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sábado, 15 de febrero de 2025

Porqué escribo

   





Más de una vez me han preguntado por qué escribo y no he sabido contestar. Por lo tanto, en busca de ese por qué, he regresado en el tiempo y me he detenido en los días aquellos de la ausencia de mi padre.


                                  Ausencia – 1

Era el año de 1940. Nosotros vivíamos en La Teja en un barrio muy lindo de casas blancas a dos aguas y techos de tejas. Con calles anchas y veredas arboladas que ANCAP, Administración Nacional de Combustibles Alcohol y Portland, había hecho para su personal, junto a la bahía, a dos cuadras de la Planta. Nuestra casa quedaba en la mitad del barrio. Entre este y ANCAP había un campo baldío. En esa época el personal cumplía funciones de 7 a 11 y de 13 a 17.
El barrio estaba lleno de niños. Yo no había cumplido los cuatro años y por la mañana y por la tarde jugaba en la vereda con mis amigas. A las once menos cuarto sonaba una sirena que indicaba la media jornada y a las once la segunda. Al oír la segunda sirena todos los niños de la cuadra íbamos corriendo a la esquina a esperar a los obreros que, tras cruzar el campo, llegaban al barrio. Venían en grupos, unos de overoles azules y otros de overoles grises. Entraban caminando por el medio de la calle. Nosotros, en la esquina, buscábamos cada uno a nuestro padre, cuando lo veíamos no apartábamos la vista de él, hasta que faltando unos pocos metros cruzábamos la calle para alcanzarlo.
Yo me acuerdo que corría a los brazos de mi padre que me levantaba en el aire, me besaba y me llevaba en brazos hasta nuestra casa.
Esa mañana de julio, también jugaba en la vereda. También corrí a la esquina con mis amigos. También busqué con los ojos a mi padre. Pero no lo vi. De todos modos, cuando mis amigos cruzaron la calle corriendo para alcanzarlos, yo también crucé. Seguí buscándolo entre aquellos hombres que pasaban junto a mí, algunos con sus hijos en brazos, otros llevándolos de la mano. Pasaron todos y yo me di vuelta y los quedé mirando hasta que entraron cada uno en su casa. Y volví a mirar hacia el campo, porque de allí tenía que venir mi padre. No sé cuanto tiempo estuve sola, esperándolo en la mitad de la calle. Según mi recuerdo a la distancia, mucho tiempo. Pero según mi hermana, que tenía entonces dieciséis años, cuando sonó la sirena de las once salió corriendo de mi casa para ir a buscarme. No recuerdo qué fue lo que me dijo. De lo que sí me acuerdo, es que durante mucho tiempo al oír la sirena de las once y de las cinco de la tarde, mis hermanos tenían que entretenerme en casa para que no saliera a la vereda. Entonces yo me escapaba de ellos para ir corriendo a la esquina, porque estaba convencida que si no iba a esperarlo, mi padre nunca volvería del trabajo por aquella calle blanca.
No sé en qué momento me enteré que, aquel día que no volvió del trabajo, había ocurrido en ANCAP un accidente fatal.


De ese barrio me fui a los veintidós años cuando me casé. Mientras viví allí, cada vez que pasaba por la esquina miraba hacia el baldío. En ese barrio sigo teniendo muchos amigos de entonces. Mi hermano mayor continúa viviendo en la misma casa. En aquel campo baldío la refinería tiene ahora un depósito. Sin embargo, aún hoy, cuando vuelvo a mi barrio y paso por aquella esquina, algo me tira y mis ojos recorren la callecita por donde, en el cuarenta, volvían los obreros del trabajo. Y vuelvo a revivir el primer gran dolor que me dio la vida al perder a mi padre, dolor que siento en medio del pecho y sentiré para siempre, desde aquel primer día de su ausencia.


                          Mis primeros libros- 2

Después que falleció papá, ANCAP le dio trabajo a mi hermano Walter que tenía entonces catorce años. De modo que dejó de estudiar mecánica en la Escuela Industrial, para ocupar su lugar en el Ente.
En ese tiempo mi hermano había empezado a armar en su dormitorio, una biblioteca con un par de tablones de madera virgen. A él le interesaba todo lo relacionado con motores de autos, de barcos y ese tipo de cosas. Por lo tanto empezó a comprar libros y revistas que trataban esos temas. También textos de estudio y novelas.
A los cuatro años yo sacaba libros de los estantes y armaba casitas en el suelo, entre las camas de mis hermanos. Usaba cuatro libros para las paredes y uno abierto que hacía de techo a dos aguas. Aquellas casitas tenían la particularidad de exhibir techos y paredes con nombre: "Nuestra señora de Paris"; "Los Miserables"; Motores Diesel; "Una hoja en la tormenta"; Mecánica Automotriz; Primer Diccionario de la lengua española – 1940; Barcos de ultra mar; "La serpiente emplumada"; El Ford T del siglo XX; "Así habló Zaratustra"; "Las estrellas miran hacia abajo", y más. A los cinco años aprendí a leer. Después vino la escuela y aprendí a escribir.
En primero me regalaron un libro con el que quedé fascinada. Tenía dibujos en colores de un país que se llamaba Arabia. Los árabes eran hombres apuestos, de ojos profundos, que usaban turbantes con pedrerías y envolvían sus cuerpos con largas capas bordadas en oro. Montaban relucientes caballos negros, de patas finas y largas colas, y vivían en medio del desierto en oasis rodeados de palmeras, bajo carpas alfombradas enormes, como palacios, llenas de joyas, y baúles hasta el tope de monedas de oro. Sus mujeres eran bellísimas, tenían el cabello negro y muy largo y bailaban descalzas la danza de los siete velos, con la barriga afuera y babuchas de sedas transparentes. Tocaban el laúd y se alimentaban con frutas: higos, dátiles, manzanas, peras y racimos de uvas deliciosas. Todo esto me lo contó mi hermano Walter, la vez que me presenté en su cuarto con el libro en la mano y le dije:
—Decime Walter, ¿Dónde vive esta gente tan linda?
Mi hermano siempre tuvo tiempo para mí. Era muy callado, siempre estaba estudiando. Leyendo. Cuando yo hacía los deberes y no sabía el significado de una palabra, en vez de buscarla en el diccionario, le preguntaba desde mi cuarto y él —que sabía todo—, me contestaba y si no sabía dejaba lo que estaba haciendo y buscaba él la definición. Esa tarde me presenté en su habitación. Estaba leyendo, dejó su libro a un costado tomó el mío y me dijo:
—Este libro se llama “La lámpara de Aladino”, ¿querés que lo leamos juntos?
—Sí —le dije. Y me senté a su lado. Ese día no sé si nació en mí el amor a los libros con dibujos coloridos, a la literatura, o a los árabes de ojos negros cruzando el desierto en sus briosos y enjaezados caballos retintos, las capas al viento y la cimitarra brillando al costado.
De todos modos, fue aquella Lámpara de Aladino quien me alumbró el camino hacia la magia, hacia la creación, quien durante toda la vida me ha dicho que los duendes, las hadas y los gnomos: existen.


           Dadores oficiales de sangre - 3

A escasos 2 años de su viudez sorpresiva, con 4 hijos y una casa que mantener, ante el dilema de no llegar fin de mes pese a su trabajo de modista y las dos pensiones que el Estado le otorgara, mi madre comenzó a buscar otro trabajo que le diera un poco de respiro.
Como por arte de magia, como llegan ciertos hechos que pretendemos, sabiendo de antemano que ya no queda donde indagar, una tarde llegó a mi casa de visita una amiga suya de cuando vivíamos en la calle Heredia. Se llamaba Benita y era dadora de sangre del Hospital de niños.
Esa tarde Benita, consiente de las dificultades que enfrentaba, le propuso a mi madre anotarse en el Ministerio de Salud Pública como dadora de sangre.

En el año 1942 había en Montevideo una lista de dadores oficiales, confeccionada por el Ministerio de Salud Pública, con análisis al día y sangre universal (grupo 0 o IV de Moss). Estos dadores hacían guardia 15 días y descansaban los 15 días siguientes. Si se presentaba una urgencia, aún en su día de descanso, partía una ambulancia a buscarlos a la hora que fuese, a fin de acercarlos al hospital donde había necesidad de una transfusión; directamente a la casa del enfermo que la requería o donde hubiese sucedido un accidente grave.
Este Cuerpo de Dadores que organizaba el MSP, contaba con una estructura aceptable para la época. Cada tres meses debían someterse a un examen general, otro serológico para la sífilis y hemograma, además de obtener el carné de salud.
En esa época los Bancos de sangre no se conocían. Los donantes eran escasos y difíciles de conseguir y la donación familiar prácticamente no existía, ni aún en los hospitales.
En el invierno de 1942, el nombre de mi madre fue incluido en esa lista.
Mamá había recibido del Estado, una pensión graciable por el fallecimiento de mi padre en ANCAP, y también una pensión vitalicia para ella del Banco de Seguros, más una pensión para cada una de sus hijas hasta los 18 años. No sé cuánto era el monto, no creo que fuese mucho porque entre las dos pensiones y la confección de vestidos, por más que escatimara, siempre resultaba corto.
A mi hermano mayor, que tenía entonces 14 años, que fue a quien el Ente le dio trabajo, le descontaban el alquiler de la casa que al principio no le alcanzaba el sueldo para pagarlo. Porque las casas que ANCAP construyó en La Teja para su personal no fueron de obsequio.
Una vez que ANCAP, construyó el barrio obrero, lo entregó a INVE, Instituto Nacional para la Vivienda Económica, para su administración. Esas casas se entregaron a sus inquilinos en 1938, bajo la promesa de una futura venta, con un alquiler mensual de $16.00.
Por ese motivo mi mamá, en cuanto se enteró que el Ministerio pagaba la sangre, concurrió al hospital para realizarse los exámenes requeridos. Y fue aceptada, porque era una persona muy sana, nunca padeció una enfermedad por la que tuviese que guardar cama, ni nunca fue intervenida quirúrgicamente.
Recuerdo que debía hacer una dieta en las comidas a base de hígado y tomar mucho líquido; que hacía guardias en el Hospital de Niños y que aunque no estuviese de guardia, debía de estar siempre pronta por si venían a buscarla.
Los dadores hacían un contrato por 5 años y podían donar, en ese lapso, hasta 5 litros. Los contratos no se renovaban, y después de esos 5 litros no podían volver a donar sangre.
Muchas veces vi a mi mamá sentada en la máquina de coser, oír la sirena de la ambulancia, levantarse de la máquina y comenzar a preparase de apuro porque sabía que si venían a buscarla era por una urgencia. A veces venían de noche o de madrugada y mamá, entonces cerraba la casa con llave y nos dejaba encerrados hasta que volvía.
A su regreso, nunca se acostaba, porque siempre tenía algún vestido que terminar. Al oírla llegar mi hermana Nelly se levantaba, calentaba el agua en el primus se sentaba junto a la máquina y le cebaba mate, ella no quería que se levantara pero mi hermana fue muy compañera de mi madre y lo hacía con gusto.

