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sábado, 12 de octubre de 2024

Hotel Empire

 



 



El Empire estaba en la Ciudad Vieja, cerca del puerto. Era un hotel de principios del siglo XX, de dos plantas y ventanas mirando el mar. A la entrada, junto a la recepción, había un juego de sala tapizado en brocato celeste y dorado, una mesa con tapa de mármol, un televisor y una biblioteca. Hacia el fondo, en el segundo patio, se encontraba el comedor con una mesa oval, doce sillas de estilo, tapizadas en gobelino, y un trinchante de cuatro puertas de vidrios biselados y fondo de espejos, donde se guardaban la loza fina y las copas de cristal.


Todas las habitaciones quedaban en el primer piso, hacia donde se subía por una escalera de mármol blanco con barandal de hierro forjado. Eran habitaciones muy amplias: con juego de dormitorio, cortinados, alfombras, cuadros en las paredes y lámparas.
Desde las ventanas se veía el mar y la escollera, y en las noches de verano todo el cielo enorme y estrellado. En los días de tormenta el mar crecía y se elevaba en olas que sepultaban la escollera, como si quisieran llevársela consigo. Después, cuando la lluvia amainaba, comenzaba a surgir hacia la superficie como el lomo de una enorme ballena.

Era, aquel, un barrio de inmigrantes donde en la calle jugaban juntos, niños judíos, negros y criollos. Hijos de gallegos, de armenios y de italianos.
En la cuadra había un almacén, una panadería y un taller de calzado. Una escuela cerca y el Mercado del Puerto, donde se compraban la carne, el pescado del día, y las frutas y verduras.

II

En aquellos días nosotros vivíamos en un barrio de calles empedradas y veredas con Fresnos. Teníamos una casa espaciosa con jardín al frente y terreno hacia el fondo con una glorieta bajo los árboles, rodeada de rosales y maceteros con flores.
Cuando murió mi madre, después de acompañarla al cementerio, mi padre no quiso volver a la casa y decidió irse conmigo a pasar unos días en algún hotel. Así llegamos al Empire por unos días, y nos quedamos seis años.

El dueño del hotel se llamaba Genaro vivía allí con su esposa María, encargada de la cocina, y una hija llamada Angelina que llevaba los libros y atendía en la recepción.
Los primeros días en el hotel fueron una novedad para mí que vivía en una casa hermosa, pero no tenía amigos. Tampoco teníamos perro, ni gato ni pájaros.

La tarde que llegamos al Empire caía una llovizna aburrida y triste. A penas entramos al vestíbulo a la primera persona que vi fue a David, un niño de mi edad, sentado en un sillón de la sala mirando la televisión. Nos miró sin interés y siguió viendo la pantalla. Mi padre pidió una habitación por una semana y luego de firmar un libro subimos con Angelina y David, que también nos acompañó.

Al llegar, la joven abrió la habitación nos dejó instalados y anunció que en media hora servirían la merienda. Mi padre le explicó que iba a descansar un rato y que bajaría para la cena, entonces ella me tomó de la mano y dijo que tomaría la merienda con David y me cuidaría hasta que él bajara.

III

David vivía frente al hotel con sus padres y el abuelo Adad, que tenía una tienda en la calle Colón donde también trabajaban sus padres. Todos los días, después de almorzar, cruzaba la calle y se quedaba con Angelina hasta que ellos regresaban.
Teníamos la misma edad, pero como él había cumplido seis años en febrero ese marzo pudo entrar a primero en la escuela del barrio. En cambio yo, como cumplo en mayo, comencé un año después. De modo que en la escuela siempre me llevó un año de ventaja.
Cuando llegué a sexto grado David entraba al liceo. Y cuando terminé sexto nos fuimos con mi padre de la Ciudad Vieja, y volvimos a nuestra casa del barrio de calles empedradas y veredas con Fresnos. No obstante, en los seis años vividos en el Hotel Empire, David estuvo siempre presente. Fueron años de una infancia feliz, donde compartimos juegos mientras nos asomábamos confiados a un mundo desconocido.

IV



Dos días después de nuestra llegada al hotel mi padre me dejó con Angelina para dar una vuelta por nuestra casa, a fin de recoger algunas cosas que necesitábamos. Ese próximo lunes debía volver a su empleo y había descubierto que desde el hotel, el Banco le quedaba solo un par de cuadras. De manera que sin pensar nos fuimos quedando. Yo, porque me sentía feliz con la novelería de vivir en un hotel, y con el montón de amigos que en pocos días había hecho. Y él porque se encontraba cómodo, distendido.
Todos los días salía a caminar. A veces por la rambla, otras veces se dirigía directamente a Linardi & Risso a revolver libros, para volver siempre con algún texto bajo el brazo.
Y el tiempo fue dejando caer, en aquel barrio, las hojas de los otoños.

Un día, para hacer nuestra estadía más interesante, sucedió un hecho imprevisto. En una de las habitaciones al fondo del corredor de la planta alta, se alojaba un alemán que había llegado una noche en el Julio César, que al desembarcar se dirigió directamente al Hotel Empire.

Como equipaje traía una valija y una caja con libros. Era un hombre fornido, de estatura mediana. Canoso. Usaba lentes y vestía siempre de traje. Un hombre común que pasaba inadvertido. Sin embargo una noche, cuatro hombres irrumpieron en el hotel. Dos quedaron abajo y dos subieron hasta su habitación y se lo llevaron, a punta de revólver, en un auto que los esperaba en la puerta. Cuando llegó la policía revisó la habitación, se llevó algunas cosas y cerró con llave prohibiendo abrir hasta nueva orden.

Nunca más se supo de él. Ni los diarios, ni la televisión dieron cuentas del hecho. Sólo los padres y el abuelo de David fueron indagados más de una vez, quienes aseguraron no conocerlo ni saber de su existencia.

V


Los únicos datos aportados por el alemán a su llegada al hotel, fueron su nombre: Egbert Krumm y que esperaba a alguien que vendría desde Europa. Por lo demás, todos coincidieron en que era un hombre muy callado, no se relacionaba con nadie, sus salidas eran para recorrer librerías y volver con dos o tres volúmenes cada vez. También opinaron que, para evitar encontrarse con los demás huéspedes, era el primero en bajar al comedor. Algo que tampoco llamaba la atención pues los habitantes del hotel eran cambiantes, con excepción de mi padre y yo, nadie se alojaba por más de un mes. De modo que ningún huésped llegó a conocerlo, y menos aún hacer amistad.

