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viernes, 21 de julio de 2017

Mi vecina de enfrente





Estimada vecina de enfrente:
                            Yo soy la Lita la vecina suya que vive enfrente a su casa en la casa que tiene el limonero en el jardín vio ese que tiene siempre los limones verdes porque  en cuanto quieren empezar a ponerse pintones ya los gurises del barrio me los empiezan a arrancar y al final yo que soy  propiamente la dueña cuando preciso limones  los tengo que comprar  en el puestito de la esquina ¡me da una rabia le garanto! Soy la madre del Richard y del Anthony los mellizos. Se da cuenta quién soy ¿no? Bueno resulta que yo tendría que hablar con usted pero como no la veo nunca porque usted se la pasa metida adentro de su casa que no sale ni a tirar la basura que ahora habrá visto que tenemos en el barrio unos contenedores muy vistosos en cada esquina que ya por suerte están las veredas y las calles más limpias por lo que ir a tirar la basura es más bien un paseo  que a usted le vendría muy bien porque así tomaría un poco de aire y estiraría un poco las piernas que buena falta le estará haciendo. Porque eso de vivir sola y encerrada como una presa debe ser bastante fulero en una casa tan grande llena de ventanas y habitaciones y escaleras para arriba y escaleras para abajo. Está bien que viene todas las mañanas la muchacha que limpia y barre la vereda y los sábados  llega su hija en el auto con bolsos del super. Pero no es lo mismo estar sola a vivir con gente. Yo la pura verdad no sé como usted aguanta. Yo no podría y eso que yo hay veces que a mi familia la mandaría al carajo le juro porque  le puedo asegurar que los componentes de mi familia son una manga de rompe bolas de primera categoría.  Empezando por mi marido que llega  todos los días del trabajo con un problema nuevo: que el capataz sólo le da viáticos  a los de la comandita de él que entre esos reparte siempre las extras que les permite llegar tarde o los manda en comisión para cualquier lado para beneficiar siempre a los  mismos mientras que a  los que trabajan  en la sección  no los deja hacer extras ni los manda en comisión ni les da beneficio alguno. El asunto es que se calienta al santo botón y vuelve siempre a casa con bronca y se la agarra conmigo que yo como usted  verá no tengo vela en ese entierro que con los problemas que estoy obligada a resolver cada día para poder cocinar con los precios  por las nubes como están lo que menos me preocupa son los acomodos en el trabajo de mi marido imagínese. Y no se le puede decir ni  ¡ay!, porque se pone como un ogro y le da de patadas a la puerta y se va para el boliche y vuelve peor. Y para colmo los mellizos que aunque consiguieron trabajo los dos los tenemos que bancar igual, porque con el sueldo de hambre  que tienen, si se pagan el boleto todo el mes y se comen un refuerzo al mediodía  no les sobran  ni cien pesos  para vestirse y salir a algún lado, así que al padre y a mí, sinceramente, nos saldría más barato que no trabajaran pero si no trabajaran se pasarían en casa escuchando cumbias a todo lo que da que a mí me tienen la cabeza loca. Yo algunas veces querría desaparecer por un tiempo le juro que la tierra me tragase aunque más no sea por un tiempo y después volver otra vez porque ¿qué van a hacer ellos sin mí si no saben hacer nada? Ellos me necesitan y yo los  requiero por eso  sola como vive usted no podría vivir. No. Yo pienso que usted tendría que tener un perro.  Un perro no es un hijo pero es una compañía. Por lo menos no escucha cumbias ni pega portazos y se va al boliche. Si usted quiere yo le puedo conseguir uno. Un perro, digo  no un boliche. Dígame no más que perros es lo único que hay de sobra en el barrio. Si  me va a hacer caso y se decide ir a tirar la basura al  contenedor de la esquina tenga cuidado  no sea que encuentre algún hurgador adentro y se asuste porque yo el otro día fui con una bolsa de basura y cuando me acerco salen de adentro del contenedor tres gurisitos  con unas bolsas con sobras y se sientan a comer en el cordón de la vereda. Eran dos varoncitos y una nena tapados de mugre. Yo quedé paralizada créame. Sentí una impotencia y una rabia. Porque sabe yo no supe qué hacer me los hubiese llevado para mi casa los hubiera bañado y les hubiera dado comida pero si en mi casa andamos a los tirones con la plata este mes no pudimos pagar la luz no puedo comprar fruta ni carne así que me fui y ellos quedaron allí comiendo las sobras que tira la gente. Y por días he tenido esa imagen  de los chiquilines saliendo del contenedor de la basura y no me la puedo sacar. No sé para qué le cuento esto vio es que esa imagen me viene continuamente a la cabeza. De todos modos como ya le dije yo tendría que hablar con usted pero como también ya le dije que  no la puedo ver nunca le escribo esta carta. Resulta que vino una señora a mi casa el martes pasado con unos papeles diciéndome que era no me acuerdo bien si del B. P. S., de la Caja Notarial o no sé  de dónde. El asunto era que la señora quería saber si yo conocía  a  Evangelina Gadea o sea si la conocía  a usted y quería que le diera unos  datos suyos. Yo le dije la verdad que yo en mi vida la habré visto cuatro veces subiendo o bajando del auto de su hija así que yo datos no podía dar.  O sea que yo a usted no la conozco. Le quería hacer saber esto que pasó por si es de su interés y para que esté enterada de que en  el barrio anduvieron  preguntando sobre su persona. Aprovecho para decirle que como usted vive sola y puede caerse y lastimarse o se le puede romper la cisterna o quemársele un fusible o cualquier cosa que le pase estamos mi esposo mis hijos y yo a sus órdenes. No le ofrezco limones porque están verdes pero mi teléfono es el  777 –77 -77, no dude en llamarme si necesita algo. Empiece a cerrar las ventanas que está anunciada una tormenta que mientras las cierra todas tiene para rato. Que pase buen día y si en otra oportunidad quiere que yo dé informes sobre usted  porque se quiere jubilar o algo avíseme y dígame lo que tengo que decir  para no meter la pata.  Atte. Su vecina de enfrente
                                                Lita  Pérez de Rodríguez


Montevideo, 15 de marzo de 2004
Sra. Lita Pérez de Rodríguez
 De mi mayor consideración:
                                   Hace un par de días recibí su carta. Le confieso que la he leído varias veces, más aún, la tengo aquí sobre el escritorio haciéndome compañía. Es una  carta hermosa  y muy tierna que ha removido en mí el deseo de volver a  escribir. Hace muchos años que no recibo ni escribo cartas. Ha sido mi decisión. Lo mismo que vivir sola, en esta, que ha sido mi casa desde siempre. Hecho que he notado le llama la atención. Pero sabe, Lita, yo soy una persona muy mayor. He vivido mucho, he sido feliz y también he sufrido. Toda mi vida ha transcurrido aquí entre las paredes de este caserón. Esta casa perteneció a mis abuelos, los padres de mi madre. Cuando mi abuelo la hizo construir  toda esta zona era campo, sólo había unas pocas calles delineadas. Mi madre fue la última de seis hijos, y la última en casarse, por ese motivo mis padres quedaron viviendo aquí para acompañar a mis abuelos. Y aquí me crié junto a mis hermanos. Los recuerdos más lejanos de mi niñez me muestran un barrio muy distinto al que es ahora. Recuerdo que la manzana donde está su casa y varias manzanas más pertenecían a un señor italiano que criaba ovejas. Era un campo muy grande con montes de eucaliptos y una aguada.  Yo estaba en la escuela cuando el italiano murió, los herederos vendieron y se fue armando el barrio poco a poco. Mis hermanos se casaron y abandonaron la casa, y yo que fui la última en casarme, al igual que mi madre, me quedé aquí para acompañar a mis padres. Cuando mis hijos se casaron yo no acepté que ninguno de ellos se quedara con mi esposo y conmigo. Preferí que  hicieran su vida y vivieran donde eligieran. Mi esposo falleció ya hace unos años y  yo decidí seguir sola mientras pudiera valerme por mí misma. Nunca me arrepentí. Soy una persona muy sana y estoy muy cuidada y protegida, créame. Como bien dice usted, salgo en contadas excepciones. Mi vida transcurre plácida entre estas paredes  y los muros del jardín. Los espíritus de mis seres queridos me rodean, me acompañan. Me esperan. Querida vecina de enfrente, aunque vivo recluida, estoy al tanto de lo que sucede afuera. Miro televisión y manejo la computadora y el Internet. No salgo afuera, no porque no pueda caminar, estoy perfectamente bien, no salgo a la calle porque no quiero salir, ese es el único motivo. Con respecto a la señora que anduvo preguntando por mí, debe de haber sido una empleada de la oficina de Catastro, creo yo, desconozco los datos que andaría recabando, de todos modos le di debida cuenta del hecho a mi hija que es quien maneja mis intereses. Con respecto a su familia, creo querida,  que tiene usted una familia hermosa. Que están muy unidos y se aman, lo demás amiga mía, no tiene importancia. El dinero va y viene. Son otros los valores que nos dan felicidad. Y ustedes van por buen camino. Los problemas del país se van a ir solucionando. Ya verá. Los que tienen muchos años como yo, recordarán momentos, no solamente difíciles sino trágicos, vividos otrora en nuestra patria, y en cada ocasión  fuimos saliendo  hacia años de bonanza. De todos modos, lo que me cuenta de los pequeños hurgadores en  el  contenedor de la basura, es terrible y comprendo su rabia y su impotencia. Nunca, ni en situaciones límites, se había visto algo así en nuestro Uruguay. Tengo la esperanza de que se encuentre pronto una solución para toda esa gente que está sufriendo hambre y desprotección. Creo que todos debemos cooperar  para que así sea.  Querida, me gustaría que  volviera a escribirme  contándome cosas, como lo hizo en esta carta que guardo con afecto. Sabe que con ella se ha abierto un universo nuevo para mí. Tal vez podamos inaugurar una cadena epistolar de afecto. La invito a lograrlo. Le deseo toda la  felicidad que se merece junto a su familia. Cariños      
                                                        EvangelinaGadea

