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sábado, 22 de febrero de 2025

En el Valle del Lunarejo

  




Cerca de Tranqueras, en el valle del Lunarejo, había nacido Ezequiel Montoya séptimo hijo varón de Luz Marina Inzaurralde, abnegada mujer hecha para el trabajo, casada con Antenor Montoya, un quilero fronterizo medio sabandija dueño de unas cuadras de campo al costado del Cerro Bonito. Allí habían poblado, junto a una chacra que trabajaba Luz Marina. Campo inhóspito, no porque fuera mala tierra sino porque hervía de víboras. Para la serpiente de Cascabel el valle era una feria por donde solía lucirse haciendo sonar su cencerro, o silbando al pasar de refilón junto a la gran Ñacaniná, su pariente pobre, con quien no hacía buenas migas.


Al ser la región poco habitada por el hombre, las víboras dominaban todo el espacio, eran fuertes y poderosas. Luz Marina las enfrentaba a machetazos cuando le invadían su campito, consiguiendo, a duras penas, mantenerlas a distancia. Tenía, sin embargo, un extraño poder frente a la ponzoña de los reptiles. Tal vez, a fuerza de recibir tanta mordedura, estaba inmunizada contra su veneno, pues las afrontaba sin temor.

Las serpientes le reconocían el poder, teniéndole cierta consideración, no exenta de un rencor a duras penas disimulado. De todos modos era una lucha diaria, cuidar a las gallinas y a los patos, a la lechera y hasta a los perros.


Pero el mayor problema lo acarreaban los días de lluvia cuando el Lunarejo crecía y se desbordaba, entonces el bicherío se desparramaba por el valle, se llegaba hasta las casas y se metía en las habitaciones huyendo del agua que, en su descontrol, los arrastraba fuera de sus madrigueras. Luz Marina luchaba sola contra las inclemencias del lugar. Antenor no era hombre de querencia. Los hijos —decía—, eran cosa de la madre.

Le arrimaba ropa y algunos comestibles cuando bajaba del norte y se largaba otra vez a contrabandear. Recorría establecimientos y pequeños pueblos llevando y trayendo mercaderías varias, mientras, entreverado en fiestas y comilonas , dejaba correr la vida sin mayores preocupaciones.


Cuando Ezequiel cumplió siete años, la madre comenzó a notarle actitudes impropias. Al principio pequeñas facultades de entendimiento con los animales, que se fueron acentuando con el tiempo. A pesar de ser un gurí manso como el apereá, poseía la sagacidad del puma y la vista aguzada del águila.

En sus recorridas por el valle los animales se apartaban para darle paso, bajaban la cabeza cuando él los miraba y las aves detenían el vuelo, quietas en las ramas, al verlo pasar. Ante su presencia, las víboras permanecían arrolladas sobre sí mismas, quietas las cabezas, observándolo quisquillosas con sus ojos oblicuos.

El dominio que Ezequiel ejercía sobre los animales del monte, era solo comparable con el que ostentaba sobre ellos, el gran lobo negro, que en noches de luna llena recorría el valle del Lunarejo hasta la Cascada del Indio y más allá, imponiendo su presencian ante todas las alimañas rastreras o voladoras que habitaban el intrincado monte. 


Un lobo hermoso, de gran talla, de pelaje reluciente y ojos como brasas, que la gente de Tranqueras asociaba con Ezequiel, por aquello de: séptimo hijo varón, en fija lobizón. Nadie pudo afirmar con certeza que el séptimo y último hijo de Luz Marina y Antenor era en realidad lobizón, a pesar de que los vecinos de los alrededores así lo afirmaban. Lo cierto es que cuando Ezequiel cumplió los dieciocho años se fue del valle, no se supo si para el norte o para el sur, lo que sí supieron en Tranqueras es que el lobo negro que en noches de luna llena recorría el monte, también desapareció en esos días.


En los años que siguieron poca cosa se conoció de Ezequiel. Solo que había andado por Fraile Muerto, por Cardona, que lo habían visto por el Yí, por Dolores y un día desembocó en la capital. Y en Montevideo lo conocimos nosotros. Trabajaba de albañil y vivía en una pensión. Era un hombre tranquilo, taciturno, vivía solo. Nunca le conocimos compañera. De vez en cuando desaparecía por unos días y volvía sin dar explicaciones. En una oportunidad nos contó que había nacido en Rivera, en el valle del Lunarejo, que hacía fácil unos veinte años que se había ido y que nunca había vuelto. Y un día, porque sí, no más, dejó el trabajo y dijo que se iba. Adónde —le preguntamos. Por ahí —nos contestó. No volvimos a verlo.


Por aquel entonces contaba gente que vivía en Tranqueras, que la casa de los Montoya estaba muy abandonada. Los hijos de Luz Marina y Antenor fueron, poco a poco, abandonando la casa paterna. Antenor hacía años que no bajaba hasta el valle. Se había conchabado en el Brasil y allá se quedó con nueva mujer y otros hijos. Luz Marina estaba sola, vieja y cansada. Dicen que una noche sintió que la muerte venía reptando a buscarla y no tuvo fuerzas ni ganas de salir a pelear. Las víboras, envalentonadas, habían rodeado el campito. Hacía mucho tiempo que nadie las dominaba, serpientes y culebras se acercaban en apretado círculo. Ya habían pasado los hilos del alambrado cuando un extraño refucilo, las detuvo en seco. Un lobo negro de ojos luminiscentes, con las garras arañando la tierra, estaba esperándolas a la entrada de las casas.


Los filosos colmillos relampagueaban iluminados por la luna llena. Atropelladas, envueltas en un sonido sibilante, las víboras huyeron por los cuatro rumbos.

Al otro día comentaban los vecinos, que Ezequiel, el hijo más chico de Luz Marina y Antenor, había vuelto con su madre. Alguien lo había visto arreglando el alero de la casa que se había vencido.

El bicherío del valle del Lunarejo, junto al Cerro Bonito, volvió a mantener distancia.


Ada Vega, año edición 1997

Como debe ser

 





Dicen los que estaban que a Rudecindo Ordóñez lo mataron mal. A traición, dicen. Por la espalda. Que esa es mala manera de matar y de morir. No se debe. No señor. Es por eso que en las noches sin luna, cuando al campo lo abruma la oscuridad y sólo se escuchan las lechuzas chistando al pasar, más de uno comenta que ha visto al Rudecindo montando un tubiano con ojos de fuego, cruzar al galope y perderse en la nada. Justo por donde uno menos quisiera encontrarlo. También dicen, los que saben de muertos y aparecidos, que mientras vivan los hermanos Gomensoro su pobre alma en pena andará en la huella como una luz mala. Rondando.


Rudecindo era un mozo indómito. Negado para el trabajo. Vivía en el trillo carneando ajeno. Libre y solo sin marca ni lazo que lo sometiera. Hábil para el juego y buen jinete; bailarín, payador y mujeriego hasta el tuétano. Su fama de orejano, viviendo al filo de la ley, era reconocida por aquellos hombres trabajadores del campo, con poco tiempo para la diversión y menos para los sueños. Nunca ocultaron que sentían por Rudecindo cierta mezcla de envidia y desprecio. Fama exaltada, sin embargo, por las mujeres que veían en él al trovador de buena estampa a quien todas querrían amar. Y en esa mixtura de odios y amores encubiertos, de amores robados y amores ofrecidos, transcurría la vida de aquel mozo guitarrero y cantor. De todos modos, acostumbrados en el pago a la presencia del muchacho que había quedado huérfano desde muy chico, los vecinos toleraban su vagancia y era, junto a su guitarra, el convidado de piedra en cuanta reunión hubiese por los alrededores.
Es sabido que en casi todos los enfrentamientos entre hombres, las mujeres han tenido algo que ver. Y en esta ocasión parece que también por faldas fue el asunto. Así cuentan los que cuentan en pagos de Treinta y Tres.


Al norte de Valentines, tirando para Cerro Chato, tenían los Gomensoro una hacienda bastante próspera dedicada a la cría de merinos. El matrimonio tenía cuatro hijos, tres varones y Adelina, la menor. Una muchacha muy bonita y avispada. Ese año, para la zafra de primavera, el patrón había contratado una comparsa de gente del lugar muy baqueana para el trabajo de yerra y esquila. Junto a esa gente se encontraba Rudecindo Ordóñez que, al final de la jornada, entre mate y caña, cantaba valsecitos y vidalas con voz ronca y bien entonada. Adelina, la hija de los Gomensoro, ya había oído ciertos comentarios sobre la vida disipada que llevaba el muchacho, y no pudo resistir la curiosidad de conocerlo. Una mañana, con el pretexto de cebarle unos mates al padre, se acercó a la gente que estaba en plena faena y allí lo vio. Según dicen los que estaban Rudecindo ni se fijó en ella. Tal vez la vio como la gurisa que era no más y ni corte que le dio.

Sin embargo ella, por el contrario, quedó con la cabeza llena de pájaros y prendada del mozo y, mujer al fin, comenzó a maquinar el modo de atraer al muchacho para que se fijara en ella. El asunto fue que una vez terminada la zafra, después de una fiesta de asado con cuero, vino y empanadas, los contratados se fueron cada cual por su lado. También se fue el cantor, que con unos pesos en el cinto y su guitarra requintada, salió en su flete a recorrer el pago, visitar boliches y refistolear mujeres. Entre guitarreada y copas fueron transcurriendo las horas. Era ya pasada la media noche cuando llegó a su rancho. Recostada en los eucaliptos una luna amarilla lo observaba distraída. No había abierto la tranquera cuando el galope de un caballo, que se acercaba, lo puso en guardia. Quedó a la espera junto al alambrado, hasta que un tordillo oscuro se detuvo y de un salto desmontó Adelina con un lío de ropas colgando del brazo. Rudecindo no la dejó llegar a la portera, la paró ahí no más, y le preguntó asombrado:

—¿Y vos qué andás haciendo a estas horas?