Como la habitación había quedado desordenada, Angelina preguntó a los policías qué hacía con los libros, y le contestaron que ella se hiciera cargo. Por lo tanto llamó a mi padre para que la ayudara a buscarles una ubicación. Cuando comenzaron a ordenarlos les llamó la atención que todos versaban sobre viajes. Viajes al Mato Groso y el Amazonas; a la Cordillera de los Andes; a Bolivia; al Paraguay y su parte selvática y así. De modo que decidieron dejarlos en la biblioteca de la sala.

Y allí quedaron, con excepción de los libros de la caja, seis libros de tapa dura escritos en alemán, que Angelina acomodó tal como vinieron del viejo mundo, debajo del mostrador de la recepción.

VI

Mi inserción en la familia de Angelina fue natural e inmediata. Mi padre desayunaba muy temprano, luego se quedaba en la sala a leer el diario y ver algún informativo en la televisión y después subía a despertarme.
Al principio, para que no desayunara solo, Angelina me llevaba a la cocina donde estaba María y desayunaba con ella. Después, a medida que se sucedían los días, bajaba solo y me dirigía a la cocina por mi cuenta.

Ese invierno pasó sin sentirlo, todas las tardes venía David o iba yo a su casa. En esas idas y venidas fui conociendo a sus amigos, y para cuando llegó la primavera sabía los nombres de todos. Pero fue ese diciembre, cuando terminaron las clases de la escuela y todos los chiquilines salían a jugar, que me alegré de verdad por haber ido a vivir a ese barrio.

Jugábamos al fútbol en la calle, y algunas veces íbamos a la casa de inquilinato de la otra cuadra a ver a los morenos que, cada tarde al ponerse el sol, cantaban y tocaban tambores.

VII

Al acercarse la Navidad toda la cuadra era alegría. Desde la mañana nos reuníamos a jugar en la vereda, mientras los vecinos iban y venían haciendo las compras para esperar la Noche Buena.

Aquellas fiestas navideñas donde los judíos comían Pandulce y festejaban con los cristianos el nacimiento de Jesús. Porque en el barrio, era sabido, que para las fiestas de fin de año éramos todos iguales. Sin embargo los cristianos, no recuerdo que alguna vez hayamos festejado con ellos, en los primeros días de septiembre, el comienzo del año judío.

La mamá de David horneaba para esos días un pan delicioso con miel, que se llama Jalá. Otras veces lo he comido con amigos en distintas partes del mundo, pero en ninguno he encontrado el sabor de la Jalá que comíamos con David, sentados en el pretil de la ventana de su casa, en la noche de Rosh Hashana.

VIII

En esos años que viví en el Empire conocí muchísima gente de paso. La mayoría del interior del país, personas que venían al Hospital Maciel por enfermedad, o a visitar algún pariente internado. También los que llegaban de vacaciones a visitar Montevideo y se alojaban por unos días.

Recuerdo que un invierno llegaron Sixto y Raquel, un matrimonio del interior del país. La señora, que se encontraba próxima a dar a luz, venía para el Maciel, pero al llegar le comunicaron que en maternidad no había cama disponible hasta el día siguiente, de modo que se instalaron en el hotel. Sobre la madrugada bajó Sixto a pedir que se quedara alguien con su esposa, pues se sentía mal, mientras él iba hasta el hospital a pedir ayuda. María y Angelina subieron de inmediato y comenzaron las subidas y bajadas por la escalera hasta que oímos el llanto del bebé que había nacido.

Cuando al fin llegó una enfermera, la beba se encontraba dormida en los brazos de la madre. Se quedaron una semana en el hotel. Antes de volver al campo la bautizaron en la capilla del Maciel y de nombre sus padres le pusieron: María Angelina.

Varias veces vimos a la niña y a sus padres, de visita. Muchos años después, supimos que María Angelina había venido a estudiar a Montevideo y se encontraba hospedada en el Empire. También supimos que fue profesora de la Facultad de Medicina y desde hace unos años, Directora de Pediatría del Hospital Maciel.

IX

Cuando estaba en quinto de escuela, un viernes de tarde llegaron al hotel una chica y un muchacho que venían de Buenos Aires, por el fin de semana.
Jóvenes, hermosos y enamorados. Pidieron una habitación, subieron, y no los volvimos a ver. El lunes Genaro les golpeó la puerta. Tanteó el pestillo. Creyó que dormían abrazados cuando, recostado a la lámpara, vio el sobre con la carta. Hubo una gran conmoción. Otra vez la policía, otra vez la indagatoria. Como en el caso de Egbert Krumm, nadie pudo aportar datos. Solo quedó entre los huéspedes del hotel un gran desconcierto y el dolor por aquella juventud que, vaya a saber porqué, no encontró otro camino, y eligió Montevideo para cometer suicidio.

X

El episodio del alemán nunca le terminó de cerrar a Angelina. Ella creía entrever un enigma entre el rapto y sus libros. Durante años buscó y rebuscó entre aquellos textos una marca, una palabra escrita al dorso, una señal que la llevara a descubrir vaya a saber qué. Los leía una y otra vez, revisaba minuciosamente las hojas, releía los títulos tratando de descifrar un oculto acertijo, que nunca encontró. Mientras tanto se casó, tuvo hijos, y los hijos le dieron nietos.

También yo terminé de estudiar, me casé y me fui a vivir a Barcelona. Mi padre no volvió a casarse, vivió solo en la casa rodeado al fin, de libros, perros y gatos.

XII

La amistad con David se profundizó con los años, también él se casó y se fue de aquel barrio de la Ciudad Vieja. Cuando voy a Montevideo es con quién primero me encuentro, cuando él viaja y viene a España no se va sin venir a mi casa. Hoy David es un señor importante en el mundo de los negocios, pero para mi nunca dejó de ser aquel niño que conocí el día que enterramos a mi madre, sentado en la recepción del Hotel Empire mirando dibujitos en la televisión.

Fue él quien me contó que Angelina después de buscar signos en los libros que compraba el alemán, decidió revisar los que trajo de Alemania. Un día se puso a observar con detenimiento uno de aquellos tomos y, como siguiendo un instinto, con la punta de un cuchillo, fue cortando todo el borde de la encuadernación.
Nuevos, como recién salidos de máquina, encontró miles de dólares americanos repartidos en las tapas y contratapas, de los seis libros. Una verdadera fortuna que estuvo allí, esperándola, más de cincuenta años.

