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jueves, 2 de enero de 2025

Amor de hombre

 








¿En qué pensaba Magela tan llorosa, aquella noche de verano, tendida en la cama junto a su marido, mientras lo miraba dormir con la placidez de un santo? Cuántas noches de cuantos años habían pasado desde aquella primera, sublime, inolvidable noche de bodas de sus veinte años. Quién era ese hombre que dormía boca arriba, un brazo doblado sobre el pecho y las piernas ligeramente abiertas y estiradas. Con una cara de yo no fui, vistiendo apenas un calzoncillo de lino azul tan breve, que apenas lograba contener al pájaro de la lujuria causante de su desasosiego. Pájaro altanero, engañoso y cruel que, conociendo su desconsuelo, trataba de atisbarla, siempre curioso, desde la puerta apenas entreabierta de su escondrijo. Y ella no merecía ese oprobio.
¿Quién era ese hombre con quien hizo el amor hasta ayer? Con quien engendró sus hijos y compartió su vida, hacía más de veinte años. A quien amó con vehemencia, cada día y cada minuto de esos años. Y a quien estaba dispuesta a arrancar de su vida al enterarse de que ese hombre, que siempre creyó suyo, la engañaba con otra mujer. Lloraba, Magela, en silencio y sin consuelo, abrazada a la almohada.

Al verlo dormir con tanta beatitud, pensó cuantas veces la habría engañado y ella, en el limbo, ignorándolo como una tonta. Se sentía humillada. Burlada. No pudo dominar el ramalazo que la dominó. Su pecho se llenó de odio. Lo odiaría por el resto de su vida. Lo arrancaría de su corazón. Ya no existía para ella.

Volvió la cara llorosa, hacia ese hombre que dormía a su lado semidesnudo. ¡Por Dios! Y que guapo era. Qué bien se conservaba el desgraciado, ¡mal rayo lo parta! No representaba los años que cargaba encima. Conservaba el vientre plano y el cuerpo recio de cuando era un muchacho. Solo las canas recordaban los años que llevaba vividos. Pero las canas les sientan a todos los hombres y él no iba a ser la excepción, por cierto. Sintió el impulso de matarlo. Clavarle un puñal en el pecho. Pegarle un par de tiros. Ponerle los cuernos con el vecino de la otra cuadra que, según él, siempre la miraba.

Había dejado de llorar y seguía pensando en distintos tipos de venganzas con los ojos fijos en el cuerpo de su marido que dormía, ahora, con la boca abierta y despatarrado sobre la sábana de flores celestes. Le agradaba el cuerpo de su marido. Siempre le agradó. Era hermoso y deseable, maldito sea. Ese cuerpo que besara mil veces, apasionada, de la cabeza a los pies. Ese cuerpo que no tenía misterios para ella. Su pecho fuerte donde adoraba, después del amor, recostar la cabeza. Sus piernas firmes enredadas en las suyas en las noches de invierno. Sus manos que eran pájaros curiosos recorriéndola entera y su boca, su boca húmeda sobre su piel. ¡Santo Dios! ¿Por qué tenía ella que apartarlo de su vida? ¿Por qué tenía que dejar de amarlo y convertir su amor en odio, si fue él quien la ofendió?
Si ella era inocente de toda inocencia. Si jamás le había faltado ni con el pensamiento. ¡No era justo!

Ya esa noche ambos habían tratado el tema. Magela, atando cabos, había llegado a la conclusión de que su marido tenía una amante. Hilando fino, juntando datos, aparentemente sin importancia, como llegadas tarde a la vuelta del trabajo. Desganos u olvidos para el amor, en noches febriles en que ella estuvo impaciente y urgida de él. Pequeños detalles. Simples, tal vez. Que hubieran pasado desapercibidos en otra mujer que no fuese Magela: cuida estricta de su hogar y conocedora de su compañero hasta en sus pensamientos. Detalles que la fueron llevando hacia una realidad no esperada.

Eso le sucedió a Magela. Descubrió que su marido tenía una amante y se lo dijo.
—Óscar, sé que tienes otra mujer, le había dicho esa noche cuando terminaron de cenar.
—¿Qué dices? —le contestó él.

—Lo que oíste, y no me lo niegues que lo sé bien.
—¡Estás loca de remate! —trató de cortar él.
Empezaron un, ir y venir de preguntas sin mucho asidero y respuestas esquivas. Él le juró que no tenía, ni nunca había tenido una amante.
—Esta semana te acostaste con otra mujer —le insistió Magela.
— Eso no es tener una amante —le contestó Óscar, seguro de lo que decía.
---¿Cómo?
—¡Que no tengo ninguna amante!
—¡Pero te acostaste con otra!
— ¿Y qué tiene eso?
—¿Cómo qué tiene? ¡Me engañaste, te burlaste de mí!
—¡Por favor Magela, no dramatices! Tú eres mi mujer, yo te quiero a ti, eres la única mujer que tuve siempre. ¡Lo demás no tiene nada que ver! Son cosas que pasan. ¡Nada que ver!
Quiso tomarla por la cintura y besarla como la besaba siempre, pero ella estaba muy enojada, recogió los platos y se fue a la cocina. Y él se fue al dormitorio.

Ahora Magela lo mira dormir con la beatitud y la inocencia de un ángel bueno. Y no sabe qué hacer. Si pedirle que se vaya de la casa e iniciar el divorcio, irse ella a pasar mil penurias, con sus hijos, vaya a saber dónde, o aceptar que su marido la siguiera engañando cada dos por tres.
Entrada la madrugada la venció, el sueño se cubrió con la sábana de flores celestes mientras su marido, dormido profundamente, roncaba con entusiasmo como roncan los hombres justos, felices y satisfechos.

A la mañana siguiente, Óscar se levantó como siempre para ir al trabajo, tomó el café de pie en la cocina y antes de irse pasó por el dormitorio y le dijo a Magela: mamá, no te olvides que hoy Charito tiene hora para el dentista y que tienes que pagar el recibo de la luz porque hoy es el último día. Se inclinó, le dio un beso en la mejilla y le dijo: me voy que se me hace tarde, chau. Pórtate bien.

