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martes, 17 de septiembre de 2024

La casa encantada de Punta Brava



    Mucha gente no la conoce, ni siquiera algunos vecinos que la ven como una de las tantas casas deshabitadas que existen en el barrio. Pero está ahí. Misteriosa. Encantada. Habrá quien sonreirá y opinará, escéptico, que en pleno siglo 21 y ante el disparado avance de la Genética, del ADN y del Genoma Humano, que nos replantea la vida misma, no se puede andar hablando de casas misteriosas o encantadas. Y tiene razón, no se debería. Por eso en el barrio nadie toca el tema. De todos modos, la insólita historia que me contó mi amigo Renzo, me resultó sumamente interesante.

Hacía mucho tiempo que tenía indicios, no corroborados, sobre hechos sorprendentes ocurridos alguna vez en una casa de Punta Carretas y una tarde, sin pensar, me encontré con el tema sobre la mesa.

Renzo, que nació y se crio cerca del Faro, me contó que por aquellos años cuando la segunda Guerra Mundial estalló en el Río de la Plata, solía acompañar a su abuelo Vittorio cuando llevaba a pastar a los caballos a un potrero ubicado en Solano García y Bulevar Artigas, donde ahora están levantando un edificio. Ya en aquel entonces el abuelo le hablaba de la extraña casa, por cuya puerta pasaban de ida y de vuelta, y de las lenguas de fuego que corrían a quien intentara poner un solo pie dentro del predio

Renzo observaba aquella casa, con reminiscencias de castillo medieval, y la encontraba hermosa rodeada de plantas y pájaros y aunque le llamaba la atención que nadie viviera en ella no creyó demasiado en su encantamiento hasta la tarde en qué, por su cuenta, decidió investigar qué había de cierto en la historia que le repetía su abuelo.

Esa tarde esperó a que el anciano estuviese ocupado y salió sigilosamente hacia la casa misteriosa. Al llegar, no bien abrió el portón, una enorme lengua de fuego salió chisporroteando de la casa y lo empujó hacia fuera. Volvió con el pelo y la ropa chamuscada y un julepe que le duró toda su vida. De todos modos no le contó a nadie lo sucedido, por temor a que no le creyeran o lo tomaran por tonto. Tampoco se lo contó a su abuelo, que al verlo con el jopo quemado y sin pestañas, no necesitó de palabras para comprender lo sucedido.

Sin embargo no fue sólo la aventura de Renzo, la ocurrida en aquellos tiempos. Según se supo y se comentó, aquellas fatídicas lenguas de fuego corrieron a más de un despistado y curioso visitante.

Pasado el tiempo sin contar los numerosos gatos de todo tipo y color y algún par de perros sin domicilio conocido, que se habían hecho dueños de la mansión, ningún ser humano osó violar el portón de la casa de los Henry.

Más de medio siglo después, ya sin temor al escarnio, de sobremesa un mediodía en Noa – Noa y observando el mar tras los ventanales, Renzo se animó a contarme aquella historia que llevaba atragantada.

Míster Henry era un inglés nacido en Londres, que había venido al Uruguay por negocios a principios del siglo XX. Después de cruzar el Atlántico más de una vez, entre el nuevo y el viejo mundo, el inglés decidió un día establecerse definitivamente en nuestro país. Fue así que contrajo matrimonio con una joven uruguaya con quien tuvo cuatro hijos, compró campos en Soriano sobre el “Río de los pájaros pintados” y para allá se fueron a vivir. De todos modos no se quedaron en el campo mucho tiempo pues, cuando los niños en edad escolar requirieron ampliar sus estudios, la familia decidió mudarse a Montevideo, eligiendo para ello el paisaje de Punta Carretas donde mandó edificar una casa frente a “el campo de los ingleses”, hoy: Campo de Golf.

Se puso de acuerdo con los arquitectos señalando gustos personales, acentuando la realización de un gran hogar a leña en el comedor de la planta baja. Su esposa y sus cuatro hijos rechazaron la idea de plano. Preferían estufas eléctricas en cada habitación. Les molestaba el humo, el olor a leña quemada, no lo veían práctico y opinaron que para alimentar esa enorme boca tendrían que vivir acarreando troncos. Por lo que le pidieron al inglés que desechara la idea de la estrafalaria estufa con la cual ellos no estaban para nada de acuerdo.

Míster Henry, pese a sentirse decepcionado, aceptó por el momento la petición de los suyos. Luego, pasado un tiempo y sin volver a consultar ordenó hacer la estufa a leña en el amplio comedor. Pensó, acaso, que una vez que la vieran encendida, prodigando desde su rincón calor a toda la casa, la aceptarían de buena gana.

Cuando la mansión estuvo terminada, con sus muebles nuevos, alfombras y cortinados, fue a Soriano en busca de su familia. Llegaron una tarde cuando el sol caía detrás del Parque Hotel y desde el mar un viento fuerte soplaba encrespando las olas.

A pesar del mal tiempo la vista de la hermosa casa llenó a todos de alegría. Entraron al gran comedor y subieron las escaleras hacia sus dormitorios, observando complacidos hasta los mínimos detalles.

El padre, en la planta baja, aprovechó el momento para encender la estufa. Llamó entonces a toda la familia y los reunió ante la cálida lumbre.

La esposa y los niños cambiaron de humor. Mientras las brasas se encendían y la llamas comenzaban a elevarse, ellos vociferaban enojados menospreciando aquel hogar donde las lenguas de fuego lamían cálidamente los troncos.

Míster Henry, los escuchaba herido, lamentando la actitud de su familia que rechazaba tan cruelmente aquel deseo suyo hecho realidad.

Las llamas no soportaron más el mal trato. Ofendidas y humilladas crecieron como enormes lenguas de fuego. Se estiraron, salieron de entre los troncos encendidos y fueron uno a uno envolviendo y llevándose hacia el centro del hogar a los niños y a la madre, que desaparecieron ante los ojos aterrados del padre. Luego la estufa comenzó a apagarse quedando apenas unas pocas brasas encendidas.

Al ver la malvada reacción del fuego el padre comenzó a gritarle encolerizado, exigiéndole la devolución de su familia. Maldiciendo a las llamas que se habían llevado a sus hijos y a su mujer. Tanto maldijo e insultó ante la desdentada boca de la estufa que en el instante de apagarse totalmente, brotó una llama rebelde y roja que estirándose fue hacia él y envolviéndolo se lo llevó con ella para desaparecer entre las cenizas, mientras se apagaba la última brasa.

El verano comenzaba a insinuarse. Mientras Renzo le daba término a la vieja historia de la casa encantada, quedé pensativo observando el sol que declinaba en el horizonte, camino al faro de Punta Brava.
Ada Vega, edición 2001 -

domingo, 15 de septiembre de 2024

La intrusa

 




Nos conocimos un verano de sol y arena. Éramos muy jóvenes y jugamos a amarnos. En el juego el Amor nos desbordó. Fue tan grande y tan pleno que no supimos qué hacer con él y se quedó confundiéndonos. Entendimos entonces que ya nunca otro, que eran sin final su rostro y mis manos. Su piel y mi piel. Nos casamos casi niños en un juzgado de barrio. El juez, con la bandera de la patria atravesada en el pecho y los lentes apenas apoyados en su nariz, nos miraba muy serio, sin entender nuestra risa, nuestra radiante felicidad, nuestro irresponsable amor. Rodeados de familiares y amigos, juramos que sí. Recibimos besos, estrechamos manos, lanzamos al aire el blanco ramo de flores y huimos juntos bajo la nube de arroz que nos auguraba felicidad.


En los primeros años de casados vivíamos en un hotel céntrico cerca de nuestros empleos. Yo trabajaba en una tienda en la Avenida 18 de Julio. Y él en una sastrería de la calle San José. Nos íbamos juntos por la mañana, casi corriendo. Él llevándome de la mano, yo medio dormida siempre más atrás. Volaba la mañana y apenas sonaba el timbre que anunciaba el final de la media jornada, salíamos apresurados para encontrarnos en un bar de la calle Convención. Almorzábamos mirándonos a los ojos, tocándonos a cada instante para comprobar que estábamos. Que éramos de verdad el uno del otro. Era una fiesta esperarlo a las siete de la tarde, cuando pasaba a buscarme. Nos íbamos abrazados por aquellas veredas angostas, llenas a esa hora de empleados de todos los comercios del Centro de aquel perdido, inocente Montevideo.

 Llegábamos a nuestra pequeña pieza del hotel donde hacíamos el amor descubriéndonos cada día. Afirmando aquel amor con la absoluta seguridad de que, jamás, nada ni nadie lograría separarnos. Soñando después con la casa que algún día tendríamos y con los hijos que vendrían. Dos años nos llevó la espera. Un día alquilamos un departamento en Andes y Colonia. Fuimos construyendo nuestro hogar paso a paso. Despreocupados y felices. No sé bien qué pasó entonces. Tal vez lo nuestro era demasiado hermoso, demasiado perfecto. Los dioses nos envidiaron y apareció la intrusa. 

Surgió de la nada. De las sombras. Calladamente. Fijó en mi hombre sus ojos seductores y abriendo una brecha entre los dos, trató en vano de minar mi amor. Lo conquistó con astucia y comenzó a llevárselo lentamente. Siempre supe que él no quería irse y dejarme sola. Que intentó resistirse. Pero ella es muy hábil. Desplegó ante él todo el poderío de su atracción. Lo envolvió quebrando su resistencia. Doblegándolo. Adueñándose de su vida que era mía. Cuando reconocí su existencia ya estaba instalada entre los dos. Intenté sacarla de mi terreno enfrentándola en una lucha desigual. Ella se ocultaba, no se dejaba ver. Siempre supo que triunfaría, que podía más. Yo no lo sabía y en una jugada desesperada puse sobre la mesa todo lo que tenía para alejarla. Para que lo olvidara.

 Le ofrecí mi vida a cambio. Mi presente, mi futuro. Pero no alcanzó. Más de una vez me dio esperanzas y me engañó. No me dio chance. Me cerró los caminos. Lo fui perdiendo sin saber, casi sin darme cuenta. Tampoco él se dio cuenta de que estaba dejándome, hasta el día que se fue para no volver. Me miró desde lo más profundo de sus ojos cansados y tristes. Intentó hablarme, despedirse, y no pudo. Ella ya estaba allí. Esperando. Impotente lo vi partir. Me quedé con los brazos extendidos queriendo retenerlo. Se quebró en mi garganta su nombre mil veces repetido. Quise partir también más no era mi momento. Desafiante la intrusa me hizo a un lado, condenándome a vivir sin él. Perdimos el futuro y nuestros hijos dibujados en el viento. Caía la tarde cuando lo acompañé por el camino de los altos pinos. Junto a su nombre, dejé una flor. 