 Montevideo, 26 de marzo de 2004
Sra. Evangelina Gadea
De mi mayor consideración:
                            Hace unos días cuando salí afuera a barrer la vereda encontré una carta en el buzón. Cuando vi que era para mí entré y me senté a leerla en un banquito de la cocina descubrí que era suya. No le voy a negar que  me llamara la atención el que usted se moleste en contestarme una carta a mí.  Y cuanto más la leía más me asombraba  por lo lindo que escribe y las palabras tan finas que usa. Yo sé que soy medio atravesada para hablar así que escribiendo reconozco que brillante no soy por cierto. Para mejor que escribir no escribo nunca. No tengo a quién escribir. Pero ahora la tengo a usted que quiere que yo le escriba. Yo le dije al Cholo que usted me había contestado la carta y no me podía creer y cuando se la di para que la leyera se quedó asombrado como yo pero él no entendía mucho de qué me habla usted porque él no leyó la carta que yo le mandé. Así que  más o menos se la expliqué. Mi marido sabe es más inteligente que yo él fue al liceo y todo y aunque de eso hace muchos años siempre un poco de cultura le queda a uno. Digo yo que le queda porque yo no fui al liceo. Yo terminé la escuela y tuve que trabajar. Primero acompañé a una señora que vivía en mi barrio que le hacía mandados y la acompañaba a la caja a cobrar y a veces al doctor. Ella era una maestra jubilada y vivía sola porque era solterona nunca se había casado pobre. Conmigo era buenísima ella sabía que a mí me gustaba la escuela y quería que yo fuera al liceo pero en mi casa no me podían mandar porque ya dos hermanos míos  más grandes estaban estudiando y después estaban los más chicos que iban a la escuela y el único que trabajaba era mi papá que trabajaba  en el ferrocarril. Entonces la maestra me daba libros para que yo leyera y como  a mí las matemáticas no me entran ella me hacía hacer copias para que tuviera buena letra y no tuviera faltas de ortografía. Todos los días me hacía hacer una carilla de copia de los libros que estaba leyendo. También ella me leía cosas de la historia del Uruguay  y de los ríos y los arroyos.  Me leía poemas de Juana de Ibarbouroú  y el Tabaré de Zorrilla. Yo aprendí mucho con ella. Estuve casi tres años pero después se enfermó y se murió. A mí me dio mucha pena cuando se murió. Bueno ese mismo año entré en la fábrica y trabajé muchos años. Como diez o más no sé bien. Después conocí al Cholo que era el hermano de una compañera de la fábrica y nos hicimos novios y a los cuatro años nos casamos. Cuando nacieron  los mellizos tuve que dejar de trabajar para cuidarlos y no trabajé más. Aunque sí trabajo en mi casa desde la mañana a la noche pero sin sueldo, claro. Que no es lo mismo porque siempre es mejor trabajar y cobrar un sueldo a fin de mes. A mí ahora que los mellizos son grandes me gustaría trabajar en algo si hubiera aunque el Cholo me dice que me deje de embromar que con la casa ya tengo bastante. Y no crea el Cholo un poco de razón tiene.  Aunque a mí en la tarde me sobran unas horas en las que podría agarrar algo para hacer. Nosotros al  Richard y al Anthony los mandamos al liceo. Ellos hicieron los seis años en el liceo Zorrilla. Y en el comunal hicieron un curso de computación. A mí me gustaría que aprendieran  inglés porque lo van a precisar pero es muy caro y no lo podemos pagar.  Sabe que dice el Cholo que él se acuerda cuando en el barrio había puros campitos. Porque  el Cholo es de este barrio, nació como a cinco cuadras de acá pasando Bulevar vio. Yo no yo  nací en el barrio Sur, por el Gas. Dice que cuando era chico jugaba al fútbol en las canchas que había en los campitos de por acá.  A mí me sorprendió que usted manejara la computadora y el Internet porque vio que no es muy común que una persona mayor sepa manejar una computadora. Las señoras mayores que yo conozco tejen o hacen crochet no tienen interés en aprender computación. Yo voy al Centro Comunal de acá del barrio a clases de cocina porque me encanta cocinar. En el Comunal enseñan cantidad de cosas y los salones están llenos porque va mucha gente a aprender y no hay que pagar nada. El año pasado en el curso de cocina hicimos solamente tortas y postres nos enseñaron algunos dulces de frutas y distintos baños para las tortas. Y también trufas y bombones. Siempre que puedo hago algo rico para nosotros pero lo que pasa es que aunque lo haga una igual sale caro. Este año nos toca pastas caseras y carnes. Son unos cursos muy interesantes. Para el año que viene tengo ganas de ir a clases de tejido. Yo sé tejer pero allá enseñan  a dar la forma de lo que una quiere hacer que es lo que a mí me cuesta y también puntos nuevos. También enseñan inglés y portugués pero es justo a la hora en  que los mellizos están trabajando.  Bueno  ya le conté muchas cosas y le hice una carta larga ahora más tarde se la paso por debajo de la puerta así la muchacha cuando viene la ve y se la alcanza. Espero que  pase bien, cuídese del  frío que este invierno viene cruel.  
                                                        Cariños  de  Lita          


Montevideo, 10 de abril de 2004
Sra. Lita Pérez de Rodríguez
De mi mayor consideración:
                                       Querida amiga, parece que este año el invierno se ha adelantado. Y yo soy muy friolenta. Le diré que tengo por costumbre levantarme temprano y desayunar antes  que llegue Natalia. Pero hoy estuve muy remolona y me quedé un rato más. Cuando ella llegó, aún me encontraba en la cama, así que me subió el desayuno al dormitorio. Un lujo que no suelo permitirme, prefiero levantarme temprano y prepararme yo misma algo para comer. De todos modos, hoy me gustó quedarme calentita  un rato más. Natalia hace mucho tiempo que está conmigo, es muy trabajadora y buena persona. Ella es nuera de una amiga de Mabel, mi hija menor, la que viene los sábados en el auto y me trae el pedido del supermercado. Natalia es casada y tiene una hija adolescente que concurre al liceo. Hace unos años se compraron con el marido una casa que están pagando y trabaja para poder  cumplir con la cuota, porque el sueldo del marido no les alcanza  y se estaban atrasando en los pagos. A ellos la suba del dólar los perjudicó muchísimo, pues, lo que les iba quedando para terminar de pagar la casa se les triplicó y también la cuota. De manera que tuvo que salir a trabajar para, más o menos, paliar los gastos de la casa. Ya ve, Lita, que en todos lados existen los problemas. Unos,  tal vez,  más acuciantes que otros, pero nadie se ha salvado. Me dice en su carta, fechada el 26 de marzo, que su esposo es más inteligente que usted y no lo creo. Usted es muy inteligente. Piense que sólo una persona inteligente puede administrar una casa. Darle prioridad a lo que tiene realmente prioridad y con pocos recursos sacar la familia a flote. No se subestime. Sabe, Lita, me alegró mucho saber que hizo un curso de cocina, que está haciendo otro y que piensa seguir el año próximo. Me parece realmente elogiable, que pese a todo el quehacer de su casa tenga tiempo y ganas de aprender cosas nuevas. Realmente la  felicito. Lo que usted  hace es encomiable. Creo que la maestra con la que trabajó cuando dejó la escuela, ha tenido una gran influencia sobre su personalidad. Tal vez no se dé cuenta, pero lo que ella le enseñó permanece en su subconsciente y aflora, en distintos momentos de su vida. Todo lo que usted logre superarse va a redundar, no sólo en su persona, sino también en su familia y en el círculo de sus amigos con quienes va a compartir, sin duda, toda la riqueza de sus nuevos conocimientos. Y es así como uno crece como persona, como ser humano. En especial las mujeres, amas de casa, esposas y madres. Tenemos, yo casi diría, la obligación de ser valientes, emprendedoras, saber discernir con inteligencia cuando la vida lo demande. Querida Lita, si me permito hablarle de esta manera es porque a través de sus cartas la he llegado a conocer más de lo que usted pueda creer  y la aprecio de verdad. Créame que le hablo a usted, como si fuese una hija. A propósito, no le he hablado de ellos, pero tengo tres hijos.  Dos varones y una mujer. Los dos varones viven en Europa. El mayor, Gerardo, vive  en Sevilla, una de las provincias de Andalucía, al sur de España.  Mi esposo era andaluz, nacido en Sevilla y antes de nacer los chicos fuimos a pasear. Le aseguro que es un lugar hermosísimo. Años después Gerardo tuvo oportunidad de ir a  España, cuando se recibió de arquitecto y decidió vivir allá. Así que cuando se casó se fue con su mujer. Tiene dos hijas andaluzas preciosas. Miguel, el segundo, vive en Roma. Se fue soltero y se casó allá con una chica italiana, trabaja  en una  empresa metalúrgica muy grande, tiene dos varoncitos y la esposa está esperando el tercero.  Y Mabel, la menor, que también está casada, vive en Parque del  Plata, es odontóloga y tiene una hija de dieciséis años y un varón de doce años. Es la que siempre anda en la vuelta conmigo. Todo esto que le cuento, es para comunicarle que a  Gerardo se le casa  la hija mayor, y  me ha escrito pidiéndome  que vaya a España para el casamiento. Mabel no puede acompañarme, debido a sus ocupaciones, así que voy a viajar acompañada por Natalia. Nos embarcamos el martes de la semana próxima. Pienso estar allá unos veinte días más o menos.  Cuando vuelva le contaré todo lo relativo al viaje y al  casamiento. Le diré que no tengo muchas ganas de viajar, pero me ilusiona el sólo pensar que voy a reencontrarme con mis hijos. Querida, en cuanto vuelva, continuaremos con nuestra comunicación  por carta que a mí me ha hecho tanto bien. Me despido con un fuerte abrazo. Cariños  para usted y los suyos y hasta la vuelta
                                                                                 .         Evangelina Gadea 


