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viernes, 5 de octubre de 2018

Cuento con martingala


El Negro Contreras era un individuo de poca prosa. Medido. Circunspecto.  Pero acertado en el decir y muy leído. No era  hombre de andar hablando no más por hablar, palabra que salía de su boca era palabra bien dicha, con tino. Pensada. Que en este mundo donde la mayoría de la gente pasa el día diciendo tanta guasada, cosas sin fundamento alguno, la parquedad del Negro era de elogiar. Para qué hablar de bueyes perdidos —decía—  si están perdidos, que queden.
 Encerrado en un mutismo terco no derrochaba plata que no tenía, ni palabras que sí tenía, pero que ahorraba como un avaro por si algún día tenía que echar mano y decirlas todas a la vez. Que el que guarda siempre tiene y para echar el resto en un apuro, se debe contar primero con un resto. Las palabras para el Negro Contreras eran para leer y guardar, no para andar desparramándolas por ahí sin ton ni son. Por ese motivo al pasar saludaba inclinando la cabeza, agradecía en el boliche levantando la copa y se despedía al retirarse tocándose la frente, cuasi un saludo militar.
A los hombres, dispuestos siempre a comentar sobre fútbol, política o mujeres, esa posición tan arbitraria no les caía muy bien. Alegaban que para conocer verdaderamente a un ser humano, no hay cómo oírlo hablar. Que la gente muy callada, decían, era de desconfiar y que los “mata callando” nunca fueron de fiar. Eso decían. De todos modos, aunque le buscaban la boca lo único que conseguían del Negro Contreras era un amago de sonrisa. Opinaban algunos que era un “pecho de lata” que al principiar una conversación por no ponerse a discutir soserías, le decía al contrario: —Será cómo usted dice. Y ahí quedaba la cosa. Que no fueron pocas las veces que por no hablar se vio envuelto en problemas.
En Rivera y Larrañaga, donde ahora está La Pasiva,  estaba en aquel tiempo el Bar  "Carlitos", de José y Amador. El boliche tenía un mozo llamado Ramón y un pizzero que vivía en el Cerro. Era el boliche del barrio y los que parábamos allí éramos todos conocidos. Una noche estábamos con el Dante Scaramo y el Carlitos Acosta tomando una cerveza,  cuando un forastero que había caído de paso, expuso con puntos y comas, el detalle de una Martingala  segurísima para ganar en la ruleta.
Según explicaba, sólo se necesitaba tener conducta. Era cuestión de ir todos los días al Casino y hacer la diaria. Trabajo astillero, decía. Según explicaba el forastero, el asunto consistía en apostar en primer y segunda en chance y cubrir ocho números a pleno en el paño de la tercera docena, dejando libres solamente cuatro números y el cero. —¡Una fija!, afirmaba sobrándose. Se gana poco, pero se gana siempre…o casi.  El bar estaba a full, los parroquianos escuchaban con gran atención mientras el hombre daba datos sobre lo que se podía ganar apostando tanto y cuanto.
A un costado del mostrador, tranquilo, el Negro Contreras tomaba su caña. Miraba de vez en cuando al expositor sin demostrar ningún interés en la charla. Ajeno. Al forastero le molestó la actitud del Negro, que rozaba su ego. Interpretó su silencio como reprobatorio de lo que estaba exponiendo, por lo que medio ofendido se le acercó y haciéndose el canchero le dijo que era un contrera.
Con otro personaje hubiese tenido problema, pero el Negro lo miró ni frío ni caliente, levantó la copa, la saboreó hasta el fondo, la dejó sobre el mármol y —¡Soy un Contreras!, le dijo, pagó y se fue. Al conversa lo descolocó, lo dejó bramando. Diga que los habitúes le aseguraron que efectivamente, el Negro era un Contreras.
Yo lo conocía de vista, pero me simpatizaba. Lo oí hablar por primera vez cuando los festejos de los quinientos años el Descubrimiento. En el barrio se estaba preparando una gran fiesta. 
 —Cosa de locos, festejar, dijo. Y  agregó: —Si Colón en lugar de desembarcar en Las Antillas hubiese desembarcado acá, los indígenas se lo hubiesen comido y otra sería la historia. Pero ni Colón sabía que el sur existe y los del norte siempre nos han jodido. 
 A los organizadores del evento los dejó con la boca abierta y pensando que tal vez no estaba muy errado. Cuando quisieron reaccionar, él daba vuelta la esquina, camino a su casa.
Los vecinos del barrio decían que era un tipo raro. Yo creo, más bien, que era un tipo inteligente. La política nunca llegó a preocuparlo. Ni los blancos,  ni los colorados, ni éstos ni aquéllos, que según decía era los mismos perros con distintos collares. Que el que tiene, siempre va a tener y el que no tiene, no tiene y punto, suban o bajen del gobierno los blancos o los colorados y esto ni Dios lo arregla, que ya alguien lo dijo una vez:“Vinieron los sarracenos y nos molieron a palos, que Dios protege  a los malos cuando son más que los buenos”, y entonces para qué, decía, ¡si ni Dios!
 El Negro Contreras nunca trató de convencer a nadie sobre un tema u otro. Solía escuchar en silencio lo que los demás comentaban, guardándose la opinión que le merecía. Tenía, eso sí, la pasión del fútbol, pero tanto iba al Paladino a ver a Progreso como al Franzini a Defensor. Le alegraban los triunfos de Peñarol y los de Nacional.
 Los manyas no lo querían de hincha y a los bolsilludos los desubicaba.
Una noche lluviosa de invierno venía en un taxi. Sentado atrás para no tener que hablar con el hombre de volante. El taxista, que no conocía el barrio, entró por una calle flechada en contra. El Negro, calculamos, pudo haber avisado con tiempo. También calculamos que por no hablar… el Fiat se dio de frente con un semi-remolque que iba para el Puerto.
El taxista la sacó barata, pero el Negro Contreras se fue sin decir ni ¡ay! Ya lo expliqué antes: el Negro Contreras era un tipo de poca prosa.
Ada Vega -  edición 2012.

