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sábado, 3 de agosto de 2019

Las Campanas de la Catedral - completo







Presentación:
Rafael Courtoisie, narrador, poeta y ensayista. Miembro de Número de la Academia Nacional de Letras de Uruguay y Miembro Correspondiente de la Real Academia.


La obra narrativa de Ada Vega, tanto en sus novelas como en sus cuentos, muestra una sólida trayectoria que logra un friso realista y original en la narrativa uruguaya contemporánea. Es una autora coherente, cuya destreza en el tratamiento de temas sociales, en el trazado y desarrollo de sus personajes y en el dominio de estructuras de relato, es indudable: historias verosímiles articuladas con pericia y gran intuición invitan a la lectura, pero también permiten una reflexión profunda. Ada Vega es una narradora que despliega varios intereses y técnicas cuyo resultado es una literatura definida y sin lugar a dudas relevante en el contexto contemporáneo.
                                                   Rafael Courtoisie
                                                                



                   ÍNDICE

1 - Las Campanas de la Catedral.
2 - Historia en dos ciudades.
3 - Hotel Empire.
4 - Selenne.
5 - Volver a Salto.
6 - Como Campanilla de recreo.
7 - Después.
8 - La casa
9 - Ofelia Bronfield
10 - Nadia.
11 - Por mano propia.
12 - La Farolera.
13 - La capital te atrapa.
14 - La cita
15 -Volver
16 - En los tiempos del Zeppelín.
17 – El canto de la sirena
18 –La mesa de roble
19 - Primer actor de reparto
20 - La abuela Gaby


               
           
             Las Campanas de la Catedral – 1

    
  A las siete de la tarde las campanas de la Catedral llamaban al Ángelus. Las señoras piadosas de la ciudad se acercaban con sus niños pequeños y sus hijas adolescentes, a rezar el Ave María. Montevideo aún conservaba vestigios de aldea, aunque las cúpulas de sus edificios se elevaban en el inútil impulso de acariciar el cielo. A esa hora, las escasas luces de la Ciudad Vieja, comenzaban a encenderse. El arbolado de la Plaza Matriz, plantado tardíamente a lo largo de sendas pavimentadas, mostraba árboles escuálidos atados a sus tutores. En el medio de la plaza, donde confluían las sendas, se encontraba la fuente de mármol, en homenaje a la primera Constitución de 1830, y en derredor se alineaban bancos y faroles.
Yo iba de la mano de mamá. En el camino se unía a nosotras mi madrina, la tía que nunca se casó, que se llamaba Gloria y vivía con mis abuelos en una casona del barrio de La Aguada.
Atravesábamos la plaza al sesgo, para desembocar en las puertas de la Iglesia Mayor. Al finalizar el Ángelus el sacerdote elevaba el Santísimo y bendecía a todos los feligreses. Luego nos retirábamos y volvíamos a cruzar la plaza, pero entonces dábamos una vuelta alrededor de la fuente. A mí me encantaba ese paseo, porque la tía y mamá se sentaban en algún banco a conversar y yo me quedaba junto a la fuente a observar a los niños y a los querubines, a los faunos y a los delfines entrelazados, jugando bajo el agua de la vertiente. Por un rato, después del Ángelus, la escalinata y la calle de la Catedral se veían colmadas de gente que se saludaba y conversaba, mientras enfrente, la plaza se convertía en un sarao.
Gloria fue la primera en nacer y designada por ello, a quedarse con los abuelos para cuidarlos en su vejez. Fue también, en compensación, la madrina de todos sus sobrinos. Estuvo en mi bautismo y en la fiesta de mis 15, pero no pudo venir a mi boda porque el abuelo es esos días no se encontraba bien de salud. Al poco tiempo cuando el abuelo falleció, siguió solícita, cuidando a la abuela.
Un día las campanas de la Catedral dejaron de llamar a oración y las campanas de todas las parroquias de la ciudad, dejaron de doblar. En esos días falleció la abuela, y mi madrina, la tía solterona, la madrina de todos sus sobrinos, la que no se casó nunca, no tuvo hijos, ni conoció hombre alguno, se quedó sola, sin serenatas, ni cartas de amor. Entonces comencé a ir a verla todos los domingos.
Había en la casa una cocina a leña que en invierno estaba siempre encendida, y allí nos sentábamos las dos a conversar. Tomábamos mate con café, en un mate de porcelana, con flores de colores y filetes dorados, con una bombilla de plata y oro, que había sido un regalo de boda de mis abuelos y comíamos unos bizcochos con azúcar negra y pasas de uvas, que ella horneaba para mí, porque sabía que desde niña me encantaban.
Cuando nació mi primer hijo, no quise pedirle que fuese la madrina, porque siempre creí que cada niño que amadrinaba era como una nueva condena, un nuevo dolor. Al principio iba sola a visitarla.  Después comencé a ir con mi hijo pequeño, después con el segundo y luego con los tres.
Las tardes de los domingos fueron una obligación que nunca tuve el valor de abandonar. A mis hijos les gustaba ir, pues había en la casa un fondo grande, donde podían jugar sin peligro y sin molestar. Durante mucho tiempo fui a verla. Sé que ella esperaba mi visita como algo preestablecido, y la hacía feliz.
 Después, los años pasaron, mis hijos crecieron y yo comencé a quedarme los domingos en mi casa junto a mi esposo. Los años también pasaron para ella que envejeció en soledad, sin pedir nunca nada a nadie. Y una tarde fría de invierno, a la hora en que antaño, las campanas de la Catedral llamaban al Ángelus, mi madrina se fue en silencio. Abandonó este mundo impiadoso, en aquel caserón del barrio de La Aguada.



                Historia en dos ciudades - 2


    Nos conocimos una tarde de enero, en la plaza de un barrio castizo, en los aledaños de Madrid. Yo tenía 15 años y él 16. Estaba sentada en un banco comiendo churros. Pasó caminando con las manos en los bolsillos del pantalón. Me miró y lo miré. Se llamaba Manuel, era guapo y tenía ojos verdes. Yo tenía fina la cintura y el pelo negro. 

En aquellos días estudiaba en un colegio de monjas, y él trabajaba con su padre que era fontanero. Fuimos novios a escondidas. Nos veíamos los domingos en la plaza, y por las noches, a hurtadillas, en los portones del convento de las Esclavas Vicentinas, que estaba pegado a la Iglesia del Santísimo Sacramento.

España, inmersa en una devastadora crisis económica, salía de una feroz guerra civil que la había extenuado. Había hambre y desasosiego. Mientras una Europa, alucinada, afilaba sus garras, antes de sumergirse en la segunda Guerra Mundial, los jóvenes españoles emigraban a raudales hacia América del Sur.

También el padre de Manuel, preocupado por el futuro de su hijo, había conseguido que el capitán de un barco mercante le diera trabajo como ayudante de cocina, y lo dejara en el puerto de Buenos Aires, donde la familia tenía parientes.

II

Nuestro amor adolescente creció y se hizo carne en el portal del convento de las Esclavas. Hacía unos meses que estábamos de novios cuando un día, de pronto, tuve la impresión de que estaba embarazada. Esperé unos días hasta confirmar lo que imaginaba y decidí hablar con Manuel esa misma noche. Tenía prisa por contarle. Antes de comenzar a hablar oí que me decía: 

—Dentro de cinco días me voy para Sud América. Iré en un barco de carga que me dejará en el puerto de Buenos Aires donde tengo unos tíos. Sentí que el mundo se me venía encima. Cuando le conté que estaba esperando un hijo suyo, dudó y me dijo: 

— Entonces, me quedo. Le contesté que no, que habláramos primero con mis padres. Que yo esperaría a que él se ubicara, consiguiera trabajo y tuviésemos un lugar donde vivir los tres. De modo que nos armamos de coraje, enfrentamos a mis padres y les contamos, ahorrando palabras y explicaciones, la situación que afrontábamos. 

Al escuchar la novedad mi padre se puso furioso. Le gritó a mi madre que la culpa era suya por no cuidarme. Mi madre comenzó a llorar. Traté de decirle a mi padre que ella no tenía culpa, puesto que yo me escapaba por las noches, para encontrarme con Manuel sin que nadie lo advirtiera.


No pude defender a mi madre porque ordenó que me callara la boca y se dirigió a Manuel: le preguntó quién era, como se llamaba, donde vivía, cuantos años tenía y si estaba estudiando. Manuel se puso nervioso, aclaró la garganta, y contestó:

— Estee…

Mi padre se pasó una mano por la frente, mi madre pensó que le iba a dar un soponcio y le dijo:

—Siéntate José.

— ¡No puedo sentarme, — contestó —, si me siento no oigo bien! Manuel aprovechó el lapsus y agregó:

—El problema no es esto que estamos hablando…

— ¡Ah, esto no es un problema! ¿Qué falta entonces? —Vociferó.

Quise contarle lo del viaje a América, pero él me gritó:

— ¡Tú cállate la boca! Entonces Manuel más calmado le contó del viaje a la Argentina donde tenía parientes, le dijo, y que en cuanto consiguiera trabajo me mandaría a buscar.

Mi padre lejos de calmarse arremetió enojado:

— ¡Tú con tu vida has lo que te venga en ganas, de mi hija y de su hijo me haré cargo yo! Entonces sucedió algo que me llenó de orgullo. Manuel se enfrentó a mi padre y le dijo que de su mujer y de su hijo se haría cargo él.

—Me voy para América porque acá no hay futuro, pero en cuanto consiga trabajo Julieta y mi hijo se irán a vivir conmigo. Mi padre se sentó y mi madre dejó de llorar.

III

El barco en que viajaría Manuel, partía del puerto de la Coruña en tres días. Él debía abordarlo en dos días. No había tiempo para boda por el Registro Civil, y tampoco para boda en la iglesia con cirios y flores. Sin otra alternativa, se armó en mi casa un altar en el comedor, vino el cura de la parroquia y nos casamos al otro día. Yo con mi vestido blanco de los 15, la mantilla que mi madre, los domingos llevaba a misa, y un ramo de jazmines blancos. Los padres de Manuel fueron los padrinos y el cura bendijo sus alianzas, que desde entonces llevamos puestas.

Después, Manuel viajó para América yo dejé de estudiar, y a los 9 meses nació Sebastián. Cumplió un año, cumplió 2 años y nunca recibimos carta de Manuel, ni yo, ni su madre.

Pese a que lloré y extrañé a Manuel, Sebastián colmó mis horas, y alegró mi vida y la de los abuelos.

Una mañana de otoño llegó a mi casa, la madre de Manuel con una carta de su hijo para ella y dentro del mismo sobre, una para mí. Pocas palabras: que nunca dejó de amarme, que soñaba con conocer a su hijo y, entre otras cosas, que cuando llegó a América el primer puerto que tocó el barco, fue el puerto de Montevideo. Que se enamoró de la bahía y su Cerro vigilante, y decidió en el acto que no iría a Buenos Aires. Que se quedaría a vivir en Uruguay. También decía la carta que en los próximos días iría a buscarnos.

IV

Manuel entró a trabajar en el puerto de Montevideo, como peón asalariado, y pasó a vivir en una pensión junto a unos compañeros de trabajo. La paga no era mala para un joven sin experiencia, pero él había llegado al país con una responsabilidad y una promesa que cumplir. Mientras trabajaba como estibador, un día se enteró de que en el norte de Chile tomaban gente para trabajar en las minas de cobre. Que el trabajo era duro, le dijeron, pero que lo pagaban muy bien y que en poco tiempo se podía ahorrar para comprar una casa. De manera que se puso en contacto con la persona que reclutaba gente y en pocos meses consiguió un contrato para trabajar en las minas de Atacama. Primero no escribió porque no tenía novedades que contar, y después no le fue fácil comunicarse. Así que esperó a terminar el contrato para escribir. A su vuelta a Uruguay, volvió a trabajar en el puerto.

V

Veinte días después de recibir la carta, llegó Manuel a mi casa. Me encontraba con Sebastián en la puerta de calle, y lo vi venir. Me costó reconocerlo. Estaba más alto, más moreno, ¡más guapo! Antes de abrazarme levantó a Sebastián en sus brazos y lo apretó junto a su corazón.
Días después, en el puerto de La Coruña, nos despedimos de mis padres y de mis suegros, cruzamos el Atlántico, y el 15 de febrero de 1945, desembarcamos en el puerto de Montevideo. 

Manuel había comprado una casa en la Ciudad Vieja, con una puerta muy alta a la calle y un balcón de cada lado. Con tres habitaciones, dos patios dameros: uno con claraboya y otro con un aljibe en el centro, y un fondo con parral y dos ciruelos. Un año después, nació Alfonso. 

En esta casa de la Ciudad Vieja criamos a nuestros hijos, y fuimos felices. Pasaron veinte años como un suspiro. En los años 60, Uruguay no escapó a los problemas económicos de América Latina. Los jóvenes no conseguían trabajo y emigraban hacia Europa y Estados Unidos. 

Sebastián fue quien primero decidió volver a España. Tenía su documentación en regla y no tuvo inconvenientes en regresar al país donde nació. Después se fue Alfonso. Y allá están, se casaron y tienen hijos. A veces vienen, y a veces vamos. Manuel y yo nunca quisimos volver a España para quedarnos. Al cabo, somos más uruguayos que españoles. Seguimos aquí, en la casa de balcones y patios dameros; con aljibe, y fondo con parrales y ciruelos. Hace muchos años llegamos a Uruguay con la ilusión de formar aquí, una gran familia. La formamos allá, en España. Pero sin nosotros.



Y los años volvieron a pasar inclementes. Estamos solos. Estamos viejos. Eras guapo y tenías los ojos verdes. Y yo tenía fina la cintura y el pelo… mi pelo era negro. ¿Te acuerdas, Manuel…? 





                   Hotel Empire  - 3

 I                         
  El Empire estaba en la Ciudad Vieja, cerca del puerto. Era un hotel de principios del siglo XX de dos plantas y ventanas mirando el mar.
A la entrada, junto a la recepción, había un juego de sala tapizado en brocato celeste y dorado, una mesa con tapa de mármol, un televisor y una biblioteca. Hacia el fondo, en el segundo patio, se encontraba el comedor con una mesa oval, doce sillas de estilo, tapizadas en gobelino, y un trinchante de cuatro puertas de vidrios biselados y fondo de espejos, donde se guardaban la loza fina y las copas de cristal. Todas las habitaciones quedaban en el primer piso, hacia donde se subía por una escalera de mármol blanco con barandal de hierro forjado. Eran habitaciones muy amplias: con juego de dormitorio, cortinados, alfombras, cuadros en las paredes y lámparas. Desde las ventanas se veía el mar y la escollera, y en las noches de verano todo el cielo enorme y estrellado. En los días de tormenta el mar crecía y se elevaba en olas que sepultaban la escollera, como si quisieran llevársela consigo. Después, cuando la lluvia amainaba, comenzaba a surgir hacia la superficie como el lomo de una enorme ballena. Era, aquel, un barrio de inmigrantes donde  en la calle jugaban juntos, niños judíos, negros y criollos. Hijos de gallegos, de armenios y de italianos. 
En la cuadra había un almacén, una panadería y un taller de calzado. Una escuela cerca y el Mercado del Puerto, donde se compraban la carne, el pescado del día, y las frutas y verduras.

II 

En aquellos días nosotros vivíamos en un barrio de calles empedradas y veredas con Fresnos. Teníamos una casa espaciosa con jardín al frente y terreno hacia el fondo con una glorieta bajo los árboles, rodeada de rosales y maceteros con flores. Cuando murió mi madre, después de acompañarla al cementerio, mi padre no quiso volver a la casa y decidió irse conmigo a pasar unos días en algún hotel. Así llegamos al Empire por unos días, y nos quedamos seis años.
El dueño del hotel se llamaba Genaro vivía allí con su esposa María, encargada de la cocina, y una hija llamada Angelina que llevaba los libros y atendía en la recepción. Los primeros días en el hotel fueron una novedad para mí que vivía en una casa hermosa, pero no tenía amigos. Tampoco teníamos perro, ni gato ni pájaros. 
La tarde que llegamos al Empire caía una llovizna aburrida y triste. A penas entramos al vestíbulo a la primera persona que vi fue a David, un niño de mi edad, sentado en un sillón de la sala mirando la televisión. Nos miró sin interés y siguió viendo la pantalla. Mi padre pidió una habitación por una semana y luego de firmar un libro subimos con Angelina y David, que también nos acompañó. Al llegar, la joven abrió la habitación nos dejó instalados y anunció que en media hora servirían la merienda. Mi padre le explicó que iba a descansar un rato y que bajaría para la cena, entonces ella me tomó de la mano y dijo que tomaría la merienda con David y me cuidaría hasta que él bajara.

III

David vivía frente al hotel con sus padres y el abuelo Adad, que tenía una tienda en la calle Colón donde también trabajaban sus padres. Todos los días, después de almorzar, cruzaba la calle y se quedaba con Angelina hasta que ellos regresaban. Teníamos la misma edad, pero como él había cumplido seis años en febrero ese marzo pudo entrar a primero en la escuela del barrio. En cambio yo, como cumplo en mayo, comencé un año después. De modo que en la escuela siempre me llevó un año de ventaja. 
Cuando llegué a sexto grado David entraba al liceo. Y cuando terminé sexto nos fuimos con mi padre de la Ciudad Vieja, y volvimos a nuestra casa del barrio de calles empedradas y veredas con Fresnos. No obstante, en los seis años vividos en el Hotel Empire, David estuvo siempre presente. Fueron años de una infancia feliz, donde compartimos juegos mientras nos asomábamos confiados a un mundo desconocido.

IV

Dos días después de nuestra llegada al hotel mi padre me dejó con Angelina para dar una vuelta por nuestra casa, a fin de recoger algunas cosas que necesitábamos. Ese próximo lunes debía volver a su empleo y había descubierto que desde el hotel, el Banco le quedaba solo un par de cuadras. De manera que sin pensar nos fuimos quedando. Yo, porque me sentía feliz con la novelería de vivir en un hotel, y con el montón de amigos que en pocos días había hecho. Y él porque se encontraba cómodo, distendido. 
Todos los días salía a caminar. A veces por la rambla, otras veces se dirigía directamente a Linardi & Risso a revolver libros, para volver siempre con algún texto bajo el brazo. Y el tiempo fue dejando caer, en aquel barrio, las hojas de los otoños.
Un día, para hacer nuestra estadía más interesante, sucedió un hecho imprevisto. En una de las habitaciones al fondo del corredor de la planta alta, se alojaba un alemán que había llegado una noche en el Julio César, que al desembarcar se dirigió directamente al Hotel Empire.Como equipaje traía una valija y una caja con libros. Era un hombre fornido, de estatura mediana. Canoso. Usaba lentes y vestía siempre de traje. Un hombre común que pasaba inadvertido. Sin embargo una noche, cuatro hombres irrumpieron en el hotel. Dos quedaron abajo y dos subieron hasta su habitación y se lo llevaron, a punta de revólver, en un auto que los esperaba en la puerta. Cuando llegó la policía revisó la habitación, se llevó algunas cosas y cerró con llave prohibiendo abrir hasta nueva orden. Nunca más se supo de él. Ni los diarios, ni la televisión dieron cuentas del hecho. Sólo los padres y el abuelo de David fueron indagados más de una vez, quienes aseguraron no conocerlo ni saber de su existencia.