Ada Vega, año edición 1996

sábado, 14 de septiembre de 2024

A veces el pasado

 







A veces el pasado viene a mí y me sorprende. ¡Tantos años adormecidos en la memoria! Y de pronto una palabra, un nombre: Celina, y el recuerdo de una historia de amor que se resistió a morir pese a la separación y al intento de olvido.

—¿Te acuerdas de Celina? —me preguntó, una tarde, mi prima Aurora.

—Celina, —dije yo—, ¡cómo no voy a acordarme! La conocí por los años cincuenta en la recién inaugurada biblioteca Artigas-Washington. Nos hicimos amigas porque coincidíamos en los mismos días y en la misma hora de entregar y retirar libros. Llegábamos sobre la una de la tarde y salíamos juntas por 18 de Julio. Yo, hasta Río Negro, donde estaba La Madrileña. Ella caminaba tres cuadras más, hasta Convención, donde estaba Caubarrere. Durante esas cuadras, conversando de prisa, nos contábamos la vida y los sueños. A fines de ese año decidimos hacernos socias de la Asociación Cristiana de Jóvenes, que estaba donde hoy se encuentra el Juventus, en Colonia y Río Negro. Yo para aprender a nadar, ella para perfeccionar su estilo.

Celina era de mediana estatura y físico bien proporcionado. Tenía el cabello rubio y los ojos oscuros. Hablaba poco, lento, jamás levantaba la voz, sin embargo, sonreía con facilidad. Cuando se reía con ganas, los ojos se le llenaban de lágrimas. Algunas tardes, a la salida, entrábamos al cine Víctory, que estaba en la cuadra de La Madrileña y veíamos películas americanas de amor, o nos encontrábamos en el bar Dorsa y comíamos olímpicos con cerveza.

Recuerdo que soñaba con viajar a Grecia. Tal vez debido a nostalgias de los años liceales, cuando estudiábamos a los griegos y nos enamorábamos de su mar azul y de sus poetas. Éramos muy distintas, ella era muy frágil, muy vulnerable, demasiado confiada. Desconocía la maldad, la envidia. La traición. Para ella la vida era un vergel. Creía que si amaba al prójimo, el prójimo la amaría de la misma manera. Que si era leal con los amigos, los amigos serían leales con ella. Cuando la escuchaba decir estas cosas, me daba miedo. Miedo de que alguien le hiciera daño, por desprevenida. Le preguntaba entonces:

—¿De qué mundo venís, Celina?, porque, aparentemente, vivimos en distintas galaxias. Ella me decía que yo era prejuiciosa. Que debía confiar más en la gente. Quitarme la coraza, decía. A mí me hubiese gustado pensar como ella. Pero siempre fui muy realista. Siempre supe que la vida tiene otra faz que ella no conocía. Que tal vez no conociera nunca. En esos años Celina se enamoró de un muchacho, muy apuesto, que trabajaba en La Platense. Así que sin querer nos fuimos alejando. A mediados de los sesenta, La Madrileña clausuró la gran empresa de seis pisos, despidió al personal que sobraba y se redujo a una mínima tienda de confecciones incrustada a los fondos del edificio. Entonces cambié de trabajo y no la volví a ver.

Un día me llegó una invitación para su casamiento. Se casaba con el muchacho de La Platense que, dicho sea de paso, cerró mucho antes que cerrara La Madrileña. Celina seguía trabajando en Caubarrere, que fue uno de los últimos grandes comercios de 18 de Julio, que se vieron, un día, obligados a cerrar sus puertas al público. Fui a verla. Se casó en la iglesia de Los Vascos. ¡Dios! ¡Estaba tan linda! Traté de saludarla allí, pues, no pensaba ir la fiesta. Pero había tanta gente rodeándola que decidí dejar el saludo para otra ocasión. Entonces ella me vio, me llamó por mi nombre, me tendió los brazos y me abrazó tan fuerte que me hizo llorar de emoción.

— Que seas muy feliz Celina —le dije.

—Nos tenemos que ver — me contestó— ¡tengo cosas que contarte!

Lo felicité a él (¡era un actor de cine!) una mezcla de Leonardo DiCaprio y Richard Gere. Hacían una pareja de novela. Volví a mi casa suponiendo que la luna de miel sería en Atenas. No le pregunté. Y volvimos a dejar de vernos. Los años pasaron como una ráfaga.

Un día mi prima Aurora, que tiene mi mismo apellido, se mudó para un apartamento en Malvín. A los pocos días me llamó por teléfono para decirme que una vecina de su mismo piso, me mandaba saludos.

—¿A mí? —le dije.

—Sí, de parte de Celina Vásquez Ochoa, dice que vengas a verla, que le encantaría hablar contigo.

—¡Celina! —exclamé—, cuéntame de ella, ¿Cómo está?

—Bien, muy bien. Me dijo que tiene dos hijos casados. Acá vive sola. Dos días después fui a verla. Eran las cinco de la tarde de un abril tibio de otoño. Se sonrió al abrirme la puerta y volvió a abrazarme como me abrazó en el atrio de la iglesia, la noche que se casó. Conservaba la misma sonrisa de aquella muchacha de dieciocho años que conocí en la biblioteca. Me hizo una pregunta que nunca me habían hecho. Que no acostumbramos a hacer:

—¿Fuiste feliz estos años? Me quedé pensando.

—He tenido buenos momentos —le contesté. Tengo tres hijos y seis nietos. Me han pasado cosas, nada trágico. Con mi marido me llevo bien, hace más de cuarenta años que compartimos el pan y el vino. ¿Y tú?

—Yo, me dijo, yo me separé de mi marido. Le gustaban las mujeres. Todas las mujeres. No era vida la que llevábamos juntos. Un día tomé una decisión drástica. Decidí no hacer más el amor con él. Llevé mis cosas para otro dormitorio y por un tiempo vivimos como hermanos. Hasta que se cansó de la situación, se enojó y se fue. Nunca nos divorciamos. Él venía a ver a los hijos y siempre los mantuvo. Cuando se casaron yo me quedé sola y un día, treinta y cinco años después de habernos casado y treinta de habernos separado, volvió para quedarse.

Me dijo que estaba enfermo, me mostró la historia clínica y unas radiografías. Sufría una enfermedad grave que, por lo avanzada, no tenía cura. Entonces le arreglé el dormitorio que dejara uno de sus hijos. Y se quedó. Yo lo cuidé, como era mi obligación, hice todo lo que su médico ordenaba. En los últimos tiempos, aprendí a inyectarlo. Pasaba largas horas, acompañándolo, mientras él dormitaba. Cuando estaba despierto le contaba anécdotas de nuestros hijos y le mostraba fotos de los nietos. Hasta que una tarde, mirándome, se fue, su alma lo abandonó.

—¿Nunca lo perdonaste?

—Sí, el día que murió.

—¿No te arrepentiste nunca de lo que hiciste?

—No tengo de qué arrepentirme. No hice nada malo. Simplemente, no acepté compartirlo con otras mujeres. Siempre lo respeté. Él fue el único hombre de mi vida. Sin embargo, no pude perdonar su infidelidad. Su traición. No pude.

—¿No me decís que siempre lo amaste?

—Porque lo amaba, no pude perdonarlo. Si no lo hubiese amado no me hubiera importado su deslealtad. Cuando me pidió ayuda, lo ayudé de corazón. Lo cuidé durante un año, si hubiese tenido que cuidarlo diez años, lo hubiese hecho. Ahora ya nadie me necesita. Puedo sentarme en un sillón frente a la ventana y dejarme morir.

Hablé mucho con ella esa tarde. Me dejó preocupada esa última frase que dijo. Siempre pensé que era débil de carácter, que por eso iba a sufrir en la vida. De todos modos, la mujer que estaba frente a mí no era la joven que conocí hace muchos años, frágil, inocente. Esta era una mujer con una determinación y una voluntad de hierro, que yo nunca tuve. A partir de esa tarde, nos comunicábamos por teléfono y siempre que me daba el tiempo pasaba por su casa para conversar.

Una noche me llamó para pedirme que fuera a verla, pues tenía una novedad para contarme. Fui a la tarde siguiente.

Me dijo que había decidido hacer un viaje. Me voy a Grecia, agregó. Ya había reservado el pasaje y la estadía en un hotel de un pueblo blanco, a orillas del Mar Egeo. Le comenté que pensaba preguntarle sobre ese viaje, con el cual soñara de muchacha. Me contestó que antes no pudo realizarlo. Que el momento era ese, los 
hijos estaban bien, ella se encontraba perfecta de salud y tenía muchas ganas de viajar. Unos días después la acompañé hasta el aeropuerto. Allí estaba toda su familia. Hijos, nueras y nietos.

Hace cinco años, se fue por un mes. Me escribe cartas hermosas: que vive en una casa blanca junto al mar; que tiene dos olivos plantados a la entrada, que continuamente llegan cruceros con turistas, que es cierto que el mar siempre es azul... Que no sabe si volverá.


Ada Vega, edición 2006

lunes, 9 de septiembre de 2024

No es facil







Aquella tarde estaba sola en casa, había terminado de lavar los platos y me disponía a tomar un café, cuando llegó de visita mi amiga Cristina. Suele venir seguido a verme, por lo general cuando tiene algo que contar. No demoró nada. Antes de sentarse a tomar su café me lo dijo como al pasar.
—¿Qué me contás lo de la madre de Camila?
—No sé. ¿Qué le pasó a la señora?
—Ayer me enteré que la mamá de Camila se casó con un señor que tiene un alto cargo en una multinacional, un Ok que ni te cuento y es como cinco años menor que ella. ¡¿Podrás creer?!
—No te puedo creer. ¡Con lo destrozada que quedó hace un año, cuando enviudó! ¿Y ya se volvió a casar?
-— Bueno, destrozada, destrozada, que se diga, no quedó.
—Pero Cristina, no digas eso, ¡pobre mujer! Me contaron que en el velorio del marido, abrazada al cajón, ¡era la viva imagen de La Dolorosa!
—Eso era porque no podía encontrar la póliza de un Seguro de Vida, que el marido había hecho a su nombre, hace un par de años.
—¿No me digas? ¿Vos estás segura de lo que decís?
-—Estoy segura porque yo la vi. Mientras lloraba abrazada al cajón le daba de puñetazos y le decía: ¡Desgraciado! ¿Dónde diablos dejaste la póliza del Seguro de Vida, que no puedo encontrarlo por ningún lado?
— ¡Que patético! ¿Y al fin la encontró?
—Unos días después del entierro la encontró y empezó a reconstruirse. Se internó en una clínica de estética muy conocida, donde le sacaron las arrugas, treinta quilos y la plata del seguro de vida que le dejó el marido. Una veinteañera, mirá. Al plástico se le fue un poco la mano, te digo, parece la hermana más chica de sus propios hijos. Fue cuando conoció al de la multi.