martes, 2 de octubre de 2018

Algún día si acaso

I                  


   Reconozco que la doble vida que llevé, durante varios años, la viví sin culpa ni remordimiento. Feliz. Como un hecho legítimo y natural. Cuando me casé con Daniela había cumplido veintiséis años y ella veinticuatro. Nos conocimos en las oficinas de una casa importadora, donde trabajábamos, en el Centro de Montevideo.
Un diciembre, poco antes de cumplir los dos años de matrimonio, conocí a Andrea en casa de unos amigos. Había ido solo y esa misma noche, nos fuimos juntos.
Andrea resultó ser una compañera increíble. Teníamos la misma edad y aunque no poseía una gran belleza física, sus ojos grises y enormes, atraían la atención sobre su persona. Era, de todos modos, una joven atractiva, muy centrada e inteligente. Sabía lo que quería de la vida y luchaba para conseguirlo.

Cuando la conocí vivía con sus padres en una casa antigua del barrio Sur. Tenía, ya entonces, un cargo importante en una reconocida firma comercial de plaza.
Nuestra relación fue franca y abierta desde el principio. Siempre supo ella de mi estado civil sin llegar a darle demasiada importancia pues pensó, como también pensé yo, que lo nuestro sería sólo un amor de verano.

Al principio nuestro trato consistía en encontrarnos cada quince días para ir a ver una película, o una obra de teatro y dormir juntos en algún motel de paso. De manera que, sin darnos cuenta, nos fuimos involucrando cada día más al punto de que la relación, que había comenzado como algo pasajero y sin culpa, fue convirtiéndose en una historia que nos exigía y nos comprometía a ambos.

Pasó el tiempo y ella fue escalando posiciones en su trabajo. Decidió entonces vivir sola y alquiló un departamento frente al lago del Parque Rodó. En esa época comencé a viajar al exterior, enviado por la empresa donde trabajaba. Esa fue la coartada que comencé a esgrimir ante mi esposa, cada vez que me quedaba en casa de Andrea.

De todos modos, a pesar de que nunca lo dijo, muchas veces he pensado que Daniela estaba al tanto de mi secreto. Que sabía de la existencia de otra mujer en mi vida. Y que por temor a perderme, obligándome a decidir por ella o la otra, jamás dijo una palabra. Aunque tal vez, haya sido solamente una impresión mía.
Mi situación ante la sociedad no era inédita. He sabido de otras historias de hombres con doble vida parecidas a la mía. Sólo quiero decir que no es fácil mantener en secreto una relación clandestina y que, inexorablemente, llega el día en que debemos decidir.

Daniela dejó de trabajar a los pocos años de casados. Para ese entonces yo contaba con un buen sueldo de modo que decidimos, de común acuerdo, que se quedara en casa a fin de llevar a cabo un tratamiento médico, que hacía un tiempo deseaba realizar, pues no lograba embarazarse y sufría por esa causa. Infortunadamente, pese a todo su esfuerzo, nunca logró quedar embarazada. A mí me dolía verla sufrir y siempre le dije que yo la amaba y no me importaba no tener hijos.