V

Los únicos datos aportados por el alemán a su llegada al hotel, fueron su nombre: Egbert Krumm y que esperaba a alguien que vendría desde Europa. Por lo demás, todos coincidieron en que era un hombre muy callado, no se relacionaba con nadie, sus salidas eran para recorrer librerías y volver con dos o tres volúmenes cada vez. También opinaron que, para evitar encontrarse con los demás huéspedes, era el primero en bajar al comedor. Algo que tampoco llamaba la atención pues los habitantes del hotel eran cambiantes, con excepción de mi padre y yo, nadie se alojaba por más de un mes. De modo que ningún huésped llegó a conocerlo, y menos aún hacer amistad.
Como la habitación había quedado desordenada, Angelina preguntó a los policías qué hacía con los libros, y le contestaron que ella se hiciera cargo. Por lo tanto llamó a mi padre para que la ayudara a buscarles una ubicación. Cuando comenzaron a ordenarlos les llamó la atención que todos versaban sobre viajes. Viajes al Mato Groso y el Amazonas; a la Cordillera de los Andes; a Bolivia; al Paraguay y su parte selvática y así. De modo que decidieron  dejarlos en la biblioteca de la sala. Y allí quedaron, con excepción de los libros de la caja, seis libros de tapa dura escritos en alemán, que Angelina acomodó tal como vinieron del viejo mundo, debajo del mostrador de la recepción.

VI

Mi inserción en la familia de Angelina fue natural e inmediata. Mi padre desayunaba muy temprano, luego se quedaba en la sala a leer el diario y ver algún informativo en la televisión y después subía a despertarme.
Al principio, para que no desayunara solo, Angelina me llevaba a la cocina donde estaba María y desayunaba con ella. Después, a medida que se sucedían los días, bajaba solo y me dirigía a la cocina por mi cuenta.
Ese invierno pasó sin sentirlo, todas las tardes venía David o iba yo a su casa. En esas idas y venidas fui conociendo a sus amigos, y para cuando llegó la primavera sabía los nombres de todos. Pero fue ese diciembre, cuando terminaron las clases de la escuela y todos los chiquilines salían a jugar, que me alegré de verdad por haber ido a vivir a ese barrio. Jugábamos al fútbol en la calle, y algunas veces íbamos a la casa de inquilinato de la otra cuadra a ver a los morenos que, cada tarde al ponerse el sol, cantaban y tocaban tambores.

VII


Al acercarse la Navidad toda la cuadra era alegría. Desde la mañana nos reuníamos a jugar en la vereda, mientras los vecinos iban y venían haciendo las compras para esperar la Noche Buena.
Aquellas fiestas navideñas donde los judíos comían Pandulce y festejaban con los cristianos el nacimiento de Jesús. Porque en el barrio, era sabido, que para las fiestas de fin de año éramos todos iguales. Sin embargo los cristianos, no recuerdo que alguna vez hayamos festejado con ellos, en los primeros días de septiembre, el comienzo del año judío
La mamá de David horneaba para esos días un pan delicioso con miel, que se llama Jalá. Otras veces lo he comido con amigos en distintas partes del mundo, pero en ninguno he encontrado el sabor de la Jalá que comíamos con David, sentados en el pretil de la ventana de su casa, en la noche de Rosh Hashana.

VIII

En esos años que viví en el Empire conocí muchísima gente de paso. La mayoría del interior del país, personas que venían al Hospital Maciel por enfermedad, o a visitar algún pariente internado. También los que llegaban de vacaciones a visitar Montevideo y se alojaban por unos días.
Recuerdo que un invierno llegaron Sixto y Raquel, un matrimonio del interior del país. La señora, que se encontraba próxima a dar a luz, venía para el Maciel, pero al llegar le comunicaron que en maternidad no había cama disponible hasta el día siguiente, de modo que se instalaron en el hotel. Sobre la madrugada bajó Sixto a pedir que se quedara alguien con su esposa, pues se sentía mal, mientras él iba hasta el hospital a pedir ayuda. María y Angelina subieron de inmediato y comenzaron las subidas y bajadas por la escalera hasta que oímos el llanto del bebé que había nacido.
Cuando al fin llegó una enfermera, la beba se encontraba dormida en los brazos de la madre. Se quedaron una semana en el hotel. Antes de volver al campo la bautizaron en la capilla del Maciel y de nombre sus padres le pusieron: María Angelina.
Varias veces vimos a la niña y a sus padres, de visita. Muchos años después, supimos que María Angelina había venido a estudiar a Montevideo y se encontraba hospedada en el Empire. También supimos que fue profesora de la Facultad de Medicina y desde hace unos años, Directora de Pediatría del Hospital Maciel.
.
IX

Cuando estaba en quinto de escuela, un viernes de tarde llegaron al hotel una chica y un muchacho que venían de Buenos Aires, por el fin de semana. 
Jóvenes, hermosos y enamorados. Pidieron una habitación, subieron, y no los volvimos a ver. El lunes Genaro les golpeó la puerta. Tanteó el pestillo. Creyó que dormían abrazados cuando, recostado a la lámpara, vio el sobre con la carta. Hubo una gran conmoción. Otra vez la policía, otra vez la indagatoria. Como en el caso de Egbert Krumm, nadie pudo aportar datos. Solo quedó entre los huéspedes del hotel un gran desconcierto y el dolor por aquella juventud que, vaya a saber porqué, no encontró otro camino, y eligió Montevideo para cometer suicidio.

X


El episodio del alemán nunca le terminó de cerrar a Angelina. Ella creía entrever un enigma entre el rapto y sus libros. Durante años buscó y rebuscó entre aquellos textos una marca, una palabra escrita al dorso, una señal que la llevara a descubrir vaya a saber qué. Los leía una y otra vez, revisaba minuciosamente las hojas, releía los títulos tratando de descifrar un oculto acertijo, que nunca encontró. Mientras tanto se casó, tuvo hijos, y los hijos le dieron nietos.
También yo terminé de estudiar, me casé y me fui a vivir a Barcelona. Mi padre no volvió a casarse, vivió solo en la casa rodeado al fin, de libros, perros y gatos.

XI

La amistad con David se profundizó con los años, también él se casó y se fue de aquel barrio de la Ciudad Vieja. Cuando voy a Montevideo es con quién primero me encuentro, cuando él viaja y viene a España no se va sin venir a mi casa. Hoy David es un señor importante en el mundo de los negocios, pero para mi nunca dejó de ser aquel niño que conocí el día que enterramos a mi madre, sentado en la recepción del Hotel Empire mirando dibujitos en la televisión.
Fue él quien me contó que Angelina después de buscar signos en los libros que compraba el alemán, decidió revisar los que trajo de Alemania. Un día se puso a observar con detenimiento uno de aquellos tomos y, como siguiendo un instinto, con la punta de un cuchillo, fue cortando todo el borde de la encuadernación.
.Nuevos, como recién salidos de máquina, encontró miles de dólares americanos repartidos en las tapas y contratapas, de los seis libros. Una verdadera fortuna que estuvo allí, esperándola, más de cincuenta años.

XII

El hotel ya no existe. Hace muchos años lo derrumbaron para levantar un edificio de apartamentos de diez pisos y enormes ventanales.
Cada tanto, cuando nos encontramos con David, recordamos nuestros días en aquel barrio de inmigrantes que habían llegado del viejo mundo, cargando sus dioses y sus idiomas. Huyendo de guerras, ultrajes y miserias. 
 En la calle angosta donde en primavera remontábamos cometas, jugábamos con los trompos y la pelota de goma. Que cada diciembre recorríamos pidiendo un vintén para el Judas que quemábamos en Noche Buena, en el campito junto la rambla
.La calle del Hotel Empire, refugio de mi niñez sin mamá, que guardo como el más entrañable capítulo de mi vida en aquel Montevideo lejano, que siempre espera mi vuelta bajo el amparo de la Cruz del Sur.

                         
                       
                             Selenne - 4
    
Alejandro de Luca volvió al barrio una tarde, de gafas oscuras y bastón. El taxi lo dejó en la puerta del bar.
Bajó seguro, caminó dos pasos al entrar, y se detuvo. Se acercó un mozo y él le preguntó:
— ¿Este bar está igual a como estaba hace 20 años?
— ¡Este bar no ha cambiado en 70 años! le contestó el mozo
—A mi derecha, ¿cuántas mesas hay?
—Tres mesas.
— ¿Alguna está libre?
—La tercera.
Comenzó a caminar.
—Lo acompaño —ofreció el mozo.
— ¡No! Quiero llegar solo. Tráigame un café.
Se fue guiando con el bastón: en la primera mesa dos hombres conversaban; la segunda la ocupaba una pareja, un hombre y una mujer. En la tercera retiró una silla, desarmó el bastón, lo dejó sobre la mesa y se sentó junto a la ventana, de frente a las mesas por las que acababa de pasar.

Veinte años atrás había sido un parroquiano habitual. Solía llegar en la tarde con Selenne, su novia primera, su novia de siempre. Sentados en alguna de esas mesas, junto a la ventana, entretejían proyectos de futuro. Pero el país atravesaba momentos difíciles. Escaseaba el trabajo. 
Después de pensarlo mucho decidió emigrar, volar a los Estados Unidos donde todos hablaban de lo bien que se vivía. Juntó dinero para el viaje, consiguió direcciones de amigos y sacó el pasaporte. Quedó de acuerdo con  Selenne, que en cuanto consiguiera trabajo y vivienda, le enviaría el pasaje para que fuera a reunirse con él.
La joven lloró, tuvo miedo, pero confió en él. Y una tarde con la esperanza de un pronto reencuentro, extrañándola antes de partir, inició esperanzado, el camino hacia el remoto país del norte. 
Con amigos que lo esperaban a su llegada, consiguió trabajo y vivienda para él. Se encontraba en el proceso de conseguir un mejor empleo que le permitiese llamar a su novia, cuando un joven estudiante universitario, armado con un rifle, atacó a niños de una escuela.
Se acercaba la Navidad. Nevaba en Nueva York. Alejandro caminaba feliz por una de las avenidas de la Gran Manzana cuando una bala sin destino, se alojó en su cabeza. Los médicos salvaron su vida, pero estuvo años internado en distintos hospitales pues había perdido la vista y la memoria. 

Fue un caso muy estudiado por los facultativos de Estados Unidos, que entendían que la lesión no había sido tan grave, como para causar tanto daño a su cerebro. De modo que pasado unos años, y sin secuelas que impidiesen recuperar la visión y la memoria, comenzaron a tratarlo en hospitales psiquiátricos donde al cabo, a los veinte años del accidente, fue poco a poco rescatando la memoria, aunque no así la visión. Debido a dicha mejoría, los médicos coincidieron en que la ceguera era un caso de psiquiatría y que posiblemente como recuperó la memoria, recuperaría un día la visión.

Cuando Alejandro recordó quién era, porqué se encontraba en Estados Unidos, y recordó a Selenne, solo pensó en el regreso. Lo asaltaron mil dudas y preguntas, de todos modos tenía urgencia por saber que había sido de ella durante esos años, y aunque hubiese perdido su amor sentía la necesidad de volver a encontrarla y contarle lo que había sucedido. De modo que en cuanto le dieron el alta y le permitieron viajar, juntó sus pertenencias y abordó el primer avión con destino a Montevideo. Al llegar se alojó en un hotel céntrico, dejó su valija en la habitación y pidió un taxi.

Ahora se encontraba en el viejo bar recordando su vida pasada. La pareja de la mesa dos pidió la cuenta y se fue. Apoyó los dedos en la esfera de su reloj para saber la hora, las agujas marcaban las 19 y 10. Llegó una persona y ocupó la mesa donde antes estuvo la pareja del hombre y la mujer. El mozo se acercó y saludó amable:
—Buenas tardes, Selenne, ¿cómo está?
—Bien, José, ¡viviendo!
— ¿Te con limón como siempre?
—Como siempre, José, ¡gracias!
El corazón golpeó con fuerza el pecho de Alejandro de Luca. Se puso de pie, tomó el bastón, se acercó a la mesa dos, retiró la silla desocupada. Preguntó: 
— ¿Puedo? Ella no contestó y él se sentó. Dejó el bastón recostado a la mesa.
La mujer miró a aquel hombre de gafas oscuras, se fijó en el bastón blanco. Pasó un minuto interminable. Ella seguía sin hablar. El hombre extendió un brazo sobre la mesa y oprimió con su mano la mano temblorosa de la mujer.
—No llores, Selenne —le dijo—, soy yo, y estoy aquí.





                     Volver a Salto – 5


      Tenía veinte años cuando, por primera vez, llegué a Montevideo desde la ciudad  de Salto. Entonces vivía con mis padres y mis hermanos en una casa junto al río Uruguay,  cerca del puerto desde donde salen y llegan durante todo el día, las lanchas que cruzan el río hasta y desde Concordia, la hermana ciudad entrerriana. Aún guardo en mi memoria la visión de los últimos rayos del sol, al caer detrás de los árboles en la costa argentina; las vacaciones de verano a caballo con mi padre de recorrida por los campos salteños; las mañanitas en el río de pesca con mis hermanos, con el agua hasta las rodillas que corría mansa sobre las piedras. El perfume de los naranjales en flor. Pero la infancia es breve como el viento de verano. A los dieciséis años empecé a trabajar, en las Termas del Daymán,  en una casa de comidas ligeras que dos muchachos montevideanos habían  instalado allí un par de años antes. Era un trabajo agradable, dinámico. Atendíamos a turistas que llegaban desde  los distintos departamentos de Uruguay y también de Argentina y Brasil. Como la distancia de las termas hasta mi casa  era de unos cuantos kilómetros, el recorrido diario  lo hacía  en un ómnibus de línea. Un verano, ya había cumplido los dieciocho años, conocí a  Diana.

 Una chica argentina que vivía en Concordia con sus padres y un hermano menor que,  según supe después, hacía varios años  pasaba con su familia, las vacaciones en Daymán.  En realidad,  no  recordaba haberla visto antes y puedo decir que recién ese verano puse atención en ella. Me sentí atraído en cuanto la vi, y comenzamos a vernos. Como  estaba limitado al área donde funcionaba mi trabajo era ella quien se acercaba  a comprar algo y se quedaba a conversar conmigo. Una tarde vino y me dejó un papelito doblado en cuatro, con un número de teléfono. Me dijo que se iban al día siguiente que  podía llamarla,  pero que lo hiciera solamente de mañana que era cuando ella estaba.
En aquel tiempo trabajaba cinco días y descansaba el sexto. Esa misma semana el primer día de descanso la llamé por teléfono de mañana, como me advirtió, y de tarde fui a verla. A las tres de la tarde bajé de la lancha en el puerto de  Concordia. Subí  corriendo las escaleras con temor de no encontrarla. Pero estaba allí, junto al barandal de hierro. Llevaba puesta una falda gitana y una blusa con puntillas. El viento jugaba con su pelo y la despeinaba. Al verme sonrió y comenzó  a caminar hacia mí. Creo que esa tarde comencé a amarla. Nos  fuimos juntos a caminar por la costanera. A partir de ese encuentro nos vimos cada cinco días durante un año. Estábamos juntos un par de horas. Algunas veces íbamos al cine. Si hacía frío o  llovía entrábamos en algún bar a tomar algo. No sé dónde vivía. Nunca conocí su casa. Nunca me invitó.

Yo tenía las mejores intenciones y deseaba, de una vez por todas, hablar  con los padres  para formalizar nuestra relación y no tener que  seguir viéndonos  por la calle como si  tuviésemos que escondernos de alguien. Sin embargo, ella siempre me decía que esperara un poco que en la casa, por el momento, no le permitían tener novio.  No obstante me prometió hablar con sus padres para que me recibieran. Encuentro que no llegó a cristalizar. Si bien es cierto que yo estaba muy enamorado, y ella decía sentir lo mismo por mí, tuvo la habilidad de mantenerme  alejado de los suyos.
 La familia de Diana tenía por costumbre llegar a las termas en el mes de febrero. A mediados de enero le pregunté en qué fecha tenían pensado cruzar para hacer las reservaciones. Me contestó que todavía no lo habían decidido. A la semana siguiente,  cuando fui a verla, no la encontré. La esperé más de una hora y no vino. Me volví extrañado. Durante el año que estuvimos viéndonos nunca había faltado. Cuando yo llegaba al puertito de Concordia, ella siempre estaba esperándome. Cuatro días después, en las termas,  vi llegar a sus padres con el hermano. Diana no venía con ellos. Me llamó la atención, de manera que en cuanto pude me acerqué al hermano y le pregunté por ella. 

—No vino —me dijo—, Diana no vino porque se casó. Creí que había oído mal.
— ¿Por qué no vino? —insistí.
—Porque se casó —repitió—,  y  se fueron por quince días a Buenos Aires.
El muchacho no me dio más corte y se tiró en la piscina. Lo que sentí en ese momento no es fácil de explicarlo. No podía ser cierto. Tenía que ser un error. Tal vez una broma del hermano. Pero, por qué. No había motivo para una broma así. Pensé que debía aclarar cuanto antes la situación, por lo tanto busqué a los padres que se encontraban junto a una de las piscinas. Me acerqué, los saludé y les pregunté por los hijos.
—Nito anda por ahí —me dijo la mamá—, y Diana se casó el sábado. No creo que venga más con nosotros. Al escuchar a la madre me invadió un tremendo desconcierto. Hubiese querido desaparecer. Me sentí estafado. Burlado. No podía reaccionar y por un momento no supe qué hacer. Mi cabeza era una olla donde hervían mil preguntas. Preguntas  que no tenía a quién hacérselas. Preguntas sin respuestas. Respuestas que nadie me dio.

Por un tiempo seguí yendo a Concordia los días de mi descanso con la esperanza de volver a verla. Recorría la peatonal, entraba en los comercios y bares, buscándola. Nunca la encontré. Concordia es mucho más grande que Salto donde nos conocemos todos. Comenzó a cegarme una mezcla de dolor y de rabia. Se había burlado de mí. Quería matarla. Asesinarla. Durante varios días planee varias muertes distintas: estrangularla con mis propias manos; clavarle un puñal en la espalda; ahogarla en la piscina. Sin embargo tuve que abandonar mis ideas criminales porque yo, debo reconocerlo, nunca pude matar un pollo del gallinero de mi madre, para comerlo al mediodía. Ni jamás acompañé a mi padre, cuando salía al campo, dispuesto a carnear una oveja. Las yerras y las carneadas, nunca fueron mi fuerte. Por lo tanto la venganza por muerte, poco a poco, fui dejándola de lado. No así, mi rabia y mi resentimiento.
  