—Me vine, le contestó ella.

—¿Cómo que me vine? ¿A qué te viniste?

—A quedarme con vos, afirmó la muchacha.

—¿A quedarte conmigo? ¿Estás loca vos?

—Vine pa´ser tu mujer. Pa´quedarme en tu rancho.


Si la situación no hubiese sido tan seria, Rudecindo habría pensado que aquello era una broma. De todos modos, no quiso seguir escuchando y le gritó enojado:

—¡Caminá gurisa, andá a terminar de criarte que, en su momento, algún mozo te va a pedir pa´casarse contigo como se debe. ¡En menudo lío me metés si tu padre y tus hermanos te encuentran aquí! Y no te aflijas porque vivo solo. El día que quiera mujer en mi rancho, yo mismo la voy a traer. Ahora subí a tu caballo que te voy a llevar de vuelta, no está la noche como pa´que andés sola por ahí... ¿Y ahora qué te pasa? ¿Por qué te ponés a llorar?...¡Muchacha del diablo!...¡Mocosa mal criada!

Llegaron a la hacienda de los Gomensoro entrada la madrugada. El sol empujaba un montón de nubes, que se iban deshilachando, para darle lugar. De lejos se veía en la estancia mucho movimiento. Rudecindo dejó a Adelina junto a la portera grande y se fue en un trote lento. El padre y los hermanos fueron a alcanzarla. Ella seguía llorando, a moco tendido, como si la hubiesen violado. Los cuatro muchachos se quedaron mirando al jinete que se alejaba...

Esa noche, en el boliche, el Rudecindo acodado en el mostrador tomaba su caña. Conversando con el turco le había dicho que andaba con ganas de levantar vuelo, dejar Valentines por un tiempo, subir hasta el norte, cruzar el Olimar, llegarse hasta Tupambaé y quién sabe tal vez, largarse hasta Cerro Largo. Y no estaba lejos, no más, de que lo hiciera en los próximos días.


Los hermanos de Adelina llegaron antes de la medianoche, se detuvieron en la puerta, vieron al Rudecindo fueron hacia él y lo cosieron a puñaladas. Por la espalda fue. A traición. Sin que el hombre se pudiera defender. Lo mataron para vengar la honra de una mujer a la que él, ni llegó a conocer.

Muchos en el pago piensan que Adelina fue la excusa, no la causa, de la muerte de Rudecindo Ordóñez. Que aquellos hombres atados al trabajo de la tierra y a sus costumbres, mataron en Rudecindo lo distinto. La libertad de pájaro, su estampa y su fama. Ahora podían dormir tranquilos. Ya no había guitarrero enamorando mujeres, ni ganador en el juego, ni orejano viviendo al costado de la ley. Estaba cada cosa en su debido lugar. Como siempre había sido. Como debe ser.



Ada Vega, edición 2005

martes, 18 de febrero de 2025

Feminista, yo

   

                               Simone de Beauvoir.
                                                        
Al principio fui feminista. Cursaba la secundaria y Sartre había revolucionado a la juventud con su ponencia del existencialismo y del marxismo humanista, sus frases célebres y el sumun que representó en el 64 su rechazo al codiciado Premio Nobel de Literatura. Los jóvenes se embanderaban con la declaración de Jean Paul de que “Dios no existe, por lo tanto la vida carece de valor”. La corriente filosófica de Sartre se había puesto de moda, pues lo más importante en el movimiento existencialista era la declaración de que “el hombre nace libre, responsable y sin excusas”. Que, en traducción libre, quiere decir que cada quién viva como se le dé la gana.

Parte de la juventud de aquellos años asimiló con entusiasmo todo lo proclamado por el famoso pensador hasta que dichos conceptos caducaron, ante la imposibilidad de mantenerlos vigentes, bajo el peso de la realidad. Pero antes, el mundo se sorprendió con la aparición de la joven Simone de Beauvoir. Novelista francesa, existencialista y compañera de Sartre, que al entrar en escena se declaró feminista, filósofa y libre pensadora. Feminista. Para muchas de las jóvenes de aquellos años la palabra Feminista, era ante todo romántica y audaz. 

Pese a que en Uruguay, dichos movimientos, comenzaron hacia 1900 logrando hasta la fecha importantísimos logros, en aquel momento la aparición de la Beauvoir produjo entre las jóvenes universitarias una especie de deslumbramiento. La gran mayoría de las estudiantes querían ser feministas y muchas lo fueron. Otras quedaron por el camino al comprender que Feminismo no es sólo una palabra tendenciosa sino un camino duro de lucha, sacrificio y renunciamientos. 

Pues bien, yo quedé a la zaga en el segundo grupo. Porque hay cosas en la vida que se hacen bien o no se hacen. Y las luchas por la igualdad de los géneros y las oportunidades, como a los derechos reproductivos y el derecho a denunciar la violencia familiar, ha llevado a los grupos feministas a una lucha sin cuartel durante más de un siglo. Y continúa. Además, las mujeres que conforman estos grupos son mujeres de lucha, de trabajo duro, de enfrentamientos. Saben bien que ser Feminista no tiene nada de romántico. 

Como dije antes, al principio fui feminista, concurrí a actos y reuniones, leí libros referentes. Siempre reunida con mujeres comprobé que es absorbente trabajar para una causa determinada con miras de éxito. Por lo tanto fui apartándome de la relación con el “sexo fuerte”.
Comenzó a pasar el tiempo y mis compañeras de estudio y mis amigas del barrio comenzaron a casarse, a tener hijos y yo ni novio, ni amigo, ni simpatizante, ni nada. Hasta que un día un posible candidato que rechacé, me preguntó si me gustaban las mujeres. Le dije que no. Me preguntó: y entonces qué pensás hacer con el sexo, porque a un convento de monjas, si no crees en Dios, no creo que ingreses. 

De modo que me puse a pensar seriamente y me dije: no, ni tanto, ni tan poco. Yo quiero tener una familia. Voy a hacer un poco de lugar en mi vida para dar cabida a un hombre que me lleve al altar. No fue nada fácil: casi me quedo de a pie. En aquellos años si no te casabas antes de los veinte, te quedabas para vestir santos. Y a mí los veinte se me estaban yendo. No podía tampoco salir de cacería y dejar mi lugar en el grupo feminista así como así, que todo lleva su tiempo. Por lo tanto comencé a mirar para los costados por si pasaba algo que me interesara. Y pasaban, pero yo no les interesaba. A los hombres no les caían bien las mujeres declaradas feministas, por lo menos para llegar al matrimonio. Entendían que una mujer que se dedicaba a explorar los dilemas del existencialismo sobre la libertad y la responsabilidad del individuo, en lugar de preocuparse por aprender a cocinar y a zurcir la ropa, no pintaba justamente como un modelo de esposa y madre.

Así estaban las cosas cuando una tarde al salir de la facultad me encontré con Aldo, un ex compañero del liceo que siempre me había gustado. Había hecho arquitectura y se encontraba trabajando en un proyecto auspicioso. Se interesó por mí y nos quedamos de ver ese fin de semana para ir al cine. Fuimos al Cine Censa y vimos “Nunca en domingo”, una película griega con Melina Mercuori sobre una prostituta y un intelectual americano que intenta retirarla de la prostitución. Salimos del cine casi abrazados y fuimos caminando y comentando la película, hasta el Walford, aquel bar que estaba en 18 y Ejido donde, hasta hace unos días, estaba La Pasiva que tenía un luminoso enorme en la ochava, sobre la puerta de entrada. Cuando nos sentamos a fumar y tomar un café, éramos casi novios. Allí me enteré que vivía solo en un apartamento propio, se estaba construyendo una casa en Pinamar y que su economía era estable.
Y él se enteró que yo era Feminista. 

No tenía nada nuevo que contarle de mi vida. Seguía viviendo con mis padres en la misma casa, trabajando como programadora de IBM en una empresa comercial y continuaba soltera y sin compromiso. ¿Que sos, qué? preguntó con un tono desconfiado como si le hubiera dicho que me había convertido en astronauta. Feminista, le repetí. Sentí como si se desmoronara. Y lo comprendí. Él estaba viviendo bien, en calma, con trabajo y sin complicaciones. Lo menos que necesitaba a su lado era una mujer peleando sus derechos.

Esa noche hablamos muchos temas, pero no llegamos a nada. Me di cuenta que mi posición de feminista ante el mundo no le había caído muy bien. No quiso saber detalles. No preguntó y cuando intenté exponer los motivos de mi incorporación a la causa, no me dejó hablar. Dijo que no le interesaba dicho movimiento, que era mi vida y yo sabría lo que hacía. Confieso que me había ilusionado con aquella cita, pero al salir del bar ya no éramos casi novios, ni casi nada. Me acompañó a tomar el ómnibus para mi casa, me dio la mano y no lo volví a ver.

Entonces me di cuenta que no sabía nada de los hombres. Que no sabía como piensan, cuando piensan; de qué hablan, cuando hablan; cómo reaccionan, cuando reaccionan. Y aunque en mi interior reafirmé mi feminismo, entendí que si persistía en la idea de dormir con un hombre para el resto de mi vida, debía aceptar su juego. Que es muy sencillo. Basta con regirse de dos puntos:
A) A los hombre hay que decirles lo que ellos quieren oír.
B) No contarles todo.

De la desilusión que sufrí en aquella cita con Aldo, me costó recuperarme. Por mucho tiempo, guardé la esperanza de que un día volviera a encontrarlo. En fin, el tiempo pasa y aquella cita quedó en el recuerdo. Ocho años después me casé. Tengo dos hijos preciosos y vivo feliz en Pinamar. ¡Ah! Creo que no lo dije: me casé con Aldo. Volvió a los ocho años. Me dijo que había cometido un error conmigo. Que la vida le enseñó a respetar, aunque no se compartan, las ideas del prójimo. Que nunca dejó de pensar en mí y que si no era demasiado tarde, aceptara casarme con él. En el Registro Civil nos dieron fecha para quince días después. Nos casamos a los quince días de haber vuelto por mí.