XIII

El hotel ya no existe. Hace muchos años lo derrumbaron para levantar un edifico de apartamentos de diez pisos y enormes ventanales.

Cada tanto, cuando nos encontramos con David, recordamos nuestros días en aquel barrio de inmigrantes que habían llegado del viejo mundo, cargando sus dioses y sus idiomas. Huyendo de guerras, ultrajes y miserias.
En la calle angosta donde en primavera remontábamos cometas, jugábamos con los trompos y la pelota de goma. Que cada diciembre recorríamos pidiendo un vintén para el Judas que quemábamos en Noche Buena, en el campito junto la rambla.
La calle del Hotel Empire, refugio de mi niñez sin mamá, que guardo como el más entrañable capítulo de mi vida en aquel Montevideo lejano, que siempre espera mi vuelta bajo el amparo de la Cruz del Sur.




Ada Vega, año edición 2014

viernes, 11 de octubre de 2024

Cartas para Lucía









Si de algo careció Lucía a los veinte años fue de gracia, belleza. Sensualidad. No era, ni cerca, como las muchachas que al atardecer paseaban del brazo por la plaza, y al cruzarse con los jóvenes del pueblo bajaban los ojos con recato.
Ni como las empleadas de la fábrica “Las Marías” seis cuadras después del puente, que en cada turno circulaban en grupos vestidas con overoles azules, comiendo maníes tostados en cucuruchos de papel de diario. Siempre alegres, y sonriendo con picardía a los muchachos que al pasar las piropeaban.
Recién cumplidos los diez años, Lucía quedó huérfana de padre y con solo quince años perdió a su madre, quien al morir, dejándole la casa de herencia y una pensión de por vida, le delegó la tarea de velar por sus hermanos.
En esos días de luto —según dijo—, para acompañarlos y darles una mano, llegó una tía a vivir con ellos hasta que pudieran arreglarse solos.
La tía que vino por un tiempo no aportó ni trabajó nunca, molestaba más que servir para algo, y recién se fue de la casa cuando años más tarde la parca se la llevó.
De manera que Lucía, con sus quince años y mientras sus hermanos terminaban de criarse, cargó con la casa y se dedicó a lavar, limpiar y cocinar para todos. Así lo hizo mientras la tía tejía y miraba televisión y los dos varones, terminados sus estudios, se pusieron a trabajar.
Siempre había pensado en dedicarse un poco a ella cuando sus hermanos se casaran o se fueran de la casa. Pero los muchachos resultaron reacios al matrimonio y permanecieron aferrados a la casa paterna y a su alma.
Los años inclementes fueron pasando. Las hojas del almanaque se llevaron su juventud y con ella la esperanza de encontrar el amor. Si bien es cierto que nadie nunca le pidió matrimonio, también es cierto que ella, desde su ostracismo, nunca miró hombre alguno. De modo que al cabo del tiempo se fue convirtiendo en una mujer gris. Con una grisura que afloraba desde su interior. Despojada de toda coquetería, su feminidad se reducía a mantener la pulcritud de su persona. Ajena al uso del maquillaje, peinaba su cabello negro y lacio recogido en un moño sobre la nuca. Consciente o no, logró que su paso por la vida pasara inadvertido.
Fue así que un día, a fin de vencer la soledad y el encono que le producía el haberse convertido en la solterona del pueblo, comenzó a recibir y contestar cartas de un misterioso enamorado creado por su imaginación. Enamorado que fue perfeccionando tanto en sus misivas que un día se le apareció en cuerpo y alma. Sin darse cuenta había dejado pasar la juventud, los días en que el Amor se respira en el aire. Lucía nunca se cruzó con él, y llegó a la plenitud de su vida sin amor y sin sexo. De todos modos, un día entendió que no era demasiado tarde y se dispuso a buscar y encontrar al hombre que, según ella, estaba esperándola en alguna parte. Carente de afecto y de ternura, necesitaba sentirse amada y deseada por un hombre. Entonces recibió la primera carta:
Srta. Lucía:
Usted no me conoce. Soy un hombre que desde hace mucho tiempo está enamorado de usted. No he tenido oportunidad de hablarle a pesar de habernos cruzado muchas veces, por ese motivo le escribo esta carta.
Me llamo Albérico Alonso, tengo 58 años y soy viudo. No tengo hijos. Vivo en el Nro. 3520 de su misma calle. Me gustaría que nos encontráramos para conversar. Contésteme por favor. Deme la oportunidad de conocerla. Ya sabe mi dirección. Afectuosamente
Albérico Alonso
La carta con su nombre y dirección se encontraba en el buzón de la entrada, cuando uno de los hermanos al volver del trabajo la encontró.
—De quién es —le preguntó al entregársela.
—Cómo voy a saber si aún no la he abierto —le contestó
Leyó con tanta emoción como si aquella misiva fuese en realidad de un extraño, y sintió que el corazón latía como alocado. Esperó un par de semanas y contestó:
Sr. Albérico Aloso
De mi mayor consideración:
Hace unos días recibí su carta. He dudado mucho en contestarla. No sé si es una broma o usted realmente existe. No sé quién es, no he intentado averiguarlo pese a dejarme sus datos y dirección.
Desconozco a qué o a quién estoy enfrentándome, pero créame que ha despertado mi curiosidad. No sé de qué pudo usted enamorarse, como dice.
Tengo en mi habitación un gran espejo que diariamente me recuerda que no soy joven ni hermosa. Le agradezco sus conceptos, pero no pienso que vernos resuelva esta extraña situación. De todos modos lo saludo atte.
Lucía Rivero
Cerró el sobre, escribió la dirección que le dejara Albérico y la guardó junto a la primera carta que hizo y recibió.
A los pocos días una nueva carta aguardaba en el buzón.
Cada carta que recibía iba transformando su carácter y su presencia. Se la veía más alegre, más cuidada. Feliz. Casi hermosa. Esa relación escrita se mantuvo poco más de un año. Los hermanos, que creían que efectivamente las cartas las enviaba un admirador, no entendían por qué Lucía se negaba a conocer al hombre que, según ella misma contaba, era una persona de bien. Mientras las cartas, atadas con una cinta roja, se fueron sumando guardadas en un cajón de la cómoda.
Un día Lucía comenzó a no saber con exactitud dónde dejaba los lentes, el monedero, los recibos para pagar las cuentas de la casa. A sentir inseguridad para caminar. De todos modos seguía escribiendo y recibiendo cartas. Hasta el día que Albérico se presentó en su casa.
Se encontraba preparando la cena para sus hermanos que aún no habían llegado, cuando oyó el timbre de la puerta de calle. Se apresuró a abrir y allí se encontraba Albérico.
—No podemos seguir así —dijo el hombre—, no somos niños. No tenemos la vida por delante. ¡Quiero que vivamos juntos!
Lucía lo invitó a entrar. Conversaron mucho, hasta la media noche. Desde entonces todos los días llegaba el hombre a conversar y hacer proyectos. A veces de mañana, otras al medio día. Y muchas veces de noche en que se escuchaba la voz de Lucía en continuo coloquio, hasta entrada la madrugada.
Decidieron vivir juntos y para siempre cuando los hermanos, luego de varias consultas médicas, la internaron en un sanatorio para enfermos mentales. Albérico se fue con ella. Vivieron juntos hasta la mañana del invierno aquel, en que Lucía no despertó.