En mi casa sabían que yo tenía una novia en Concordia. Mis amigos también. Cómo decirles a mis padres y a mis amigos que mi novia se había casado con otro. No podía disimular mi bronca y mi humillación. Así que, sin pensarlo dos veces, decidí irme de Salto. Les conté a mis patrones lo que pasaba y les dije que  me iba para Montevideo a buscar trabajo. Ellos me entendieron y me dieron una mano.  Hablaron por teléfono con unos amigos y me consiguieron trabajo en  la plaza de comidas del Shopping Center  Montevideo y la dirección de un hotel familiar de unos parientes de ellos,  en la calle San José, en el Centro de la capital.
Hablé con mis padres y les conté mi decisión de irme a Montevideo. Mi madre lloró. Mi padre me habló como les hablan los padres a los hijos cuando éstos pierden el primer amor. Que son cosas  que pasan. Que pronto me olvidaría. Que en cuanto menos lo esperara me volvería a enamorar. Que no era necesario que saliera huyendo para Montevideo, como si me hubiesen echado los galgos. Mi madre seguía llorando.  Mi  padre dijo entonces que si estaba decidido a bajar a  la capital a probar fortuna, que no era él quien se opondría. Pero que tuviese  presente, que si no me adaptaba a la vida en la capital recordara que mi casa salteña, siempre estaría esperándome.

Mi madre lloró mientras me hizo la valija, mientras  me acompañaron a la terminal y cuando la abracé y la besé antes de subir al ómnibus. Mi padre no me hizo recomendaciones. Me abrazó emocionado y me dejó ir.
Llegué de noche a la capital del país, después de viajar seis horas en un ómnibus interdepartamental.  Bajé en la terminal de Tres Cruces, atravesé el salón de pasajeros, salí afuera y en la puerta tomé un taxi. Le di la dirección al taxista y le dije que tomara por 18 de julio.  Así me advirtieron mis amigos que le dijera al hombre del volante. El taxista me preguntó si yo era del interior, le contesté que sí y que era la primera vez que venía a la ciudad. Él tomó Bulevar Artigas, a las dos o tres cuadras se detuvo un momento y  me dijo: ese es el Obelisco, y entró en la Avenida 18 de Julio. La avenida fue, para mí, un espectáculo grandioso. Me pareció tan amplia, tan iluminada, con tanto tránsito. Llena de comercios, vidrieras y  gente que iba y venía por las veredas. La recorrimos toda. Casi al final, el taxi dio una vuelta y me dejó en la puerta del hotel. Subí con mi mochila al hombro, me dieron la llave de una habitación, dejé la mochila y salí a la calle a presentar mis respetos a la gran Montevideo. Subí hasta 18 de Julio  caminé  un par de cuadras y llegué a la Plaza Independencia.

 No podía creer lo que tenía ante mí. El Palacio Salvo conocido sólo en postales y alguna vez en televisión se elevaba iluminado hacia mi izquierda. Crucé la calle y me encontré frente al Monumento del General Artigas, detrás el Mausoleo, y al fondo la puerta de la Ciudadela. Estaba cansado del viaje y quería comer algo, sin embargo me senté en un banco de la plaza a observar la gente que pasaba. Y me sentí feliz al entender que yo, era uno de ellos. Que también  pertenecía a la ciudad. Que  desde ese momento era un ciudadano más de la capital. Al volver entré en un bar, pedí pizza y  una cerveza. Después regresé al  hotel. Me tiré en la cama vestido y me dormí  pensando en mi madre y en mi padre. Ellos tenían razón. Yo volvería a ser feliz. Por lo pronto, lo iba a intentar.

Mi empleo en la pizzería fue bueno. Ya estaba acostumbrado a ese tipo de trabajo y no tuve ningún inconveniente. Enseguida me hice amigo de Santiago, un muchacho que era también del interior, que vivía en una pensión a cinco cuadras del Shopping Center Montevideo,  para donde  me mudé a los seis meses de haber llegado a  la capital. Vivía más cerca y me ahorraba el boleto del ómnibus. Por desgracia, para mí, en esos días Santiago resolvió irse para Nueva York, donde tenía un hermano que lo mandaba buscar. Lo extrañé cuando se fue, aunque ya estaba más baqueano y tenía también otros amigos. De todos modos Santiago me escribía seguido y me mandaba fotos. Había conseguido un buen trabajo y al mes de llegar ya estaba de novio con una muchacha peruana. En las cartas me decía que sacara el pasaporte y fuese arreglando los papeles para viajar que,  en cuanto pudiera, me iba a mandar el pasaje para que me fuera a vivir con ellos.  En mis cartas yo no le decía ni que si ni que no, en realidad,  me sentía  muy bien en Montevideo y no tenía la más mínima intención de viajar a los Estados Unidos.

 De todos modos, nunca dejamos de escribirnos y contarnos nuestras historias. Y para mí, su ofrecimiento no dejaba de ser una puerta de entrada al país del norte, por si un día decidía aceptar  la invitación. Así pasó un año largo.
Un día en la pizzería se presentó Diana. Se dirigió directamente a mí.  Me dijo que quería volver conmigo, que la perdonara, que se había equivocado. Que su matrimonio no había resultado. Y varios detalles más. Le dije que no podía hablar, que estaba trabajando. También le dije que no volviera porque  yo no quería saber nada más con ella. Que por favor se fuera y me dejara en paz. Insistió un poco, pero al final se fue. Me quedé pensando en mi propia reacción al verla: yo había amado,  odiado y  olvidado a esa muchacha con la misma intensidad. Recordé que quise morirme cuando me dejó, que pensé en matarla. Sin embargo, lo que murió fue  solamente el amor. Creí que no volvería a verla nunca más. Un par de semanas después, cuando salí  de la pizzería a las dos de la mañana,  estaba esperándome.

 Había traído un bolso con su ropa y me dijo que venía para quedarse conmigo. Le repetí que no quería seguir con ella, que lo nuestro  pertenecía al pasado: ella estaba casada y  yo la había olvidado. Se abrazó a mí y me besó como solía hacerlo cuando yo  creía que éramos novios y nos amábamos.  Sentí su cuerpo junto al mío y por un momento reviví  la  pasión que un día sentí por ella. Mis brazos rodearon su cintura y la atraje hacia mí. Nos besamos y cuando nos separamos, y la aparté de mí, su marido estaba frente a ella. Supuse que era su marido, pues solo el marido podía haberla seguido y estar, en ese momento, apuntándole con un revólver.


 El muchacho la miraba fijo. Se notaba sereno. No pronunció una palabra. Ella tampoco habló, creo que ni se asustó. En ese momento pensé que nos mataba a los dos. Pero a mí  ni siquiera me miró. Yo no podía apartar mis ojos de los ojos del hombre, cuando sonó  el primer disparo y vi a Diana caer a mis pies. Me incliné para tratar de levantarla, cuando oí el segundo disparo y el cuerpo del muchacho cayó a lo largo junto a ella. Todo pasó en segundos. De todos modos, lo sucedido aquella noche dejó en mí una impresión tan amarga y tan cruda, que mil veces mi mente la siguió reproduciendo  y otras tantas, en sueños, la vuelvo a revivir. La locura, la insania, la tragedia, había estallado a mi lado, involucrándome, pero  sin llegar a rozarme. Por varios días estuve en vueltas con la policía, los testigos, el juzgado y el juez. Otra vez mi vida se complicaba. El dueño de la pizzería me pidió que tomara unas vacaciones para evitar las murmuraciones de la gente y a la policía que entraba y salía del local. Pensé que era tiempo de volver a mudarme. Y le escribí a mi amigo de Nueva York.

Volví a Salto a despedirme de mis padres, de mis hermanos y de algunos familiares y amigos, a quienes les aseguré que no me iba para siempre. Mamá, como cada vez que me veía, lloró cuando llegué y lloró cuando me fui. Mi padre me abrazó al despedirse y me pidió que no dejara nunca de escribirle a mi madre. Me fui para Estados Unidos un domingo, a fines de noviembre de 1997,  en un avión de American Airlines con destino: Montevideo – San Pablo – Nueva York,  en un vuelo que llevó doce horas. En el Aeropuerto Internacional Kennedy me esperaba  Santiago. A los pocos días de llegar al gran país del norte me encontraba de paseo con mi amigo, por el corazón de Nueva York en la isla de Manhattan. Por la Quinta Avenida. Por Brodway. Visitando el Empire State. Ya era parte de aquel mundo extraño, desconocido y sofisticado al cual, con el tiempo, también me adapté. Comencé a trabajar  con Santiago, en una empresa  de mantenimiento de interiores: mampostería, sanitaria, pinturas, etcétera. Visitaba clientes haciendo  trámites administrativos,  cobros, entregando facturas y demás. 

   El 11 de septiembre de 2001, poco antes de las 9 de la mañana, dejé unos presupuestos en una oficina del  piso 70  de World Trade, bajé por uno de los ascensores  y salí por la puerta central. En ese momento, a mis espaldas, un avión chocaba con la torre de la que acababa de salir. Al momento, otro avión impactó en la segunda torre. A un par de cuadras presencié  el derrumbe de ambas. El horror, las nubes de polvo, y los gritos de la gente,  los tendré grabados en mi cabeza hasta el día de mi muerte.
Viví  nueve años en Estados Unidos con la idea, siempre, de volver un día a mi país. Desde hace unos años  estoy en pareja con Mirna, una joven chilena, en quien volví a encontrar el Amor. Con ella habíamos acordado que nuestros hijos nacerían en Uruguay. Por lo tanto, estos años trabajamos mucho los dos, juntamos un dinero y a mediados de 2006 decidimos el regreso. Soñaba con  volver a mi país. Volver a Salto. A encontrarme con mis padres, mis hermanos. Volver a mi río y a mis amigos.  Establecerme, criar allí a mis hijos y quedarme para siempre. En un país como el nuestro donde hay paz, donde la gente es amable y solidaria. Donde no nos separan las ideas políticas, raciales ni religiosas.

 Nos despedimos de los amigos y preparamos las valijas. Nos embarcamos la mañana del 4 de noviembre de 2006 en un vuelo de American  Airlines: Nueva York – San Pablo – Montevideo. Sabía que al llegar a Uruguay nos encontraríamos, en Montevideo,  con la XVI Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado. No obstante, pese a que  la capital había recibido en esos días, algo más de cinco mil visitantes, la ciudad se encontraba en calma. Al llegar fuimos a la Terminal de Tres Cruces a sacar pasajes para Salto. Siempre estuvimos al tanto de los problemas que existían con los habitantes de Gualeguaychú, por la instalación de las papeleras en Río Negro, pero allí en la terminal nos enteramos que los entrerrianos habían levantado un muro a la entrada del  puente internacional, sobre el río Uruguay.

Mientras el ómnibus avanzaba hacia el litoral, la noche de principios de noviembre se cerraba sobre la campiña dormida. Recordé que dos veces la tragedia  me había  rozado sin herirme. ¿Sería  que la tercera me estaba esperando? Decidí no pensar en ello. Me sentía demasiado feliz.  Por lo tanto  me dije: aquí vamos. Aquí nacerán mis hijos, en el Salto oriental, junto al río de los pájaros pintados. Llegamos justo para los festejos, del  8 de noviembre de 2006, por los 250 años del proceso fundacional de la ciudad de Salto. Era un buen  augurio. Nos bajamos en la terminal. Toda mi familia nos estaba esperando. Mi padre me abrazó muy fuerte. Mi madre, como siempre, me besó llorando.


              


           Como campanilla de recreo – 6

      
     Manuel Arvizu ingresó al  elegante salón de fiestas del Hotel Conrad Punta del Este donde esa noche se ofrecía una recepción a un grupo de científicos llegados del Institut Pasteur de París, en visita a su homólogo de Montevideo.  El grupo lo conformaban tres doctores y un técnico, dedicados al estudio de la Biología Molecular. Uno de los doctores era una bióloga nacida en Uruguay y radicada en Francia, hacía  muchos años.
Manuel Arvizu paseó su mirada sobre toda aquella concurrencia y se encaminó hacia donde se encontraban los homenajeados. Se detuvo ante la mujer que componía el grupo, causante de su presencia en dicho agasajo. Desde que viera la foto en los diarios y el  anuncio de su arribo al país, sólo estuvo  pendiente del día de su llegada.
Esa doctora en biología, que anunciaba su visita al Uruguay, había sido una estudiante alumna suya de los años en que fue profesor de  un liceo capitalino. Vivió con ella una brevísima historia de amor. Tan breve que el hombre piensa que  nunca  comenzó y por ende: nunca acabó. Pero que sin embargo, como una imagen recurrente, aún permanece en su memoria perturbándolo, a veces, como una obsesión. Que no comenzó con un principio, como comienzan las historias de amor. Más aún, una historia que le pertenecía solamente a él pues, se había enamorado de una mujer que había hecho suya una tarde, de hacía muchos años y que nunca más volvió a ver. Una mujer de la que se enamoró después: al recordarla. Cuando, sin saberlo entonces, ya la había perdido. 
Ahora el destino volvía a cruzarlos y él necesitaba ir a su encuentro. Enfrentar ese recuerdo acuciante que no pudo nunca dejar en el olvido. Hablar con ella aunque fuesen dos palabras para poder, al fin, olvidar aquella vieja historia. Y allí estaban los dos, otra vez,  frente a  frente.
La mujer lucía espléndida. Elegante, pero sobria. Llevaba un vestido negro de corte clásico y un collar de perlas y, en sus manos, sólo una alianza de matrimonio. Delgada, no muy alta, con el cabello corto y  poco maquillaje, exhibía su rostro una belleza interior que relucía en sus ojos claros y en su boca que se abrió en una sonrisa cuando vio al hombre que se acercaba y lo reconoció. Tenía diecisiete años aquel invierno, cuando  se vieron por primera vez, y él había pasado los treinta. Ella estaba cursando quinto año de bachillerato, él llegó a suplir al profesor de física que se había enfermado. Se quedó con el cargo de profesor todo el tiempo que quedaba de quinto y todo sexto.
Ella lo volvió loco todo el tiempo que quedaba de quinto y todo sexto. Se había enamorado del profesor. Muchas alumnas se enamoran de sus profesores, pero son sólo amores platónicos. Sin embargo lo de Eliana nada tenía que ver con Platón y su elevada filosofía. Ella  acosaba continuamente al profesor. Lo seguía, lo esperaba, lo llamaba por teléfono. Lo invitaba a ir al cine, a la biblioteca, a tomar un café. Con él a cualquier parte. El muchacho en ningún momento demostró interés en la joven. Estaba casado y  ella era un compromiso para él  y se lo decía:
 —Déjame en paz, Eliana,  me vas  hacer perder el trabajo.
Todo fue en vano. En los últimos días de noviembre, antes de terminar el sexto año de bachillerato, Eliana necesitaba urgente una paliza: Manuel prefirió llevársela a un motel.
 Ella se quitó la ropa con la velocidad de un rayo y se tendió en la cama. Manuel pensó que era sabia en amores. La cubrió con su cuerpo y ella permaneció estática. Estiró las piernas juntas sobre las sábanas y se quedó a la espera. Manuel la miró y le preguntó:
—Decime Eliana vos nunca hiciste el amor.  Ella le dijo que no con la cabeza, y la boca cerrada.
—Eliana, vos sos virgen —volvió a preguntar. Ella le dijo que sí con la cabeza, y  la boca cerrada. Manuel trató de incorporarse y  Eliana se abrazó a su cuello para que no la abandonara. Lo mantuvo quieto, aferrado sobre su pecho desnudo. No supo. No encontró las palabras con las cuales decirle que ella quería que fuese él, y no otro, su primer hombre. Lo miró angustiada. Manuel se zafó del abrazo y se  tendió a lo largo, junto al cuerpo de la muchacha, a esperar que se le pasara el desconcierto. Ella se acurrucó en el cuerpo del hombre buscando refugio.  Entonces la tomó en sus brazos, la besó largamente y ella, entregada al fin, se abrió al amor.
 El profesor no tuvo oportunidad, en los días que siguieron, de instruir a su alumna sobre las distintas fases del arte de amar y, unos meses después Eliana, mediante el usufructo de una beca, se fue a estudiar a Francia. Y no volvió a saber de ella. Desde aquella tarde en el motel  habían transcurrido treinta años.
Manuel Arvizu observa a la famosa  bióloga que está a su lado, sonriente, desinhibida. Hizo bien en venir a verla. Ahora sabe que ella nunca lo olvidó. Que jamás lo olvidará. Ya puede ponerle fin a aquella historia de amor tan breve, que por distintas razones dejó entre la alumna y el profesor, un recuerdo imborrable. 
Eliana le tendió una mano para saludarlo. Al estrecharla, Manuel alcanzó a ver la alianza de matrimonio. Sólo una palabra pronunció él en voz muy baja, casi al oído:
— ¿Aprendiste…? Ella rio al contestarle. Y él la reconoció más hermosa que nunca y más lejana que nunca.
— ¡Con un máster…! —alcanzó a decirle, mientras iba apresurada a reunirse con su grupo. 
Y Manuel  quedó mirando la figura de la mujer que se alejaba de su vida para siempre, mientras su risa retumbaba en el salón, como campanilla de recreo! 






                         Después – 7


    La tarde se escurría en la habitación. Los últimos rayos de sol se despedían furtivos, tras los vidrios de la ventana que daba al parque. Mis manos sobre la sábana, sostenían su mano tibia. Dormía en paz. Serena. Se estaba yendo en silencio, sin rencor ni sufrimiento.
Una tarde, cuando supo de su enfermedad, me dijo:
—No quiero sufrir, ayúdame cuando llegue el momento, no me dejes partir con dolor.

Su mano se enfriaba entre mis manos. De pronto abrió los ojos, sonrió apenas y me dijo sin voz:

—Te amo.

Después, cerró los ojos, su rostro se inundó de luz y se fue de este mundo brutal. Me abandonó.
Me quedé allí, velando su último sueño. Se acercó la enfermera, le quitó la guía de su mano, retiró el suero y cubrió su rostro con la sábana. Me pidió que me retirara, hacía tres días que no me apartaba de su lado, pero quise esperar al médico para que confirmara su deceso.