Yo no conocía a la mamá de Camila, pero me la imaginé: rubia, alta, delgada. Vestida por Susana Bernik y peinada por Julio César Camacho.
De manera que le contesté a mi amiga:
— ¡Que suerte, la gran siete! ¿Cómo hacen? Decime. ¿Dónde encuentran esos monumentos?
—Parece que se cruzaron en una exposición.
—Y sí, la cosa anda por ahí. A mí no se me cruza ni un gato negro. Pero claro.
¿Vos me imaginás a mí, en una exposición? Desde que me separé de aquel anormal, tengo que lidiar sola con estas fieras. ¡Cómo para exposiciones estoy yo!
— Dicen que es muy buen mozo.
—Acertó un pleno ¡que lo parió! Falta que me digas que es un morocho alto, de ojos claros, con voz ronca y manos suaves.
—No, fijate que no, creo que es un veterano canoso de ojos verdes.
—¡Canoso! ¡Bendito sea Dios! ¡Con la experiencia que dan las canas...!
—Y todavía con un alto cargo en una multinacional. Ese no se va a quedar sin trabajo. ¡Ni al Seguro de Paro lo van a mandar!
—Y con ojos verdes...

—Por eso te digo, Marisa, tenés que salir. No vas a encontrar un compañero entre las ollas y las sartenes. Tenés que cuidar el físico, a los hombres les gustan las flacas. Hacerte un buen corte de pelo y la tinta. La tinta es fundamental.
¡Tenés que ser rubia! Lucir manos impecables y comprarte ropa, buena ropa.
—Tendré que hipotecar la casa. ¿Y qué más querida?
—Y salir ir al teatro a culturizarte un poco, de repente quién te diga, no encuentres un intelectualoide perdido. Al Mercado del Puerto, a tomar un medio y medio en Roldós o a pasear un viernes por Bacacay. Caer por Fun Fun, una noche que haya pique, a tomar una uvita y a escuchar tangos.

—Como quién dice a tirar el anzuelo para que, con suerte, pique un soltero empedernido que busca una mujer “que tenga lugar” para hacerle perder el tiempo, porque él prefiere el amor libre y sin ataduras, pues sabe que el matrimonio es la tumba del amor, que los hijos son un problema y que una sola mujer y para siempre es muy aburrido. Y escuchando esas sandeces, tragás el café con edulcorante, mientras descubrís que el tipo es un tránsfuga declarado, que anda en busca de una mina en declive, dando los últimos manotazos, a fin de conseguir un pinta para meter en su cama antes que talle la parca.

—No, quién sabe, tal vez...
—Permitime, mina que debe tener, si no no cuaja, una casa o departamento con todos los chiches donde pueda conchabarse, porque la vida, según dice, lo ha golpeado tanto que no tiene prácticamente donde caerse muerto. Aunque él te ofrece en cambio, en propiedad, su cuerpo de varón algo maltrecho, su experiencia de macho redivivo y su amor y su ternura decadente. Como verás me sé todas las letras.
—Bueno, pero hay que ser un poco más optimista. Podríamos empezar a salir las dos, quien te dice no tengamos suerte y oigamos alguna letra nueva.
—¿Cómo salir las dos? ¿
Vos no tenés pareja?
— Sí, pero ando en plan de recambio.
— ¿Qué pasó? ¿No se llevaban tan bien?
—Nos llevamos bien cuando nos vemos, pero él es ambulante. Cuando lo necesito, nunca está.
—Y vos querés un hombre, como el termofón en el baño: amurado en el dormitorio.
—Algo así, por eso creo que un casado con otra, no me sirve, en cambio, tal vez un divorciado...

—Un divorciado...Sí, claro que podés tener más suerte y enganchar un divorciado, un divorciado con hijos, que no sabe qué hacer con su vida, que no tiene donde ir ni donde estar, porque los amigos ya no lo bancan y la madre se murió; y que le venís como anillo al dedo, para, mientras toman un café, contarte su vida, su fracaso, decirte llorando que a su mujer ya no la ama, pero que extraña a sus hijos. Que está muy solo, que necesita una compañera que lo comprenda en quien pueda refugiarse, y de paso, cancheriando, te ruega que vos pagues el café, porque justo hoy le llevó la pensión a su ex y anda limpio y sin cambio chico. Si te sirve andá llevando.
— No sé si reírme de tus deducciones o aprobarlas. Aunque creo que son un poco exageradas. Yo tengo una vecina que se casó con un viudo y se llevan de maravillas, el hombre es...

—¡Un viudo!... ¿por qué no? Puede picar un viudo, sí, un viudo sin compromisos porque sus hijos están casados. Que vive solo en una casita modesta pero propia y que es dueño de un Studebaker de los años cincuenta, que todavía anda, y en el cual podrían dar la vuelta a la manzana a la luz de la luna, cada muerte de un obispo negro. Viudo él, que nunca antes había pensado en volver a casarse (mirá vos), pero que la soledad no es buena, que necesita una compañera (léase enfermera) con quien compartir sus últimos años.
— Pero vos sabés que hay romances otoñales que valen la pena porque...

—Claro que le dejaría en compensación cuando se muera ( son los que tenés que matar de un hachazo si caés en la trampa) la casita, el Studebaker y la pensión. Casita de la que los hijos te van a sacar a patadas si llegás a enviudar, porque después de cuidarle al padre, mientras ellos la pasaban bomba, se dieron cuenta de que sos una viva y una aprovechada y que te casaste con “pobre papito” por interés.
— ¡Marisa!
-—Mientras, el Studebaker de los cincuenta, ni vendiéndolo como chatarra, ni pagando, te lo lleva un carrito de la puerta de tu casa. Pero eso sí, te quedaría la pensión, que, como el viudo era patrón asciende a la suma de $2,50 y un cuarto de yerba. Y mientras el viudo te paga el café, te comenta que es operado de próstata y que como su mujer “no habrá ninguna igual, no habrá ninguna”.
—Marisa, Marisa, sos tan sarcástica, que me amedrentás, te juro. Mirá que yo soy optimista, ¡pero vos me dejás contra el piso!
—Yo veo la realidad. Si pese a todo lo que digo, vos insistís en salir con la caña, salimos, pero sin muchas expectativas.

Todavía no hemos salido de pesca con mi amiga, pero hace unos días conocí a la mamá de Camila. Estábamos con mi amiga Cristina en la puerta del colegio esperando la salida de los chicos.
—Marisa, esa es la mamá de Camila.
—¿Esa?
—Sí.
—¿La que se casó con el...?
—Sí.
Recostada a una columna conversaba animadamente una gordita retacona de mocasines, vestido floreado y el pelo a la que te criaste. Me desconcertó. ¿Cómo el canoso de ojos verdes se pudo casar con ésta mujer? Muy digna, no lo pongo en dudas. Pero, ¿cómo la gorda logró seducir al alto empleado de la multi?
—Mirá, ahí viene el marido a buscarla.
—¡Qué cochazo! Era un Cero K, plateado con una marca ilegible.
Y bajó el susodicho: un gordito petiso y calvo, con una prominente barriga, un diente de oro y anteojos montados al aire. Besó feliz a la gorda y se fueron con los tres niños en el Cero K.

Ahora bien, tengo que reconocer que lo que me contó Cristina aquella tarde, era verdad: la mamá de Camila se casó con un señor que tiene un alto cargo en una multinacional, un Cero K y es menor que ella. Y se conocieron en una exposición... de la Rural del Prado, un día que la señora llevó a sus hijos a ver los perros de raza. Lo demás: una mala jugada de mi imaginación. Créanme que los petisos, los gordos y los feos, podemos, si buscamos con cuidado, encontrar la felicidad. ¡Hay que ponerse!

Ada Vega, año edición 2005

domingo, 8 de septiembre de 2024

El legado de los charrúas

 







Hace muchos años el Uruguay estaba habitado por indígenas. Hacia las orillas del Río de la Plata, existía un poblado de aborígenes llamados Charrúas. Poblado de gente pacífica, pero altiva y valerosa. El cacique de la tribu tenía un hijo llamado Yatapí. Era un niño de piel bronceada, ojos oscuros y serenos, y cabello lacio y negro como ala de cuervo. Con la agilidad del yaguareté y la osadía del jabalí. El pequeño indio, que era solitario y amante de la naturaleza, pasaba el día recorriendo montes y cerros; tensando su arco y alimentándose de frutos silvestres.



Un día, a su paso por las sierras, conoció al Águila Mora que habitaba en la cima del monte más alto de la región. Y el ave y el niño se hicieron amigos. El hermoso animal de pico y patas potentes, y majestuoso vuelo, le hablaba de Yasí, la luna, diosa de la noche, protectora de los pueblos indígenas, y del dios Tupá, el sol, dueño y señor de todo ser viviente, de plantas y piedras, cuyo hogar —le dijo una vez— se encuentra bajo el mar.



Yatapí, que escuchaba con atención los relatos de su amiga, puso en duda eso de que el sol tuviese su morada en el mar.



— ¿Cómo es eso? —Le preguntó a su amiga— si el sol es fuego es imposible que habite en el mar.



Entonces el águila que en su planear todo lo veía, le contestó:



—Si no me crees, si dudas de mi palabra, ven conmigo hasta los altos arenales del oriente y verás al alba, al gran Tupá surgir del mar detrás de las sierras, para luego entre nubes dirigirse hacia el poniente. Allí, donde el Río de los Pájaros se une en un abrazo, al Río como Mar, lo verás descender desde alto cielo y hundirse en las aguas hasta desaparecer.