Daniela es muy distinta a Andrea. Daniela es muy frágil. Necesitó siempre de mi amor para vivir. Su vida se resumió siempre en mi persona. El sentimiento que me unía a mis dos mujeres tenía facetas distintas. El amor que sentía por mi esposa incluía la ternura. La necesidad de protegerla. En cambio, el amor que me inspiraba Andrea llevaba impreso la admiración que sentía por esa mujer que se abrió paso en la vida, sin depender de nadie. Que me dio quince años de su vida sin pedirme jamás que me separara de mi esposa. Que renunció a su maternidad para que no me sintiera atado a ella, ante la obligación que representa un hijo.

Y los años fueron pasando inflexibles. No obstante, pese a vivir rodeado de amor, comencé a sentir cansancio. Cansancio de inventar viajes, de tener dos casas, dos mujeres y una sola vida. De no saber, cada año, junto a quien festejar la Navidad, mi cumpleaños. Con quien pasar las vacaciones. Pensé que ya era tiempo de dejar de mentir. Comprendí, entonces, que el final de mi doble vida estaba llegando y sólo me restaba decidir si seguiría viviendo en mi casa, con Daniela, o con Andrea en su departamento. De modo que pasé varios meses buscando la mejor manera de enfrentar la situación, que ya no admitía más dilaciones. Decidí entonces hablar con Andrea, pues era la única persona con quien podía comentar lo que me sucedía y pedirle, acaso, su opinión.
No llegué a hablar con ella. Andrea me conocía más de lo que yo creía. Ahora me doy cuenta que supo de mi lucha interior y no quiso ser partícipe. Fue generosa conmigo hasta el final. Y decidió por mí.

Un fin de semana fui a verla. Al abrir la puerta de su apartamento lo encontré vacío. Me asusté y bajé para hablar con el portero. Me dijo que Andrea se había ido la noche anterior. Me dejó una carta. Sólo dos frases para despedirse de mí: Amor, quédate con ella. No me olvides. Andrea.

Hoy, después de tantos años, la sigo recordando. Creo que Andrea conoció antes que yo el final de nuestra historia y se anticipó a mi decisión. No se equivocó.
¿No se equivocó...?

II

Y bien, Daniela. Te has quedado con él. No ha tenido que elegir entre las dos, como pretendías tú, la última vez que viniste a verme. Sabes bien, porque te lo dije, que no hubiese permitido que se enfrentara a esa situación tan cruel y humillante. Por ese motivo, consciente de quedar sola con mis recuerdos, el punto final decidí ponerlo yo.

La primera vez que viniste a verme, traías una piedra en cada mano. El odio que sentías hacia mí, te salía por los ojos. Cuando abrí la puerta de mi casa, no tenía ni idea de quién eras. Entraste como un turbión, insultándome. Tendría que haberte sacado de un brazo, sin embargo cerré la puerta y permanecí de pie, mirándote. Escuchándote. Conociéndote. Conociéndonos. Ahí estábamos las dos. Las rivales. Tú, en tu papel de esposa, dirigiéndote a mí con palabras que no correspondían a una chica tan bonita. A una chica que, según su marido, era tímida y frágil. Frágil, dijo más de una vez. Tímida. No sé qué esperabas de mí. Qué tipo de mujer pensabas encontrar cuando decidiste venir a mi casa, enarbolando la bandera del matrimonio. Qué idea se formó en tu cabeza cuando supiste que tu marido tenía otra mujer. Tuviste valor, no cabe duda, de salir a la calle y meterte en casa ajena a defender lo que, creías, era sólo tuyo. Ignorante, por supuesto, de mi reacción. Pocas mujeres, en tu misma situación, se atreverían. De pronto quedaste en silencio. Comenzaste a observarme con curiosidad. Me viste como era entonces: una muchacha, más o menos, de tu misma edad. De zapatillas y vaqueros desteñidos, en plena faena de lustrar los pisos. Te diste cuenta que tu perorata no llegó, siquiera, ha molestarme. Hasta ese momento yo no había pronunciado ni una sola palabra. Seguía de pie junto a la puerta, observándote y pensando en Alfredo. Me sentí desconcertada escuchando a una muchacha desconocida hablarme de decencia. Tratando de enseñarme a vivir. ¡Ella! Entendí que, Daniela, la esposa tímida y frágil que Alfredo decía tener en su casa no era la misma Daniela que estaba frente a mí amenazándome a gritos si no dejaba a su marido en paz. ¿Dejarlo? Nunca lo tuve atado, te dije. Siempre supe que era casado. La alianza que lleva en su mano derecha no impidió que me enamorara de él. Si estás ofendida no es a mí a quien tienes que enfrentar y pedir explicaciones. Yo no te conozco, ¿cómo te voy a faltar? En todo caso quien te está ofendiendo, engañándote, es tu marido. El que firmó ante el juez y juró ante el cura que te respetaría y estaría contigo en las buenas y en las malas, hasta que la muerte los separara. A él debes reclamar, no a mí.

