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lunes, 14 de marzo de 2016

Fue a conciencia pura





Ramón Bustamante se llamaba, el hombre. Y aunque siempre fue enemigo de llevar apodos pues, según decía, su nombre de pila y su apellido eran suficiente garantía de su persona, a la sordina, en el barrio le decían Matarife porque de joven había sido friyero del Nacional y, desde entonces, andaba siempre calzado con un naife largo y fino que daba chucho sólo de verlo.


Vivía en la Villa del Cerro frente a la Plaza de los Inmigrantes en una casa de dos patios y fondo con madreselvas, que en años de bonanza sus padres levantaron. En esa casa había nacido cincuenta y tantos años atrás. De esa casa se fue un día engrillado y al volver diez años después con el alma en jirones y sin apremio alguno de enfrentarse otra vez a la vida, la encontró vacía. 

En esa época lo conocí yo. Todas las tardecitas arrancaba caminando cruzaba el puente sobre el Pantanoso y se venía para La Teja a leer El Diario y a tomar copas en El 126, un café que hacía de largador del 126 de CUTSA, cuando el recorrido era Aduana – Pantanoso. Pantanoso -. Aduana, situado en la esquina de Camambú y la avenida Carlos María Ramírez. 

El Matarife era un tipo flaco y alto, parco en el decir y lerdo en el andar. Tenía el pelo negro, que ya blanqueaba, largo y lacio cayéndole sobre los hombros y los ojos oscuros de mirada penetrante y fría. Lo recuerdo de lengue y gacho gris, de traje negro a rayas con pantalón bombilla y saco largo y entallado de sus tiempos de tahura. Opinaban los que la sabían lunga, que hombres de su laya iban quedando pocos.

De su vida y sus hazañas hubo mucha chamuyina. Que fue tallador de fuste temido entre los martingaleros y respetado en el ambiente gurda del escolazo, de aquel orgulloso Montevideo de los años cincuenta. Entrador con las mujeres, escabiador sin límite y pendenciero supo, sin embargo, mantener la yuta a respetable distancia hasta el nefasto día aquel en que le fallaron todas las predicciones. De las historias que de él se han contado sólo sé con propiedad, la que todo el barrio repetía y que lo llevó a cumplir una sentencia de diez años en el penal de Punta Carretas de donde había salido libre, después de purgar su culpa con la sociedad, precisamente en esos días. 

Hacía poco tiempo que yo frecuentaba El 126, pues tenía recién cumplidos los dieciocho años, cuando el Matarife después de la cana volvió al café. Algunos parroquianos lo recordaban y se acercaron a saludarlo. Entró al bar con paso cansino se acercó al mostrador y pidió una caña. Al reconocerlo el dueño le tendió una mano amistosa por encima del mármol y le dijo:

—¿Cómo anda eso Ramón? Él le contestó con su voz pausada:

—Acá andamos, patrón, en estas pocas, no más.

—Ésta va por la casa —le dijo el bolichero.

—Se agradece —contestó el hombre levantando apenas la copa. 

Mientras conversaban lo miré a la cara y la mueca que dibujó su boca me pareció una sonrisa. Era un hombre que imponía. Hasta ese momento no sabía quién era, de todos modos, junto al murmullo que al entrar se levantó entre los parroquianos, oí clarito aquel cuchicheo que lo señalaba como: el Matarife. Recién entonces supe que era cierta la historia que durante años oí contar a mis vecinos de La Teja. El Matarife existía y estaba allí de pie, tomando una caña con el patrón.

Desde esa tarde, todas las tardes bajaba desde el Cerro y se quedaba hasta muy entrada la noche acodado al mostrador. Con el faso apretado entre los labios a un costado de la boca, y la copa semivacía. Con la mirada extraviada. Cavilando. Que diez años es mucho tiempo de estar a la sombra y poco tiempo para olvidar. 

Algunas tardes se quedaba afuera, recostado en la ventana que daba sobre Carlos María Ramírez mirando pasar los ómnibus que iban para el Cerro, mientras el sol se hundía lentamente en las aguas del Río de la Plata detrás de la Fortaleza, y la luna cómplice de fierro de la rantería bohemia, subía despacio hasta el cenit.

A partir de su vuelta la gente del barrio resucitó la historia de amor y de muerte, que el hombre protagonizara. Volvieron los comentarios y se agregaron a la historia hechos nuevos que muchos no conocíamos. 

Cuando Ramón Bustamante vino al barrio por primera vez, era un facha leonero laburante de día del Frigorífico Nacional y trashumante en la noche, entre copas y escolazo. Lo trajo de recalada la Carmencita, una piba que conoció una noche en un baile del club Colón que vivía por la calle Laureles y trabajaba en La Mundial, una textil muy famosa que existía, por aquellos años, en Nuevo Paris.

La Carmen era una rubita de ojos celestes, única hija de un matrimonio italiano que había llegado al país en la década del treinta. El tano, apenas llegó al barrio, abrió un almacén y se hizo una casita económica de aquellas que se hicieron en el país bajo la ley Serrato. Y allí vivió toda su vida con su familia. Dicen que dicen, los que llevan un registro en la memoria, que el Matarife se había agarrado con la piba una metida de mi flor. La seguía a sol y a sombra y, por ella, empezó a parar en el boliche sólo para estar cerca de su casa. Según cuentan los veteranos que la conocieron, la Carmencita era una gurisa muy bonita y diquera, detalle que al hombre lo ponía como loco, porque siempre andaba algún moscón zumbándole alrededor. De manera que, cuando ya no pudo bancar más la situación de vivir lejos de la muchacha, alquiló una casa y se casó con ella.

