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sábado, 15 de septiembre de 2018

La capital te atrapa



  Con mi hermano, el Nando, teníamos allá en mi pueblo una barra de amigos a los que nunca olvidé. Amigos de cuando éramos niños. De aquella primera infancia confiada, sin vueltas. Hoy al recordar, los veo como éramos entonces, tan felices  antes de crecer.
Con ellos jugábamos todo el día, pero las horas más lindas eran las de la siesta. Aquellas siestas de verano en que todo el pueblo dormía. Nos escapábamos hacia la calle sin hacer ruido y allí nos reuníamos todos, gurises y perros, y nos íbamos al monte que había detrás del molino viejo, pasando la casa de los Ortiz.
Por allí corría un arroyo que en verano solía secarse hasta quedar convertido en una pequeña laguna, donde pasábamos la tarde pescando renacuajos y mojarras. Les tirábamos migas de pan, que llevábamos en los bolsillos, las pescábamos con un cucharón viejo y las dejábamos en un balde con agua. Después, antes de volver a casa, las devolvíamos a la laguna. Los días de tormenta o de lluvia juntábamos unas ranitas chiquitas,  que nunca volví a ver fuera de aquella laguna, las poníamos en unos frascos de boca ancha y las soltábamos todas a la vez. Algunas no querían salir y teníamos que sacudir  los frascos con fuerza para que se fueran. Nos acostábamos bajo los árboles panza arriba y comíamos nísperos y grafiones, que crecían silvestres en el monte; o tirábamos piedras al agua que al caer iban formando grandes círculos, hasta desaparecer.
El monte estaba lleno de pájaros: chorlitos y tijeretas, sabiás y venteveos. De arteros, nomás, subíamos a los árboles y les cambiábamos los nidos de lugar mientras los pobres, revoloteando a nuestro alrededor, armaban tremendo alboroto.
Casi todos los del grupo éramos varones, aunque algunas veces iban también las dos hermanas de Marcelo y  la hermana menor del Gonchi. Pero la que no faltaba nunca era Carmencita. Andaba siempre detrás de mí. Donde yo iba, iba ella. No podía sacármela de encima. Al final ya ni me molestaba. Me había acostumbrado a tenerla siempre pegada a mis talones.
Carmencita parecía una india. Era flaca y fea. Tenía el pelo negro y lacio con un cerquillo que le cubría los ojos y unos dientes tan grandes que no le dejaban cerrar la boca. Andaba siempre de pantalones porque, de machona que era, vivía trepada a los árboles como un varón y, según decía la madre, era la única manera de protegerle las piernas de rayones y lastimaduras. Huraña y medio salvaje, jugaba más con  los varones que con las niñas. Era de poca conversación, pero observaba todo con una mirada aguda y desconfiada. Según decían en el pueblo sus antepasados habrían sido indios minuanes. Ella nunca lo aprobó ni lo negó, pero cuando alguno, en su presencia,  sacaba el tema, sus ojos despedían flechas que silbaban en el aire.
Era la única que sabía pelar los higos de tuna. Nosotros con una caña los arrancábamos de la tuna y ella los pelaba con un pedazo de caña y un cuchillo que, junto a otras porquerías, llevaba siempre en los bolsillos del pantalón. Los pinchaba con la caña  para que no se moviesen. Les cortaba las dos puntas y los abría con un corte de extremo a extremo, entonces sacaba el fruto dulce de adentro que se desprendía entero. Había que tener cuidado con los higos de tuna, no se pueden tocar con las manos, las espinas son tan finitas que ni se ven y  si  te llegás a pinchar ¡no sabés como duele!
Un año por la Navidad, el Nando se agarró la varicela y me la contagió. Después de la varicela tuvimos los dos el sarampión. Carmencita venía todos los días a verme.  Mi madre le decía que no viniese, que se podía contagiar. No se contagió, y nosotros pasamos el sarampión con ella metida en casa. Leíamos revistas, jugábamos al Ta-Te-Ti, al  Veo-Veo.  Un día me trajo en un frasco una mariposa grandota de Peñarol. La había cazado ella misma en el fondo de su casa. 