Se llamaba Marianne y fue el candil que iluminó mi vida. El porqué de mi existencia y la madre de mis hijos. Con ella conocí el amor excelso, la pasión descontrolada. También la desesperación, la angustia, y el dolor más grande. 
Nos conocimos en Secundaria. En Preparatorio fuimos novios. Marianne era una chiquilina, inquieta, alegre, muy social. Yo en cambio había sido siempre introvertido, callado. Insociable. De todos modos mi amor por ella dio un vuelco a mi austeridad. A su lado mi carácter cambió. Fui más amigable. Más tolerante. Marianne aprendió conmigo el juego del amor, yo con ella: amar después de amar.
En aquellos tiempos el país entraba en una encrucijada política. Se hablaba de subversión. Marianne y yo acompañábamos a nuestros compañeros del IAVA en marchas de protestas contra el gobierno. En varias oportunidades ayudamos a repartir volantes. Cuando se decretó en el país el golpe de Estado, comenzamos a ver en los diarios las fotos de compañeros buscados por subversivos. Compañeros con los que nunca más nos encontramos. Un día vinieron a mi casa y me llevaron a mí. Cuando me llevaban me dijeron que “a mi noviecita”, ya la habían llevado esa mañana.
Hacía  dos años que estábamos detenidos sin saber uno, qué había sido del otro, cuando fuimos deportados y enviados a Francia. Nos escoltaron hasta la misma puerta del avión que nos llevó directamente a Paris, donde vivía una tía, hermana de su madre, con su esposo y sus hijos.
Cuando desembarcamos en el aeropuerto parisino, nos estaban esperando. Vivían en el Barrio Latino. Fuimos a su casa y allí estuvimos con ellos, hasta que conseguimos trabajo y nos mudamos a un apartamento amueblado con dos dormitorios, en el Barrio Universitario. En esos días salíamos a pasear y sacarnos fotos. Siempre llevo conmigo la primera foto que le saqué a Marianne en Paris. Sonríe feliz abrazada a un farol, sobre un puente del Sena.

Nuestro apartamento estaba en el cuarto piso de un edificio de principios del siglo XX. Tenía dos balcones a la calle, uno en el comedor de la entrada y otro en uno de los dormitorios. Habíamos dejado de estudiar, pero estábamos en París, teníamos trabajo y nos amábamos. Pese a que muchas noches nos despertaban las pesadillas, reviviendo los años de cárcel que habíamos sufrido, vivimos a pleno nuestro amor apostando al futuro.

Me acerqué a la ventana. La noche se había apoderado del parque. Solo los focos de luz de las aceras, filtrándose entre las ramas de los árboles. Solos, por última vez, Marianne y yo en la habitación. Ya nunca más su risa, su cabeza en mi hombro, mi brazo rodeándola, atrayéndola junto a mí. Ya nunca más Paris y la callecita empedrada del barrio Universitario. Ya nunca más su alegría, su amor apasionado. Su rebeldía.
Antes de cumplir el primer año en el departamento nació Adrián, dos años después llegó Alinee. Nos turnábamos para cuidarlos, llevarlos a la escuela y al club donde hacían deportes. La vida pasa sin que nos demos cuenta. Un día terminaron los estudios, comenzaron a trabajar, se enamoraron y primero uno y luego el otro, se fueron de casa.

Un hombre joven, con un perro, atraviesa el parque. Se cruza con dos enamorados, que lo ignoran. El cielo oscuro y tenebroso deja entrever pocas estrellas, la luna en menguante, observa, disimula y se oculta. Una brisa suave mece las ramas de las araucarias.
Fue en esos días, que Marianne habló de visitar un doctor. Que no se sentía bien, dijo. El doctor le ordenó realizarse varios exámenes. No fueron buenas noticias. Y comenzó un tratamiento largo y penoso. Su médico organizó un simposio. Consultamos medicinas de alternativa. Rezamos.

Ya vino el doctor a firmar el deceso de Marianne. Vienen de la empresa a retirar el cuerpo. No puedo ir con ella. Mañana de mañana, dijeron.

Un día en París me dijo que quería volver a Montevideo. Alquilé un departamento frente al Parque Batlle. Era primavera y todos los días bajábamos juntos a recorrer sus senderos arbolados. Un día no pudo bajar. El doctor habló de internarla. Ella le dijo que no quería internarse, que quería quedarse aquí, conmigo. Él estuvo de acuerdo y recomendó una enfermera bajo sus órdenes, que se instaló en el departamento y fue de gran ayuda para ella e importante soporte para mí.

Después, fue la palidez de Marianne, su lucha por vivir y mi desesperación. Su derrumbe y mi miedo. Su entrega final tras su resignación, y mi impotencia. Y mi llanto escondido. Y mis ruegos a un dios a quien nunca le había pedido nada y que no me escuchaba. Y mis gritos y mi llanto apretados en el pecho. Y los por qué, por qué a nosotros, por qué a ella, por qué no a mí, que nunca fui un hombre bueno. Por qué a ella que siempre fue dulce, buena madre, buena esposa. Por qué me la arrebataba si yo la tenía solo a ella que era mi vida. Por qué, por qué.
Después…ya no hubo otro después.




                                La casa – 8


—Me voy  —dijo—, y se fue.
 Sin un beso, sin abrazo, sin siquiera una caricia. Un hasta luego. Un adiós.
Y me quedé sola en aquella habitación. Sola. Pensé si al salir se acordaría de pagar la casa. Terminé de vestirme, descolgué el abrigo del perchero, tomé la cartera y pedí un taxi. Tres minutos,  dijeron. Llegó en dos.
 Subí al taxi, la Piaf cantaba aquel Himno al Amor de cuando éramos jóvenes estudiantes, la universidad era un castillo y el otoño caía en hojas secas sobre la ciudad. Entonces el  amor era Dios,  una panacea y el único motivo de vivir.
 Parecía una burla, una incongruencia: “mientras el amor inunde mis mañanas —decía la Piaf— mientras mi cuerpo se estremezca bajo tus manos poco me importan los problemas, mi amor, porque tú  me amas”.
El conductor me observaba por el  espejo retrovisor.
—Qué pasa, le pregunté.
— ¿Está sola?
— ¿No me ve?
—Creí que había que levantar a alguien.
—No tengo que levantar a nadie.
—Mm..., contestó, no se enoje, no crea  que es la primera dama que dejan abandonada por estas latitudes.
—No me diga.
—Le estoy diciendo. Una vez llevé una muchacha que se peleó con el novio y el tipo se fue y la dejó sola.
— ¿Y?
—Y nada, él dejó la casa paga y en ese mueble antiguo  que está a la entrada, vio, junto a la lámpara, le dejó el dinero para el taxi.
— ¡Qué delicadeza!
—Sí. Otra vez a una señora mayor la dejó el compañero que se fue sin pagar y ella tuvo que dejar la cédula de identidad y la alianza de matrimonio para poder retirarse. A mí me pagó con un dinero que tenía para la feria.
— ¿Cómo sabe usted que era el dinero para la feria?
—Porque era de mañana,  día de feria,  y ella andaba con un bolso de hacer mandados.
—Usted tiene mucha imaginación.
—Imaginación no, hace veinte años que manejo un taxi.
— ¡Oh! En ese momento recién me di cuenta que no me preguntó a dónde iba, ni yo le avisé. Como no tenía apuro lo dejé seguir y además, por extraña coincidencia mientras conversaba, había tomado el camino que llevaba hacia mi casa.  
—Una vez llevé de ahí a una muchacha rubia muy bonita. Subió al taxi  nerviosa me dio la dirección de su casa y me pidió que la esperara para llevarla al aeropuerto. Mientras tanto me contó que había matado al hombre que estaba con ella.
— ¿Y usted?
—Y yo acá, sentado manejando. No sabía qué hacer. Pensé detener el taxi y pedirle que se bajara,  puesto que en mi vida  lo   menos que necesitaba  en ese momento era un problema nuevo. La miré por el espejo y me dio lástima. Era muy joven y estaba llorando.
— ¿Y cómo lo mató?
—Eso le pregunté yo, ¿cómo lo mató? Le dije.
—Le pegué cuatro tiros, contestó llorando.
— ¡Pobre chica, lloraba  arrepentida!
—Eso también le dije. ¿Está arrepentida?
—No, se apresuró a decirme.
— ¿Y por qué llora entonces?
—Porque en el apuro por salir de la habitación, dejé el reloj y los anillos sobre la mesa de luz. ¡Qué rabia!
— ¿Y el revólver? le pregunté. Abrió la cartera y sacó el arma.
—Lo  tengo acá, dijo y me apuntó.
— ¿Qué hace?, apunte para otro lado, le grité.
—No tiene más balas, contestó,  mientras lo guardaba.
Estaba tan interesante la conversación que no me di cuenta que había detenido el taxi. Pero yo quería saber más: por qué tantos tiros, quién  era el hombre,  qué clase de relación tenían. Qué pasó después, si la llevó al aeropuerto.
Y el taxista seguía contando: el hombre que mató era el novio, hacía tres años que llevaban una  relación, lo mató porque se enteró que era casado y tenía tres hijos. Le pegó cuatro tiros porque eran los que tenía el arma. No, no la llevó al aeropuerto, la joven le dijo que no lo quería comprometer más, que tomaría un coche cualquiera  que pasara libre. Nunca más la vio ni  supo de ella.
—Llegamos, --me dijo.
—Yo no vivo acá, vivo dos cuadras  más adelante.
—Su compañero  dijo que la dejara acá.
— ¿Cómo?
—Cuando pagó la casa  dejó la dirección y el dinero para el viaje.
— ¡Qué delicadeza!
—Sí, parece  un buen tipo.
Mientras me bajaba y saludaba al conductor, en la radio del taxi Charles Aznavour y La Bohème. Y aquel amor de locos. De los veinte años del pintor pobre y la modelo, viviendo del aire en el Montmartre parisino de cuando “Paris era una fiesta”.
 ¡Cómo se repite el amor! Cuántos vivieron un amor  a los veinte años  y creyeron que era para siempre. Sin embargo el camino que andaban juntos, un día se dividió en dos y ambos se perdieron por distintas veredas. Luego pasaron veinte, treinta años, y un día, porque sí,  recuerdan aquel amor apasionado  de la juventud que los hizo enfrentar al mundo, por defender lo que estaba destinado a  morir. Y volvieron al lugar del amor en busca de no saben  qué. Y no encontraron nada. Nada. Porque ya no había nada más. Ni las lilas cayendo sobre las ventanas  del atelier, ni el amor de locos, ni la juventud. La juventud… ¡la bohemia! "La juventud es una flor, y al fin murió"
—Me voy —dijo—, y se fue.
Sin un beso, sin un abrazo. Sin un adiós. 




                         
                    Ofelia Bronfield – 9

Ofelia Bromfield nació en la Ciudad Vieja, en una mansión que sus antepasados construyeron a principios del siglo XX. El primero de los Bromfield había llegado al país a fines de la Guerra Grande, con intención de invertir en la industria textil. A su llegada se instaló en la sitiada ciudad de Montevideo, en una casa de paredes muy altas y balcones con barandales de hierro, cerca del Templo Inglés, hoy: Catedral de la Santísima Trinidad y sede de la Iglesia anglicana. Templo que fue construido dentro de las murallas, de espaldas al mar. Luego demolido, al comenzar la construcción de la rambla sur en la década del 20, y vuelto a construir en una réplica del mismo en los años treinta, frente al mar, sobre la calle Reconquista.


El señor Bromfield se afincó en Montevideo y contrajo nupcias con una joven londinense radicada en la ciudad. Fue uno de los hijos de este matrimonio quien hizo construir en la primera década del siglo XX, la mansión de la Ciudad Vieja. Heredada, por lo tanto, en línea directa, la mansión pasó a constituirse en propiedad de los padres de Ofelia Bromfield. Para ese entonces la fortuna de los Bromfield, debido a la poca visión para los negocios, había comenzado a declinar. De todos modos, Ofelia llevó allí una infancia y una adolescencia feliz. Concurrió al British School, aprendió a montar a caballo, a jugar al tenis y a nadar en todos los estilos. Se casó con un joven que fue con el tiempo copropietario de una empresa naviera y tuvo dos hijos: un hijo atorrante y una hija lesbiana. El joven atorrante era reconocido por su padre como un vago, un holgazán. Su madre, en cambio, entendía que el muchacho era un chico alegre y bohemio viviendo a pleno su juventud.


Con la hija al principio no se enteró. No se dio cuenta que los años pasaban y nunca la vio en compañía de un varón; con un compañero de clase o un posible enamorado. Comenzó a llamarle la atención cuando, ya en la universidad, la veía siempre en compañía de una chica un poco mayor que ella. Aunque no profundizó ni averiguó sobre dicha relación. Hasta que un día su hija le comunicó que se iría a vivir con su amiga.
—En pareja, le dijo. Ofelia creyó no entender, de todos modos, era una mujer inteligente.
—Cómo en pareja, le preguntó.
—Sí mamá, le contestó la joven muy segura de sí. Somos pareja hace mucho tiempo y por lo tanto resolvimos vivir juntas.
—¿Pero como...? Atinó a decir Ofelia. La chica no la dejó terminar de hablar y le dijo con cierta superioridad:
—Mamá, a mí los hombres no me atraen. No los quiero a mi lado como novios ni como esposos. No quiero que me toquen. No quiero que me violen en nombre del amor. Que me lastimen. Que con su simiente me hagan un hijo en la barriga. No quiero tener hijos, mamá. No quiero que me hagan daño. Una mujer jamás me haría daño. ¿Comprendés, mamá?


Ofelia comprendía a su hija. Comprendía lo que le estaba diciendo. Pero no la entendía. No la entendió nunca. Aceptó que se fuera a vivir en pareja con su amiga, con la esperanza, quizá, de que algún día recapacitara y se volviera una mujer “normal” que le diera nietos. Y vaya si algo así sucedió.


Habían pasado dos años cuando una tarde llegó Fernanda a ver a su madre. Llegó feliz a contarle la buena nueva:
—¡Vamos a tener un hijo, mamá!
Ante tal aseveración, Ofelia llegó a pensar que su cabeza comenzaba a sentir el cruel paso de los años. Que su mente ya no coordinaba como debería.


Es cierto, se dijo casi con resignación, estamos transitando el siglo XXI: todo puede ser posible. La ciencia avanza en estos tiempos con una celeridad como nunca antes. Habrá algo que no se pueda lograr en los próximos años, se preguntaba. Dejarán los hombres de ser necesarios para engendrar las nuevas generaciones. Será posible un mundo sin hombres, sin amor, sin sexo entre un hombre y una mujer. ¿No sería ya tiempo de que la Ciencia parara un poco...? Ofelia en su confusión sólo acertó a preguntar:


—¿Cómo que van a tener un hijo?
—Sí, mamá, vamos a adoptar un bebé. Una chica que está embarazada y no lo puede criar, me lo va a dar.
—Y por qué no lo puede criar, quiso saber Ofelia, en parte tranquilizada.
—Porque es muy pobre y tiene otros hijos y fijate que nosotras lo podemos criar sin ningún problema. Pensamos adoptar una nena y un varón.
Ofelia no pudo disimular su contrariedad.
—Pero, Fernanda, no me dijiste un día, antes de irte a vivir con tu compañera, que no querías saber nada de los hombres. Que no querías ser violada ni lastimada, que no querías llevar un niño nueve meses en la barriga ni sufrir los dolores de parto.
—Claro que te lo dije. Y sigo pensando igual.
—Seguís pensando igual pero tenés intenciones de criar dos niños ajenos como hijos propios.
—Sí, mamá, pero yo no necesito un hombre para tenerlos.
—Tú no, pero la chica que lo va a dar a luz, sí lo necesitó. Ella para tenerlo pasó por todo lo que tú no quisiste pasar.
—Y bueno mamá, alguien tiene que tener a los bebés, no crecen en los árboles ¿no?
—No, no crecen en los árboles, por eso no es justo que una mujer tenga que dar a sus hijos para que una pareja, como la de ustedes, juegue con ellos a las madres.
—No vamos a jugar a las madres, los vamos a alimentar y a educar. Los vamos a querer mucho. No van a andar en la calle pasando frío y hambre.
—Y cuando crezcan cómo les van a decir que no tienen padre pero que, en cambio, tienen dos madres.
—No sé, mamá, no sé. Eso lo veremos después. Cuando crezcan.


Hoy, iniciado el 2012, Fernanda y su pareja tienen tres chicos. Tres varoncitos que criaron de bebés como propios. Tres varoncitos que las muchachas consiguieron legal o ilegalmente, nunca supo la abuela cómo, pero que los aceptó y los amó desde el mismísimo día en que, recién llegados, se los pusieron en los brazos.


Tres niños felices que van a la escuela, tienen un hogar con dos mamás, un tío atorrante y dos abuelos que los aman. ¿Qué pasará mañana? Qué les dirán sus madres sobre sus nacimientos. Ya se verá cuando el momento llegue.


Desde que el hombre de ciencia comenzó a intervenir en la concepción de los seres humanos por medio de la Fecundación in Vitro, la Reproducción Asistida y sin llegar a dar, por el momento, mucho asidero a la Clonación Humana no sería de extrañar que los niños, en los tiempos venideros, nacieran de un repollo.
Con seguridad para entonces no habrá necesidad de explicaciones. La vida en su andar distorsiona y da vuelta las cosas. Las cambia de rumbo. Pone al sur lo que antes estuvo al norte.


Ante estas cavilaciones Ofelia recuerda una historia que de niña le contara su abuelo paterno, sobre el Templo Inglés que los emigrantes británicos construyeron en la Ciudad Vieja allá por 1800, de espaldas al mar y frente a la ciudad y que un día lo dieron vuelta y quedó como está ahora: de espaldas a la ciudad y frente al mar.


Durante años dudó de que esa historia fuese cierta. Mire si un Templo va a girar como una noria. Sin embargo, al pasar los años y ante la evidencia del Templo Inglés construido en la Ciudad frente al mar, y unas antiguas fotos del mismo Templo de espaldas al mar, debe reconocer que lo que hoy parece imposible puede un día por astucia, por magia o por amor, convertirse en la más pura realidad.




                       Nadia – 10

   
  Un verano la vi por primera vez. Martes y jueves, a las tres de la tarde, pasaba caminando por la puerta de mi casa, con un estuche de violín bajo el brazo, apretado junto al pecho. Era una ninfa, una diosa. Una princesa. Llevaba un pedazo de cielo en sus ojos y el sol anidado en su pelo. Se llamaba Nadia, vivía en una mansión en el barrio de Los Manantiales, y estudiaba en un colegio privado.
Yo había terminado la escuela. Por la mañana trabajaba en un comercio del Centro y por la tarde jugaba al fútbol con mis amigos del barrio, en un baldío que había a la vuelta de mi casa. Los martes y los jueves la esperaba para verla pasar. Algunas veces la seguía hasta el Conservatorio de música de la calle Roosevelt, una callecita corta que desemboca en la plaza del General, donde estudiaba violín.

Otras veces la esperaba a la salida y la seguía hasta su casa. Nunca me acerqué para hablarle. Era muy joven, inepto, no hubiese sabido qué decirle. Mi vida no tenía nada que ver con su vida. Aunque en esto nunca me detuve a pensar. Mi intención no era hablar con ella, yo solo quería verla, tenerla cerca. ¡No sé qué quería, en realidad! Nadia había despertado en mí un sentimiento desconocido que no supe manejar. Sentía estallar en mi pecho adolescente, un deseo ardiente de verla, de estar con ella. De ser su amigo.
Ella sabía que la rondaba. Siempre lo supo. Me veía. Pero nunca me miró. De modo que no tuve oportunidad de acercarme y tampoco lo intenté.