Sevilla, 29 de abril de 2004
Sra. Lita  Pérez de Rodríguez
De mi mayor consideración:
                                     Querida Lita, creo que ya es tiempo de que empiece a tutearte ¿no crees? No sabes los deseos que tengo de reiniciar nuestra correspondencia. Te aseguro que extraño tus cartas afectuosas. Les he hablado mucho a mis hijos de nuestra amistad epistolar. Ellos se alegran por mí y te envían sus cariños. Te diré que el viaje ha sido muy tranquilo y sin inconvenientes. Gerardo y su esposa Lola, nos estaban esperando a nuestra llegada, como prometieron. El casamiento ha sido hermoso y  muy emotivo. Se realizó en la Catedral de Sevilla, donde estuvo  por los años 1190 una mezquita árabe  y que conserva, aún, su minarete o torre llamada la Giralda, remozada al estilo  renacimiento en 1568. Me gustaría mucho que la conocieras. Sabes que los árabes ocuparon  España durante ocho siglos, dejando aquí su cultura y sus conocimientos en el campo de la arquitectura, de la filosofía y la medicina. Te diré que Sevilla es una fiesta. De permanente alegría de música y de flores. Es la cuna del flamenco y del arte taurino. Querida, más que contarte, querría que pudieras ver todo esto. Tengo la esperanza de que así sea. La novia estaba preciosa, tenía un traje de raso blanco y una mantilla valenciana. Se fueron de Luna de Miel a Paris. Hacía casi cinco años que no veía a mis nietas. Me dio una gran emoción volver a verlas. Miguel vino desde Roma con su esposa Sofía y sus hijos. Mi nuera está muy pesada, ya llegando a los últimos días de su embarazo. A Sofía la conocí cuando se casó con Miguel, pues, para la ceremonia,  fuimos a Roma con mi marido.  A los niños, en cambio, los conocí en Montevideo,  hace dos veranos, cuando fueron a pasar unos días. Te diré que estoy feliz de haber venido y comprobar que toda mi familia se encuentra bien. Lita, tengo muchísimas cosas para contarte, pero antes necesito pedirte un favor encarecidamente. Mis hijos me piden que me quede unos días más con ellos. Pero Natalia no puede quedarse conmigo para acompañarme de regreso a nuestro país.  Yo te pido que vengas tú a buscarme. No te asustes. Vendrías como mi dama de compañía. Es un empleo que te ofrezco. Yo te mandaría los pasajes y aquí te esperaríamos a tu llegada. Mabel va a ir a verte para  hablar sobre más detalles. Mis hijos no pueden  acompañarme en estos momentos y no quieren que viaje sola. A mí me gustaría  quedarme unos días más, pues, quién sabe si volveré a reunirme con ellos otra vez. Miguel quiere que pase unos días en su casa de   Italia, y de allí me volvería a Uruguay. Para todo eso te necesito acá.  Consulta con tu esposo y tus hijos. Faltarías de tu casa unos veinte días. No te sientas obligada, si no puedes venir yo me vuelvo con Natalia. Les he dicho a mis hijos que al  no venir Mabel, sólo quiero viajar contigo. Querida, piénsalo mucho y lo que decidas estará bien para mí. En los próximos días irá  Mabel por tu casa. Como siempre, el deseo de que te encuentres bien con tu familia. Un cariño grande, grande de una amiga que te quiere como a una hija. Ya te lo he dicho.  
        
                                                                                      Evangelina   

 Montevideo, 10 de mayo de 2004
Sra. Evangelina Gadea
De mi mayor consideración:
                                       No se imagina la alegría que me dio recibir su carta desde España. Es la primera vez que recibo correspondencia del extranjero. Me alegro que esté pasando bien junto a sus hijos y  sus nietos. Con respecto a lo que me pide sobre viajar a  Sevilla para acompañarla a su regreso lo lamento mucho no sé como decírselo, pero no me animo. Yo señora Evangelina nunca he salido de Montevideo. Imagínese viajar a Europa y sola.  Es imposible créame. Nunca subí a un avión. Me da miedo. Yo como usted me pide lo comenté en casa con mi esposo y mis hijos. Ellos me dicen que debo ir. Mi esposo no obstante me dice que es una oportunidad  de viajar que es imposible  se me  vuelva a repetir. Que debo aprovecharla. Mis hijos igual. Me reiteran que no me preocupe por la casa que ellos se van a arreglar bien esos días que yo falte. Pero no yo le juro que lo siento mucho pero no me atrevo a viajar tan lejos. Le agradezco la   confianza que deposita en mí, y   no crea que no me sienta frustrada al reconocer que no soy valiente y emprendedora como usted me dice debe ser un ama de casa esposa y madre para ser un ejemplo  de vida para sus hijos. No se enoje conmigo yo aquí en Montevideo la acompaño a dónde usted quiera le hago mandados o lo que usted necesite pero de sólo pensar en tener que ir al aeropuerto y despedirme de mi esposo y mis hijos para tomar un avión, me aterra. Yo voy a hablar con su hija si viene y le voy a explicar bien mi situación. Perdóneme. Disfrute estos días con sus hijos y nietos y… espere un poco que está llamando el cartero 
  