Si no hubiese sido sincera y no le hubiese contado mi militancia, me hubiese casado ocho años antes. Le dije, cuando me preguntó, que había dejado el grupo feminista hacía muuucho tiempo.  
Era lo que él quería oír.

Ada Vega, año edición 2011

lunes, 17 de febrero de 2025

No es fácil

 






Aquella tarde estaba sola en casa, había terminado de lavar los platos y me disponía a tomar un café, cuando llegó de visita mi amiga Cristina. Suele venir seguido a verme, por lo general cuando tiene algo que contar. No demoró nada. Antes de sentarse a tomar su café me lo dijo como al pasar.
—¿Qué me contás lo de la madre de Camila?
—No sé. ¿Qué le pasó a la señora?
—Ayer me enteré que la mamá de Camila se casó con un señor que tiene un alto cargo en una multinacional, un Ok que ni te cuento y es como cinco años menor que ella. ¡¿Podrás creer?!
—No te puedo creer. ¡Con lo destrozada que quedó hace un año, cuando enviudó! ¿Y ya se volvió a casar?
-— Bueno, destrozada, destrozada, que se diga, no quedó.
—Pero Cristina, no digas eso, ¡pobre mujer! Me contaron que en el velorio del marido, abrazada al cajón, ¡era la viva imagen de La Dolorosa!
—Eso era porque no podía encontrar la póliza de un Seguro de Vida, que el marido había hecho a su nombre, hace un par de años.
—¿No me digas? ¿Vos estás segura de lo que decís?
-—Estoy segura porque yo la vi. Mientras lloraba abrazada al cajón le daba de puñetazos y le decía: ¡Desgraciado! ¿Dónde diablos dejaste la póliza del Seguro de Vida, que no puedo encontrarlo por ningún lado?
— ¡Que patético! ¿Y al fin la encontró?
—Unos días después del entierro la encontró y empezó a reconstruirse. Se internó en una clínica de estética muy conocida, donde le sacaron las arrugas, treinta quilos y la plata del seguro de vida que le dejó el marido. Una veinteañera, mirá. Al plástico se le fue un poco la mano, te digo, parece la hermana más chica de sus propios hijos. Fue cuando conoció al de la multi.

Yo no conocía a la mamá de Camila, pero me la imaginé: rubia, alta, delgada. Vestida por Susana Bernik y peinada por Julio César Camacho.
De manera que le contesté a mi amiga:
— ¡Que suerte, la gran siete! ¿Cómo hacen? Decime. ¿Dónde encuentran esos monumentos?
—Parece que se cruzaron en una exposición.
—Y sí, la cosa anda por ahí. A mí no se me cruza ni un gato negro. Pero claro.
¿Vos me imaginás a mí, en una exposición? Desde que me separé de aquel anormal, tengo que lidiar sola con estas fieras. ¡Cómo para exposiciones estoy yo!
— Dicen que es muy buen mozo.
—Acertó un pleno ¡que lo parió! Falta que me digas que es un morocho alto, de ojos claros, con voz ronca y manos suaves.
—No, fijate que no, creo que es un veterano canoso de ojos verdes.
—¡Canoso! ¡Bendito sea Dios! ¡Con la experiencia que dan las canas...!
—Y todavía con un alto cargo en una multinacional. Ese no se va a quedar sin trabajo. ¡Ni al Seguro de Paro lo van a mandar!
—Y con ojos verdes...

—Por eso te digo, Marisa, tenés que salir. No vas a encontrar un compañero entre las ollas y las sartenes. Tenés que cuidar el físico, a los hombres les gustan las flacas. Hacerte un buen corte de pelo y la tinta. La tinta es fundamental.
¡Tenés que ser rubia! Lucir manos impecables y comprarte ropa, buena ropa.
—Tendré que hipotecar la casa. ¿Y qué más querida?
—Y salir ir al teatro a culturizarte un poco, de repente quién te diga, no encuentres un intelectualoide perdido. Al Mercado del Puerto, a tomar un medio y medio en Roldós o a pasear un viernes por Bacacay. Caer por Fun Fun, una noche que haya pique, a tomar una uvita y a escuchar tangos.

—Como quién dice a tirar el anzuelo para que, con suerte, pique un soltero empedernido que busca una mujer “que tenga lugar” para hacerle perder el tiempo, porque él prefiere el amor libre y sin ataduras, pues sabe que el matrimonio es la tumba del amor, que los hijos son un problema y que una sola mujer y para siempre es muy aburrido. Y escuchando esas sandeces, tragás el café con edulcorante, mientras descubrís que el tipo es un tránsfuga declarado, que anda en busca de una mina en declive, dando los últimos manotazos, a fin de conseguir un pinta para meter en su cama antes que talle la parca.

—No, quién sabe, tal vez...
—Permitime, mina que debe tener, si no no cuaja, una casa o departamento con todos los chiches donde pueda conchabarse, porque la vida, según dice, lo ha golpeado tanto que no tiene prácticamente donde caerse muerto. Aunque él te ofrece en cambio, en propiedad, su cuerpo de varón algo maltrecho, su experiencia de macho redivivo y su amor y su ternura decadente. Como verás me sé todas las letras.
—Bueno, pero hay que ser un poco más optimista. Podríamos empezar a salir las dos, quien te dice no tengamos suerte y oigamos alguna letra nueva.
—¿Cómo salir las dos? ¿
Vos no tenés pareja?
— Sí, pero ando en plan de recambio.
— ¿Qué pasó? ¿No se llevaban tan bien?
—Nos llevamos bien cuando nos vemos, pero él es ambulante. Cuando lo necesito, nunca está.
—Y vos querés un hombre, como el termofón en el baño: amurado en el dormitorio.
—Algo así, por eso creo que un casado con otra, no me sirve, en cambio, tal vez un divorciado...

—Un divorciado...Sí, claro que podés tener más suerte y enganchar un divorciado, un divorciado con hijos, que no sabe qué hacer con su vida, que no tiene donde ir ni donde estar, porque los amigos ya no lo bancan y la madre se murió; y que le venís como anillo al dedo, para, mientras toman un café, contarte su vida, su fracaso, decirte llorando que a su mujer ya no la ama, pero que extraña a sus hijos. Que está muy solo, que necesita una compañera que lo comprenda en quien pueda refugiarse, y de paso, cancheriando, te ruega que vos pagues el café, porque justo hoy le llevó la pensión a su ex y anda limpio y sin cambio chico. Si te sirve andá llevando.
— No sé si reírme de tus deducciones o aprobarlas. Aunque creo que son un poco exageradas. Yo tengo una vecina que se casó con un viudo y se llevan de maravillas, el hombre es...

—¡Un viudo!... ¿por qué no? Puede picar un viudo, sí, un viudo sin compromisos porque sus hijos están casados. Que vive solo en una casita modesta pero propia y que es dueño de un Studebaker de los años cincuenta, que todavía anda, y en el cual podrían dar la vuelta a la manzana a la luz de la luna, cada muerte de un obispo negro. Viudo él, que nunca antes había pensado en volver a casarse (mirá vos), pero que la soledad no es buena, que necesita una compañera (léase enfermera) con quien compartir sus últimos años.
— Pero vos sabés que hay romances otoñales que valen la pena porque...

—Claro que le dejaría en compensación cuando se muera ( son los que tenés que matar de un hachazo si caés en la trampa) la casita, el Studebaker y la pensión. Casita de la que los hijos te van a sacar a patadas si llegás a enviudar, porque después de cuidarle al padre, mientras ellos la pasaban bomba, se dieron cuenta de que sos una viva y una aprovechada y que te casaste con “pobre papito” por interés.
— ¡Marisa!
-—Mientras, el Studebaker de los cincuenta, ni vendiéndolo como chatarra, ni pagando, te lo lleva un carrito de la puerta de tu casa. Pero eso sí, te quedaría la pensión, que, como el viudo era patrón asciende a la suma de $2,50 y un cuarto de yerba. Y mientras el viudo te paga el café, te comenta que es operado de próstata y que como su mujer “no habrá ninguna igual, no habrá ninguna”.
—Marisa, Marisa, sos tan sarcástica, que me amedrentás, te juro. Mirá que yo soy optimista, ¡pero vos me dejás contra el piso!
—Yo veo la realidad. Si pese a todo lo que digo, vos insistís en salir con la caña, salimos, pero sin muchas expectativas.

Todavía no hemos salido de pesca con mi amiga, pero hace unos días conocí a la mamá de Camila. Estábamos con mi amiga Cristina en la puerta del colegio esperando la salida de los chicos.
—Marisa, esa es la mamá de Camila.
—¿Esa?
—Sí.
—¿La que se casó con el...?
—Sí.
Recostada a una columna conversaba animadamente una gordita retacona de mocasines, vestido floreado y el pelo a la que te criaste. Me desconcertó. ¿Cómo el canoso de ojos verdes se pudo casar con ésta mujer? Muy digna, no lo pongo en dudas. Pero, ¿cómo la gorda logró seducir al alto empleado de la multi?
—Mirá, ahí viene el marido a buscarla.
—¡Qué cochazo! Era un Cero K, plateado con una marca ilegible.
Y bajó el susodicho: un gordito petiso y calvo, con una prominente barriga, un diente de oro y anteojos montados al aire. Besó feliz a la gorda y se fueron con los tres niños en el Cero K.

Ahora bien, tengo que reconocer que lo que me contó Cristina aquella tarde, era verdad: la mamá de Camila se casó con un señor que tiene un alto cargo en una multinacional, un Cero K y es menor que ella. Y se conocieron en una exposición... de la Rural del Prado, un día que la señora llevó a sus hijos a ver los perros de raza. Lo demás: una mala jugada de mi imaginación. Créanme que los petisos, los gordos y los feos, podemos, si buscamos con cuidado, encontrar la felicidad. ¡Hay que ponerse!