El tiempo pasó y un día decidí volver a estudiar. Como ya trabajaba en horario completo, me inscribí en el turno de la noche. Y dejé de ver a mi ninfa. Creo que por un tiempo la olvidé. Años después, me enteré que se había casado y vivía en la capital. Guardé entonces su recuerdo, como el primer amor de mi juventud. El que no se olvida. Nunca.
Mientras cursaba secundaria decidí seguir la carrera de magisterio. Y así lo hice. No bien obtuve mi título me asignaron una escuela en las afueras de la ciudad, al borde de una campaña que se extiende verde y luminosa hasta más allá del horizonte, en una llanura que aparece y desaparece entre hondonadas y colinas. Los alumnos eran chicos de los alrededores, hijos de peones de estancias y de pequeños chacareros. La escuela, y aquellos niños sanos, humildes, con deseos de aprender, me conquistaron y durante años les dediqué mi vida.
Una tarde al regresar a mi casa volví a ver a Nadia. Pasó en un automóvil con su esposo y dos niños. No me extrañó, sabía que las vacaciones de verano las pasaba con su familia, en la casa de sus padres.  Un año, antes de terminar las clases, el director de la escuela me llamó para decirme que el matrimonio de la mansión de Los Manantiales, le había pedido que le recomendara un maestro para preparar a sus hijos en las vacaciones, pues ese año comenzaban el liceo. Me dijo también, que él creía que yo era la persona adecuada que el matrimonio pretendía, debido a mi demostrada afinidad con los estudiantes. De modo que agradecí su deferencia y una tarde me dirigí a Los Manantiales, a presentarme como maestro, ante el matrimonio Serkin Ivanov. Me recibieron con mucha cordialidad. Cuando Nadia me tendió la mano para saludarme le dije:
—¡Hola!—  Ella me dijo: 
—Perdón, ¿nos conocemos? Me descolocó.
—No. —Le contesté, turbado.
Ese verano concurrí a la mansión tres veces por semana, a preparar a los niños: dos varones mellizos simpáticos y alegres. Buenos estudiantes. Al término de las vacaciones, el matrimonio y sus hijos volvieron a la capital.
Pasado unos años, me enteré que la señora Nadia Ivanov había enviudado y vuelto a la ciudad para instalarse definitivamente en su casa de Los Manantiales. La volví a ver casi a diario. Para ir al Centro, donde están los Bancos y los comercios importantes, desde su casa, el camino más directo era pasar por mi calle. De modo que verla otra vez, pese a los años que habían pasado, fue retrotraerme al tiempo en que fui un párvulo, que al verla por primera, vez sintió esa atracción arrolladora que no se puede ocultar, ni evadir, que puede desaparecer cuando menos se piensa o puede durar toda la vida.
Nadia seguía siendo una mujer hermosa, pero ya no era aquella ninfa, aquella princesa que encandiló mi adolescencia. Solo reviví al verla, mi primer encuentro amoroso con el sexo opuesto que resultó ser un rotundo fracaso. Una atracción ambivalente no correspondida, que dejó en mí un sabor amargo, que me costó años vencer y superar. Durante mucho tiempo el recuerdo de la ninfa y mi pasión inclaudicable, ocuparon mi mente y perturbaron mi vida honesta y sencilla de maestro de escuela
.Cuando cumplí 20 años de ejercer magisterio en la escuela del Zorzal, recibí una notificación del Consejo de Primaria donde se me asignaba, para el año entrante, el cargo de Director de una escuela en la capital. Estuve unos días pensando. Dejar mi escuela era como dejar mi casa. Aceptar el nombramiento era despedirme de mi familia, mis amigos. Dejar mi departamento, mi ciudad, mis alumnos.
El director de la escuela me convenció.
La tarde que emprendí el camino hacia mi nuevo cargo, al salir de mi casa me crucé con Nadia. Cuando nos cruzamos me saludó:
— ¡Hola, maestro! ¿Cómo le va? 
—Perdón, —le dije— ¿nos conocemos?
—Soy Nadia Ivanov, de Los Manantiales, usted un verano preparó a mis hijos para entrar al liceo! Estoy viviendo otra vez en la casa de mis padres. Mi esposo falleció y quise volver. Venga a verme una tarde, tomamos té y conversamos.
— ¡Cómo no! —Le contesté. La llamo por teléfono y arreglamos.
—Bueno, espero su llamada. ¡No se olvide!

Mi ninfa rubia con ojos de cielo, me invitaba a tomar el té en su casa. No invitaba al muchachito embobado que la seguía martes y jueves cuando pasaba para ir al conservatorio, y que ella siempre ignoró. Ni al joven maestro, que un año preparó a sus hijos para entrar al liceo, y que era consciente de que una vez estuvo muy enamorado de ella. Invitaba al hombre apuesto, educado, bien vestido, en quien se había convertido aquel muchachito.
——Adiós —le dije---, y le tendí la mano.
Seguí sin volver la cabeza, y con paso firme entré por la callecita Roosevelt, camino a la estación frente a la plaza del General. Allí me esperaba el ómnibus cargado de sueños, que un verano esplendente, me trajo a la capital.





                       Por mano propia – 11

     
   Hacia la orilla de la ciudad los barrios obreros se multiplican. La ciudad se estira displicente marcando barrios enhacinados proyectados por obra y gracia de la necesidad. La noche insomne se extiende sobre el caserío. Un cuarto de luna  alumbra apenas. Los vecinos duermen. Un perro sin patria ladra de puro aburrido mientras revuelve tachos de basura. Por la calle asfaltada los gatos cruzan saltando charcos y desaparecen en oscuros recovecos, envueltos en el misterio. En una de las casas del barrio comienza a germinar un drama.
Clara no logra atrapar el sueño. Se estira en la cama y se acerca a su marido que también está despierto. Intenta una caricia y él detiene su mano. Ella siente el rechazo. Él gira sobre un costado y le da la espalda. Ya han hablado, discutido, explicado. Clara comprende que el diálogo se ha roto, ya no le quedan palabras. Ha quedado sola en la escena. Le corresponde sólo a ella ponerle fin a la historia.
 Los primeros rayos de  un sol que se esfuerza entre nubes, comienza  a filtrarse hacia el nuevo día. Pasan los primeros ómnibus, las sirenas de las fábricas atolondran, aúlla la sierra del carnicero entre los gritos de los primeros feriantes. Marchan los hombres al trabajo, los niños a la escuela y las vecinas al almacén. 
Hoy, como lo hace siempre, se levantó temprano. Preparó el desayuno que el marido bebió a grandes sorbos y sin cambiar con ella más de un par de palabras, rozó apenas su mejilla con un beso y salió apresurado a tomar el ómnibus de las siete que lo arrima hasta su trabajo.  Clara quedó frustrada,  anhelando el abrazo del hombre que en los últimos tiempos le retaceaba.
 La pareja tan sólida de ambos había comenzado a resquebrajarse. No existía una causa tangible, un hecho real, a quién ella pudiera enfrentar y vencer. Era más bien algo sórdido, mezquino, que la maldad y la envidia de algunos consigue infiltrar, con astucia, en el alma de otros. Algo tan grave y sutil como la duda.
 Clara sabe que ya hace un tiempo, no recuerda cuánto, en la relación de ambos había surgido una fisura causada por rumores maliciosos que fueron llegando a sus oídos. Primero algunas frases entrecortadas oídas al pasar en coloquios de vecinas madrugadoras que, entre comentar los altos precios de los alimentos, intercambiaban los últimos chimentos del barrio. Claro que más de una vez se dio cuenta que hablaban de ella, pero nunca les prestó  demasiada atención.
Dejó la cocina y se dirigió a despertar a sus hijos para ir a la escuela. Los ayudó a vestirse y sirvió el desayuno. Después, aunque no tenía por costumbre, decidió acompañarlos .Volvió sin prisa. El barrio comenzaba su diario ajetreo. Otro día fue Carolina, una amiga de muchos años, quien le contó que Soledad, su vecina de enfrente, cada vez que tenía oportunidad hablaba mal de ella. Que Clara engañaba al marido con un antiguo novio con quien se encontraba cada pocos días, comentaba la vecina a quien quería escucharla.
 Comenzó por ordenar su dormitorio. Tendió la cama como si la acariciara. Corrió las cortinas y abrió la ventana para que entrara el aire mañanero. Después, el dormitorio de los dos varones. Recogió la ropa para lavar y  encendió la lavadora. Puso a hervir una olla con la carne para el puchero y se sentó a pelar las verduras mientras, desde la ventana, el gato barcino le maullaba mimoso exigiéndole su atención.
El sol había triunfado al fin y brillaba sobre un  cielo despejado. Las horas se arrastraban lentas hacia el mediodía. Colocó las verduras en la olla del puchero y lo dejó hervir, a fuego lento, sobre la hornalla de la cocina. Tendió en las cuerdas la ropa que retiró de la lavadora.
Cuando estuvo segura y al tanto de los comentarios que la involucraban, increpó duramente a la vecina quién dijo no haber hablado ni a favor ni en contra de su persona, sin dejar de advertirle, de paso, que cuidara su reputación si le molestaba que en el barrio se hablara de ella. Clara quedó indignada. Aunque el vaso se colmó cuando, unos días después, su marido regresó enojado del trabajo pues un compañero lo alertó sobre ciertos comentarios tejidos sobre su mujer. Clara le contó entonces lo que su amiga le dijo y su conversación con la vecina. Le aseguró que todo  era una patraña,  una calumnia creada por una mujer envidiosa y manipuladora.
— ¿Por qué? —preguntó el hombre.
—No sé —contestó ella. Entonces la duda. Y la explicación de ella. Su amor y su dedicación hacia él y  hacia los hijos. Le juró que no existía, ni había existido jamás, otro hombre. 
 — ¿Por qué motivo esta mujer habla de vos. Por qué te odia? —quiso saber.
—No sé. No sé. Y la duda otra vez.    
Quizás hubiese podido soportar el enojo de su marido. No tenía culpa de nada. Algún día todo sería aclarado, quedaría en el olvido, o preso del pasado. Pensaba que su matrimonio no  iba a destruirse por habladurías, sin imaginar siquiera que faltaba un tramo más. Cuando se hecha a correr una calumnia nunca se sabe hasta dónde puede llegar. El marido no está enterado,  pero ayer se acabó su tolerancia. Su corazón se llenó de odio. Cuando volvieron los hijos de la escuela le contaron que un compañero, en el recreo, les dijo que la madre de ellos tenía un novio. Fue el punto final.  No más.
Entró en el baño a ducharse y se demoró complacida bajo la lluvia caliente. Se vistió con un vaquero, un buzo de abrigo y calzado deportivo. Tendió la mesa para el almuerzo con tres cubiertos. Dio una mirada en derredor. Comprobó que estaba todo en orden. Salió a la vereda y se quedó a esperar junto a en la verja de su casa. Pasaron algunos vecinos que la saludaron: el diariero,  el muchacho de la otra cuadra que vende pescado, el afilador de cuchillos, la vecina que quedó viuda y vende empanadas a diez. Es lindo el barrio. Y tranquilo, nunca pasa nada. Todo el mundo se conoce. En la esquina, sobre la vereda de enfrente, hay un almacén. Los clientes entran y salen durante todo el día.  En ese momento una mujer joven abandona  el negocio y se dirige a su domicilio situado  frente a la casa de Clara.
La joven la ve venir y cruza la calle. Se detiene ante la mujer que al principio la mira irónica, aunque  pronto comprende que el asunto es más serio de lo que imagina. Evalúa con rapidez una salida. Pero ya no hay tiempo. El arma apareció de la nada y el disparo sonó en la calle tranquila, como un trueno. La mujer cayó sin salir de su asombro, en la puerta de su casa.
Volvió a cruzar con la misma calma. Entró en su casa, dejó el arma sobre la mesa del televisor,  tapó la olla del puchero, apagó la cocina, se puso una campera y guardó la Cédula de Identidad en el bolsillo. Cuando oyó la sirena de la patrulla salió.
La vecina de enfrente permanecía caída en la puerta de su casa rodeada de curiosos. En la vereda de la casa de Clara, el barrio se había reunido en silencio. Alguna vecina lloraba. Una amiga vino corriendo y la abrazó. Un viejo vecino le dijo tocándole el hombro: no valía la pena m´hija. Ella le sonrió, siguió caminando entre los curiosos y entró sola al patrullero. El policía que venía a esposarla desistió.
Siete años después volvió al barrio. El esposo fue a buscarla. En su casa la esperaban los dos hijos, uno casado. La casa había crecido hacia el fondo estirándose en  otro dormitorio. Junto a la cama matrimonial del  hijo,  había una cuna  con un bebé. Otro puchero hervía sobre la cocina. La mesa estaba puesta con cinco cubiertos. Desde la ventana, el gato barcino le maulló un saludo largo de bienvenida 



                       
                      La Farolera12
     

   Había pasado su infancia en una casa de bajos, de un barrio montevideano. Un barrio suburbano de gente sencilla. De  trabajo. Con veredas anchas y árboles cargados de gorriones barullentos al norte de la capital.
Un barrio alejado de las playas que bordean la ciudad donde, por las tardecitas, los vecinos se sentaban a conversar en las veredas y las niñas hacían rondas y cantaban: “La farolera tropezó y en la calle se cayó
         Y al pasar por un cuartel se enamoró de un coronel...”
Saltaban a la cuerda:
        “Al pasar la barca me dijo el barquero:
        Las niñas bonitas no pagan dinero.
        Yo no soy bonita, ni lo quiero ser,
         Porque las niñas bonitas se echan  a perder...”
 Imitaban un baile de palacio con una canción que decía:
        “Andelito andelito de oro, un sencillo y un  marqués,
        Que me ha dicho una señora que bellas hijas tenéis.”
Y  también decía:
        “Téngala usted bien guardada.
 -Bien guardada la tendré sentadita en silla de oro en los palacios del rey.”
Recordaba los años de  escuela de túnica blanca y moña azul. Las tablas de multiplicar, las vocales y las consonantes. Son diecinueve los departamentos. El Éxodo del pueblo Oriental. Y, orientales la patria o la tumba. El primer libro de cuentos que leyó en primero: La Cenicienta y aquel primer poema del charrúa de los ojos azules: “El Uruguay y el Plata vivían su salvaje primavera...” y entre El gato con botas y Bernardette: La cabaña del tío Tom. Después el liceo. Desde el primer año, Francés y: fermez la bouche. Y también: Cuentos de la selva,  Los albañiles de los tapes y  Química y Física.  Luego   Inglés,  open the door y: Bécquer; Machado,  Charles Perrault; Orfeo y Eurídice. No existían los celulares, no se conocían las computadoras, recién comenzaban a llegar los primeros televisores, todo el mundo leía: Dickens, Mark Twain, Espínola, Quiroga, y más, muchos más, Y se terminó el liceo. Después taquigrafía y dactilografía y el empleo en las oficinas de  un Comercio Mayorista.
Para Ana Clara se abriría otro mundo. Atrás quedarían las mañanas de la escuela, las tardes del liceo y su pasión por los libros. Piensa y no recuerda cuando ni por qué dejo de leer.
 En su empleo del Comercio Mayorista conoció a Raúl.  Un muchacho serio y muy tranquilo que estudiaba derecho. Se enamoraron en cuanto se vieron y se hicieron novios. Vivía,  le dijo él,  cerca de la costanera a una cuadra de la playa. Ana Clara conocía muy poco esa parte de la ciudad. Una tarde fueron a caminar por la rambla. Acá es Trouville, le mostró Raúl. Aún estaban las piletas donde se enseñaba a nadar. Y esta es Pocitos, le dijo al llegar a la playa. Ella quedó maravillada. Miró hacia el mar y hacia los edificios de apartamentos que se levantan sobre la rambla y dijo: yo quiero vivir ahí. El muchacho se rio ante la ocurrencia, seguro de que nunca podría pagar un apartamento en la rambla. Se casaron, al tiempo, realmente enamorados los dos. Alquilaron un apartamento en el Centro, cerca del empleo de ambos. Él se recibió de abogado y siguió trabajando en la empresa donde lo ascendieron con sueldo mejorado. Ana Clara seguía soñando con el  departamento en la rambla.
Un día el dueño de la empresa comenzó a mirarla con un velado interés. Era un hombre mayor, casado, con hijos grandes. Ana Clara le pidió un departamento en la rambla y él le puso un departamento en el octavo piso de un edificio frente al mar. “Sentadita en silla de oro en los palacios del rey”.
 Ella juntó su ropa, abandonó a su marido y dejó el  empleo del Comercio Mayorista. Al poco tiempo el dueño de la empresa  se separó de su familia y se fue a vivir con ella. Y un día se casaron.
Ana Clara consiguió más, mucho más  de lo  que alimentó en sus sueños escondidos: joyas, cruceros por el mundo, automóvil, casa de verano en las playas del  este.
Ahora se encuentra en la terraza  de su departamento que da sobre  la rambla. Acaba de llegar de una fiesta. Está hermosa con su vestido de fiesta ceñido al cuerpo. Deslumbran sus alhajas. Su esposo ha bajado un momento a guardar el auto y ella se ha quedado pensativa.
 Es una apacible noche de verano. La rambla está concurrida de paseantes. El mar está sereno. Allá, a la derecha, como en una cuña metida en el mar, parpadea el faro de Punta Carretas. La ciudad de Montevideo es hechicera. Hermosa  y seductora descansa junto al Río de la Plata: su cómplice y amante.
Ana Clara recuerda su vida pasada. La casa en el viejo barrio al que nunca más volvió. “Yo no soy bonita ni lo quiero ser, porque las niñas bonitas se echan a perder”. Las amigas de entonces y sus juegos en la vereda. La   escuela lejana: “no ambiciono otra fortuna otra fortuna, ni reclamo más honor más honor que morir por mi bandera, la bandera bicolor” El  liceo donde hizo amigos que no volvió a ver. Su entrada a las oficinas de la empresa  mayorista. Recuerda a Raúl. Admite que no se portó bien con él. Raúl era muy bueno y la quería mucho. Ella también lo quiso mucho. Pero con él  no hubiese tenido nunca todo lo que le dio su marido. Se pregunta qué habrá sido de su vida. Cuando lo dejó y abandonó el departamento que compartían,  él se fue de la empresa. Ana Clara no preguntó. Nunca le interesó saber que fue de él. “Las niñas bonitas no pagan dinero...”
Arrecia el viento que viene del mar. Trae consigo un olor profundo de peces dormidos, de algas y caracolas. En las noches siempre refresca en la zona costera. Ana Clara se acerca al  balcón y queda, por un momento, observando un barco iluminado que, a lo lejos, va perdiéndose en la oscuridad.  Entonces saltó.    
            “La farolera tropezó y en la calle se cayó Y al pasar por un cuartel se enamoró de un coronel”. 
                       




