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domingo, 29 de diciembre de 2019

El Oriental

     


      Hace algunos años, cuando aún conservaba la espalda fuerte y las manos firmes, recorrí el litoral trabajando de siete oficios. Entonces los años eran pocos, podía domar un bagual o arrear una tropa días y días, durmiendo en grupa sin agobio ni cansancio; el mundo no tenía fronteras y yo era dueño del viento.
     Tiempos aquellos en que fui amo de mis horas, en los calientes veranos en que el sol reverberaba sobre los trigales maduros, o cuando la escarcha de los fríos inviernos se quebraba en los esteros  bajo los cascos de mi zaino malacara. Otros tiempos.
     En una oportunidad en que andaba desnortado, sin rumbo fijo, después de vadear el Río Negro entré en campos de la "heroica", cerca de Piedras Coloradas. Las tierras del litoral, de excelente pastura, se extienden a lo largo y a lo ancho en una planicie sin accidentes. A poco de llegar conocí a un cabañero que me contrató para trabajar en el Haras Amanecer, de su propiedad. Un establecimiento de unas doscientas hectáreas al sur de Paysandú, orillando el Queguay Grande.
      El cabañero y su familia se dedicaban a la cría de caballos de carrera y al perfeccionamiento de la raza. Ese año debido a la adquisición de Lucky Boy, un semental inglés gran campeón incorporado al Haras hacía un año, se esperaban con gran expectativa las pariciones de primavera. Aquella mañana de octubre se presentaba muy movida. Ya dos potrillos nacidos casi en la madrugada intentaban los primeros pasos junto a sus respectivas madres. 
      En uno de los box, asistida por el veterinario, el propietario del establecimiento y un capataz, la Estrellera, una yegua que había finalizado su campaña ganando varias carreras estampando tiempos records, aguardaba inquieta la llegada de su primogénito. El veterinario auscultaba a la yegua con el ceño fruncido, que dejaba entrever una velada preocupación. De todos modos, cerca del mediodía la Estrellera trajo al mundo un potrillo perfecto, oscuro como mi suerte, ágil y vivaz.
       Quienes presenciaron el nacimiento no pudieron, sin embargo, demostrar su alegría opacada por la seriedad del profesional que al revisar al puro anunció que le encontraba un  problemita en el corazón que lo imposibilitaría de todo esfuerzo, y sería por ese motivo exonerado de pisar las pistas de carreras. Fue bautizado con el nombre de El Oriental y dejado por el momento con su madre.
El cabañero tenía dos hijos de doce y catorce años que, al igual que su padre, tenían gran apego por los caballos. Desde muy temprano andaban esa mañana visitando a los recién nacidos  que eran, sin lugar a dudas, hermosos ejemplares. No era, por lo tanto, de extrañar que se encontraran presentes cuando el nacimiento de El Oriental y la comunicación de su dolencia. Ni tampoco fue extrañar que se sintieran apenados y decidiera que tal vez si ellos le proporcionaran un cuidado especial el problema no sería tan grave.
 Así se lo comunicaron al padre que a su vez les dijo que el potrillo no tenía futuro en el haras, que podían quedarse con él, pero que no sería criado para correr. Desde ese momento los muchachos adoptaron al potrillo, que permaneció junto a la madre unos seis meses durante los cuales se dedicaron a observar su desarrollo y a controlar su aparente buena salud.
 Cumplido los seis meses El Oriental fue destetado y con otros potrillos sacado al campo donde vivió con naturalidad corriendo y jugando hasta cumplir el año, tiempo en que los padrinos fueron alimentando el sueño de verlo correr en la pista de la capital.
     Ante el eminente encierre de los puros para comenzar a prepararlos para la venta o para el debut en pista, los muchachos insistieron al padre para que dejara al potro dentro del plantel. Sólo por darles  gusto a sus hijos, dejó el cabañero que El Oriental integrara el lote que entregó al cuidador, convencido de antemano, de que aquel hermoso animal no saldría nunca del Haras para lucirse en el Deporte de los Reyes.
     Los días se sucedieron. Para los dieciocho meses, cuando la doma de los Pura Sangre, El Oriental lucía magnífico sobresaliendo entre sus medios hermanos por su gran alzada, cabeza altiva y remos largos y finos. Su notable inteligencia y docilidad le permitieron en muy poco tiempo sortear las dificultades del aprendizaje y correr con gran elegancia y elasticidad. 
       Para la carrera del Primer Paso el Haras Amanecer anotó dos dosañeros: Tejano y Tropero. Los hijos del cabañero, al ver a su crédito relegado, volvieron al ataque con el argumento de que durante sus dos años el potrillo  demostró perfecta salud, su entrenamiento había sido más que satisfactorio y no merecía por lo tanto que se lo dejara de lado.
       —Muchachos —les dijo el padre, El Oriental no puede correr, el corazón no le va a dar. No tiene corazón para una carrera donde corren los mejores pingos. De todos modos ellos insistieron:
       —Tiene corazón, papá. ¡El Oriental tiene corazón y tiene alma! ¡Tiene alma, papá! Y el hombre, ante el entusiasmo de sus hijos decidió complacerlos y el potro fue anotado para la reunión tan esperada.
        A pesar de que aquella temporada El Oriental aparentaba ser el mejor producto entre los dosañeros del  Amanecer, la gente del haras no le tenía confianza. Se había desatado una polémica entre quienes esperábamos una buena performance del potrillo, y quienes opinaban que para la carrera en ciernes al potrillo le faltaba corazón.
      Sin embargo a mí, el hijo de la Estrellera me gustó desde el vamos. A penas nació le vi pasta de crack, y aunque nunca fui de mucho hablar, apoyé en todo a los hijos del patrón, aquellos muchachitos que lo apadrinaron y depositaron en él toda su esperanza, rodeándolo acompañándolo siempre, observando sus vareos cronómetro en mano. Cuidándolo como a un príncipe. Ellos eran los verdaderos dueños de El Oriental y pretendían esa sola carrera de debutantes. Después, le habían prometido al padre que lo retirarían de las pistas. Pero en esa carrera iban a demostrar que el puro tenía corazón y alma como para compartir la gloria de los grandes ganadores clásicos.
        Cuando llegaron a Maroñas ya se hablaba de El Sureño, un tordillo oscuro del Haras “Mi Ensueño” de Florida, que venía a debutar a Montevideo provisto de los mejores comentarios sobre sus últimos aprontes y que figuraba, entre los entendidos, como decidido líder. La tarde de la carrera esperada se presentaba serena y clara. Un sol tibio se recostaba sobre nubes esponjosas, mientras una brisa juguetona arremolinaba y elevaba en el aire cientos de boletos rotos.
     Al iniciar el paseo preliminar los potrillos levantaron voces de admiración. Principalmente aquel  Otelo, rey de reyes, llamado El Oriental que paseó su estampa despertando comentarios.
     Y se vino la carrera. A las cinco de la tarde estaban todos los potrillos en sus puestos. Sonó la campana, se abrieron las gateras y los pingos salieron agrupados como un malón. 
      El Sureño tomó la punta seguido a dos cuerpos por Tejano y a cuatro por El Oriental, a 300 metros el favorito superó a Tejano en cuatro cuerpos, mientras El Oriental corría achicando ventaja. Faltando 500 metros El Oriental se abre solo a tres cuerpos de Tejano peleando la punta con El Sureño. A 200 metros del Disco se le aparea y pasan juntos la perrera cabeza a cabeza presagiando un final de bandera verde.
       El Oriental se estira, no toca el suelo, rompe los relojes, como un Pegaso negro de alas invisibles cruza como un viento ante la multitud que grita su nombre:¡Oriental! Y a escasos 50 metros del Disco, en el supremo esfuerzo de dar el resto al noble bruto lo sorprende la huesa y rueda con el corazón partido, sin saber.
        Maroñas enmudece. Miles de ojos atónitos observan. Un silencio de plomo cae sobre la multitud que por un instante detiene la respiración. Y en ese milésimo de segundo y ante la vista azorada de los aficionados que no pueden  creer lo que está sucediendo, mientras rueda el heroico potrillo pura garra y corazón, su alma se desdobla, abandona el cuerpo y sigue en carrera con la misma elasticidad con que venía corriendo: altiva, valiente, poniendo clase y guapeza. 
        Y mientras los fanáticos reaccionan delirantes en la tribuna, envuelta en un solo grito de admiración, el alma de El Oriental cruza el Disco ovacionada y se esfuma, cubierta de gloria, en la media tarde maroñense.