Para Óscar, la conversación de la noche anterior no había dejado ni rastro. Pero Magela estuvo días y días con la mente aturdida buscando una solución a su problema. Hasta que una tarde llegó de visita su madre: la abuela Ernestina. Mujer cabal, si las hay. De una sensatez y un dominio de las más difíciles situaciones, que pocas personas pueden esgrimir. Magela contó a su madre el momento que estaba viviendo y las posibles situaciones que estaba procesando a fin de separarse de su marido. Hasta de matarlo habló. Doña Ernestina la escuchó atentamente sin pronunciar palabra. Cuando su hija terminó de contar su peripecia le dijo muy calma:
—Si yo hubiese matado a tu padre cuando, como tú, me enteré de que me engañaba, ustedes serían huérfanos y se hubiesen criado en un orfanato. Y hoy yo no tendría a tu padre a mi lado, que fue mi contención, mi compañero, quien sin dejar nunca de trabajar me ayudó a criarlos, a educarlos y mandarlos a estudiar, en años largos y difíciles.

Si yo, en lugar de matarlo, me hubiese ido abandonando la casa. Pregunto: ¿Dónde hubiese ido con tres niños chicos, sola, sin trabajo y sin dinero? ¿Qué familiar, qué amiga me hubiese ofrecido su casa para mí y mis hijos por tiempo indeterminado? ¿Crees que hubiese sido justa con ustedes al dejarlos sin padre y sin casa? Yo también entonces pensé muchas cosas. Yo también, como tú ahora, me sentí humillada, dolorida. Y no tuve a nadie que me aconsejara para bien ni para mal. Sin embargo, de lo que hice no me arrepentí nunca. Sabes, Magela, tú ahora no te das cuenta, tal vez pase mucho tiempo para que comprendas que lo que dice tu marido es cierto, lo que hizo no tiene importancia. Entiéndeme: no tiene para los hombres, la importancia que le damos las mujeres. No importa lo que oigas por ahí, no importa lo que te digan, tú no puedes poner en riesgo tu casa y tu familia. Tus hijos necesitan al padre y a la madre, y bien sabes que tu marido es un buen padre. Tu caso no es para una separación. Olvídate y sigue como si no hubiera pasado nada.

—Mamá, ¿me estás diciendo que lo perdone?
— Sí, si olvidar es perdonar, te digo que lo perdones.

¿En qué pensaba Magela, tendida en la cama después de hacer el amor, apoyada la cabeza en el pecho de su esposo, aquella noche de verano, mientras dormía con la beatitud de un santo en la paz de un monasterio?
Desnudo como Dios lo trajo al mundo. Ángel de pecado. Con la cabeza ladeada, las piernas apenas entreabiertas y estiradas, con un brazo a lo largo del cuerpo y el otro rodeando su espalda.

¿Cuántas noches de cuántos años habían pasado desde aquella primera, sublime, inolvidable noche de bodas de sus veinte años?

No sabe, Magela, cuantas noches de amor han pasado ni cuantas restan por venir, solo sabe que junto a su hombre, el padre de sus hijos, seguirá compartiendo lo bueno y lo malo que la vida le depare, solamente por amor, el resto que le quede por vivir.


Ada Vega, edición 2006

martes, 31 de diciembre de 2024

Pesadilla de una noche de verano

 




Todo ocurrió durante las fiestas de fin de año. Creo yo. El 15 de diciembre, nos reunimos varios amigos para despedir el año en la casa de uno de ellos en La Floresta. El día estaba ideal. A las siete y media empezaron a llegar los primeros. Se instalaron junto al parrillero, comenzaron por prender el fuego, preparar el mate, destapar la primera botella de whisky y disponer el cordero en la parrilla.