Las palabras del águila llenaron de confusión al pequeño indio, que incitado por la curiosidad, decidió hacer caso a su amiga y verificar por sí mismo la historia que esta le contara. Esa tarde cuando volvió a la aldea, después de relatarle a su padre la conversación con el águila le dijo:
—Necesito saber si lo que me contó el Águila Mora es cierto. Quiero ver con mis ojos al gran Tupá ocultarse en el mar. Solicito tu permiso para alejarme por unos días del poblado.
—Hijo mío—, le contestó el padre— eres muy pequeño y no es momento de someterte a las pruebas exigidas, para alcanzar tu mayoría de edad. Pero confío en tu prudencia, y sé de tu destreza para manejar el arco y la flecha. Ve con tu amiga. Cumple con lo que has propuesto, ese viaje te dará sabiduría y aplomo y contribuirá a hacer de ti un guerrero digno de nuestra raza. Pero escucha: debes traerle a tu pueblo un presente que justifique tu aventura.
Con el gran Tupá que sonreía tras una nube, salió Yatapí con su arco y sus flechas, siguiendo al águila por montes y cuchillas, siempre hacia el oriente. Vadeando ríos y arroyos, por empedrados cerros y altísimos arenales. Varias veces pasó Tupá sobre sus cabezas. Fueron varias las noches que se durmió cansado de andar, comiendo lo que cazaba, esquivando al tigre y a las cruceras, con la sola compañía del águila que vigilaba su sueño, ahuyentando a las alimañas que dificultaban y hacían más lenta su marcha.


Un atardecer al llegar a lo alto de un arenal vieron extenderse desde la playa, un mar inmenso que se perdía en el infinito. Yatapí bajó hacia la orilla y se recostó en la arena tibia, maravillado ante tanta belleza, hasta que el cansancio lo venció y se durmió arrullado por las olas. La noche no se había retirado, Yasí en su diáfana belleza reinaba aún, cuando el águila despertó al joven indio y le dijo:
—Pon atención y espera. Y se sentó Yatapí a observar el mar. En el horizonte una línea blanca anunciaba el amanecer. La luz del día, tímidamente, comenzó a expandirse cada vez con más fuerza, pintando la aurora en el oriente de rosados, naranjas y amarillos. De pronto el sol irrumpió en una línea brillante y fue emergiendo diáfano y triunfal derrochando luz y vida. Ante esa explosión de belleza inenarrable, con que el astro rey en su dorada divinidad, se manifestaba anunciando el nuevo día; el pequeño indio se puso de pie y con los ojos enormes de asombro, como en éxtasis, caminó hacia la orilla con los brazos extendidos hacia el gran Tupá, mientras en su pecho, por un instante, sintió detenerse su corazón. Tupá al ver el arrobo del niño, ordenó al mar que lo detuviera, y una ola enorme lo dejó sobre la arena. El águila, entonces lo rodeó con sus alas, y vieron juntos el nacimiento del sol.


Volvieron indio y águila sobre sus pasos. Pasaron cerca de la aldea y siguieron rumbo al oeste donde el sol se pone. Cruzaron valles y ríos. Praderas sin sierras ni dunas y al llegar donde termina la tierra y el Río de los Pájaros vierte su caudal en el Río como Mar, en la misma fina línea que une el cielo y la tierra, vieron al sol hundirse lentamente en las aguas llevándose con él la luz del día. Y a pesar de que la puesta de sol es un espectáculo sorprendente, de gran belleza, sintió el niño estrujado su corazón y lloró con amargura la muerte del Dios de su pueblo. Al comprobar Yatapí que el gran Tupá, nacía y moría cada día en el mar, iniciaron el camino de regreso a la aldea. Con preocupación recordó entonces el pequeño indio, que aún debía conseguir el presente para llevar a su pueblo. Un día antes de entrar a la aldea, se encontraba descansando junto a una laguna, cuando Tupá desde el alto cielo, le envió un brillante rayo de luz. Al verlo, el niño extendió la mano para apresarlo. Aquella luz semejaba un hilo de oro que formó en su mano un sol resplandeciente. Entonces se oyó la voz del gran Tupá que dijo:
—Yatapí, te has impuesto una meta y con voluntad y constancia la has alcanzado. Ese sol que brilla en tu mano, es el premio a tu esfuerzo. Llévalo a tu pueblo, jamás lo mancillen, no permitan que nadie se apodere de él. Bajo su fulgor serán libres y valientes. Y tú — le dijo al Águila Mora, por tu amistad desinteresada y protectora, reinarás desde lo más alto de todo el territorio oriental.


Yatapí, cumpliendo la promesa hecha a su padre, llevó el sol a su pueblo que lo cuidó y defendió aún a costa de sus vidas. Muchos años después, cuando a las playas del Río de la Plata llegaron las naves de los conquistadores, los indígenas escondieron el sol en lo alto de las sierras, dominios del Águila Mora, siendo custodiado por varias generaciones. Hasta que un día, cuando fueron al fin “libres de todo poder extranjero”, recobró su libertad. Y hoy ese sol, legado de los charrúas, es el que luce con orgullo el Pabellón Patrio de nuestra pequeña gran nación, que late libre y valiente al costado de América del Sur.


Ada Vega, año edición 2001

Jaque mate

 


Serían poco más de las diez, aquella noche de mediados de agosto, había en el aire un anticipo de primavera. Terminaba de dictar clases y me iba abrazado a un montón de escritos para corregir. Bajaba las escaleras de la Universidad y tú subías apresurado. Al cruzarnos, casi sin detenerte, me dijiste que te esperara en el bar donde solíamos reunirnos, pues tenías que hablar conmigo. Esa noche yo había programado no acostarme hasta terminar de revisar las pruebas. De todos modos entré al bar, encontré una mesa libre junto a la ventana que da a la avenida, me senté y pedí un cortado. Nuestra amistad databa de muchos años y si tenías algo urgente que decirme mi deber de amigo era escucharte. No habían pasado diez minutos cuando entraste al bar. Te sentaste frente a mí y el mozo te alcanzó un café. Estabas alterado. Gesticulabas nervioso. Traté de adivinar el problema que, sin dudas, te acuciaba, pero mi imaginación se estrelló ante tu seriedad para revolver el café. Encendí un cigarrillo y esperé a que hablaras. De pronto abriste la boca y de ella las palabras salieron a borbotones.

—Manuel —dijiste sin preámbulo—, voy a dejar a Yanina. No hice ningún comentario y continuaste.
—Es una situación difícil, pero no me queda otra salida. Me voy con Estela. Quería contártelo yo antes que te enteraras por otra persona. Comenzaste a beber tu café. Al principio no supe qué decir. No sé qué se acostumbra en estas circunstancias. Traté de salir del paso con lo primero que se me ocurrió.
—¿Lo pensaste bien?
—Sí, Manuel —me contestaste—, Estela, me gusta, me siento bien con ella y no quiero perderla, ¿entiendes? Me sentí confundido y —no, no te entiendo —te dije. Entonces el que no supo qué contestar fuiste tú. Aproveché el lapsus y te pregunté por tu mujer.
— ¿Yanina no está esperando su primer hijo en estos días?
—Sí —afirmaste.
—¿Y la vas a abandonar ahora, cuando más te necesita?
—Manuel —te apresuraste a contestar—, mi relación con Yanina llegó a su fin, no puedo quedarme a su lado porque va a tener un hijo. No te pido que me comprendas, pero las cosas se dieron así. Estela apareció de golpe en mi vida. Estas cosas pasan. No tienen explicación. Me di cuenta entonces que lo tenías resuelto, que no tenía caso lo que yo pudiera opinar. —Dime, Juan, ¿tú la quieres a Yanina?
—La quiero, sí, pero no la amo. Te voy a explicar…
—No, no me expliques, yo sé la diferencia que existe entre querer y amar. Espero que tú también la sepas y no te equivoques. De todos modos, si ya decidiste cómo resolver la situación,yo, como amigo, qué puedo decirte?
—No digas nada. Ya renuncié a mi puesto en la facultad y mañana nos vamos del país.
—¿Te vas del país? ¿Para dónde se van Juan?
—No me preguntes —me contestaste—, después te escribiré.
—Pero, ¿y tu hijo? —insistí — ¿no te importa lo que pueda ser de él?
—Yanina tiene pasta de madraza — afirmaste—, no va a necesitar de mí para criarlo.
En ese momento hubiese querido decirte muchas cosas, hasta de moral te hubiese hablado. De hombría. Pero entendí que solo deseabas informarme, no pedirme una opinión. Te miré a los ojos y te desconocí. Me sentí caer en un pozo profundo donde las palabras y mis sentimientos se entremezclaban. Traté de poner mi mente en orden hilvanando una buena frase que te hiciera recapacitar, pero permanecí mudo. Ausente. Te pusiste de pie y nos estrechamos las manos. _Chau Manuel.
_Hasta siempre Juan.
Te fuiste sin mirar atrás. Yo pedí otro cortado y me quedé en el bar donde, un par de años atrás, habíamos conocido a Yanina. Estrenábamos nuestros títulos de Profesores de Español. Siempre fuiste ganador, simpático, entrador. Te sobraban las mujeres. Yanina apareció una tarde con una amiga. Eran estudiantes de la Facultad de Humanidades. Nos impactó a los dos, pero yo no tuve oportunidad tú ya te le habías acercado. Al poco tiempo ella dejó de estudiar y se fueron a vivir juntos. A veces la amistad no nos da tregua. No solo a Yanina le fallabas, al fallarle a ella me fallaste a mí. Te vi salir del bar y perderte entre la gente. Y por veinte años no te volví a ver. Hoy llamaste a la puerta de mi casa y a mi hija menor le preguntaste por mí. Te invité a pasar. Ni siquiera me extrañó tu presencia en mi casa. Siempre supe que un día u otro nuestros caminos volverían a cruzarse. Estás igual. Más veterano, como yo, pero al verte se nota que la vida te ha mimado. Conversamos de tu vida y te pregunto por Estela. Que sí, me decís, seguís con ella. Las cosas no resultaron como esperabas, pero bueno, a veces las cosas no se dan. No, no tuvieron hijos. La maternidad nunca estuvo en los planes de Estela. Por lo demás te ha ido bien. Estás radicado en Caracas, viniste por unos días a Uruguay, pero ya te vuelves. Encuentras hermoso a Montevideo. Todavía lo extrañas. Quieres saber de mí.
—Me casé —te digo—, tengo tres hijos. Quédate a almorzar, así conoces a mi familia. ¿Económicamente? Con dificultades, porque la situación en el país está muy complicada. Sigo de profesor en la universidad y doy clases en dos liceos. ¿De mis hijos? Los dos mayores son varones y están en la facultad. La más chica todavía no terminó la secundaria. Mi familia es toda mi riqueza.
—Vamos —te digo—, pasemos al comedor, mi familia ya está reunida.
—¿Ves, Juan? Estos son mis tres hijos. ¡Yanina! Ven amor, acércate, tal vez te acuerdes de este amigo que tuve hace muchos años. Hoy va a almorzar con nosotros.


