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martes, 29 de mayo de 2018

Martina

 

Capítulo XV, de la novela: "Detrás de los ojos de la mama vieja"

Un día de 1888, después de proclamada en Brasil la ley que abolía la esclavitud, Carmela le contó a Martina la verdadera historia de Eulalia y el motivo que tuvo para no decírselo antes. La morena, aunque amaba a su madre adoptiva, sintió una alegría que no pudo disimular. Carmela y Juan siguieron, por cierto, siendo para ella sus verdaderos padres; y Mauro y Dionisio sus hermanos muy queridos. De todos modos, desde entonces, al espíritu de Eulalia se encomendaba cada día.

Ramón y Martina conformaron un matrimonio unido por fuertes lazos. Tuvieron tres hijos en los primeros años de casados que le dieron firmeza y seguridad a la pareja. Martina aprendió pronto los quehaceres de una casa de campo. A ordeñar, elegir una buena gallina para el puchero, alimentar a los cerdos y a los pollos. Amasar el pan para el horno de barro y cultivar las flores en el jardincito de la entrada misma de las casas.

Fueron tal vez, diez, los años que vivió feliz en su casa de Caraguatá.

En 1897, Ramón marcha otra vez a la guerra. Queda sola, en medio del campo, con sus hijos y don Pedro, que pasó a ser su apoyo, su paño de lágrimas; presto siempre a escuchar sus dudas, sus miedos. Quien la contuvo en los largos días de angustia, en que no tuvo noticias de Ramón. Quien la ayudó a conservar la fortaleza, aún ante la adversidad, pues no debía olvidar que tenía tres hijos por quien luchar y seguir firme para criarlos y enseñarles el camino de la rectitud que guiaría sus pasos hacia sus vidas futuras. Martina escuchaba al viejo que la confortaba con palabras sencillas dichas con cariño y mesura. Cada día que pasaba agradecía su compañía pues, en los momentos en que se encontraba muy deprimida, sólo su voz apaciguadora lograba resarcirla de tanta desazón.

Mientras, se libraban las batallas de: Tres Árboles, Arbolito, Cerro Colorado y Cerros Blancos. En aquellos meses interminables Martina pasaba días y noches atisbando el campo que rodeaba la casa. Cansados los ojos y el alma de mirar a lo lejos y en todas direcciones, pues nunca se sabe de dónde o por dónde volverá un día, si vuelve, un soldado de la guerra.

Un atardecer, por fin, descubre por el camino a lo lejos, la silueta de Ramón en su alazán estrellero. Corre a través del campo, con el corazón golpeándole el pecho, hasta alcanzarlo y él la toma por la cintura y la sienta en la grupa. Martina, vuelta a la vida, llora de felicidad apoyando su mejilla en la espalda del hombre de regreso de una guerra, que no será la última.

Las primeras estrellas comienzan a asomarse en lo alto. Curiosas.

Durante los siguientes seis años vivieron una paz relativa. Los hijos fueron creciendo, el amor de ellos se afianzó, y el campo renacía en cada primavera.

En 1903 Aparicio Saravia volvió a levantarse en armas contra el presidente Batlle y Ordóñez. Ante el estallido de 1904 Ramón fue llamado a filas.

Martina esta vez decidió seguir a su hombre. No volvería a vivir los días y las noches de desasosiego que en 1897, estuvieron a punto de hacerle perder la razón. Quedó don Pedro encargado de la casa.

Dejó a sus hijos en Melo con su madre y, de botas, bombacha y sombrero a la cara, junto a otras mujeres, siguió al ejército de Batlle para cocinar, atender a los heridos y poder así estar cerca de Ramón.

Vivió en ese entonces, agónicos días de guerra y ratos de amor robados al cansancio y a la vigilia incierta. Acompañó a su marido en la batalla de Mansavillagra; estuvo presente, con él, en Fray Marcos. Y en Tupambaé vio en batalla caer a su Ramón.

Al imaginarlo herido dejó escapar un grito de su garganta, que acuchilló el aire espeso, mientras se lanzaba en medio del combate a rescatarlo. Metiéndose entre los hombres caídos y las patas de los caballos, las balas que silbaban y el chairar de los sables; entre el olor a pólvora y a sangre arrastró a su hombre hasta un claro, dándole ánimo con sus gritos destemplados. Él la dejaba hacer sin dejar de mirarla.

Martina lo recostó como pudo y con sus dos manos le abrió la chaqueta del uniforme. Ramón tenía el pecho destrozado. La seguía mirando desde muy lejos, tras una nube que enturbiaba su pupila, más allá del silencio.

De regreso, Martina fue a Melo en busca de sus hijos. Tenía entonces un embarazo de seis meses. Ya en su casa de Tacuarembó, cumplidos los nueve meses de gestación, dio a luz una niña a la que llamó Juana.

Tenía cumplidos treintainueve años de edad.

Eran los últimos días de 1904. Presidía la República José Batlle y Ordóñez.

Ese setiembre, para Aparicio Saravia, había pasado su Masoller.

Ada Vega, 2014

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