A las once de la mañana se había completado el cuadro. Algunos muchachos cantaban alrededor de un guitarrista improvisado, otros mentían enfrascados en un truco de seis, el dueño de casa aliñaba las ensaladas y el encargado de la parrilla, alardeaba de su condición de asador repartiendo picadas de chorizos, morcillas y chinchulines. Se habían abierto dos botellas de whisky y había entrado en escena la primera damajuana de tinto.
A las cinco de la tarde terminamos de comer. Algunos se fueron a dormir un rato y otros a la playa a jugar al fútbol en la arena. Los demás continuamos. A las ocho de la noche, empezamos a comer otra vez el asado frío, el resto de las ensaladas, el helado, el vino y el whisky que habían sobrado del mediodía. A las diez de la noche, más alegres que nunca y próximos a un ataque al hígado, nos volvimos.
Yo llegué a mi casa cerca de las doce de la noche, le di un beso a Daniela, y no sé si me saqué la ropa o me la sacó ella. Me dormí de un tirón, y allí empezó mi pesadilla. Me había convertido en un gato.
Parece que yo, o el gato, era un vagabundo que andaba maullando por las calles de un barrio desconocido. Y de pronto entre esas casas extrañas descubrí mi casa y traté de entrar. Busqué mi llave, pero no tenía llave, ni pantalón ni nada, sólo cuatro patas y una larga cola. Recordé entonces que la ventana de la cocina podría estar entornada, salté el muro con una agilidad que me desconcertó, entré y me dirigí al dormitorio donde mi esposa dormía.
Subí a la cama y hecho un ovillo me acomodé en mi lugar. A la mañana siguiente cuando Daniela se despertó yo estaba en el fondo de la casa echado al sol. Cuando me vio se alegró: —¡Pero gatito! Qué hacés ahí echado al sol. Yo me acerqué e intenté decirle quién era, pero sólo me salió un maullido. Entonces me tomó en sus brazos y me llevó a la cocina. Me dio leche tibia en un plato y me dijo: mi amor, no te podés quedar. Tenés que irte. A mi esposo no le gustan los gatos.
Me destrozó el corazón.
De pronto como un ventarrón entró el Pelé y se me vino al humo, ladrando como un desaforado. Pegué un salto y quedé parado encima de la heladera con el lomo arqueado y los pelos erizados. Daniela trató de calmar al perro, que al parecer él sí me había reconocido. Era evidente que quería vengarse de mis malos tratos y de algún par de patadas que le había dado por echarse sobre la cama. Por fortuna el perro adora a mi mujer, le hizo caso y por el momento me dejó en paz.
Y en eso estaba cuando sentí las caricias de Daniela. Me desperté transpirando y aterrado, pero agradecido de que todo aquello hubiese sido sólo un sueño. Entonces al ver que estaba despierto me dijo mimosa: —Gatito, ¿con quién soñabas? La miré y la encontré tan seductora, mientras me extendía los brazos, que me olvidé del bendito gato. Recordé que yo era un hombre, el hombre que ella estaba esperando…
Desde el 16 de diciembre hasta Nochebuena no probé una gota de alcohol. En Nochebuena me tomé todo. Pasamos en casa, con un matrimonio amigo y mis cuñados con sus esposas. Comimos una cena fría preparada entre todas las mujeres. Empezamos temprano con los brindis, y terminamos en la tardecita de Navidad. Mi esposa y las esposas de mis cuñados limpiaron la casa. Cuando se fueron yo estaba muerto. Quedé dormido hecho piedra, en el sofá del living. Daniela, que no logró despertarme, se fue a dormir sola y dejó que yo siguiera durmiendo tranquilo.
Entonces volvió mi pesadilla. Esta vez yo andaba por los techos de las casas del barrio peleando con otros gatos. Los vecinos tiraban piedras y los perros ladraban. Anduve corriendo por las calles, casi me pisa un auto. Hasta que al fin llegué a mi casa. Como ya sabía lo de la ventana de la cocina, entré por ahí. En mi plato en el suelo había leche, la tomé con gusto, fui al dormitorio y me ovillé junto a Daniela que me oyó y me dijo:
—Gatito, y siguió durmiendo. Me dormí ronroneando.
Cuando el 26 de diciembre desperté, me sentí bien, ágil, despejado. Preparé el baño. Mientras me bañaba creí advertir que mis uñas habían crecido demasiado y que el vello, que normalmente cubría mi cuerpo, era más oscuro y abundante. Tal vez eran figuraciones mías. No le di importancia, me sequé la cabeza y fui a la cama con Daniela que dormía voluptuosa. Esta vez la desperté yo.
Daniela. Daniela es maravillosa. Es una muchacha buena, simple y crédula. Cree en cosas que ya nadie cree. En el mal de ojo, en la paletilla caída y en que todos somos iguales ante la ley. Cree que si sos buena persona Dios te premia. Cree en Dios, en los políticos de su partido y en la garra charrúa. Cree que un día vamos a vivir mejor y cree en los sueños. Por eso nunca le conté de mis sueños infernales. Con seguridad se hubiese puesto a rezar por la salvación de mi alma, que ella vería en peligro de perdición. Era preocuparla sin motivo. Aunque hoy no sé si no hubiese sido bueno contarle, por lo menos, lo del gato.
Del 26 al 31 de diciembre, estuve un poco extraño, me daba por dormir de día y de noche tenía deseos de salir a caminar. El 31 pasamos en la casa de mis suegros. Éramos como treinta. Todos llevaron comida, asaron un lechón. Había de comer como si no fuésemos a comer nunca más. Y de tomar: dos boliches y medio. Llegamos a casa a las 10 de la mañana del 1º de enero, yo no sabía donde estaba ni quién era. Dormí todo el día, de noche me levanté sigilosamente, salí afuera, y desaparecí por los techos.
Daniela desconcertada por mi desaparición, preguntó a mis amigos, a mis familiares y a los vecinos. Nadie pudo darle noticias sobre mi paradero. Por lo tanto esperó un par de días y empezó a llorar. Creyó que la había abandonado. Nunca la abandoné. El día que supuso que la había dejado, encontró echado en el fondo de casa un gato negro. Lo tomó en sus brazos le dio leche tibia y le dijo que tenía que irse porque su marido no quería gatos en la casa. Yo le dije medio serio: —Mami, soy yo, tu marido, qué decís.
Ella no entendió, me sacó para afuera y cerró la puerta.
Poco a poco fue dejando de esperar a su marido, convencida de que ya no volvería. Por lo tanto me fui quedando en casa, me daba leche tibia y carne cruda. No estaba mal y era abundante. Los primeros meses lloró mucho, salió a buscarme por los hospitales y las comisarías. Fue hasta la morgue. Y no me encontró, claro. De modo que al no encontrarme ni muerto, ni enfermo se puso como loca, al pensar que me habría ido con otra mujer.
Mientras tanto me hice dueño de casa. Mi mujer y yo teníamos una extraña relación. Desde mi condición de gato la seguía amando, me gustaba dormir en su regazo, le andaba detrás por la casa y le maullaba mimoso. Por su parte, ella me acariciaba, me acunaba en sus brazos, y volcaba en mí toda su ternura pues, en cierto modo, creo que había reemplazado a su marido, al llenar en su afecto el espacio que él dejó.
Nuestra convivencia era casi perfecta. Por las noches yo la abandonaba y durante el día era su más ferviente adorador. Era un gato feliz. No necesitaba nada más. Y ella, bueno, yo creía que ella tampoco necesitaba nada más.
Hasta que un año después, cerca de la Navidad, vino a cenar un antiguo amigo mío. Cuando llegó el invitado ella me tomó en sus brazos me dijo:
—Gatito lindo, y me sacó para afuera.
Eran las leyes del juego. De todos modos la noche y su misterio me llaman. Recorro los techos, los tarros de basura. Los vecinos me tiran piedras y los perros me ladran. Anoche, después de una trifulca, volví a casa cansado y con el cuerpo dolorido. Tomé la leche que Daniela me deja siempre en la cocina y fui al dormitorio a dormir con ella como todas las noches. Pero no pude. Mi lugar estaba ocupado.


Ada Vega, edición 2001

lunes, 30 de diciembre de 2024

En el nombre del hijo

 








A José Gervasio Artigas Zabaleta el nombre le pesaba una enormidad. Y le pesaba por varias razones. En primer lugar, porque era un nombre demasiado grande para llevarlo sobre su cuerpo menudo. Y le pesaba, además y principalmente, por las bromas que siempre soportó y de las que nunca logró zafar. En sus pagos de Tacuarembó, los amigos al conversar con él le decían: sí, mi general; no, mi general; positivo; negativo; a la orden jefe. Se cuadraban haciendo la venia cuando él llegaba, y le preguntaban por Ansina o si quedaba algún lugar en las carretas para acompañarlo de excursión hasta las costas del Ayuí. Sus coterráneos lo tenían cansado con las chanzas, así que cuando sus padres decidieron bajar a Montevideo a probar mejor suerte, si bien no se alegró, pensó que tal vez acá su nombre podría pasar inadvertido.