       Montevideo, 9 de mayo de 2004
Sra. Lita Pérez de Rodríguez
De mi mayor consideración:
                                          Acabo de recibir una carta de mi madre que me escribe desde España.  En ella me  pide  que trate de comunicarme contigo a fin  de ultimar detalles sobre tu posible viaje a Sevilla. Yo, a más tardar  mañana alrededor de las 18 hrs. estaría por tu casa. Mientras, te adelanto  que mis hermanos y yo te agradeceríamos muchísimo que  nos hicieras el favor de realizar ese viaje. En estos momentos, a mí, me es imposible dejar mi casa pues tengo a mi esposo con problemas serios de salud. Como sabrás, mamá es una persona muy mayor y queremos que viaje acompañada. Te diré que me ha hablado mucho de la linda  amistad que ha nacido entre ustedes. A mí, particularmente, y me consta que también a mis hermanos, nos alegra mucho ese correo  de afecto que las dos han sabido crear. No te puedes imaginar, Lita, lo bien que le ha hecho a mi madre recibir tus cartas y contestarlas. A pesar de que nunca me las ha dado a leer, ni las suyas al contestarte, desde la primera vez que le escribiste noté en ella una disposición ante la vida, que hacía tiempo había abandonado.  Un interés nuevo ante las cosas, una curiosidad, un querer seguir  estando. Yo les  he contado a mis hermanos cuando hablo por teléfono y puedes creerme que si mamá te ha adoptado como una nueva hija, nosotros te adoptamos como una nueva hermana. El sólo hecho de que mamá haya  dejado su casa para viajar a España es casi un milagro. Mamá hace años que no iba a ninguna parte.  Desde que murió papá  decidió quedarse sola en esa casa tan grande pudiendo vivir aquí conmigo o en Europa con cualquiera de mis hermanos que siempre la han querido llevar.  Te diré que mamá fue siempre muy activa y alegre, sin embargo, veíamos que cada día se iba  apagando  y perdiendo interés en todo lo que la rodeaba. A nosotros nos  preocupaba y nos dolía ese rechazo, porque en cierto modo, su manera de vivir, era un rechazo hacia nosotros. Pero de pronto un día comenzó a cambiar. Yo noté que tu primer carta la sacudió. Ella me comentó algo. Y me sorprendió  su deseo de contestarte enseguida.  Después  su cambio fue evidente y el aceptar viajar  para el casamiento de mi sobrina, lo máximo. Mamá siempre me habla de ti y según  me comentan mis hermanos, a ellos también les habla. Con respecto al viaje, te diré que te ha mandado un  cheque para que te compres lo que necesites para viajar. Mañana te lo alcanzaré. Me dice que no lleves mucha ropa pues en España es verano. Que lo que necesites lo comprarás allá. El viaje es sencillo. Sales  por  Pluna, del Aeropuerto de Montevideo,  en un vuelo directo hasta el Aeropuerto Internacional  de Barajas, en Madrid, que te llevará unas doce horas de vuelo. De allí harás un trasbordo  en un avión  de línea, hasta el Aeropuerto de Sevilla, que  te llevará una hora aproximadamente. No tienes de qué preocuparte,  la compañía se encargará de todo  y te indicará lo que debes hacer. En el Aeropuerto de Sevilla te estarán esperando. De ahí en más, estoy segura que vas a pasar unos días espléndidos.  Si mañana concertamos todo, pasado pides el pasaporte de trámite urgente, y en cuanto esté pronto ya retiro los pasajes. Espero que te animes a realizar el viaje. Verás que no te vas a arrepentir.
Con mucho afecto
                           Mabel


Montevideo,10 de mayo de 2004
Sra. Evangelina Gadea
De mi mayor consideración:
         
                                          No sabe la alegría que me dio recibir su carta desde España. Es la primera vez que recibo correspondencia desde el extranjero, imagínese. Me alegra que esté pasando bien con sus hijos y sus nietos. Y me gusta las cosas que me cuenta del casamiento y de la Catedral de Sevilla. Con respecto a su pedido de viajar  para acompañarla a su regreso le diré la verdad: me llené de miedos y de dudas. Usted sabe que yo nunca salí de Montevideo. Mi mundo es muy chiquito nunca me imaginé  que algún día podría subir a un avión y cruzar el océano. Estoy  nerviosa y tengo miedo. De todos modos quiero que sepa que sí, voy a ir a buscarla. Necesito conocerla. Porque usted me ha dado alas, me ha ayudado a crecer  y yo quiero demostrarle que soy valiente y emprendedora,  como usted bien dice debe ser una  ama de casa, esposa y madre, para dar ejemplo a sus hijos. Y si para conocerla personalmente tengo que ir  hasta el viejo mundo, allá voy. A conocer la  Giralda y  acompañarla a  Roma. Quiero que sepa que mis hijos, que están entusiasmados con mi viaje, me han traído folletos y me han leído en libros que hablan de España, y sobre la Provincia de Andalucía.  De la  Sierra NevadaLa Alambra de Granada, La Mezquita de Córdoba y también de Jaén “la malquerida”. Han desplegado mapas ante mis ojos para que vaya sabiendo, por lo  menos, a dónde voy. Mi esposo también me anima, y me repite que es una oportunidad que no debo dejar pasar. Mañana voy con él por el pasaporte, lo voy a pedir urgente. Recibí carta de su hija Mabel en la que me dice que viene mañana de tarde. En cuanto tenga más noticias le escribo otra vez. Quédese tranquila y disfrute junto a los suyos, que se va a  poder quedar un tiempo más junto a ellos y, si Dios quiere, (en el nombre del padre del hijo y del espíritu santo) no tendrá que volver sola. Espero verla pronto, mientras tanto reciba un fuerte abrazo de su vecina de enfrente que la aprecia de verdad. (Amén.) 
                               La Lita, su vecina de enfrente.



P.D. El limonero del frente está cargado de limones pintones...

Ada Vega, 2007 

miércoles, 19 de julio de 2017

Che, mozo



Hace unos días me encontré con el Bebe Neira, de pura casualidad. Yo venía caminando por Zudáñez hacia 21 de Setiembre y él subía a la inversa, por la misma acera.

 Lo conocí de entrada. Alto, flaco, medio desgarbado y como siempre: distraído. Venía de cabeza gacha pensando, tal vez, en bueyes perdidos vaya a saber dónde.
Al enfrentarnos ni me miró. Si no le hablo y lo tomo de un brazo ni se hubiese enterado. Se sorprendió cuando detuve su paso y lo saludé.
—Qué hacés Bebe —le dije. Él también me reconoció.
—Hola, Tito. Se quedó mirándome.
—Qué bien que estás —me dijo y me reí.
—Bien viejo —le contesté. Lo invité a tomar algo y fuimos conversando hasta el Chez Piñeiro.
Con el Bebe nos criamos en Punta Carretas, cuando en Punta Carretas había potreros, era considerado un barrio marginal y a mis primos de Pocitos no los dejaban venir a jugar a mi casa porque vivíamos frente a la penitenciaría. El Bebe tiene unos años más que yo. Me acuerdo que corrían los años cuarenta, el mundo estaba en guerra y él se vestía como un dandy. Y yo, con mis largos recién estrenados, le envidiaba la pinta, la carpeta y aquel andar de rango que tenía al caminar. Entonces era un botija apurado por llegar a los veinte, para ser como él. 

