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domingo, 9 de abril de 2017

Selene




Alejandro de Luca volvió una tarde, de gafas oscuras y bastón. El taxi lo dejó en la ochava del bar.

Bajó seguro, caminó dos pasos al entrar y se detuvo. Se acercó un mozo y él le preguntó:

—¿Este bar está igual a como estaba hace 20 años?

—¡Este bar no ha cambiado en 70 años! le contestó el mozo

—A mi derecha, ¿cuántas mesas hay?

—Tres mesas.

—¿Alguna está libre?

—La tercera.

Comenzó a caminar.

—¡Lo acompaño! —ofreció el mozo.

—¡No! Quiero llegar solo. Tráigame un café.

Se fue guiando con el bastón: la primer mesa con dos hombres conversando; la segunda con una pareja, un hombre y una mujer. En la tercera retiró una silla, desarmó el bastón, lo dejó sobre la mesa y se sentó junto a la ventana, de frente a las mesas por las que acababa de pasar.

Veinte años atrás había sido un parroquiano habitual. Solía llegar en la tarde con Selene, su novia primera, su novia de siempre. Sentados en alguna de esas mesas junto a la ventana, tejían proyectos de futuro. Pero el país atravesaba momentos difíciles. Escaseaba el trabajo. Después de pensarlo mucho decidió emigrar, volar a los Estados Unidos donde todos hablaban de lo bien que se vivía. Juntó dinero para el viaje, consiguió direcciones de amigos y sacó el pasaporte. Quedó de acuerdo con Selene que en cuanto consiguiera trabajo y vivienda le enviaría el pasaje para que fuese a reunirse con él.

Selene lloró, tuvo miedo, pero confió en él. Y una tarde con la esperanza de un pronto reencuentro, extrañándola antes de partir, inició el tortuoso camino hacia lo desconocido.

Con los amigos que lo esperaban, consiguió empleo y vivienda para él. Se encontraba en el proceso de un nuevo

trabajo que le permitiría  llamar a Selene, cuando un joven estudiante universitario atacó a niños de una escuela, armado con un rifle. Caminaba por la vereda cuando una bala sin destino, se alojó en su cabeza. Salvaron su vida, pero estuvo años internado en distintos hospitales, pues había perdido la vista y la memoria.

Fue un caso muy estudiado por los médicos de E. U. que entendían que la lesión no había sido tan grave, como para causar tanto daño a su cerebro, de modo que pasado unos años, y sin secuelas que impidiesen recuperar la visión y la memoria, comenzaron a tratarlo en hospitales psiquiátricos donde al cabo, a los veinte años del accidente, fue poco a poco rescatando la memoria, aunque no así la visión. Debido a dicha mejoría, los médicos coincidieron que la ceguera era un caso de psiquiatría y que posiblemente como recuperó la memoria recuperaría un día la visión.

Cuando Alejandro recordó quién era, porqué se encontraba en Estados Unidos y recordó a Selene, solo pensó en el regreso. Lo asaltaron mil dudas y preguntas, de todos modos tenía urgencia por saber que había sido de ella durante esos años, y aunque hubiese perdido su amor sentía la necesidad de volver a encontrarla y contarle lo que había sucedido. De modo que en cuanto le dieron el alta y le permitieron viajar, juntó sus pertenencias y abordó el primer avión con destino a su país. Al llegar se alojó en un hotel céntrico, dejó su valija en la habitación y pidió un taxi.

Ahora se encontraba en el viejo bar recordando su vida pasada. La pareja de la mesa dos pidió la cuenta y se fue. Apoyó los dedos en la esfera de su reloj para saber la hora, las agujas marcaban las 19 y 10. Llegó una persona y ocupó la mesa donde antes estuvo la pareja del hombre y la mujer. El mozo se acercó y saludó amable:

—Buenas tardes, Selene, cómo está?

—Bien, José, ¡viviendo!

—¿Te con limón como siempre?

—Como siempre, José, ¡gracias!

El corazón golpeó con fuerza el pecho de Alejandro de Luca. Se puso de pie, tomó el bastón, se acercó a la mesa dos, retiró la silla frente a Selene. Le dijo:

—¿Puedo? Ella no contestó y él se sentó. Dejó el bastón recostado a la mesa.

La mujer miró a aquel hombre de gafas oscuras, se fijó en el bastón blanco. Pasó un minuto interminable. Ella seguía sin hablar. El hombre extendió un brazo sobre la mesa y apretó con su mano la mano temblorosa de la mujer.

—¡No llores, Selene —le dijo—, soy yo y estoy aquí!

                                                                            FIN


Ada Vega, 2016

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