Hacía un par de meses que nos habíamos conocido con Alfredo, cuando fuiste a mi casa por primera vez. Nunca hubiese pensado que aquella relación fuese a durar quince años y la finalizara yo.

Alfredo me cayó bien la misma noche que lo conocí. Pero el amor se fue construyendo a partir del conocimiento que, entre los dos, fuimos elaborando. Aquel día no querías irte sin oírme jurar por todos los santos, que no lo volvería a ver. No te prometí nada. Te dije que yo no lo fui a buscar. Que él no tenía, conmigo, ninguna obligación. De todos modos que lo cuidaras, porque si volvía por las suyas y llamaba a mi puerta, que no tuvieras dudas de que yo le permitiría entrar. Porque el caso era de que yo, también lo amaba.
Me pediste que no le contara de tu visita. Y no lo hice. Nunca.

Durante casi quince años fuiste y viniste, de tu casa a la mía, implorandome. En repetidas oportunidades te dije que lo enfrentaras y hablaras con él sobre el tema. Pero él no podía saber, que tú estabas al tanto de mi existencia. En lugar de perderlo con dignidad y mandarlo al diablo cuando comprobaste que te engañaba, preferiste jugar por lo bajo y esperar a que él se cansara un día de la situación y decidiera abandonarme. No sé en qué momento te diste cuenta de que nunca lo dejaría. Que lo amaba de verdad. Creo que recién ahí comprendiste que la lucha iba a ser larga.

Reconozco que no debí involucrarme con un hombre casado. Es cierto. Aunque no me arrepiento. Tengo sin embargo, algo a mi favor. Y es que, nunca, jamás le insinué que te dejara y viniese a vivir conmigo. Tal vez porque él nunca habló de separación o divorcio, o tal vez porque yo nunca quise ataduras. Fue cuando comenzaste a llorar porque querías un hijo y no quedabas embarazada. ¡Buena jugada! pensé yo. No sé si en realidad no te embarazabas. Lo que nunca entendí, si es que era cierto, es por qué no le mencionaste a tu marido que se hiciese él un examen. Yo en cambio, si hubiese querido, podría haberle dado muchos hijos a Alfredo. Pero él no estaba conmigo para tener hijos. Le di quince años de mi vida fértil, me negué a ser madre a sabiendas. No quise tener hijos con un hombre casado con otra. Los hijos no son juguetes, no son premios. Ni rehenes. Son seres que se traen al mundo para criarlos con amor y responsabilidad. Además, siempre supe que un día Alfredo volvería contigo. Porque tú, no me queda otra que reconocerlo, supiste jugar tu juego. Difícil, si los hay. Con una sola carta ganaste: paciencia. ¡Quince años esperaste! Y luchaste. Me consta. ¿Fue por amor? ¿O por capricho? No, por capricho no, un capricho no dura tanto.
El amor herido, ¿si...?

Te diré que hace un par de años comencé a ver el cansancio en los ojos de Alfredo. Cuando estaba conmigo quería quedarse y no volver a tu casa. Sé, también, que estando en tu casa muchas veces pensó en quedarse contigo. Lo entiendo. Alfredo necesita un hogar donde pueda vivir tranquilo, de domingo a domingo. Estoy convencida de que nos ama a las dos. De distinta forma. A mí porque sabe que estoy con él solamente por amor. Que por la misma puerta que entró un día a mi casa, puede irse cuando quiera. Y porque yo también, como tú, viví estos años, solamente para él. Contigo, porque dice que tú lo necesitas para vivir. Y creo que sí. Que debe ser así. Quédate con él. Cuídalo. Y si alguna vez, sin querer, me nombra, cállate, olvídalo.Se le pasará. Los hombres olvidan muy pronto.