Ada Vega, año edición 2010

jueves, 10 de octubre de 2024

Suele suceder





La carta que aquella mañana recibió doña Adela venía de Suecia. Casi todos los meses, el cartero traía una carta de alguno de sus hijos que andaban por el mundo. Cuando el hijo mayor se fue a Suecia, ella trataba de imaginar cómo sería ese país tan lejano y desconocido. Nunca tuvo la idea exacta de donde quedaba. Le dijeron al norte de Europa. Pero Europa es tan grande...Si se hubiese ido a España, a Italia o quizá a Francia. De esos países tenía idea. Sabía que estaban, ahí no más, cruzando el Atlántico.

Estocolmo. A Estocolmo se fue el mayor. Dicen que allá hace mucho frío. Cae nieve. Y cuando nieva todo queda cubierto de un gran manto blanco. Como en las películas, mamá. Como en las películas de Navidad, sabés. Se sentó en un sillón del patio a leer la carta. Después de leerla se quedó largo rato con ella en el regazo, perdida su memoria en un pasado ya lejano. Suspiró reclinándose en el sillón.
La mañana luminosa de enero avanzaba desperezándose, hacia un mediodía bochornoso de un verano desparejo. En el jardín, el aroma tímido de la madreselva. El gato relamiéndose al sol y el ayer volviendo a su presente. Por ahí andaría su marido, regando el jardincito o limpiando las jaulas de los dorados. No hay apuro por anunciar la llegada de la carta. Más o menos, todas dicen lo mismo. Sus hijos deben ser felices. En las fotos siempre sonríen.

Doña Adela y don Juan se habían casado hacía más de cuarenta años. Criaron cinco hijos: cuatro varones y una niña. Los recuerdos invaden su memoria. Fueron años de mucho trabajo para criar a sus hijos. Privándose de muchas cosas para que los muchachos estudiaran. Aún le parece verlos corriendo por el patio o escondiéndose detrás de la Santa rita. Sonríe al recordar.
Los tres mayores terminaron sus estudios y se recibieron. La niña apenas terminada la secundaria se casó con el secretario de un diplomático y se fue a vivir a España. No ha vuelto al Uruguay. Su marido viaja mucho y ella lo acompaña. Tiene dos niños nacidos en Madrid, pero los abuelos aún no los conocen. En las cartas siempre promete que: “En cuanto pueda voy a ir a verlos”. Besos y fotos, para que vean lo bien que viven.

Los varones mayores son Ingenieros de Sistema. Se fueron hace unos años contratados por una empresa sueca. Primero se fue el mayor, al poco tiempo llamó al segundo para trabajar con él en la misma compañía. Antes de terminar el contrato se casaron por lo que decidieron radicarse en Suecia. Trabajan mucho y ya tienen hijos. Nunca volvieron. En las cartas recuerdan que: “En cualquier momento estamos por ahí”. Besos y fotos, para que vean lo bien que viven.
El tercer varón se especializó en motores de barco y se fue a Estados Unidos a probar fortuna. Tuvo suerte, trabaja en una empresa naviera muy importante que le ha permitido viajar por el mundo. Vive en Los Ángeles. Se casó, hace ya varios años, con una norteamericana y no ha vuelto al país. No escribe muy seguido. Cuando lo hace, en las cartas dice que: “En cuanto tenga un tiempito me doy una vuelta para verlos”. Besos y fotos, para que vean lo bien que viven.
A doña Adela le gusta recordar el tiempo en que eran todos niños. No dieron trabajo. Eran buenos chicos.


El problemático fue Jorge, el menor. Con él sí pasaron las mil y una. Vivía en la calle. Era peleador, artero, no quería saber de ir a la escuela. Andaba con el guardapolvo sucio y la moña desatada. No cuidaba los libros ni los cuadernos y nunca sabía donde había dejado el lápiz.
Los tres varones más grandes fueron siempre aplicados y estudiosos. Los amigos y los maestros los felicitaban por esos hijos. La niña, no tan brillante como sus hermanos, fue también buena alumna y buena hija. Cuando Jorge entró a la escuela los mayores estaban en el liceo. Desde muy niño fue independiente y no le gustaba estudiar. Vivía con el ceño fruncido ideando siempre alguna diablura. Tan distinto era a sus hermanos que los maestros llegaron a pensar que Jorge era adoptado. Amigos y maestros los compadecían por ese hijo, presagiando para el chico un futuro amargo.

En aquel entonces José trabajaba en una fábrica y Adela cosía camisas para un registro. Cuando Jorge salió de la escuela, no hubo forma de hacerlo ir al liceo ni de que aprendiese un oficio. Se dedicó a vagabundear. Se hizo dueño de la calle ante la constante preocupación de los padres, temiendo siempre que algo malo le sucediera. Un día llegó con una novedad: había conseguido trabajo. Un reparto de diarios. Estaba feliz. Los padres decidieron aceptar la situación, pues ¡qué le podía durar a Jorge un trabajo! Resultó el desconcierto total. Madrugaba tanto para ir a buscar los diarios que a la madre le dolía. Lo veía por las noches manipular un enorme despertador, cuya campana lo despertaba sí o sí y se levantaba al alba, antes de salir el sol.