Ada Vega, año edición 2005

sábado, 15 de febrero de 2025

Blanquita por siempre

   


Blanquita era una morena de manos chiquitas y risa contagiosa. Blanquita era el guiso canario y el arroz con leche, el mate con tortas fritas y el dulce de boniatos. Blanquita era el sol. La inquieta llamita que calentaba los inviernos, cuando el viento golpeaba las ventanas de mi casa, junto a un arroyo Miguelete, todavía no contaminado y la calle Islas Canarias, se llamaba Ganaderos. Blanquita era la ternura habitando mi casa. La que nos bañaba cantando, nos limpiaba los mocos, nos amenazaba con una alpargata y nos contaba cuentos de negros guerreros, nos hacía merengues al horno y buñuelos de manzana.


Era nuestra infancia y nuestra adolescencia. Nuestra compinche. Inapelable juez de nuestras disputas de hermanos y abogado defensor a muerte de todas nuestras diabluras, cuando enfrentábamos alguna penitencia o pérdida de postre. Blanquita con olor a canela, nuestra. Única. Blanquita por siempre, así en la tierra como en el cielo. Era mamama. Así le decía Andrés, el más chico de mis hermanos. Y creo que fue ese mamama que la hizo quedarse para siempre con nosotros, ponerle una tranca a su corazón para el resto del mundo y entregarnos su amor, su tiempo y su vida.


Por aquellos años vivíamos en el Prado Norte, del otro lado del arroyo Miguelete, en una vieja casa con jardín enrejado al frente y un enorme fondo con frutales. En ese fondo pasó nuestra infancia. Mi padre era un médico pobre. Trabajaba en el Hospital de Niños y atendía en casa cobrando poco y nada, en un consultorio armado con sencillez en una de las piezas del frente. Había comprado esa casa con el dinero de la venta de un campo que su padre le dejara como herencia. Allí nacimos y crecimos mis hermanos y yo; en aquella vieja casa por cuyas paredes se entrelazaban las enredaderas, las santarritas y las madreselvas; envueltas en el perfume de la dama de noche, el canto de los grillos y el titilar de los bichitos de luz.


Blanquita vino de Florida mandada por mis abuelos, los padres de mamá, para que le diera una mano con mi hermana Elena, recién nacida. Y mamá, que aún no había cumplido los dieciocho años, le pasó el mando del hogar. Blanquita gobernaba con equidad, salvaguardando siempre el lugar de mi madre, obligándola muchas veces a ocupar su sitio de señora de la casa que ella descuidaba. Para no pagar una enfermera, mi madre había hecho un curso de enfermería en la Cruz Roja y trabajaba mucho con mi padre. Además, no le interesaban los compromisos sociales con el fin de figurar.


De modo que la morena nos adoptó a todos. Formó parte de nuestra familia y pasando por alto que mi padre se reconociera ateo, nos enseñó a rezar, nos leía la Historia Sagrada y en su momento, opinó que deberíamos concurrir a un colegio católico. Y así fue, alrededor de los siete años fuimos, cada uno tomando la Comunión. Mis hermanos con sus trajecitos azules, moña blanca en el brazo y guantes. Mis hermanas y yo, con largos y muy trabajados vestidos blancos y velos como de novias. Los preparativos eran todo un acontecimiento. Principalmente, para Blanquita que acompañaba a mi madre al "London – Paris" a elegir y comprar nuestros vestidos y trajes.


Pero fue cuando nació Andrés que se hizo imprescindible. Mamá tuvo un parto prematuro muy complicado que la hizo quedarse en cama casi tres meses. Por lo tanto, mi padre puso a Andrés en los brazos de Blanquita. Brazos que se hicieron cuna y muralla, creándose entre ellos una comunicación mágica. Sus corazones y sus mentes se fundieron. Se entendían con solo mirarse. Ella sabía de antemano todo lo que le iba a suceder a mi hermano. Y Andrés, que fue un niño muy travieso, era protegido, defendido y adorado por Blanquita, detrás de quien se escondía cuando mamá lo rezongaba por alguna de sus bandidiadas. De manera que cuando empezó a hablar, la llamó mamama y ella, a su vez, le decía: mi niño.


Recuerdo una tarde en que estábamos jugando en el fondo de casa. Andrés, que se había subido a un árbol, se le quebró la rama donde estaba a caballo y se cayó. Un instante antes de quebrarse la rama, Blanquita salió de la cocina corriendo y gritando: ¡Andrés! Yo era muy chica, pero noté algo extraño. La oí gritar y la miré, antes de que se quebrara la rama y mi hermano se cayera. Andrés no se lastimó, pero aprovechó la oportunidad para mimosear, dejar que la morena lo llevara en brazos y lo consolara en la cocina con algún dulce.


Esas cosas, incomprensibles para nosotros, pasaban muy seguido y naturalmente entre ellos. Un día, siendo todavía un niño de pocos años, mientras almorzábamos reunidos en la mesa del comedor, Blanquita al dirigirse a mi hermano le dijo: padre Andrés. Todos la miramos. Él no la oyó o no entendió y nadie le dio importancia al hecho. Años después, cuando casi al finalizar sus estudios secundarios anunció su deseo de ser sacerdote, mis padres se sorprendieron. Nosotros no entendimos mucho y ella se sonrió. Creo que supo de la vocación de mi hermano antes de despertarse en él, el llamado de Cristo.


Andrés se ordenó sacerdote y estuvo dos años en Neuquén, en la República Argentina. Cuando volvió nos dijo que lo habían designado para un pueblito en Italia por unos cinco años. La tarde que vino a despedirse, Blanquita le dijo que volverían a verse antes de que ella muriera. Andrés la abrazó y le dijo: mamama, me voy por cinco años, no para siempre. Ella le contestó que lo esperaría. Mi hermano no volvió a los cinco años. Hacía ocho años que se había marchado cuando Blanquita se enfermó. Fue una enfermedad larga y sin esperanza. Todas las noches ella y mamá rezaban el Rosario. En los últimos días, mamá rezaba sola y en voz alta, pues Blanquita casi no hablaba.


Una noche, en medio de un Ave María, llamaron a la puerta. Blanquita abrió los ojos y le dijo a mamá: Andrés. Mamá fue corriendo a abrir y allí estaba él. Como obedeciendo a un llamado, había volado desde un lejano pueblito de Italia solo para despedir a su mamama. Mi hermano entró al dormitorio de Blanquita. Se arrodilló junto a la cama, besó la cara mojada de lágrimas de la morena que guardó el último suspiro para esperarlo y, en un susurro, decirle:
—Bendición mi niño.
—Mamama, mamama —le dijo mi hermano, apretando entre las suyas las manitas chiquitas de aquella negra que tantas veces lo acariciaron, aquellas manitas que lo recibieron cuando nació, las manitas que se despedían para siempre de su niño Andrés.
Ego te absolvo, de los pecados que nunca cometiste, y te bendigo, en el nombre del Padre, vas a conocer la gloria de Dios primero que yo, y del Hijo, espérame en el cielo, mamama, y del Espíritu Santo, como me esperaste en la tierra. Amén.

Ada Vega, edición 2004

Porqué escribo

   





Más de una vez me han preguntado por qué escribo y no he sabido contestar. Por lo tanto, en busca de ese por qué, he regresado en el tiempo y me he detenido en los días aquellos de la ausencia de mi padre.


                                  Ausencia – 1

Era el año de 1940. Nosotros vivíamos en La Teja en un barrio muy lindo de casas blancas a dos aguas y techos de tejas. Con calles anchas y veredas arboladas que ANCAP, Administración Nacional de Combustibles Alcohol y Portland, había hecho para su personal, junto a la bahía, a dos cuadras de la Planta. Nuestra casa quedaba en la mitad del barrio. Entre este y ANCAP había un campo baldío. En esa época el personal cumplía funciones de 7 a 11 y de 13 a 17.
El barrio estaba lleno de niños. Yo no había cumplido los cuatro años y por la mañana y por la tarde jugaba en la vereda con mis amigas. A las once menos cuarto sonaba una sirena que indicaba la media jornada y a las once la segunda. Al oír la segunda sirena todos los niños de la cuadra íbamos corriendo a la esquina a esperar a los obreros que, tras cruzar el campo, llegaban al barrio. Venían en grupos, unos de overoles azules y otros de overoles grises. Entraban caminando por el medio de la calle. Nosotros, en la esquina, buscábamos cada uno a nuestro padre, cuando lo veíamos no apartábamos la vista de él, hasta que faltando unos pocos metros cruzábamos la calle para alcanzarlo.
Yo me acuerdo que corría a los brazos de mi padre que me levantaba en el aire, me besaba y me llevaba en brazos hasta nuestra casa.
Esa mañana de julio, también jugaba en la vereda. También corrí a la esquina con mis amigos. También busqué con los ojos a mi padre. Pero no lo vi. De todos modos, cuando mis amigos cruzaron la calle corriendo para alcanzarlos, yo también crucé. Seguí buscándolo entre aquellos hombres que pasaban junto a mí, algunos con sus hijos en brazos, otros llevándolos de la mano. Pasaron todos y yo me di vuelta y los quedé mirando hasta que entraron cada uno en su casa. Y volví a mirar hacia el campo, porque de allí tenía que venir mi padre. No sé cuanto tiempo estuve sola, esperándolo en la mitad de la calle. Según mi recuerdo a la distancia, mucho tiempo. Pero según mi hermana, que tenía entonces dieciséis años, cuando sonó la sirena de las once salió corriendo de mi casa para ir a buscarme. No recuerdo qué fue lo que me dijo. De lo que sí me acuerdo, es que durante mucho tiempo al oír la sirena de las once y de las cinco de la tarde, mis hermanos tenían que entretenerme en casa para que no saliera a la vereda. Entonces yo me escapaba de ellos para ir corriendo a la esquina, porque estaba convencida que si no iba a esperarlo, mi padre nunca volvería del trabajo por aquella calle blanca.
No sé en qué momento me enteré que, aquel día que no volvió del trabajo, había ocurrido en ANCAP un accidente fatal.