Ada Vega, año edición 2007

viernes, 6 de septiembre de 2024

PORQUÉ ESCRIBO




Más de una vez me han preguntado por qué escribo y no he sabido contestar. Por lo tanto, en busca de ese por qué, he regresado en el tiempo y me he detenido en los días aquellos de la ausencia de mi padre.


Ausencia – 1

Era el año de 1940. Nosotros vivíamos en La Teja en un barrio muy lindo de casas blancas a dos aguas y techos de tejas. Con calles anchas y veredas arboladas que ANCAP, Administración Nacional de Combustibles Alcohol y Portland, había hecho para su personal, junto a la bahía, a dos cuadras de la Planta. Nuestra casa quedaba en la mitad del barrio. Entre este y ANCAP había un campo baldío. En esa época el personal cumplía funciones de 7 a 11 y de 13 a 17.
El barrio estaba lleno de niños. Yo no había cumplido los cuatro años y por la mañana y por la tarde jugaba en la vereda con mis amigas. A las once menos cuarto sonaba una sirena que indicaba la media jornada y a las once la segunda. Al oír la segunda sirena todos los chiquilines de la cuadra íbamos corriendo a la esquina a esperar a los obreros que, tras cruzar el campo, llegaban al barrio. Venían en grupos, unos de overoles azules y otros de overoles grises. Entraban caminando por el medio de la calle. Nosotros, en la esquina, buscábamos cada uno a nuestro padre, cuando lo veíamos no apartábamos la vista de él, hasta que faltando unos pocos metros cruzábamos la calle para alcanzarlo.
Yo me acuerdo que corría a los brazos de mi padre que me levantaba en el aire, me besaba y me llevaba en brazos hasta nuestra casa.
Esa mañana de junio, también jugaba en la vereda. También corrí a la esquina con mis amigos. También busqué con los ojos a mi padre. Pero no lo vi. De todos modos, cuando mis amigos cruzaron la calle corriendo para alcanzarlos, yo también crucé. Seguí buscándolo entre aquellos hombres que pasaban junto a mí, algunos con sus hijos en brazos, otros llevándolos de la mano. Pasaron todos y yo me di vuelta y los quedé mirando hasta que entraron cada uno en su casa. Y volví a mirar hacia el campo, porque de allí tenía que venir mi padre. No sé cuanto tiempo estuve sola, esperándolo en la mitad de la calle. Según mi recuerdo a la distancia, mucho tiempo. Pero según mi hermana, que tenía entonces dieciséis años, cuando sonó la sirena de las once salió corriendo de mi casa para ir a buscarme. No recuerdo qué fue lo que me dijo. De lo que sí me acuerdo, es que durante mucho tiempo al oír la sirena de las once y de las cinco de la tarde, mis hermanos tenían que entretenerme en casa para que no saliera a la vereda. Entonces yo me escapaba de ellos para ir corriendo a la esquina, porque estaba convencida que si no iba a esperarlo, mi padre nunca volvería del trabajo por aquella calle blanca.
No sé en qué momento me enteré que, aquel día que no volvió del trabajo, había ocurrido en ANCAP un accidente fatal.


De ese barrio me fui a los veintidós años cuando me casé. Mientras viví allí, cada vez que pasaba por la esquina miraba hacia el baldío. En ese barrio sigo teniendo muchos amigos de entonces. Mi hermano mayor continúa viviendo en la misma casa. En aquel campo baldío la refinería tiene ahora un depósito. Sin embargo, aún hoy, cuando vuelvo a mi barrio y paso por aquella esquina, algo me tira y mis ojos recorren la callecita por donde, en el cuarenta, volvían los obreros del trabajo. Y vuelvo a revivir el primer gran dolor que me dio la vida al perder a mi padre, dolor que siento en medio del pecho y sentiré para siempre, desde aquel primer día de su ausencia.

Mis primeros libros- 2

Después que falleció papá, ANCAP le dio trabajo a mi hermano Walter que tenía entonces catorce años. De modo que dejó de estudiar mecánica en la Escuela Industrial, para ocupar su lugar en el Ente.
En ese tiempo mi hermano había empezado a armar en su dormitorio, una biblioteca con un par de tablones de madera virgen. A él le interesaba todo lo relacionado con motores de autos, de barcos y ese tipo de cosas. Por lo tanto empezó a comprar libros y revistas que trataban esos temas. También textos de estudio y novelas.
A los cuatro años yo sacaba libros de los estantes y armaba casitas en el suelo, entre las camas de mis hermanos. Usaba cuatro libros para las paredes y uno abierto que hacía de techo a dos aguas. Aquellas casitas tenían la particularidad de exhibir techos y paredes con nombre: "Nuestra señora de Paris"; "Los Miserables"; Motores Diesel; "Una hoja en la tormenta"; Mecánica Automotriz; Primer Diccionario de la lengua española – 1940; Barcos de ultra mar; "La serpiente emplumada"; El Ford T del siglo XX; "Así habló Zaratustra"; "Las estrellas miran hacia abajo", y más. A los cinco años aprendí a leer. Después vino la escuela y aprendí a escribir.
En primero me regalaron un libro con el que quedé fascinada. Tenía dibujos en colores de un país que se llamaba Arabia. Los árabes eran hombres apuestos, de ojos profundos, que usaban turbantes con pedrerías y envolvían sus cuerpos con largas capas bordadas en oro. Montaban relucientes caballos negros, de patas finas y largas colas, y vivían en medio del desierto en oasis rodeados de palmeras, bajo carpas alfombradas enormes, como palacios, llenas de joyas, y baúles hasta el tope de monedas de oro. Sus mujeres eran bellísimas, tenían el cabello negro y muy largo y bailaban descalzas la danza de los siete velos, con la barriga afuera y babuchas de sedas transparentes. Tocaban el laúd y se alimentaban con frutas: higos, dátiles, manzanas, peras y racimos de uvas deliciosas. Todo esto me lo contó mi hermano Walter, la vez que me presenté en su cuarto con el libro en la mano y le dije:
—Decime Walter, ¿Dónde vive esta gente tan linda?
Mi hermano siempre tuvo tiempo para mí. Era muy callado, siempre estaba estudiando. Leyendo. Cuando yo hacía los deberes y no sabía el significado de una palabra, en vez de buscarla en el diccionario, le preguntaba desde mi cuarto y él —que sabía todo—, me contestaba y si no sabía dejaba lo que estaba haciendo y buscaba él la definición. Esa tarde me presenté en su habitación. Estaba leyendo, dejó su libro a un costado tomó el mío y me dijo:
—Este libro se llama “La lámpara de Aladino”, ¿querés que lo leamos juntos?
—Sí —le dije. Y me senté a su lado. Ese día no sé si nació en mí el amor a los libros con dibujos coloridos, a la literatura, o a los árabes de ojos negros cruzando el desierto en sus briosos y enjaezados caballos retintos, las capas al viento y la cimitarra brillando al costado.
De todos modos, fue aquella Lámpara de Aladino quien me alumbró el camino hacia la magia, hacia la creación, quien durante toda la vida me ha dicho que los duendes, las hadas y los gnomos: existen.

Dadores oficiales de sangre - 3

A escasos 2 años de su viudez sorpresiva, con 4 hijos y una casa que mantener, ante el dilema de no llegar fin de mes pese a su trabajo de modista y las dos pensiones que el Estado le otorgara, mi madre comenzó a buscar otro trabajo que le diera un poco de respiro.
Como por arte de magia, como llegan ciertos hechos que pretendemos, sabiendo de antemano que ya no queda donde indagar, una tarde llegó a mi casa de visita una amiga suya de cuando vivíamos en la calle Heredia. Se llamaba Benita y era dadora de sangre del Hospital de niños.
Esa tarde Benita, consiente de las dificultades que enfrentaba, le propuso a mi madre anotarse en el Ministerio de Salud Pública como dadora de sangre.

En el año 1942 había en Montevideo una lista de dadores oficiales, confeccionada por el Ministerio de Salud Pública, con análisis al día y sangre universal (grupo 0 o IV de Moss). Estos dadores hacían guardia 15 días y descansaban los 15 días siguientes. Si se presentaba una urgencia, aún en su día de descanso, partía una ambulancia a buscarlos a la hora que fuese, a fin de acercarlos al hospital donde había necesidad de una transfusión; directamente a la casa del enfermo que la requería o donde hubiese sucedido un accidente grave.
Este Cuerpo de Dadores que organizaba el MSP, contaba con una estructura aceptable para la época. Cada tres meses debían someterse a un examen general, otro serológico para la sífilis y hemograma, además de obtener el carné de salud.
En esa época los Bancos de sangre no se conocían. Los donantes eran escasos y difíciles de conseguir y la donación familiar prácticamente no existía, ni aún en los hospitales.
En el invierno de 1942, el nombre de mi madre fue incluido en esa lista.
Mamá había recibido del Estado, una pensión graciable por el fallecimiento de mi padre en ANCAP, y también una pensión vitalicia para ella del Banco de Seguros, más una pensión para cada una de sus hijas hasta los 18 años. No sé cuánto era el monto, no creo que fuese mucho porque entre las dos pensiones y la confección de vestidos, por más que escatimara, siempre resultaba corto.
A mi hermano mayor, que tenía entonces 14 años, que fue a quien el Ente le dio trabajo, le descontaban el alquiler de la casa que al principio no le alcanzaba el sueldo para pagarlo. Porque las casas que ANCAP construyó en La Teja para su personal no fueron de obsequio.
Una vez que ANCAP, construyó el barrio obrero, lo entregó a INVE, Instituto Nacional para la Vivienda Económica, para su administración. Esas casas se entregaron a sus inquilinos en 1938, bajo la promesa de una futura venta, con un alquiler mensual de $16.00.
Por ese motivo mi mamá, en cuanto se enteró que el Ministerio pagaba la sangre, concurrió al hospital para realizarse los exámenes requeridos. Y fue aceptada, porque era una persona muy sana, nunca padeció una enfermedad por la que tuviese que guardar cama, ni nunca fue intervenida quirúrgicamente.
Recuerdo que debía hacer una dieta en las comidas a base de hígado y tomar mucho líquido; que hacía guardias en el Hospital de Niños y que aunque no estuviese de guardia, debía de estar siempre pronta por si venían a buscarla.
Los dadores hacían un contrato por 5 años y podían donar, en ese lapso, hasta 5 litros. Los contratos no se renovaban, y después de esos 5 litros no podían volver a donar sangre.
Muchas veces vi a mi mamá sentada en la máquina de coser, oír la sirena de la ambulancia, levantarse de la máquina y comenzar a preparase de apuro porque sabía que si venían a buscarla era por una urgencia. A veces venían de noche o de madrugada y mamá, entonces cerraba la casa con llave y nos dejaba encerrados hasta que volvía.
A su regreso, nunca se acostaba, porque siempre tenía algún vestido que terminar. Al oírla llegar mi hermana Nelly se levantaba, calentaba el agua en el primus se sentaba junto a la máquina y le cebaba mate, ella no quería que se levantara pero mi hermana fue muy compañera de mi madre y lo hacía con gusto.