Creo que fue ese verano por febrero, cuando al viejo se le puso entre ceja y ceja  que teníamos que venir a vivir a la capital. No sé que bicho lo habría picado, pero lo cierto fue que no hubo manera de hacerlo desistir de la mudanza. Él se vino primero a buscar trabajo y casa, cuando consiguió todo fue a buscarnos. Y un viernes de marzo a la hora de la siesta con el Nando, en un mar de lágrimas, nos despedimos de todos. Nunca creí que pudiese llegar ese día. Allí, en la estación del ferrocarril, estaban mis tíos, mis primos, los vecinos y mis amigos: Marcelo, Gardelito, el armenio Boruc, el rengo Julio, el Gonchi, el Negro Vidal, el Luis Alberto y Carmencita.  Les prometí llorando que todas las vacaciones las iba a pasar con ellos. El jefe de la estación hizo sonar la campana, la locomotora echó al aire  una bocanada de humo negro y el ferrocarril comenzó a moverse lentamente sobre los rieles. Carmencita, sin dejar de mirarme, comenzó a correr por el andén junto al ferrocarril que se alejaba. Sin saludar, sin sonreír. Tan sólo mirándome. Sin comprender porqué me iba. Y su imagen se fue achicando, se fue perdiendo y se quedó en la estación. Adiós.
Mi padre había conseguido trabajo en una barraca de depósito y venta de lana en la calle Paraguay, de modo que cuando vinimos a Montevideo fuimos vivir a una casa que mi padre había alquilado en el barrio de La Aguada,  en la calle Médanos y Nueva York. Frente a mi casa los muchachos jugaban al fútbol. Apenas llegamos, el Nando y yo, nos entreveramos a jugar con ellos. Íbamos a la escuela Piedra Alta  y a la matinée del cine Montevideo. Y la capital y su bullicio me envolvieron, me maravillaron y ese verano, pese a mi promesa de volver, no volví a mi pueblo. Muchas noches me dormía pensando en mis amigos y en aquella Carmencita corriendo junto al tren, convencido de que a la mañana siguiente les escribiría. Prometiéndome a mí mismo volver para el próximo verano. Pero ese regreso era siempre postergado.
Pasaron seis años. Ya había cumplido los dieciséis  cuando volví para los quince de mi prima Dorita. Esa noche en la fiesta me reencontré con todos mis amigos y con Carmencita. Me costó reconocerla. Se había convertido en una joven hermosa y delicada. Ya no usaba cerquillo y su pelo renegrido caía en bucles sobre sus hombros. Los enormes dientes se habían emparejado y lucían perfectos en su boca. Esa noche me sentí enormemente atraído hacia ella, bailamos juntos toda la noche, al despedirme la besé y le prometí que en diciembre volvería. No volví.
Fui para el casamiento de mi prima Dorita cuatro años después. Pese a mi vida en la ciudad estaba convencido que Carmencita sería la madre de mis hijos. Ya estaba terminando mis estudios y tal vez en un par de años podríamos casarnos. Y con la ilusión de formalizar mi noviazgo, volví a mi pueblo. 
 En la boda de mi prima nos volvimos a encontrar. Cuando llegué al salón de fiesta todo era alegría, música y brindis. Busqué esperanzado a Carmencita entre mis amigos que bailaban, pero no se encontraba allí. De pronto la vi llegar. No oí la música. Desapareció la gente. Sólo tuve ojos para ella. Estaba más linda que nunca, la felicidad brillaba en sus ojos y la envolvía en una áurea de serenidad que la hacía aún más hermosa.
Acunaba en sus brazos un hermoso bebé igual a ella. No quise acercarme. Mientras la observaba de lejos, negándome a comprender, oí como entre sueños que se había casado hacía dos años con el Gonchi.
No he vuelto más a mi pueblo. La capital te atrapa.
Ada Vega, edición 1997 