Eran los años de la segunda Guerra Mundial y escaseaban algunos alimentos, recuerdo que tomaba mate con azúcar negra o azúcar rubia, que era la que se conseguía en los almacenes, y al mate le agregaba cáscara de naranja. Mi madre disfrutaba esos momentos.

Pasó el tiempo y unos días antes de cumplir el contrato, estando de guardia en el Hospital de niños, el doctor Magri la llamó a su oficina y le pegó un reto:
—¡Paulina cómo es esto que veo aquí!, ¿Qué usted en cinco años donó 14 litros de sangre? ¡No puedo creer esto, pero acá está su nombre en las planillas de los 5 años!!

La explicación era sencilla: muchos de los compañeros donantes tenían otro trabajo, de modo que cuando debían hacer guardias pasaban su tarjeta a un compañero para no faltar a su otro empleo y esa guardia o esa extracción, cuando cobraban, se la entregaban al compañero que los había cubierto. Y mi madre, para agrandar su sueldo, aceptaba todas las tarjetas que le ofrecían.
Ese día doña Paulina finalizó el contrato de los 5 años, dejó de ser donante oficial del Ministerio de Salud Pública, y pese a todo, quedó en buena relación con el doctor Magri. Falleció a los 80 años de un paro cardíaco, en la casa de mi hermana Nelly.


Dos veces la dramaturgia me rozó al pasar - 4

1º) En Joanicó, en el Departamento de Canelones, nació el 11 de febrero de 1887, el actor y director de teatro Carlos Brussa.
A principios del siglo pasado su familia vino a Montevideo y se instaló en una casa de la calle Camino Castro del barrio Paso del Molino.
Brussa dedicó su vida al teatro, a la formación de actores y a la dirección. Fue muy querido y respetado y el único que, durante décadas, paseó el teatro por todo el interior del país. Murió pobre. Hizo fortuna y la perdió en tiempos difíciles. Falleció en Montevideo, el 13 de setiembre de 1952.
Conocí a Carlos Brussa en el invierno de 1941. Tenía cinco años y hacía uno que había fallecido mi padre. Mi mamá era modista y tenía una amiga que vivía en la calle Camino Castro, frente al Prado, a dos cuadras de Agraciada a quién le hacía la ropa. Esa amiga se llamaba Elida, estaba empleada en la Caja de Jubilaciones y era hermana de Carlos Brussa.
A veces Elida venía a mi casa a probarse la ropa, pero por lo general era mi madre quién iba a verla. Algunas tardes la acompañaba.
La casa de Elida la recuerdo como una casa muy antigua. De ventanas altas y angostas con postigos y puerta de calle de vidrios gruesos de color verde. Tenía un jardín al frente cargado de plantas y arbustos. Hacia la vereda un muro alambrado y un portón alto de hierro.
Elida tenía la edad de mamá, pero era soltera. Era alta y usaba el cabello castaño con el corte Plumita.
Esa tarde, yo estaba sentada en el escalón de entrada de la casa, con la puerta entornada a mi espalda, jugando con unas piedritas. De pronto, un señor muy alto con un sobretodo largo desprendido y un sombrero de ala ancha, abrió el portón y entró. Yo me puse de pie en tanto él caminó hacia mí y saludó:
—Buenas tardes.
—Buenas tardes, le contesté. El hombre siguió caminando y me aparté para darle paso. Al oír el portón Elida vino a recibirlo, lo saludó sonriendo y señor le preguntó:
—¿Quién es esta niña?
—Es la hija de Paulina, le dijo ella.
—Ah, que bien —contestó—, y entró en la casa. Elida esperó a que yo también entrara y cerró la puerta. Entonces el señor me preguntó sin detenerse:
—¿Vas a la escuela?
—No —le contesté—, pero sé leer.
Yo había quedado un poco atrás de los dos. Él se dirigió a su habitación y, de espaldas a mí, extendió un brazo hacia su hermana y le dijo:
—Ahí tienes una futura escritora.
Al oír esto quedé muy emocionada. Elida sonrió, me tomó de la mano y entramos en la salita donde estaba mamá.
—¡Viste lo que me dijo el señor! —le dije entusiasmada a mi madre .—¡Que yo voy a ser maestra!
—No —dijo mamá—, maestra no. Escritora te dijo.
Yo estaba loca de la vida con lo que me habían pronosticado y mi madre me decía que no me habían dicho lo que yo creía haber oído. Sentí que se me borraba la alegría. Creo que esa tarde conocí la Desilusión.
El asunto era que para mí, escritora era lo mismo que maestra. Yo no sabía qué era ser escritora, para mí ser escritora era saber escribir. Y todo el mundo sabía escribir. Escribía mi mamá, mis hermanos, el almacenero y la señora de la panadería. Cuando empezara la escuela yo también iba a ser escritora. El señor no dijo que yo iba a saber escribir. Él quiso decir otra cosa. ¡Quiso decir que yo iba a ser maestra! Pero mi mamá fue siempre de poco hablar. Si en aquel momento me hubiese explicado qué era ser escritora, tal vez yo no hubiese esperado cumplir 50 años para escribir mi primer cuento.
Nunca más vi a Carlos Brussa. El actor viajaba mucho con su compañía de teatro. Y a pesar de que con mi madre volví varias veces a la casa frente al Prado, nunca más volví a verlo. Cuando años después falleció, yo tenía quince años y estaba en el liceo. Sentí mucho su deceso. Me hubiese gustado hablar con él en mis años de estudiante. Decirle que se había equivocado, que yo no tenía pasta de escritora y que difícilmente llegara a ser maestra algún día.
Pasado el tiempo muchas veces me pregunté por qué se cruzó ese hombre en mi vida en aquel momento y qué fue lo que quiso decir en realidad.
De todos modos, de aquella tarde pasaron setenta años. Y soy escritora.
Me gustaría que alguien se lo contara.


  2º) 


En el año 2003 conocí brevemente a Gustavo Adolfo Ruegger.
Periodista – Crítico teatral – Conductor de TV. Director de Teatro y Actor. Entonces era alumna del Taller de Literatura que dirigían los escritores Sylvia Lago y Jorge Arbeleche y me encontraba preparando la edición de "Garúa", mi primer libro.
Una noche de 2003 comenzó a participar del taller, Mabel Altieri, compañera sentimental y artística de Ruegguer, con quien hacía más de un año, auspiciados por el Ministerio de Cultura, recorrían el país llevando y leyendo poesía por todos los departamentos. Algo parecido a lo que, muchos años antes, había hecho Carlos Brussa, al llevar el teatro de la ciudad, al interior de la república.
La noche que Mabel entró por primera vez al taller, Sylvia Lago leía un cuento mío. Mabel se sentó y luego preguntó quién era el autor. Alguien me señaló y ella me saludó desde el otro extremo del salón. El taller tenía dos profesores, la primera hora era de narrativa con Sylvia Lago y la segunda de poesía, con Jorge Arbeleche. Los alumnos que escribíamos, presentábamos los trabajos impresos y los profesores los leían y comentaban en la próxima clase.
A Mabel le gustaban mis cuentos y siempre me pedía que le hiciera un duplicado de los trabajos que yo iba presentado. Ruegger venía siempre a buscarla en el auto. Una noche de julio que llovía muchísimo, Mabel preguntó quien vivía por su barrio para alcanzarnos. Resultó que otra compañera y yo vivíamos a pocas cuadras de su casa. Cuando salimos y subimos al auto nos presentó. Al dirigirse a mí Mabel le dijo: esta es la la señora que escribe los cuentos que te gustan tanto. Entonces Ruegger me dijo que hacía días tenía pensado hablar conmigo, a fin de pedirme permiso para usar mis cuentos en un proyecto, dijo, que tenía de hacía muchos años para llevar a la televisión.
Era el martes 3 de julio. Me dijo:
—Nosotros mañana nos vamos para el interior. Volvemos el domingo, yo el lunes la llamo y conversamos, ya tengo todo planeado.
El sábado siguiente, 7 de julio, falleció en el interior del país, a causa de una complicación con el asma que sufría hacía años.
El domingo estuve en su velorio.
El lunes que esperamos ambos, nunca llegó.


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Los seis años de escuela no me dejaron mucho tiempo para otra cosa que no fuesen los libros de texto y “El Billiken”, que mi madre nos compraba un año a mi hermano Venus y otro año a mí, y que al final terminó siendo sólo para mí porque Venus en cuarto grado, decidió que le comprara “EL Peneca” o el “El Tony” porque —según le explicó a mi madre en aquel momento—, ya estaba grande para “El Billiken”. De todos modos, recuerdo que entre “El gato con botas” y “Alicia en el país de las maravillas”,  leí también “La cabaña del tío Tom”. Para ese entonces mi hermana Nelly hacía ya tiempo que se había casado y en casa éramos nosotros tres y mamá.

Don Vásquez, el diariero, dejaba todos los días para mamá, "La Mañana" y los domingos "El Día". Con los titulares del diario "La Mañana" a los cinco años aprendí a leer. Después vino la escuela y aprendí a escribir.