Ada Vega, 
 2000 

jueves, 26 de diciembre de 2019

Al final del otoño



    Era extraño que aquel rosal trepador, se cubriera de pimpollos al final del otoño. No era época de florecer. Y más extraño ese rosal, por el que el viejo Leonidas pasó tantos desvelos.  Pese a su apariencia de árbol débil tenía una raíz fuerte y sana, de modo que lo trasplantó contra el muro sobre el que cruzó hilos para ayudarlo a extenderse. Sin embargo, aunque fue creciendo firme y arrogante no acababa  de mostrar el más mínimo atisbo de florecer. 
Leonidas, que conversaba con sus plantas como si fuesen sus hijas, no entendía por qué el bendito rosal se negaba a dar rosas. Y aunque cada año que pasaba seguía desdeñoso, siempre tuvo la certeza de que una primavera, a fuerza de paciencia y de cuidados, se le entregaría en racimos de pimpollos. No sucedió así. No en primavera. Sucedió en el mes de junio, cuando ya nadie espera que florezcan los rosales. 
Aquella mañana de fines de junio mientras podaba y retiraba maleza de los canteros, Leonidas escuchó una animada conversación desde la casa y detuvo su trabajo para mirar hacia el patio exterior que daba al jardín. Recordó entonces que Marcela, la directora de Casablanca, le había comentado que ese día ingresaba a la residencial una nueva compañera. Observó un momento al grupo que conversaba y alcanzó a divisar el rostro de la nueva. Por un instante se sintió desconcertado. No podía ser ella. Tal vez la vista comenzaba a traicionarlo. Su vida había dejado muy atrás los años primeros y ese rostro que acababa de vislumbrar, lo retrotrajo a un tiempo lejano. A un recuerdo triste, que guardaba dormido, del tiempo aquel de los verdes años. Regresó a una época casi olvidada. Volvió a recorrer los patios de la vieja casa donde pasó su infancia. Vinieron a su memoria sus padres y sus hermanos. Y se vio él, entonces estudiante, en la ardiente primavera de su vida. 
La casa de Leonidas se encontraba en un barrio fabril en los suburbios de la ciudad. Casas bajas con chimeneas, calles adoquinadas y faroles en las esquinas de ochavas. Barrio con olor a madreselvas y cielos enormes de lunas blancas.
A unas cuadras de su casa vivía una familia muy pobre y de mal vivir. Los vecinos, gente toda de trabajo, no la aceptaba. La conformaba una pareja con siete u ocho hijos que andaban todo el día en la calle, pidiendo o robando. Cuando los padres lograban reunir algunos pesos compraban alcohol, se emborrachaban, se insultaban, se castigaban entre ellos y castigaban a los hijos. Temprano por las mañanas los mandaban a pedir, a robar y no volver sin dinero.
Una de las niñas se llamaba Caterina. Era rubia, triste y sucia. Tenía doce años y andaba siempre llorando por la calle. Caterina le dolía en el corazón a Leonidas. Ansiaba crecer de una vez para protegerla. A veces se encontraban a la vuelta del puesto de verduras y él le decía que la quería. Que no llorara. Que cuando fuera más grande y consiguiera trabajo iban a vivir juntos. Entonces ella lloraba con más ganas.
En aquellos días Leonidas tenía apenas catorce años y aunque lo intentó no llegó nunca a definir el real sentimiento, aparte de una gran ternura, que lo ataba a la muchacha. De lo que en cambio estuvo siempre seguro, fue de su firme deseo de protegerla. Protegerla de la maldad de la gente. De los hombres que la asediaban. De la ignominia de sus padres que la vendían por una botella de alcohol. Entonces pensó que la amaba. Y tal vez la amó. Tal vez. Con ese amor compasivo que despierta un cachorro apaleado, abandonado en la calle una noche de lluvia.
Los padres comenzaron a preocuparse por el joven. Lo notaban desganado, sin deseos de comer ni de estudiar. Fue el padre quién enfrentó la situación. Indagó. Quiso saber qué le estaba pasando. No pudo aceptar la explicación que dio Leonidas. No quiso. Su hijo se había enamorado de la única persona de la cual no podía enamorarse. Caterina era una chica de la calle. Todo el mundo lo sabía. ¿No se daba cuenta él? No era amor, no, lo que sentía por ella. Era solamente lástima. Lástima, Leonidas. ¿Cómo te vas a enamorar de esa muchacha? ¡No, no vuelvas ni a mencionarlo! Ya te vas a olvidar. Sacátela de la cabeza. Sos muy chico todavía. ¡Qué podés saber vos de amores y mujeres! Ya vas a encontrar, cuando termines los estudios, una buena chica de familia bien, como nosotros, de quien enamorarte. ¡Te pido por favor que te olvides de ese asunto! Sos muy chico para entender ciertas cosas. Ella no es una muchacha para casarse. ¿Entendés? Ningún hombre honesto se casa con una mujer de esas. ¡Vamos, Leonidas! No querrás que tu madre se enferme del disgusto, ¿no? 
Y Leonidas no supo qué contestar
Caterina no tuvo tiempo de terminar la escuela. Era la mayor de los hermanos y aprendió, junto con los primeros pasos, a extender la manita por una limosna. Vestida siempre de túnica y moña, subía y bajaba sola de los ómnibus desde antes de cumplir los cinco años. Al principio pedía una moneda y la gente le daba, porque era bonita. En la calle aprendió a robar. Con amigos de la calle. Entraban a los comercios dos o tres juntos, ellos entorpecían a los que estaban comprando y ella, que era la más ágil, manoteaba lo que podía y salía corriendo. Tenía diez años cuando una noche, borrachos, los padres la vendieron a un fulano por cincuenta pesos. Después, cuando se les pasó la borrachera, lloraron los padres por lo que habían hecho.
Al otro día la volvieron a vender.
Caterina, por primera vez, siente un poquito de felicidad. Les cuenta a sus padres que el joven Leonidas le prometió que cuando trabaje van a vivir juntos. La madre gritó desaforada: ¡¿qué te dijo ese atorrante?! ¡¿Qué te va a llevar con él?!
Insultó el padre como un demente: ¡la puta madre que lo parió! ¡Decile a ese guacho que no se meta con nosotros si no quiere que le parta la cabeza de un fierrazo! Decile que digo yo, no más. ¡Guacho de mierda! Mal parido ¡V´ia tener que hablar con el padre pa´que lo ponga en vereda, al hijo de puta! ¿Te fijaste vos como se mete la gente en lo que no le importa? ¿No se da cuenta el guacho que vos tenés hermanos que mantener? Y nosotros. Tu madre y yo. ¿De qué vamos a vivir? Ahora que los tipos te empiezan a pagar bien, te quiere llevar. Mirá, ¡si me dan ganas de salir ahora y cagarlo a patadas! Desgraciado. Guacho hijo de mil putas. Lo v´ia matar, mirá. Más vale que nunca lo vea contigo porque lo mato. ¡Te juro que lo mato!
Al mediodía la vio en el almuerzo. Era ella, no cabía dudas. La pequeña Caterina del barrio olvidado. La Caterina con doce años llorando por la calle. Su primer amor. Amor delirante al que ella misma lo obligó una noche a renunciar. Leonidas la miró para saludarla. Ella le sonrió sin reconocerlo. ¡Habían pasado tantos años! Cómo podía reconocer en el viejo que era ahora, a aquel adolescente que una vez le dijo que la amaba y que un día se irían a vivir juntos.
Y él, por tercera vez, permaneció callado.
Las matas de cartuchos, con sus hojas grandes y lustrosas, los bulbos de gladiolos trasplantados, las dalias dobles y los crisantemos, iban a su tiempo floreciendo en el jardín de Casablanca. Leonidas en su oficio de jardinero fue haciéndose cada vez más eficiente. Aprendió que según la luz que necesitan para desarrollarse pueden las plantas dividirse en: plantas de solana y plantas de umbría. Que si se multiplican por semillas, injertos o bulbos, requerirán más o menos riego. Que es necesario abonar la tierra periódicamente, combatir los insectos que las dañan y podar algunas de ellas.
Leonidas hace ya varios años que es jardinero de la Residencial Casablanca para el Adulto Mayor. Comenzó después de haberse jubilado, por el deseo de hacer algo con su vida, pues entendió que el tiempo le sobraba y el cuidado de las plantas fue algo que siempre le atrajo. De hecho, siempre había tenido en su casa un muy cuidado jardín. Cuando se enteró que la residencial necesitaba un jardinero, se ofreció sin pretensiones. Presentó referencias sobre su persona y fue aceptado de inmediato. Un par de años después, cuando falleció su esposa, se dio cuenta de la soledad que lo esperaba cada tarde al volver a su hogar. De manera que un día decidió quedarse a vivir en la residencial, donde se sintió realmente acompañado, entrando a formar parte de aquella familia. La vida para Leonidas no ha tenido demasiados altibajos. A veces, en las tardecitas, se sienta bajo los árboles a tomar mate. Entonces los recuerdos lo invaden. Examina, sopesa los años vividos. Y aunque reconoce logros y desaciertos no puede, no pudo nunca, arrancar de su pecho, una espina que lo ha acompañado desde siempre y lo hiere todavía.
Hace días que Leonidas no ve a Caterina. Cuando vuelve del liceo camina unas cuadras más, para pasar por la casa de ella. El padre lo vio un día y le gritó: ¡Hijo de puta! ¿qué andás haciendo por acá? ¡Si te veo con la Caterina te v´ia matar! 
Pensó que podría estar enferma y no tenía a quién preguntarle. Después supo que no. Alguien dijo que la habían visto por el Centro. Trabajando. Él no lo podía creer. Los vecinos del barrio no la querían, eso lo sabía bien. Tendría que verlo con sus propios ojos. La gente a veces se ensaña, inventa cosas. 
Al cabo de unos meses la vio una noche salir de su casa. La encontró más linda. Maquillada y bien vestida parecía de dieciocho. No dudó en seguirla. Ella tomó un ómnibus para el Centro. Allí se paró en una esquina con otras mujeres. No demoró en irse. Se le acercó un hombre, habló dos palabras y se fue con él. Pasó junto de Leonidas sin advertir su presencia. Con la cabeza apenas inclinada, presa todavía de un poco de vergüenza. Vergüenza que irá, poco a poco, perdiendo para siempre y hasta nunca en ese submundo aberrante del que no puede, no podrá ya salir. Evadirse. Donde deberá seguir, sin salvación posible, arrojada allí como en una pesadilla. Convencida de que, aunque logre un día apartarse de esa vida, será ya hasta el fin y para todos: una mujer de la calle. Recién entonces Leonidas comprendió que la había perdido. Entendió que Caterina no podía esperar a que él finalizara los estudios y consiguiera trabajo; terminara de criarse y se hiciera un hombre. Ella ya era una mujer. Los tiempos de ambos no eran los mismos. Los tiempos de él no tenían prisa. Pero a ella la vida la venía empujando hacia un abismo al que no tuvo más remedio que saltar.