Eran los años de la segunda Guerra Mundial y escaseaban algunos alimentos, recuerdo que tomaba mate con azúcar negra o azúcar rubia, que era la que se conseguía en los almacenes, y al mate le agregaba cáscara de naranja. Mi madre disfrutaba esos momentos.

Pasó el tiempo y unos días antes de cumplir el contrato, estando de guardia en el Hospital de niños, el doctor Magri la llamó a su oficina y le pegó un reto:
—¡Paulina cómo es esto que veo aquí!, ¿Qué usted en cinco años donó 14 litros de sangre? ¡No puedo creer esto, pero acá está su nombre en las planillas de los 5 años!!

La explicación era sencilla: muchos de los compañeros donantes tenían otro trabajo, de modo que cuando debían hacer guardias pasaban su tarjeta a un compañero para no faltar a su otro empleo y esa guardia o esa extracción, cuando cobraban, se la entregaban al compañero que los había cubierto. Y mi madre, para agrandar su sueldo, aceptaba todas las tarjetas que le ofrecían.
Ese día doña Paulina finalizó el contrato de los 5 años, dejó de ser donante oficial del Ministerio de Salud Pública, y pese a todo, quedó en buena relación con el doctor Magri. Falleció a los 80 años de un paro cardíaco, en la casa de mi hermana Nelly.

Dos veces la dramaturgia me rozó al pasar - 4

1º) En Joanicó, en el Departamento de Canelones, nació el 11 de febrero de 1887, el actor y director de teatro Carlos Brussa.
A principios del siglo pasado su familia vino a Montevideo y se instaló en una casa de la calle Camino Castro del barrio Paso del Molino.
Brussa dedicó su vida al teatro, a la formación de actores y a la dirección. Fue muy querido y respetado y el único que, durante décadas, paseó el teatro por todo el interior del país. Murió pobre. Hizo fortuna y la perdió en tiempos difíciles. Falleció en Montevideo, el 13 de setiembre de 1952.
Conocí a Carlos Brussa en el invierno de 1941. Tenía cinco años y hacía uno que había fallecido mi padre. Mi mamá era modista y tenía una amiga que vivía en la calle Camino Castro, frente al Prado, a dos cuadras de Agraciada a quién le hacía la ropa. Esa amiga se llamaba Elida, estaba empleada en la Caja de Jubilaciones y era hermana de Carlos Brussa.
A veces Elida venía a mi casa a probarse la ropa, pero por lo general era mi madre quién iba a verla. Algunas tardes la acompañaba.
La casa de Elida la recuerdo como una casa muy antigua. De ventanas altas y angostas con postigos y puerta de calle de vidrios gruesos de color verde. Tenía un jardín al frente cargado de plantas y arbustos. Hacia la vereda un muro alambrado y un portón alto de hierro.
Elida tenía la edad de mamá, pero era soltera. Era alta y usaba el cabello castaño con el corte Plumita.
Esa tarde, yo estaba sentada en el escalón de entrada de la casa, con la puerta entornada a mi espalda, jugando con unas piedritas. De pronto, un señor muy alto con un sobretodo largo desprendido y un sombrero de ala ancha, abrió el portón y entró. Yo me puse de pie en tanto él caminó hacia mí y saludó:
—Buenas tardes.
—Buenas tardes, le contesté. El hombre siguió caminando y me aparté para darle paso. Al oír el portón Elida vino a recibirlo, lo saludó sonriendo y señor le preguntó:
—¿Quién es esta niña?
—Es la hija de Paulina, le dijo ella.
—Ah, que bien —contestó—, y entró en la casa. Elida esperó a que yo también entrara y cerró la puerta. Entonces el señor me preguntó sin detenerse:
—¿Vas a la escuela?
—No —le contesté—, pero sé leer.
Yo había quedado un poco atrás de los dos. Él se dirigió a su habitación y, de espaldas a mí, extendió un brazo hacia su hermana y le dijo:
—Ahí tienes una futura escritora.
Al oír esto quedé muy emocionada. Elida sonrió, me tomó de la mano y entramos en la salita donde estaba mamá.
—¡Viste lo que me dijo el señor! —le dije entusiasmada a mi madre .—¡Que yo voy a ser maestra!
—No —dijo mamá—, maestra no. Escritora te dijo.
Yo estaba loca de la vida con lo que me habían pronosticado y mi madre me decía que no me habían dicho lo que yo creía haber oído. Sentí que se me borraba la alegría. Creo que esa tarde conocí la Desilusión.
El asunto era que para mí, escritora era lo mismo que maestra. Yo no sabía qué era ser escritora, para mí ser escritora era saber escribir. Y todo el mundo sabía escribir. Escribía mi mamá, mis hermanos, el almacenero y la señora de la panadería. Cuando empezara la escuela yo también iba a ser escritora. El señor no dijo que yo iba a saber escribir. Él quiso decir otra cosa. ¡Quiso decir que yo iba a ser maestra! Pero mi mamá fue siempre de poco hablar. Si en aquel momento me hubiese explicado qué era ser escritora, tal vez yo no hubiese esperado cumplir 50 años para escribir mi primer cuento.
Nunca más vi a Carlos Brussa. El actor viajaba mucho con su compañía de teatro. Y a pesar de que con mi madre volví varias veces a la casa frente al Prado, nunca más volví a verlo. Cuando años después falleció, yo tenía quince años y estaba en el liceo. Sentí mucho su deceso. Me hubiese gustado hablar con él en mis años de estudiante. Decirle que se había equivocado, que yo no tenía pasta de escritora y que difícilmente llegara a ser maestra algún día.
Pasado el tiempo muchas veces me pregunté por qué se cruzó ese hombre en mi vida en aquel momento y qué fue lo que quiso decir en realidad.
De todos modos, de aquella tarde pasaron setenta años. Y soy escritora.
Me gustaría que alguien se lo contara.

2º)


En el año 2003 conocí brevemente a Gustavo Adolfo Ruegger.
Periodista – Crítico teatral – Conductor de TV. Director de Teatro y Actor. Entonces era alumna del Taller de Literatura que dirigían los escritores Sylvia Lago y Jorge Arbeleche y me encontraba preparando la edición de "Garúa", mi primer libro.
Una noche de 2003 comenzó a participar del taller, Mabel Altieri, compañera sentimental y artística de Ruegguer, con quien hacía más de un año, auspiciados por el Ministerio de Cultura, recorrían el país llevando y leyendo poesía por todos los departamentos. Algo parecido a lo que, muchos años antes, había hecho Carlos Brussa, al llevar el teatro de la ciudad, al interior de la república.
La noche que Mabel entró por primera vez al taller, Sylvia Lago leía un cuento mío. Mabel se sentó y luego preguntó quién era el autor. Alguien me señaló y ella me saludó desde el otro extremo del salón. El taller tenía dos profesores, la primera hora era de narrativa con Sylvia Lago y la segunda de poesía, con Jorge Arbeleche. Los alumnos que escribíamos, presentábamos los trabajos impresos y los profesores los leían y comentaban en la próxima clase.
A Mabel le gustaban mis cuentos y siempre me pedía que le hiciera un duplicado de los trabajos que yo iba presentado. Ruegger venía siempre a buscarla en el auto. Una noche de julio que llovía muchísimo, Mabel preguntó quien vivía por su barrio para alcanzarnos. Resultó que otra compañera y yo vivíamos a pocas cuadras de su casa. Cuando salimos y subimos al auto nos presentó. Al dirigirse a mí Mabel le dijo: esta es la la señora que escribe los cuentos que te gustan tanto. Entonces Ruegger me dijo que hacía días tenía pensado hablar conmigo, a fin de pedirme permiso para usar mis cuentos en un proyecto, dijo, que tenía de hacía muchos años para llevar a la televisión.
Era el martes 3 de julio. Me dijo:
—Nosotros mañana nos vamos para el interior. Volvemos el domingo, yo el lunes la llamo y conversamos, ya tengo todo planeado.
El sábado siguiente, 7 de julio, falleció en el interior del país, a causa de una complicación con el asma que sufría hacía años.
El domingo estuve en su velorio.
El lunes que esperamos ambos, nunca llegó.