José Gervasio había nacido en un paraje muy pintoresco a doce kilómetros de la ciudad de Tacuarembó llamado Capón de la Yerba, al costado del camino que va hacia la Gruta de los Helechos, y aunque se adaptó con facilidad a la capital, siempre llevó en su memoria y en su corazón, el recuerdo de su pago al que volvería mucho tiempo después.
Cuando vino a vivir a Montevideo tenía trece años. Ese verano lo anotaron en la Escuela Industrial para ser tornero. El padre era un gaucho grandote que trabajaba en la construcción. Andaba de bombacha bataraza y boina de vasco, y usaba una faja negra alrededor de la cintura. Buenazo el gaucho. Y batllista. Eso sí: hablar de política con él, mejor no. A los blancos los ignoraba y cuando Zelmar, el Hugo y otros, fundaron el Frente Amplio, él dijo convencido que eran todos una manga de locos, y que el Frente no era partido político ni era nada, ¿Desde cuándo? —decía. ¿Qué invento es ese? ¿Quién los va a votar a esos dementes? ¿Mire usted dejar el partido colorado por un experimento sin pie ni cabeza con el que no van a llegar a ninguna parte…?


Tan patriota, colorado y artiguista era el hombre, que al nacer su único hijo le tiró con el código y le dio por estigma, más que por apelativo, el nombre de nuestro prócer, padre de la patria, don José Gervasio Artigas. Nombre que el muchacho llevó, hay que reconocer, lo mejor que pudo, entre chistes, guiñadas y codazos de todos quienes llegaron a conocerlo. Los muchachos del barrio, cuando él llegó, lo empezamos a llamar Josecito. La madre se puso furiosa: ¡Qué Josecito ni qué cuernos!, nos dijo.
— ¡Él se llama José Gervasio Artigas, así que a lo sumo lo pueden llamar José Gervasio y punto! ¡Qué embromar!
Doña Carlota era una india regordeta, mala como el ají, pero tierna con su hijo como la malva. De todos modos, en el barrio llegamos a un acuerdo. Un vecino de esos que ponen los apodos al pelo, le empezó a llamar: Artiguitas, y Artiguitas quedó con el beneplácito de la madre india y el padre batllista.


Los años pasaron y el chico creció. Se hizo hombre, se recibió de tornero y comenzó a opinar sobre los problemas que atravesaba el país. No fue blanco ni colorado y, ante el desconcierto de su padre, arrancó para la izquierda.
Acaso por esa razón, porque jamás estuvo afiliado ha partido alguno, ni actuó en grupos guerrilleros, una noche negra de fines del 81 lo vinieron a buscar y se lo llevaron encapuchado. Lo tuvieron de plantón y cuando iban a dar comienzo los “interrogatorios” uno de los uniformados leyó el nombre en voz alta: José Gervasio Artigas, dijo, y el otro quedó tieso y sin respirar.
Contaron después los susodichos, jurando con los dedos en cruz, que en ese mismo momento, de la pared sucia de sangre y orines, surgió la impresionante figura del Jefe de los Orientales, de botas y uniforme de General, como una visión fantástica venida del otro mundo y que, plantándose ante ellos les dijo:
“Ya es tiempo de que vayan terminando esta guerra despareja”. Dicho lo cual, después de atravesarlos con su mirada de águila, como llegó, se fue, esfumándose por la pared como un espectro.


Los uniformados, que tardaron en reaccionar, no tocaron a Artiguitas y aunque hasta el día de hoy siguen jurando que vieron al General Artigas en persona y que se fue por la pared, a los dos los pasaron al calabozo como chicharras de un ala. De todos modos, por extraña coincidencia, esa misma noche comenzaron las tratativas entre civiles y militares que lograron, tiempo después, ponerle fin a aquellos años de ignominia.
Artiguitas, por las dudas y por si acaso, quedó suelto y absuelto. Esa noche lo sacaron encapuchado del cuartel y así lo dejaron por el Camino de la Redención. Y hay quienes afirman que el alto mando, poniendo en duda la historia de la aparición del Jefe de los Orientales, aceptó que Artiguitas no era sedicioso, y tal vez temiendo represalias de ultratumba decidió que no era bueno un enfrentamiento con espíritus que atraviesan paredes de bloque vestidos de General de la patria.


Fue así como José Gervasio Artigas Zabaleta se salvó de la tortura que sufrieron cientos de uruguayos. Desde entonces Artiguitas le agradeció a su padre el nombre que le asignara ante la pila bautismal de Tacuarembó. Nombre que llevaría con orgullo hasta el día de su muerte, acaecida muchos años después en su lugar de “Capón de la Yerba”.

Pasada la dictadura, Artiguitas se casó y se quedó a vivir en el barrio. Lo que sucedió aquella noche en un cuartel de Montevideo fue creído por algunos y puesto en duda por otros. Como siempre pasa. Hasta que hace unos años, cansado de vivir en la capital, decidió volver a su pueblo. Y cuentan los que estaban, que un atardecer, a principios de aquel invierno, vieron venir por el Camino de los Helechos, al General José Gervasio Artigas cabalgando en su moro. La noche avanzaba como un ejército de sombras rodeando al Protector de los Pueblos Libres. Dicen que Artiguitas supo, no más al verlo, que venía en su busca. Dicen que no quiso esperar, que salió a su encuentro, sin poncho y de alpargatas, sin facón y sin divisa y que al pasar el General, se fue con él.



Ada Vega, edición 2001

El último taita

 










Creo que el pardo Patricio fue uno de los últimos taitas de cuchillo al cinto, de aquel malevaje que acunó el Pueblo Victoria y La Teja. Era un morocho pasado de horno, de cuerpo musculoso y duro, de pelo renegrido y lacio peinado a la gomina. Lampiño. Ojos aindiados y mirada desconfiada. Dueño de todas las inmejorables cualidades que hacían al hombre de pelo en pecho de aquellos años: mujeriego, timbero y borracho. Y también de algún defecto... era hincha de Nacional. La política para él no existía. Supo ser un tipo feliz. Vivía en una casilla de lata, cuadrada, pintada de negro, rodeada de transparentes. Tenía un perro parecido a él: negro, musculoso y zambo, a quien le había puesto el rimbombante nombre de Zeppelín Tal vez porque siempre se jactaba de que, siendo un muchacho, había visto al Graf Zeppelín el día que pasó sobre Montevideo, y el nombre se le habría grabado.