Al principio el matrimonio marchaba como una seda. Desde el pique se supo que existía entre los dos terrible metejón por lo que no se intuía, en las inmediaciones, nada que pudiese alterar la paz y la armonía de la pareja. Sin embargo, no demoró mucho en estallar la primera trifulca entrambos causada por los celos de Ramón que comenzaron a poner nerviosa a su compañera. Desde entonces el matrimonio fue barranca abajo.

De entrada, no más, decidió que no fuera más a trabajar a la fábrica para tenerla quieta en la casa. Y aunque él no la atendía de día por su laburo en el frigorífico, ni de noche por sus actividades de nochero empedernido, lograron por un tiempo mantenerse unidos. 

Fue un curda canero que una noche le batió la justa en un boliche del Centro. Le dijo entre caña y caña, que era muy noche p’andar tan lejos del barrio. Le tocó el orgullo al Matarife que le contestó de prepo:

—¿Qué andás queriendo decir? 

—Que el que tiene tienda que la atienda —se atrevió el tipo. 

El Matarife lo agarró de la solapa y al curda se le aclaró la mente.

—Seguí hablando, ¿qué tenés que decirme? —le increpó con rudeza. 

Y el ortiba le tiró a la cara lo que las mentas batían. Que hacía un tiempo andaba un moreno joven estibador de oficio y diestro cuchillero, rondando a la percanta, le dijo. 

—¿Y qué más? —lo obligó el ofendido. 

—Hasta ahí te sé decir. Lo demás es cosa tuya. 

Y el Matarife hecho una fiera empezó a cuidar el nido. 

Un día salió para el frigorífico y al poco rato pegó la vuelta. Se quedó, de botón, vigilando desde la esquina. El dolor y la furia le nublaron los ojos, cuando vio al moreno salir de su casa. Apuró el paso y le pegó el grito al gavilán que al verlo manoteó su faca. El moreno, que era guapo y no conocía el achique, no esquivó el encuentro. Trató de enfrentar al rival que lo madrugó sin darle tiempo a nada. El Matarife de un hachazo se cobró la ofensa.

Difunto quedó el moreno enfriándose en la vereda. A la malvada no quiso verla. Se volvió a la casita del Cerro frente a la plaza de Los Inmigrantes, a despedirse de los viejos por si no volvía a verlos en esta vida. De allí se lo llevó la yuta. Diez años le costó la hombrada. La mina desapareció esa misma tarde. Por algún tiempo nadie supo de ella. Después, alguien dijo que estaba viviendo en el campo con unos tíos. 

Una tarde, unos meses después, regresó a la casa de sus padres con un niño en los brazos. Con ellos se quedó a vivir, crió a su hijo y cuidó a sus padres hasta que murieron. Cuentan los vecinos que se la veía muy poco. No volvió a casarse ni se le conoció jamás, hombre alguno. Y, aunque parezca extraño, nunca se enteró el Matarife del hijo que tuvo la Carmen pues, a pesar de que todo el barrio lo sabía, nadie se atrevió a pasarle el dato.

Al correr el tiempo otras vivencias dejaron el hecho dormido en el pasado. Hasta que una noche siete años después de su vuelta, mientras conversaba con el patrón en el mostrador, llegó al bar un muchacho muy joven, alto y flaco. De pelo negro, largo y lacio, cayéndole sobre los hombros y de extraños ojos claros que no iban con su traza. Se paró al entrar y preguntó alto y fuerte para que todos oyeran: 

—¿Quién es el Matarife? —dijo.

Ramón se dio vuelta despacio mientras contestaba: 

—Yo soy. ¿Quién lo busca? 

Quedaron mirándose de frente. 

—¡Ramón Bustamante, lo busca! —le contestó el muchacho.

En el boliche no volaba una mosca, esperando los parroquianos la reacción del hombre. Toda la bravura de aquel tahura que fue, se hizo añicos ante la presencia de aquel hombre joven que traía en sus ojos, los ojos de la mujer que amó tanto y cuyo recuerdo aún lo perseguía. El muchacho continuó: —Mi madre antes de morir me pidió que lo buscara para que supiera, nada más, que tenía un hijo. Ella murió ayer. Vine a cumplir con la promesa. 

Dio media vuelta y se fue sin esperar respuesta.

Ni una sola palabra acertó a decir el Matarife. Era indudable que todo el pasado volvía a golpearlo con aquel muchacho que había venido a gritarle su paternidad. Sin comentar, un par de conocidos se acercaron a tomar con él en el mostrador. 

A partir de esa noche lo comenzamos a ver nervioso, confundido. Conversaba con uno, con otro. Indagaba, quería saber más. Varios días estuvo Ramón hablando de aquel joven que decía ser su hijo. Le apenó la muerte de la que fuera su esposa, sin embargo, en el café nos dimos cuenta que enterarse de la existencia del hijo le había aligerado el corazón. 

Una tarde lo encontramos más callado que nunca, abstraído en sus pensamientos. En el bar respetamos su silencio. La noche se había ido a baraja cuando pagó y salió caminando hacia la calle Laureles. Se detuvo frente a la casa de Carmencita. De entre los postigos de la ventana se filtraba, tenue, una luz. Alguien al pasar lo vio golpear la puerta de calle y esperar allí, confiado, el dictamen que, por segunda vez, le decretaba el destino.

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