De ese barrio me fui a los veintidós años cuando me casé. Mientras viví allí, cada vez que pasaba por la esquina miraba hacia el baldío. En ese barrio sigo teniendo muchos amigos de entonces. Mi hermano mayor continúa viviendo en la misma casa. En aquel campo baldío la refinería tiene ahora un depósito. Sin embargo, aún hoy, cuando vuelvo a mi barrio y paso por aquella esquina, algo me tira y mis ojos recorren la callecita por donde, en el cuarenta, volvían los obreros del trabajo. Y vuelvo a revivir el primer gran dolor que me dio la vida al perder a mi padre, dolor que siento en medio del pecho y sentiré para siempre, desde aquel primer día de su ausencia.


                          Mis primeros libros- 2

Después que falleció papá, ANCAP le dio trabajo a mi hermano Walter que tenía entonces catorce años. De modo que dejó de estudiar mecánica en la Escuela Industrial, para ocupar su lugar en el Ente.
En ese tiempo mi hermano había empezado a armar en su dormitorio, una biblioteca con un par de tablones de madera virgen. A él le interesaba todo lo relacionado con motores de autos, de barcos y ese tipo de cosas. Por lo tanto empezó a comprar libros y revistas que trataban esos temas. También textos de estudio y novelas.
A los cuatro años yo sacaba libros de los estantes y armaba casitas en el suelo, entre las camas de mis hermanos. Usaba cuatro libros para las paredes y uno abierto que hacía de techo a dos aguas. Aquellas casitas tenían la particularidad de exhibir techos y paredes con nombre: "Nuestra señora de Paris"; "Los Miserables"; Motores Diesel; "Una hoja en la tormenta"; Mecánica Automotriz; Primer Diccionario de la lengua española – 1940; Barcos de ultra mar; "La serpiente emplumada"; El Ford T del siglo XX; "Así habló Zaratustra"; "Las estrellas miran hacia abajo", y más. A los cinco años aprendí a leer. Después vino la escuela y aprendí a escribir.
En primero me regalaron un libro con el que quedé fascinada. Tenía dibujos en colores de un país que se llamaba Arabia. Los árabes eran hombres apuestos, de ojos profundos, que usaban turbantes con pedrerías y envolvían sus cuerpos con largas capas bordadas en oro. Montaban relucientes caballos negros, de patas finas y largas colas, y vivían en medio del desierto en oasis rodeados de palmeras, bajo carpas alfombradas enormes, como palacios, llenas de joyas, y baúles hasta el tope de monedas de oro. Sus mujeres eran bellísimas, tenían el cabello negro y muy largo y bailaban descalzas la danza de los siete velos, con la barriga afuera y babuchas de sedas transparentes. Tocaban el laúd y se alimentaban con frutas: higos, dátiles, manzanas, peras y racimos de uvas deliciosas. Todo esto me lo contó mi hermano Walter, la vez que me presenté en su cuarto con el libro en la mano y le dije:
—Decime Walter, ¿Dónde vive esta gente tan linda?
Mi hermano siempre tuvo tiempo para mí. Era muy callado, siempre estaba estudiando. Leyendo. Cuando yo hacía los deberes y no sabía el significado de una palabra, en vez de buscarla en el diccionario, le preguntaba desde mi cuarto y él —que sabía todo—, me contestaba y si no sabía dejaba lo que estaba haciendo y buscaba él la definición. Esa tarde me presenté en su habitación. Estaba leyendo, dejó su libro a un costado tomó el mío y me dijo:
—Este libro se llama “La lámpara de Aladino”, ¿querés que lo leamos juntos?
—Sí —le dije. Y me senté a su lado. Ese día no sé si nació en mí el amor a los libros con dibujos coloridos, a la literatura, o a los árabes de ojos negros cruzando el desierto en sus briosos y enjaezados caballos retintos, las capas al viento y la cimitarra brillando al costado.
De todos modos, fue aquella Lámpara de Aladino quien me alumbró el camino hacia la magia, hacia la creación, quien durante toda la vida me ha dicho que los duendes, las hadas y los gnomos: existen.


           Dadores oficiales de sangre - 3

A escasos 2 años de su viudez sorpresiva, con 4 hijos y una casa que mantener, ante el dilema de no llegar fin de mes pese a su trabajo de modista y las dos pensiones que el Estado le otorgara, mi madre comenzó a buscar otro trabajo que le diera un poco de respiro.
Como por arte de magia, como llegan ciertos hechos que pretendemos, sabiendo de antemano que ya no queda donde indagar, una tarde llegó a mi casa de visita una amiga suya de cuando vivíamos en la calle Heredia. Se llamaba Benita y era dadora de sangre del Hospital de niños.
Esa tarde Benita, consiente de las dificultades que enfrentaba, le propuso a mi madre anotarse en el Ministerio de Salud Pública como dadora de sangre.

En el año 1942 había en Montevideo una lista de dadores oficiales, confeccionada por el Ministerio de Salud Pública, con análisis al día y sangre universal (grupo 0 o IV de Moss). Estos dadores hacían guardia 15 días y descansaban los 15 días siguientes. Si se presentaba una urgencia, aún en su día de descanso, partía una ambulancia a buscarlos a la hora que fuese, a fin de acercarlos al hospital donde había necesidad de una transfusión; directamente a la casa del enfermo que la requería o donde hubiese sucedido un accidente grave.
Este Cuerpo de Dadores que organizaba el MSP, contaba con una estructura aceptable para la época. Cada tres meses debían someterse a un examen general, otro serológico para la sífilis y hemograma, además de obtener el carné de salud.
En esa época los Bancos de sangre no se conocían. Los donantes eran escasos y difíciles de conseguir y la donación familiar prácticamente no existía, ni aún en los hospitales.
En el invierno de 1942, el nombre de mi madre fue incluido en esa lista.
Mamá había recibido del Estado, una pensión graciable por el fallecimiento de mi padre en ANCAP, y también una pensión vitalicia para ella del Banco de Seguros, más una pensión para cada una de sus hijas hasta los 18 años. No sé cuánto era el monto, no creo que fuese mucho porque entre las dos pensiones y la confección de vestidos, por más que escatimara, siempre resultaba corto.
A mi hermano mayor, que tenía entonces 14 años, que fue a quien el Ente le dio trabajo, le descontaban el alquiler de la casa que al principio no le alcanzaba el sueldo para pagarlo. Porque las casas que ANCAP construyó en La Teja para su personal no fueron de obsequio.
Una vez que ANCAP, construyó el barrio obrero, lo entregó a INVE, Instituto Nacional para la Vivienda Económica, para su administración. Esas casas se entregaron a sus inquilinos en 1938, bajo la promesa de una futura venta, con un alquiler mensual de $16.00.
Por ese motivo mi mamá, en cuanto se enteró que el Ministerio pagaba la sangre, concurrió al hospital para realizarse los exámenes requeridos. Y fue aceptada, porque era una persona muy sana, nunca padeció una enfermedad por la que tuviese que guardar cama, ni nunca fue intervenida quirúrgicamente.
Recuerdo que debía hacer una dieta en las comidas a base de hígado y tomar mucho líquido; que hacía guardias en el Hospital de Niños y que aunque no estuviese de guardia, debía de estar siempre pronta por si venían a buscarla.
Los dadores hacían un contrato por 5 años y podían donar, en ese lapso, hasta 5 litros. Los contratos no se renovaban, y después de esos 5 litros no podían volver a donar sangre.
Muchas veces vi a mi mamá sentada en la máquina de coser, oír la sirena de la ambulancia, levantarse de la máquina y comenzar a preparase de apuro porque sabía que si venían a buscarla era por una urgencia. A veces venían de noche o de madrugada y mamá, entonces cerraba la casa con llave y nos dejaba encerrados hasta que volvía.
A su regreso, nunca se acostaba, porque siempre tenía algún vestido que terminar. Al oírla llegar mi hermana Nelly se levantaba, calentaba el agua en el primus se sentaba junto a la máquina y le cebaba mate, ella no quería que se levantara pero mi hermana fue muy compañera de mi madre y lo hacía con gusto.

Eran los años de la segunda Guerra Mundial y escaseaban algunos alimentos, recuerdo que tomaba mate con azúcar negra o azúcar rubia, que era la que se conseguía en los almacenes, y al mate le agregaba cáscara de naranja. Mi madre disfrutaba esos momentos.

Pasó el tiempo y unos días antes de cumplir el contrato, estando de guardia en el Hospital de niños, el doctor Magri la llamó a su oficina y le pegó un reto:
—¡Paulina cómo es esto que veo aquí!, ¿Qué usted en cinco años donó 14 litros de sangre? ¡No puedo creer esto, pero acá está su nombre en las planillas de los 5 años!!

La explicación era sencilla: muchos de los compañeros donantes tenían otro trabajo, de modo que cuando debían hacer guardias pasaban su tarjeta a un compañero para no faltar a su otro empleo y esa guardia o esa extracción, cuando cobraban, se la entregaban al compañero que los había cubierto. Y mi madre, para agrandar su sueldo, aceptaba todas las tarjetas que le ofrecían.
Ese día doña Paulina finalizó el contrato de los 5 años, dejó de ser donante oficial del Ministerio de Salud Pública, y pese a todo, quedó en buena relación con el doctor Magri. Falleció a los 80 años de un paro cardíaco, en la casa de mi hermana Nelly.