Sabes Daniela, a veces, de tanto pensar en lo que hemos vivido estos años, he llegado a la conclusión de que tú lo debes amar más que yo. Si hubiese sido yo la esposa, no hubiera soportado lo que tú soportaste. Me hubiese separado. O lo hubiese asesinado...no se. ¡Y tú lo compartiste durante quince años! ¿Quién tiene razón? ¡Sabe Dios! Creo que esta vez hice lo correcto. A Alfredo le hubiese costado mucho dejarme. Y a ti no te hubiera dejado nunca.
Adiós, Daniela, que seas feliz. Espero no saber de ustedes, nunca más.
III

  Siempre pensé que el día que Andrea desapareciera de nuestras vidas, encontraría al fin la paz, la felicidad plena que durante años busqué sin descanso. Hoy, creo que la tal felicidad no existe. No como yo la imaginé. Lo que a mí me sucedió con Andrea es, desde donde se mire, increíble. La odié tanto, cuando supe de su existencia, que durante meses sólo quise que desapareciera, se extinguiera, se esfumara. Para siempre. No exagero. Andrea, les aclaro, era la amante de mi marido. Una amante de fierro. Mi cruz.

La intuición de las mujeres es reconocida por la sociedad en pleno. Desde la manzana, que por suerte, comió Eva y convidó a Adán, vemos lo que nadie ve. Vemos a través de. Pero, la intuición de una esposa va más allá de lo imposible. Excepto si dicha esposa está muy enamorada, porque una esposa muy enamorada, está ciega, no ve nada más que el motivo de su amor. Vive en el limbo. Cela a su marido con todas las mujeres, por eso es más fácil engañarla con una. Pasa más inadvertido. Creo que fue eso lo que me sucedió a mí. Me casé muy enamorada y dejé que el amor me cegara. Cuando entré a trabajar en la empresa y lo vi, me enamoré sin saber quién era. Claro que él no se dio cuenta y pasé más de un año trabajando en la misma oficina, sin que advirtiera mi presencia. El día que se dignó mirarme, mis ojos le dijeron todo lo que sentía por él. Nos casamos al año siguiente. Yo lo celaba con las compañeras de oficina, con mis amigas, con Jennifer López, la vecina de enfrente y... Si alguna vez me engañó en esa época, no lo supe. Nunca percibí nada. De todos modos, la noche que fue solo a una reunión en casa de unos amigos y volvió a la madrugada, supe que se había acostado con otra mujer. Lo supe con seguridad. Y no dije nada. Esperé. A los pocos días volvió a salir de noche y volvió a la madrugada. Comenzaba mi tortura. Sólo quien haya pasado por lo mismo, puede imaginar lo que sufre una mujer engañada por el hombre que ama. Al pasar los días me di cuenta que la extraña salida, según él, con amigos, se repetía cada quince días. Casualmente, en esos meses, comenzó a viajar por trabajo de la empresa. Esto me confundía un poco. Una tarde tomé un taxi y fui a esperarlo a la salida de la oficina. Cuando lo vi salir lo seguí. Dejó el auto frente al lago del Parque Rodó y entró en un edificio. Me quedé en el taxi, hasta ver salir a mi marido del brazo de una mujer. Los volví a seguir. Fueron al cine Plaza. Regresé a mi casa, eran las ocho de la noche, una película puede durar una hora y media, dos, tres horas. A las doce de la noche tendría que estar en casa. Llegó a las cuatro de la mañana. Al otro día fui a verla.

Hablé con el portero y le di las señas de la mujer que había visto con Alfredo la noche anterior. Me dio el número del apartamento. La llamé desde el portero eléctrico y le dije que venía de la oficina de parte de Alfredo Mendizábal. Me dijo que subiera. Cuando abrió la puerta entré sin que me invitara. Estaba encerando los pisos. Entré como una fiera y le dije tanta cosa, tanta bajeza que aún hoy, al recordarlo, me avergüenzo. Cerró la puerta y se quedó mirándome.

Me dejó hablar. Insultarla. Y luego habló con mucha calma. Me dijo lo que para ella era lógico. Que no me conocía, que no lo tenía atado, que le reclamara a él que era quien me engañaba, no a ella. Le dije que si tenía un poco de vergüenza y consideración, no le contara a Alfredo de mi visita. Creo que nunca le contó. Si lo hubiese hecho, me habría dado cuenta.

Pese a la relación que, durante tanto tiempo, Alfredo mantuvo fuera del matrimonio, nunca cambió su trato conmigo. Siempre estuvo a mi lado, siempre respondió a mi amor. Por lo tanto nunca hablé del tema con él, pues pensé que era sólo una aventura sin consecuencias. No se debe predecir, ni jugar con el destino.