                La capital te atrapa13


          Con mi hermano, el Nando, teníamos allá en mi pueblo una barra de amigos a los que nunca olvidé. Amigos de cuando éramos niños. De aquella primera infancia confiada, sin vueltas. Hoy al recordar, los veo como éramos entonces, tan felices  antes de crecer.
Con ellos jugábamos todo el día, pero las horas más lindas eran las de la siesta. Aquellas siestas de verano en que todo el pueblo dormía. Nos escapábamos hacia la calle sin hacer ruido y allí nos reuníamos todos, gurises y perros, y nos íbamos al monte que había detrás del molino viejo, pasando la casa de los Ortiz.
Por allí corría un arroyo que en verano solía secarse hasta quedar convertido en una pequeña laguna, donde pasábamos la tarde pescando renacuajos y mojarras. Les tirábamos migas de pan, que llevábamos en los bolsillos, las pescábamos con un cucharón viejo y las dejábamos en un balde con agua. Después, antes de volver a casa, las devolvíamos a la laguna. Los días de tormenta o de lluvia juntábamos unas ranitas chiquitas,  que nunca volví a ver fuera de aquella laguna, las poníamos en unos frascos de boca ancha y las soltábamos todas a la vez. Algunas no querían salir y teníamos que sacudir  los frascos con fuerza para que se fueran. Nos acostábamos bajo los árboles panza arriba y comíamos nísperos y grafiones, que crecían silvestres en el monte; o tirábamos piedras al agua que al caer iban formando grandes círculos, hasta desaparecer.
El monte estaba lleno de pájaros: chorlitos y tijeretas, gorriones y benteveos. De arteros, nomás, subíamos a los árboles y les cambiábamos los nidos de lugar mientras los pobres, revoloteando a nuestro alrededor, armaban tremendo alboroto.
Casi todos los del grupo éramos varones, aunque algunas veces iban también las dos hermanas de Marcelo y  la hermana menor del Gonchi. Pero la que no faltaba nunca era Carmencita. Andaba siempre detrás de mí. Donde yo iba, iba ella. No podía sacármela de encima. Al final ya ni me molestaba. Me había acostumbrado a tenerla siempre pegada a mis talones.
Carmencita parecía una india. Era flaca y fea. Tenía el pelo negro y lacio con un cerquillo que le cubría los ojos y unos dientes tan grandes que no le dejaban cerrar la boca. Andaba siempre de pantalones porque, de machona que era, vivía trepada a los árboles como un varón y, según decía la madre, era la única manera de protegerle las piernas de rayones y lastimaduras. Huraña y medio salvaje, jugaba más con  los varones que con las niñas. Era de poca conversación, pero observaba todo con una mirada aguda y desconfiada. Según decían en el pueblo sus antepasados habrían sido indios minuanes. Ella nunca lo aprobó ni lo negó, pero cuando alguno, en su presencia,  sacaba el tema, sus ojos despedían flechas que silbaban en el aire.
Era la única que sabía pelar los higos de tuna. Nosotros con una caña los arrancábamos de la tuna y ella los pelaba con un pedazo de caña y un cuchillo que, junto a otras porquerías, llevaba siempre en los bolsillos del pantalón. Los pinchaba con la caña  para que no se moviesen. Les cortaba las dos puntas y los abría con un corte de extremo a extremo, entonces sacaba el fruto dulce de adentro que se desprendía entero. Había que tener cuidado con los higos de tuna, no se pueden tocar con las manos, las espinas son tan finitas que ni se ven y  si  te llegás a pinchar ¡no sabés como duele!
Un año por la Navidad, el Nando se agarró la varicela y me la contagió. Después de la varicela tuvimos los dos el sarampión. Carmencita venía todos los días a verme.  Mi madre le decía que no viniese, que se podía contagiar. No se contagió, y nosotros pasamos el sarampión con ella metida en casa. Leíamos revistas, jugábamos al Ta-Te-Ti, al  Veo-Veo.  Un día me trajo en un frasco una mariposa grandota de Peñarol. La había cazado ella misma en el fondo de su casa. 
Creo que fue ese verano por febrero, cuando al viejo se le puso entre ceja y ceja  que teníamos que venir a vivir a la capital. No sé qué bicho lo habría picado, pero lo cierto fue que no hubo manera de hacerlo desistir de la mudanza. Él se vino primero a buscar trabajo y casa, cuando consiguió todo fue a buscarnos. Y un viernes de marzo a la hora de la siesta con el Nando, en un mar de lágrimas, nos despedimos de todos. Nunca creí que pudiese llegar ese día.
Allí, en la estación del ferrocarril, estaban mis tíos, mis primos, los vecinos y mis amigos: Marcelo, Gardelito, el armenio Boruc, el rengo Julio, el Gonchi, el Negro Vidal, el Luis Alberto y Carmencita.  Les prometí llorando que todas las vacaciones las iba a pasar con ellos. El jefe de la estación hizo sonar la campana, la locomotora echó al aire  una bocanada de humo negro y el ferrocarril comenzó a moverse lentamente sobre los rieles. Carmencita, sin dejar de mirarme, comenzó a correr por el andén junto al ferrocarril que se alejaba. Sin saludar, sin sonreír. Tan sólo mirándome. Sin comprender por qué me iba. Y su imagen se fue achicando, se fue perdiendo y se quedó en la estación. Adiós.
Mi padre había conseguido trabajo en una barraca de depósito y venta de lana en la calle Paraguay, de modo que cuando vinimos a Montevideo fuimos vivir a una casa que mi padre había alquilado en el barrio de La Aguada,  en la calle Médanos y Nueva York. Frente a mi casa los muchachos jugaban al fútbol. Apenas llegamos, el Nando y yo, nos entreveramos a jugar con ellos. Íbamos a la escuela Piedra Alta  y a la matinée del cine Montevideo.
Y la capital y su bullicio me envolvieron, me maravillaron y ese verano, pese a mi promesa de volver, no volví a mi pueblo. Muchas noches me dormía pensando en mis amigos y en aquella Carmencita corriendo junto al tren, convencido de que a la mañana siguiente les escribiría. Prometiéndome a mí mismo volver para el próximo verano. Pero ese regreso era siempre postergado.
Pasaron seis años. Ya había cumplido los dieciséis  cuando volví para los quince de mi prima Dorita. Esa noche en la fiesta me reencontré con todos mis amigos y con Carmencita. Me costó reconocerla. Se había convertido en una joven hermosa y delicada. Ya no usaba cerquillo y su pelo renegrido caía en bucles sobre sus hombros. Los enormes dientes se habían emparejado y lucían perfectos en su boca. Esa noche me sentí enormemente atraído hacia ella, bailamos juntos toda la noche, al despedirme la besé y le prometí que en diciembre volvería. No volví.
Fui para el casamiento de mi prima Dorita cuatro años después. Pese a mi vida en la ciudad estaba convencido que Carmencita sería la madre de mis hijos. Ya estaba terminando mis estudios y tal vez en un par de años podríamos casarnos. Y con la ilusión de formalizar mi noviazgo, volví a mi pueblo. 
 En la boda de mi prima nos volvimos a encontrar. Cuando llegué al salón de fiesta todo era alegría, música y brindis. Busqué esperanzado a Carmencita entre mis amigos que bailaban, pero no se encontraba allí. De pronto la vi llegar. No oí la música. Desapareció la gente. Sólo tuve ojos para ella. Estaba más linda que nunca, la felicidad brillaba en sus ojos y la envolvía en una áurea de serenidad que la hacía aún más hermosa. Acunaba en sus brazos un hermoso bebé igual a ella. No quise acercarme. Mientras la observaba de lejos, negándome a comprender, oí como entre sueños que se había casado hacía dos años con el Gonchi. No he vuelto más a mi pueblo. La capital te atrapa.



                                 La cita - 14


 La tarde de marzo comenzaba a disiparse tras los edificios de la rambla. En la arena de la playa jugaban algunos niños. Varios veleros a lo lejos, y en el horizonte, cargueros en el antepuerto. 
 En la acera opuesta, junto a los edificios, Julio Miraflores se dirigía inseguro hacia la cita.
—Estaré sentada en la rambla frente a la plaza —había dicho Luisa—, llevaré un vestido azul. A
Al principio Julio se había alegrado, hacía ya tiempo que sentía curiosidad por conocer a la mujer. Sin embargo, llegado el momento de la verdad, no estaba tan seguro. Pensó en su vida pasada, los años de matrimonio con Laura. Se habían conocido muy jóvenes y se casaron enamorados. Trabajaban juntos en las oficinas de una empresa exportadora. Julio en poco tiempo obtuvo varios ascensos que lo llevaron a un puesto importante, con muy buen sueldo. De modo que Laura en su primer embarazo dejó de trabajar. Julio piensa que en esa época comenzó el deterioro de su matrimonio. Ambos se habían acostumbrado a gastar sin control. Un día se dio cuenta de que estaban sobregirados. Las cuentas no cerraban. Su sueldo ya no alcanzaba. Comenzó a invertir en negocios no muy claros que lo fueron llevando a la ruina. Nunca le confesó a Laura que estaban pasando dificultades. Nunca lo conversó con su mujer a fin de bajar los gastos y llevar una vida acorde a su salario. Cuando comenzaron a rebotar los cheques, cuando no tuvo más remedio que vender el auto, recién entonces Laura quiso saber qué sucedía, y Julio se animó a confesar que estaban en quiebra, que se habían excedido en los gastos. Ella no entendió, no quiso saber, no le perdonó su mala administración y volvió con los niños a la casa de sus padres. Julio vendió la casa, pagó sus deudas y comenzó de nuevo. Ya habían pasado 10 años. Laura nunca quiso volver.
Atardecía. Un viento suave soplaba desde el mar. Luisa estaría esperando. No quería ilusionarse, pero sería bueno volver a creer en el amor. Poca gente paseando por la rambla.
—Llevaré un traje gris y un diario bajo el brazo, —le había dicho él.
Luisa esperaba ansiosa esa cita. Tal vez no era demasiado tarde. Quizá habría valido la pena esperar tantos años para que al fin el Amor le hiciera un guiño. Luisa fue única hija de un matrimonio mayor. Criada con mucho amor, llevó una niñez y una juventud feliz rodeada de amigas y compañeros de estudios. Hasta que sus amigas comenzaron a casarse y ella a quedar relegada. Nunca un hombre la pidió en matrimonio, nunca un hombre le dijo que la amaba y quería vivir para siempre a su lado. Al cabo, sus padres se fueron de este mundo y quedó sola. Él dijo llamarse Julio, se conocieron en la Web. Ambos  eran miembros un grupo de Amantes del Cine. Comenzaron coincidiendo en las películas que habían visto, en la música que preferían. Después comenzaron a comunicarse directamente y conversar de ellos, contarse sus vidas. Se conocían, sin
conocerse. De modo que un día él le pidió una cita y ella se sintió feliz. Durante toda una semana sólo pensó en ese encuentro. Tímidamente comenzó a forjar una esperanza
Se vistió con esmero, se maquilló y se miró al espejo. La imagen que le devolvió le agradó. Miró el reloj, la tarde estaba cálida, el sol comenzaba a ocultarse detrás de los edificios. Se dirigió a la cita.
Desde lejos la vio sentada con su vestido azul. Miró el reloj, era ya la hora concertada y no quería a ser impuntual. Bajó el cordón de la vereda y comenzó a cruzar la calle. El automóvil venía a gran velocidad. Él no lo vio. Y el conductor no tuvo tiempo de maniobrar.
La noche bajó de golpe. Los focos de la rambla se encendieron. El viento se hizo más frío. Luisa decidió no esperar más. Dedujo que el destino nuevamente se había burlado. Por última vez giró su cabeza hacia un lado de la rambla, hacia el otro lado. Nada, nadie. Los últimos paseantes se iban retirando. Suspiró, se puso de pie, y comenzó a alejarse cabizbaja. Resignada. A oscuras, una bandada de pájaros migrantes, atravesaba el cielo.




                               
                               Volver  - 15


   Dio vuelta la esquina caminando lerdo sobre las veredas de antes. Y toda la calle lo golpeó en la cara. Esa obstinada manía de volver. Volver al barrio del arrabal perdido; a la calle de su niñez, a la esquina del viejo café. Por un momento sintió que nunca se había ido. Pero aquel ya no era su barrio, no era el mismo que dejó. Buscó afanoso una cara amiga sin encontrarla. Sólo un cuzco distraído le ladró al pasar. Nadie se fijó en él. Nadie lo reconoció. Se fue joven, volvió viejo. Sobre sus sienes habían nevado varios inviernos. “...las nieves del tiempo platearon su sien...” En otras tierras, bajo otros cielos, florecieron primaveras antes del regreso. Le costó adaptarse a otras gentes, a otras costumbres. Países sin boliches, domingos sin asados. Sin los amigos. La barra de la esquina, el mate. Gardel. Los gringos son fríos. Toman cerveza. No se detienen a conversar sin apuro en las esquinas. No saben de boliches esquineros. De filósofos noctámbulos. De noches de truco y seven eleven. No saben de tangos ni carnavales. No saben. Le costó adaptarse. Pero hoy al fin ha vuelto. “..siempre se vuelve al primer amor...” Deseó tanto el regreso que se le cansó el alma. Y ahora otra vez bajo la Cruz del Sur se encuentra perdido, ni siquiera entiende para qué volvió. Siguió recorriendo aquellas callecitas que extrañó tanto y al pasar frente a la sede de Uruguay Montevideo se detuvo. En ese momento llegaba la hinchada. ¡Arriba la vieja celestina! Los muchachos venían eufóricos; no habían ganado, pero sí logrado un empate honroso. Tronaron los tambores en la puerta de la sede llenando el aire y golpeando el corazón de los vecinos; que para festejar no se necesitan triunfos y los tambores acompañan alegrías y tristezas. Se fijó atentamente en la muchachada buscando un rostro, una cara amiga. Sí... aquel, tal vez, pero no, no era. Ya nadie era. Ni él era el mismo. Estuvo tentado de entrar a la sede y tomarse una en la cantina, pero tuvo miedo. “miedo del encuentro con el pasado que vuelve...” Quién sabe no se encontrara con el Lulo, el Chiquito Roselló, Walter Rodríguez, Miguelito Capitán. Cuántos recuerdos. Cuántos amigos rescatados del olvido Aquellos, los de la vieja sede, cuando salían en camiones: ¡Uruguay Montevideo pa’ todo el mundo, que no, ni no! Hinchada temible la del Uruguay Montevideo de entonces. Cuando el Conejo Pepe, Jorge Dell’Acqua, Juan Tejera y Juan Roselló escribían en el cuadro páginas de oro. O aquella vez en que Ramón Cantou, el veterano de Rampla, vino a darnos brillo. Uruguay Montevideo de mis amores. Ya no sos aquel. A vos también te perdí. Ahora tenés nueva sede y un Complejo Deportivo con alfombradas canchas de Fútbol. Lentamente empezó a comprender. El mundo no se había detenido porque él no estuvo. También aquí llegó el progreso, los años marcaron el cambio, un siglo nuevo empezaba y él...él era del treinta. Siguió, como una sombra, recorriendo aquel que una vez fue su barrio, tratando de encontrar un recuerdo vivo al cual aferrarse.  con el alma aferrada a un dulce recuerdo...” Y llegó a la calle Conciliación. Aquella callecita del Pueblo Victoria que nace en el puente sobre el arroyo Miguelete y muere, no podía ser de otro modo, en el Cementerio de la Teja. “... la vieja calle donde el eco dijo...”Allí, en aquella casa había nacido. Casi en la esquina. Su casa. Sus veinte años y aquellas ansias de caminar, de conocer otros mundos, que un día lo llevaron lejos,“que veinte años no es nada...”Y allí estaba otra vez junto al viejo portón: el jazmín del país enredado en la madreselva sobre el muro de ladrillos. La ventana del comedor. El patio de las hortensias. ¡Mamá...! Sólo lo pensó. Si sólo llamándola la viera venir a recibirlo, enjugando sus manos en el delantal, gritaría ¡mamá! hasta romper su garganta. Pero no. Él sabe que ya no. Había tardado mucho, ella no pudo esperarlo. También las madres se cansan de esperar. Una tarde se quedó dormida en el viejo sillón, mientras tejía un buzo verde al que le faltó una manga. que es un soplo la vida...” ¡No, es mentira que no está! Es mentira que se fue sin verme llegar. Es mentira. Si la estoy viendo. Si ahí está. Ahí...regando las plantas, rezongando al perro. ¡Mamá! Acá estoy. He vuelto. He vuelto para quedarme. “porque el viajero que huye tarde o temprano detiene su andar...Escuche: en la radio está cantando Angelito Vargas y en la calle ya se siente el bullicio futbolero. Me voy a la cancha, mamá. Los muchachos del café me esperan. Esta noche voy a bailar. Pláncheme la camisa blanca, esa, la de las rayitas. Esa quiero ponerme, ¿ta?... ¡Chau, chau mamá!

Se fue cabizbajo por aquellas veredas de antes. Y volverá a partir. Más vale partir y olvidar. Ya no existen los lazos que lo ataban a su tierra. El barrio que dejó un día, ya no es su barrio. Ni su casa. Ya no están sus amigos, aquellos que paraban en La Alborada. Dónde estarán. ¿Qué habrá sido de ellos? Volvió con la ilusión de verlos a todos y se va sin encontrarlos,aunque el olvido que todo destruye...” Sintió que un puño le apretaba el corazón. Hubiese querido llorar, pero la vida, maestra implacable, le había enseñado a no aflojar. Se fue sin mirar atrás se perdió en la noche larga de la ausencia, “bajo el burlón mirar de las estrellas que con indiferencia lo vieron volver…”






                En tiempos del Zeppelín – 16


                                               I

      El 30 de junio de 1934 quedó para siempre impreso en mi memoria. Aquel día de invierno de cielo translúcido, sin nubes, ni el viento que suele azotar la ciudad de Montevideo, vi al Graf Zeppelín al regreso de Buenos Aires, sobrevolar mi casa en la Villa del Cerro. Entonces la Villa era apenas un cerro agreste con algunas viviendas y comercios sobre la calle Grecia, y edificaciones ocupadas por saladeros, frigoríficos e industrias del ramo cárnico. Mi casa se encontraba en lo alto del Cerro. Sólo el faro cuya construcción en la cumbre había sido dispuesta por la corona española, cien años atrás, y la fortaleza, construida por los portugueses, la superaban en altura. En 1834 el gobierno de la época otorgó el permiso para crear una población con el nombre de Villa Cosmópolis, para recibir y dar lugar a los miles de inmigrantes que llegaban de Europa, adoptando luego el nombre de Villa del Cerro. Mi padre, que había sido peón en una estancia cimarrona del interior del país, se radicó en Montevideo cuando la estancia fue vendida a una familia de Estados Unidos con capitales en el Frigorífico Swift, quienes a su vez le dieron trabajo en dicha empresa. Se estableció por lo tanto en un alto de la Villa y se casó con una joven vecina descendiente de lituanos, quién luego sería mi madre.