Dos veces la dramaturgia me rozó al pasar - 4

1º) En Joanicó, en el Departamento de Canelones, nació el 11 de febrero de 1887, el actor y director de teatro Carlos Brussa.
A principios del siglo pasado su familia vino a Montevideo y se instaló en una casa de la calle Camino Castro del barrio Paso del Molino.
Brussa dedicó su vida al teatro, a la formación de actores y a la dirección. Fue muy querido y respetado y el único que, durante décadas, paseó el teatro por todo el interior del país. Murió pobre. Hizo fortuna y la perdió en tiempos difíciles. Falleció en Montevideo, el 13 de setiembre de 1952.
Conocí a Carlos Brussa en el invierno de 1941. Tenía cinco años y hacía uno que había fallecido mi padre. Mi mamá era modista y tenía una amiga que vivía en la calle Camino Castro, frente al Prado, a dos cuadras de Agraciada a quién le hacía la ropa. Esa amiga se llamaba Elida, estaba empleada en la Caja de Jubilaciones y era hermana de Carlos Brussa.
A veces Elida venía a mi casa a probarse la ropa, pero por lo general era mi madre quién iba a verla. Algunas tardes la acompañaba.
La casa de Elida la recuerdo como una casa muy antigua. De ventanas altas y angostas con postigos y puerta de calle de vidrios gruesos de color verde. Tenía un jardín al frente cargado de plantas y arbustos. Hacia la vereda un muro alambrado y un portón alto de hierro.
Elida tenía la edad de mamá, pero era soltera. Era alta y usaba el cabello castaño con el corte Plumita.
Esa tarde, yo estaba sentada en el escalón de entrada de la casa, con la puerta entornada a mi espalda, jugando con unas piedritas. De pronto, un señor muy alto con un sobretodo largo desprendido y un sombrero de ala ancha, abrió el portón y entró. Yo me puse de pie en tanto él caminó hacia mí y saludó:
—Buenas tardes.
—Buenas tardes, le contesté. El hombre siguió caminando y me aparté para darle paso. Al oír el portón Elida vino a recibirlo, lo saludó sonriendo y señor le preguntó:
—¿Quién es esta niña?
—Es la hija de Paulina, le dijo ella.
—Ah, que bien —contestó—, y entró en la casa. Elida esperó a que yo también entrara y cerró la puerta. Entonces el señor me preguntó sin detenerse:
—¿Vas a la escuela?
—No —le contesté—, pero sé leer.
Yo había quedado un poco atrás de los dos. Él se dirigió a su habitación y, de espaldas a mí, extendió un brazo hacia su hermana y le dijo:
—Ahí tienes una futura escritora.
Al oír esto quedé muy emocionada. Elida sonrió, me tomó de la mano y entramos en la salita donde estaba mamá.
—¡Viste lo que me dijo el señor! —le dije entusiasmada a mi madre .—¡Que yo voy a ser maestra!
—No —dijo mamá—, maestra no. Escritora te dijo.
Yo estaba loca de la vida con lo que me habían pronosticado y mi madre me decía que no me habían dicho lo que yo creía haber oído. Sentí que se me borraba la alegría. Creo que esa tarde conocí la Desilusión.
El asunto era que para mí, escritora era lo mismo que maestra. Yo no sabía qué era ser escritora, para mí ser escritora era saber escribir. Y todo el mundo sabía escribir. Escribía mi mamá, mis hermanos, el almacenero y la señora de la panadería. Cuando empezara la escuela yo también iba a ser escritora. El señor no dijo que yo iba a saber escribir. Él quiso decir otra cosa. ¡Quiso decir que yo iba a ser maestra! Pero mi mamá fue siempre de poco hablar. Si en aquel momento me hubiese explicado qué era ser escritora, tal vez yo no hubiese esperado cumplir 50 años para escribir mi primer cuento.
Nunca más vi a Carlos Brussa. El actor viajaba mucho con su compañía de teatro. Y a pesar de que con mi madre volví varias veces a la casa frente al Prado, nunca más volví a verlo. Cuando años después falleció, yo tenía quince años y estaba en el liceo. Sentí mucho su deceso. Me hubiese gustado hablar con él en mis años de estudiante. Decirle que se había equivocado, que yo no tenía pasta de escritora y que difícilmente llegara a ser maestra algún día.
Pasado el tiempo muchas veces me pregunté por qué se cruzó ese hombre en mi vida en aquel momento y qué fue lo que quiso decir en realidad.
De todos modos, de aquella tarde pasaron setenta años. Y soy escritora.
Me gustaría que alguien se lo contara.


  2º) 


En el año 2003 conocí brevemente a Gustavo Adolfo Ruegger.
Periodista – Crítico teatral – Conductor de TV. Director de Teatro y Actor. Entonces era alumna del Taller de Literatura que dirigían los escritores Sylvia Lago y Jorge Arbeleche y me encontraba preparando la edición de "Garúa", mi primer libro.
Una noche de 2003 comenzó a participar del taller, Mabel Altieri, compañera sentimental y artística de Ruegguer, con quien hacía más de un año, auspiciados por el Ministerio de Cultura, recorrían el país llevando y leyendo poesía por todos los departamentos. Algo parecido a lo que, muchos años antes, había hecho Carlos Brussa, al llevar el teatro de la ciudad, al interior de la república.
La noche que Mabel entró por primera vez al taller, Sylvia Lago leía un cuento mío. Mabel se sentó y luego preguntó quién era el autor. Alguien me señaló y ella me saludó desde el otro extremo del salón. El taller tenía dos profesores, la primera hora era de narrativa con Sylvia Lago y la segunda de poesía, con Jorge Arbeleche. Los alumnos que escribíamos, presentábamos los trabajos impresos y los profesores los leían y comentaban en la próxima clase.
A Mabel le gustaban mis cuentos y siempre me pedía que le hiciera un duplicado de los trabajos que yo iba presentado. Ruegger venía siempre a buscarla en el auto. Una noche de julio que llovía muchísimo, Mabel preguntó quien vivía por su barrio para alcanzarnos. Resultó que otra compañera y yo vivíamos a pocas cuadras de su casa. Cuando salimos y subimos al auto nos presentó. Al dirigirse a mí Mabel le dijo: esta es la la señora que escribe los cuentos que te gustan tanto. Entonces Ruegger me dijo que hacía días tenía pensado hablar conmigo, a fin de pedirme permiso para usar mis cuentos en un proyecto, dijo, que tenía de hacía muchos años para llevar a la televisión.
Era el martes 3 de julio. Me dijo:
—Nosotros mañana nos vamos para el interior. Volvemos el domingo, yo el lunes la llamo y conversamos, ya tengo todo planeado.
El sábado siguiente, 7 de julio, falleció en el interior del país, a causa de una complicación con el asma que sufría hacía años.
El domingo estuve en su velorio.
El lunes que esperamos ambos, nunca llegó.


                                                5

Los seis años de escuela no me dejaron mucho tiempo para otra cosa que no fuesen los libros de texto y “El Billiken”, que mi madre nos compraba un año a mi hermano Venus y otro año a mí, y que al final terminó siendo sólo para mí porque Venus en cuarto grado, decidió que le comprara “EL Peneca” o el “El Tony” porque —según le explicó a mi madre en aquel momento—, ya estaba grande para “El Billiken”. De todos modos, recuerdo que entre “El gato con botas” y “Alicia en el país de las maravillas”,  leí también “La cabaña del tío Tom”. Para ese entonces mi hermana Nelly hacía ya tiempo que se había casado y en casa éramos nosotros tres y mamá.

Don Vásquez, el diariero, dejaba todos los días para mamá, "La Mañana" y los domingos "El Día". Con los titulares del diario "La Mañana" a los cinco años aprendí a leer. Después vino la escuela y aprendí a escribir.

En las vacaciones de verano, antes de entrar al liceo, logré increíbles adelantos en mi cultura literaria. Prácticamente pasaba los tres meses leyendo en el cuarto de mi hermano mayor. Él trabajaba y yo era dueña de aquellos estantes, donde siempre había un volumen nuevo. Frente a la estantería, retiraba los libros que iba a leer. Los elegía por los títulos. No me preocupaba saber quién los había escrito. Sabía que eran escritores extranjeros, porque todos hablaban de la guerra. Empecé a interesarme en los libros para adultos, en las vacaciones de 1946, tenía por lo tanto, diez años cuando, sin saber, entré en el maravilloso mundo de los libros abiertos. Mal momento, si se quiere, para empezar la lectura de los grandes creadores cuyos textos estaban, casi todos, inspirados en acontecimientos sucedidos durante la Primera y Segunda Guerra Mundial y sus aciagas consecuencias. De todas formas, incauta, en mis diez años de niña curiosa, me sumergí en la novelística de la posguerra: realista, cruel, inhumana. Historias verídicas que dejaron en mí, huellas profundas y que creo fehacientemente que tuvieron que ver en mi formación como persona. Que influyeron en el desarrollo de mi carácter, de mis sentimientos y hasta en el modo de enfrentar la vida. Leía páginas que me desgarraban por dentro y nunca las comenté con nadie.
Ahora, sesenta años después, al escribir sobre esos temas, reconozco lo que significó para mí todo lo leído en aquellos años de la pluma de los grandes escritores de la época. Descubrí historias terribles donde el autor contaba, en detalle, las atrocidades que se cometen, impunemente, en una guerra. Pasajes de novelas que quedaron impresos en mí por más de medio siglo. Libros que nunca más volví a tener en mis manos. Recuerdo en “Por quién doblan las campanas”, novela de Hemingway procesada durante la guerra civil española y, entre varias atrocidades, el relato de la muerte por garrote. Nunca lo había oído y creo que nunca lo volví a oír. “Sin novedad en el frente”, del alemán Erik María Remarque, enemigo acérrimo de los nazis, novela escrita después de la primera guerra mundial sobre la juventud idealista y el suicidio de un joven que una tarde junta agua en dos recipientes, coloca uno de cada lado de un sillón, se sienta, se corta las venas y deja caer sus brazos en ambos recipientes hasta desangrarse. La violación de “Dos mujeres”, una madre joven y su hija, del italiano Alberto Moravia, por soldados nigerianos que volvían del frente en un camión del ejército. La invasión de los japoneses en China, en la novela “La estirpe del dragón”, de la norteamericana Perla S. Buck y las torturas y masacres que cometen los nipones contra ese pueblo pacífico, que no sabe defenderse.
Así, bajo la intolerancia de los poderosos, que convierte a los seres humanos en bestias, comenzó mi romance con la literatura. Después, la vida y otros libros, me enseñaron que las atrocidades de un ser humano contra otro no se cometen solamente en tiempos de guerra. La criatura humana tiene la capacidad de realizar los hechos más crueles y aberrantes contra su prójimo, en cualquier momento y en todos los tiempos.