De todos modos me fallaron los cálculos: la noche, y el misterio que encierra su bohemia, nunca la alcancé a vivir. Me casé a los veinte, antes de Maracaná, a las diez de la noche ya estaba roncando. Entraba a las seis de la mañana a la fábrica de vidrios que estaba en la calle Asamblea, entre El Buceo y Malvín. Iba en chiva a laburar. Mi mujer me acompañaba hasta la puerta, redonda la panza, esperando el primer hijo. Y un día, sin darme cuenta, entre pañales y sonajeros, me olvidé de mis sueños de compadrito. Mi vida tomó otro rumbo y aunque seguimos viviendo en el mismo barrio, con el Bebe, nos vemos muy de tanto en tanto.
Ese día en el Chez Piñeiro me habló de su soledad. No le quedaba familia, no tenía amigos. Se quejó de que el barrio ya no era el mismo. De no entender el cambio tan abrupto —según él—, que había tenido la vida en Montevideo. De no encajar en ninguna parte —decía. Extrañaba la vida que vivió en su juventud. Se encontraba perdido. No comprendía a los jóvenes. No soportaba a los viejos. Me di cuenta entonces, que en el intento de recuperar la vida que se fue, estaba dejando su propia existencia. De tanta queja que le oí ese día, pensé si no estaría volviéndose loco. De modo que traté de poner un parate a sus quejas y a su mal humor. Comprendí que el Bebe se había quedado en el tiempo, seguía viviendo en el pasado, en el arrabal de su juventud. Así que apuré mi copa y la cátedra de boliche, ese día, la encaré yo.
—Y bueno Bebe —comencé diciendo—, la historia es así. La vida, a la corta o a la larga, se cobra. Ya no tenés veinte abriles. El arrabal malevo, se fue. Ya no existe. Se fue el arrabal que hablaba de amor, el arrabal amargo, el barrio arrabalero y la luna de arrabal. Me extraña tu desconcierto Y no me vengas con que no te avivaste, que tiempo tuviste de sobra. ¿Que los años se fueron sin darte cuenta? Y a mí también se me fueron. Quién te dijo que los años iban hacer una gambeta para esperarte. La vida es una ráfaga que llega, pasa y al final te lleva. Aunque a su paso, si demostrás interés, te va enseñando a vivir. Con paciencia, sabés, y mano dura ¡eso sí! casi siempre con mano dura. Si pusiste un poco de atención, lo que aprendiste en esos años no se te borra nunca más. Es un catecismo. Con ese único diploma tenés que salir a lucharla. Y no es fácil, si lo sabré yo. Cuando a los veinte años te llevás el mundo por delante, las minas se te regalan, los amigos te sobran y pensás que sos un crack, se cruza una gurisa que te mira despectiva sobre el hombro y que es, justo, en la que vos te emperrás. Antes de los veintidós ya estás casado y esperando el primer hijo. Ahí se terminó la farra. De ahí en adelante la vida te empieza a exigir cada día más. Si tuviste la suerte de encontrar una buena compañera, vas en bondi para triyar el largo viaje de los cincuenta años que te esperan. Pero la suerte, fijate vos, no siempre cae boca arriba. Por eso a la vida hay que saberla manejar. Tenemos la obligación de administrarla bien si esperamos, al final, contar con algún respiro. En sus idas y venidas la vida nos empuja, nos arrastra, nos vapulea. Y en medio de esa vorágine debemos edificar nuestro propio destino. O por lo menos intentarlo. La vida es un compromiso que no nos queda otra que aceptar.Y vos, Bebe, la viviste tranqui, qué querés inventar ahora. Entiendo que estás solo, abatido, amargado, pero a vos se te olvidó sembrar, tenés que reconocerlo. Creíste que los veinte abriles no se iban a terminar nunca. Barajaste la vida con los comodines a favor y, claro, se te dio siempre la buena. Por miedo a perder nunca arriesgaste. Te supiste ganador y a tu manera lo fuiste. Yo me acuerdo, cuando vivía tu vieja, verte gastar la vereda de tu casa hasta el boliche. Quedarte en la esquina las horas largas “por si pasa la de ayer”, o a la espera de algún datero antes de arrancar para los burros. Así se te fue la vida: entre dados, naipes y tungos. Campaneando a las pibas, pero sin comprometerte. Fuiste un maestro de la jerga rea. Timbero de ley, le escapaste siempre a la cana y eso que en más de una ocasión, después de una timba brava, te supiste batir a cuchillo con más de un perdedor. Eras un ídolo. La muchachada del boliche aquel, te admiraba. Siempre de pinta. Los zapatos relucientes, la camisa remangada impecable; la corbata floja sobre el cuello desprendido, el Borsalino en la nuca y el cigarrillo recién encendido. Sí, fuiste un ganador. Cosechaste amores, ilusiones, desencuentros, en los corazones de las muchachas fabriqueras que veían en vos al galán inalcanzable. Superhéroe que sólo recibió sin dar ni prometer nada. Te conformó siempre el amor al paso. Jamás dejaste un seven eleven por una cita, ni perdiste una tarde maroñense, por un clásico en el Centenario. Y fuiste buen bailarín. Vaya si lo fuiste.Te floreaste en las pistas cuando a Montevideo venían los monstruos aquellos de Buenos Aires: las orquestas famosas, los cantores de la Época de Oro del tango. Nochero viejo: te tomaste la vida de un trago, se te piantó el chamuyo y te quedaste sin letra. Y hoy te asombra encontrarte solo. Extrañado, recién te das cuenta que el barrio malevo no existe. Que las novias no esperan en los zaguanes. Que ya no hay zaguanes. Que los tranvías dejaron de rechinar y que la juventud, aquella, se fue. Mientras vos barajabas, rompías boletos, abrazabas el sabó; tus amigos se casaban, formaban una familia. Vos te distrajiste, perdiste el tren. Te quedaste en la estación. Se durmieron en tus manos las cuarenta del mazo; se mancaron los burros al doblar el codo en la pista de tu vida; los huesitos te echaron barraca. Se ensombreció tu vida en la noche larga de los años y no sabés qué hacer. De tanta mujer que pasó por tu vida, ninguna te sirvió para hacer patria. Y recién te desayunás que los guapos, los malevos y la luna de arrabal, ya fueron. Que los conventillos, las calles empedradas, los buzones esquineros y los carreros de clavel en la oreja, siguen vivos sólo en el corazón de los que somos del treinta. Hoy, los nietos de tus amigos de ayer cantan en inglés, estudian chino y escriben en windows. Si te oyen cantar un tango te miran con lástima. A ellos, que escuchan su música en MP3, cómo les vas a hablar de la victrola Sondor donde, por los años cuarenta, escuchábamos embobados los tangos de Arolas. No podés. Estamos transitando el siglo XXI, entedés. Sí, ya sé que te cuesta entender. Pero aclarame una cosa, donde estuviste todo este tiempo. En qué arrabal, perdido del ayer, te quedaste dormido. Cómo dejaste que la vida te pasara por encima sin, siquiera, despertarte. Y me decís que estás sólo, abatido, amargado… ¡andá…!
¡Che, mozo!... serví la vuelta.


Ada Vega, 2009

lunes, 17 de julio de 2017

El embrujo de Maracaná




 En el año 1948 Brasil dio inicio a la construcción del que sería, por lo majestuoso de su arquitectura, el estadio más grande y moderno del mundo. Con capacidad para doscientas mil personas, el coloso debería estar pronto para el inicio de la Copa Mundial de Fútbol de 1950. La obra llevó un año, once meses y veintisiete días y se inauguró el 24 de junio de 1950, un día antes de comenzar la competencia. Su denominación actual es: Estadio Jornalista Mário Fhilo.


De todos modos fue y será siempre conocido como estadio Maracaná, por estar enclavado en el barrio Maracaná de Río de Janeiro. Estadio místico donde lo humano se une a lo sagrado y se manifiesta en los hechos sobrenaturales que acontecen entre sus paredes. El pueblo futbolero de América del Sur, piensa que se necesita algo más que buen juego para ganar en el estadio de Maracaná. La magia, lo esotérico, el culto del más allá y la superstición han rodeado al coloso de un halo encantado, donde habitan sombras, duendes y aparecidos.

Todo surgió a partir el emblemático 16 de julio de 1950, cuando, por la final de la Copa Mundial de Fútbol, se enfrentaron en el campo los equipos de Brasil y Uruguay. Desde entonces incontables historias han corrido de boca en boca bajo el Cristo del Corcovado, cada vez que invocando a espíritus errantes se ha intentado conocer el por qué, cuál fue la causa, el motivo, el castigo de aquel resultado adverso que sumiera a un país entero en la tristeza y al cuida palos en el oprobio, hasta el final de sus días.
Sólo Barbosa supo cuál fue la causa, qué o quién desvió el balón de sus manos esa tarde. Nunca nadie se lo preguntó. Fue más sencillo erigirlo en chivo expiatorio, por el tremendo error de no haber podido atajar un gol. Sin embargo, en los terreiros de Bahía, durante mucho tiempo los caboclos de las siete líneas de umbanda repitieron por doquier que lo sucedido aquella tarde en Maracaná fue obra del Espíritu Santo con la venia de Oxalá.

Durante los dos años que llevó la arquitectura del monumental, muchos curiosos se acercaron a observar la magnitud de la obra y sus avances. Entre ellos, los obreros solían ver a una joven bahiana recorrer sus galerías, pasadizos y corredores. Como también visitar los grandes espacios donde se instalaron bares, restoranes y ascensores, temiendo, más de una vez, que la joven se perdiera entre el complejo laberinto de su estructura.

La bahiana llegó a conocer el corazón del recinto tanto como los mismos hombres que realizaron la obra. De todos modos, no alcanzó a ver la fastuosidad del Estadio terminado. Murió unos días antes de su finalización. Pese a esa realidad, conocida por todos, aquellos obreros siempre afirmaron que la joven bahiana habitaba el estadio y seguía, como en vida, recorriendo sus instalaciones. También en nuestros días comentan los cariocas que han visto a la bahiana de turbante y vestido blanco recorrer descalza los interiores, las tribunas, los palcos, y los arcos del coloso de cemento.

Aquel año, cuando se da comienzo a la construcción del estadio, Barbosa era considerado el mejor arquero que tuvo en su historia el Vasco da Gama y el número uno de los porteros del Mundial. Tenía 26 años, simpatía, un físico privilegiado y un porvenir en extremo auspicioso. Los hombres lo admiraban como deportista y las mujeres lo amaban y lo acosaban. A nadie le llamó la atención, entonces, que en su camino se cruzara Yanira, una bahiana bellísima que, enamorada de él a la distancia, había llegado de Bahía con el sólo propósito de conocerlo.

Yanira era una Bahiana Mae de Santo de un terreiro umbandista de la línea blanca cuya guía u Oriyhá era Yemanyá, diosa que reina en el mar, dadora de abundancia, protectora de las familias y pescadores y máxima Oriyhá del panteón africano con raíces en Nigeria.

Antes de dejar Bahía Yanira había realizado en su terreiro una ceremonia en honor a la Mae Yemanyá, donde con toque de atabaques acostada en el suelo boca abajo y con los brazos estirados en cruz, hizo un pedido a la diosa y prometió dos ofrendas: una, si la Diosa del Mar le cumplía el pedido y otra si no se lo cumplía. Barbosa vivía en esos días el punto más alto de su carrera deportiva. Acumulaba éxitos, dinero y halagos. Todo el mundo ansiaba su amistad, desde los componentes de su parcialidad, hasta políticos e intelectuales de su país.

Se había convertido en el número uno entre los arqueros más calificados del mundo. De continuo su foto aparecía en homenajes, fiestas y banquetes o exhibiendo su físico a bordo de un yate siempre rodeado de mujeres hermosas. Mientras tanto Yanira había logrado acercarse al círculo donde se movía el guardameta.

Un empujoncito más y la primera parte de su objetivo estaría cumplida.