El trabajo de Jorge fue en realidad de gran ayuda. Con los hermanos estudiando el sueldo de Juan no se veía y el registro que le daba trabajo a Adela, hacía unos meses que había cerrado. Jorge todos los días le entregaba al padre el dinero que le pagaban por su trabajo. A Juan, el primer salario de su hijo de trece años le quemó las manos. Sintió tal emoción, que abrazó al chico sintiéndolo todo un hombre. Desde entonces Jorge fue, para los padres, un apoyo invalorable. De manera que, comprendiéndolo, decidió progresar. Juntó plata, pesito a pesito y se compró un reparto. Tomó dos chicos para ayudarlo y comenzó a repartir diarios de mañana, de tarde y de noche. Sin darse cuenta se había convertido en patrón. Redobló esfuerzos, trabajando y ahorrando logró abrir, en una de nuestras principales avenidas, un gran puesto de diarios y revistas.
La situación económica de la casa se había estabilizado. Por ese entonces, el corazón de Juan comenzó a anunciar su cansancio. Jorge le pidió al padre que dejara la fábrica y se jubilara, él ganaba lo suficiente y ya era hora de que el viejo descansara un poco.
Cuando los hermanos mayores, terminados sus estudios, pudieron ayudar a mantener la casa, se fueron. Suele suceder.
Jorge nunca se separó de sus padres ni piensa hacerlo, vive allí con ellos. Un día también se casará y tendrá su propia familia, pero ellos saben que siempre van a poder contar con él. Estos días lo hemos visto emocionado y feliz. Acaba de comprar, para sus padres, la casa donde viven, donde nacieron los cinco hijos. Los viejos aman esa casa.

Doña Adela recuerda cuando eran todos chicos. No dieron trabajo, eran buenos niños. El problemático fue Jorge, el menor. No hay apuro por anunciar la llegada de la carta, más o menos, todas dicen lo mismo. Sus hijos deben ser felices. En las fotos, siempre sonríen.

Ada Vega, edición 2011

lunes, 7 de octubre de 2024

Añoranzas





A mi hermano Venus Dardo, que ya no está.

De un tirón firme en la chaura, dejó al trompo bailando sobre la cuadriculada vereda gris. Permaneció un momento observando sus giros y balanceos, y luego se arrodilló, arrimó su mano con el dorso hacia abajo hasta lograr que el trompo, al girar, subiera entre los dedos y se durmiera bailando en la palma de su mano. Entonces se puso de pie y levantó la mano a la altura de los ojos, mostrando a los otros chiquilines que lo rodeaban, su pericia en el arte de dominar aquel pequeño trozo cónico de madera que seguía bailando frenéticamente ante su cara risueña.

Erguido como un rey ante sus súbditos mostrando su trofeo. Orgulloso como un dios pagano, allí estaba de pie, con sus nueve años avasallantes, sus pantalones cortos y la honda en el bolsillo de atrás; riéndose con su cara toda, su boca de dientes pequeños, sus ojos verdosos y aquel mechón de pelo rebelde que le caía sobre la frente. Era un capo entre los botijas del barrio. El que remontaba más alto las cometas. El que mejor jugaba al fútbol. Había que verlo pelear a la salida de la escuela, cuando cortaba en el recreo con alguno de sexto. Era inteligente, pero muy diablo. Aquel año, no terminó quinto. Un día que por segunda vez no llevó los deberes, la maestra le dijo:

—Imbécil, y él le tiró con un tintero. Lo expulsaron. Dijo la Sra. Directora que era un niño muy díscolo. Que su comportamiento era un mal ejemplo para sus condiscípulos. Que perdone señora, pero su chico necesita un colegio especial, donde lo puedan reeducar. Que era un niño muy malo y usted no va a poder con su vida. Adiós señora, y que Dios la ayude, lo va a necesitar.

La mamá no le contestó, ella sabía que no era malo. Era bandido. Callejero. Pero no era malo.



Se fueron juntos de la escuela, callados, ella cada tanto suspiraba, él la miraba a hurtadillas queriendo abrazarla y decirle cosas como:

—Mamá te quiero mucho, no te pongas triste, yo, yo a veces no sé por qué me porto mal, no sé, yo quisiera ser el mejor de la clase, el mejor del mundo para que vos estés contenta, pero no sé qué me pasa mamá, de repente me entra como una viaraza... ¿me vas a poner en un colegio especial? ¿Qué es un colegio especial, mamá?



Todo eso hubiera querido decirle a la madre, pero caminaba callado con la moña desatada y la cartera colgada al hombro. Cuando llegaron a la casa la madre le acarició la cabeza y le dijo:

—Andá, sacate el guardapolvo y lavate la cara y las manos que vamos a comer. Hice un guiso con dedalitos y le puse choclos, como a vos te gusta, andá. Y él se puso a llorar. La madre mientras ponía la mesa pensó en voz alta:

—¡Pobre Sra. directora, sabrá mucho de alumnos, pero de hijos no sabe nada!



Al año siguiente la madre lo puso en la escuela de varones, porque la escuela hay que terminarla, para no ser un burro, sabés. Hizo quinto y sexto. Cuando estaba en sexto, una tarde lo llevaron preso. Estaba jugando al fútbol en la calle con otros gurises, algún vecino rasqueta llamó a la policía y vino un guardia civil en una moto con sidecar, lo encontró justo a él con la pelota en la mano.



Cuando la madre se enteró y llegó a la comisaría ya lo habían pasado para el asilo. Ella le preguntó al comisario si los milicos de esa comisaría no tenían más nada que hacer, habiendo tantos ladrones sueltos, que llevar preso a un menor que jugaba a la pelota frente a la puerta de su casa. El comisario pasó por alto el comentario y le dijo que fuese a buscarlo al asilo, que un policía la iba a acompañar. Ella desde su dignidad le dijo:

—No se moleste, yo voy sola, no necesito acompañamiento.



El tranvía la dejó ante la puerta del edificio donde se leía: “Mi padre y mi madre me arrojan de sí, la piedad cristiana me recoge aquí”. Habló con el director y sin darle tiempo a solucionar el problema, salió nerviosa de su oficina, cruzó un patio embaldosado, buscó al hijo con premura y cuando lo vio lo tomó de un brazo y lo sacó en vilo.

—¡Manga de energúmenos! murmuró al pasar, pero al llegar a la puerta de salida se dio cuenta que el personal del asilo no tenía nada que ver y antes de salir se disculpó ante el director:

—Disculpe, estoy muy nerviosa.