Volvió al barrio con una herida que le laceraba el pecho. Por mucho tiempo se culpó de no haber podido ayudarla. Después prefirió pensar que la vida de ellos dos, tenía marcados caminos opuestos. Y decidió no volver a verla. 
Cuando terminó el liceo, Leonidas ingresó al IPA. Era entonces un joven callado e introvertido. Estudiaba historia y filosofía. Allí conoció a Marlene, una chica del interior, que había venido a estudiar a la capital. Compañeros de estudios, se hicieron primero amigos y luego, más enamorada ella que él, formalizaron el noviazgo. Marlene vivía en Montevideo en una casa para estudiantes con la idea de que, una vez recibido el título, volvería a su ciudad. Por lo tanto, a partir del noviazgo, la joven le propuso a Leonidas, irse a vivir con ella a su departamento. Él aceptó, pues era una forma de desprenderse del recuerdo de Caterina, que continuaba mortificándolo. Pues en su pensamiento la veía niña, llorando por las calles del barrio, y otras veces hecha una mujer pintados los ojos y la boca, vendiendo por las esquinas del Centro su belleza fugaz.
En esos años, más de una vez, la buscó e intentó hablarle. Ella no quería escucharlo. Una noche, sin embargo, conversaron. Él estaba terminando el profesorado. Ese verano se casaba con Marlene y se iba a vivir al litoral. Sintió deseos de verla, de hablar con ella. Tal vez, nunca más volverían a encontrarse.
Una noche pasó por la esquina donde sabía que podía encontrarla. Se fueron juntos a tomar un café por la Ciudad Vieja. Las luces aburridas de los faroles estiraban sombras sobre las veredas cuadriculadas. El país arrastraba sinsabores. Poca gente y poca plata en la calle. Entraron a un boliche esquinero alumbrado por una magra lamparilla que regaba su luz moribunda sobre el mostrador. Mientras el mozo se empeñaba con las palabras cruzadas de El Diario, el patrón, sentado frente a la registradora, descabezaba el sueño de la media noche.
En la radio: Magaldi el sentimental.
Se sentaron al fondo, donde casi no llegaba la luz. El muchacho no sabía cómo empezar a hablar, ni qué decir. Ella lo miró desde sus avezados veinte años y sonrió.
—Bueno, Leonidas, hablá ¿qué querés decirme? Conseguiste trabajo. Me vas a llevar a vivir con vos. Cuanto ganás. Podrás bancarme. Sabés la guita que hago yo por noche. Vas a trabajar vos para mí. ¿O voy a trabajar yo para vos?
¡Hablá! ¿Qué querías decirme?
Volvió a sonreír con una sonrisa que no le conocía. Trágica. Absurda. Él intentó ver a través de aquella hermosa muchacha que lo miraba desafiante, a la frágil Caterina que un día amó y que todavía le dolía. La buscó detrás de los ojos burlones y la boca pintada. Supo que seguía allí. Pequeña. Desamparada. Oculta tras un disfraz denigrante que la vida le ofreció por vestidura. En las preguntas de la joven encontró las respuestas que había ido a buscar. Se sintió torpe. Fuera de lugar. Avergonzado de estar allí. De haberla buscado. Si él ya había resuelto su vida. No tenía derecho a perturbar a la muchacha que estaba, tan solo, intentando sobrevivir.
Ella tomó el bolso, se puso de pie y dijo con preeminencia: 
—Viví tu vida Leonidas, y dejame a mí vivir la mía. Olvidate. No quiero volver a verte... gracias por el café.
Le palmeó el hombro y lo miró con unos ojos que hablaban de un tiempo pasado. —Chau, pibe —le susurró casi con ternura maternal al despedirse.
Colgó su bolso al hombro. Sacudió la cabeza y la mata de su cabello cayó sobre la espalda, como el telón de un trágico final. Se fue haciendo equilibrio sobre unos tacos increíbles. Luciendo una falda demasiado corta y un escote demasiado largo.
Leonidas quedó impávido sentado en el boliche. Caterina había tomado la palabra y en cuatro frases marcó el tablero. Colocó las fichas de cada lado y esperó a que él moviera. Sabía que él no se iba a animar. Por experiencia lo supo. Y comenzó ella a jugar. Cada pregunta era una jugada. Lo apabulló ante la destreza con que llevó la conversación. Y él, por segunda vez, no pudo hablar. No se animó. La joven comenzó y terminó el juego. Dijo todo lo que había que decir y se retiró poniéndole fin a la ajetreada relación que, alguna vez, pudo haber existido entre los dos.
Y Leonidas supo esa noche que Caterina lo había marcado a fuego y que esa marca la llevaría mientras viviera.
Habían pasado ya varios días desde la llegada de la nueva a Casa del Parque. No dejó de llamar la atención de todos los residentes, lo pronto que se adaptó a la vida en la residencial. No era común. Por lo general, a las señoras les cuesta un poco acostumbrarse a la convivencia con personas ajenas a su entorno familiar. Extrañan y es comprensible, dejan su casa, sus muebles, recuerdos, afectos que las han acompañado durante toda su vida. A los señores también les cuesta integrarse. Por lo menos al principio. Deben hacer un esfuerzo, hasta que se conozcan, luego la camaradería surge sola. De modo que esta señora que desde el primer día de su ingreso se sintió como en su casa, les ha llamado gratamente la atención a todos. Ha entablado una amistad franca con los residentes y con el personal. Tan cómoda y feliz se encuentra que pareciera que nunca hubiese vivido tan bien. Tan acompañada. Tan protegida.
Con Leonidas conversan asiduamente. Ella baja al jardín y se sienta en un banco a conversar con el jardinero. Le encanta hablar. Cuenta cosas agradables de su vida pasada. Leonidas le hace preguntas directas. Si era casada. Si tuvo hijos. En qué barrio nació. Y ella complacida ha comenzado a contarle su vida.
Nací, dice, en un barrio muy lindo. Por el Parque Rodó. ¿Conoce señor Leonidas ese barrio? Mi madre nos llevaba todos los días a pasear por el parque. En otoño íbamos para el lado de las canteras a tomar sol. Por el campo de Golf. ¿Conoce el campo de Golf? En verano nos llevaba a la playa y a pasear por la rambla. Nosotros éramos dos hermanos, nada más. Mi mamá y mi papá eran muy buenos y nos querían mucho. Mi padre trabajaba. Era muy trabajador. Le compró una casa preciosa a mi madre. Ahí nací yo. Por el Parque Rodó. A los dos hermanos nos mandaron a estudiar. Fuimos a la escuela y al liceo. Nos cuidaban mucho, sabe. Yo nunca trabajé porque a mi padre no le gustaba que anduviese por la calle. Él decía que no tenía ninguna necesidad de salir a trabajar. Yo salí de mi casa para casarme.
Me casé de vestido blanco...con un velo largo, muy largo. Y flores. Llevaba flores en las manos. Un ramo de rosas. Como esas. Esas chiquitas. Las del muro. Como las rositas del muro. Sí, iguales a las rositas del muro. Sí, señor Leonidas, gracias a Dios, yo tuve una vida muy linda.
—¿Con quién se casó señora Caterina? Cómo se llamaba su esposo ¿Se acuerda?
—Si, como no me voy a acordar. Se llamaba Leonidas. Como usted. Qué casualidad ¿no? Fue mi único novio. Lo conocí cuando iba a la escuela. O al liceo. No me acuerdo bien. Fuimos novios y después nos casamos. Yo me casé con un vestido blanco...y un velo largo, muy largo... Después nos fuimos del barrio.
—¿Se mudaron del Parque Rodó?
—¿Del Parque Rodó?
—¿No me dijo que vivía por el Parque Rodó?
—Ah, sí, creo que vivíamos por el Parque Rodó. De eso no me acuerdo muy bien.
—¿Y tuvieron hijos?
—¿Hijos? Sí, creo que sí. Muchos hijos. O pocos. Uno o dos. No me acuerdo cuantos hijos tuvimos. De algunas cosas me olvido, sabe. De algunas cosas. De otras no. De otras no me olvido. Creo.
Mientras cuenta, Leonidas comprueba el deterioro que ha sufrido la mente de Caterina. No sabe, la anciana, quién es en realidad. Vive en un estado de semi locura habitando un mundo de personajes irreales que la hacen engañosamente feliz.
Marcela le ha contado a Leonidas que la señora Caterina no está del todo bien. Que ha perdido la memoria y que confunde las cosas y las personas. También le ha dicho que la dejó en la residencial una señora muy católica, quien se hizo cargo de todos sus gastos. La señora, contó Marcela, la había sacado de la calle como un acto de caridad, una tarde muy fría en que la pobre se había cobijado en su portal.
Leonidas comprende que la casualidad o el destino han hecho que volvieran a encontrarse cuando las vidas de ambos, están ya al final del otoño.
No sabe, aunque se imagina, la vida que ella llevó todos esos años en que no supieron el uno del otro. Mientras tanto Caterina sigue contando, cuenta la vida que le hubiese gustado vivir. Y la cuenta como si realmente la hubiera vivido.
Ha conseguido dejar a un lado de su memoria, la vida de oprobio que llevó. Ha inaugurado un mundo propio. Mágico. En el que se ha instalado a vivir con todo el derecho del mundo y donde, ella misma, construirá la felicidad que durante toda su vida le fue negada. Edificará su vida desde los cimientos. Le contará a este viejo jardinero, que escucha con atención sus relatos, sobre su niñez en una hermosa casa junto a dos padres que la amaron y la cuidaron. Le contará de Leonidas, su primer y único amor, con quien se casó un día. De su juventud dichosa, de los hijos adorados y sus viajes por el mundo, junto a un marido que la amó y fue su apoyo. Le contará una historia fantástica donde ella será la única protagonista. Un hermoso cuento de Hadas en el que será, al fin, inmensamente feliz.
—Estuve en España y en Francia. Estuve en París. En el Sena...
—¿Con su esposo, estuvo?
—¿Mi esposo...?
—¿No fue a París con su esposo?
—No sé... creo que sí...
—¿Y cómo es París?
—París... no sé.... no sé cómo es París...nunca fui a París...
Ada Vega, edición 2006