Durante una recepción en el barrio Copacabana de la ciudad de Río de Janeiro, famoso por su bohemia, fue al fin presentada al ídolo. Esa noche, colmado su objetivo, la bahiana no se separó ni un instante del famoso portero. Y fue para él, durante dos años, como para el preso su condena. Barbosa fue siempre asediado por las mujeres. Mujeres dispuestas a todo por estar cerca suyo. Él, sin embargo, no formalizaba compromisos serios con ninguna. Continuaba casado con Clotilde, con quien se casara a los diecinueve años y siempre trató de mantenerse fiel a su pareja.

La bahiana, enamorada, no hizo otra cosa durante esos años que idear nuevas artimañas con el fin de llegar a convencerlo de abandonar a su esposa para irse a vivir con ella. Detalle que a Barbosa ni en sueños se le había ocurrido y debido a lo cual, unos días antes de la final del Campeonato que se avecinaba, decidió hablar seriamente con Yanira para decirle que no esperara de él más que una simple amistad. Porque entre ellos —le dijo—, nunca sucedería nada más. Que, por favor, volviera Bahía y se olvidara de él. Para la bahiana fue aquél el golpe de gracia.

Pese a todos sus rezos, peticiones y promesas, Yemanyá no había aceptado su pedido. Se fue sin decir una palabra. Sin despedirse de él ni de nadie. Volvió a su hotel, se vistió con su vestido blanco de Bahiana Mae de Santo y bajó a la playa de Copacabana a cumplir su segunda promesa. Atardecía cuando entró al agua.

Quienes la vieron pensaron que entraba a dejar una ofrenda a la Diosa del mar. Cuando dejaron de verla, cuando su cuerpo se perdió entre las olas del océano se dieron cuenta de que la ofrendada, era ella misma. Muchos días después unos pescadores encontraron el cuerpo de Yanira, enredado entre unas algas, a varias millas de las costas de Brasil.

El 16 de julio de 1950 fue el día elegido para la gran final. Brasil era el favorito indiscutible, de modo que el equipo brasileño entró al campo acariciando la Copa. Un empate bastaría para constituirse en campeones del mundo por primera vez.
Todo Brasil estaba pronto para la gran fiesta. Comenzó el partido y con el primer gol de Brasil estalló el estadio. Doscientas mil gargantas rugieron el gol atronando el aire de Maracaná. El equipo uruguayo no se veía entre aquella enormidad de gente que ovacionaba al rival. Entonces Obdulio Varela puso la pelota bajo el brazo, cruzó la cancha y se dirigió al centro del campo a hablar con el juez.

—¿Qué pasa? —preguntaba la gente.

—¿Qué reclaman, si no hay nada que reclamar?

Y un viento helado recorrió las tribunas y atravesó la cancha hasta el área norte.

—¿Qué le dice al juez si el juez no le entiende, si el juez sólo habla inglés?

—Los de afuera son de palo —dijo el capitán de los celestes—, no miren para arriba, el partido se juega acá abajo.

Caía el sol cuando empataron. Y un miedo inesperado y rotundo se fue instalando en las tribunas. Doscientas mil almas presintieron el final y a duras penas lograron sobreponerse para seguir alentando al favorito. Barbosa en los tres palos mantenía la calma. Seguro como siempre. Firme en su puesto.

Se adelantó dos pasos cuando vio venir a Ghiggia con aquel disparo desde la punta derecha y entre el balón y él, la ráfaga de una figura blanca que se cruzaba. Se estiró todo lo que pudo y alcanzó a arañar la pelota que llegaba envenenada como si alguien, al pasar, la hubiera desviado con la mano.

Y creyó que la había mandado al córner.

El mutismo lapidario del Coloso le hizo volver la cabeza para mirar.

Allí, con los ojos fijos en él, recostada a la red estaba Yanira, la Bahiana Mae de Santo, con el balón a sus pies. 

Ada Vega, 2012

domingo, 16 de julio de 2017

¡Hombres!



Conocí a Jorge en la boda de una compañera de trabajo. La invitación fue para toda la oficina, de manera que estuvimos todo un mes preparándonos para el acontecimiento. Por lo que contaba la novia, la fiesta prometía ser maravillosa. Y realmente lo fue. Se realizó en un salón espléndido con buena música, linda gente y mucha alegría.
En esa época yo estaba viviendo una juventud frenética. Tenía veintitrés años, era hermosa, tenía un buen empleo y muchos amigos. Recuerdo que la fiesta de esa noche había despertado en mí una gran expectativa. Para la ocasión me había hecho un vestido largo de raso negro con un escote más que generoso y un tajo en la falda, sobre la pierna izquierda, más arriba del medio muslo.
Los compañeros de la oficina nos habíamos reunido alrededor de cuatro mesas. Los novios bailaron toda la noche y recorrieron, compartiendo, las mesas de todos los invitados. La noche se estaba yendo y yo lo estaba pasando fantástico. Me sentía admirada y feliz.

Jorge llegó casi al final de la fiesta. Lo vi entrar al salón tan serio y distante que casi desentonaba ante tanta algarabía. Me impactó su presencia. Y quise conocerlo. Entró sin mirar a nadie y se sentó con unos conocidos, de espaldas a nuestra mesa. Tenía que obrar con rapidez, si pretendía que se fijara en mí, pues la noche tenía prisa. Dejé el grupo de amigos y me acerqué a la puerta por donde acababa de entrar. Allí me detuve, a un par de metros de su mesa. Comencé a mirarlo fijamente como si quisiera hipnotizarlo. Y debo de haberlo hecho pues de pronto dio vuelta la cabeza, me miró un instante y volvió a su conversación. Yo seguí porfiada con mis ojos fijos en su perfil. Él volvió a mirarme, se puso de pie, y me invitó a bailar.
Esa noche hablamos de la fiesta, la noche hermosa. Me preguntó como me llamaba si era amiga de la novia y por dónde vivía. Se quedó conmigo hasta el final de la fiesta. Me acompañó hasta mi casa, me dio un beso en la mejilla —aunque yo esperaba otro tipo de beso,— y se fue. Al día siguiente, cuando salí de mi empleo, estaba esperándome.
Cruzamos a un bar a media luz que había frente a la agencia. Mientras tomábamos un café me dijo que tenía veintiocho años, una inmobiliaria con un socio, y vivía con los padres y un hermano menor. Hablaba pausado, sin dejar de mirarme a los ojos. Aunque parezca extraño su serenidad y su aplomo lograron ponerme nerviosa. Yo le dije que vivía con mis padres, mis abuelos y una hermana mayor. En las semanas siguientes fue a esperarme varias veces a mi trabajo. Me acompañaba hasta mi casa y se despedía con un beso en la mejilla.

Empezamos una relación seria. Una noche, en el bar, me dijo que quería ir a mi casa y conocer a mi familia. También me dijo que quería saber más de mí. Que quisiera conocer a mis padres me dio cierta tranquilidad sobre lo que él pensaba acerca de nuestra relación. Sin embargo, no dejó de inquietarme su interés en saber más de mí. ¿Qué querría saber de mí? ¿Tendría acaso que rendir un examen aprobatorio? ¿Le interesaría saber que a los cinco años tuve sarampión y varicela, que nunca aprendí a andar en bicicleta, que en la escuela no fui buena alumna y en el liceo tampoco, qué prefiero los tallarines a la carne asada, y que el mate lo tomo dulce?
Siempre me pareció una lata el hecho de que los hombres en aquellos años, al relacionarse con una mujer con intenciones de continuidad, comenzaran a indagar sobre su vida pasada. No le preguntaban si habían asesinado a alguien. Si tenía la graciosa costumbre de robar en los comercios. O, simplemente, si practicaba el hobby de asaltar a los viejitos cuando iban a cobrar la jubilación. Esos detalles no llegaban a molestarlos. Lo que necesitaban saber, antes de hablar de matrimonio, era si en algún descuido habías perdido la virginidad. Saber con seguridad si con la llegada de ellos a tu vida, por lo menos, ibas a parar de fichar. Debemos reconocer que los hombres de entonces, aunque se enamoraran de mujeres hechas, para presentarla a la madre o llevar al altar, preferían vírgenes. Éstas no necesariamente debían ser santas, conque fuesen vírgenes alcanzaba.
Y si fuese posible pisando una víbora.
Hoy ya no es así. Hoy el varón entiende que la vida pasada de la mujer que acaba de conocer, le pertenece solamente a ella. En este punto por lo menos, respecto a la mujer, debemos aceptar que el hombre ha evolucionado.
De todos modos a esas alturas me encontraba profundamente enamorada de Jorge y no estaba dispuesta a perderlo, nada más ni nada menos, que por una simple declaración de honor. De manera que me jugué y, a partir del segundo parto de mi madre, le conté mi vida hasta donde le podía contar. Y él me creyó hasta donde prejuzgó que debía creerme. Y punto.
Desde ese día, dos por tres, me pregunta si alguna vez lo engañé. No sé si tiene dudas o si necesita que le reafirme mi lealtad. La verdad es que nunca lo engañé. No porque no haya tenido oportunidad. Si no porque nunca quise arriesgar, por temor a perderlo. Esta aclaración se la debo. Como compensación siempre le juro que nunca le mentí. Y es cierto, nunca le mentí.
También es cierto que nunca le cuento todo. Esto, sí, lo sabe y no le importa. Siempre me ha subestimado. Está convencido de que por el sólo hecho de ser mujer, soy algo tonta. Sé que me ama, pero no me conoce como tendría. No sabe, morirá sin saber, que soy mucho más inteligente que él. Más perspicaz, más intuitiva. Muchos dolores de cabeza se hubiese ahorrado, si más de una vez me hubiera hecho caso. Pero yo, según él: no sé nada, no entiendo nada.