—Vaya señora, vaya, le dijo el director, y a él:

--Portate bien.

Se volvieron en el tranvía, la madre preocupada porque tenía que terminar un vestido para el día siguiente y él abrazado a ella prometiéndole el oro y el moro y antes de llegar, recostado a su hombro, se quedó dormido.

Una tarde de ese verano, mientras le probaba una blusa a una clienta, él entró de la calle por la puerta del fondo, llegó al comedor y le dijo a la madre: Mamá, y cayó desmayado. Traía un brazo chorreando sangre y un hueso expuesto, blanqueando hacia afuera. Se había caído jugando al fútbol en el campito y así se vino agarrándose el brazo y perdiendo sangre por el camino.



Cuatro cuadras corrió la madre hasta el teléfono más próximo para pedir una ambulancia. Esa noche lo operaron de urgencia. Lleva desde entonces una cicatriz con forma de T, en su brazo izquierdo. Siguió jugando al fútbol por todos los barrios de Montevideo y también en el interior. La madre quería que estudiara, hay que prepararse para el futuro. Lo anotó en la Escuela Industrial. Pero él era wing derecho.

—¡Qué sacrificio Dios mío! ¿Qué voy a hacer con este muchacho? ¿Qué te va a dar el fútbol me querés decir? ¡Te vas a morir de hambre, yo no voy a vivir para siempre!



Una tarde paró un auto frente a la casa, golpearon a la puerta y un señor le entregó a la madre una tarjeta con el escudo de Peñarol. Lo habían visto jugar y lo esperaban para practicar el jueves de mañana. Ella no entendía ni quería saber de cuadros de fútbol. Le bastaba con saber que debido a ello, el hijo había estado preso, se había quebrado un brazo, y vaya a saber cuántas cosas más que mejor que ella ignorara.



Cuando llegó el muchacho la madre le dio la tarjeta y le comunicó lo que había dejado dicho el hombre. Que hiciera lo que a él le pareciera. El miró la tarjeta amarilla y negra y dijo:

—¡Ta loco! ¿A Peñarol voy a ir a practicar? ¡Ta loco! Y la tiró a un costado. La madre no opinó. ¿Qué te va a dar el fútbol, qué te va a dar...?



De los cuatro hermanos eras el más arraigado al barrio, el más madrero, el que tuvo siempre más amigos. Y el predilecto de mamá.



Sin embargo un día fuimos todos a despedirte al aeropuerto. Un pájaro enorme te llevó al otro lado del mundo. Aquí se quedaron tus Cancioneras de Gardel, y las fotos de Atilio García. Y tu niñez y mi niñez, y tu adolescencia y mi adolescencia, y nuestra casa en el viejo barrio. Y allí estás, rodeado de chiquilines, con tus nueve años y el trompo de madera bailando en tu mano. Yo también estaba con ellos. Y me sentía orgullosa de mi hermano. ¡Qué inteligente! Qué hábil. Qué alto remontaba las cometas .Qué bien jugaba al fútbol.



¡Qué lejos te fuiste un día...!



Y hoy, que aquella niñez se ha perdido en el tiempo, que la juventud nos ha dejado de lado y disfrutamos ambos la alegría de ser abuelos, recuerdo tu primer pantalón largo y como tosías, cuando fumabas escondido tras los transparentes del fondo. 
                                                          
                                                                 FIN
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Ya no estás. Hubiese querido que envejeciéramos juntos. Pero sabés, la vida no logró separarnos, siempre fuiste mi ídolo, mi compinche... mi hermano.



Ada Vega, año editado 1995

sábado, 5 de octubre de 2024

La ventana indiscreta

 

  





Todos los días, al atardecer, pasaba el hombre caminando por la vereda de su casa. Lo vio una vez de casualidad, cuando sin pensamientos, observaba la calle desde la ventana del comedor. Para él ya era una costumbre. 

Le daba placer observar los sauces vetustos en las aceras, que dibujaban sombras sobre las casas bajas; el paso de los dos ómnibus de ida hacia el Centro; los transeúntes yendo y viniendo hasta entrada la noche; el caserío en derredor que comenzaban a encender las luces, ante la noche que se anunciaba.

Después de verlo más de una vez, comenzó a esperar su pasaje. Era un hombre simple, común. Ni joven ni viejo, ni alto ni bajo. Un hombre que podía pasar desapercibido en cualquier parte. Nadie podía jurar que lo había visto en una fiesta, en la parada del ómnibus, ni pasando alguna vez, por la puerta de su casa. Sin embargo, al atardecer del otro día, se encontraba de pie junto a la ventana como si supiera de ante mano, que el hombre volvería a pasar. Y así fue. Puntual, el hombre volvió a pasar.

Esta vez lo observó con atención: vestía traje gris, camisa sin corbata, zapatos negros; el cabello oscuro un poco largo. Le pareció que rengueaba. Por lo menos que arrastraba el pie izquierdo. 
Varios días vio pasar al hombre del traje gris hacia la parada del ómnibus, demorar un rato y sin subir a ninguno, volver sobre sus pasos. Comenzó a extrañarle ese comportamiento. Después se olvidaba de él se retiraba de la ventana y seguía con sus cosas.

En la acera de enfrente, casi en la esquina, estaba la mansión de los Quintela – Salerno. Un caserón de dos plantas de principios del siglo XX, habitado por un matrimonio mayor, padres de varios hijos que crecieron y, primero unos y luego todos, fueron abandonando el hogar paterno. 
La mansión tenía a la entrada, un living espacioso, un recibidor a la derecha con ventana a la calle y el escritorio a la izquierda, también con ventana a la calle. Después del living, había un comedor diario, la cocina, un baño social y una escalera hacia la planta alta donde se encontraban los dormitorios.

El señor Quintela había sido, años atrás, un empresario de mucho éxito. Después, retirado, su empresa pasó a manos de sus hijos. De modo que con su esposa vivían de rentas, en esa hermosa casa. Al atardecer se encendían todas las luces de la planta baja, a las nueve de la noche se apagaban y se encendían las luces de la planta alta. A las diez de la noche la mansión queda a obscuras con excepción de las luces del jardín. Todas las noches, de todos los días, como un ritual.