El taita Patricio era laburante. Trabajaba de estibador en el Puerto. De fierro para trabajar. Podía pasar siete días y siete noches estibando y tomando vino. También podía dormir siete días y siete noches, despertando solo para besar su inseparable botella de tinto. Pero en el barrio jamás molestó a nadie, era serio y respetuoso. Saludaba entre dientes, masticando un pucho. Nunca lo vi sonreír y menos aún, reír. Caminaba hamacándose, balanceando su cuerpo a cada paso, con las manos hundidas en los bolsillos del pantalón. Atravesado en la espalda, enganchado en el cinto, brillaba el mango de plata de su facón. Como verdadero guapo andaba siempre calzado por un: ¡quién sabe!

El pardo Patricio era fiero, realmente fiero. Por eso nunca entendí por qué era tan ganador con las mujeres. Ni aun ahora que sé de algunos de esos ciertos por qué, entiendo que tantas muchachas se avinieran a vivir con él. Le conocimos mil compañeras: jóvenes, no tan jóvenes; lindas, no tan lindas; rubias, morochas, mulatas y negras. A todas las traía a vivir a su casilla. Era un continuo desfile. Las muchachas lo bancaban un tiempo y se volaban. Él las reemplazaba sin ningún problema. Decía que no era ningún otario, que no se ataba a ninguna pollera. Hasta el día en que trajo aquella rubia. 

Era una muchacha blanca, demasiado blanca. Flaca, demasiado flaca. Linda de cara. Demasiado linda, aunque de tan flaca y ojerosa parecía tísica. Al caminar, sus piernas esqueléticas no la sostenían lo suficiente y daba la impresión de que se desarticularía al dar el próximo paso. Era muy joven, casi una niña. Se llamaba Rosa. Y Rosita empezó a redondear su cuerpo y a tostar su piel con el sol de La Teja. Desaparecieron sus ojeras, sus mejillas se colorearon y los huesos puntiagudos de su cuerpo se suavizaron. Un día el patito feo se convirtió en un precioso cisne. Y como siempre pasa en los cuentos, apareció un cazador.
Un muchacho del barrio, de poco más de veinte años, empezó a mirar a la chica. Y la chica a él. Y fue el amor. 

Los padres del muchacho temblaron al saber de esos amores, pensando en el facón del taita. Pero, ¿cuándo pasó que el amor se termine por mandato? Fue inútil. Ya que todo el barrio lo comentaba cuando él se enteró. Siempre pasa, el último que se entera, es el que se tiene que enterar último. Rosa pudo haberse ido antes, como las otras, sin protocolo. Pero quiso hablar con el hombre, contarle ella lo que pasaba, explicarle. Y esa noche cuando él llegó, trató, de la mejor manera, de explicar la situación. Él escuchó, y sin pronunciar una palabra, salió de la casilla rumbo a la casa del muchacho.

Arriba la luna, compinche de los enamorados, no quiso comprometerse y temerosa, se escondió tras una nube, cuando el hombre ya en la calle, vio al joven que venía decidido a su encuentro. A jugarse por su amor. Sin cuchillo, a cara limpia, a ganar o a perder de una vez por todas. El taita manoteó el puñal. El muchacho siguió caminando y se plantó ante él mirándolo directamente a los ojos, sin temblar. Quizá la determinación y la valentía del joven desconcertaron al taita. Soltó el mango del puñal sin oír lo que el muchacho intentaba decirle. En ese momento envejeció mil años. Sintió un cansancio enorme en su corazón. Él, que había sido guapo entre guapos, esa noche perdió y lo supo.
No volvió a la casilla ni a su Rosa. Dobló la esquina y se fue solo en la noche, a encontrarse con su destino. Tal vez no oyó, o no quiso oír, al ferrocarril que en las vías de Ángel Salvo aullara su largo y macabro silbido.


Ada Vega, edición 1997

sábado, 28 de diciembre de 2024

La Farolera

    





Había pasado su infancia en una casa de bajos, de un barrio montevideano. Un barrio suburbano de gente sencilla. De trabajo. Con veredas anchas y árboles cargados de gorriones barullentos, al norte de la capital.

Un barrio alejado de las playas que bordean la ciudad donde, por las tardecitas, los vecinos se sentaban a conversar en las veredas y las niñas hacían rondas y cantaban:
“La farolera tropezó y en la calle se cayó
y al pasar por un cuartel se enamoró de un coronel...”

Saltaban a la cuerda :
“Al pasar la barca me dijo el barquero:
las niñas bonitas no pagan dinero.
Yo no soy bonita, ni lo quiero ser,
porque las niñas bonitas se echan a perder...”

Imitaban un baile de palacio con una canción que decía:
“Andelito andelito de oro, un sencillo y un marqués,
Que me ha dicho una señora que bellas hijas tenéis.”

y también decía:
“Téngala usted bien guardada.
-Bien guardada la tendré
sentadita en silla de oro en los palacios del rey.”

Recordaba los años de escuela de túnica blanca y moña azul. Las tablas de multiplicar, las vocales y las consonantes. Son diecinueve los departamentos. El Éxodo del pueblo Oriental. Y, orientales la patria o la tumba. El primer libro de cuentos que leyó en primero: La Cenicienta y aquel primer poema del charrúa de los ojos azules: “El Uruguay y el Plata vivían su salvaje primavera...”

Después el liceo. Desde el primer año, Francés y: fermez la bouche. Y también: Cuentos de la selva, Los albañiles de los tapes y Química y Física. Luego Inglés, open the door y: Bécquer; Machado, Charles Perrault; Orfeo y Eurídice; (no existían los celulares, no se conocían las computadoras, recién comenzaban a llegar los primeros televisores: todo el mundo leía): Dickens, Mark Twain, Espínola, Verne, Morosoli, Quiroga, Arregui y más, muchos más. Y se terminó el liceo. Después taquigrafía y dactilografía y el empleo en las oficinas de un Comercio Mayorista.

Para Ana Clara se abriría otro mundo. Atrás quedarían las mañanas de la escuela, las tardes del liceo y su pasión por los libros. Piensa y no recuerda cuando ni por qué dejo de leer.

En su empleo del Comercio Mayorista conoció a Raúl. Un muchacho serio y muy tranquilo que estudiaba derecho. Se enamoraron en cuanto se vieron y se hicieron novios. Vivía, le dijo él, cerca de la costanera a una cuadra de la playa. Ana Clara conocía muy poco esa parte de la ciudad.