Ocho cuarenta



La muchachada de mi barrio era una muchachada sana, laburadora. Había como en todos los barrios, algún chorro que otro, algún vago que otro, pero eran minoría. Y entre esa minoría se encontraba Andresito. Un vago soñador.
No le atraía el trabajo y menos el choreo que era a su entender, un laburo con riesgo.Vivía por lo tanto a costillas de su padre, un hombre muy trabajador, friyero del Castro, quien intentó con su ejemplo hacer del muchacho un honrado padre de familia. Quedó en el intento. Andresito, cobijado bajo el ala materna, pasaba la vida atorrando, soñando con independizarse y llegar un día a vivirla como la vive un bacán. Pero no sabía cómo.

Los muchachos, al regreso de las fábricas, se reunían en el boliche. Allí mataban las horas jugando al billar o a las cartas, o se paraban en la vereda a conversar y, de paso, refistolear a las gurisas y no tan gurisas que fingiendo indiferencia y dándose dique pasaban taconeando por la esquina.

Una tarde por el boliche se dejó caer un caralisa del Buceo. Era un morocho más bien bajo, fortachón. De bigote fino y manos de cirujano. Vestía sencillito, como para no llamar la atención: traje blanco cruzado, camisa y corbata negra y lentes de sol a lo mafioso. Manejaba un Ford negro y cuadrado al estilo de los “Intocables” y alardeaba. Con la billetera de cocodrilo repleta de billetes grandes, contaba grandezas. El mozo tiraba la cafiola, y de eso se enorgullecía. Y Andresito supo cómo.

Mostrando un gran interés por el filón, se acercó al cafishio con la esperanza de ingresar a la vida fiolera. De todos modos algo le patinaba. No daba con el arranque: ¿cómo convencer a una muchacha para que se prostituyera en su beneficio?

Y el del Buceo le dio línea:

— Tenés que conseguir una mina nueva, enamorarla, tratarla bien, cuando la piba se meta contigo, empezás el laburo. Le decís que te casarías con ella, pero no tenés nada que ofrecerle y que ella se merece una buena vida. Tenés que llorar un poco. Con las minas causa mucho efecto. Y llorando le decís que preferís sufrir y dejarla, aunque se te parta el corazón, antes que seguir una relación sin futuro. Que ella algún día va a encontrar otro hombre que le ofrezca lo que vos no podés darle. Y seguí llorando.
La mina no va a permitir que la abandones, ni mucho menos, y ante tu nobleza y tu dolor te va a decir que juntos hasta la muerte, que no le importa ser pobre. Vos no aceptás, pero le empezás a insinuar que hay modos y maneras de escaparle a la mishiadura. Y ahí le entrás, ¿entendés?