                                            6

En 1943, con seis años, entré a la escuela 170 que estaba a una cuadra de mi casa y que ANCAP había hecho con el mismo estilo del barrio obrero y luego donó a Primaria. Mi maestra de primero se llamaba Gloria, de segundo Poupée Bonino, de tercero Guillermina y de cuarto María Luisa. Al principio la escuela no tenía Directora, después nombraron para ese cargo a Dinorah, la maestra de sexto.
 Quinto y sexto los hice como media pupila, en el Colegio y Liceo de La Divina Providencia, de las Hermanas Capuchinas de Belvedere. Al término de las vacaciones de 6º entré, como pupila, en el Instituto María Auxiliadora, de las Hermanas Salesianas, en Montevideo.
En aquellos años los alumnos de los colegios católicos, teníamos que dar examen de ingreso para entrar al liceo. Yo lo di en el Instituto Normal de Señoritas que estaba en La Aguada, en Agraciada y Pozos del Rey. Unos días después de dar el examen de ingreso, mi madre me dijo que iba a cambiar de colegio. Que la Directora del San José de la Providencia, me había conseguido una beca para hacer el liceo, como pupila, con las hermanas Salesianas.
El Instituto María Auxiliadora tenía Jardinera desde los 2 años, aunque un año recuerdo que ingresó una niña de un mes, no sé porqué motivo, Primaria, Secundaria, Magisterio, Pupilaje y Aspirantado. En el último piso había un museo. El Pupilaje lo conformaban las alumnas de todas las clases que permanecían en el colegio todo el año de estudio. El Aspirantado, las alumnas que estudiaban pero que aparte aspiraban a profesar como Hermanas de la Congregación Salesiana.
La Hermana Inés, directora del San José de la Providencia, me consiguió una beca, no por inteligente ni estudiosa: por pobre. Pero en aquellos momentos todo servía y a mí tanto me daba un colegio que otro. Además, eso de ir pupila tampoco me preocupó demasiado. Era en aquel tiempo una adolescente tranquila, obediente: casi buena.
Como pupila en el colegio de las Salesianas, entrábamos en marzo y salíamos en diciembre. Los domingos los padres y hermanos podían ir a vernos. Era un sistema carcelario. De monja de clausura. Adentro se estaba bien. Nos trataban bien. Teníamos varios recreos en el día. Cancha de básquetbol, de vóleibol, juegos de plaza para las pupilas más chicas. También teatro con un precioso escenario, donde nosotras mismas representábamos obras dirigidas por la Hermana Olga que entendía de esas lides. Algunas alumnas tocaban el piano para demostrar lo adelantadas que estaban, y otras recitaban poemas gauchos o líricos previamente inspeccionados no era cosa de recitar un poema de Serafín J. García o de Juana de Ibarbourou autores, entre otros, terminantemente prohibidos.
También había una capilla, con una Virgen María Auxiliadora bellísima, donde todos los días oíamos Misa a las seis de la mañana. Rezábamos en latín: “Páter noster qui es in caelo sanctificétur nomen Tuum, adveniat Regnuu Tuum fiat volúntas tua, siet in caelo et in terra…”
El colegio tenía alumnas internas y externas. En las clases estábamos juntas y separadas. Es decir: las pupilas de un lado del salón, las externas del otro. Las pupilas teníamos prohibido hablar con las externas. Y también entre nosotras, excepto en los recreos. Para mí fue una tortura. Dos por tres la hermana Iris, que era la Consejera, me pescaba hablando y me mandaba en penitencia a su escritorio donde permanecía horas de pie. Me castigaba por hablar. A mí me daba lástima la hermana Iris porque recordaba las cosas horribles que pasaban en la guerra y ella ¡por hablar! me ponía en penitencia. La hermana Iris me tenía ojeriza, durante todos los años me mandó a su escritorio en penitencia por hablar. ¿Por qué otra cosa se podía poner en penitencia a las pupilas, que pasábamos día y noche acompañadas por cuatro monjas?
La Hermana Vicaria se llamaba Celsa y era buenísima, la Madre Directora se llamaba María Julia Castaing, la veíamos de noche porque antes de subir a los dormitorios se formaban todos los grupos y ella venía a darnos las buenas noches. Yo hablaba con las externas, porque ellas no tenían prohibido hablar con nosotras, éramos nosotras las que no podíamos hablar con ellas que era lo mismo pero distinto. Las pupilas eran muy disciplinadas. No hablaban nunca. Eran chicas del interior que venían a estudiar a Montevideo. Entre ellas yo era una mosca blanca.
Creo que si la Hermana Irene del colegio de Belvedere, en lugar de conseguir una beca como pupila, hubiese conseguido una beca como aspirante a monja, hoy no sería yo la madre de mis hijos.
Ese diciembre cuando volví a mi casa encontré que la biblioteca de mi hermano había crecido en estantes y en libros. Entre ese diciembre y marzo devoré todo lo que pude. Esas vacaciones entre los nuevos libros descubrí a Stendhal, escritor francés del siglo XIX y la novela “Rojo y Negro”. Era una novela romántica con trasfondo histórico sobre la vida de un seductor y amores prohibidos. “Ana Karenina”, novela realista sobre un adulterio consumado que lleva a la muerte a su protagonista. Magnífica novela del escritor ruso León Tolstoi. “El amante de lady Chatterley”, historia sobre un adulterio con un marcado erotismo. El autor era el inglés D.H.Laurence que la publicó en Italia porque estuvo prohibida durante 30 años en Gran Bretaña y Estados Unidos.
"Sinhué el egipcio", novela de Mika Waltari, de Egipto en tiempo de los faraones sobre un pobre huérfano llamado Sinuhé que se convierte en médico y dedica su vida a ayudar a los pobres.
Todos los libros que leía eran novelas excepto un libro de cuentos de Gogol, escritor ruso de principios del siglo XIX que también escribió la novela “Almas muertas” que yo no leí pero, que, según se comentó, tenía una segunda parte que él mismo quemó antes de morir. Siempre leí sin orden. Me acuerdo de muchos autores y de muchos títulos no de todos, pero puedo llevar una guía, por ejemplo, de mis lecturas en tiempo de vacaciones durante los años de liceo. También, al rememorar aquellos días, he rescatado un detalle no menos importante. He afirmado más de una vez que me considero cuentista, no poeta ni novelista y esa inclinación al cuento, compruebo que nació en aquellos años. A parte, porque soy ansiosa, Los primeros libros que leí, tenían trescientas, quinientas, ochocientas páginas. Muchas obras venían en papel biblia, principalmente los libros de la Editorial Aguilar cuyos textos, con la obras completas del autor, traían 1200 o 1500 páginas. De las historias que leía salteaba las páginas, que detallaban hasta lo ínfimo, el lugar físico. La referencia de cómo estaba el día, el cielo, el mar. Como era la casa; que estilo de muebles, como eran los cortinados, las alfombras, si el piano era de cola y si los perro ladraban. Que plantas adornaban el jardín, el jardín vecino, la casa de enfrente. Al comenzar una lectura iba directamente en busca de la anécdota, una vez que la encontraba no la soltaba hasta el fin. Obviaba la parte artística de la obra, pero sabía todo lo que sucedía en la novela. O sea, resumía una novela en cuento. Es un pecado. Lo supe después. Pero nunca lo pude evitar.



                                  Más libros - 7

Un año una editorial le envió a mi hermano diez libros, como una especie de promoción, para que eligiera con cual quedarse. Se quedó con todos. Fue bueno, porque para mí eran todos desconocidos. Entre ellos se encontraba A. J. Cronin un británico nacido en Escocia. Fue un escritor muy leído en aquella época. De él recuerdo varios títulos: “Las llaves del reino”, “Los verdes años”, “La Ciudadela”.
“Todos los hombres son mortales” una de las primeras novelas de la feminista francesa Simone de Beauvoir, de estilo filosófico existencial, donde la escritora reflexiona sobre la vida y la muerte y presenta al inmortal conde Fosca que lleva vividos 500 años y quiere morir, porque ya lo ha vivido todo y entiende que la muerte es lo único que da sentido a la vida.
“Crimen y castigo”, de Dostoievski escritor ruso del siglo XIX, de escritura en extremo realista, que cuenta el crimen protagonizado por un joven que se encuentra en ínfima pobreza y mata a una anciana prestamista. Con las consecuencias que debe enfrentar.
“La madre” de Máximo Gorki, escritor y dramaturgo ruso del siglo XX, relata la vida de una mujer campesina de la época de los zares, que descubre que su único hijo es un líder socialista a quien un día llevan detenido, pasando ella a ocupar su lugar en la organización.