Una tarde fueron a caminar por la rambla. Acá es Trouville, le mostró Raúl. (Aún estaban las piletas donde se enseñaba a nadar). Y esta es Pocitos, le dijo al llegar a la playa. Ella quedó maravillada. Miró hacia el mar y hacia los edificios de apartamentos que se levantan sobre la rambla y dijo: quiero vivir ahí. El muchacho se rio ante la ocurrencia, seguro de que nunca podría pagar un apartamento en la rambla. Se casaron, al tiempo, realmente enamorados los dos. Alquilaron un apartamento en el Centro, cerca del empleo de ambos. Él se recibió de abogado y siguió trabajando en la empresa donde lo ascendieron con sueldo mejorado. Ana Clara seguía soñando con el departamento en la rambla.

Un día el dueño de la empresa comenzó a mirarla con un velado interés. Era un hombre mayor, casado, con hijos grandes. Ana Clara le pidió un departamento en la rambla y él le puso un departamento en el octavo piso de un edificio frente al mar.

“Sentadita en silla de oro en los palacios del rey” .

Ella juntó su ropa, abandonó a su marido y dejó el empleo del Comercio Mayorista. Al poco tiempo el dueño de la empresa se separó de su familia y se fue a vivir con ella. Y un día se casaron.

Ana Clara consiguió más, mucho más de lo que alimentó en sus sueños escondidos: joyas, cruceros por el mundo, automóvil, casa de verano en las playas del este.

Ahora se encuentra en la terraza de su departamento que da sobre la rambla. Acaba de llegar de una fiesta. Está hermosa con su vestido de fiesta ceñido al cuerpo. Deslumbran sus alhajas. Su esposo ha bajado un momento a guardar el auto y ella se ha quedado pensativa.

Es una apacible noche de verano. La rambla está concurrida de paseantes. El mar está sereno. Allá, a la derecha, como en una cuña metida en el mar, parpadea el faro de Punta Carretas.
La ciudad de Montevideo es hechicera. Hermosa y seductora descansa junto al Río de la Plata: su cómplice y amante.

Ana Clara recuerda su vida pasada. La casa en el viejo barrio al que nunca más volvió. “Yo no soy bonita ni lo quiero ser, porque las niñas bonitas se echan a perder”. Las amigas de entonces y sus juegos en la vereda. La escuela lejana: “no ambiciono otra fortuna otra fortuna, ni reclamo más honor más honor que morir por mi bandera, la bandera bicolor” El liceo donde hizo amigos que no volvió a ver. Su entrada a las oficinas de la empresa mayorista. Recuerda a Raúl. Admite que no se portó bien con él. Raúl era muy bueno y la quería mucho. Ella también lo quiso mucho. Pero con él no hubiese tenido nunca todo lo que le dio su marido. Se pregunta qué habrá sido de su vida. Cuando lo dejó y abandonó el departamento que compartían, él se fue de la empresa. Ana Clara no preguntó. Nunca le interesó saber que fue de él.

“las niñas bonitas no pagan dinero...”

Arrecia el viento que viene del mar. Trae consigo un olor profundo de peces dormidos, de algas y caracolas. En las noches siempre refresca en la zona costera. Ana Clara se acerca al balcón y queda, por un momento, observando un barco iluminado que, a lo lejos, va perdiéndose en la oscuridad...entonces saltó.

“La farolera tropezó y en la calle se cayó Y al pasar por un cuartel se enamoró de un coronel”.


Ada Vega, año edición 2010.

Las gemelas

    


La tía Pilar vivía a unas cuadras de mi casa. En una casa oscura, antigua y romántica; con paredes muy altas y techos de bovedilla. Tenía diez habitaciones, y pequeñas salas diseminadas entre ellas. Un comedor enorme con balcones cargados de flores que daban al jardín, y un sótano de gran tamaño, donde habitaban los espíritus de los familiares muertos, que olía a un sahumerio dulce y picante que revolvía el estómago, alteraba la cabeza y hacía correr por las venas voraces sensaciones prohibidas. El sótano tenía una puerta de doble hoja, que permanecía arrimada y sin llave, donde solo cada tanto, entraba la abuela. Era ella la encargada de dejar en ese territorio místico, algún mueble fuera de uso, juguetes de niños que crecieron, cartas viejas, documentos vencidos. Espejos. A pesar de que los niños teníamos la entrada prohibida, mi hermana Ester vivía fascinada por aquella puerta entreabierta, que intentó mil veces cruzar, arrastrándome a mí, y la cual estoy segura, logró, en aquellos días, sortear más de una vez. 

Como antes dije, era una casa antigua y romántica. Con aquel romanticismo escondido en los patios con glicinas, hacia donde abrían sus ventanas la mayoría de las habitaciones. En esa casa de fines del siglo XIX, habían vivido mis abuelos y criado a sus hijos. Pilar era una de las hijas menores. Nunca se casó. Cuando murieron mis abuelos, a pesar de que mamá le pidió que viniese a vivir con nosotros, ella prefirió quedarse sola en aquel caserón. También dije que la casa de los abuelos era oscura. Varias de sus habitaciones tenían ventanas hacia los patios interiores dónde no llegaba el sol. Además, los árboles del jardín eran muy frondosos y sus ramas le robaban la luz del día. Esto no alcanzó a preocupar a la tía Pilar, que nunca hizo buenas migas con la solana, ella prefería la penumbra, por eso entornaba los postigos de las ventanas, como temiendo que entrara la luz, y la cegara. Mi hermana Ester y yo íbamos casi a diario a ver a la tía. Mamá nos mandaba con pan casero, un bollón con mermelada o pasteles de dulce membrillo. Cada vez que cocinaba algo especial le llevábamos a la tía. 