En las vacaciones de verano, antes de entrar al liceo, logré increíbles adelantos en mi cultura literaria. Prácticamente pasaba los tres meses leyendo en el cuarto de mi hermano mayor. Él trabajaba y yo era dueña de aquellos estantes, donde siempre había un volumen nuevo. Frente a la estantería, retiraba los libros que iba a leer. Los elegía por los títulos. No me preocupaba saber quién los había escrito. Sabía que eran escritores extranjeros, porque todos hablaban de la guerra. Empecé a interesarme en los libros para adultos, en las vacaciones de 1946, tenía por lo tanto, diez años cuando, sin saber, entré en el maravilloso mundo de los libros abiertos. Mal momento, si se quiere, para empezar la lectura de los grandes creadores cuyos textos estaban, casi todos, inspirados en acontecimientos sucedidos durante la Primera y Segunda Guerra Mundial y sus aciagas consecuencias. De todas formas, incauta, en mis diez años de niña curiosa, me sumergí en la novelística de la posguerra: realista, cruel, inhumana. Historias verídicas que dejaron en mí, huellas profundas y que creo fehacientemente que tuvieron que ver en mi formación como persona. Que influyeron en el desarrollo de mi carácter, de mis sentimientos y hasta en el modo de enfrentar la vida. Leía páginas que me desgarraban por dentro y nunca las comenté con nadie.
Ahora, sesenta años después, al escribir sobre esos temas, reconozco lo que significó para mí todo lo leído en aquellos años de la pluma de los grandes escritores de la época. Descubrí historias terribles donde el autor contaba, en detalle, las atrocidades que se cometen, impunemente, en una guerra. Pasajes de novelas que quedaron impresos en mí por más de medio siglo. Libros que nunca más volví a tener en mis manos. Recuerdo en “Por quién doblan las campanas”, novela de Hemingway procesada durante la guerra civil española y, entre varias atrocidades, el relato de la muerte por garrote. Nunca lo había oído y creo que nunca lo volví a oír. “Sin novedad en el frente”, del alemán Erik María Remarque, enemigo acérrimo de los nazis, novela escrita después de la primera guerra mundial sobre la juventud idealista y el suicidio de un joven que una tarde junta agua en dos recipientes, coloca uno de cada lado de un sillón, se sienta, se corta las venas y deja caer sus brazos en ambos recipientes hasta desangrarse. La violación de “Dos mujeres”, una madre joven y su hija, del italiano Alberto Moravia, por soldados nigerianos que volvían del frente en un camión del ejército. La invasión de los japoneses en China, en la novela “La estirpe del dragón”, de la norteamericana Perla S. Buck y las torturas y masacres que cometen los nipones contra ese pueblo pacífico, que no sabe defenderse.
Así, bajo la intolerancia de los poderosos, que convierte a los seres humanos en bestias, comenzó mi romance con la literatura. Después, la vida y otros libros, me enseñaron que las atrocidades de un ser humano contra otro no se cometen solamente en tiempos de guerra. La criatura humana tiene la capacidad de realizar los hechos más crueles y aberrantes contra su prójimo, en cualquier momento y en todos los tiempos.


                                            6

En 1943, con seis años, entré a la escuela 170 que estaba a una cuadra de mi casa y que ANCAP había hecho con el mismo estilo del barrio obrero y luego donó a Primaria. Mi maestra de primero se llamaba Gloria, de segundo Poupée Bonino, de tercero Guillermina y de cuarto María Luisa. Al principio la escuela no tenía Directora, después nombraron para ese cargo a Dinorah, la maestra de sexto.
 Quinto y sexto los hice como media pupila, en el Colegio y Liceo de La Divina Providencia, de las Hermanas Capuchinas de Belvedere. Al término de las vacaciones de 6º entré, como pupila, en el Instituto María Auxiliadora, de las Hermanas Salesianas, en Montevideo.
En aquellos años los alumnos de los colegios católicos, teníamos que dar examen de ingreso para entrar al liceo. Yo lo di en el Instituto Normal de Señoritas que estaba en La Aguada, en Agraciada y Pozos del Rey. Unos días después de dar el examen de ingreso, mi madre me dijo que iba a cambiar de colegio. Que la Directora del San José de la Providencia, me había conseguido una beca para hacer el liceo, como pupila, con las hermanas Salesianas.
El Instituto María Auxiliadora tenía Jardinera desde los 2 años, aunque un año recuerdo que ingresó una niña de un mes, no sé porqué motivo, Primaria, Secundaria, Magisterio, Pupilaje y Aspirantado. En el último piso había un museo. El Pupilaje lo conformaban las alumnas de todas las clases que permanecían en el colegio todo el año de estudio. El Aspirantado, las alumnas que estudiaban pero que aparte aspiraban a profesar como Hermanas de la Congregación Salesiana.
La Hermana Inés, directora del San José de la Providencia, me consiguió una beca, no por inteligente ni estudiosa: por pobre. Pero en aquellos momentos todo servía y a mí tanto me daba un colegio que otro. Además, eso de ir pupila tampoco me preocupó demasiado. Era en aquel tiempo una adolescente tranquila, obediente: casi buena.
Como pupila en el colegio de las Salesianas, entrábamos en marzo y salíamos en diciembre. Los domingos los padres y hermanos podían ir a vernos. Era un sistema carcelario. De monja de clausura. Adentro se estaba bien. Nos trataban bien. Teníamos varios recreos en el día. Cancha de básquetbol, de vóleibol, juegos de plaza para las pupilas más chicas. También teatro con un precioso escenario, donde nosotras mismas representábamos obras dirigidas por la Hermana Olga que entendía de esas lides. Algunas alumnas tocaban el piano para demostrar lo adelantadas que estaban, y otras recitaban poemas gauchos o líricos previamente inspeccionados no era cosa de recitar un poema de Serafín J. García o de Juana de Ibarbourou autores, entre otros, terminantemente prohibidos.
También había una capilla, con una Virgen María Auxiliadora bellísima, donde todos los días oíamos Misa a las seis de la mañana. Rezábamos en latín: “Páter noster qui es in caelo sanctificétur nomen Tuum, adveniat Regnuu Tuum fiat volúntas tua, siet in caelo et in terra…”
El colegio tenía alumnas internas y externas. En las clases estábamos juntas y separadas. Es decir: las pupilas de un lado del salón, las externas del otro. Las pupilas teníamos prohibido hablar con las externas. Y también entre nosotras, excepto en los recreos. Para mí fue una tortura. Dos por tres la hermana Iris, que era la Consejera, me pescaba hablando y me mandaba en penitencia a su escritorio donde permanecía horas de pie. Me castigaba por hablar. A mí me daba lástima la hermana Iris porque recordaba las cosas horribles que pasaban en la guerra y ella ¡por hablar! me ponía en penitencia. La hermana Iris me tenía ojeriza, durante todos los años me mandó a su escritorio en penitencia por hablar. ¿Por qué otra cosa se podía poner en penitencia a las pupilas, que pasábamos día y noche acompañadas por cuatro monjas?
La Hermana Vicaria se llamaba Celsa y era buenísima, la Madre Directora se llamaba María Julia Castaing, la veíamos de noche porque antes de subir a los dormitorios se formaban todos los grupos y ella venía a darnos las buenas noches. Yo hablaba con las externas, porque ellas no tenían prohibido hablar con nosotras, éramos nosotras las que no podíamos hablar con ellas que era lo mismo pero distinto. Las pupilas eran muy disciplinadas. No hablaban nunca. Eran chicas del interior que venían a estudiar a Montevideo. Entre ellas yo era una mosca blanca.
Creo que si la Hermana Irene del colegio de Belvedere, en lugar de conseguir una beca como pupila, hubiese conseguido una beca como aspirante a monja, hoy no sería yo la madre de mis hijos.
Ese diciembre cuando volví a mi casa encontré que la biblioteca de mi hermano había crecido en estantes y en libros. Entre ese diciembre y marzo devoré todo lo que pude. Esas vacaciones entre los nuevos libros descubrí a Stendhal, escritor francés del siglo XIX y la novela “Rojo y Negro”. Era una novela romántica con trasfondo histórico sobre la vida de un seductor y amores prohibidos. “Ana Karenina”, novela realista sobre un adulterio consumado que lleva a la muerte a su protagonista. Magnífica novela del escritor ruso León Tolstoi. “El amante de lady Chatterley”, historia sobre un adulterio con un marcado erotismo. El autor era el inglés D.H.Laurence que la publicó en Italia porque estuvo prohibida durante 30 años en Gran Bretaña y Estados Unidos.
"Sinhué el egipcio", novela de Mika Waltari, de Egipto en tiempo de los faraones sobre un pobre huérfano llamado Sinuhé que se convierte en médico y dedica su vida a ayudar a los pobres.
Todos los libros que leía eran novelas excepto un libro de cuentos de Gogol, escritor ruso de principios del siglo XIX que también escribió la novela “Almas muertas” que yo no leí pero, que, según se comentó, tenía una segunda parte que él mismo quemó antes de morir. Siempre leí sin orden. Me acuerdo de muchos autores y de muchos títulos no de todos, pero puedo llevar una guía, por ejemplo, de mis lecturas en tiempo de vacaciones durante los años de liceo. También, al rememorar aquellos días, he rescatado un detalle no menos importante. He afirmado más de una vez que me considero cuentista, no poeta ni novelista y esa inclinación al cuento, compruebo que nació en aquellos años. A parte, porque soy ansiosa, Los primeros libros que leí, tenían trescientas, quinientas, ochocientas páginas. Muchas obras venían en papel biblia, principalmente los libros de la Editorial Aguilar cuyos textos, con la obras completas del autor, traían 1200 o 1500 páginas. De las historias que leía salteaba las páginas, que detallaban hasta lo ínfimo, el lugar físico. La referencia de cómo estaba el día, el cielo, el mar. Como era la casa; que estilo de muebles, como eran los cortinados, las alfombras, si el piano era de cola y si los perro ladraban. Que plantas adornaban el jardín, el jardín vecino, la casa de enfrente. Al comenzar una lectura iba directamente en busca de la anécdota, una vez que la encontraba no la soltaba hasta el fin. Obviaba la parte artística de la obra, pero sabía todo lo que sucedía en la novela. O sea, resumía una novela en cuento. Es un pecado. Lo supe después. Pero nunca lo pude evitar.