                                        II

En el año del Zeppelín comencé la escuela. Crecí recorriendo el cerro. Fui un adolescente curioso, andariego y medio brujo. Puntual visitante de la fortaleza y testigo natural del crecimiento vertiginoso de la ciudad- puerto, que se extendía a los pies del monte. Desde mi atalaya observaba la entrada y salida de los barcos y lanchones al puerto de Montevideo; la llegada de los troperos desde el interior del país arreando ganado para los frigoríficos; observaba el movimiento de camiones en La Teja en los comienzos de la instalación de ANCAP y las chimeneas humeantes de las distintas fábricas de toda aquella zona industrial. Solitario y hosco me crie entre los pájaros de los montes, la pasión de recorrer las playas y la costumbre de rezarle al sol. Incansable caminador bajaba hasta la costa y recorría la cadena de playas que se extendía interminable hacia el oeste, juntando tesoros que guardaba ocultos bajo un árbol centenario: puntas de flechas, casquillos de balas, cuchillos herrumbrados, la quijada de un puma, y un crucifijo de madera carcomida, con un cristo claveteado, de plata de ley.
Recogía objetos que las olas dejaban sobre la arena, de barcos naufragados del tiempo del coloniaje: monedas antiguas; enseres de metal; pedazos de tazas y platos de loza pintados con flores de colores; palos y restos de velamen. Me cautivaba en los atardeceres, observar la entrada del astro rey en el mar, y contemplar en las noches, de espalda sobre la gramilla, el paso de la luna y su séquito de estrellas. Criado en aquel otero cerril de animales montaraces
y montes silvestres, conversaba con los animales del monte y también con los que se criaban en las chacras. Revolucionario y justiciero de alma, conocedor del destino de las aves de corral, solía reunir a las gallinas  para disertar sobre el tema de ir a parar a la olla en cualquier momento, por lo que las alentaba a no pasarse el día picoteando el suelo, tragando todo lo que encontraban, sino tratar de perder peso e intentar vuelos cortos, a fin de volar un día como las garzas y las cigüeñas que cada primavera llegaban por miles a empollar en las riveras del Río de La Plata. Pero las gallinas fueron desde siempre muy haraganas, de modo que me escuchaban sin interés y se iban una tras otra pues se venía el atardecer y había que ir acomodándose en el palo del gallinero. Un día, Pedro, un gallo viejo de la familia D’Amore que tenían una quinta detrás del Cerro, cerca del Campo de Golf, me dijo que no gastara pólvora en chimango y dejara a las gallinas vivir su vida. Que las pobres no habían nacido para volar —puntualizó—, que ellas estaban conformes con su destino. No necesitaban emigrar pues todo lo que necesitaban lo encontraban en el gallinero: dormían bajo techo, recibían comida diaria sin necesidad de andar buscando por ahí, se acostaban temprano y nadie las obligaba a madrugar. Por lo tanto dejé la cátedra revolucionaria de lado y seguí haciendo nada, mientras recorría la costa y me bañaba en las aguas del río, entre las lisas plateadas que alegres y confiadas saltaban a mí alrededor.

                                               III

Aquel día de julio, al descubrir en el cielo el dirigible alemán, lo primero que se me ocurrió fue manotear la honda para bajarlo de una pedrada. Fue mi padre, que había salido de la casa para ver el pasaje de la nave, quien gritó a tiempo que me detuviera, pues podía dar en el blanco — dijo—, y hacerle un boquete que lo desinflaría forzándolo a aterrizar sobre el almácigo de cebollines, obligándolo de ese modo a permanecer allí hasta que lo emparcharan, mientras los extraños que llevaba en la barriga, quién sabe por cuánto tiempo deambularían por el Cerro y la fortaleza molestando a los vecinos. De todos modos yo estaba empecinado, quería bajarlo a tierra para ver qué había dentro del globo, no podía creer que, como decía mi padre, dentro de la nave hubiese gente de paseo por el mundo. Por lo tanto quedé refunfuñando mientras el Zeppelín sobrevolaba la bahía y el puerto, para perderse más allá del Centro de Montevideo sin haber
pisado suelo uruguayo, ni a su ida ni a su vuelta de Buenos Aires. Me quedó una ojeriza que nunca pude ocultar. Esperé por años volver a ver el dirigible pues, si había venido una vez —le decía a mi padre— lo lógico sería que volviera como volvían los hidroaviones de Causa, que atravesaban el cielo dos veces por día, para acuatizar en el aeropuerto junto al Nacional de Regatas. Estaba convencido de que el globo con forma de cañón, volvería un día brillando al sol como aquel 30 de junio. Mi espera fue en vano. El Graf Zeppelín, orgullo de la Alemania nazi, nunca volvió. Según se dijo entonces, seis años después de su paso por Montevideo, fue desguazado por los alemanes para utilizar su metal en la construcción de armas bélicas. El avistamiento del dirigible pautó en mí el principio de una vida plagada de aventuras sin salir de ese Cerro de Montevideo, que fue creciendo para convertirse en una ciudad dentro de otra ciudad. Una ciudad cosmopolita, con una enorme riqueza de costumbres, idiomas y religiones.
El pasaje del Zeppelín, me dio a conocer la existencia de otro mundo más allá del Río de la Plata, más allá del horizonte donde cada atardecer veía ocultarse el sol. En mis correrías de niño, la curiosidad me llevó a visitar las casas de los vecinos que poco apoco iban poblando las laderas de la villa. Familias recién llegadas que no hablaban como nosotros, y se comunicaban con señas. Personas venidas de Dios sabe dónde que, chapuceando y a los golpes, comenzaron hablar español y comunicarse con bastante soltura. En ese intercambio de idiomas y costumbres fui conociendo historias y relatos de otras tierras, que enriquecieron mi mente y le abrieron caminos a mi imaginación.

                                             IV

Un verano a la villa se mudó una familia árabe, el señor Farid con su esposa y tres niñas. El hombre usaba babuchas y zapatos con las puntas hacia arriba. Las niñas andaban de vestidos largos y pañoletas que les cubrían la cabeza. Al principio tuvieron problemas porque las más pequeñas debían ir a la escuela, pero no con la cabeza cubierta sino de túnica y moña. De manera que por la mañana se vestían con túnica y al regreso de la escuela volvían a sus vestidos largos y sus pañoletas. Cuando llegaron al barrio hice amistad con la familia y así me enteré que la hermana mayor había dejado un novio en Tabuk, que prometió venir a buscarla para formalizar el matrimonio. Los padres de la joven no estaban de acuerdo y esperaban que los dos olvidarán aquel amor. Pasó el tiempo, y una de esas noches en que recostado a la fortaleza observaba el flujo y reflujo de las olas, observé que volando sobre el mar se acercaba algo semejante a un pájaro enorme con las alas extendidas. No era un pájaro, al aproximarse comprobé que era una alfombra apenas iluminada. La alfombra aterrizó junto a la casa de Farid de donde descendió un joven de turbante y capa con pedrerías, ayudó a la hermana de las niñas árabes subir y ambos, abrazados, desaparecieron bajo el cielo y sobre el mar sin dejar rastro. Aunque me pareció extraño no me llamó la atención, ya sabía que desde el cielo a parte de la lluvia, se podía ver flotar, caer o pasar cualquier artefacto por extraño que pareciera. Al otro día, pese a que los padres estaban desesperados buscando a la joven, no di información sobre lo que había visto. Un tiempo después, ya casada, la joven volvió a su casa del Cerro a ver a sus padres y contó cómo su prometido había venido a buscarla una noche sobre una alfombra. Algo que a los vecinos les costó creer, pues si bien las alfombras mágicas eran conocidas surcando los cielos de Arabia, nunca supo nadie de que en Uruguay se usara esa modalidad habiendo en ese tiempo trenes, automóviles y aviones donde se podía viajar sentado, sin que a uno lo despeinara el viento.
                                              
                                            

                                                    V


La cadena de playas que se extienden más allá del Cerro se encontraba en aquellos días cerrada de montes enmarañados. En esos montes a orillas de la playa, de la caza y de la pesca, vivía Athan un viejo asceta que según él mismo contaba, llevaba tantos años vividos que había perdido la cuenta. Habitaba esos montes —decía—, desde antes de la llegada de los españoles y antes de que los charrúa bajaran hasta el Río de la Plata. En mis caminatas por la costa me había hecho amigo del viejo que entre idas y venidas me contaba historias sorprendentes. Cierto atardecer, sentados en la arena, mientras preparaba las redes que tiraba al anochecer, me contó que en la época de las colonias, muchos barcos cargados de monedas y oro del Perú, quedaron atascados en los arrecifes y se hundieron, llevándose con ellos sus tripulaciones. Me contó también que durante años, en las noches de tormenta entre truenos y relámpagos, más de una vez había visto los espíritus de viejos marinos que, cargando picos y palas, surgían del mar, atravesaban la arena y se internaban en los montes en busca de los tesoros que alguna vez enterraron. Llegaban en noches sin luna y regresaban al mar, antes de que el sol despuntara.
                                         

                                              VI

Un diciembre, cinco años después del pasaje del Graf Zeppelín, volví a ver la esvástica desde mi puesto en la fortaleza del Cerro, entrando al puerto de Montevideo. Que en los inicios de la segunda Guerra Mundial, cuando el acorazado alemán Graf Spee, se enfrentó a tres cruceros ingleses en la llamada Batalla del Río de la Plata,
El Graf Spee, que había zarpado de Alemania en agosto de 1929, llevaba hundidos nueve barcos mercantes cuando se dirigió a las cercanías del Río de la Plata para atacar a los barcos británicos que se abastecían en esta costa. Los tres barcos ingleses lo persiguieron, lo encañonaron y le lanzaron torpedos antes de alejarse. De modo que el Graf Spee abandonó el combate y se dirigió al puerto de Montevideo a fin de reparar los daños. El gobierno uruguayo le dio un plazo de 72 horas. Mientras el Graf Spee era reparado. Su capitán enterró a sus muertos en el Cementerio del Norte, los heridos fueron llevados al hospital Británico y los más embarcaron en el Tacoma,  con destino a Buenos Aires, barco mercante alemán, que se encontraba en el puerto de Montevideo, quien escoltó al "acorazado de bolsillo" hasta apenas pasado el límite internacional. Allí, el Admiral Graf Spee viró al oeste y echó anclas entre el Cerro de Montevideo y Punta Yeguas donde se inmoló mediante la detonación de explosivos. Durante 3 días, desde la fortaleza del Cerro, vi arder a quien fuera considerado el más moderno buque pesado de la Alemania Nazi.

                                           VII

Poco tiempo después de la batalla del Río de la Plata, la familia D’Amore vendió la quinta y se fueron del Cerro. No volví a ver aquel gallo viejo y sabio que me enseñó tantas cosas de la vida. Era un gallo con una cresta grande y roja, un manto de plumas doradas sobre su plumaje colorado, y una cola de plumas grandes y arqueadas, azules, verdes y púrpuras, que brillaban tornasoladas al sol. Cuando lo dejé de ver tendría 9 años, no viven mucho más. Emitía un canto puro y potente. Cantaba al amanecer, al mediodía, al atardecer y a media noche. Él iniciaba el canto en el Cerro al amanecer y al atardecer, los gallos de los alrededores le contestaban uno a uno, pero ninguno cantaba con su potencia y musicalidad. El gallinero de la quinta de los D’amore, tenía un techo de chapas acanaladas con un alero más elevado, allí se subía a cantar. Cuando yo andaba por allí, de recorrida, él abandonaba el gallinero y conversábamos bajo los árboles del monte. Siempre supe, que mucho de lo que me contaba no era cierto, que era un gallo muy fantasioso y de inventar historias, de todos modos era agradable escucharlo. Cuando empecé el liceo, mis compañeros se burlaban de mí porque no creían que yo hablaba con los animales y además no sabía fumar. Esto me daba bronca y vergüenza. Un día se lo conté a Pedro y me dijo que llevara hojillas y tabaco que él me iba a enseñar. Así que un día llevé tres cigarros armados y se los mostré, me dijo cómo tenía que aspirar y tragar el humo, le expliqué que no sabía tragar el humo, opinó que tenía que aprender porque si no parecería una chimenea y eso no era fumar, dijo.
Me llevó un tiempo aprender a tragar el humo,, mientras tanto le pregunté un día por qué él no fumaba, me confesó que había fumado cuando joven, pero que había dejado el vicio porque le afectaba la garganta y le enronquecía el canto.
                                           

                                         VIII

Cuando en el 45 terminó la guerra en Europa, todo el Cerro festejó. Los árabes, los sirios, los lituanos, los armenios, los griegos, los italianos y los gallegos. Durante varios días el Cerro se vistió de fiesta. En esos día me enteré que la familia D’Amore, había vendido la chacra y se había mudado para Lezica. Fui corriendo a ver a Pedro, pero en el lugar no había gallinero, ni gallinas ni vi a Pedro nunca más. Por mucho tiempo desde mi casa escuché su canto cuatro veces al día, aunque mi padre decía que el que cantaba sería otro gallo. Que era imposible que en el Cerro, se pudiera escuchar a un gallo cantando en Lezica. De modo que llegué a pensar que tal vez estuviera en los montes junto a la playa. Varias veces salí a buscarlo y a pesar de que nunca lo encontré, por mucho tiempo su canto llegó a mis oídos.                                          

                                              IX

Años después de avistamiento del Zeppelín, por las calles del Cerro conocí al Dios Verde, un solitario predicador vestido de túnica como Jesús, que descalzo y apoyado en un cayado recorrió por años todo el Uruguay predicando por la salvación del alma. Una tarde ascendiendo por la calle Viacaba me encontré con el místico que disertaba con una Biblia en la mano. Después, ya anochecido, subimos juntos hasta la fortaleza donde, recostado a un antiguo cañón, que apunta hacia la ciudad, me habló de Dios, de la salvación del alma, de los pecados de los hombres, de que, previo arrepentimiento, Dios perdona. Y me aseguró también, que el Cerro de Montevideo, es un volcán dormido.


                                           X

En los tiempos del Zeppelín, al norte del Cerro, donde en aquellos años existían grandes extensiones de campos y montes silvestres, se fueron construyendo chacras y casas de campo. En el año 1948, la hija de una de esas familias se casó en la Parroquia Santa María del Cerro, con un marino del Graf Spee. El día aquél de la batalla, cuando el capitán bajó a tierra a los heridos, varios marinos se ocultaron y lograron perderse entre las calles de la Villa.
Algunos estaban heridos, de modo que varios vecinos les prestaron ayuda, los albergaron hasta que  se recuperaron y les consiguieron alojamiento con  familias  que tenían  chacras al norte de Cerro.
Allí se quedaron, trabajaron y formaron sus familias  y nunca se fueron de Uruguay. Por las laderas de la Villa del  Cerro, en estos días, aún viven sus descendientes.
Ochenta años después del pasaje del Graf Zeppelín sobre Montevideo, pienso que somos hijos de un país cosmopolita, bajo cuya bandera no todos nacimos, pero donde sobre el mismo suelo, somos todos hermanos. Ochenta años después, recostado a la Fortaleza, de espaldas a la Bahía y a la Ciudad de Montevideo, veo hundirse el sol en el horizonte.
Solo, en la cima del Cerro, mientras mi memoria arrea los recuerdos, pienso en mi padre y, por si acaso, sigo escudriñando el cielo.




                El canto de la sirena - 17

   
Las muchachas  que toman sol en La Estacada, se burlan de mí. Piensan que soy un viejo loco. Ellas no saben. Se ríen porque vengo a la playa de noche después que todos se van y me quedo hasta la madrugada, antes que ilumine el sol. Por eso creen que estoy loco.
No saben que hace muchos años en esta playa dejé mi mejor sueño. Que en estas aguas dejé una noche  mi máxima creación. Porque no saben que por las noches, ella viene a buscarme.
Tenía veinte años y en mis manos todo el misterio y la magia. Y la pasión y la creatividad de los grandes. De aquellos que fueron. De los escultores que a martillo y cincel, lograron liberar las formas más bellas apresadas en lo más profundo de la roca.
 Entonces era un estudiante de Bellas Artes seducido por la ciencia de esculpir la piedra. Fueron felices aquellos años. Había venido a la capital desde un pueblo del interior lleno de sueños y de proyectos.
Recién llegado  fui a vivir en un  altillo, en la calle Guipúzcoa, con una ventana que daba al mar. Era mi bastión, mi taller, mi mundo. Trabajaba con ahínco empeñado en aprender, en superarme. Por las noches en la penumbra de mi  habitación, exaltado por lo desconocido, comulgaba en una suerte de brujería con los antiguos maestros  del cincel. En extraño éxtasis, impulsado por no sé qué fuerza, les pedía ayuda, sensibilidad, luz. Y ellos venían a mí. Soplaban mis manos y mi corazón y era yo,  por el resto de la noche, un maestro más. Nunca hablé de mis tratos ocultos con el más allá, sólo hoy lo confieso porque quiero contarles la historia de la sirena.
Una de esas noches agoreras, tocado por la luz de la hechicería, comencé mi obra máxima. Golpe a golpe, trozo a trozo hacia el corazón de la piedra, fui abriéndole paso a mi sirena. Una bellísima sirena de cabellos largos, de senos perfectos y hermosas manos, que me miraba con sus ojos sin luz.
Cautivado por su belleza trabajé varios meses sin descanso cincelando su cuerpo en soledad.  Nunca la mostré. Nadie la vio jamás. Y me enamoré. Había nacido de mis manos, me pertenecía. En mi entusiasmo juvenil llegué a soñar con que un día sus ojos se llenarían de luz y se mirarían en los míos, correspondiendo a mi amor. Pero era sólo un sueño ajeno a la realidad, que nunca dejé de soñar.
 Pasaron los años y me convertí en un escultor de renombre. Viajé por el mundo, pero siempre conservé mi taller de los días de estudiante. Allí volvía al regresar de cada viaje. Allí me esperaba mi amor eterno y fiel. 
Un atardecer, en busca de tranquilidad y silencio, fui a refugiarme en el viejo altillo. La sirena frente a la ventana presentía el mar. Me acerqué a ella y acaricié su rostro. Una lágrima corrió por su mejilla. Recién comprendí que estaba muy sola. Que ansiaba el mar. Su espacio. No pude ignorar la tristeza de sus ojos ciegos. Esa noche la tomé en mis brazos y renunciando a mi amor, la traje hasta la playa. Caminé internándome cada vez más en nuestro río como mar, mientras oía el susurro de las olas que me alertaban sobre no sé qué extrañas historias de amor. Me negué a escuchar y seguí, mar adentro,  con mi amorosa  carga. De pronto, casi al perder pie, la sirena fijó un instante en mí sus almendrados ojos y escapando de mis  brazos se sumergió feliz, invitándome a seguirla con el magnetismo de su canto. Dudé y ante la magia y el misterio prevaleció en mí la cordura. Volví a la playa y me senté en las rocas mientras la observaba nadar dichosa y alejarse. Hasta que al rayar el alba desapareció.
Desde aquellos tiempos han pasado muchos años. Nunca la olvidé ni dejé de amarla. Ahora vivo en un edificio muy alto frente al río. Tengo la cabeza blanca y las manos cansadas y torpes. El taller de la calle Guipúzcoa ya no existe. Aquellos años de estudiante quedaron en el recuerdo.
Pero a veces por las noches,  cuando me encuentro solo, siento renacer en mí el fervor de mis años jóvenes. Vuelvo a vivir aquel amor que no  quiso llevarme a la locura, entonces cruzo la rambla y vengo a La Estacada. Me siento en las rocas a mirar el mar. Sé que mi sirena viene por mí.
La oigo cantar, llamándome.