Un atardecer, cuando la curiosidad superó la inquietud de saber a dónde iba o qué hacía el hombre del traje gris, después de pasar por su casa, lo esperó en la puerta de entrada y lo siguió. El hombre se detuvo en la parada. Él también. Varias personas esperaban. Llegó un ómnibus y subieron varios pasajeros. Llegó el segundo y subió el resto. Las luces en la planta baja, de la casona de los Quinquela Salerno que estaban encendidas, se apagaron y se encendieron las luces de la planta alta. El hombre del traje gris cruzó la calle.

Esa noche las sirenas de los patrulleros despertaron a los vecinos del barrio. En la casona de los Quinquela Salerno se había cometido un robo y el señor Quinquela había sido herido. Según se dijo, el mismo dueño de casa explicó lo sucedido. Que ya se encontraban acostados con su esposa y a punto de dormirse cuando le pareció oír ruido en la planta baja. Que bajó de la cama y al bajar la escalera alcanzó a ver la luz de una linterna en el escritorio. Se dirigió allí y al encender la luz de la entrada, la persona que se encontraba dentro de la habitación lo golpeó en la cabeza con un objeto, que consideró, era una linterna. Él cayó al suelo y la persona huyó llevándose un sobre con dinero que había en un cajón del escritorio.

 La esposa fue quien al oír el ruido, desde el dormitorio llamó a la seccional.
El caso lo llevó el inspector Torreira, que opinó de entrada que el ladrón conocía muy bien la casa por dentro, y el movimiento de sus habitantes. En la mañana recorrió la casa, la entrada del frente, las ventanas y la puerta del fondo. Se detuvo en el jardín, observó las casas vecinas y sus ojos se detuvieron en la ventana de una casa de la acera de enfrente. Alguien tal vez allí podría haber visto algo. Dar acaso una pista.

De modo, que se dirigió a la casa y llamó a la puerta. Lo recibió un hombre muy amable, de mediana edad, que al presentarse el inspector lo hizo pasar. Le dijo que conocía al matrimonio Quinquela- Salerno de hacía muchos años. Que sí, conocía la casa por dentro. Había entrado muchas veces, pues era amigo de sus hijos desde que eran niños. No, en esos días no había visto nada anormal, nada que llamara su atención. No, esa noche tampoco, a la hora que ocurrió el robo él estaba durmiendo y la ventana estaba cerrada. Torreira se despidió, agradeció el haberlo recibido y quedó en que, tal vez, lo volvería a visitar. El dueño de casa le dijo que a las órdenes, lo acompañó hasta la puerta y quedó observándolo desde la ventana.

El inspector Torreira se retiró conforme. Una entrevista con muchas puntas. Un hombre de buena presencia, afable, educado. Seguro de sí. Contestó las preguntas como si las hubiese estado esperando. Comenzó a atar cabos. 
Le pareció que rengueaba. Por lo menos que arrastraba el pie izquierdo.


Ada Vega, edición 2020.

lunes, 30 de septiembre de 2024

Solo un juego de niños

 




Simón y yo crecimos en un pueblo de veinte chacras y montes de eucaliptos, junto a una estación de ferrocarril abandonada. Casi todos los habitantes del pueblo éramos parientes, y vivíamos de lo que el pueblo producía. En cada casa se criaban gallinas, pavos y patos. Algunos vecinos tenían ovejas y otros cebaban cerdos, y para fin de año se mataban corderos, cerdos y pollos y se repartían entre todos. Solo un vecino tenía dos vacas, de modo que la leche para el día la mandaba el dueño de una estancia que quedaba del otro lado de la vía. 

Al principio Simón y yo íbamos a la escuela montados los dos en un petizo que se llamaba Majo. Simón adelante porque era el hombre y yo atrás tomada de su cintura. Al comienzo del tercer año el padre le regaló un zaino oscuro, patas blancas y en él íbamos los dos, siempre él adelante con las riendas y yo atrás, siempre abrazada a su cintura. Nunca entre nosotros se pronunció la palabra “novios”, pero Simón grabó su nombre y el mío en el tronco de una higuera del fondo de mi casa, con un cuchillo de filetear que su padre, que era guasquero, le regaló en un cumpleaños.

Cuando cumplí los quince, Simón me regaló una pulsera de plata con una medalla en forma de corazón que decía Tú y Yo de un lado y Para toda la vida, del otro. A la semana siguiente mi madre le compró una pieza de crea al turco que todos los meses pasaba por el pueblo, y comencé a bordar mi ajuar. Para sus dieciocho le regalé la camisa y la corbata para la boda y él comenzó a trabajar en la ciudad del departamento. Dejamos de vernos todos los días y él comenzó a cambiar. Un día decidió quedarse a vivir en el pueblo porque se cansaba de tanto viajar en moto cuatro veces por día. Fue espaciando las visitas a mi casa y yo comencé a extrañarlo y a llorar por él. 

Dejamos de hablar de casamiento y al final me confesó que ya no me amaba. Que lo nuestro había sido solo un juego de niños, que habíamos crecido y el verdadero amor, dijo, era otra cosa. Seguí bordando mi ajuar porque pensé que un día volvería, pero no volvió. Tuvo otra novia en otro pueblo, y otra y luego otra. También los años pasaron para mí. Y una primavera un primo hermano, que tenía unas cuadras de campo junto al río, me habló de amor y matrimonio Esa misma primavera volvió Simón al pueblo a pedirme que me casara con él. Cuando lo vi entrar al patio de mi casa el corazón se me escapó del pecho. 

Estaba cambiado, tan buen mozo, tan bien vestido. Nos abrazamos en la mitad del patio y fuimos por un momento aquellos niños que jugaban al amor: la niña que nunca terminó de bordar el ajuar, el niño que a punta de cuchillo dejó su nombre y el mío grabados en la higuera del fondo de mi casa. Me pidió perdón, dijo que me amaba y había vuelto para casarse. Que había alquilado una casa en el pueblo para los dos. Dijo todo lo que por mucho tiempo esperé que me dijera varios años atrás. Pero habíamos crecido y el amor no es un juego. No podía engañarlo, le contesté que ya no lo amaba y que para el próximo otoño me casaría con Andrés.

 Creo que le costó entender. Nunca se imaginó que no aceptaría su propuesta de matrimonio y menos aún que estuviese de novia con otro hombre. Ante su desconcierto hubiese querido explicarle que ya no éramos los mismos, contarle de mi dolor cuando me dejó, el tiempo que me llevó tratar de olvidarlo, pero no encontré las palabras. Lo acompañé hasta la puerta cuando se fue, al llegar a la esquina se volvió para mirarme. Ese otoño me casé con Andrés, luego de unos años vendimos el campo y nos fuimos a vivir a Montevideo. 