5

Los seis años de escuela no me dejaron mucho tiempo para otra cosa que no fuesen los libros de texto y “El Billiken”, que mi madre nos compraba un año a mi hermano Venus y otro año a mí, y que al final terminó siendo sólo para mí porque Venus en cuarto grado, decidió que le comprara “EL Peneca” o el “El Tony” porque —según le explicó a mi madre en aquel momento—, ya estaba grande para “El Billiken”. De todos modos, recuerdo que entre “El gato con botas” y “Alicia en el país de las maravillas”, leí también “La cabaña del tío Tom”. Para ese entonces mi hermana Nelly hacía ya tiempo que se había casado y en casa éramos nosotros tres y mamá.
Don Vásquez, el diariero, dejaba todos los días para mamá, "La Mañana" y los domingos "El Día". Con los titulares del diario "La Mañana" a los cinco años aprendí a leer. Después vino la escuela y aprendí a escribir.
En las vacaciones de verano, antes de entrar al liceo, logré increíbles adelantos en mi cultura literaria. Prácticamente pasaba los tres meses leyendo en el cuarto de mi hermano mayor. Él trabajaba y yo era dueña de aquellos estantes, donde siempre había un volumen nuevo. Frente a la estantería, retiraba los libros que iba a leer. Los elegía por los títulos. No me preocupaba saber quién los había escrito. Sabía que eran escritores extranjeros, porque todos hablaban de la guerra. Empecé a interesarme en los libros para adultos, en las vacaciones de 1946, tenía por lo tanto, diez años cuando, sin saber, entré en el maravilloso mundo de los libros abiertos. Mal momento, si se quiere, para empezar la lectura de los grandes creadores cuyos textos estaban, casi todos, inspirados en acontecimientos sucedidos durante la Primera y Segunda Guerra Mundial y sus aciagas consecuencias. De todas formas, incauta, en mis diez años de niña curiosa, me sumergí en la novelística de la posguerra: realista, cruel, inhumana. Historias verídicas que dejaron en mí, huellas profundas y que creo fehacientemente que tuvieron que ver en mi formación como persona. Que influyeron en el desarrollo de mi carácter, de mis sentimientos y hasta en el modo de enfrentar la vida. Leía páginas que me desgarraban por dentro y nunca las comenté con nadie.
Ahora, sesenta años después, al escribir sobre esos temas, reconozco lo que significó para mí todo lo leído en aquellos años de la pluma de los grandes escritores de la época. Descubrí historias terribles donde el autor contaba, en detalle, las atrocidades que se cometen, impunemente, en una guerra. Pasajes de novelas que quedaron impresos en mí por más de medio siglo. Libros que nunca más volví a tener en mis manos. Recuerdo en “Por quién doblan las campanas”, novela de Hemingway procesada durante la guerra civil española y, entre varias atrocidades, el relato de la muerte por garrote. Nunca lo había oído y creo que nunca lo volví a oír. “Sin novedad en el frente”, del alemán Erik María Remarque, enemigo acérrimo de los nazis, novela escrita después de la primera guerra mundial sobre la juventud idealista y el suicidio de un joven que una tarde junta agua en dos recipientes, coloca uno de cada lado de un sillón, se sienta, se corta las venas y deja caer sus brazos en ambos recipientes hasta desangrarse. La violación de “Dos mujeres”, una madre joven y su hija, del italiano Alberto Moravia, por soldados nigerianos que volvían del frente en un camión del ejército. La invasión de los japoneses en China, en la novela “La estirpe del dragón”, de la norteamericana Perla S. Buck y las torturas y masacres que cometen los nipones contra ese pueblo pacífico, que no sabe defenderse.
Así, bajo la intolerancia de los poderosos, que convierte a los seres humanos en bestias, comenzó mi romance con la literatura. Después, la vida y otros libros, me enseñaron que las atrocidades de un ser humano contra otro no se cometen solamente en tiempos de guerra. La criatura humana tiene la capacidad de realizar los hechos más crueles y aberrantes contra su prójimo, en cualquier momento y en todos los tiempos.

6

En 1943, con seis años, entré a la escuela 170 que estaba a una cuadra de mi casa y que ANCAP había hecho con el mismo estilo del barrio obrero y luego donó a Primaria. Mi maestra de primero se llamaba Gloria, de segundo Poupée Bonino, de tercero Guillermina y de cuarto María Luisa. Al principio la escuela no tenía Directora, después nombraron para ese cargo a Dinorah, la maestra de sexto.
Quinto y sexto los hice como media pupila, en el Colegio y Liceo de La Divina Providencia, de las Hermanas Capuchinas de Belvedere. Al término de las vacaciones de 6º entré, como pupila, en el Instituto María Auxiliadora, de las Hermanas Salesianas, en Montevideo.
En aquellos años los alumnos de los colegios católicos, teníamos que dar examen de ingreso para entrar al liceo. Yo lo di en el Instituto Normal de Señoritas que estaba en La Aguada, en Agraciada y Pozos del Rey. Unos días después de dar el examen de ingreso, mi madre me dijo que iba a cambiar de colegio. Que la Directora del San José de la Providencia, me había conseguido una beca para hacer el liceo, como pupila, con las hermanas Salesianas.
El Instituto María Auxiliadora tenía Jardinera desde los 2 años, aunque un año recuerdo que ingresó una niña de un mes, no sé porqué motivo, Primaria, Secundaria, Magisterio, Pupilaje y Aspirantado. En el último piso había un museo. El Pupilaje lo conformaban las alumnas de todas las clases que permanecían en el colegio todo el año de estudio. El Aspirantado, las alumnas que estudiaban pero que aparte aspiraban a profesar como Hermanas de la Congregación Salesiana.
La Hermana Inés, directora del San José de la Providencia, me consiguió una beca, no por inteligente ni estudiosa: por pobre. Pero en aquellos momentos todo servía y a mí tanto me daba un colegio que otro. Además, eso de ir pupila tampoco me preocupó demasiado. Era en aquel tiempo una adolescente tranquila, obediente: casi buena.
Como pupila en el colegio de las Salesianas, entrábamos en marzo y salíamos en diciembre. Los domingos los padres y hermanos podían ir a vernos. Era un sistema carcelario. De monja de clausura. Adentro se estaba bien. Nos trataban bien. Teníamos varios recreos en el día. Cancha de básquetbol, de vóleibol, juegos de plaza para las pupilas más chicas. También teatro con un precioso escenario, donde nosotras mismas representábamos obras dirigidas por la Hermana Olga que entendía de esas lides. Algunas alumnas tocaban el piano para demostrar lo adelantadas que estaban, y otras recitaban poemas gauchos o líricos previamente inspeccionados no era cosa de recitar un poema de Serafín J. García o de Juana de Ibarbourou autores, entre otros, terminantemente prohibidos.
También había una capilla, con una Virgen María Auxiliadora bellísima, donde todos los días oíamos Misa a las seis de la mañana. Rezábamos en latín: “Páter noster qui es in caelo sanctificétur nomen Tuum, adveniat Regnuu Tuum fiat volúntas tua, siet in caelo et in terra…”
El colegio tenía alumnas internas y externas. En las clases estábamos juntas y separadas. Es decir: las pupilas de un lado del salón, las externas del otro. Las pupilas teníamos prohibido hablar con las externas. Y también entre nosotras, excepto en los recreos. Para mí fue una tortura. Dos por tres la hermana Iris, que era la Consejera, me pescaba hablando y me mandaba en penitencia a su escritorio donde permanecía horas de pie. Me castigaba por hablar. A mí me daba lástima la hermana Iris porque recordaba las cosas horribles que pasaban en la guerra y ella ¡por hablar! me ponía en penitencia. La hermana Iris me tenía ojeriza, durante todos los años me mandó a su escritorio en penitencia por hablar. ¿Por qué otra cosa se podía poner en penitencia a las pupilas, que pasábamos día y noche acompañadas por cuatro monjas?
La Hermana Vicaria se llamaba Celsa y era buenísima, la Madre Directora se llamaba María Julia Castaing, la veíamos de noche porque antes de subir a los dormitorios se formaban todos los grupos y ella venía a darnos las buenas noches. Yo hablaba con las externas, porque ellas no tenían prohibido hablar con nosotras, éramos nosotras las que no podíamos hablar con ellas que era lo mismo pero distinto. Las pupilas eran muy disciplinadas. No hablaban nunca. Eran chicas del interior que venían a estudiar a Montevideo. Entre ellas yo era una mosca blanca.
Creo que si la Hermana Irene del colegio de Belvedere, en lugar de conseguir una beca como pupila, hubiese conseguido una beca como aspirante a monja, hoy no sería yo la madre de mis hijos.
Ese diciembre cuando volví a mi casa encontré que la biblioteca de mi hermano había crecido en estantes y en libros. Entre ese diciembre y marzo devoré todo lo que pude. Esas vacaciones entre los nuevos libros descubrí a Stendhal, escritor francés del siglo XIX y la novela “Rojo y Negro”. Era una novela romántica con trasfondo histórico sobre la vida de un seductor y amores prohibidos. “Ana Karenina”, novela realista sobre un adulterio consumado que lleva a la muerte a su protagonista. Magnífica novela del escritor ruso León Tolstoi. “El amante de lady Chatterley”, historia sobre un adulterio con un marcado erotismo. El autor era el inglés D.H.Laurence que la publicó en Italia porque estuvo prohibida durante 30 años en Gran Bretaña y Estados Unidos.
"Sinhué el egipcio", novela de Mika Waltari, de Egipto en tiempo de los faraones sobre un pobre huérfano llamado Sinuhé que se convierte en médico y dedica su vida a ayudar a los pobres.
Todos los libros que leía eran novelas excepto un libro de cuentos de Gogol, escritor ruso de principios del siglo XIX que también escribió la novela “Almas muertas” que yo no leí pero, que, según se comentó, tenía una segunda parte que él mismo quemó antes de morir. Siempre leí sin orden. Me acuerdo de muchos autores y de muchos títulos no de todos, pero puedo llevar una guía, por ejemplo, de mis lecturas en tiempo de vacaciones durante los años de liceo. También, al rememorar aquellos días, he rescatado un detalle no menos importante. He afirmado más de una vez que me considero cuentista, no poeta ni novelista y esa inclinación al cuento, compruebo que nació en aquellos años. A parte porque soy ansiosa, Los primeros libros que leí, tenían trescientas, quinientas, ochocientas páginas. Muchas obras venían en papel biblia, principalmente los libros de la Editorial Aguilar cuyos textos, con la obras completas del autor, traían 1200 o 1500 páginas. De las historias que leía salteaba las páginas, que detallaban hasta lo ínfimo, el lugar físico. La referencia de cómo estaba el día, el cielo, el mar. Como era la casa; que estilo de muebles, como eran los cortinados, las alfombras, si el piano era de cola y si los perro ladraban. Que plantas adornaban el jardín, el jardín vecino, la casa de enfrente. Al comenzar una lectura iba directamente en busca de la anécdota, una vez que la encontraba no la soltaba hasta el fin. Obviaba la parte artística de la obra, pero sabía todo lo que sucedía en la novela. O sea, resumía una novela en cuento. Es un pecado. Lo supe después. Pero nunca lo pude evitar.


Más libros - 7

Un año una editorial le envió a mi hermano diez libros, como una especie de promoción, para que eligiera con cual quedarse. Se quedó con todos. Fue bueno, porque para mí eran todos desconocidos. Entre ellos se encontraba A. J. Cronin un británico nacido en Escocia. Fue un escritor muy leído en aquella época. De él recuerdo varios títulos: “Las llaves del reino”, “Los verdes años”, “La Ciudadela”.
“Todos los hombres son mortales” una de las primeras novelas de la feminista francesa Simone de Beauvoir, de estilo filosófico existencial, donde la escritora reflexiona sobre la vida y la muerte y presenta al inmortal conde Fosca que lleva vividos 500 años y quiere morir, porque ya lo ha vivido todo y entiende que la muerte es lo único que da sentido a la vida.
“Crimen y castigo”, de Dostoievski escritor ruso del siglo XIX, de escritura en extremo realista, que cuenta el crimen protagonizado por un joven que se encuentra en ínfima pobreza y mata a una anciana prestamista. Con las consecuencias que debe enfrentar.
“La madre” de Máximo Gorki, escritor y dramaturgo ruso del siglo XX, relata la vida de una mujer campesina de la época de los zares, que descubre que su único hijo es un líder socialista a quien un día llevan detenido, pasando ella a ocupar su lugar en la organización.

