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viernes, 12 de agosto de 2016

Solo un juego de niños






      Simón y yo crecimos en un pueblo de veinte casas con chacras y montes de eucaliptos, junto a una estación de ferrocarril abandonada. Éramos primos dos veces, su padre era hermano de mi madre y su madre hermana de mi padre.
      Casi todos los habitantes del pueblo éramos parientes,  y vivíamos de lo que el pueblo producía. En cada casa se criaban gallinas, pavos y patos.  Algunos vecinos tenían ovejas y otros cebaban cerdos, y para fin de año se mataban corderos, cerdos  y pollos y  se repartían entre todos.
      Sólo un vecino tenía dos vacas, de modo que la leche  para el día la mandaba el dueño de una estancia que quedaba del otro lado de la vía.
     Al principio íbamos a la escuela montados los dos en un petizo que se llamaba Majo. Simón adelante porque era el hombre y yo atrás tomada de su cintura. Al comienzo del tercer año el padre  le regaló un zaino oscuro patas blancas y en él íbamos los dos, siempre él adelante con las riendas y yo atrás, siempre abrazada a su cintura.
       Nunca entre nosotros se pronunció la palabra “novios”, pero Simón grabó su nombre y el mío  en el tronco de una higuera del fondo de mi casa, con un cuchillo de filetear que su padre, que era guasquero, le regaló en un cumpleaños.  
       Cuando cumplí los quince me trajo una pulsera de plata con una medalla en forma de corazón que  decía Tú y Yo  de un lado y Para toda la vida, del otro. A la semana siguiente mi madre le compró una pieza de crea al turco que todos los meses pasaba por el  pueblo,  y comencé a bordar mi ajuar. Para sus dieciocho le regalé la camisa y la corbata para la boda y él comenzó a trabajar en la ciudad del departamento.  Dejamos de vernos todos los días,  y Simón  comenzó a cambiar.
        Un día decidió quedarse a vivir en el pueblo porque  se cansaba de tanto viajar en moto cuatro veces por día. Fue espaciando las visitas a mi casa y yo comencé a extrañarlo y a llorar por él. Dejamos de  hablar de casamiento y al final me confesó que ya no me amaba.
       Que lo nuestro —dijo—, había sido sólo un juego de niños, que habíamos crecido y el verdadero amor era otra cosa.
     Seguí bordando mi ajuar porque creí que un día volvería a mí, pero no volvió. Tuvo otra novia en otro pueblo, y otra y luego otra.
     También los años pasaron para mí. Y una primavera me pidió en matrimonio  otro primo que tenía unas cuadras  de campo junto al río.
      Esa misma primavera volvió Simón al pueblo a pedirme que me casara con él. Cuando lo vi. entrar al patio de mi casa el corazón se me escapó del pecho. Estaba cambiado, tan buen mozo, tan bien vestido.
      Nos abrazamos en la mitad del patio y fuimos por un momento aquellos niños que jugaban al amor: la niña que nunca terminó de bordar el ajuar, el niño que a punta de cuchillo dejó su nombre y el mío grabados en la higuera del fondo de mi casa.
     Me pidió perdón, dijo que me amaba y había vuelto para casarse conmigo. Que  había alquilado una casa en  el pueblo.  Dijo todo lo que por mucho tiempo esperé que me dijera varios años atrás. Pero habíamos crecido y el amor no es un juego. No podía engañarlo, le contesté que ya no lo amaba y que para el próximo otoño me casaría con Andrés.
    Creo que le costó entender. Nunca se imaginó que no aceptaría su propuesta de matrimonio y  menos aún que estuviese de novia con otro hombre. Ante su desconcierto hubiese querido explicarle que ya no éramos los mismos, contarle de mi dolor cuando me dejó, el tiempo que me llevó tratar de olvidarlo, pero no encontré las palabras. Lo acompañé hasta la puerta cuando se fue, al llegar a la esquina se volvió para mirarme.
      Ese otoño me casé con Andrés, luego de unos años vendimos el campo y nos fuimos a vivir a Montevideo.
      El pueblo de las veinte casas ya no existe. Ni existen las chacras, ni los montes, ni la estación del ferrocarril.  Todo lo borró la producción de soja. Sólo la pulsera de plata había quedado como recuerdo, pero una de mis hijas la encontró una tarde en uno de los cajones de mi mesa de luz,  le puso un dije que representa un delfín,  y se la llevó.
      Quedó sobre la mesa de luz la medalla en forma de corazón con el Tú y Yo  y el Para toda la vida,  como único testigo de  aquel primer amor que no pasó de ser, más que un juego de niños.

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