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miércoles, 1 de enero de 2020

A los campeones del pedal





 En esas tardecitas tibias y perezosas de otoño, viendo desmayarse el sol detrás del Cerro, solemos reunirnos con mi hermano Walter en la vieja casa de La Teja. Entre el aroma de un café o alguna copa de vino que de puro zonza se demoró en la mesa del mediodía, nos ponemos a recordar hechos y contar anécdotas de cuando los años eran pocos y los sueños inalcansables. Y ayer me contó esta historia que pudo haber sido cierta:
—Fue unos años después de aquel, en que Virgilio Pereira corriendo por el Club Belvedere, le ganara al ferrocarril. Creo que fue en el 57 que se vino con nosotros y ese año en la Vuelta, salimos campeones por equipo. El Club Olimpia había conformado un equipo bastante parejo, de buenos fondistas que en la ruta eran imparables: Virgilio Pereira, Sergio Frausín, Rodolfo Piotto, Walter Fusari, Nelson Couto y Heber Silva. Por muchos años, con la moto, acompañé al Olimpia en las Mil Millas y en la Vuelta Ciclista del Uruguay. Tengo gratos recuerdos de esa época. De amistad y compañerismo.
El ciclismo es un deporte muy sacrificado en una carrera de largo aliento solo pueden correr los elegidos. Y en aquella oportunidad los muchachos respondieron al máximo. Iban quemando etapas sin mayores contratiempos cuando llegamos a la ciudad de Minas. Preciosa ciudad entre los cerros.
Como sucedía en cada llegada había muchísima gente esperándonos, y entre esa gente un matrimonio amigo de Virgilio que tenía una chacra a dos kilómetros de la ciudad. Saludaron a Virgilio y lo invitaron a él con todo el equipo, para esa noche comer un cordero. La invitación fue aceptada y quedamos que alrededor de las nueve estaríamos allá. El matrimonio se retiró y nosotros nos fuimos todos para el hotel. Los mecánicos a revisar las “chivas” y a dejar todos los repuestos prontos para el día siguiente. Los ciclistas al final de cada etapa descansaban y recibían oxígeno, después se bañaban y almorzábamos todos juntos. Luego volvían a descansar un rato. A las ocho de la noche estábamos todos prontos para ir a comer el cordero.
En dos o tres oportunidades me pareció que Virgilio intentaba decirme algo, pero él fue siempre un muchacho introvertido, muy callado, de modo que lo miré y por las dudas le hice señas con la cabeza como preguntando: —¿qué pasa? Entonces se anima y me dice:
—Mirá, vos sabés que yo la carne, mucho que se diga, no la paso. Pero lo que yo hace tiempo ando con ganas de comer es un pucherito de gallina.
—¿Y por qué no lo digiste antes? Le hubiésemos avisado a esa gente.
—Yo pensé comprar una gallina y mientras se hace el cordero…
—No compres nada, ellos deben tener cantidad de gallinas!
—Sí, —me contestó, pero mejor llevamos una.
Salió en la “chiva” y volvió con una bataraza enorme. Y nos fuimos. Nosotros en las motos y los ciclistas en la camioneta del club. Nos estaban esperando. El cordero se doraba lentamente en las brasas. Yo le pregunté a la señora de la casa si se podría hacer un pucherito de gallina. La señora con esa bonhomía que tiene la gente del interior dijo qué ¡cómo no! Enseguida se pelaron papas, boniatos, choclos, zapallo y sobre la cocina a leña comenzó a hervir la olla para el puchero.
Los comensales nos desperdigamos unos alrededor del fuego, otros sentados a la mesa de tablones armada bajo los árboles, y no vi a Virgilio. Lo busqué con la vista y lo veo por allá por la cocina, con la bataraza agarrada de las patas. Me acerco y le digo:
— ¿Qué estás haciendo?
—La señora me dijo que la matara nomás y la dejara colgada de ese gancho-
—Y bueno.
—Es que yo no sé ni cómo la voy a matar. Nunca maté una gallina.
—Retorcele el cogote.
— ¿Vos sabés?
—Sí, mi vieja las mata así.
—Tomá, me dijo, matala vos! Y me tiró la bataraza que barajé con las dos manos. Le retorcí el cogote y se la alcancé a la señora que ya venía a buscarla. Virgilio se quedó mirándome y a media voz me dijo:
—¡Asesino!
Nos fuimos a sentar con el resto del equipo y esa noche marchó el cordero, el pucherito de gallina y el vino casero.
Mi hermano se quedó un momento callado, como haciendo un esfuerzo para retornar del pasado y concluyó su historia así:
Por varios años fuimos compañeros de ruta. Después él dejó de correr, yo me aparté del club y a pesar de vivir casi en el mismo barrio por mucho tiempo nos dejamos de ver. Y un mediodía a fines de los 60, pasé en el auto por su casa en el Pueblo Victoria, él estaba en la vereda conversando con “el Hugo” que eran vecinos y compadres, aminoré un poco la marcha y al pasar frente a él le grité:
— ¡Pucherito de gallina!
Sé que no alcanzó a verme, pero poniendo una mano de bocina me gritó:
— ¡Asesino!
Fue la última vez que lo vi.


Ada Vega, 1995

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