—¡Seguro!
Y Andresito salió a trillar veredas en el barrio. Las gurisas cuando él arrancaba para el lloriqueo, lamentando tener que dejarlas por no tener nada que ofrecerles, compasivas le decían:
—Tenés razón, sos un seco. ¡Que te mejores! Chau.

Otras, al ver el giro que tomaba la conversación del muchacho, por no matarlo, lo mandaban a la santa madre que lo dio a luz. Con las gurisas del barrio ni hablar. Un rotundo fracaso. Y se lo comentó al fiolo que le dijo:
—Buscá una yirita que esté en la guasca. Dale una mano, algún peso, decile que la querés sacar del ambiente, que esa no es vida para ella, que la querés de verdad y que imaginarla con otros tipos te vuelve loco. Que tu vida es una tortura, y que así no podés vivir más. Hacé un poco de teatro, golpeate el pecho, pero ¡ojo!, con estas minas no vayas a llorar porque la quedás. Convencela de que te enamoraste y la querés para vos solo. Cuando entre, hacele el verso. Decile que la guita no te alcanza y que no la querés perder. A lo mejor se te da.

Y Andresito salió en busca de una yiranta pobre.

Una noche, recostada a una palmera de Bulevar, Andresito conoció a la Margot. Que no era Margarita. Se llamaba Margot en serio. Los padres, románticos ellos, de la época en que en los barrios montevideanos había tiempo, luna y misterio, le habían puesto el nombre por aquel tango “Tristeza marina”, que cantaba Rufino por 1943 y que decía: “...Su nombre era Margot, llevaba boina azul, y en su pecho colgaba una cruz...” ¿se acuerda? Bueno, Margot era una gurisa que no voy a decir que era linda, porque linda no era. Tenía poca estatura, pocos quilos, pocos dientes. Tal vez si hubiese comido más seguido...pero en fin, alguna habilidad tendría porque el morfi diario la chica se lo ganaba.

Y Andresito se interesó en la piba. Hizo de novio. Le pagó un dentista, le compró ropa, le dio de comer. Y Margot entró como para matrimonio con el aprendiz de fiolo. Ella pensaba en el casamiento. Andresito en los pesos que ganaría con la muchacha. Y la empresa comenzó a marchar. Con la mejor presencia de la joven, la guita empezó a correr. Para Andresito, el sueño de vivir a lo bacán, era casi una realidad. Verdugueaba a la muchacha cuando traía poca mosca, como un macró profesional de primera línea. Si necesitaba una zurra, le atracaba sin asco: pa’que sepa qu’el que manda soy yo. Aprendió rápido Andresito.

Pero un día, fíjese usted, la Margot empezó a retobarse. A ponerse quisquillosa. Con más físico, más fuerza, le dio por enfrentar al bacán. Una vuelta en que Andresito le tiró un mamporro, ella se le puso de punta. Le dio con el taco del zapato por el lomo, se sacó el cinto de charol y le dio como pa’ entregar sin cargo. Y tras cartón lo puso en el brete: se casaba con ella como le había prometido, o se hacía humo entre el montón, y la dejaba seguir sola en su laburo.

Andresito vio que su inversión peligraba y con ella el vento. Una mañana se casaron sin alaraca, con tres meretrices y un gay de testigos. Con la libreta en la mano ella se tranquilizó, y él aflojó el verdugueo. La nueva señora siguió un tiempo más trabajando por Bulevar. Por intermedio de sus relaciones públicas le consiguió trabajo a su marido, y Andresito entró de repartidor en una empresa de ramos generales. La Margot siempre había soñado con un marido empleado de comercio.

Con el tiempo la señora se compró un apartamento en Pocitos, es dueña de una casa de masajes por El Cordón, tiene vento, auto y marido. ¡Ah! Andresito no llegó a 8 cuarenta, la minita que se consiguió una noche por Bulevar le ganó por destrozo. Según me contaron sigue casado con ella y laburando en la empresa de ramos generales.
“Cafiolo de feca-con- chele”, le dicen en el barrio.

Ada Vega - edición 1999

domingo, 22 de diciembre de 2019

Historia en dos ciudades




Nos conocimos una tarde de enero, en la plaza de un barrio castizo, en los aledaños de Madrid. Yo tenía 15 años y él 16. Estaba sentada en un banco comiendo churros. Pasó caminando con las manos en los bolsillos del pantalón. Me miró y lo miré. Se llamaba Manuel, era guapo y tenía ojos verdes. Yo tenía fina la cintura y el pelo negro. 

En aquellos días estudiaba en un colegio de monjas, y él trabajaba con su padre que era fontanero. Fuimos novios a escondidas. Nos veíamos los domingos en la plaza, y por las noches, a hurtadillas, en los portones del convento de las Esclavas Vicentinas, que estaba pegado a la Iglesia del Santísimo Sacramento.

España, inmersa en una devastadora crisis económica, salía de una feroz guerra civil que la había extenuado. Había hambre y desasosiego. Mientras una Europa, alucinada, afilaba sus garras, antes de sumergirse en la segunda Guerra Mundial, los jóvenes españoles emigraban a raudales hacia América del Sur.

También el padre de Manuel, preocupado por el futuro de su hijo, había conseguido que el capitán de un barco mercante le diera trabajo como ayudante de cocina, y lo dejara en el puerto de Buenos Aires, donde la familia tenía parientes.

II

Nuestro amor adolescente creció y se hizo carne en el portal del convento de las Esclavas. Hacía unos meses que estábamos de novios cuando un día, de pronto, tuve la impresión de que estaba embarazada. Esperé unos días hasta confirmar lo que imaginaba y decidí hablar con Manuel esa misma noche. Tenía prisa por contarle. Antes de comenzar a hablar oí que me decía: 

—Dentro de cinco días me voy para Sud América. Iré en un barco de carga que me dejará en el puerto de Buenos Aires donde tengo unos tíos. Sentí que el mundo se me venía encima. Cuando le conté que estaba esperando un hijo suyo, dudó y me dijo: 
— Entonces, me quedo. Le contesté que no, que habláramos primero con mis padres. Que yo esperaría a que él se ubicara, consiguiera trabajo y tuviésemos un lugar donde vivir los tres. De modo que nos armamos de coraje, enfrentamos a mis padres y les contamos, ahorrando palabras y explicaciones, la situación que afrontábamos. 

Al escuchar la novedad mi padre se puso furioso. Le gritó a mi madre que la culpa era suya por no cuidarme. Mi madre comenzó a llorar. Traté de decirle a mi padre que ella no tenía culpa, puesto que yo me escapaba por las noches, para encontrarme con Manuel sin que nadie lo advirtiera.
No pude defender a mi madre porque ordenó que me callara la boca y se dirigió a Manuel: le preguntó quién era, como se llamaba, donde vivía, cuantos años tenía y si estaba estudiando. Manuel se puso nervioso, aclaró la garganta, y contestó:
— Estee…
Mi padre se pasó una mano por la frente, mi madre pensó que le iba a dar un soponcio y le dijo:
—Siéntate José.
— ¡No puedo sentarme, — contestó —, si me siento no oigo bien! Manuel aprovechó el lapsus y agregó:
—El problema no es esto que estamos hablando…
— ¡Ah, esto no es un problema! ¿Qué falta entonces? —Vociferó.
Quise contarle lo del viaje a América, pero él me gritó:
— ¡Tú cállate la boca! Entonces Manuel más calmado le contó del viaje a la Argentina donde tenía parientes, le dijo, y que en cuanto consiguiera trabajo me mandaría a buscar.
Mi padre lejos de calmarse arremetió enojado:

— ¡Tú con tu vida has lo que te venga en ganas, de mi hija y de su hijo me haré cargo yo! Entonces sucedió algo que me llenó de orgullo. Manuel se enfrentó a mi padre y le dijo que de su mujer y de su hijo se haría cargo él.
—Me voy para América porque acá no hay futuro, pero en cuanto consiga trabajo Julieta y mi hijo se irán a vivir conmigo. Mi padre se sentó y mi madre dejó de llorar.