jueves, 13 de septiembre de 2018

El canto de la sirena






     Las muchachas  que toman sol en La Estacada, se burlan de mí. Piensan que soy un viejo loco. Ellas no saben. Se ríen porque vengo a la playa de noche después que todos se van y me quedo hasta la madrugada, antes que ilumine el sol. Por eso creen que estoy loco.
No saben que hace muchos años en esta playa dejé mi mejor sueño. Que en estas aguas dejé una noche  mi máxima creación. Porque no saben que por las noches, ella viene a buscarme.
Tenía veinte años y en mis manos todo el misterio y la magia. Y la pasión y la creatividad de los grandes. De aquellos que fueron. De los escultores que a martillo y cincel, lograron liberar las formas más bellas apresadas en lo más profundo de la roca.
 Entonces era un estudiante de Bellas Artes seducido por la ciencia de esculpir la piedra. Fueron felices aquellos años. Había venido a la capital desde un pueblo del interior lleno de sueños y de proyectos.
Recién llegado  fui a vivir en un  altillo, en la calle Guipúzcoa, con una ventana que daba al mar. Era mi bastión, mi taller, mi mundo. Trabajaba con ahínco empeñado en aprender, en superarme. Por las noches en la penumbra de mi  habitación, exaltado por lo desconocido, comulgaba en una suerte de brujería con los antiguos maestros  del cincel. En extraño éxtasis, impulsado por no sé qué fuerza, les pedía ayuda, sensibilidad, luz. Y ellos venían a mí. Soplaban mis manos y mi corazón y era yo,  por el resto de la noche, un maestro más. Nunca hablé de mis tratos ocultos con el más allá, sólo hoy lo confieso porque quiero contarles la historia de la sirena.
Una de esas noches agoreras, tocado por la luz de la hechicería, comencé mi obra máxima. Golpe a golpe, trozo a trozo hacia el corazón de la piedra, fui abriéndole paso a mi sirena. Una bellísima sirena de cabellos largos, de senos perfectos y hermosas manos, que me miraba con sus ojos sin luz.
Cautivado por su belleza trabajé varios meses sin descanso cincelando su cuerpo en soledad.  Nunca la mostré. Nadie la vio jamás. Y me enamoré. Había nacido de mis manos, me pertenecía. En mi entusiasmo juvenil llegué a soñar con que un día sus ojos se llenarían de luz y se mirarían en los míos, correspondiendo a mi amor . Pero era sólo un sueño ajeno a la realidad, que nunca dejé de soñar.
 Pasaron los años y me convertí en un escultor de renombre. Viajé por el mundo, pero siempre conservé mi taller de los días de estudiante. Allí volvía al regresar de cada viaje. Allí me esperaba mi amor eterno y fiel. 
Un atardecer, en busca de tranquilidad y silencio, fui a refugiarme en el viejo altillo. La sirena frente a la ventana presentía el mar. Me acerqué a ella y acaricié su rostro. Una lágrima corrió por su mejilla. Recién comprendí que estaba muy sola. Que ansiaba el mar. Su espacio. No pude ignorar la tristeza de sus ojos ciegos. Esa noche la tomé en mis brazos y renunciando a mi amor, la traje hasta la playa. Caminé internándome cada vez más en nuestro río como mar, mientras oía el susurro de las olas que me alertaban sobre no sé qué extrañas historias de amor. Me negué a escuchar y seguí, mar adentro,  con mi amorosa  carga. De pronto, casi al perder pie, la sirena fijó un instante en mí sus almendrados ojos y escapando de mis  brazos se sumergió feliz, invitándome a seguirla con el magnetismo de su canto. Dudé y ante la magia y el misterio prevaleció en mí la cordura. Volví a la playa y me senté en las rocas mientras la observaba nadar dichosa y alejarse. Hasta que al rayar el alba desapareció.
Desde aquellos tiempos han pasado muchos años. Nunca la olvidé ni dejé de amarla. Ahora vivo en un edificio muy alto frente al río. Tengo la cabeza blanca y las manos cansadas y torpes. El taller de la calle Guipúzcoa ya no existe. Aquellos años de estudiante quedaron en el recuerdo.
Pero a veces por las noches,  cuando me encuentro solo, siento renacer en mí el fervor de mis años jóvenes. Vuelvo a vivir aquel amor que no  quiso llevarme a la locura, entonces cruzo la rambla y vengo a La Estacada. Me siento en las rocas a mirar el mar. Sé que mi sirena viene por mí.
La oigo cantar, llamándome.