Al llegar nos quedábamos junto al portón de la vereda y la llamábamos a gritos: ¡tíaaa...! El portón tenía un candado y cuando nos oía desde la casa, venía sonriendo a recibirnos. Era bonita la tía Pilar. Tenía breve la cintura, las piernas largas y los pies pequeños. Los ojos como la miel y peinaba su cabello oscuro, en un moño trenzado sobre la nuca. Con su vestido de pana azul, de manga larga y cuellito de encaje blanco, sentada en su salita junto al ventanal, semejaba una pintura barroca del siglo XVII. Cuando entrábamos a la casa nos sentábamos en la sala donde ella bordaba. Usaba sobre su falda un redondo bastidor de pie y sobre él sus delicadas manos entretejían los hilos formando preciosos dibujos. En una de las paredes de la sala había un espejo muy grande con el marco dorado, formado de flores y hojas en relieve; que según mi madre nunca había visto antes, ni sabía cuándo ni quién lo había puesto allí, en el que veíamos a la tía reflejada sobre su bastidor. Nosotras, sentadas frente a ella, tomábamos guindado casero en unas copitas de cristal tallado y comíamos unas galletitas que la tía sacaba de una caja cuadrada que estaba sobre el piano. Un piano recto, color borra de vino, que nunca supimos si tenía teclas o no, pues jamás lo vimos abierto. 

Mi madre nos contó una vez que Pilar había tenido una hermana gemela llamada Analí, que había muerto a los diecisiete años, y que la tía nunca logró reponerse de esa pérdida. Contaba mi madre que las gemelas se adoraban, que tocaban el piano a cuatro manos y que Analí escribía versos. En aquellos años las jóvenes comenzaban a preparar su ajuar, aún antes de tener novio. Según decía, a Pilar le encantaba bordar, de manera que para que su hermana gemela escribiera sus poemas, ella bordaba el ajuar de las dos. La muerte inesperada de Analí enlutó y llenó de congoja a toda la familia, principalmente a Pilar, que sintió que la hermana gemela se llevaba con ella la mitad de su ser. Sin embargo, a pesar de que desde entonces vivió recluida, sin salir más allá de los límites del jardín, conservó siempre el carácter afable y nunca descuidó su persona. 

Una tarde, con mi hermana Ester, fuimos a llevarle un bollón de dulce de ciruelas, que mi madre había preparado. Mamá había estado un rato antes; parece que al irse el candado no quedó bien cerrado y, al encontrarlo abierto, entramos sin llamar. Atravesamos el jardín y, al acercarnos a la puerta de entrada, oímos voces. Extrañadas miramos por el ventanal entreabierto: la tía Pilar, sentada ante su bastidor, bordaba como siempre. El espejo reflejaba su imagen. ¡No! No era su imagen. Aquella Pilar no bordaba, leía poemas de un libro que sostenía entre sus manos. Pilar, mientras bordaba, la escuchaba sonriendo... Nos volvimos con el bollón de dulce. Desconcertadas. Mamá no nos quiso creer cuando se lo contamos con lujo de detalles. Asumió que éramos unas aparateras que nos imaginábamos cosas. Que vivíamos en la luna, nos dijo medio enojada, que no servíamos ni para hacer un mandado. Que, aunque hubiésemos encontrado el portón abierto, deberíamos haber llamado igual. Y que, en resumidas cuentas, no habíamos visto lo que creímos ver. Tanto énfasis puso mi madre en convencernos de que estábamos equivocadas, que al pasar el tiempo llegamos a creer que en realidad, como ella decía, no vimos lo que vimos. 

Pasaron los años, nosotras crecimos y, un día, la tía Pilar murió. Nosotras la acompañamos hasta el final. Después del entierro, pasados unos días, volvimos a la casa de los abuelos con mamá. No me gustó ir. Al abrir el portón sentí como si un gran desamparo saliera a nuestro encuentro. Tanta soledad y silencio. No sé por qué, sentí que entrar en aquella casa era como una profanación. Mamá entró con gran serenidad, Ester y yo la seguimos. En la pared de la salita, donde antes había un espejo, se encontraba un cuadro con el marco dorado formado de flores y hojas en relieve. En él, semejando una antigua postal, las dos gemelas con sus vestidos de pana azul y cuellitos de encaje blanco. Una bordando, la otra leyendo. Las dos sonriendo. Mi madre no conocía la existencia de ese cuadro, jamás lo había visto. No encontró una explicación razonable, y si la encontró evitó comentarla. Ordenó algunas cosas, trancó puertas y ventanas y, sin mencionar el cuadro de las gemelas, nos fuimos. 

La casona permaneció cerrada mucho tiempo, de todos modos, los vecinos comenzaron a murmurar. Decían que se oían ruidos en la vieja casa, risas, voces y el sonido de un piano. En mi casa no le ponían atención a esas murmuraciones, sin embargo, mi hermana Ester decidió, un buen día, ponerse a investigar —creo que ella sabía de qué se trataba—. Mamá guardaba los dos rosarios de cuando las gemelas hicieron su primera comunión. Dos rosarios de cuentas blancas que mi hermana encontró revolviendo entre antiguos recuerdos. Todas las acciones que emprendía mi hermana Ester, las hacía conmigo. Hacíamos los mandados, estudiábamos, íbamos a pasear y al cine, siempre las dos juntas. A pesar de que éramos muy distintas. Ester era muy movediza, muy curiosa, muy lanzada. Por el contrario, yo soy sumamente tranquila, no soy curiosa, no pregunto. No me gusta arriesgar. De todos modos, en todo lo que ella hacía me involucraba. Yo la seguía por costumbre o porque ya estaba establecido, quizá desde antes de nacer, que fuese así. 

Una tarde, con el sol todavía alto, me puso un rosario de collar, se colocó ella el otro y me dijo muy seria: vení. Y salimos las dos, rumbo a la casa de la tía Pilar. Mi hermana caminaba muy decidida, yo la seguía sin muchas ganas dos o tres pasos más atrás. Llegamos a la casa, abrimos el portón —que chirrió como quejándose—, y atravesamos el jardín. Ester abrió la puerta y entramos. Se acercó al ventanal y, casi con violencia, abrió de un golpe los postigos. Un rayo de sol, como un puñal, rasgó la oscuridad de la habitación, clavándose, con atrevida arrogancia, en el cuadro de las gemelas. La luz inundó el recinto. Mi hermana frente a las gemelas, con una firmeza que no le conocía, más que hablar, les ordenaba: ¡Bueno, Pilar, Analí, es suficiente! Ha llegado la hora. Deben irse, esta casa ya no les pertenece. Abandonen el mundo terreno. Asustan a los vecinos. ¡Les ordeno en el nombre de Dios que se vayan! Dejó los dos rosarios sobre el piano, cerró el ventanal y nos fuimos. Yo no sé si las gemelas la escucharon, lo que sí sé es que cuando al mes volvimos, los ruidos y los murmullos habían cesado. Todo estaba en calma, los rosarios habían desaparecido de encima del piano y en la pared, impasible, brillaba el antiguo espejo. 