De todos modos, al cabo de tantos años de convivencia, suele descubrir rasgos de mi personalidad que lo descolocan. Sé que nunca, aunque vivamos mil años juntos, terminará de conocerme. Pero mientras le sea fiel, lo que le pueda ocultar, no le interesa. Debe pensar que lo que no le cuento no tiene importancia. ¿Qué puede haber de importancia en la vida de “su” mujer? Es parte de su machismo. Y es más fuerte que él.

Me casé a los veinticinco años, muy enamorada, en la iglesia de los Carmelitas en el barrio del Prado. Vestida de novia, para no levantar sospechas, con traje blanco de cola y una mantilla de Valencia que mis abuelos me trajeron de regalo en uno de sus viajes a España. Hicimos una reunión para amigos y familiares en el Club Español y nos fuimos de luna de miel a San Pablo, pero no me pregunten como es la ciudad, porque nunca volví.


Ada Vega, 2010

viernes, 14 de julio de 2017

Como las sirenas

                       
          La ventana del primer piso de la casa de enfrente tenía,  en invierno, los postigos siempre abiertos. Detrás de los cristales, entre las cortinas de hilo, una niña rubia nos miraba jugar. A veces, en verano, la abrían totalmente. Entonces la niña apoyaba sus brazos cruzados sobre el marco de la ventana y sus ojos claros recorrían la calle angosta. Sirena se llamaba. Como las sirenas de los cuentos marineros. La casa de Sirena tenía dos pisos, un jardín muy grande, un muro de ladrillos y un portón de hierro con candado.
Los niños del barrio nos reuníamos por las tardes a jugar. Los varones en la calle, las niñas en la vereda. Era aquel un barrio muy tranquilo por donde rara vez pasaba un auto. En aquel tiempo vivía con mi madre y mi hermano Carlos, en una casa de tres piezas y un fondo con parral.
De tanto ver a la niña que nos miraba desde su ventana, una tarde le pregunté a mi madre por qué Sirena no bajaba a jugar en la vereda. Mi madre me explicó que ella no jugaba con los niños del barrio. No entendí porqué no quería jugar con nosotras si éramos todos vecinos y vivíamos en la misma calle y se lo comenté a mi madre, que agregó:
 —Tal vez los padres no le permitan bajar a jugar porque son una familia bien, y no se dan con los vecinos del barrio.
—¿Qué es una familia bien, mamá?
—Una familia que tiene mucho dinero.
—¿Nosotros tenemos mucho dinero?
—No, mi amor, nosotros no tenemos dinero.
—¿No somos una familia bien ?—mi madre sonrió:
—Somos una familia bien, sin dinero.
 Recuerdo que quedé pensando que sería muy triste tener mucho dinero. Y aquellos niños fuimos creciendo. Los años se precipitaron. De los cinco años de pronto llegué a los ocho; tenía diez años cumplidos cuando una tarde observé a mi hermano que miraba fijo la ventana de la casa de enfrente y a Sirena que le sonreía. A partir de ahí, muchas veces los vi intercambiar miradas y sonrisas. Un día mi hermano, que ya había cumplido los catorce años y estaba en el liceo, decidió cruzar a la casa de la familia bien a conocer a la joven Sirena y se lo dijo a mi madre.
— ¡Hijo, cómo vas a ir a esa casa si no tenemos relación! Si apenas nos saludamos.
 —No importa —le contestó decidido—, yo quiero conocer a Sirena.
—Querido,  no te van a recibir —insistió.
De todos modos ese fin de semana mi hermano se acicaló un poco más que de costumbre, le dio un beso a mamá —que quedó angustiada—, cruzó la calle y por primera vez golpeó las manos frente al portón de la casa de enfrente. Una morena gritó desde una ventana.
—Qué desea.
—Hablar con la señora de la casa.
—Para qué —quiso saber la morena.
—Quiero conocer a Sirena.
La morena no contestó. Lo miró de arriba a abajo y entrecerró la ventana. Mi hermano permaneció incólume. Al poco rato volvió la morena, abrió el portón y lo condujo a una salita donde se encontraba la mamá de la joven. La señora le tendió la mano. Quiso saber como se llamaba.
—Carlos —le dijo.
 —Donde vivís, Carlos —le preguntó.
—Vivo enfrente, soy el hijo de la modista.
—Y por qué querés conocer a Sirena.
—Porque la veo siempre asomada a la ventana y quiero hablar con ella.
La señora, después de un momento, le pidió que la acompañara. Subieron una escalera, llamaron a una puerta y entraron. En una habitación llena de libros, muñecas, y osos de peluche, se encontraba Sirena. Se conocieron al fin.
—¡Es linda mamá! Linda, linda. ¡No sabés cuánto! Tiene el pelo rubio y largo, muy largo, y los ojos claros como tus ojos, mamá. Y una risa grande y unas manos blancas y suavecitas. La mamá me dijo que los sábados de tarde puedo ir a verla. ¡Cuando termine de estudiar y me reciba, voy a casarme con ella…! Mi madre lloró esa tarde abrazada a mi hermano, que a los catorce años había decidido que hacer con su futuro.
—No llores, mamá. Está todo bien. Yo la quiero y ella también me quiere, ¿entendés, mamá?
—Hijo, pero ella…
—No importa mamá, no importa.
Mamá entendía, cómo no iba a entender. Los años al pasar, la vida que se empeña siempre en mostrarnos todo lo bueno, todo lo malo, tendrían la última palabra. Mientras tanto mi hermano estaba de novio  con la hija de la familia bien, aquella niña rubia que asomada a la ventana nos miraba jugar.
 Pasaron seis años y una tarde de abril, se casaron en la parroquia del barrio. Todos los vecinos estaban allí.
Cuando sonaron los primeros acordes de la Marcha Nupcial y se  abrieron las puertas de la iglesia, entró Carlos con Sirena vestida de novia en los brazos. Atravesó la nave principal y la bajó frente al altar mayor. La sostuvo todo el tiempo, mientras el sacerdote los unía en matrimonio. Después, volvió a salir con ella en los brazos.
Las amigas, en una ronda, habían rodeado el auto que los esperaba.
 Antes de partir, Sirena arrojó al aire su ramo de novia.