Lo que yo sufrí estos años no tiene nombre. Me humillé una y mil veces yendo a la casa de la amante de mi marido a pedirle, de favor, que lo dejara. Fui tantas veces que al final hasta creo que nos hicimos amigas. Otra mujer me hubiese sacado a empujones de su casa. Andrea nunca me levantó la voz, nunca me destrató como yo a ella. No obstante, siempre dejó claro que amaba a mi marido y no lo iba a dejar si él no la dejaba a ella. No sé cómo, ni de qué manera, pasaron quince años. Nunca dejé de amarlo. Sé, estoy segura, de que el proceder de otras mujeres hubiese sido distinto. Y está bien. Pero a mí no me importó perder la dignidad, como dicen. ¿De qué me valdría la dignidad, si me quedaba sola? ¿Si lo perdía a él? Es cierto, durante quince años fui y vine de mi casa a la casa de Andrea. Fue una relación extraña la nuestra. Al final era ella quien me contenía. Me decía que si fuese ella la esposa no podría compartirlo. Yo le preguntaba entonces por qué lo compartía conmigo. La que compartes eres tú, me decía, yo soy la otra, la que roba, la que no tiene más remedio que conformarse con lo que le dan.

Una tarde de invierno fui a verla, hacía mucho frío. Estaba en el living leyendo un libro, entré y me dijo: vamos a la cocina y tomemos un café. Hizo café para las dos. Yo no tenía más palabras. Se me habían agotado los ruegos. Me puse a llorar. No llores Daniela, me dijo, tú eres mi castigo. No me pidas que renuncie a lo poco que tengo. Habla con Alfredo, aclara la situación, dile que siempre estuviste al tanto de todo. Si él no viene más, si se queda contigo, te juro que me voy, desaparezco de la vida de los dos. Pero no me pidas que renuncie a él. No puedo. No quiero.
Nos seguimos viendo de vez en cuando. Cuando iba a verla ya no hablábamos de Alfredo. Ya no le pedía nada. Iba por ir.
Por costumbre, creo.

Hace unos meses Alfredo me dijo que no viajaría más. Que habían designado a otro compañero en su lugar. Que él estaba cansado y había pedido un relevo. Se terminaron los “viajes al exterior”, comenzó a quedarse en casa. Fui a ver a Andrea.


El portero me dijo que Andrea había entregado el apartamento hacía ya dos meses. Que no había dejado dirección. Me dejó una carta. Hizo al final lo que le supliqué durante quince años.
Yo no sé, Andrea, si hice bien, si hice mal, o si hice lo correcto. Sólo sé que hice lo que me mandó el corazón, no la razón. No sé lo que hacen otras mujeres en mi lugar. Tampoco me importa. Y soy feliz con mi marido. Yo sé también que sigue pensando en ti, pero creo que como tú dices, se le pasará. Los hombres olvidan más rápido. Tal vez, algún día, le cuente a Alfredo la increíble historia que vivimos los tres. Pero eso ha de ser, algún día....si acaso.


Ada Vega, edición 2007

domingo, 30 de septiembre de 2018

El arte de desaparecer



       ---Mirá, Ángel, a mi nadie me saca de la cabeza que la culpa de lo que le pasa al flaco Garmendia, la tiene el armenio Pedro. La gente del barrio podrá decir muchas cosas que pegan en el palo, no voy a decir que no. Vos también podrás decir que ya va a aparecer como aparece siempre porque sos amigo del armenio. Ta, yo te entiendo. Pero para mí que esta vez se mandó mudar en serio. Creeme. Lo dejó al flaco y se fue a la mierda.

Era sábado de tardecita y varios parroquianos se encontraban, en el bar La Alborada esperando una partida de Casin que se iba a dar esa noche entre dos contrincantes muy expertos. Uno de ellos era Osvaldo, un muchacho del barrio que paraba hacía mucho tiempo en aquella esquina del Pueblo Victoria, gran jugador de Casin. Había sido retado por un veterano, llamado Ocampo, que llegó un día de paso y lo vio jugar. La cita era para esa noche y el boliche estaba lleno de gente que había venido, vaya a saber de dónde, a presenciar la partida.

—¿Qué me querés decir?¿Qué la mujer del flaco se fue con el armenio?
—Sí, eso te quiero decir.
—Pero vos tenés que estar loco. ¿De dónde sacaste esa historia?
—Al armenio siempre le gustó la mujer del flaco.
—¿Y eso qué tiene que ver?
—Tiene que ver que desaparecieron los dos.
—¿Quién dijo que el armenio desapareció? Yo estuve con él ayer o anteayer, no me acuerdo bien.
—La mujer del flaco desapareció ayer o anteayer.
—Pero vos sabés bien que ella desaparece dos por tres y después aparece y no pasa nada.
—Pero esta vez es distinto. Yo me estoy maliciando otra cosa.
—¡Aflojale que colea, Beto! Dejate de embromar. El armenio es un tipo bien. Yo lo conozco. Es incapaz de una fulería de esas.
—Bueno, ta, vos siempre tenés razón. Dejala por ahí. Dejala. 