Ada Vega, 2000

martes, 11 de septiembre de 2018

Después



                               



La tarde se escurría en la habitación. Los últimos rayos de sol se despedían furtivos, tras los vidrios de la ventana que daba al parque. Mis manos sobre la sábana, sostenían su mano tibia. Dormía en paz. Serena. Se estaba yendo en silencio, sin rencor ni sufrimiento.
Una tarde, cuando supo de su enfermedad, me dijo:

—No quiero sufrir, ayúdame cuando llegue el momento, no me dejes partir con sufrimiento.


Su mano se enfriaba entre mis manos. De pronto abrió los ojos, sonrió apenas y me dijo sin voz: 

—Te amo. 

Después, cerró los ojos, su rostro se inundó de luz y se fue de este mundo brutal. Me abandonó.

Me quedé allí, velando su último sueño. Se acercó la enfermera, le quitó la guía de su mano, retiró el suero y cubrió su rostro con la sábana. Me pidió que me retirara, hacía tres días que no me apartaba de su lado, pero quise esperar al médico para que confirmara su deceso.

Se llamaba Marianne y fue el candil que iluminó mi vida. El porqué de mi existencia y la madre de mis hijos. Con ella conocí el amor excelso, la pasión descontrolada. También la desesperación, la angustia, y el dolor más grande.

Nos conocimos en Secundaria. En Preparatorio fuimos novios. Marianne era una chiquilina, inquieta, alegre, muy social. Yo en cambio había sido siempre introvertido, callado. Insociable. De todos modos mi amor por ella dio un vuelco a mi austeridad. A su lado mi carácter cambió. Fui más amigable. Más tolerante. Marianne aprendió conmigo el juego del amor, yo con ella: amar después de amar.

En aquellos tiempos el país entraba en una encrucijada política. Se hablaba de subversión. Marianne y yo acompañábamos a nuestros compañeros del IAVA en marchas de protestas contra el gobierno. En varias oportunidades ayudamos a repartir volantes. Cuando se decretó en el país el golpe de Estado, comenzamos a ver en los diarios las fotos de compañeros buscados por subversivos. Compañeros con los que nunca más nos encontramos.

Un día vinieron a mi casa y me llevaron a mí. Cuando me llevaban me dijeron que “a mi noviecita”, ya la habían llevado esa mañana.

Hacía dos años que estábamos detenidos sin saber uno, qué había sido del otro, cuando fuimos deportados y enviados a Francia.

Nos escoltaron hasta la misma puerta del avión que nos llevó directamente a París, donde vivía una tía, hermana de su madre, con su esposo y sus hijos. Cuando desembarcamos en el aeropuerto parisino, nos estaban esperando. Vivían en el Barrio Latino. Fuimos a su casa y allí estuvimos con ellos, hasta que conseguimos trabajo y nos mudamos a un apartamento amueblado con dos dormitorios, en el Barrio Universitario. En esos días salíamos a pasear y sacarnos fotos. Siempre llevo conmigo la primera foto que le saqué a Marianne en París. Sonríe feliz abrazada a un farol, sobre un puente del Sena.

Nuestro apartamento estaba en el cuarto piso de un edificio de principios del siglo XX. Tenía dos balcones a la calle, uno en el comedor de la entrada y otro en uno de los dormitorios. Habíamos dejado de estudiar, pero estábamos en París, teníamos trabajo y nos amábamos. Pese a que muchas noches nos despertaban las pesadillas, reviviendo los años de cárcel que habíamos sufrido, vivimos a pleno nuestro amor apostando al futuro.