                                  Más libros - 7

Un año una editorial le envió a mi hermano diez libros, como una especie de promoción, para que eligiera con cual quedarse. Se quedó con todos. Fue bueno, porque para mí eran todos desconocidos. Entre ellos se encontraba A. J. Cronin un británico nacido en Escocia. Fue un escritor muy leído en aquella época. De él recuerdo varios títulos: “Las llaves del reino”, “Los verdes años”, “La Ciudadela”.
“Todos los hombres son mortales” una de las primeras novelas de la feminista francesa Simone de Beauvoir, de estilo filosófico existencial, donde la escritora reflexiona sobre la vida y la muerte y presenta al inmortal conde Fosca que lleva vividos 500 años y quiere morir, porque ya lo ha vivido todo y entiende que la muerte es lo único que da sentido a la vida.
“Crimen y castigo”, de Dostoievski escritor ruso del siglo XIX, de escritura en extremo realista, que cuenta el crimen protagonizado por un joven que se encuentra en ínfima pobreza y mata a una anciana prestamista. Con las consecuencias que debe enfrentar.
“La madre” de Máximo Gorki, escritor y dramaturgo ruso del siglo XX, relata la vida de una mujer campesina de la época de los zares, que descubre que su único hijo es un líder socialista a quien un día llevan detenido, pasando ella a ocupar su lugar en la organización.


                        Campeones del Mundo - 8

Cuando en 1950 salimos Campeones del Mundo yo estaba pupila. A mí el fútbol nunca me interesó. Desconocía por completo el andamiaje del deporte en Uruguay y en el mundo. De todos modos cuando a la mañana siguiente al triunfo, las pupilas llegamos al patio de recreo para entrar a clases, me llamó la atención el revuelo que tenían las externas. Las pupilas no eran curiosas, ni buenas ni malas, ni frías ni calientes. No mostraron el menor empeño por saber qué sucedía. Pero yo no podía quedarme en ascuas. De modo que fui a preguntar.
—Qué pasa —les pregunté. Me contestó una compañera que se llamaba Amelia Urretavizcaya, una chica muy bonita que usaba el cabello corto rebajado.
—¡Somos Campeones del Mundo! —me contestó con gran entusiasmo. Las externas nos tenían a las pupilas como unas mojigatas, y no estaban muy erradas.
—Campeones de qué —insistí.
—Cómo de qué, de futbol de qué va a ser, ustedes viven encerradas, ¡no se enteran de nada!
—Sí —le contesté—, no te habías dado cuenta que vivimos encerradas.
—Encerradas y debajo de una piedra —me dijo. Tampoco estaba muy errada. En Literatura teníamos de profesora una Hermana que le decíamos “la sister” porque era también la profesora de inglés. Un día vino a dar la clase y nos dijo. —Este año al Consejo de Secundaria se le antojó poner en el programa a Horacio Quiroga, un escritor uruguayo que vivió muchos años en Misiones, en la Argentina. Ustedes no pueden leer nada de ese hombre que era un loco y está excomulgado por la iglesia por cometer suicidio. Yo les voy a leer lo único que se puede leer de él. Y nos leyó Anaconda. No sé las demás, pero yo a esa altura conocía la vida y parte de su obra desde los “Cuentos de amor, locura y de muerte”, “El hijo”, “Juan Darién” y “El hombre muerto”.
A Quiroga lo encontré unas vacaciones entre los libros de autores uruguayos que mi hermano había empezado a comprar. Una tarde retiré, de uno de los estantes, un libro de Javier de Viana que se llamaba: Con Divisa Blanca y me puse a leerlo porque vi que el autor era un escritor uruguayo que hablaba de la gente nuestra que vive en el campo. Javier de Viana de formación literaria naturalista, fue un gran narrador y un excepcional cuentista y por casualidad o causalidad, el primer escritor uruguayo que leí.
Viana con su “Con Divisa Blanca”, me cautivó desde el comienzo. Publicada por primera vez en 1904, es una novela amarga de una crudeza que me llamó la atención. Javier de Viana era estanciero y político oriundo de Canelones. Peleó junto a Saravia. De sus recuerdos de la guerra de 1904 escribió ese volumen que llamó, “ Con Divisa Blanca”.


                              Francois Sagan- 9

Fueron aquellos años, tal vez demasiado severos, un buen aprendizaje para un buen vivir. Esos años de privaciones afectivas, de silencios impuestos, de obediencias impartidas, también dejaron sus frutos.
De ese modo, entre aquellos años de religiosidad, la falta de mi padre que nunca terminé de superar y mi pasión por los libros se fue moldeando mi carácter, mi encaro a la vida. Mi personalidad.
Cuando terminé el liceo hice un año de Comercio en la Escuela Industrial. Y ese mismo año, en diciembre, tuve mi primer empleo.
Tenía diecisiete años y hacía poco tiempo había empezado a trabajar cuando Francois Sagan, con 18 años, publicó su libro: "Buenos días Tristeza". No podía creer que una joven de mi edad hubiese escrito una novela. Nada más lejos de mi pensamiento. Recuerdo que miraba los libros con esa enormidad de hojas y pensaba cómo, de qué manera, un escritor crea una historia. Era algo impensado para mí.
Con mi primer sueldo comencé a formar mi propia biblioteca y a cambiar también, entre mis compañeras, los libros que leíamos. En aquellos años, sin computadoras ni celulares, todo el mundo leía. Existía en aquel momento una editorial: “Círculo de lectores” que mediante una pequeña cuota, prestaba y vendía libros. Para ello tenían vendedores que visitaban a los socios llevando consigo una valija con los últimos títulos. Funcionó un tiempo, después cerraron. En la década del setenta apareció “Círculo de lectores”, con el mismo sistema de venta. En lugar de ir el lector a la editorial, la editorial iba hacia el lector. Un buen sistema que, por particulares, todavía existe. De ese modo seguí leyendo, pero nunca más con el arrebato de mis años de estudiante.
Tenía veintidós años cuando me casé. Comenzaba otro capítulo en la historia de mi vida. Después vinieron los hijos, y aunque seguí trabajando y atendiendo mi casa, los libros nunca me abandonaron.
Pero esa es otra historia, que aún no he comenzado a escribir. 
Ada Vega




Ada Vega, a modo de Biografía:

Nací en Montevideo, barrio La Teja,  en 1936. Concurrí a la escuela No 170 y al Colegio Divina Providencia – Hermanas Capuchinas de Belvedere.  Hice el liceo en el IMA – Instituto María Auxiliadora, Hermanas Salesianas, barrio Palermo; y en la Escuela Industrial un curso de Comercio, Taquigrafía y Maquina.  Trabajé 32 años, en el ínterin me casé, tuve dos hijos y un día cumplidos los 50 años, comencé a escribir cuentos por mi cuenta y a publicarlos en diarios, suplementos y revistas zonales de distribuciòn gratuita.

Publicaciones:

1)  El Eco de Cerro - (Villa del Cerro).

2) El Tejano - (La Teja y Pueblo Victoria).

3) Magazine Zonal - (Nuevo París y Belvedere).

4) La Voz - (Paso Molino, Belvedere y Capurro).

5) El Charrúa - (Malvín y Carrasco).

6) El Sol de Montevideo - (Cordón y Centro).

7) El Eco de Montevideo - (Pocitos).

8) Periódico del Centro - (Centro y Ciudad Vieja).

9) El Tranvía 35 - (Punta Carretas, Pocitos y Parque Rodó).

10) Marejada - (Punta Carretas, Pocitos, Buceo y Parque Batlle).

11) La Estrella del Sur - (Cordón, Palermo, Barrio Sur).

12) La República - (Suplemento: La Rep. de las Mujeres)

13) El País -  (Suplemento: El Agropecuario).

14) Nueva Letra - (Revista Literaria).

15) Biblioteca de Marcha.  

16) Banco de Provisión Social.

17) Quilla - ( Asociación Funcionarios Portuarios).

18) Letra Nueva - Revista Literaria (Carrasco).

19) La Tertulia - Grupo Cultural. (Montevideo).

20) Orizont Literar Contemporan  - Revista, en Bucarest - Rumania.

21) 100% Identidad Cultural -  Punta del Este, Uruguay


En 1988 participé en INTEC, del ciclo trimestral de Literatura ( estructura del cuento), dictado por el profesor Rubén Loza Aguerrebere. En junio de 1996 ingresé al taller de Literatura dirigido por los profesores Sylvia Lago y Jorge Arbeleche, donde permanecí hasta su cierre definitivo en 2004. Concurrí dos años al taller “Puro cuento” dirigido por la escritora Mercedes Rosende. Un ciclo sobre la escritura de la novela dictado por el escritor Rafael Courtoisie y un pasaje por el taller de literatura del escritor Mario Delgado Aparain.

Escribì 6 libros, cuatro editados en papel, dos inéditos. También un libro en Bucarest – Rumania, en rumano y español. En septiembre de 2009 inicié “Garúa”, un blog en Blogger, de Google, donde fui publicando todos mis cuentos  para leer gratis y que ha sido visitado, hasta ahora, por 107 países.

He recibido algunos premios y menciones. Nunca presenté mis libros en sociedad, y a partir de 2009 dejé de presentarme a concursos, porque nunca más tuve cuentos inéditos. Con excepción de la rumana, las ediciones fueron todas por mi cuenta. Por medio de Facebook soy miembro en 527 grupos, donde puedo publicar mis cuentos directamente, de todos los países de las tres Américas, casi todos los de Europa, también Australia, Rusia, China, Japón y Egipto, que ha traducido al Árabe, alguno de mis cuentos.

En mi caso, nunca necesité escribir “como el aire que respiro”, comencé a escribir llegando a los 50 años. Nunca me rompí la cabeza frente a una hoja en blanco, porque escribo cuando se me ocurre un tema y tengo el final, o la primera frase. Soy cuentista porque soy ansiosa y quiero saber cuánto antes como termina la historia. Quiero decir también, que termino como empesé: regalando mi trabajo por el mundo, hecho que me ha dado muchas satisfacciones, al comunicarme con lectores que leen y comentan mis cuentos diariamente. Y agradezco a Dios, si es que Dios existe, haber llegado a mi joven vejez, conservando mi memoria, mi curiosidad y mis deseos de contar. Hecho muy importante cuando se han pasado largamente, los esplendorosos y cautivadores 80 años, y ya nadie nos necesita, no tenemos obligaciones y el éxito y el halago, ya no nos conmueven. 

Premios y Distinciones

FUNDACIÓN Lolita Ruibal, concurso “Cuentos para nuestros nietos” por: “Vida de perro” 1998-1999.

F.U.T.I. (Federación Uruguaya de Teatros Independientes). Proyecto “Memorias de mi ciudad” 1999 por: “Aquella Retirada”.

