en los campos de mi abuelo.



Yo iba en febrero, mi madre me mandaba con un agenciero amigo de la familia que vivía en Minas. Se llamaba Evaristo, y llevaba y traía encomiendas de Minas a Montevideo y de Montevideo a Minas. Mi madre me llevaba a la estación, me sentaba junto a la ventanilla y acomodaba mi valija, arriba, donde iba el equipaje, nos despedíamos y bajaba, yo le hacía adiós desde la ventanilla, el tren partía, ella se quedaba en la estación y yo comenzaba a extrañarla.



De todos modos, a mí me gustaba ir a la casa de mis abuelos, porque siempre había algún cachorro para jugar, algún cordero guacho y mimoso que mi tía Bonifacia alimentaba, y que andaba todo el día husmeando en la cocina o en el ante patio. También había en el brete un petizo para hacer mandados cortos. Y otros primos, que vivían en Minas, y pasaban allí las vacaciones.

Tenía 5 años cuando comencé a ir en vacaciones. La abuela María ya había fallecido y mi abuelo, Pedro, le había pedido a mamá que me dejara ir a pasar unos días con ellos. La casa estaba en lo alto de un estero. Se entraba por la cocina, una cocina muy grande con dos mesas largas y bancos a los lados, una alacena, al fondo, que ocupaba toda una pared y varias cocinas a leña. Frente a la puerta de la cocina, allá abajo, estaba la parada del tren. Cuando íbamos llegando el maquinista tocaba el pito y salían mis parientes a recibirme pues sabían que yo llegaba. Todos eran muy buenos conmigo. Mi tía entonces me llevaba de la mano a ver al abuelo, que estaba siempre en su dormitorio. Lo recuerdo sentado en una silla de respaldo muy alto, con una manta sobre sus piernas, frente a una ventana alta y enrejada que llegaba casi hasta el suelo. Desde allí miraba el campo, los potreros de los novillos y la vía del ferrocarril que daba una vuelta atravesando el campo,  por donde lo veía venir y regresar hacia Montevideo, dejando a su paso una nube de humo negro. Era lindo mi abuelo. Tenía la cabeza y la barba blanca, el bigote entrecano y los ojos claros.

Cuando llegábamos con mi tía, las dos de la mano, nos deteníamos en la puerta. Él me miraba, abría los brazos, y me decía: 
—Venga, m´hijita. Y yo me acercaba y él me abrazaba y sus ojos se llenaban de lágrimas, y lloraba despacito y sin consuelo, aunque yo sabía que no quería llorar. Entonces mi tía le decía: 
—No se ponga triste papá, ¿no está contento que vino a verlo la nieta de Montevideo? 
—Sí m’hija, como no voy a estar contento, le contestaba. Y yo me quedaba con él que acariciaba mi cabeza, pero no pensaba en mí. Yo sé que me acariciaba pensando en mi padre. El hijo mayor, el primogénito, el hijo amado, el único hijo que dejó el campo y se fue a vivir a la capital. Donde murió, a poco de llegar, en un accidente de trabajo dejando sola a su mujer y sus cuatro hijos. Y yo estaba allí, sentada a sus pies, sin entender por qué lloraba. 

La familia de mi padre y la de mi madre eran vecinos. Ambas familias vivían una a cada lado de la vía del ferrocarril. Cuando mis padres se casaron, poblaron en el kilómetro 100, junto a la estación Solís. Allí tenían la casa, la quinta y un almacén con billar donde expendían bebidas. También tenían, carnicería y matanza.

Allí nacieron cuatro hijos. En 1933 uno de los hijos, un varón de 5 años se enfermó de una enfermedad extraña. Lo llevaron a Minas y de Minas Montevideo. Falleció en el Hospital de Niños de Quiste Hidático. 

Fue un duro golpe para mis padres. Mi madre no quería vivir más allí. Al volver terminaron con la matanza y no volvieron a vender carne. Se encontraban en la disyuntiva de irse a vivir a Minas o mudarse a otro sitio. Mis abuelos tenían una casa grande y querían que mi padre se fuera a vivir allí con su familia. Pero eso no sucedió. 

Un día un político amigo de mi padre, que vivía en Minas, le ofreció venirse a vivir a Montevideo para trabajar en ANCAP, el Ente Autónomo que estaba en construcción en el barrio de La Teja. Y mi padre se vino en 1934, con mi hermano, el mayor de los varones, que tenía 8 años, bajo la promesa de casa y trabajo. En 1935 se vino mi madre con mi hermana mayor que tenía 11 años y el menor de 2 años.

Yo nací en La Teja en 1936.

Cuando en 1940 mi padre murió en ANCAP, en un accidente de trabajo, mi abuelo mandó a buscar a mi madre para que fuese a vivir con sus hijos a su casa. Pero mi madre nunca volvió al campo. Nos crió sola a los cuatro hermanos y nunca volvió a casarse. Mi hermana se casó muy joven, mi hermano mayor entró en Ancap, y mi abuelo solo veía a mi hermano menor, que iba todas las vacaciones, pero que no paraba en la casa, salía de mañana a caballo y visitaba a los tíos que vivían cerca y se iba con mis primos a pescar y a bañarse en un arroyo que pasaba cerca. De aquel hijo amado y perdido, solo le quedaba mi presencia unos días de cada febrero. 

Pasaron los años


Después, cuando mi abuelo falleció, ni yo ni mi hermano volvimos a aquella casa sobre el otero. 


Ada Vega, 2018