Esto que cuento sucedió hace ya muchos años. Mis padres fallecieron y también mi hermana Ester. Me he quedado sola. Por eso vine a vivir a la casa de los abuelos. Hice limpiar el jardín y dejé en el sótano, muebles que ya no volverán a usarse, juguetes de niños que crecieron, cartas viejas, documentos vencidos... Todo está como antes. He retomado en el bastidor los bordados que al morir dejó sin terminar la tía Pilar. Estoy bien, soy feliz, no estoy sola. Ester, mi hermana gemela, me acompaña desde el espejo. 

Ada Vega edición 2005

jueves, 26 de diciembre de 2024

A contra mano

 



"...Conquistarán nuestra tierra,con risa pura , los negros;
con risa que es solo risa, Dios les aguarda riendo;
magia de risa les cría, negra noche, Dios sin ceño...
Dichosos los que se ríen, que dormirán sin ensueños!"


Miguel de Unamuno a Nicolás Guillén - Madrid 1932

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El Wáshington Souza era un negro "usted" ¡Que digo "usted" era más que "usted" se había pasado para el otro lado. Era un negro racista. Pero no de los negros que le tienen bronca a los blancos, no. Él era racista en contra: le tenía bronca a los negros. Fijate lo que te digo, ¡no bancaba a los negros! En su fuero más íntimo él era blanco, un blanco negro o un negro blanco ¿vas agarrando?
El color de su piel era un detalle sin importancia, un simple error de impresión, nada más. El Wáshington tenía un corso a contramano. Siempre le fastidiaron los negros que tomaban vino y tocaban el tambor.
El padre nada que ver, don Souza era un tipo bárbaro, le decían "el negro jefe” porque era igual a Obdulio Varela. Trabajaba en una barraca de lana de la calle Rondeau, ¡flor de laburante! Le había conseguido laburo a los hermanos más grandes y el Wáshington, viéndosela venir, le dijo un día que él a hombrear bolsas no iba, que tenía otras aspiraciones y pretendía otro tipo de trabajo.
El padre lo mandó al diablo y él se puso a estudiar no sabemos bien qué; pero andaba siempre con libros bajo el brazo. Se había comprado un traje y un par de camisas de segunda mano y empilchado y con los libros, se las tomaba todos los días pa’l centro. Un día lo vimos con un guardapolvo blanco y dijimos: ¡pa! estudia en serio. El no daba explicaciones, pero dejaba flotando en el aire que sus estudios lo iban a llevar lejos.
En aquella época paraba en la barra el negro Leo ¿te acordás? un botija macanudo ¡gran amigo! Jugaba en el Banfield de entreala, una gloria verlo jugar, ¡un dominio de la pelota y una seguridad! Llegó a jugar una temporada en el Tellier, pero no tuvo suerte, se quebró dos o tres veces y no jugó más.
En una final, jugando en el Tellier en la cancha que tenían en José Luis de la Peña, en una trancada, un back del Marconi que era grande como un ropero, lo dejó tirado con doble fractura. Que atrás de ese foul, se armó flor de gresca, porque vos te acordás que el Marconi con el Tellier se tenían cierta inquina. Y bueno, al pobre Leo le costó meses recuperarse.
Una tardecita en que estábamos tomando mate con el Rana, el Santiago, el Venus y el Pocho Linares, pasa el Wáshington de traje y corbata, con su guardapolvo en el brazo y sus libros. Ve al Leo con la pata enyesada sobre una silla y sin pararse le dice:
—Otra vez quebrado vos. ¡Canilla de negro!
El Leo lo quería pelear.
—¡Negro barato! –le gritó.
Nosotros lo corrimos y se la juramos:
—¡Por acá no pasás más! ¡La próxima te desfiguramos! ¡Qué vas a ser hijo del “negro jefe” qué vas a ser! ¡Doctorcito hijo de p&ta!
El más chico de los Silva, aquellos que vivían por Rivera Indarte, trajo un día la noticia. Una mañana se fue a sacar la Cédula de Identidad para entrar al liceo, y lo vio al Wáshington por la Ciudad Vieja, de guardapolvo blanco, en una bicicleta llevando encargos de una farmacia. ¡Mirá el doctor! ¡Repartidor de farmacia! Te podrás imaginar que lo gastamos al negro usted. El se ofendió, nos borró de su agenda y los negros y los blancos del barrio fuimos historia.
Pero La Teja no era para el Wáshington, y un día se fue, desapareció del barrio. Y nunca más supimos de él. Por eso cuando el otro día lo encontré y nos reconocimos, nos abrazamos. Cuando pasan los años uno se asienta, recapacita, corrige errores, se ven las cosas desde otra óptica: viviendo se aprende a vivir. Y yo, te juro que me alegré de volver a encontrarlo después de tantos años.
Lo vi bien, pero me contó que fue difícil para él, que lo agotaron sus problemas de identidad. Que los negros no lo aceptaban porque él se sentía un blanco, y los blancos no lo querían porque él era negro. Tuvo que lucharla. Y fue duro. De trabajo andaba bien. Hacía años que era conserje de un edificio en Pocitos, donde tenía un pequeño departamento. Se había casado con una mujer blanca y tenía tres hijos ni negros ni blancos, mulatos. Buenos gurises, que estudiaban en serio. Me dijo que añoraba el barrio pero que no había vuelto, que no tenía a quien visitar.
Yo le dije que nunca me fui de La Teja, que también me casé, que soy abuelo, que La Teja está linda, que el Rana ya no está, que el Pocho tampoco, que el Santiago se había ido, pero que volvió al barrio, que el Venus se fue para Australia y nunca más volvió. Que el Leo se jubiló de la Ancap y que tiene un hijo doctor. Le dije que viniera un día a la cantina del Banfield, que siempre es bueno volver al barrio. Que todavía quedaban muchos amigos de antes a quienes tal vez querría ver. Me dejó hablar sin interrumpirme, me escuchó como emocionado, casi te diría que como aceptando la invitación. Después me puso una mano en el hombro y como perdonándome la vida me dijo que vendría, sí, pero que no, que en La Teja...¡ hay muchos negros "che"!

Decime, ¿no es pa’ matarlo…?



Ada Vega, año edición 1995