B.P.S. Banco de Previsión Social, concurso Cuento y Poesía 2000, por: “Edelmira Dos Santos”.

Fundación Lolita Ruibalconcurso “Cuentos para nuestros Nietos” por: “El Niño y el Águila” 2000 – 2001.

A.E.D.I. (Asociación de Escritores del Interior) Concurso “Dr. Alberto Manini Ríos” 2003, por: “El Mensajero”.

A.U.D.E. (Asociación Uruguaya de Escritores) 2004, concurso “Cuentos de Vacaciones” por: “Vacaciones de Enero"

UNICEF "Contigo cuento". 30 autores uruguayos juntos por la infancia y la adolescencia. 2005

Academia de Tango de la R. O. del Uruguay, Concurso de Cuentos 2007, por: “Fue a Conciencia Pura”.


En 2003 primer libro “Garúa”, con cuarenta cuentos.

En 2006 la novela “Detrás de los ojos de la mama vieja”.

En 2008 “Malena” con 30 cuentos.

En 2014 “El embrujo de Maracaná” con 20 cuentos

 Dos libros inéditos.


Ada Vega,  mayo de 2022. - GRACIAS A TODOS, AMIGOS.

lunes, 10 de febrero de 2025

Tony y yo

  




Creo que cuando Tony vino a vivir con nosotros no había cumplido los cuatro años. Fue un invierno muy lluvioso aquel. El arroyo Conventos se había desbordado y las calles estaban anegadas y barrosas. Las lavanderas hacía días que no iban a lavar la ropa y las piletas, junto al arroyo, rebozaban de tanta agua caída. Entonces vivíamos en el barrio “Cuchilla de las Flores”, cerca de la cancha de La Liga de los Barrios, una de las zonas más lindas de Melo.

Recuerdo que al Tony lo trajo una mañana doña Eleonora, una comadrona muy comedida que vivía puerta por medio. César estaba en el trabajo y Estela andaba en la vuelta preparando el almuerzo. Yo estaba medio aburrido y harto de estar tantos días encerrado, me puse a mirar para afuera mientras caía la lluvia. Los sauces se doblaban bajo el peso del agua mansa y continua. Arriba, el cielo de un gris sucio, no tenía miras de abrir. Los vi venir por el repecho del campo lindero, detrás de un paraguas negro que los cubría a los dos.

Golpearon la puerta y cuando Estela fue a abrir se encontró con doña Eleonora y el Tony. Ella cerró el paraguas y entraron en la casa. No me acuerdo muy bien la conversación entre la comadrona y Estela. Pero entendí que le traía al Tony para que viviese con nosotros. Le dijo, apelando a sus sentimientos cristianos, que recibirlo era una obra de caridad. Al pobre, en la carretera, un auto le había matado a la madre y vivía con unos zafreros en el barrio Mendoza, donde lo maltrataban. Y eso se veía a simple vista. El Tony era chúcaro y tan sucio, que ni el agua caída del cielo, había logrado aclarar su carita.
Nos miraba asustado con la cabeza gacha. Estela, que era más buena que el pan, no necesitó más para extenderle los brazos, lo convidó con unos pastelitos que acababa de hornear y lo dejó conmigo para que se fuera aquerenciando. Contó doña Eleonora que cuando murió la madre, el Tony fue a vivir con los zafreros, pero que estos tenían muchos hijos que alimentar y una boca más ya era demasiado. Por lo tanto, comía un día no y otro tampoco. Que verlo en ese abandono le partía el alma, así que fue y se los pidió. ¡Como si fuese un florero, el pobrecito!

Parece que los zafreros no la dejaron ni terminar de hablar, se lo dieron más pronto que ligero y, antes que la doña fuera a arrepentirse, le cerraron la puerta en las narices. Así que ese mediodía, cuando César llegó a almorzar, se encontró con la novedad de que en casa, ya éramos cuatro. Tony y yo nos hicimos amigos al toque. Aunque le costó un poco adaptarse a la casa, pues, estaba resabiado, el cariño y el calor del hogar en poco tiempo lo conquistaron. Y yo me acostumbré a él, fuimos inseparables.
Para cuando cumplió los seis años, ya Estela y César lo habían adoptado. Lo anotaron en la escuela como Antonio Velázquez Tomé. Yo lo acompañé y lo fui a buscar a la escuela durante los seis años. Excepto los días que se quedó en casa por un sarampión que se agarró en tercero, o aquella vez que jugando al fútbol en la cancha donde practicaba “El Naranjo”; al pisar una pelota y girar el cuerpo a la vez, se le trancó una pierna y la rodilla se le salió para un costado. Cayó al suelo agarrándose la pierna.

Yo salté limpito el alambrado y fui hacia él que se quejaba de dolor. Corrí a casa, me paré en la puerta de la cocina y le ladré con fuerza a Estela.
--¿Qué pasa? Me dijo. ¿Dónde está Tony? Le seguí ladrando más fuerte y empecé a correr hacia la cancha. Ella me siguió. Se lo llevaron en la camioneta de don Genaro, el almacenero. Con él subió Estela y una vecina. Yo también subí por una puerta, pero me bajaron por la otra. Así que vine para casa y me senté a esperar. Volvieron casi de noche. El Tony traía la rodilla vendada.
Esas fueron unas vacaciones extras, él no podía ir a la escuela, así que pasábamos todo el día juntos. Y los inviernos se amontonaron empujando a los veranos agobiantes de nuestro Cerro Largo. Empezó el liceo en Melo, pero un día decidieron mandarlo a Montevideo a terminar sus estudios. Nunca habíamos vivido tan lejos uno del otro ni pasado tanto tiempo sin vernos. Si hubiese sabido llorar hubiera llorado el día que lo vi subir al ferrocarril y despedirse de mí, con la mano en alto. Esos años viví imaginando su vuelta.

A veces iba a la estación a ver pasar los trenes. Esperándolo. Un invierno César nos dejó. Él vino a acompañar a Estela por unos días. Pese al dolor de haberlo perdido, el regreso de Tony me hizo feliz. Salíamos juntos a recorrer el barrio, a visitar a sus amigos. Algunas noches después de cenar, cuando Estela se dormía, me chiflaba con dos chiflidos cortitos entre dos dedos y salíamos de callados a caminar por el pueblo. Así me chiflaba de gurí cuando se escapaba a la siesta y salíamos los dos a vagabundear. Nos llegábamos hasta los juegos del bosque, él reía, remontaba muy alto en las hamacas y desde la altura me llamaba: ¡Cachila!
Otras veces seguíamos el curso del arroyo por la costanera hasta el puente carretero y allí nos quedábamos viendo pasar los ómnibus y los camiones, ¡vaya a saber hacia qué destinos! Cuando al fin terminó sus estudios volvió al pueblo con una novia. En la modorra de la siesta de verano oí su chiflido dos cuadras antes de llegar a casa. Corrí por la mitad de la calle para alcanzarlo. Se alegró de verme, pero esa tarde supe que en el corazón de Tony había otro amor. La noche antes de volverse a Montevideo fuimos hasta el bosque.

Se tiró en el pasto panza arriba a mirar las estrellas. Yo me eché a su lado con la cabeza apoyada en su pecho, él descansó su mano sobre mi lomo y en ese momento sentí que nunca nos habíamos separado. Al año siguiente Estela viajó para su casamiento. Él se casó y se quedó a vivir en la capital, y yo me acostumbré a vivir con su recuerdo. Está refrescando. El invierno se viene otra vez y yo estoy muy viejo. De todos modos, la imagen de aquel gurisito sucio que vino un día a vivir con nosotros, siempre me acompaña.
Ahora estoy solo, la casa está oscura y cerrada. Hoy enterraron a Estela. No quise ir a despedirla. Quiero quedarme aquí, y morirme yo también.
El sol se escondió tras los eucaliptos. La noche se va cerrando. Por momentos el coro de las ranas se eleva escandaloso pidiendo agua al cielo. Aquí, bajo el jazmín de Estela, si los recuerdos me dejan, voy a tratar de dormir.
Los focos de un auto iluminan la casa que ha quedado sola y desamparada. Al principio el doble chiflido de Tony entra en su sueño y lo desconcierta. Y al final aquel llamado que golpea en su corazón: ¡Cachila! ¡Cachila!
Recién entonces, a paso de perro viejo, se acerca al portón. Sus ojos gastados adivinan a Tony. Aquel su olor, sus manos aprehendidas, acariciando su cabeza, y su voz...
—Cachila, vine a buscarte viejo, vamos conmigo a Montevideo, vamos subí, ¡vas a ver que linda es la capital...!

Ada Vega, año edición 2001

sábado, 8 de febrero de 2025

En los tiempos del Zeppelín

    


El 30 de junio de 1934 quedó para siempre impreso en mi memoria. Aquel día de invierno de cielo translúcido, sin nubes, ni el viento que suele azotar la ciudad de Montevideo, vi al Graf Zeppelín al regreso de Buenos Aires, sobrevolar mi casa en la Villa del Cerro. Entonces la Villa era apenas un cerro agreste con algunas viviendas y comercios sobre la calle Grecia, y edificaciones ocupadas por saladeros, frigoríficos e industrias del ramo cárnico. Mi casa se encontraba en lo alto del Cerro. Solo el faro, cuya construcción en la cumbre había sido dispuesta por la corona española, cien años atrás y la fortaleza, la superaban en altura. En 1834 el gobierno de la época, otorgó el permiso para crear una población con el nombre de Villa Cosmópolis, para recibir y dar lugar a los miles de inmigrantes que llegaban de Europa, adoptando luego el nombre de Villa del Cerro.Mi padre, que había sido peón en una estancia cimarrona del interior del país, se radicó en Montevideo cuando la estancia fue vendida a una familia de Estados Unidos con capitales en el Frigorífico Swift; quienes a su vez le dieron trabajo en dicha empresa. Se estableció por lo tanto en un alto de la Villa y se casó con una joven vecina descendiente de lituanos, quién luego sería mi madre.