Todos en el barrio conocíamos a la mujer de Garmendia. Se llamaba Maribel y era hija de un matrimonio húngaro que había venido al Uruguay en la época de la guerra y se quedó a vivir en el barrio. Era una pelirroja preciosa, con la cabeza llena de rulos, la cara llena de pecas y los ojos azules. Fue una niña normal hasta los cuatro años, cuando empezó a desaparecer en el aire a ojos vistas. Una fea costumbre, si se quiere, que no hablaba bien de ella pues desaparecía caminando por la vereda, en medio de una conversación dejando al interlocutor hablando solo, o simplemente cuando le venía en gana.

Al principio esos desplantes a los vecinos les caían muy mal. Después fueron acostumbrándose y llegaron más o menos a tolerarla. Aunque al paso de los años, ante la tal rareza de la muchacha, nunca, la maldita manía de desaparecer ante la gente dejó de fastidiarlos. Cuando era niña los otros chicos del barrio no querían jugar con ella, principalmente si jugaban a la escondida. En la adolescencia desaparecía ante cualquier circunstancia complicada que le tocara vivir. Cuando llegó la hora de conseguir novio, a pesar de ser muy bonita, no lograba que los posibles candidatos aceptaran sus fugas manifiestas. A los muchachos los dejaba en evidencia cuando desaparecía en una fiesta, mientras bailaban o al caminar abrazados por la rambla.

De todos modos, a pesar del hábito de esconderse, Maribel y Garmendia se entendieron de entrada. Salvo algunas deserciones de parte de ella, que a él nunca llegaron a molestarlo demasiado, puede decirse que tuvieron un noviazgo casi normal. Pese a que el día de la boda, vestida de novia ante el altar, cuando el sacerdote le preguntó si aceptaba al novio para amarlo hasta que la muerte los separara, no supo qué contestar y se desvaneció en el aire provocándole al cura un paro cardíaco del que luego, gracias a Dios, se recuperó. Claro que no le sirvió de mucho desvanecerse en la iglesia, pues ya estaba casada ante la Ley, así que para no perderse la fiesta apareció esa noche a presidir la reunión.

Con su traje blanco de novia, comió, bailó, arrojó el ramo a sus amigas y a las tres de la mañana se fue con su flamante marido. Y no, parece que esa noche no desapareció de la cama matrimonial. Porque ya conté que Maribel era escapista, no tonta. De todos modos, cuando a los nueve meses los dolores de parto comenzaron a ser insoportables, desapareció de la cama, de la sala y del sanatorio y apareció a los dos días con su hermosa niña en brazos a continuar su vida mundana.

Los vecinos más viejos del barrio comentaban que el arte de desaparecer le venía de herencia, pues su madre, decían, solía desaparecer dos por tres dejando a su marido solo por varios días al cuidado de la niña, para luego reaparecer fresca como una lechuga fresca. Aunque algunos escépticos afirmaban que esas desapariciones de la señora, eran debido a otros motivos non tan sanctos. Tal vez eran habladurías de gente envidiosa, porque, convengamos, que desaparecer es algo que todos querríamos lograr en más de una oportunidad a lo largo de nuestras vidas. Sin embargo, lo más acertado es creer en la teoría de quienes opinan que la mujer del flaco Garmendia, la madre y tal vez la abuela que quedó en Hungría, eran descendientes directos de los Hobbits, artífices en el arte de desaparecer, que vivieron en la “Tercera Edad de la Tierra Media”, según el viejo Tolkien. Aunque esto no es tampoco muy seguro, pues lo que nos cuenta el señor Tolkien en el “Libro Rojo de la Frontera del Oeste” es una leyenda y de este caso, que cuento, doy fe.