II

El barco en que viajaría Manuel, partía del puerto de la Coruña en tres días. Él debía abordarlo en dos días. No había tiempo para boda por el Registro Civil, y tampoco para boda en la iglesia con cirios y flores. Sin otra alternativa, se armó en mi casa un altar en el comedor, vino el cura de la parroquia y nos casamos al otro día. Yo con mi vestido blanco de los 15, la mantilla que mi madre, los domingos llevaba a misa, y un ramo de jazmines blancos. Los padres de Manuel fueron los padrinos y el cura bendijo sus alianzas, que desde entonces llevamos puestas.

Después, Manuel viajó para América yo dejé de estudiar, y a los 9 meses nació Sebastián. Cumplió un año, cumplió 2 años y nunca recibimos carta de Manuel, ni yo, ni su madre.
Pese a que lloré y extrañé a Manuel, Sebastián colmó mis horas, y alegró mi vida y la de los abuelos.
Una mañana de otoño llegó a mi casa, la madre de Manuel con una carta de su hijo para ella y dentro del mismo sobre, una para mí. Pocas palabras: que nunca dejó de amarme, que soñaba con conocer a su hijo y, entre otras cosas, que cuando llegó a América el primer puerto que tocó el barco, fue el puerto de Montevideo. Que se enamoró de la bahía y su Cerro vigilante, y decidió en el acto que no iría a Buenos Aires. Que se quedaría a vivir en Uruguay. También decía la carta que en los próximos días iría a buscarnos.

III

Manuel entró a trabajar en el puerto de Montevideo, como peón asalariado, y pasó a vivir en una pensión junto a unos compañeros de trabajo. La paga no era mala para un joven sin experiencia, pero él había llegado al país con una responsabilidad y una promesa que cumplir. Mientras trabajaba como estibador, un día se enteró de que en el norte de Chile tomaban gente para trabajar en las minas de cobre. Que el trabajo era duro, le dijeron, pero que lo pagaban muy bien y que en poco tiempo se podía ahorrar para comprar una casa. De manera que se puso en contacto con la persona que reclutaba gente y en pocos meses consiguió un contrato para trabajar en las minas de Atacama. Primero no escribió porque no tenía novedades que contar, y después no le fue fácil comunicarse. Así que esperó a terminar el contrato para escribir. A su vuelta a Uruguay, volvió a trabajar en el puerto.

IV

Veinte días después de recibir la carta, llegó Manuel a mi casa. Me encontraba con Sebastián en la puerta de calle, y lo vi venir. Me costó reconocerlo. Estaba más alto, más moreno, ¡más guapo! Antes de abrazarme levantó a Sebastián en sus brazos y lo apretó junto a su corazón. Días después, en el puerto de La Coruña, nos despedimos de mis padres y de mis suegros, cruzamos el Atlántico, y el 15 de febrero de 1945, desembarcamos en el puerto de Montevideo.  Manuel había comprado una casa en la Ciudad Vieja, con una puerta muy alta a la calle y un balcón de cada lado. Con tres habitaciones, dos patios dameros: uno con claraboya y otro con un aljibe en el centro, y un fondo con parral y dos ciruelos. Un año después, nació Alfonso. 
En esta casa de la Ciudad Vieja criamos a nuestros hijos, y fuimos felices. Pasaron veinte años como un suspiro. En los años 60, Uruguay no escapó a los problemas económicos de América Latina. Los jóvenes no conseguían trabajo y emigraban hacia Europa y Estados Unidos. 

Sebastián fue quien primero decidió volver a España. Tenía su documentación en regla y no tuvo inconvenientes en regresar al país donde nació. Después se fue Alfonso. Y allá están, se casaron y tienen hijos. A veces vienen, y a veces vamos. Manuel y yo nunca quisimos volver a España para quedarnos. Al cabo, somos más uruguayos que españoles. Seguimos aquí, en la casa de balcones y patios dameros; con aljibe, y fondo con parrales y ciruelos. Hace muchos años llegamos a Uruguay con la ilusión de formar aquí, una gran familia. La formamos allá, en España. Pero sin nosotros.

Y los años volvieron a pasar inclementes. Estamos solos. Estamos viejos. Eras guapo y tenías los ojos verdes. Y yo tenía fina la cintura y el pelo… mi pelo era negro.¿Te acuerdas, Manuel…? 

Ada Vega, 2017

jueves, 19 de diciembre de 2019

Vincent





Nadie se acuerda del día en que Vincent llegó al barrio. Creo que siempre estuvo allí. Su figura desgarbada, sus cuadros vírgenes y su cara de Nazareno, eran parte del paisaje de La Teja al sur que hacia los años cincuenta crecía porfiada junto a la Bahía de Montevideo. Vincent era un joven pálido de cabello largo, barba rizada, y ojos enlutados de mirar perdido.

Vincent trastornado, extraviado en su propia esquizofrenia que deambulaba por las calles del barrio en aquellos esplendentes y perdidos veranos, con una tela de pintor bajo el brazo, algo que alguna vez fue un caballete y un pincel. Caminaba la vida con un compañero invisible y permanecía largas horas apoyado en el puente mirando el mar. En sus caminatas sin rumbo llegaba a veces hasta Capurro y vagaba por el parque “donde de niño, jugara Benedetti” y recorría su playa antigua y sentenciada.

Sonreía y pintaba siempre el mismo cuadro. Entusiasmado con su obra, a veces se retiraba y miraba la tela como un verdadero pintor de oficio buscando la perfección, entonces se acercaba y corregía hasta quedar satisfecho. Pero la tela en el bastidor permanecía blanca. Muy temprano andaba Vincent haciendo su recorrido diario. Cuando los silbatos de las fábricas llamaban al turno de las seis de la mañana, él pasaba con su cuadro y su pincel. Adónde iba o de dónde venía, nadie lo supo. Simplemente lo veíamos pasar.

Vivía con otros marginales en un ranchito mísero hecho con latas y cartones, en la misma desembocadura del Miguelete junto a la refinería de Ancap. Decía llamarse Vincent, pero su verdadero nombre rubricado por apellidos muy sonados en la política de aquellos años, era otro. Pertenecía al seno de una familia adinerada que lo amaba y lo cuidaba. Su madre venía a verlo muy seguido: tanto como él lo permitía.

Llegaba de mañana en automóvil con chófer. Le traía ropa, comida y vitaminas, y era éste quien bajaba del coche y le alcanzaba los bolsos, mientras la angustiada madre esperaba para ver a su hijo que, desde lejos, la saludaba con la mano en alto. Vincent apenas probaba la comida, las vitaminas jamás las tomó, solía cambiarse el pantalón y la camisa, lo demás lo regalaba. Había logrado hasta donde le fue posible, mantener alejada a su familia con excepción de su hermano Diego, con quien en los últimos años mantuvo una gran amistad.

A Diego le dolía la condición en que se encontraba Vincent. En una oportunidad nos contó que siendo estudiante su hermano sufrió un trastorno en su mente y perdió la razón. Los médicos nunca acertaron a explicar muy bien que le sucedió. Fue entonces que los padres lo llevaron a Europa y luego a Estados Unidos, en busca de una posible cura, sin encontrarla. Y el joven poco a poco se fue aislando.

No quería estar en su casa ni con su familia. Desaparecía por días, hasta que al final lo encontraban vagando por las calles, sonriente y feliz. Un día, en sus desvíos, encontró unos indigentes que vivían junto al Miguelete y se quedó con ellos. Desde entonces vivió para “pintar”. Le pidió a Diego una tela y un caballete y el hermano le trajo todo lo necesario: telas, pinceles y óleos. Pero nunca usó las pinturas, los colores estaban en su mente. Era un joven callado y dócil que vivía en un mundo donde no había cabida para nadie más.