2

En el año del Zeppelín comencé la escuela. Crecí recorriendo el cerro. Fui un adolescente curioso, andariego y medio brujo. Puntual visitante de la fortaleza y testigo natural del crecimiento vertiginoso de la ciudad- puerto, que se extendía a los pies del monte. Desde mi atalaya observaba la entrada y salida de los barcos y lanchones al puerto de Montevideo; la llegada de los troperos desde el interior del país arreando ganado para los frigoríficos; observaba el movimiento de camiones en La Teja en los comienzos de la instalación de ANCAP y las chimeneas humeantes de las distintas fábricas de toda aquella zona industrial.
Solitario y hosco me crie entre los pájaros de los montes, la pasión de recorrer las playas y la costumbre de rezarle al sol. Incansable caminador bajaba hasta la costa y recorría la cadena de playas que se extendía interminable hacia el oeste, juntando tesoros que guardaba ocultos bajo un árbol centenario: puntas de flechas, casquillos de balas, cuchillos herrumbrados, la quijada de un puma, y un crucifijo de madera carcomida, con un cristo claveteado, de plata de ley.
Recogía objetos que las olas dejaban sobre la arena, de barcos naufragados del tiempo del coloniaje: monedas antiguas; enseres de metal; pedazos de tazas y platos de loza pintados con flores de colores; palos y restos de velamen.
Me cautivaba en los atardeceres, observar la entrada del astro rey en el mar, y contemplar en las noches, de espalda sobre la gramilla, el paso de la luna y su séquito de estrellas.
Criado en aquel otero cerril de animales montaraces y montes silvestres, conversaba con los animales del monte y también con los que se criaban en las chacras. Revolucionario y justiciero de alma, conocedor del destino de las aves de corral, solía reunir a las gallinas para disertar sobre el tema de ir a parar a la olla en cualquier momento, por lo que las alentaba a no pasarse el día picoteando el suelo, tragando todo lo que encontraban, sino tratar de perder peso e intentar vuelos cortos, a fin de volar un día como las garzas y las cigüeñas que cada primavera llegaban por miles a empollar en las riberas del Río de La Plata. Pero las gallinas fueron desde siempre muy haraganas, de modo que me escuchaban sin interés y se iban una tras otra pues se venía el atardecer y había que ir acomodándose en el palo del gallinero. 
Un día, Pedro, un gallo viejo de la familia D’Amore que tenían una quinta detrás del Cerro, cerca del Campo de Golf, me dijo que no gastara pólvora en chimango y dejara a las gallinas vivir su vida. Que las pobres no habían nacido para volar —puntualizó—, que ellas estaban conformes con su destino. No necesitaban emigrar pues todo lo que necesitaban lo encontraban en el gallinero: dormían bajo techo, recibían comida diaria sin necesidad de andar buscando por ahí, se acostaban temprano y nadie las obligaba a madrugar. Por lo tanto, dejé la cátedra revolucionaria de lado y seguí haciendo nada, mientras recorría la costa y me bañaba en las aguas del río, entre las lisas plateadas que alegres y confiadas saltaban a mí alrededor.

3


Aquel día de junio, al descubrir en el cielo el dirigible alemán, lo primero que se me ocurrió fue manotear la honda para bajarlo de una pedrada. Fue mi padre, que había salido de la casa para ver el pasaje de la nave, quien gritó a tiempo que me detuviera, pues podía dar en el blanco — dijo—, y hacerle un boquete que lo desinflaría forzándolo a aterrizar sobre el almácigo de cebollines, obligándolo de ese modo a permanecer allí hasta que lo emparcharan, mientras los extraños que llevaba en la barriga, quién sabe por cuánto tiempo deambularían por el Cerro y la fortaleza molestando a los vecinos. De todos modos, yo estaba empecinado, quería bajarlo a tierra para ver qué había dentro del globo, no podía creer que, como decía mi padre, dentro de la nave hubiese gente de paseo por el mundo. Por lo tanto, quedé refunfuñando mientras el Zeppelín sobrevolaba la bahía y el puerto, para perderse más allá del Centro de Montevideo sin haber pisado suelo uruguayo, ni a su ida ni a su vuelta de Buenos Aires. Me quedó una ojeriza que nunca pude ocultar. Esperé por años volver a ver el dirigible pues, si había venido una vez —le decía a mi padre— lo lógico sería que volviera como volvían los hidroaviones de Causa, que atravesaban el cielo dos veces por día, para acuatizar en el aeropuerto junto al Nacional de Regatas. Estaba convencido de que el globo con forma de cañón, volvería un día brillando al sol como aquel 30 de junio. Mi espera fue en vano. El Graf Zeppelín, orgullo de la Alemania nazi, nunca volvió. Según se dijo entonces, seis años después de su paso por Montevideo, fue desguazado por los alemanes para utilizar su metal en la construcción de armas bélicas.
El avistamiento del dirigible pautó en mí el principio de una vida plagada de aventuras sin salir de ese Cerro de Montevideo, que fue creciendo para convertirse en una ciudad dentro de otra ciudad. Una ciudad cosmopolita, con una enorme riqueza de costumbres, idiomas y religiones.
El pasaje del Zeppelín, me dio a conocer la existencia de otro mundo más allá del Río de la Plata, más allá del horizonte donde cada atardecer veía ocultarse el sol.
En mis correrías de niño, la curiosidad me llevó a visitar las casas de los vecinos que poco apoco iban poblando las laderas de la villa. Familias recién llegadas que no hablaban como nosotros, y se comunicaban con señas. Personas venidas de Dios sabe dónde que, chapuceando y a los golpes, comenzaron hablar español y comunicarse con bastante soltura. En ese intercambio de idiomas y costumbres fui conociendo historias y relatos de otras tierras, que enriquecieron mi mente y le abrieron caminos a mi imaginación.

4

Un verano a la villa se mudó una familia árabe, el señor Farid con su esposa y tres niñas. El hombre usaba babuchas y zapatos con las puntas hacia arriba. Las niñas andaban de vestidos largos y pañoletas que les cubrían la cabeza. Al principio tuvieron problemas porque las más pequeñas debían ir a la escuela, pero no con la cabeza cubierta sino de túnica y moña. De manera que por la mañana se vestían con túnica y al regreso de la escuela volvían a sus vestidos largos y sus pañoletas. Cuando llegaron al barrio hice amistad con la familia y así me enteré que la hermana mayor había dejado un novio en Tabuk, que prometió venir a buscarla para formalizar el matrimonio. Los padres de la joven no estaban de acuerdo y esperaban que los dos olvidarán aquel amor. Pasó el tiempo, y una de esas noches en que recostado a la fortaleza observaba el flujo y reflujo de las olas, observé que volando sobre el mar se acercaba algo semejante a un pájaro enorme con las alas extendidas. No era un pájaro, al aproximarse comprobé que era una alfombra apenas iluminada. La alfombra aterrizó junto a la casa de Farid de donde descendió un joven de turbante y capa con pedrerías, ayudó a la hermana de las niñas árabes subir y ambos, abrazados, desaparecieron bajo el cielo y sobre el mar sin dejar rastro. Aunque me pareció extraño no me llamó la atención, ya sabía que, desde el cielo a parte de la lluvia, se podía ver flotar, caer o pasar cualquier artefacto por extraño que pareciera. Al otro día, pese a que los padres estaban desesperados buscando a la joven, no di información sobre lo que había visto. Un tiempo después, ya casada, la joven volvió a su casa del Cerro a ver a sus padres y contó cómo su prometido había venido a buscarla una noche sobre una alfombra. Algo que a los vecinos les costó creer, pues si bien las alfombras mágicas eran conocidas surcando los cielos de Arabia, nunca supo nadie de que en Uruguay se usara esa modalidad habiendo en ese tiempo trenes, automóviles y aviones donde se podía viajar sentado, sin que a uno lo despeinara el viento.

5

La cadena de playas que se extienden más allá del Cerro se encontraba en aquellos días cerrada de montes enmarañados. En esos montes a orillas de la playa, de la caza y de la pesca, vivía Athan un viejo asceta que según él mismo contaba, llevaba tantos años vividos que había perdido la cuenta. Habitaba esos montes —decía—, desde antes de la llegada de los españoles y antes de que los charrúas bajaran hasta el Río de la Plata. En mis caminatas por la costa me había hecho amigo del viejo que entre idas y venidas me contaba historias sorprendentes.
Cierto atardecer, sentados en la arena, mientras preparaba las redes que tiraba al anochecer, me contó que, en la época de las colonias, muchos barcos cargados de monedas y oro del Perú, quedaron atascados en los arrecifes y se hundieron, llevándose con ellos sus tripulaciones. Me contó también que, durante años, en las noches de tormenta entre truenos y relámpagos, más de una vez había visto los espíritus de viejos marinos que, cargando picos y palas, surgían del mar, atravesaban la arena y se internaban en los montes en busca de los tesoros que alguna vez enterraron. Llegaban en noches sin luna y regresaban al mar, antes de que el sol despuntara.

6

Un diciembre, cinco años después del pasaje del Graf Zeppelín, volví a ver la esvástica desde mi puesto en la fortaleza del Cerro, entrando al puerto de Montevideo.
Fue en los inicios de la segunda Guerra Mundial, cuando el acorazado alemán Graf Spee, se enfrentó a tres cruceros ingleses en la llamada Batalla del Río de la Plata,
El Graf Spee, que había zarpado de Alemania en agosto de 1939, llevaba hundidos nueve barcos mercantes cuando se dirigió a las cercanías del Río de la Plata para atacar a los barcos británicos que se abastecían en esta costa. Los tres barcos ingleses lo persiguieron, lo encañonaron y le lanzaron torpedos antes de alejarse. De modo que el Graf Spee abandonó el combate y se dirigió al puerto de Montevideo a fin de reparar los daños. El gobierno uruguayo le dio un plazo de 72 horas. Mientras el Graf Spee era reparado. Su capitán enterró a sus muertos en el Cementerio del Norte, los heridos fueron llevados al hospital Británico y los más embarcaron en el Tacoma, con destino a Buenos Aires, barco mercante alemán, que se encontraba en el puerto de Montevideo, quien escoltó al "acorazado de bolsillo" hasta apenas pasado el límite internacional. Allí, el Admiral Graf Spee viró al oeste y echó anclas entre el Cerro de Montevideo y Punta Yeguas donde se inmoló mediante la detonación de explosivos.
Durante 3 días, desde la fortaleza del Cerro, vi arder a quien fuera considerado el más moderno buque pesado de la Alemania Nazi.