                       

              
         La mesa de roble - 18


  Era una mesa de roble, oscura y tosca, con cuatro patas torneadas y un cajón para guardar los cubiertos, que el abuelo Jeremías, que era carpintero, le regalara a su nieta Carmela, cuando supo que luego de su boda con el Julián, se vendrían para  América.
—Llévatela, le había dicho su abuelo, —que nunca te falte una mesa donde compartir el pan con tu familia. De modo que la mesa de roble, fue lo único que junto con un baúl de ropa y algunos utensilios de cocina, trasladó la Carmela de su casa en Lanzarote, cuando junto a su esposo, llegó al puerto de Montevideo, aquella tarde de primavera de 1910. 
En aquel entonces Uruguay gozaba de estabilidad económica, su población formada casi en su totalidad por inmigrantes, vivía en paz y de frente a un futuro prometedor. Por lo que Carmela y Julián no tuvieron dificultad para instalarse y comenzar a trabajar en la ciudad.

Al principio vivieron en una casa de inquilinato, que el gobierno, en aquellos años, ofrecía a los inmigrantes que llegaban al país en busca de trabajo, hasta que pudieran pagar un alquiler e independizarse. Y allí, cerca del puerto, se instalaron previamente. Con la mesa del abuelo, como mueble principal, tendida siempre con uno de los manteles traídos de “la isla de los volcanes”, junto a las sábanas del ajuar de novia de Carmela. Sentados a la mesa, la pareja tejía sueños y forjaba proyectos, mientras los años se sucedían, les iban naciendo los hijos y las sillas se multiplicaban en derredor.

Un día, Carmela y su familia se mudaron a una casa amplia y soleada, con jardín al frente y fondo arbolado. Para entonces tenían tres hijos. Marcos, Isabel y Melisa. Después llegaron Gustavo y Eloísa.
La mesa española seguía formando parte de la familia, absorbiendo todo lo que ocurría dentro de la casa. Compartiendo con ellos las fiestas de cumpleaños, la alegría de las bodas y la bendición de la llegada de los nietos.  Pero el tiempo no da licencias, y al pasar arrastra, lleva, sepulta. De manera que la vieja mesa del abuelo Jeremías, que durante años se vio rodeada de sillas que la llenaron de amor y orgullo, soportó el dolor de ir perdiéndolas una a una, hasta quedar sola,  envuelta en la penumbra de aquella casa que un día, desaparecidos sus habitantes, fue cerrada y abandonada. 

Marcos, el mayor de los hermanos,  se casó muy joven  y se instaló con su familia en un balneario del Este.
Isabel, se enamoró de un chico peruano, compañero de la facultad, se casó y se fue a vivir a Perú. Melisa, que  era maestra,  fue  nombrada directora de  una escuela rural en la frontera con Brasil, y no volvió.
Gustavo, curioso y andariego, anduvo visitando países de América para establecerse, al final, en Argentina. Y Eloísa, la menor,  se fue un invierno a conocer el verano de Lanzarote, se enamoró de un lugareño y se quedó a vivir en las islas. Después, los años pasaron, Julián enfermó y fue el primero en dejar este mundo. Eloísa, en la Gran Canaria, falleció muy joven, dejando dos hijos, y al cabo, Carmela la siguió. La casa permaneció cerrada mucho tiempo. Mientras tanto la mesa no podía soportar más la oscuridad y el abandono. Solo ansiaba  el momento de reunirse con su familia española.

Un día vinieron los nietos, abrieron las puertas y las ventanas, vendieron la casa y mandaron todo el mobiliario a remate.
La mesa la compró una pareja joven de recién casados. La llevaron a un departamento céntrico donde estaba sola todo el día, pues los jóvenes se iban a la mañana y volvían a la noche. En tanto, conmovida,  sentía palpitar a su alrededor, las vidas de su familia desaparecida. Los espíritus de los seres que amó la rodeaban. Se sentaban en las nuevas sillas a su entorno. Cuchicheaban entre ellos, y se reían como antes cuando era jóvenes indolentes.

Mientras, ella solo deseaba ser un espíritu más para reunirse con ellos. No aceptaba la nueva casa ni a la joven pareja. Toda esa energía negativa que emanaba de la mesa, comenzó a filtrarse a las habitaciones del departamento, creando un ambiente maligno.
Los esposos dejaron de comunicarse y las noches fueron perdiendo la pasión de los primeros días. La joven señora fue la que primero advirtió que dentro de la casa existía algo perturbador; que un ambiente hostil se estaba instalando en el hogar. Lo presentía sin saber qué era en realidad. Una noche en que no conseguía conciliar el sueño, le pareció oír rumores de voces y risas. Se levantó y comenzó a recorrer el apartamento. Las voces cesaron. Pensó que tal vez fuesen suposiciones suyas. Llegó al comedor, se detuvo al entrar, encendió la luz y dijo: Es la mesa. Se acercó, apoyó las palmas de las manos sobre el viejo roble y le habló:
— ¿No nos quieres, verdad? No te apenes. Le encontraremos solución.

Al día siguiente le dijo a su esposo que quería deshacerse de la mesa, le explicó que era ella, la causante del momento difícil que la pareja estaba atravesando. No se sabe si el joven entendió, si creyó o no, lo que su esposa le comentaba. Reconocía, sin embargo, que su matrimonio comenzaba a desmoronarse, y no tenía intenciones de perder a su esposa por culpa de una mesa  hechizada. Por lo tanto, pensó  volverla al remate de donde había venido, o regalársela a alguien que la necesitara. Pero la joven ya había decidido el destino de la mesa: la desarmarían y la quemarían como leña en la estufa  del comedor. Y eso hicieron.  

De modo, que la mesa tosca de roble, que el abuelo Jeremías le regalara a la Carmela para su boda allá en Lanzarote, una noche de invierno, convertida en humo, volvió feliz, a reencontrarse  con su familia.

                                                      
   

                Primer actor de reparto - 19

  
   Ese año, una primavera anticipada se anunciaba en  los jardines y en los árboles de las veredas. Los niños llenaban las plazas y  el viento de septiembre elevaba las cometas madrugadoras que coleaban bajo el sol.
Delia en su casa trataba de controlar la preocupación que hacía unos días la atormentaba,  debido a la salud de su esposo que, al parecer,  se iba deteriorando día a día. Hacía un tiempo que Julián no se sentía bien. Se le notaba en la cara y en el genio. Él había sido siempre un muchacho dispuesto,  de buen carácter. Sin embargo, últimamente se lo veía molesto, nervioso, distanciado de su familia y sus afectos. No se sentía bien. Él mismo lo decía. Que estaba enfermo, le repetía a su mujer. Que no iba a vivir mucho tiempo más. Y se iba como apagando.
                                                                                               
—Tienes que ver un médico —le decía Delia—, tú  no puedes diagnosticarte. Si sigues inventándote dolores y malestares vas a enfermarte de verdad.
Delia trataba de minimizar la postura de su marido ante una eventual enfermedad, a fin de que el hombre no se preocupara más de lo que estaba.
De todas maneras él insistía:
 —Yo me conozco, si te digo que no me siento bien por algo te lo digo, el médico no va a saber más que yo. A mí se me terminó el tiempo. ¡Ya vas a ver!
Y la pobre sufría, callada, tratando de ocultar su angustia.
—Pide que te adelanten la licencia y vete unos días al campo a ver a tus hermanos. Descansa, estás muy estresado.
 Estaba convencida de que el malestar de Julián era debido al cansancio, al excesivo trabajo, a sentirse presionado ante la responsabilidad de la casa, de los hijos ¡de ella misma! Su marido se exigía demasiado.
Una mañana cuando Julián salía para el trabajo creyó verlo de mal color. Se acercó a la ventana y lo vio marchar encorvado, con la cabeza baja. Mordía las lágrimas mientras preparaba el desayuno de los niños que iban a la escuela. El más pequeño dormía en la cuna.
Cuando los hijos se fueron pudo aflojarse. Se sentó en un banco de la cocina con los codos apoyados en la mesa, ocultó la cara con sus manos y lloró. Lloró de dolor y de miedo. Lloró por él y por ella. Y por primera vez desde que se conocieron, percibió el impacto de una amenaza golpeando la tranquilidad del hogar. Una amenaza velada que iba tomando cuerpo, al pasar  los días, como una sombra fatídica. Trató de sobreponerse,  secó sus lágrimas y permaneció sentada, sin fuerzas ni voluntad para ponerse de pie y continuar con las tareas de todos los días.
La enfermedad de Julián la encontró  desprevenida.  Hasta ese momento.
Nunca había  pensado que él o ella pudieran enfermarse de gravedad. Voló su imaginación y se vio sola  con sus hijos. Pensó que el mundo se le caería encima, que sin su marido no podría vivir. De todos modos decidió no dejarse vencer por la inquietud. Tenía el deber de ser fuerte. Su marido la necesitaba y ella no lo defraudaría. Más tranquila comenzó a ordenar la casa, mientras recordaba el día que se conocieron. Fue en tiempos de estudiantes. Delia dejó de estudiar para casarse. Julián  eligió una carrera corta  y consiguió trabajo en un laboratorio. Después vinieron los hijos. A medida que Julián progresaba, Delia se dedicaba por entero a su familia. La vida  para ellos transcurría dichosa, sin que ninguna sombra la oscureciera. Hasta el día que Julián comenzó a sentirse mal. Entonces todo cambió.
La primavera venía adelantada. Tal vez fueron esos días tibios y luminosos que lo convencieron a pedir licencia en su trabajo, para pasar unos días en el campo. Como bien decía su esposa, el descanso y el aire puro, posiblemente, mejorarían su salud. Lejos de la ciudad y del trabajo, en la quietud del campo encontraría la paz y la tranquilidad que su cuerpo  y su  espíritu necesitaban
—Trata de no fumar mucho, mi amor. Y de nosotros no te preocupes que vamos a estar bien —mintió para no preocuparlo.
Le preparó una mochila con todo lo que necesitaría: ropa de frío y de lluvia (estaba anunciado mal tiempo). Se fue entrada la tarde, cuando el sol se extinguía. Besó a los niños  y la abrazó, sin mucho calor. Delia quedó con sus hijos en la puerta de calle. El más pequeño en sus brazos, el varón abrazado a sus piernas, la niña más grande, apretada a su costado. Lo vieron alejarse encorvado, la cabeza gacha, arrastrando la mochila.
Se levantó un viento frío, ¿o a Delia le pareció?

El hombre siguió caminando. Dobló en la primera esquina. Enderezó la espalda, levantó la cabeza, echó la mochila al hombro y se fue, calle arriba, del brazo de otra mujer.


                
                   
               La abuela Gaby - 20           


 La abuela Gaby está completamente sorda. Más sorda que una tapia. Me da pena, a veces. La veo a diario  recorrer la casa diligente, tratando siempre de ayudar a mi madre en los quehaceres. Activa, sigilosa. Su paso breve por las habitaciones trasunta paz. Seguridad. Desde que está sorda ha dejado de hablar. Se ha acostumbrado a permanecer callada y nosotros respetamos su decisión. Algunos vecinos creen que también ha perdido la voz. Pero no está muda. Cuando quiere, y tiene ganas,  nos endilga algún discurso. Cada vez que le dirigimos la palabra nos colocamos frente a ella pronunciando lentamente y exagerando el movimiento de los labios, para que lea en ellos lo que  queremos decirle. Entonces ella, si lo considera necesario, nos contesta con gran solvencia y soltura, pues su mente, gracias a Dios, se conserva nítida y fresca como un amanecer de estío. De lo contrario, si cree que no vale la pena contestar, apoya apenas una mano en su cabeza y con la otra hace señas de que no oye, de que no entiende,  da media vuelta y se va.
Es hermosa la abuela Gaby. Es delgada y menuda. Tiene blanca la cabeza. Los ojos celestes y la risa pronta. Las manos pequeñas y un conocimiento de la vida como pocas personas tienen. Un conocimiento adquirido por percepción  más que por vivencia propia. Pues la abuela –—es de justicia decirlo— no ha salido de esta casa desde que la entró en los brazos,  al año de estar casados, Heriberto Villafañe, un mocetón alto y fuerte que fue su amante, su compañero y  su marido por más de cincuenta años. También el padre de sus cinco hijos y el gran amor de su vida.
Los pormenores de la vida romántica de la abuela no los conozco por mi madre, quien se ha resistido siempre a hablar del tema por considerarlo demasiado escandaloso.  Ha sido la propia abuela  quien, desde que era niña, en las largas siestas de verano, sentadas bajo los árboles del jardín, me ha contado su historia de amor y cómo y por qué se casó con el abuelo Heriberto.
 La abuela Gabriela  —que así se llama—  nació un día de setiembre de 1924, en una casa quinta, cerca del Parque Hotel. Su madre fue una francesa nacida en el valle del Ródano,  que había venido con sus padres a radicarse en Uruguay  hacia 1910.  
Su padre fue un criollo nacido en pleno Centro, empleado administrativo del Banco de Seguros, quien conoció a la francesita, una tarde de domingo de 1920, en el Rosedal del Prado, casándose con ella dos años más tarde en la Catedral de Montevideo.
 Según me ha contado tuvo una linda niñez, hizo sus estudios en un colegio privado, y a los veinte años estaba pronta para casarse con Antoine Prévert, un pariente lejano por parte de la madre, muy elegante, muy correcto y  muy francés, dueño de una gran fortuna, residente en París, con quien supo desde siempre que se casaría.
     Conociendo, pues, a su futuro esposo llevó con él un noviazgo  de poco más de un año hasta la fecha elegida para la boda. Un noviazgo serio, respetuoso, tal como correspondía a un caballero del linaje de  Antoine Prévert.
Gabriela estaba feliz con la idea del próximo matrimonio. Su prometido era  apuesto, cordial. La trataba con gentileza y amabilidad. Con dicha unión se abría ante ella un mundo de lujo y bienestar. Faltando poco más de un mes para la boda, mientras se realizaban los últimos preparativos, conoció en la casa de unos amigos, a Heriberto  Villafañe, un joven de  veintidós años que trabajaba como operador en un cine de la ciudad. Nacido en un barrio pobre  hijo de un mecánico y  una costurera, sin más fortuna que su juventud y sus dos manos para trabajar, era Heriberto  la antítesis de su novio francés. Sin embargo, desde que  se vieron por primera vez, ambos, se sintieron atraídos.
El muchacho, más apasionado, comenzó a perseguirla. A hostigarla, casi. Ella sorprendida, profana en el juego del amor, haciendo alarde de mujer fatal, peligrosamente, le seguía el juego. Nunca pensó que, en ese juego, podría peligrar su ya anunciado  matrimonio.
 Mientras se probaba el traje de novia una y otra vez, con su velo blanco, comenzaron a encontrarse a escondidas, algunas veces en el parque, otras en el cine y  las más vaya a saber dónde. Lo cierto es que Gabriela una o dos tardes por semana desaparecía de su casa  para volver al atardecer feliz y contenta, sin aclarar demasiado el motivo de sus  reiteradas deserciones. En esos días cercanos a la boda ayudaba a su madre a escribir las tarjetas, opinaba sobre las exquisiteces que se servirían en el bufete, y festejaba entusiasmada cada regalo recibido.
La relación con Heriberto pensó ella que sería algo pasajero, apenas una travesura  como para despedirse de la soltería. No creyó que llegaría a incidir sobre la realización de su próxima boda. Ni le pasó jamás por la  mente, que pudiese existir  algún motivo por el cual  suspenderla. De todos modos, unos días antes de casarse los continuos mareos,  las náuseas que le provocaban tos  alimentos  y  los antojos que de pronto le atacaban, comenzaron a preocuparla. Preocupación que llegó al paroxismo al comprobar que su regla mensual se había suspendido. Estaba embarazada y no de Antoine precisamente,  con quien  nunca  había  tenido relaciones íntimas. El caso era grave y no se vislumbraba solución. Pudo quizá  haberse casado, como estaba decidido, y el niño pasaría por ser hijo del francés. Pudo practicarse un aborto. Calladamente. Sin que la sociedad pacata de entonces  llegara a enterarse.  Pudo, pero no quiso.
 La abuela Gaby  renunció al casamiento programado con años de anticipación,  despreció  la fortuna  en  francos  franceses, que la esperaba, y se fugó con el operador de cine a vivir en un apartamento, con claraboya,  en el barrio de La Aguada.
 La familia jamás la perdonó. Mi madre tampoco.
El abuelo Heriberto abandonó su trabajo de operador de cine y subsidiado por  la empresa argentina Glucgsman, abrió en el centro una sala cinematográfica.
Antes de nacer el niño se casaron sin ostentación por el civil, dejaron el apartamento con claraboya y se mudaron para una casa preciosa en La Blanqueada. Mientras el abuelo, ya diestro empresario, inauguraba  la segunda sala en el barrio de Pocitos. Para entonces la abuela ya había dado a luz los dos primeros varones de los cuatro que tuvo, más mi madre que fue la última en nacer y la única mujer.
 Antes de inaugurar la tercera y última sala de cine, el abuelo le compró a la abuela la casa de La Blanqueada  que es ésta donde vivimos mi madre, mi padre, la abuela y yo. El abuelo Heriberto falleció hace ya algunos años, pero la abuela sigue recordándolo  y hablándome de él. Le he preguntado, últimamente, que fue del  novio francés.  Cree que volvió a Francia y allá se quedó.
En aquellos días de la vergonzosa fuga, la madre y el padre se enojaron mucho con ella, pero cuando dio a luz al segundo varón vinieron  los dos a verla y a conocer a los nietos. Y aunque nunca le perdonaron el papelón que, por su culpa,  hicieron ante los  demás parientes, llevaron una moderada relación. Lo cierto es que la abuela nunca se arrepintió de la elección que hizo.
Pocas veces he hablado de este tema con mi madre. De todos modos  sé cómo piensa al respecto. Para mamá la abuela fue una inconsciente al rechazar a Antoine  y  su  boato.  Pudo, le ha dicho más de una vez,  haber sido una mujer rica. Mamá ciertas cosas no las entiende. Por eso  soy más amiga de la abuela que de ella. Amo  a la abuela Gaby, a su lado he aprendido muchas cosas de la vida. Mamá se preocupa cuando nos ve conversar a las dos y  le dice que no me llene la cabeza de pajaritos. La abuela la mira,  frunce el entrecejo,  le hace señas de que no oye, de que no entiende, da media vuelta y se va refunfuñando.
Creo que mamá desconfía de la sordera de la abuela.
A veces... yo también.

AdA  Vega, 2018

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