Un invierno su madre dejó de venir al barrio. Había fallecido. Nunca supimos si su mente registró el hecho. Entonces comenzó a venir Diego, le traía telas y tubos de óleos, aceites y pinceles, pero él siguió con su pincel seco y su vieja tela. También le traía ropa, frazadas y comida que Vincent repartía entre sus compañeros. Diego, al fin,  no soportó más la situación. Una tarde volvió y se lo llevó con él, lo bañó, lo afeitó y lo dejó en una lujosa casa de salud.

Lo instaló en una hermosa habitación, con cama de doble colchón y sábanas perfumadas; con televisión, un sillón hamaca, y junto a la ventana un caballete con su tela, caja de óleos, acuarelas y pinceles. Tenía cuatro comidas diarias y podía bajar al jardín. Vincent se quedó un día. Al llegar la noche con su vieja tela bajo el brazo y su pincel se dirigió a la puerta de calle, y al encontrarla cerrada con llave, enloqueció.

Se sintió atrapado, no podían controlarlo y llamaron a Diego. Cuando éste llegó y entró en la habitación encontró a Vincent bañado en sangre. El joven, perturbado, se había cortado una oreja. Y Diego comprendió que no podía interferir en la decisión de vida que su hermano había tomado. Si lo amaba, debía respetar su derecho a vivir cómo y donde él quisiera. Y él era feliz en su ranchito tal cual lo tenía: en el baldío, junto al puente, frente a la bahía.

Y Vincent volvió al barrio. Anduvo meses vagando calle arriba y calle abajo con la cabeza vendada. Hasta la noche en que terminó el cuadro que hacía años estaba pintando. Esa noche se sintió mal y avisaron a Diego, que no demoró en llegar. Vincent estaba acostado en una colchoneta cubierto con una manta. Al verlo así, Diego se alarmó e intentó llevárselo a su casa, pero Vincent no quiso moverse, dijo que tenía frío y que estaba muy cansado.

Diego se acostó a su lado y lo abrazó muy fuerte. Vincent entonces, haciendo un esfuerzo, sacó el cuadro terminado de entre las ropas que lo cubrían. Es para vos, le dijo. Diego tomó el cuadro, y mientras le oía decir a su hermano, casi en susurro:"Adios,  Diego", observó en aquella vieja tela, que durante años, su hermano enfermo pintara sin pintar, la clásica belleza de un “vaso con girasoles”, firmado: Vincent.



Ada Vega, edición 1997

sábado, 14 de diciembre de 2019

Como campanilla de recreo


 Manuel Arvizu ingresó al  elegante salón de fiestas del Hotel Conrad Punta del Este donde esa noche se ofrecía una recepción a un grupo de científicos llegados del Institut Pasteur de París, en visita a su homólogo de Montevideo.  El grupo lo conformaban tres doctores y un técnico, dedicados al estudio de la Biología Molecular. Uno de los doctores era una bióloga nacida en Uruguay y radicada en Francia, hacía  muchos años.
Manuel Arvizu paseó su mirada sobre toda aquella concurrencia y se encaminó hacia donde se encontraban los homenajeados. Se detuvo ante la mujer que componía el grupo, causante de su presencia en dicho agasajo. Desde que viera la foto en los diarios y el  anuncio de su arribo al país, sólo estuvo  pendiente del día de su llegada.
Esa doctora en biología, que anunciaba su visita al Uruguay, había sido una estudiante alumna suya de los años en que fue profesor de  un liceo capitalino. Vivió con ella una brevísima historia de amor. Tan breve que el hombre piensa que  nunca  comenzó y por ende: nunca acabó. Pero que sin embargo, como una imagen recurrente, aún permanece en su memoria perturbándolo, a veces, como una obsesión. Que no comenzó con un principio, como comienzan las historias de amor. Más aún, una historia que le pertenecía solamente a él pues, se había enamorado de una mujer que había hecho suya una tarde, de hacía muchos años y que nunca más volvió a ver. Una mujer de la que se enamoró después: al recordarla. Cuando, sin saberlo entonces, ya la había perdido. 
Ahora el destino volvía a cruzarlos y él necesitaba ir a su encuentro. Enfrentar ese recuerdo acuciante que no pudo nunca dejar en el olvido. Hablar con ella aunque fuesen dos palabras para poder, al fin, olvidar aquella vieja historia. Y allí estaban los dos, otra vez,  frente a  frente.
La mujer lucía espléndida. Elegante, pero sobria. Llevaba un vestido negro de corte clásico y un collar de perlas y, en sus manos, sólo una alianza de matrimonio. Delgada, no muy alta, con el cabello corto y  poco maquillaje, exhibía su rostro una belleza interior que relucía en sus ojos claros y en su boca que se abrió en una sonrisa cuando vio al hombre que se acercaba y lo reconoció. Tenía diecisiete años aquel invierno, cuando  se vieron por primera vez, y él había pasado los treinta. Ella estaba cursando quinto año de bachillerato, él llegó a suplir al profesor de física que se había enfermado. Se quedó con el cargo de profesor todo el tiempo que quedaba de quinto y todo sexto.
Ella lo volvió loco todo el tiempo que quedaba de quinto y todo sexto. Se había enamorado del profesor. Muchas alumnas se enamoran de sus profesores, pero son sólo amores platónicos. Sin embargo lo de Eliana nada tenía que ver con Platón y su elevada filosofía. Ella  acosaba continuamente, al profesor. Lo seguía, lo esperaba, lo llamaba por teléfono. Lo invitaba a ir al cine, a la biblioteca, a tomar un café. Con él a cualquier parte. El muchacho en ningún momento demostró interés en la joven. Estaba casado y  ella era un compromiso para él  y se lo decía:
 —Dejame en paz, Eliana,  me vas a hacer perder el trabajo.
 Todo fue en vano. En los últimos días de noviembre, antes de terminar el sexto año de bachillerato, Eliana necesitaba urgente una paliza: Manuel prefirió llevársela a un motel.
 Ella se quitó la ropa con la velocidad de un rayo y se tendió en la cama. Manuel pensó que era sabia en amores. La cubrió con su cuerpo y ella permaneció estática. Estiró las piernas juntas sobre las sábanas y se quedó a la espera. Manuel la miró y le preguntó:
—Decime Eliana vos nunca hiciste el amor.  Ella le dijo que no con la cabeza, y la boca cerrada.
 —Eliana, vos sos virgen —volvió a preguntar. Ella le dijo que sí con la cabeza, y  la boca cerrada. Manuel trató de incorporarse y  Eliana se abrazó a su cuello para que no la abandonara. Lo mantuvo quieto, aferrado sobre su pecho desnudo. No supo. No encontró las palabras con las cuales decirle que ella quería que fuese él, y no otro, su primer hombre. Lo miró angustiada. Manuel se zafó del abrazo y se  tendió a lo largo, junto al cuerpo de la muchacha, a esperar que se le pasara el desconcierto. Ella se acurrucó en el cuerpo del hombre buscando refugio.  Entonces la tomó en sus brazos, la besó largamente y ella, entregada al fin, se abrió al amor.
 El profesor no tuvo oportunidad, en los días que siguieron, de instruir a su alumna sobre las distintas fases del arte de amar y, unos meses después Eliana, mediante el usufructo de una beca, se fue a estudiar a Francia. Y no volvió a saber de ella.
Desde aquella tarde en el motel  habían transcurrido treinta años.
Manuel Arvizu observa a la famosa  bióloga que está a su lado, sonriente, desinhibida. Hizo bien en venir a verla. Ahora sabe que ella nunca lo olvidó. Que jamás lo olvidará. Ya puede ponerle fin a aquella historia de amor tan breve, que por distintas razones dejó entre la alumna y el profesor, un recuerdo imborrable. 
Eliana le tendió una mano para saludarlo. Al estrecharla, Manuel alcanzó a ver la alianza de matrimonio. Sólo una palabra pronunció él en voz muy baja, casi al oído:
—¿Aprendiste…? Ella rió al contestarle. Y él la reconoció más hermosa que nunca y más lejana que nunca.
   —¡Con un máster…! —alcanzó a decirle, mientras iba apresurada a reunirse con su grupo. 
Y Manuel  quedó mirando la figura de la mujer que se alejaba de su vida para siempre, mientras su risa retumbaba en el salón, como campanilla de recreo! 
Ada Vega, 2013