7


Poco tiempo después de la batalla del Río de la Plata, la familia D’Amore vendió la quinta y se fueron del Cerro. No volví a ver aquel gallo viejo y sabio que me enseñó tantas cosas de la vida. Era un gallo con una cresta grande y roja, un manto de plumas doradas sobre su plumaje colorado, y una cola de plumas grandes y arqueadas, azules, verdes y púrpuras, que brillaban tornasoladas al sol. Cuando lo dejé de ver tendría 9 años, no viven mucho más. Emitía un canto puro y potente. Cantaba al amanecer, al mediodía, al atardecer y a media noche. Él iniciaba el canto en el Cerro al amanecer y al atardecer, los gallos de los alrededores le contestaban uno a uno, pero ninguno cantaba con su potencia y musicalidad. El gallinero de la quinta de los D’amore, tenía un techo de chapas acanaladas con un alero más elevado, allí se subía a cantar. Cuando yo andaba por allí, de recorrida, él abandonaba el gallinero y conversábamos bajo los árboles del monte. Siempre supe, que mucho de lo que me contaba no era cierto, que era un gallo muy fantasioso y de inventar historias, de todos modos, era agradable escucharlo. Cuando empecé el liceo, mis compañeros se burlaban de mí porque no creían que yo hablaba con los animales y además no sabía fumar. Esto me daba bronca y vergüenza. Un día se lo conté a Pedro y me dijo que llevara hojillas y tabaco que él me iba a enseñar. Así que un día llevé tres cigarros armados y se los mostré, me dijo cómo tenía que aspirar y tragar el humo, le expliqué que no sabía tragar el humo, opinó que tenía que aprender porque si no parecería una chimenea y eso no era fumar, dijo.
Me llevó un tiempo aprender a tragar el humo,, mientras tanto le pregunté un día por qué él no fumaba, me confesó que había fumado cuando joven, pero que había dejado el vicio porque le afectaba la garganta y le enronquecía el canto.

8

Cuando en el 45 terminó la guerra en Europa, todo el Cerro festejó. Los árabes, los sirios, los lituanos, los armenios, los griegos, los italianos y los gallegos. Durante varios días el Cerro se vistió de fiesta. En esos días me enteré que la familia D’Amore, había vendido la chacra y se había mudado para Lezica. Fui corriendo a ver a Pedro, pero en el lugar no había gallinero, ni gallinas ni vi a Pedro nunca más.
Por mucho tiempo desde mi casa escuché su canto cuatro veces al día, aunque mi padre decía que el que cantaba sería otro gallo. Que era imposible que, en el Cerro, se pudiera escuchar a un gallo cantando en Lezica. De modo que llegué a pensar que tal vez estuviera en los montes junto a la playa. Varias veces salí a buscarlo y a pesar de que nunca lo encontré, por mucho tiempo su canto llegó a mis oídos.

9


Años después de avistamiento del Zeppelín, por las calles del Cerro conocí al Dios Verde, un solitario predicador vestido de túnica como Jesús, que descalzo y apoyado en un cayado recorrió por años todo el Uruguay predicando por la salvación del alma. Una tarde ascendiendo por la calle Viacaba me encontré con el místico que disertaba con una Biblia en la mano. Después, ya anochecido, subimos juntos hasta la fortaleza donde, recostado a un antiguo cañón, que apunta hacia la ciudad, me habló de Dios, de la salvación del alma, de los pecados de los hombres, de que, previo arrepentimiento, Dios perdona. Y me aseguró también, que el Cerro de Montevideo, es un volcán dormido.

10

En los tiempos del Zeppelín, al norte del Cerro, donde en aquellos años existían grandes extensiones de campos y montes silvestres, se fueron construyendo chacras y casas de campo. En el año 1948, la hija de una de esas familias se casó en la Parroquia Santa María del Cerro, con un marino del Graf Spee. El día aquél de la batalla, cuando el capitán bajó a tierra a los heridos, varios marinos se ocultaron y lograron perderse entre las calles de la Villa.
Algunos estaban heridos, de modo que varios vecinos les prestaron ayuda, los albergaron hasta que se recuperaron y les consiguieron alojamiento con familias que tenían chacras al norte de Cerro.
Allí se quedaron, trabajaron y formaron sus familias y nunca se fueron de Uruguay. Por las laderas de la Villa del Cerro, en estos días, aún viven sus descendientes.

Ochenta años después del pasaje del Graf Zeppelín sobre Montevideo, pienso que somos hijos de un país cosmopolita, bajo cuya bandera no todos nacimos, pero donde sobre el mismo suelo, somos todos hermanos.
Ochenta años después, recostado a la Fortaleza, de espaldas a la Bahía y a la Ciudad de Montevideo, veo hundirse el sol en el horizonte.
Solo, en la cima del Cerro, mientras mi memoria arrea los recuerdos, pienso en mi padre y, por si acaso, sigo escudriñando el cielo.

Ada Vega, año edición 2014

martes, 4 de febrero de 2025

Volvió una noche










—Norita.
—¡Negro!
—No llores más.
—Negro…
—Levántate de esa cama mujer, no llores más y ponte a limpiar, ¡que esta casa está tan sucia que no se puede ni entrar!
—Pará un poco. ¿A qué viniste, a consolarme o a reprenderme?
—Ni a una cosa ni a la otra. Vine para que reaccionaras. Yo ya no estoy, me fui. ¿Hasta cuando vas a estar tirada ahí?
—Te extraño.
—Ya lo sé, querida, pero hace un mes que las nenas comen pan y queso. Prepara la comida para que almuercen y cenen como siempre. ¿O no piensas cocinar más?
—Qué fácil lo ves tú.
—No, no lo veo fácil. Lo veo desde otra lógica.
—No sé qué hacer. Estoy desorientada.
—Haz lo que has hecho siempre: levántate, limpia la casa, cocina, lava la ropa, cuida a las nenas. ¿Piensas que eres la primera mujer que ha quedado viuda?
—¿Pero, y vos?
—Yo estoy bien. Estoy mejor que tú. Deseo irme, pero con tu llanto y tu tristeza me tienes atado a la tierra.
— ¿Te quieres ir?
—Sí, Norita, ya no pertenezco a este mundo. Mi espacio es otro. Fue mi cuerpo terreno el que vivió y murió acá. Ahora tengo alas y…
—Y no tenés ropa. ¿Andás así por la calle?
—No ando por la calle, vine a verte en un haz de luz.
—Sí, en realidad no sos el mismo, hablás como un doctor y vos, la verdad, siempre fuiste medio reo.
—Escúchame, Norita, enciende la radio y pon esa música que te agrada tanto y te levanta el ánimo.
—¿Que me gusta a mí?
—Sí esa música que escuchabas cuando yo estaba en casa.
—Ah, sí, la cumbia.
—Sí, la cumbia. Abre las ventanas, ventila la casa, arréglate, ve a la peluquería, sal de paseo. Tienes buenas amigas, ve a pasear con ellas. ¿No deseabas hacer un curso de cerámica? Pues hazlo, renuévate, eres joven, puedes rehacer tu vida.
—Sí, indudablemente sos un ser superior. El que fue mi marido era un guardabosque. Jamás me dejó salir con mis buenas amigas que según él me empuaban y me daban manija, y menos que me arreglara y me vistiera bien. Aquel que fuiste me acompañaba hasta al dentista, al guarda del ómnibus tenía que pagarle al tanteo porque no quería que lo mirara, en la feria tenía que andar como una loca con los ojos extraviados para no mirar a los puesteros. Nunca me dejó usar calzas ni pantalones porque decía que me marcaban mucho…
—Bueno, Norita, pero eso era antes, cuando yo vivía en este mundo.
—A ver, a ver, espera un poco, no sé si entiendo bien. ¿Me estás queriendo decir que yo te importé mientras fuiste un simple humano con los pies sobre la tierra y ahora que vivís con los pies sobre una nube, por vos, que me parta un rayo?
—No, tampoco es tan así. Pero tú tienes que entender que a mí me espera la Gloria, un cielo donde “vi unas cosas que no puede ni sabe repetir quien de allí baja” y donde debo entrar sin lastre ni ataduras de esta tierra.
—Entonces viniste por vos.
—Vine por los dos.
—¡Esto nadie me lo va a creer!
—Querida mía, tú de esto no puedes hablar con nadie. La gente no te entendería ni te creería. Esta visita, que hago con placer, es solo entre tú y yo. Volví porque te vi desanimada, sin deseos de salir del pozo donde ibas cayendo. Sin intentar una salida. Vi a las nenas muy solitas, sin el padre y sin la madre. ¿Cómo explicarte? ¡Vine para que reaccionaras y yo me pueda ir de una vez!
—Pero ¿y la plata? ¿Qué hago yo sin tu sueldo? Porque siempre me creíste una tonta, nunca me dejaste administrar la casa y junto a tus amigos, en noches libertinas, despatarraste todo lo que ganabas sin ahorrar jamás un peso; ignoraste los seguros de vida; la pensión que me dejaste es mísera; se te dio por morirte de golpe y nos dejaste en la lona y ahora me salís diciendo que estás mejor que yo y que me deje de llorar. ¡Que te quieres ir de una vez!
—Bueno, la pensión no es tan chica, yo no estoy, si te sabes administrar, creo yo que no tendrás problemas.
—Nos tenemos que borrar de la sociedad médica y para el inglés de las nenas no alcanza.
—Trabaja, querida. Búscate un trabajo.
—Pero vos nunca quisiste que trabajara.
—Eso era antes, cuando yo estaba en casa.
—Mirá que bien, cuando yo quise trabajar y tuve oportunidad de hacerlo no me dejaste porque no iba a dejar la casa para “andar por ahí”. Y me quedé a cocinar, limpiar y criar hijos. Ahora que no hay trabajo para nadie, que no tengo práctica de nada, que tengo una carga de años encima, te venís del Paraíso para mandarme a trabajar. Ahora sí puedo “andar por ahí” haciendo lo que salga, porque para elegir no está la cosa. A tu cuerpo terreno ya no le molesta nada y tu espíritu superior está por encima de las miserias humanas. ¡Realmente eres un ser supremo!
—Norita, yo no puedo indicarte lo que tienes que hacer. Tú eres dueña de tu vida, tendrás que encontrarle una solución. De todos modos, por el dinero no te preocupes, en última instancia: Dios proveerá.
—¿Te parece que Dios me pague el alquiler? Vení, acercate, hace más de un mes…
—¡No te acerques!… ¡no me podés tocar!
—Negro, ¡cómo te han cambiado! Ya no sos el de ayer.
—Norita, yo estoy muerto para el mundo. No tengo sensaciones ni deseos humanos. Soy un espíritu. Estoy para cosas superiores. No para nimiedades terrenas.
—¿Nimiedades…?
—Sí. Todo eso ya no me interesa. Vivo en otra dimensión. Ahora soy sabio, etéreo, mi cuerpo es incorruptible. ¡Ay, mi querida! No sé para qué insisto en explicarte. ¡Es tal la diferencia que existe entre los dos, que tú, pobre criatura humana, no puedes entender!
—Che, Negro, sabés una cosa, me revienta que hayas vuelto. Me revienta sí y no me mires con esa cara. ¿Sabés por qué me revienta? Porque a mí, este estado de tristeza y decaimiento que me ha causado tu pérdida irreparable, se me iba a pasar. Un día se me iba a pasar. No iba a llorar cien años. Y entonces viviría mi vida como se me diera la real gana. Liberada de tus prescripciones y decretos. Que hacé así, que hacé asá; que vení aquí, que no vayas allá. ¡Por Dios! Más tarde o más temprano me daría cuenta de que al fin era libre. ¡Libre y soberana! Te mandaría hacer una tumba de losas blancas allá en el Norte, al principio te llevaría flores cada 2 de noviembre y a otra cosa mariposa. Pero no, se te ocurrió venir para ver como había recibido yo tu sorpresivo deceso. ¡Nadie vuelve! Por más que supliquen, ¡nadie vuelve! Pero vos sí. Vos tenías que volver. Antes de partir, definitivamente, desnudo y alado a los campos celestiales, tenías que venir a impartir tus últimas órdenes, para que yo no me salvara de tu mandato, ni aunque estuvieras muerto. ¡No quiero ni saber las artimañas que habrás empleado con San Pedro para que te permitiera venir por un par de horas! ¿Te puedes imaginar cuánta gente se habrá ido de este mundo dejando metas por la mitad? ¿Objetivos sin alcanzar? Sueños. Aspiraciones. Y no pudieron volver. Escuchame ¡no volvió Gardel! A confirmar su nacimiento en Tacuarembó, para ver si terminamos de tironear sus raíces con los argentinos, ¡y volviste vos! Vos tenías que volver o volver. Y lo primero que me decís cuando me ves tirada en la cama llorando tu ausencia, es que me levante a limpiar: ¡Que esta casa está tan sucia que no se puede ni entrar!, que salga del pozo, que me ponga a cocinar, que lave la ropa, que abra las ventanas, que ventile la casa, que prenda la radio, que escuche cumbias, que busque trabajo, que haga un curso de cerámica, que me compre ropa, que vaya a la peluquería, que salga a pasear con mis amigas, que me arregle, que cuide a las nenas, dime Negro: ¿me quedará tiempo para bañar al perro? Escúchame vida mía, si ya dijiste todo lo que tenías que decir, por favor vete, por donde viniste amor mío, por donde viniste, vuélvete a ir. Que el muerto eres tú, no yo. Y vete volando derecho a la Gloria que te espera, no sea que en la ida te encuentres con "Carón con ojos de fuego" y te arrastre hacia “ la fosa de los círculos concéntricos." Lamento tu decepción, yo tampoco soy aquella que dejaste en este valle de lágrimas, y no querría, te juro, herir tu susceptibilidad al pedirte de favor que me dejes en paz. No te ofendas, que no es mi intención ofenderte, ¿te digo algo? No sé para qué viniste, habría salido más barato si te hubieras ahorrado el viaje. Y te digo más: no me gusta como te quedan las alas. ¡Mucho mejor te quedaban el vaquero gastado y la remera azul!