Campeones del Mundo - 8

Cuando en 1950 salimos Campeones del Mundo yo estaba pupila. A mí el fútbol nunca me interesó. Desconocía por completo el andamiaje del deporte en Uruguay y en el mundo. De todos modos cuando a la mañana siguiente al triunfo, las pupilas llegamos al patio de recreo para entrar a clases, me llamó la atención el revuelo que tenían las externas. Las pupilas no eran curiosas, ni buenas ni malas, ni frías ni calientes. No mostraron el menor empeño por saber qué sucedía. Pero yo no podía quedarme en ascuas. De modo que fui a preguntar.
—Qué pasa —les pregunté. Me contestó una compañera que se llamaba Amelia Urretavizcaya, una chica muy bonita que usaba el cabello corto rebajado.
—¡Somos Campeones del Mundo! —me contestó con gran entusiasmo. Las externas nos tenían a las pupilas como unas mojigatas, y no estaban muy erradas.
—Campeones de qué —insistí.
—Cómo de qué, de futbol de qué va a ser, ustedes viven encerradas, ¡no se enteran de nada!
—Sí —le contesté—, no te habías dado cuenta que vivimos encerradas.
—Encerradas y debajo de una piedra —me dijo. Tampoco estaba muy errada. En Literatura teníamos de profesora una Hermana que le decíamos “la sister” porque era también la profesora de inglés. Un día vino a dar la clase y nos dijo. —Este año al Consejo de Secundaria se le antojó poner en el programa a Horacio Quiroga, un escritor uruguayo que vivió muchos años en Misiones, en la Argentina. Ustedes no pueden leer nada de ese hombre que era un loco y está excomulgado por la iglesia por cometer suicidio. Yo les voy a leer lo único que se puede leer de él. Y nos leyó Anaconda. No sé las demás, pero yo a esa altura conocía la vida y parte de su obra desde los “Cuentos de amor, locura y de muerte”, “El hijo”, “Juan Darién” y “El hombre muerto”.
A Quiroga lo encontré unas vacaciones entre los libros de autores uruguayos que mi hermano había empezado a comprar. Una tarde retiré, de uno de los estantes, un libro de Javier de Viana que se llamaba: Con Divisa Blanca y me puse a leerlo porque vi que el autor era un escritor uruguayo que hablaba de la gente nuestra que vive en el campo. Javier de Viana de formación literaria naturalista, fue un gran narrador y un excepcional cuentista y por casualidad o causalidad, el primer escritor uruguayo que leí.
Viana con su “Con Divisa Blanca”, me cautivó desde el comienzo. Publicada por primera vez en 1904, es una novela amarga de una crudeza que me llamó la atención. Javier de Viana era estanciero y político oriundo de Canelones. Peleó junto a Saravia. De sus recuerdos de la guerra de 1904 escribió ese volumen que llamó, “ Con Divisa Blanca”.

Francois Sagan- 9

Fueron aquellos años, tal vez demasiado severos, un buen aprendizaje para un buen vivir. Esos años de privaciones afectivas, de silencios impuestos, de obediencias impartidas, también dejaron sus frutos.
De ese modo, entre aquellos años de religiosidad, la falta de mi padre que nunca terminé de superar y mi pasión por los libros se fue moldeando mi carácter, mi encaro a la vida. Mi personalidad.
Cuando terminé el liceo hice un año de Comercio en la Escuela Industrial. Y ese mismo año, en diciembre, tuve mi primer empleo.
Tenía diecisiete años y hacía poco tiempo había empezado a trabajar cuando Francois Sagan, con 18 años, publicó su libro: "Buenos días Tristeza". No podía creer que una joven de mi edad hubiese escrito una novela. Nada más lejos de mi pensamiento. Recuerdo que miraba los libros con esa enormidad de hojas y pensaba cómo, de qué manera, un escritor crea una historia. Era algo impensado para mí.
Con mi primer sueldo comencé a formar mi propia biblioteca y a cambiar también, entre mis compañeras, los libros que leíamos. En aquellos años, sin computadoras ni celulares, todo el mundo leía. Existía en aquel momento una editorial: “Círculo de lectores” que mediante una pequeña cuota, prestaba y vendía libros. Para ello tenían vendedores que visitaban a los socios llevando consigo una valija con los últimos títulos. Funcionó un tiempo, después cerraron. En la década del setenta apareció “Círculo de lectores”, con el mismo sistema de venta. En lugar de ir el lector a la editorial, la editorial iba hacia el lector. Un buen sistema que, por particulares, todavía existe. De ese modo seguí leyendo, pero nunca más con el arrebato de mis años de estudiante.
Tenía veintidós años cuando me casé. Comenzaba otro capítulo en la historia de mi vida. Después vinieron los hijos, y aunque seguí trabajando y atendiendo mi casa, los libros nunca me abandonaron.
Pero esa es otra historia, que aún no he comenzado a escribir. Ada Vega, 2007.









Ada Vega, a modo de Biografía:

Nací en Montevideo, barrio La Teja, en 1936. Concurrí a la escuela No 170 y al Colegio Divina Providencia – Hermanas Capuchinas de Belvedere. Hice el liceo en el IMA – Instituto María Auxiliadora, Hermanas Salesianas, barrio Palermo; y en la Escuela Industrial un curso de Comercio, Taquigrafía y Maquina. Trabajé 32 años, en el ínterin me casé, tuve dos hijos y un día cumplidos los 50 años, comencé a escribir cuentos por mi cuenta y a publicarlos en diarios, suplementos y revistas zonales de distribuciòn gratuita.

Publicaciones:

1) El Eco de Cerro - (Villa del Cerro).

2) El Tejano - (La Teja y Pueblo Victoria).

3) Magazine Zonal - (Nuevo París y Belvedere).

4) La Voz - (Paso Molino, Belvedere y Capurro).

5) El Charrúa - (Malvín y Carrasco).

6) El Sol de Montevideo - (Cordón y Centro).

7) El Eco de Montevideo - (Pocitos).

8) Periódico del Centro - (Centro y Ciudad Vieja).

9) El Tranvía 35 - (Punta Carretas, Pocitos y Parque Rodó).

10) Marejada - (Punta Carretas, Pocitos, Buceo y Parque Batlle).

11) La Estrella del Sur - (Cordón, Palermo, Barrio Sur).

12) La República - (Suplemento: La Rep. de las Mujeres)

13) El País - (Suplemento: El Agropecuario).

14) Nueva Letra - (Revista Literaria).

15) Biblioteca de Marcha.

16) Banco de Provisión Social.

17) Quilla - ( Asociación Funcionarios Portuarios).

18) Letra Nueva - Revista Literaria (Carrasco).

19) La Tertulia - Grupo Cultural. (Montevideo).

20) Orizont Literar Contemporan - Revista, en Bucarest - Rumania.

21) 100% Identidad Cultural - Punta del Este, Uruguay




En 1988 participé en INTEC, del ciclo trimestral de Literatura ( estructura del cuento), dictado por el profesor Rubén Loza Aguerrebere. En junio de 1996 ingresé al taller de Literatura dirigido por los profesores Sylvia Lago y Jorge Arbeleche, donde permanecí hasta su cierre definitivo en 2004. Concurrí dos años al taller “Puro cuento” dirigido por la escritora Mercedes Rosende. Un ciclo sobre la escritura de la novela dictado por el escritor Rafael Courtoisie y un pasaje por el taller de literatura del escritor Mario Delgado Aparain.

Escribì 6 libros, cuatro editados en papel, dos inéditos. También un libro en Bucarest – Rumania, en rumano y español. En septiembre de 2009 inicié “Garúa”, un blog en Blogger, de Google, donde fui publicando todos mis cuentos para leer gratis y que ha sido visitado, hasta ahora, por 106 países.

He recibido algunos premios y menciones. Nunca presenté mis libros en sociedad, y a partir de 2009 dejé de presentarme a concursos, porque nunca más tuve cuentos inéditos. Con excepción de la rumana, las ediciones fueron todas por mi cuenta. Por medio de Facebook soy miembro en 527 grupos, donde puedo publicar mis cuentos directamente, de todos los países de las tres Américas, casi todos los de Europa, también Australia, Rusia, China, Japón y Egipto, que ha traducido al Árabe, alguno de mis cuentos.

En mi caso, nunca necesité escribir “como el aire que respiro”, comencé a escribir llegando a los 50 años. Nunca me rompí la cabeza frente a una hoja en blanco, porque escribo cuando se me ocurre un tema y tengo el final, o la primera frase. Soy cuentista porque soy ansiosa y quiero saber cuánto antes como termina la historia. Quiero decir también, que termino como empesé: regalando mi trabajo por el mundo, hecho que me ha dado muchas satisfacciones, al comunicarme con lectores que leen y comentan mis cuentos diariamente. Y agradezco a Dios, si es que Dios existe, haber llegado a mi joven vejez, conservando mi memoria, mi curiosidad y mis deseos de contar. Hecho muy importante cuando se han pasado largamente, los esplendorosos y cautivadores 80 años, y ya nadie nos necesita, no tenemos obligaciones y el éxito y el halago, ya no nos conmueven.

Premios y Distinciones

FUNDACIÓN Lolita Ruibal, concurso “Cuentos para nuestros nietos” por: “Vida de perro” 1998-1999.

F.U.T.I. (Federación Uruguaya de Teatros Independientes). Proyecto “Memorias de mi ciudad” 1999 por: “Aquella Retirada”.

B.P.S. Banco de Previsión Social, concurso Cuento y Poesía 2000, por: “Edelmira Dos Santos”.

Fundación Lolita Ruibal, concurso “Cuentos para nuestros Nietos” por: “El Niño y el Águila” 2000 – 2001.

A.E.D.I. (Asociación de Escritores del Interior) Concurso “Dr. Alberto Manini Ríos” 2003, por: “El Mensajero”.

A.U.D.E. (Asociación Uruguaya de Escritores) 2004, concurso “Cuentos de Vacaciones” por: “Vacaciones de Enero"

UNICEF "Contigo cuento". 30 autores uruguayos juntos por la infancia y la adolescencia. 2005

Academia de Tango de la R. O. del Uruguay, Concurso de Cuentos 2007, por: “Fue a Conciencia Pura”.




En 2003 primer libro “Garúa”, con cuarenta cuentos.

En 2006 la novela “Detrás de los ojos de la mama vieja”.

En 2008 “Malena” con 30 cuentos.

En 2014 “El embrujo de Maracaná” con 20 cuentos

Dos libros inéditos.




Ada Vega, de mayo de 2022