                        Campeones del Mundo - 8

Cuando en 1950 salimos Campeones del Mundo yo estaba pupila. A mí el fútbol nunca me interesó. Desconocía por completo el andamiaje del deporte en Uruguay y en el mundo. De todos modos cuando a la mañana siguiente al triunfo, las pupilas llegamos al patio de recreo para entrar a clases, me llamó la atención el revuelo que tenían las externas. Las pupilas no eran curiosas, ni buenas ni malas, ni frías ni calientes. No mostraron el menor empeño por saber qué sucedía. Pero yo no podía quedarme en ascuas. De modo que fui a preguntar.
—Qué pasa —les pregunté. Me contestó una compañera que se llamaba Amelia Urretavizcaya, una chica muy bonita que usaba el cabello corto rebajado.
—¡Somos Campeones del Mundo! —me contestó con gran entusiasmo. Las externas nos tenían a las pupilas como unas mojigatas, y no estaban muy erradas.
—Campeones de qué —insistí.
—Cómo de qué, de futbol de qué va a ser, ustedes viven encerradas, ¡no se enteran de nada!
—Sí —le contesté—, no te habías dado cuenta que vivimos encerradas.
—Encerradas y debajo de una piedra —me dijo. Tampoco estaba muy errada. En Literatura teníamos de profesora una Hermana que le decíamos “la sister” porque era también la profesora de inglés. Un día vino a dar la clase y nos dijo. —Este año al Consejo de Secundaria se le antojó poner en el programa a Horacio Quiroga, un escritor uruguayo que vivió muchos años en Misiones, en la Argentina. Ustedes no pueden leer nada de ese hombre que era un loco y está excomulgado por la iglesia por cometer suicidio. Yo les voy a leer lo único que se puede leer de él. Y nos leyó Anaconda. No sé las demás, pero yo a esa altura conocía la vida y parte de su obra desde los “Cuentos de amor, locura y de muerte”, “El hijo”, “Juan Darién” y “El hombre muerto”.
A Quiroga lo encontré unas vacaciones entre los libros de autores uruguayos que mi hermano había empezado a comprar. Una tarde retiré, de uno de los estantes, un libro de Javier de Viana que se llamaba: Con Divisa Blanca y me puse a leerlo porque vi que el autor era un escritor uruguayo que hablaba de la gente nuestra que vive en el campo. Javier de Viana de formación literaria naturalista, fue un gran narrador y un excepcional cuentista y por casualidad o causalidad, el primer escritor uruguayo que leí.
Viana con su “Con Divisa Blanca”, me cautivó desde el comienzo. Publicada por primera vez en 1904, es una novela amarga de una crudeza que me llamó la atención. Javier de Viana era estanciero y político oriundo de Canelones. Peleó junto a Saravia. De sus recuerdos de la guerra de 1904 escribió ese volumen que llamó, “ Con Divisa Blanca”.


                              Francois Sagan- 9

Fueron aquellos años, tal vez demasiado severos, un buen aprendizaje para un buen vivir. Esos años de privaciones afectivas, de silencios impuestos, de obediencias impartidas, también dejaron sus frutos.
De ese modo, entre aquellos años de religiosidad, la falta de mi padre que nunca terminé de superar y mi pasión por los libros se fue moldeando mi carácter, mi encaro a la vida. Mi personalidad.
Cuando terminé el liceo hice un año de Comercio en la Escuela Industrial. Y ese mismo año, en diciembre, tuve mi primer empleo.
Tenía diecisiete años y hacía poco tiempo había empezado a trabajar cuando Francois Sagan, con 18 años, publicó su libro: "Buenos días Tristeza". No podía creer que una joven de mi edad hubiese escrito una novela. Nada más lejos de mi pensamiento. Recuerdo que miraba los libros con esa enormidad de hojas y pensaba cómo, de qué manera, un escritor crea una historia. Era algo impensado para mí.
Con mi primer sueldo comencé a formar mi propia biblioteca y a cambiar también, entre mis compañeras, los libros que leíamos. En aquellos años, sin computadoras ni celulares, todo el mundo leía. Existía en aquel momento una editorial: “Círculo de lectores” que mediante una pequeña cuota, prestaba y vendía libros. Para ello tenían vendedores que visitaban a los socios llevando consigo una valija con los últimos títulos. Funcionó un tiempo, después cerraron. En la década del setenta apareció “Círculo de lectores”, con el mismo sistema de venta. En lugar de ir el lector a la editorial, la editorial iba hacia el lector. Un buen sistema que, por particulares, todavía existe. De ese modo seguí leyendo, pero nunca más con el arrebato de mis años de estudiante.
Tenía veintidós años cuando me casé. Comenzaba otro capítulo en la historia de mi vida. Después vinieron los hijos, y aunque seguí trabajando y atendiendo mi casa, los libros nunca me abandonaron.
Pero esa es otra historia, que aún no he comenzado a escribir. 
Ada Vega




Ada Vega, a modo de Biografía:

Nací en Montevideo, barrio La Teja,  en 1936. Concurrí a la escuela No 170 y al Colegio Divina Providencia – Hermanas Capuchinas de Belvedere.  Hice el liceo en el IMA – Instituto María Auxiliadora, Hermanas Salesianas, barrio Palermo; y en la Escuela Industrial un curso de Comercio, Taquigrafía y Maquina.  Trabajé 32 años, en el ínterin me casé, tuve dos hijos y un día cumplidos los 50 años, comencé a escribir cuentos por mi cuenta y a publicarlos en diarios, suplementos y revistas zonales de distribuciòn gratuita.

Publicaciones:

1)  El Eco de Cerro - (Villa del Cerro).

2) El Tejano - (La Teja y Pueblo Victoria).

3) Magazine Zonal - (Nuevo París y Belvedere).

4) La Voz - (Paso Molino, Belvedere y Capurro).

5) El Charrúa - (Malvín y Carrasco).

6) El Sol de Montevideo - (Cordón y Centro).

7) El Eco de Montevideo - (Pocitos).

8) Periódico del Centro - (Centro y Ciudad Vieja).

9) El Tranvía 35 - (Punta Carretas, Pocitos y Parque Rodó).

10) Marejada - (Punta Carretas, Pocitos, Buceo y Parque Batlle).

11) La Estrella del Sur - (Cordón, Palermo, Barrio Sur).

12) La República - (Suplemento: La Rep. de las Mujeres)

13) El País -  (Suplemento: El Agropecuario).

14) Nueva Letra - (Revista Literaria).

15) Biblioteca de Marcha.  

16) Banco de Provisión Social.

17) Quilla - ( Asociación Funcionarios Portuarios).

18) Letra Nueva - Revista Literaria (Carrasco).

19) La Tertulia - Grupo Cultural. (Montevideo).

20) Orizont Literar Contemporan  - Revista, en Bucarest - Rumania.

21) 100% Identidad Cultural -  Punta del Este, Uruguay


En 1988 participé en INTEC, del ciclo trimestral de Literatura ( estructura del cuento), dictado por el profesor Rubén Loza Aguerrebere. En junio de 1996 ingresé al taller de Literatura dirigido por los profesores Sylvia Lago y Jorge Arbeleche, donde permanecí hasta su cierre definitivo en 2004. Concurrí dos años al taller “Puro cuento” dirigido por la escritora Mercedes Rosende. Un ciclo sobre la escritura de la novela dictado por el escritor Rafael Courtoisie y un pasaje por el taller de literatura del escritor Mario Delgado Aparain.

Escribì 6 libros, cuatro editados en papel, dos inéditos. También un libro en Bucarest – Rumania, en rumano y español. En septiembre de 2009 inicié “Garúa”, un blog en Blogger, de Google, donde fui publicando todos mis cuentos  para leer gratis y que ha sido visitado, hasta ahora, por 107 países.

He recibido algunos premios y menciones. Nunca presenté mis libros en sociedad, y a partir de 2009 dejé de presentarme a concursos, porque nunca más tuve cuentos inéditos. Con excepción de la rumana, las ediciones fueron todas por mi cuenta. Por medio de Facebook soy miembro en 527 grupos, donde puedo publicar mis cuentos directamente, de todos los países de las tres Américas, casi todos los de Europa, también Australia, Rusia, China, Japón y Egipto, que ha traducido al Árabe, alguno de mis cuentos.

En mi caso, nunca necesité escribir “como el aire que respiro”, comencé a escribir llegando a los 50 años. Nunca me rompí la cabeza frente a una hoja en blanco, porque escribo cuando se me ocurre un tema y tengo el final, o la primera frase. Soy cuentista porque soy ansiosa y quiero saber cuánto antes como termina la historia. Quiero decir también, que termino como empesé: regalando mi trabajo por el mundo, hecho que me ha dado muchas satisfacciones, al comunicarme con lectores que leen y comentan mis cuentos diariamente. Y agradezco a Dios, si es que Dios existe, haber llegado a mi joven vejez, conservando mi memoria, mi curiosidad y mis deseos de contar. Hecho muy importante cuando se han pasado largamente, los esplendorosos y cautivadores 80 años, y ya nadie nos necesita, no tenemos obligaciones y el éxito y el halago, ya no nos conmueven. 

Premios y Distinciones

FUNDACIÓN Lolita Ruibal, concurso “Cuentos para nuestros nietos” por: “Vida de perro” 1998-1999.

F.U.T.I. (Federación Uruguaya de Teatros Independientes). Proyecto “Memorias de mi ciudad” 1999 por: “Aquella Retirada”.

B.P.S. Banco de Previsión Social, concurso Cuento y Poesía 2000, por: “Edelmira Dos Santos”.

Fundación Lolita Ruibalconcurso “Cuentos para nuestros Nietos” por: “El Niño y el Águila” 2000 – 2001.

A.E.D.I. (Asociación de Escritores del Interior) Concurso “Dr. Alberto Manini Ríos” 2003, por: “El Mensajero”.

A.U.D.E. (Asociación Uruguaya de Escritores) 2004, concurso “Cuentos de Vacaciones” por: “Vacaciones de Enero"

UNICEF "Contigo cuento". 30 autores uruguayos juntos por la infancia y la adolescencia. 2005

Academia de Tango de la R. O. del Uruguay, Concurso de Cuentos 2007, por: “Fue a Conciencia Pura”.


En 2003 primer libro “Garúa”, con cuarenta cuentos.

En 2006 la novela “Detrás de los ojos de la mama vieja”.

En 2008 “Malena” con 30 cuentos.

En 2014 “El embrujo de Maracaná” con 20 cuentos

 Dos libros inéditos.


Ada Vega,  mayo de 2022. - GRACIAS A TODOS, AMIGOS.