Ada Vega, edición 2003

lunes, 3 de febrero de 2025

Casamiento accidentado

      


"...Conquistarán nuestra tierra,con risa pura , los negros;
con risa que es solo risa, Dios les aguarda riendo;
magia de risa les cría, negra noche, Dios sin ceño...
Dichosos los que se ríen, que dormirán sin ensueños!"

Miguel de Unamuno a Nicolás Guillén - Madrid 1932

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Había amanecido lindo en mi pueblo, el sábado aquél en que se casaba m’hijo, el menor. El sol tibio de abril, acariciaba manso las calles angostas, las casas bajas. Se filtraba como con timidez entre las ramas de los árboles, ya casi secas, en la plaza principal. Asomando entre los cerros, arrancaba reflejos dorados del campanario de la iglesia y hacía brillar los botones del uniforme del cabo, en la puerta de la comisaría. El día despertaba augurando felicidad.

Los preparativos del casamiento habían llegado a su fin. ¡Gracias a Dios! Porque hacía como seis meses que la patrona y mis gurisas no daban la ida por la venida con los arreglos del eminente acontecimiento. Que los regalos, los vestidos, el traje del muchacho, la iglesia. ¡La fiesta! Me he pasado firmando boletas de crédito. Diga que en el pueblo todo el mundo me conoce y me da fiado, ¡que si no! Pero era el gusto de mi mujer y era el primer hijo que se nos casaba.

Pensar que yo me casé con la madre de mis hijos por atrás de la iglesia. Digamos que me la robé, entonces yo tenía dieciocho años y ella dieciséis. Después formalizamos, cuando los mayorcitos iban a empezar la escuela. Pa´que tuvieran mi apellido, sabe, como manda la ley. Por la iglesia no, nunca nos casamos. El cura decía que estábamos en pecado, que pa´casarnos teníamos que confesarnos y arrepentirnos. ¿Qué íbamos a confesar, si todo el pueblo sabía que vivíamos juntos? ¿Y de qué nos íbamos a arrepentir, si habíamos sido felices? Dios nos habrá perdonado ¡nos mandó siete hijos! Si vinieron como penitencia ¡pa´ nosotros fueron un regalo!

Siete muchachos criamos: cinco gurisas y dos varones. El  mayor y el menor ¡mire usted! Las dos puntas. Y el punterito chico rompió el cepo. Yo al principio me opuse:

—¡No señor, qué casorio ni casorio,  es muy gurí, tiene tiempo, que viva un poco primero! ¡Tiene tiempo!

Pero no hubo caso, el amor es así, cuando prende, prende. Y la madre que lo apoyaba:

—No es ningún gurí, ¿vos ya te olvidaste? Cuando nació el primero vos no habías cumplido los diecinueve ¡igual que tu hijo ahora!

Y ¿qué iba hacer? ¡Que se case entonces! ¡Quiera Dios sea feliz como yo fui con su madre. Pero ahora la cosa está fiera, no es como antes, nosotros no teníamos nada, ni esperábamos más de lo que teníamos. En esta casa vivimos siempre. Aquí nacieron todos mis hijos. Pero ahora ¡hasta televisión color quieren los muchachos!

Bueno, la cuestión era que el día del casamiento iba pasando, de tarde venía el juez a casarlos en casa y de tardecita se casaban en la iglesia. Ya estaba todo pronto, la casa llena de gente —yo no sé de dónde había salido tanto invitado—, el juez en el comedor y los novios de la manito, de pie frente a él. ¡Cuando sucedió la hecatombe!

Abriéndose paso entre los invitados, una morena joven con dos negritos de la mano y uno en los brazos ¡que eran una gloria! Paró el casamiento.

Dirigiéndose al juez le dijo que el casamiento no se podía efectuar, porque el muchacho que se casaba era el padre de esos tres gurises. Y ahí nomás se suspendió el casamiento civil. Le juro que no me quiero ni acordar. Mire, entre los desmayos, los gritos, los empujones, ¡fue un infierno aquello! La novia agarró a sopapos al novio que parecía que no entendía nada de lo que estaba pasando. El juez, yo y mi compadre, el Nacho, tratamos de calmar el relajo que se armó. Lo conseguimos a medias. La novia llorando a mares, no quería saber de nada, m´hijo o no sabía nomás lo que pasaba, o se había vuelto loco. Andaba como perdido. Yo lo agarré de un brazo y lo enfrenté a la morena.

—¿Conocés esta mujer? —le pregunté indignado.

—Yo no la conozco, ni sé quién es —¡me dijo delante de ella! ¡Qué indecencia, negar así a su propia mujer, a la madre de sus hijos! Sentí un dolor en el pecho, comprobar en mi propio hijo esa falta de dignidad, negar todos los principios que le enseñamos con la madre, yo…

—¿Quién es este hombre? —dijo la morena.

—Cómo quién es? ¡Es el padre de tus hijos! —le contesté.

—¿Qué dice? ¡El padre de mis hijos es su hijo!

—¿A sí? ¿Y éste quién entonces? ¿No es m´hijo?

En medio de semejante lío, viene como del fondo de casa el Hugo, m´hijo mayor, que andaba en la organización de la fiesta de esa noche, ve a la morena y le dice, mientras toma en los brazos al niño que ella cargaba y acaricia a los otros dos.

—¡Tina! ¿Qué hacés acá?

—Me dijeron que te casabas…

—¿Yo?

—Me dijeron…

Él le dio un beso y le dijo:

—Zonza, yo ya me casé contigo.

—Entonces vos… —le dije al Hugo.

—Sí papá, yo hace años que tengo mujer, que vivo con Tina. No sé, al principio no dije nada, después el tiempo fue pasando, siempre esperando que se diera una oportunidad, esas cosas ¿vio? Pero bueno, ahora ya lo sabe. Tina es mi mujer y estos son sus nietos.

Hubo que ir a buscar a la novia y a los padres para seguir con el casorio. El juez y los invitados no se habían ido esperando para ver como terminaba el  lío. Al fin los muchachos se casaron por el juez y de tardecita fuimos todos a la iglesia.

Mientras el cura les hablaba a los novios yo, que era el padrino , miré para la primera fila de bancos. Mi mujer con el negrito más chico en los brazos, lloraba, pienso que sería por la emoción de la boda. Nunca le pregunté. Tina y el Hugo con los dos negritos de la mano, sonreían felices y enamorados. Yo me puse a pensar que a ellos habría que armarles casamiento y bautismos. Me gustó eso de tener tres nietos de golpe. Clavado que el Hugo ya los habría hecho hinchas de Peñarol! Si, otro casamiento en puerta.

 Había amanecido lindo, en el pueblo, el sábado aquel  de abril.


Ada Vega, año edición 1995