El pueblo de las veinte casas ya no existe. Ni existen las chacras, ni los montes, ni la estación del ferrocarril. Todo lo borró la producción de soja. En un cajón de la cómoda, olvidada entre cartas y viejos recuerdos, quedó la pulsera de plata. Pero una de mis hijas la encontró una tarde, le puso un dije que representa un delfín, y se la llevó. Solo quedó sobre la mesa de luz la medalla en forma de corazón con el Tú y Yo y el Para toda la vida, como único testigo de aquel primer amor, que no pasó de ser, más que un juego de niños. 

Ada Vega, año edición 2013

domingo, 29 de septiembre de 2024

Amiens

  




En el verano de 1920, a poco de terminada la Primera Guerra Mundial, llegaron al puerto de Montevideo, junto a otros inmigrantes, varias familias provenientes de Amiens, ciudad medieval al norte de Francia, hermosa y antigua ciudad de reyes, donde Julio Verne pasó sus últimos años. Ya entonces, había en Montevideo varias familias venidas de Francia, debido a que los galos han inmigrado a Uruguay desde que nuestro país declaró su Independencia.Entre estas familias se encontraban Camille y Nathan Feraud, un joven matrimonio y su pequeño hijo Pierre. Dichas familias llegaron con el propósito de adquirir tierras y radicarse en nuestro país. Con excepción de Nathan Feraud, empleado bancario en su ciudad, quien al llegar compró una casa frente al “río como mar” y allí se estableció con su familia. De modo que su hijo estudió en el Liceo Francés y el señor Feraud fue, por muchos años, ejecutivo en una financiera de la capital.


En setiembre de 1939 irrumpe en el Viejo Mundo la Segunda Guerra Mundial, y Europa llama a sus hombres a integrarse a la lucha. Pierre Feraud que acaba de cumplir 21 años, interrumpe sus estudios, decide acudir al llamado y marcha a la guerra a combatir por Francia.
Debe presentarse a su comando en París donde le proporcionan el uniforme y las instrucciones. Tiene 4 días de asueto antes de presentarse ante su superior. De modo que en un tren directo viaja hacia Amiens, la ciudad donde nació y donde aún quedan parientes. Desea recorrer sus calles, ver sus casas y palacios construidos 600 años atrás.


Llega sin dificultad a la casa de un primo de su madre que vive con su esposa y sus hijos a pasos de la Catedral. El joven se da a conocer y la familia le ofrece la casa para que se quede esos días que tiene libre, antes de ingresar al ejército. Allí Pierre conoce a Denisse, una de las hijas de los dueños de casa.
Los jóvenes se vieron, se enamoraron, y se amaron sin pérdida de tiempo. Que bajo el estruendo de una guerra todo debe ser resuelto y sin demora. Pues si el Amor se presenta sin previo aviso, es necesario amarrarlo, que nunca se sabe si la muerte pasará antes o después del primer beso, y cuatro días no es poco ni demasiado cuando se tienen 20 años y el ferviente anhelo de vivir un amor inasible y apasionado.


Los jóvenes viven entonces los cuatro días más intensos de sus vidas. Sin reglas ni barreras. Un amor inolvidable, que marcará sus vidas para siempre.
Bajo la promesa de que al término de la guerra volverá por ella, Pierre vuelve a Paris y de allí, al frente.
Desde el día de la despedida, los jóvenes amantes comienzan a enviarse misivas casi a diario.


En los primeros meses de 1940, Pierre es herido en combate, el ejército francés lo da de Baja y es enviado a Uruguay. La recuperación es lenta, de todos modos, pasado un tiempo con la ayuda de un bastón, vuelve a caminar. Mientras tanto sigue escribiendo a su novia en Amiens, que va poco a poco, y si explicación, dejando de contestar.


Un día Pierre vuelve a recibir una carta, donde Denisse le comunica que ha conocido a un joven de su ciudad, de quien se enamoró y con quien se ha casado. Que el amor de ellos fue solo una historia de cuatro días, que no quiere vivir un amor por cartas y que pese a todo, ella nunca lo olvidará.
Esta aclaración inesperada produjo en el joven enamorado gran dolor y decepción, que manejó como mejor pudo. Pero el tiempo no se detiene. Pierre ha mejorado de sus heridas y retoma sus estudios en la universidad.


Vuelve a encontrarse con compañeros de estudio y amigos del barrio. Y también con una novia que tuvo una vez, antes de ir a la guerra. La joven se llama Carmen y es hija de un matrimonio italiano. La guerra une y desune. Pierre comienza una nueva historia. Apenas recibido compra una casa y se casa con Carmen.
El 8 de mayo de 1945, tras la firma de la capitulación alemana, en Berlín, finaliza la Segunda Guerra Mundial.

En 1950 Uruguay es Campeón Mundial de Fútbol. A fines de ese año Pierre se enferma de una enfermedad grave, y pese a recibir una óptima atención médica, su salud decae y muere en pocos meses. Carmen se ha quedado sola.


Ya hace diez años que Pierre falleció. Uruguay vive días de incertidumbre.


Carmen comienza a desocupar la casa para venderla. El escritorio de Pierre está cerrado y abandonado. Pocas veces desde que está sola ha entrado allí. Carmen entra, abre la ventana. Recoge y tira papeles, carpetas, amontona libros, tarjetas antiguas, guías de teléfonos. Junto a unos documentos vencidos encuentra una carta. Está cerrada, es la letra de Pierre. Está dirigida a Denisse y lleva su dirección en Amiens. ¿Por qué le escribiría Pierre? ¿Qué diría la carta? ¿Por qué no la envió? ¿En qué momento, cuándo la escribió? No quiso abrirla. No era para ella. Puso la carta en su bolso. Cerró la ventana. Salió a la calle, fue hasta el correo y la envió recomendada.
Afuera, había comenzado a llover.


Atardece en Amiens. Denisse prepara la cena en la cocina. Está sola, los hijos aún no han llegado. El cartero trae una carta. Debe firmar una nota. Viene recomendada. Denisse no entiende, es la letra de Pierre. Deja la cocina y sale a jardín. Sus manos nerviosas rompen el sobre y comienza a leer...
Cae la tarde, y el sol declina detrás de las torres de la catedral.

Ada Vega, año edición 2020