Me acerqué a la ventana. La noche se había apoderado del parque. Solo los focos de luz de las aceras, filtrándose entre las ramas de los árboles. Solos, por última vez, Marianne y yo en la habitación. Ya nunca más su risa, su cabeza en mi hombro, mi brazo rodeándola, atrayéndola junto a mí. Ya nunca más París y la callecita empedrada del barrio Universitario. Ya nunca más su alegría, su amor apasionado. Su rebeldía.

Antes de cumplir el primer año en el departamento nació Adrián, dos años después llegó Alinee. Nos turnábamos para cuidarlos, llevarlos a la escuela y al club donde hacían deportes. La vida pasa sin que nos demos cuenta. Un día terminaron los estudios, comenzaron a trabajar, se enamoraron y primero uno y luego el otro, se fueron de casa.

Un hombre joven, con un perro, atraviesa el parque. Se cruza con dos enamorados, que lo ignoran. El cielo oscuro y tenebroso deja entrever pocas estrellas, la luna en menguante, observa, disimula y se oculta. Una brisa suave mece las ramas de las araucarias.

Fue en esos días, que Marianne habló de visitar un doctor. Que no se sentía bien, dijo. El doctor le ordenó realizarse varios exámenes. No fueron buenas noticias. Y comenzó un tratamiento largo y penoso. Su médico organizó un simposio. Consultamos medicinas de alternativa. Rezamos.

Ya vino el doctor a firmar el deceso de Marianne. Vienen de la empresa a retirar el cuerpo. No puedo ir con ella. Mañana de mañana, dijeron.

Un día en París me dijo que quería volver a Montevideo. Alquilé un departamento frente al Parque Batlle. Era primavera y todos los días bajábamos juntos a recorrer sus senderos arbolados. Un día no pudo bajar. El doctor habló de internarla. Ella le dijo que no quería internarse, que quería quedarse aquí, conmigo. Él estuvo de acuerdo y recomendó una enfermera bajo sus órdenes, que se instaló en el departamento y fue de gran ayuda para ella e importante soporte para mí.

Después, fue la palidez de Marianne, su lucha por vivir y mi desesperación. Su derrumbe y mi miedo. Su entrega final tras su resignación, y mi impotencia. Y mi llanto escondido. Y mis ruegos a un dios a quien nunca le había pedido nada y que no me escuchaba. Y mis gritos y mi llanto apretados en el pecho. Y los por qué, por qué a nosotros, por qué a ella, por qué no a mí, que nunca fui un hombre bueno. Por qué a ella que siempre fue dulce, buena madre, buena esposa. Por qué me la arrebataba si yo la tenía solo a ella que era mi vida. Por qué, por qué.

Después…ya no hubo otro después. 

Ada Vega - edición 2018

lunes, 10 de septiembre de 2018

Amor de hombre




   ¿En qué pensaba Magela, tan llorosa, aquella noche de verano tendida en la cama junto a su marido, mientras lo miraba dormir con la placidez de un santo? Cuántas noches de cuantos años habían pasado desde aquella primera, sublime, inolvidable noche de bodas de sus veinte años. Quién era ese hombre que dormía boca arriba, un brazo doblado sobre el pecho y las piernas ligeramente abiertas y estiradas. Con una cara de yo no fui, vistiendo apenas un calzoncillo de lino azul tan breve, que apenas lograba contener al pájaro de la lujuria causante de su desasosiego. Pájaro altanero, engañoso y cruel que, conociendo su desconsuelo, trataba de atisbarla, siempre curioso, desde la puerta apenas entreabierta de su escondrijo.
Y ella no merecía ese oprobio.
¿Quién era ese hombre con quién hizo el amor hasta ayer? Con quién engendró sus hijos y compartió su vida, hacía más de veinte años. A quien amó con vehemencia, cada día y cada minuto de esos años. Y a quien estaba dispuesta a arrancar de su vida al enterarse que ese hombre, que siempre creyó suyo, la engañaba con otra mujer. Lloraba, Magela, en silencio y sin consuelo abrazada a la almohada.