Ada Vega, 2008

jueves, 13 de julio de 2017

A destiempo



   Maduraron a destiempo las frutas de aquel verano. Los duraznos jugosos y aterciopelados,  las manzanas rojas y tentadoras, las uvas rosadas del dios Baco. Los damascos, las sandías y las naranjas.
Fue aquel un verano agobiante con un sol abrasador que mantenía a las personas tumbadas,  sin deseos de trabajar, esperando el refresco de la tarde.
 A la salida del pueblo un camino bordeado de palmeras llegaba hasta la finca de don Emilio Acosta Piriz. Ubicada sobre un otero, al norte de Treinta y tres, la  propiedad consistía en una amplia extensión de tierra dedicada a la labranza. Don Emilio junto a sus hijos y algunos peones, salían muy temprano por las mañanas a sus labores del campo y  volvían cuando el sol del mediodía caía vertical.
 Ese día, mientras un par de morenas preparaban la comida para todos, volvían del monte de frutales, con las canastas rebosantes, las muchachas que ayudaban en las tareas. Bajo la sombra fresca de un bosque de paraísos, haciendo un alto para un pequeño descanso, se sentaron con las faldas remangadas y  se hartaron de comer.
 Con ellas también se encontraba Merceditas, la hija menor de la familia  Acosta Piriz, que acababa de cumplir sus quince años.
En la cocina doña Elvira, la esposa de Don Emilio, rodeada de latas de melaza y azúcar rubia, de canela y clavos de olor, iba preparando el almíbar y el caramelo a punto, en ollas de cobre, donde se cocinarían los dulces y las mermeladas para consumir en el próximo invierno.
 Aquellas dulzuras eran  luego guardadas en frascos herméticos, y almacenadas en  las amplias alacenas de la despensa. Todos los veranos la casa se inundaba de aquel aroma a frutas y dulces caseros. 
Merceditas sentada bajo los árboles contaba muy entusiasmada a las muchachas,  que esa tardecita había retreta en la plaza del pueblo y que ella concurriría con sus padres.
 El paseo a la plaza  a escuchar las interpretaciones de la banda era para el pueblo un acto de importancia social.
Allí se congregaban los vecinos más relevantes del lugar con sus hijas y sus hijos casamenteros. Las señoras se ponían al   tanto sobre las tendencias de la moda, los caballeros se reunían a conversar de política y las chicas paseaban del brazo con sus primas y amigas alrededor de la pérgola donde se ubicaba la banda.  Al pasar junto a los jóvenes reunidos en grupos, cambiaban con  ellos saludos  y miradas cargadas de intención  animándolos, de ese modo, a que se les acercaran.
Aquella tarde la familia de don Emilio Acosta Piriz llegó a la plaza en una volanta. Doña Elvira tomó asiento  en un banco junto a unas señoras de su amistad, mientras don Emilio, en grupo de correligionarios, se ponía al día con las últimas noticias llegadas desde  la capital.
Mientras la banda interpretaba un vals de Strauss, Merceditas, con  un grupo de amigas, fue a dar una vuelta por la plaza. A un costado de la banda, un joven alto, de cabello y ojos oscuros, que la miró interesado. Ella también se sintió tocada. Quedó pensando en él  hasta el otro día en que  volvió a verlo en la esquina de la iglesia, cuando pasó con su madre para  la misa de once.
El joven volvió a mirarla con una mirada llena de ruegos y promesas. Ella le devolvió, en la media sonrisa, la seguridad de ser correspondido.
Para la próxima tarde de retreta ya sabían ambos quién era quién. Presos del destino, se habían enterado que nada podía ser posible entre los dos. La familia de don Emilio pertenecía al partido político que gobernaba el país. La familia del jovenera gente de Saravia. De todos modos,  la primera tarde  en que volvieron a encontrarse en la plaza, el muchacho se acercó y le confesó su amor.  Ella lo aceptó de buen grado y le comunicó que pediría permiso a sus padres para que la visitara.
Merceditas no quiso esperar y esa misma noche habló con sus padres. Les contó quién era su pretendiente.  Si una bomba hubiese caído en la casa de don Emilio, no hubiese hecho tanto daño ni causado tanto dolor.
La madre juró que nunca, bajo ningún concepto, permitiría ella que un “blanco” pisara su casa. Demasiados familiares habían enterrado, caídos en batallas a manos de los blancos saravistas.
El padre se puso rojo de ira y gritó que nunca. Ni sobre su cadáver. La joven lloró, imploró. Las batallas ganadas y perdidas habían quedado atrás. Ellos ni siquiera habían nacido cuando esos hechos luctuosos ensangrentaron al país. Pero los padres no transaron. Jamás lo harían.
Le prohibieron volver a las tardes de retreta en la plaza del pueblo. A misa iría  solamente acompañada de su madre.
Desde entonces Merceditas fue solo  una sombra recorriendo la casa. 
Un día recibió un mensaje.
El joven enamorado calculando la reacción de su padre, cuando se enterara a qué familia pertenecía su enamorada, intentó un armisticio por el lado de su madre. Le habló con el corazón abierto rogándole que intercediera ante su padre, a fin de que aceptara a la  joven que había elegido para madre de sus hijos. Le contó de su sincero amor por Merceditas y su deseo de casarse con ella. Su madre no reaccionó como el joven esperaba. Lo miró horrorizada sin poder creer lo que el hijo le decía.
No, jamás intercedería ante su marido por semejante despropósito. Aún lloraba a sus hermanos muertos en combate con los “colorados”.
Enterado el padre dijo que no  permitiría esa unión bajo su techo. Que no había nacido el “colorado” que tuviese la osadía de atravesar la puerta de su casa. Y que  si él se obstinaba en esos amores,  abandonara la casa y se olvidara de que alguna vez tuvo padres.
Nunca se supo con certeza quien le llevó el mensaje a Merceditas. Alguien dijo que fue un peón de don Emilio. Otros, alguna de las muchachas que ayudaban en las tareas. Pero es indudable que alguien le avisó que esa noche debía esperar a su enamorado en el monte de frutales.
La joven a medianoche estaba allí. El muchacho llegó y en ancas de su caballo se la llevó. Llegaron a la estación del ferrocarril y con los boletos en la mano corrieron por el andén.
 La campana del tren, que salía rumbo a la capital, amortiguó apenas el sonido seco de dos disparos. 
Mientras el ferrocarril arrastraba su  esqueleto de hierro y madera, los dos jóvenes quedaron sobre el andén.
Un viento porfiado intentó desprender de la mano del muchacho, los dos boletos marcados con destino a la gran ciudad del  sur.
Doña Elvira en la mesa de la cocina, entre mieles perfumadas, canela y clavo de olor, prepara el dulce de zapallo en cal, para que los trozos no se deshagan. Los pequeños boniatos, parejos, iguales, con azúcar y miel. Los duraznos Rey del Monte, cortados a la mitad, en almíbar. Las jaleas de cáscaras de manzana.
Habían madurado a destiempo, las frutas de aquel verano.

Ada Vega 2001

miércoles, 12 de julio de 2017

Amor es un algo sin nombre


       Los sábados en el club de mi barrio se organizaban bailes entre los vecinos. Don Pedro, el albañil que vivía en  la otra cuadra, traía  una victrola RCA con trompeta y una manivela que había que girar continuamente para poder escuchar unos discos de pasta,  que llevaban una grabación de cada lado. También era el encargado de pasar los temas y dar vuelta o cambiar los discos  tras cada  canción.
En aquellos años la música que  escuchábamos en la radio y que se bailaba, era de las Orquestas Típicas que interpretaban tangos, milongas y valses; las Orquestas Características con pasodobles y foxtrot,  y las Orquestas de Música Romántica Tropical también llamada música lenta.
Las personas que concurrían a esos bailes éramos siempre los mismos, matrimonios con sus hijos pequeños, y los jóvenes,  chicas y chicos, que habíamos crecido juntos. Rara vez llegaba al baile algún desconocido. Cuando sucedía era porque venía acompañado de algún vecino.
Las diversiones para nosotras  eran escasas, aparte de ir a la playa y los sábados a bailar, podíamos casi todos los domingos pasar la tarde en el  cine. Íbamos en barra y nos sentábamos todas en la misma hilera, siempre en las mismas butacas. Masticábamos chicles y comíamos Po acaramelado durante toda la función.
Un sábado de baile a  fines del invierno llegó el hermano de una de mis amigas, con un compañero de trabajo. El joven venía por primera vez, cuando entró recorrió con sus ojos todo el salón. Su presencia me impactó. Se quedó a un lado de la pista conversando con unos conocidos.
Al empezar la típica salí a bailar con Adolfo, un muchacho con el que siempre bailaba el tango, pasé  al lado del forastero y lo miré, él no me vio. Ni se enteró.
 Al finalizar la típica hubo un descanso, salí afuera con mis amigas y nos sentamos a conversar. Cuando volvimos había comenzado la música lenta. No volví a verlo  y no me importó. Di media vuelta al salón y me quedé junto a una amiga que no bailaba.
 Entonces lo vi venir se detuvo a mi lado y me invitó a bailar, antes de reaccionar ya estaba en sus brazos. En el disco Chavela Vargas cantaba: “yo estoy obsesionado contigo y el mundo es testigo de mi frenesí y por más que se oponga el destino serás para mi, para mí”.
 Sentí tal felicidad que pensé que Chavela cantaba  para mí. Me enamoré del forastero con  un amor de película. En el salón sólo estábamos él,  yo y Chavela: “y por más que se oponga el destino…” recosté mi cabeza en su hombro, él apretó mi cintura, y bailando me besó en la frente.
 Nos quedamos de ver al otro día en el cine.
Estrené el conjunto Bentley que la abuela me había regalado cuando cumplí los dieciséis, y el perfume que mi madre usaba para ocasiones muy especiales.
 Mientras el corazón brincaba dentro del pecho se lo conté a mis amigas. Cambié de butaca y dejé una libre para él. Lo esperé toda la tarde mientras avanzaba mi decepción. Pero no vino. Ni ese domingo, ni nunca.
 Durante muchos sábados de baile  esperé  verlo entrar al club donde nos conocimos. Después, los años pasaron y aquello  fue sólo un recuerdo de mi primera juventud.
Cuando mi sobrina más chica cumplió los quince años los padres hicieron una fiesta preciosa. Entre el bullicio, la gente y la alegría, por sobre las mesas de invitados, mis ojos se volvieron a encontrar con sus ojos. Quedamos mirándonos.
 Él estaba en una mesa con su esposa y sus hijos. Yo en otra mesa, con mi esposo y mis hijos. Éramos en la fiesta sólo dos desconocidos
Por un segundo interminable volví a escuchar la voz de Chavela Vargas en aquel bolero: “por más que se oponga el destino serás para mi, para mí” y volví a revivir la tarde aquella  en que un  forastero, bailando me besó en la frente.
 La fiesta estaba en su punto más alto. Todo el mundo bailaba y se divertía. Sacudí  la  cabeza para librarme de recuerdos inoportunos, suspiré, y le dije a mi marido:
—Adolfo, empieza la típica…¡vamos a bailar!!



Ada Vega, 2014