viernes, 13 de diciembre de 2019

Con las manos sobre el Evangelio


Su verdadero nombre era María de los Milagros Reboledo Gamarra. De los Reboledo del norte y los Gamarra  del sur. Sus familiares, por lo tanto, se encontraban diseminados por toda la república. Ambos abuelos pelearon en las guerras intestinas de  1870. Antes y después. Y murieron de viejos uno al norte del Río Negro, y en  la capital  el otro.  
Los heredaron los hijos, los hijos de los hijos y los biznietos. Sin embargo nadie conocía a María de los Milagros Reboledo Gamarra que fue, por su libertina conducta, desheredada. Detalle del que nunca tuvo conocimiento, ni le importó. Pues a ella se la conoció en veinte cuadras a la redonda, como María la del río, por algo natural y lógico: vivía junto al río. Por lo tanto, fue hasta su muerte octogenaria María del Río. que así quiso que se la conociera y se la llamara.
Nadie sabe con certeza, ni recuerda, cuando vino a vivir María a su casita de la costa. Según ella misma contaba, había nacido en 1901 y tenía escasos trece años cuando se escapó de su casa siguiendo a un cantor de tangos y valsecitos, bohemio y fachero. Lo conoció en la fiesta de cumpleaños de su hermana mayor donde, abrazado a una guitarra, lo escuchó cantar y decidió, que ese sería su hombre para toda la vida.
Y fue el cantor su primer hombre. Al que amó con locura y desesperada desesperación su vida entera y a quien juró, con las manos sobre  el Evangelio, que amaría hasta el día de su muerte. Y así fue, lo amó hasta el mismísimo día de su muerte: pero lo engañó a la semana. 
Que una cosa nada tiene que ver con la otra, según su propio decir y entender. Que el amor es inasible y  sublime, decía, y lo bendice Dios.  Y el cuerpo es terreno, se pudre en la tierra y  Dios no tiene en él, el más mínimo interés.
 También es cierto que su cantor, bohemio y fachero, vivía la noche de juerga y  de día dormía igual que un lirón. Aunque, la verdad sea dicha, no fue ese el real motivo de que María lo engañara, pues si  el muchacho hubiese  sido un santo de altar, bendito y milagrero, lo hubiera engañado igual. Que María había nacido para enamorarse por  un rato de todos los hombres, fuesen buenos, fuesen malos o rebeldes o malvados.
Al igual que muchos hombres que les gustan todas las mujeres, solteras o casadas, lindas o no tanto, de vez en cuando aparece una mujer con los mismos vicios. A los hombres se los llama con  transigencia: mujeriegos. A las mujeres: putas.
Sin embargo, no se debe tomar a la ligera el modo en que María vivía la vida, pues ella proclamaba con orgullo, que nunca se prostituyó, puesto que hacía el amor por placer, que no por dinero.  Que si a ella le gustaban los hombres, también es cierto que los hombres morían por ella. Porque María era bonita a rabiar. 
Que no hace falta que se diga, pues todo el mundo lo supo siempre, que fue la mujer más hermosa, sensual y mejor plantada de los tres o cuatro barrios que crecieron junto al río. Que la mata de su pelo negro, decían,  le llegaba a la cintura. Que sus ojazos, de mirada pecadora, enardecía a los hombres cuando pasaba insinuante. Que su cintura fina, y su quiebre al caminar. Que su boca, a media risa, maliciosa y subyugante. 
Eso decían, y  era cierto. No hubo mujer más amada por los hombres y más odiada por las mujeres. Y esto último sin razón. Que ella no engañaba a nadie, decía y con propiedad. Que nunca le quitó el novio, ni el marido, a ninguna mujer. Pues los hombres para ella eran todos pasajeros. Pétalos de una flor que se los llevaba el viento. Sólo fuegos de artificio nacidos para morir. Que ninguno despertó en su pecho el más mínimo sentimiento de amor, ni de codicia. Pues ella tenía su hombre, su cantor, a quien había jurado amar hasta el fin de su vida.
 María la del río, era prolija y muy limpia. Su casa brillaba por dentro y por fuera. Ella misma pintaba las puertas y las paredes cuando era necesidad. Plantaba y cultivaba su huerto. Cosía su ropa. Amasaba su pan y hacía su vino con uvas morenas.
 Un invierno, su amante cantor le dejó la casa y  se fue de torero a recorrer, cantando,  los barrios, los puertos. Cada tanto volvía, borracho y enfermo, harto de mujeres y piringundines. Colgaba la guitarra en el ropero y le entregaba su cuerpo a María para que con él hiciera lo que quisiera. 
María lo único que podía hacer con aquel deterioro de cuerpo, era darle cristiana sepultura. Pero aquella mujer era una santa. Lo cuidaba y lo alimentaba.  De entrada, nomas, lo metía en la tina con agua caliente, lo dejaba un rato en  remojo y después  lo refregaba con fuerza, con jabón de olor, de la cabeza a los pies. Se untaba las manos con grasa de pella y se la pasaba por todo el cuerpo  para curarle heridas y mataduras.
Con santa paciencia le cortaba las uñas y el pelo. Luego lo afeitaba, lo metía en la cama y lo dejaba dormir días enteros mientras ella  le velaba el sueño.
 Al cabo de un tiempo, con tantos cuidados,  el mozo cantor se recuperaba. Quedaba lustroso, con la ropa limpia, gordo y oliendo a lavanda. Después, pasado unos días, una noche cualquiera después de cenar, descolgaba la guitarra, abrazaba y  besaba a María como un hijo besa y abraza a su madre  y se iba, silbando bajito, perdido en la noche. Siempre se llevaron bien. Nunca discutieron. Nunca una palabra de más. Nunca un improperio. Todo sabían el uno del otro. Y se respetaban.  De todos modos, si bien es cierto que él  siempre se iba y la abandonaba,  María sabía que era volvedor.
Un día, cuando el año cuarenta moría y  hacía seis o siete  que el cantor  no daba señales de vida, le avisaron  que en un boliche en un barrio del norte, en una trifulca, alguien lo había matado. Ella se vistió de negro, llamó a un carrero  vecino y con él  fue a buscarlo. De regreso, con el hombre muerto, lo bañó, le cambió la ropa, lo peinó con jopo y gomina y  lo veló toda la noche. Al otro día fue sola a enterrarlo. 
No quiso que nadie la acompañara. Que el muerto era sólo suyo, dijo. Después, de vuelta a su casa, siguió con su vida. Enamorándose de los hombres y dejando que los hombres se enamoraran de ella. Que no fueron pocos los  hombres de paso que quisieron quedarse con ella  del todo, sufriendo tras su negativa. Porque María nunca necesitó un hombre para vivir, pues se mantuvo siempre sola. Sola hasta el fin.

María la del Río murió el invierno lluvioso y frío. La casa se llenó de  ancianos. La velaron día y medio y al final la enterraron porque no podían seguir esperando que llegaran todos los que la amaron. Pues algunos no pudieron venir porque ya no caminaban o tenían  la mente perdida. Los más porque estaban muertos. Y otros porque sus mujeres, hasta muerta la celaron. Esto último sin razón. Que ella nunca le sacó el novio ni el marido a ninguna mujer. Que el amor que ella daba era sólo por un rato.  Que jamás quiso hombre alguno plantado en su casa. Porque María del Río, como ella quería que la llamaran, amó solamente a un hombre, aquel cantor de tangos y valsecitos, bohemio y fachero, a quien le juró, a los trece años, con las manos sobre el Evangelio, que lo amaría hasta el día de su  muerte. Y fue verdad.  

Ada Vega.2005