A nosotros las desapariciones de Maribel no nos causaban ninguna extrañeza. Éramos más o menos de la misma edad y sabíamos que desde que tuvo uso de razón, el escapismo para ella era algo normal. Por el contrario, cuando desaparecía y volvía a aparecer, nosotros nos sentábamos en rueda para oír sus relatos sobre los lugares que había visitado. Los primeros relatos fueron muy confusos. Ella no sabía muy bien donde había ido, ni tenía un orden para contar, por lo que nosotros nos quedábamos en ascuas. Después, ya un poco más grande, cuando aprendió a hilvanar mejor un relato, nos contó un día que venía de vuelta de una de sus desapariciones, que había estado por la Represa Gabriel Terra y el Embalse de Rincón del Bonete, en aguas del Río Negro. Otra vez por el Arroyo Tres Cruces y el pueblo Javier de Viana en el departamento de Artigas. Y otra, por el Bañado de la India Muerta en el departamento de Rocha. Que con ella, dicho sea de paso, aprendimos más geografía de nuestro país que la que nos enseñó la maestra en la escuela. 

Era aún muy joven, cuando logró un dominio bastante certero del poder que había nacido con ella. Poseía la capacidad de elegir, por lo menos, un lugar en el mundo donde aparecer en cada escape. Así fue conociendo países americanos, africanos y asiáticos. Y lógicamente la vieja Europa. Pues en aquellos tiempos en que muchos uruguayos vacacionaban en el viejo continente, no conocer Paris, el barrio latino y la Torre Eiffel; Madrid, La Puerta de Alcalá y el Palacio de la Moncloa; y Roma, la Fuente de Trevi y la Ciudad del Vaticano, significaba algo así como no existir. Pero para nosotros, sus amigos del barrio, que las vacaciones no pasaban de un domingo en el Parador Tajes, los relatos a propósito de sus viajes nos maravillaban. Le preguntábamos cómo hacía para lograr ese misterioso hechizo que la trasladaba de un lugar a otro. Ella nos explicaba entonces, que el deseo de escapar de donde se encontraba le aparecía de pronto, cerraba los ojos, se concentraba en ese deseo y cuando volvía a abrirlos se encontraba en sabe Dios qué lugar. Si se sentía bien en ese sitio se quedaba un día o dos, de lo contrario volvía a concentrarse y cambiaba de lugar. Cuando quería volver a su casa lo pedía específicamente.

Durante años en múltiples oportunidades me he concentrado, he cerrado los ojos con fuerza y pedido con toda la fe del mundo desaparecer de donde me encontraba y aparecer donde Dios quisiera. A fuerza de desengaños he tenido que reconocer al fin que escapista, como actriz, se nace.

Esa noche el bar estaba muy animado esperando la partida de Casin. Las apuestas en su mayoría se inclinaban hacia Osvaldo, el crédito del barrio. Un rato antes de la hora establecida llegó Ocampo. Traía consigo un estuche de cuero  negro con herrajes plateados. El hombre había sido federado y contaba con más de un título. Abrió el estuche dejando ver en su interior, sobre el acolchado de un rojo vino, un taco desarmable estupendo, de una madera valiosísima y mango con incrustaciones de marfil., y con mucha calma comenzó a armarlo. Unos minutos antes de empezar el partido llegó el armenio Pedro. Se detuvo un momento en el mostrador para saludar a Ángel y fue a sentarse en una mesa frente al billar, desde donde lo llamaban unos conocidos. Ángel no supo muy bien por qué se alegró de verlo, pero le dirigió una mirada irónica al amigo chimentero, que estaba a su lado, quien prefirió no abrir la boca.

Osvaldo tenía una gran hinchada, todo el boliche estaba con él. Poco antes de empezar la partida se acercó a la taquera y retiró el taco que consideró en mejor estado. No había mucho para elegir. Estaban casi todos torcidos, algunos astillados y otros mochos. De todos modos lo revisó y le puso tiza. Encendió un cigarrillo y esperó a que Ocampo terminara de armar su taco profesional. El partido era a ocho rayas. El primero lo ganó Osvaldo. Ocampo ganó el segundo. El “bueno” lo robó Osvaldo. Ocampo insistió en seguir jugando. Osvaldo, como buen anfitrión aceptó. Jugaron toda la noche. Ocampo ganó algún partido. Hubo quien dijo que Osvaldo le dio changüí. De todos modos, al final, como se esperaba, el ganador absoluto fue el crédito del barrio.

Ocampo esa madrugada se fue confundido, sin alcanzar a entender cómo su contrincante le pudo haber ganado, durante toda la noche, con aquel taco revirado.
En el boliche alguien lo dijo al pasar: el que sabe, sabe.

Maribel apareció al otro día, venía de Londres, demoró un poco más de lo habitual porque se quedó para ver el cambio de guardia en el Palacio de Buckingham.
¡No se lo iba a perder...! 


Ada Vega, edición 2006