Al verlo dormir con tanta beatitud pensó cuantas veces la habría engañado y ella, en el limbo, ignorándolo como una tonta. Se sentía humillada. Burlada. No pudo dominar el ramalazo que la dominó. Su pecho se llenó de odio. Lo odiaría por el resto de su vida. Lo arrancaría de su corazón. Ya no existía para ella.

Volvió la cara llorosa hacia ese hombre que dormía a su lado semidesnudo. ¡Por Dios! Y que guapo era. Qué bien se conservaba el desgraciado, ¡mal rayo lo parta! No representaba los años que cargaba encima. Conservaba el vientre plano y el cuerpo recio de cuando era un muchacho. Sólo las canas recordaban los años que llevaba vividos. Pero las canas les sientan a todos los hombres y él no iba a ser la excepción, por cierto. Sintió el impulso de matarlo. Clavarle un puñal en el pecho. Pegarle un par de tiros. Ponerle los cuernos con el vecino de la otra cuadra que, según él, siempre la miraba.

Había dejado de llorar y seguía pensando en distintos tipos de venganzas con los ojos fijos en el cuerpo de su marido que dormía, ahora, con la boca abierta y despatarrado sobre la sábana de flores celestes. Le agradaba el cuerpo de su marido. Siempre le agradó. Era hermoso y deseable, maldito sea. Ese cuerpo que besara mil veces, apasionada, de la cabeza a los pies. Ese cuerpo que no tenía misterios para ella. Su pecho fuerte donde adoraba, después del amor, recostar la cabeza. Sus piernas firmes enredadas en las suyas en las noches de invierno. Sus manos que eran pájaros curiosos recorriéndola entera y su boca, su boca húmeda sobre su piel. ¡Santo Dios! ¿Por qué tenía ella que apartarlo de su vida? ¿Por qué tenía que dejar de amarlo y convertir su amor en odio, si fue él quien la ofendió?
Si ella era inocente de toda inocencia. Si jamás le había faltado ni con el pensamiento. ¡No era justo!

Ya esa noche ambos habían tratado el tema. Magela, atando cabos, había llegado a la conclusión de que su marido tenía una amante. Hilando fino, juntando datos, aparentemente sin importancia, como llegadas tarde a la vuelta del trabajo. Desganos u olvidos para el amor, en noches febriles en que ella estuvo impaciente y urgida de él. Pequeños detalles. Simples, tal vez. Que hubieran pasado desapercibidos en otra mujer que no fuese Magela: cuida estricta de su hogar y conocedora de su compañero hasta en sus pensamientos. Detalles que la fueron llevando hacia una realidad no esperada.

Eso le sucedió a Magela. Descubrió que su marido tenía una amante y se lo dijo.
—Oscar, vos tenés otra mujer, le había dicho esa noche cuando terminaron de cenar.
—¿Qué decís? —le contestó él. 

 —Lo que oíste, y no me lo niegues que lo sé bien.
—¡Estás loca de remate! —trató de cortar él.
Empezaron un ping pong de preguntas sin mucho asidero y respuestas esquivas. El le juró que no tenía, ni nunca había tenido una amante.
—Esta semana vos te acostaste con otra mujer —le insistió Magela.
— Eso no es tener una amante —le contestó Oscar, seguro de lo que decía.
---¿Qué decís?
—¡Que no tengo ninguna amante!
—¡Pero te acostaste con otra!
— ¿Y qué tiene eso?
—¿Cómo que tiene? ¡Me engañaste, te burlaste de mí!
—¡Por favor Magela, no dramatices! vos sos mi mujer, yo te quiero a vos, vos sos la única mujer que tuve siempre. ¡Lo demás no tiene nada que ver! Son cosas que pasan. ¡Nada que ver!
Quiso tomarla por la cintura y besarla como la besaba siempre, pero ella estaba muy enojada, recogió los platos y se fue a la cocina. Y él se fue al dormitorio.

Ahora Magela lo mira dormir con la beatitud y la inocencia de un ángel bueno. Y no sabe qué hacer. Si pedirle que se vaya de la casa e iniciar el divorcio, irse ella a pasar mil penurias, con sus hijos, vaya a saber dónde, o aceptar que su marido la siguiera engañando cada dos por tres.
Entrada la madrugada la venció el sueño se cubrió con la sábana de flores celestes mientras su marido, dormido profundamente, roncaba con entusiasmo como roncan los hombres justos, felices y satisfechos.

A la mañana siguiente Oscar se levantó como siempre para ir al trabajo, tomó el café de pie en la cocina y antes de irse pasó por el dormitorio y le dijo a Magela: mamá, no te olvides que hoy Charito tiene hora para el dentista y que tenés que pagar el recibo de la luz porque hoy es el último día. Se inclinó le dio un beso en la mejilla y le dijo: me voy que se me hace tarde, chau. Portate bien.

Para Oscar, la conversación de la noche anterior no había dejado ni rastro. Pero Magela estuvo días y días con la mente aturdida buscando una solución a su problema. Hasta que una tarde llegó de visita su madre: la abuela Ernestina. Mujer cabal, si las hay. De una sensatez y un dominio de las más difíciles situaciones, que pocas personas pueden esgrimir. Magela contó a su madre el momento que estaba viviendo y las posibles situaciones que estaba procesando a fin de separarse de su marido. Hasta de matarlo habló. Doña Ernestina la escuchó atentamente sin pronunciar palabra. Cuando su hija terminó de contar su peripecia le dijo muy calma: —Si yo hubiese matado a tu padre cuando, como vos, me enteré que me engañaba ustedes serían huérfanos y se hubiesen criado en un orfanato. Y hoy yo no tendría a tu padre a mi lado que fue mi contención, mi compañero, quien sin dejar nunca de trabajar me ayudó a criarlos, a educarlos y mandarlos a estudiar, en años largos y difíciles.

Si yo, en lugar de matarlo, me hubiese ido abandonando la casa. Pregunto: ¿dónde hubiese ido con tres niños chicos, sola, sin trabajo y sin dinero? ¿Qué familiar, qué amiga me hubiese ofrecido su casa para mí y mis hijos por tiempo indeterminado? ¿Crees que hubiese sido justa con ustedes al dejarlos sin padre y sin casa? Yo también entonces pensé muchas cosas. Yo también, como vos ahora, me sentí humillada, dolorida. Y no tuve a nadie que me aconsejara para bien ni para mal. Sin embargo, de lo que hice no me arrepentí nunca. Sabés, Magela, vos ahora no te das cuenta, tal vez pase mucho tiempo para que comprendas que lo que dice tu marido es cierto: lo que hizo no tiene importancia. Entendeme, no tiene para los hombres, la importancia que le damos las mujeres. No importa lo que oigas por ahí, no importa lo que te digan, vos no podés poner en riesgo tu casa y tu familia. Tus hijos necesitan al padre y a la madre, y vos sabés bien que tu marido es un buen padre. Tu caso no es para una separación. Haceme caso, olvidate y seguí como si no hubiera pasado nada.

—Mamá, ¿vos me estás diciendo que lo perdone?
— Sí, si olvidar es perdonar, te digo que lo perdones.

¿En qué pensaba Magela, tendida en la cama después de hacer el amor, apoyada la cabeza en el pecho de su esposo, aquella noche de verano, mientras dormía con la beatitud de un santo en la paz de un monasterio?
Desnudo como Dios lo trajo al mundo. Ángel de pecado. Con la cabeza ladeada, las piernas apenas entreabiertas y estiradas, con un brazo a lo largo del cuerpo y el otro rodeando su espalda.

¿Cuántas noches de cuántos años habían pasado desde aquella primera, sublime, inolvidable noche de bodas de sus veinte años?

No sabe, Magela, cuantas noches de amor han pasado ni cuantas restan por venir, sólo sabe que junto a su hombre, el padre de sus hijos, seguirá compartiendo lo bueno y lo malo que la vida le depare, solamente por amor, el resto que le quede por vivir.




Ada Vega, edición 2006 -